DISCLAIMER: Los personajes pertenecen a La saga crepúsculo, de la autora Stephenie Meyer, la historia es de mi autoría. Está prohibida su adaptación parcial o total y su traducción a cualquier idioma.
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Por favor, lean la nota al final.
Capítulo 25 – La ciudad que nunca duerme
Después de unas cuantas horas de vuelo, la azafata anunciaba por altoparlante el clima, la temperatura, la hora local y el número de terminal del aeropuerto en que aterrizarían. La ciudad de New York se presentaba cálida, soleada y con un sinfín de actividades para Edward y Bella.
Cuando las maletas aparecieron por la cinta, Bella sin querer comenzó a tararear el clásico que Frank Sinatra le había dedicado a su destino vacacional, aquella ciudad que les había regalado el privilegio de conocerse.
—Amor, parece que te estás contagiando del espíritu de la ciudad que nunca duerme —comentó Edward sin poder contener la risa.
—Desde que la colocaste en tu auto hace unas semanas, no he podido sacármela de la cabeza —acusó la castaña—. No me vengas con ninguno de tus juegos, aquí el culpable eres tú.
Isabella se encontraba con los ojos semi cerrados, mirando al vampiro con aparente disgusto, pero bastó que Edward comenzara a imitar el gesto que ella hacía en su cara para que ambos soltasen de nuevo una risa incontrolable mientras avanzaban al sector donde se ubicaban los taxis.
Después de un cálido saludo de parte del taxista, Edward le dio instrucciones precisas para llegar al lugar donde alojarían durante sus vacaciones.
—Estamos comenzando una nueva aventura, cariño —murmuró Edward al oído de su novia mientras la abrazaba—. Espero que lo disfrutes, que cada actividad te sorprenda tal como lo fue para mí el conocerte y que supieras de mi existencia.
—Dalo por hecho —aseguró la castaña—. Siempre me has maravillado con cada detalle en todas las ocasiones que has decidido sorprenderme. —Bella cerró sus ojos y apoyó su cabeza en el hombro de su novio—. Tanto así, que incluso llegas a aturdirme.
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El tiempo avanzó, las calles de New York se hacían más transitadas a medida que se acercaban al Central Park, los atascos eran una situación habitual considerando la época, pero nada de eso opacó las risas que traían Edward e Isabella.
Cuando llegaron al lugar en que se quedarían, la hija del sheriff no pudo evitar que su rostro mostrase el asombro que la tenía obnubilada, pues no esperaba que el hotel desencajara con todo el paisaje que lo rodeaba, pareciera que aún conservaba ese toque de antaño, con la fachada de ladrillo pintados de rojo y con marcos de madera de color café oscuro.
—Espera a que veas el interior —comentó Edward.
Y vaya que tenía razón.
Era como si al ingresar se hubieran trasladado en el tiempo, volviendo a los años cuarenta o cincuenta, música de la época inundaba de manera suave la recepción, pero Isabella no lo notó, sus ojos miraban en todas direcciones intentando guardar cada pequeño detalle para no olvidarlo nunca. El lugar donde se ubicaba el restaurant y el bar, se destacaba por la madera coloreada con un oscuro barniz brillante, las sillas parecían delicadamente talladas y su tonalidad clara ofrecía el contraste perfecto para complementar el ambiente de otra época. Los cuadros de Coca Cola, de automóviles antiguos o de vistas panorámicas de monumentos históricos de la ciudad en tonos sepia se repartían por todo el lugar.
Cuando Bella sintió que la tiraban de la mano para que avanzara, se percató de que el check-in ya había concluido y que el botones estaba esperando para llevarlos a su habitación. La castaña sonrió avergonzada, estaba inmersa en su propio mundo, pero no se arrepentía de querer atesorar hasta el detalle más pequeño.
El botones guió a la pareja por un pasillo que terminaba en una escalera ancha, con el mismo aspecto antiguo que el resto del lugar. A la derecha y casi mimetizándose con la pared, se encontraba la puerta del ascensor. El quinto piso era el último que tenía el hotel y sería el que recibiría a Isabella y Edward. Al salir del elevador, la pareja se vio rodeada del mismo ambiente de la recepción, pero acomodado en un gran salón con tres puertas dobles que daban paso a las suites.
Para Edward, volver a New York era una oportunidad única de hacer sentir especial a Bella, tal como ella lo merecía, porque desde que él la conoció se sintió vivo de nuevo. Por esa misma razón se maravillaba con los gestos que inundaban el rostro de su amada chica humana.
Eran esos minutos en los que agradecía haber sido convertido, la risa de Bella llenaba por completo su alma.
El botones espero pacientemente fuera de la puerta de la suite, le entregó la llave a Edward y se marchó de regreso a la recepción.
—Necesito que cierres tus ojos —solicitó Edward a Bella, que con una sonrisa obedeció a esa petición.
—No me dejes caer. —murmuró Bella antes de sentir el ruido de la apertura de la cerradura.
Edward tomó de la mano a su novia guiándola suavemente hasta el centro de la sala principal de la suite que estaba decorada tal como él lo había pedido. Isabella en tanto, intentaba percibir el mayor número de detalles con sus otros sentidos, pero sin duda el sentido del olfato estaba apoderándose de sus sensaciones, sabía que algo olía a chocolate, también había un ligero toque cítrico lejano, pero había un aroma que ella reconocería aún con los ojos cerrados, Narcisos, su flor favorita, lo que no comprendía es de dónde había sacado Edward las flores si la época en que solían verse era al comienzo de primavera.
—Tienes una adorable cara de confusión —comentó Edward—. Pero ya es hora que abras esos ojos maravillosos.
Lo primero que vio la castaña cuando abrió los ojos fue a su novio que estaba expectante a sus reacciones, le sonrió y giró el rostro para ver qué le tenía preparado.
Edward había llamado a varias florerías sin que tuviesen Narcisos, pero una de las tantas personas con la que habló le entregó un dato, existía un vivero en New Jersey que mantenía stock de varias flores que sólo se daban por temporada. Después de coordinar la entrega de las flores en el hotel, esperó que estuviesen tal como quería para darle la bienvenida a su amada a esas anheladas vacaciones.
Pero lo que el vampiro no esperó fue ver esas lágrimas de emoción cruzarse con la hermosa sonrisa que tenía Isabella, que no podía creer que en la mesa del salón de aquella suite estuviese escrito "Bienvenida a New York" con sus flores favoritas y como regalo estaba una bandeja de chocolates artesanales que representaban monumentos de la ciudad; la estatua de la libertad, el Times square y el puente Brooklyn.
Bella se arrojó a los brazos de Edward aferrándose firmemente a ellos, sonriéndole, dedicándose a besar esas mejillas esculpidas en granito, de temperatura fría pero que eran capaces de entregar las sonrisas más cálidas que ella conocía.
—Me tendrás que dar el secreto para conseguir mis flores favoritas en pleno verano. —La risa contagiosa de Bella hizo que ambos terminaran muertos de la risa.
—Los viveros tienen la magia, Bells.
Él caminó hasta el sillón, acomodó a Isabella en su regazo y se quedaron mirando directamente a los ojos.
—¿Crees que Esme acepte tener un jardín de Narcisos para mí? —preguntó Bella
—Estoy seguro que Alice verá lo que quieres y al regresar tendrás un jardín completamente lleno de tu flor favorita.
El vampiro comenzó a atacar a Bella con cosquillas e inesperadamente se encendió el televisor, Edward pensó que un fantasma travieso se había aparecido, pero en realidad solo fue un truco de Bella que presionó el control remoto para que las cosquillas finalizaran.
Ambos se acomodaron para ver una película a la espera que llegase el horario de almuerzo.
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El vestido que Bella andaba trayendo parecía ser que fue especialmente escogido para bajar a almorzar en el restaurante del hotel, veraniego, apropiado para el calor, pero con un toque a los que se usaron durante fines de la década de los cincuenta, con cintura ajustada y amplio ruedo en la falda. Sin duda Edward sonrió al verla y no pudo evitar comentarle a su novia lo guapa que se veía.
—Es como si opacaras el brillo del sol —Apenas las mejillas de Isabella se colorearon el vampiro pasó su índice por dicho lugar.
—¿Tratas de avergonzarme? —preguntó Isabella.
—Lo único que intento hacer, es que notes lo hermosa que estás —ninguno evitó la sonrisa que involuntariamente invadía sus rostros.
Apenas se abrieron las puertas del ascensor en el piso inferior, la pareja sintió que desde el restaurante provenía la hermosa melodía que anticipaba a una buena canción de jazz.
—¿Música en vivo? —preguntó Isabella curiosa.
Edward asintió en respuesta.
—Es una de las cosas que más adoro de este lugar, la buena música —declaró el vampiro.
Ellos se sentaron en el sector izquierdo del restaurante, esperaron al camarero que se acercó sin demora e Isabella hizo su pedido, salmón a las finas hierbas y ensaladas surtidas para acompañar.
—¿Nada para beber? —preguntó el mesero.
—Dos jugos naturales —contestó Edward—. De mango, si es posible.
Con una sonrisa amable anotó todo en la pequeña libreta que traía. Antes de ausentarse, el hombre pidió permiso cordialmente, deseando que la pareja disfrutara del almuerzo y del espectáculo musical.
Edward acercó a Bella hacia él tomándola del hombro, ella sin meditarlo, posó su cabeza en el hombro de su novio y sonreía al ver el espectáculo. Edward no se concentraba en la música, más bien estaba atento a como brillaban los ojos de la castaña al mirar el escenario o en como sus mejillas parecían rellenas ya que no había dejado de sonreír.
Cuando el mesero dejó lo que ellos habían pedido sobre la mesa, el hombre que tocaba el trombón se acercó hacia el micrófono que estaba en medio del escenario.
—Como ustedes habrán notado, este micrófono estaba adornando en solitario este escenario, pero ahora estará acompañado por una guapa mujer —un redoble de tambores hizo eco en todo el lugar—. Con ustedes, la talentosa Holly Rogers.
Una atractiva y joven mujer afroamericana, vestida con un llamativo vestido violeta se apoderó del micrófono, su voz hizo que Bella se estremeciera, realmente parecía de esas voces antiguas When you're smiling en homenaje a Louis Amstrong se escuchaba dulce en la voz de Holly. Pero esa sensación placentera quedó pospuesta ya que Edward se puso tenso, como si algo le estuviese molestando.
—¿Qué sucede? —preguntó inquieta.
—Ella no es quien dice ser —le respondió el vampiro a su novia—. Su nombre es Holly Livermore —le susurró al oído—. Es vampiro.
Esa declaración impresionó a Isabella, que torpemente dejó caer el tenedor de vuelta en el plato. Ambos sintieron la mirada de la mujer fija en ellos.
Las preguntas atravesaban la cabeza de Edward a toda velocidad y su novia supo leer perfectamente lo que sucedía.
—Quizá no seas el único con este don, cariño, ya averiguaremos que sucede.
El temor de Edward era que los Vulturi fuesen los responsables de ello, que el veneno que él "voluntariamente" había entregado durante mucho tiempo permitiera que los vampiros pudieran enfrentar el sol sin brillar.
Cuando la mujer terminó de cantar, tomó el micrófono para agradecer al público y para una sorpresa que en cierta manera Edward, por su don de telépata ya sabía.
—Estimado público, como bien sabrán, cada vez que visito New York siempre elijo a alguien del público para un meet and greet posterior al show —los aplausos de los asistentes fueron ensordecedores—. La joven pareja situada al final del sector izquierdo, son las que se adjudican este beneficio.
Tanto Edward como Bella agradecieron amablemente al camarero que trajo los detalles del lugar y la hora en donde se realizaría dicha reunión.
—Esto cambiará un poco lo que tenía planeado, Bells —comentó Edward.
—Pero es mucho más importante que sepamos qué es lo que sucede —enfatizó Bella—. No tengo a James para ayudarme a saber si hay alguna trampa, pero quiero saber por qué el sol no le afecta.
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La sala de reuniones del segundo piso se despejó, poco a poco salieron los miembros del equipo de la cantante y las respuestas a todas las preguntas de los interpelados serían contestadas en breve.
Las presentaciones y saludos protocolares fueron cortos, Holly fue la primera en hablar.
—Creo que todos tenemos preguntas —aseguró la afroamericana—. Pero…
—Fui convertido en 1918 —interrumpió Edward.
—Un vampiro con dos dones —expresó Holly—. Más interesante de lo que pensaba.
—¿Cómo es que puedes moverte en el sol? —el tono suave que usó Bella fue escuchado por ambos vampiros.
—Digamos que el que realmente tiene el don es mi compañero, él es un nativo de Brasil y yo llegué muy joven como esclava a esas tierras, él me eligió y literalmente salvó mi vida.
—Estás omitiendo un detalle —comentó Edward—. Y no sé si me inquieta o me tranquiliza, tú eras su cantante.
—Así es —confirmó—. Supongo que te encantaría que lo mismo que me sucedió le pasara a ella.
Edward asintió en silencio y Bella tomó la palabra.
—Si se diera la oportunidad sería cosa de suerte —pensó en la posibilidad de tener ese regalo y además el de volver a ayudar a los fantasmas—. Me permitiría trabajar y ayudar a más gente.
—¿Trabajas en beneficencia? —preguntó la vampira.
—No realmente —contestó la castaña—. No como imaginas, al menos.
Fue ahí cuando Isabella comenzó el relato del don que poseía, de lo bueno que había traído a su vida, de la oportunidad que le dio de conocer a Edward, así como del enfrentamiento que tuvo con los demonios y las consecuencias que acarreó.
—¿No has visto nada?
—No —contestó Isabella, olvidando lo que había pasado en la estación de policías.
Pasaron varias cosas al mismo tiempo, Holly pensó en algo, Edward se puso tenso y aseguró que eso no era necesario.
—¿Pueden iluminarme con esa conversación mental? —El tono de Bella hizo que Edward reaccionara.
Él cerró los ojos calmándose y recordando que su novia le había dicho que se sentía incomoda en esos momentos en que él dejaba trabajar a su cabeza sin hacerla partícipe de algo importante que la involucraba directamente.
—Las tribus tanto africanas como nativas tienen personas que invocan magia para personas que así lo soliciten —comenzó a explicar el vampiro de lo que pudo leer en la mente de Holly—. Por ejemplo, algún enfermo o persona que tiene algún mal inexplicable.
—¿Funcionará conmigo? —preguntó la castaña a ambos vampiros.
—El asunto está en que no toda la magia proviene de los ángeles… —Edward dejó la frase a medio terminar y Bella comprendió al punto que su novio quería que entendiera.
—No quiero faltar el respeto —comentó la hija del sheriff—. Pero no creo que sea un buen plan, todo tiene su tiempo y quizá algo falta por resolver para que todo vuelva a tener sentido.
—Está bien —aceptó la vampira, que por manía miró el reloj ubicado en su muñeca, sorprendiéndose del tiempo que había pasado.
Un golpe en la puerta interrumpió todo.
—Tenemos diez minutos para irnos —comentó alguien desde fuera.
Edward se despidió de Holly y le entregó los datos suficientes para volver a encontrarse de ser necesario, posteriormente Isabella envolvió en un abrazo a la vampira para despedirse e insistió en que alguna vez tenían que contactarse para seguir charlando.
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Para Bella y Edward la tarde pasó entre paseos por el central park y varios museos, se tomaron montones de fotografías con la cámara de Isabella y pese a lo extraño que había sido el haber encontrado a otro vampiro inmerso entre los humanos, siguieron haciendo planes de recorrer la ciudad como verdaderos turistas.
El sol comenzaba a descender por el horizonte, Edward y Bella caminaban por el paseo peatonal que se internaba en el rio Hudson en frente de la calle 70, relativamente cerca, varios barcos de extraña apariencia tomaban posición en el río.
—Ahora se viene otra sorpresa, corazón —le comentó Edward a su novia—. No es coincidencia que esos barcos estén en el Hudson.
Poco a poco el sol se escondió, el muelle se fue llenando de público y el show comenzó.
Un verdadero duelo entre piratas en pleno siglo XXI. Eso era lo que los ojos de los enamorados presenciaba, las luces, los disparos de cañones, los duelos con espadas por toda la cubierta de uno de los barcos y el tan anhelado robo del tesoro que marcó la derrota de un equipo.
Ese espectáculo callejero fue sorprendente para la castaña, pues jamás imaginó que sus ojos verían una obra de teatro tan real y aplaudió feliz cuando todos los actores se despidieron, para después robarle un beso a su novio.
A modo de despedida, de los buques se elevaron fuegos de artificio que iluminaron el cielo por algunos minutos, maravillando a las personas que aún no se habían marchado.
Cuando el festival pirotécnico finalizó, la gente que aún estaba en el lugar comenzó a retirarse, Bella se cruzó de brazos intentando evitar el frío que comenzaba a sentir. Edward observó ese gesto, sin dudar se sacó la chaqueta que traía y se la ofreció a la castaña.
—Lamento que esté fría —comentó Edward lamentando el no poder hacer más—. Pero espero que algo ayude.
—No pongas esa cara de disgusto —objetó Isabella—. No creí que me daría tanto frío, pero si quieres ayudar de verdad, me acompañarás a tomarme un café en el local que está al empezar el muelle.
El vampiro se quedó sin palabras para discutir, para él fue extraño ver esa faceta de su novia, no siempre salía a la luz, pero comprendía que de pronto se dejaba llevar por sus ideales de sobreprotección y su mal humor hacía su aparición. Pero claramente, Bella siempre sabía cómo hacer que volviera a la calma.
La mayoría de los asistentes al espectáculo habían escogido la terraza, pero Edward llevó a Isabella hacia el interior del local. Pier café los recibió con un ambiente cálido, acogedor, con una relajante música y ese único aroma a café de grano recién molido.
Isabella pidió un latte con sirope de amaretto, Edward un trozo de torta de merengue y frutos rojos, que por obvias razones no probaría, pero que sabía que a Bella le encantaba y ese fue motivo suficiente.
Ya de regreso en el hotel, el vampiro se dedicó a observar como su amada viajaba por el mundo de los sueños, intentó imaginar las reacciones que ella tendría para las actividades del día siguiente, pero estaba seguro de que de algún modo Isabella terminaría por sorprenderlo, siempre lo hacía. Después, se acomodó a su lado, cerró sus ojos y se dejó envolver por el latido del corazón de la castaña mientras pensaba que eso era lo más cercano que podía estar al estado de relajación que se consigue al dormir.
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Hace muchos años que no pisaba aquel lugar, Manhattan estaba a la distancia, pero había una diferencia entre el antes y el ahora.
Las torres gemelas habían desaparecido.
Isabella caminaba sola, pero sospechaba que realmente no era así, su vista estaba cegada, pero realmente parecía que el resto de sus sentidos comenzaba a encargarse de ello dejándole las señales que ella necesitaba.
La castaña cerró los ojos, dejó que la luz del sol llegara a su piel, pero al abrirlos, ya no se encontraba en el parque de New Jersey. El cementerio donde estaba su madre estaba frente a sus ojos y ella realmente no estaba entendiendo nada.
Como si tuviese una misión por delante, Isabella avanzó hasta el lugar donde descansaba su madre. La tumba estaba decorada con las flores que Renée tanto amaba, pero no sólo flores formaban parte de la decoración, un sobre aún más blanco que las flores contrastaba con la lápida gris.
En aquella carta sólo una palabra estaba escrita.
"Vuelve"
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Isabella despertó sobresaltada, no recordando mucho de lo que había soñado, sólo la palabra escrita en la carta era lo único que ocupaba su cabeza.
La castaña maldijo sus sueños en clave ¿Volver? ¿Dónde?
Pero dejó todo aquello de lado y no pudo evitar una sonrisa cuando vio a Edward entrar con una bandeja con jugo de frutilla, huevos a la copa y fruta picada.
—No sabía si pedir café —dijo el vampiro y Bella negó de inmediato.
—No es necesario, esto es realmente perfecto.
—Sólo es un pequeño detalle —Bella notó un dejo de diversión en la mirada de su novio.
—Apuesto que mi cabello cobró vida propia y está hecho un almiar —apuntó la castaña y Edward soltó esa sonrisa que estaba escondiendo—. De eso te estás riendo.
—Esta bien, me río de eso—admitió el vampiro—. Aunque antes que me sometas a sentencia, debo advertirte que, a menos que quieras esperar por varias horas, tienes que apurarte para nuestra aventura de hoy.
En un santiamén Bella estuvo lista, otro bonito vestido fue el que escogió para aquel día y en conjunto con el jersey de hilo formaban el atuendo perfecto para seguir de paseo por los rincones de la metrópoli.
En taxi, los enamorados se dirigieron al sur de Manhattan, exactamente al Battery Park, de donde salía el ferry hacia el primer destino del día.
A medida que Edward y Bella se internaron en el parque, fueron encontrándose con distintas zonas que por sí solas eran una zona de interés turístico, pero en ese minuto, Edward iba con otros planes.
El primero era ingresar al Castillo Clinton, para validar el pase de la visita guiada que había organizado a la estatua de la libertad, llegando a la zona de la corona. El segundo era transportarse en el ferry y disfrutar de las vistas que el ofrecía el viaje entre Manhattan y la Isla Ellis. Por último, quería terminar la el día en Queens, en la cuna del jazz, pues habría un concierto que quería disfrutar junto a Bella.
Por lo que Edward le explicaba a medida que se acercaban a la isla, las inspecciones de seguridad eran super exhaustivas, estrictas y rigurosas, esto debido a lo ocurrido el 11 de septiembre del 2001. El shock masivo que había dejado el ataque terrorista en la mente de los neoyorkinos no era fácil de olvidar y este era uno de los pequeños detalles que cambiaron desde aquel día.
Apenas llegaron a la Isla Ellis, fueron separados del grupo grande, junto a otras personas y de pronto dos guías hicieron su aparición.
—Ustedes son el grupo que, según la información que nos proporcionó el Castillo Clinton, tienen el pase de tour completo hasta el mirador ubicado en la corona —informó el hombre.
—Mi compañero y yo seremos sus guías durante toda la visita —explicó la otra persona—. Lo primero es dirigirnos hacia el sector de la inspección de seguridad y apenas el protocolo esté listo, continuaremos con todo el recorrido
El paisaje era precioso, tanto así, que la castaña tuvo que poner la segunda tarjeta de memoria en su cámara digital para seguir fotografiando. Desde el mirador de la corona de la Estatua de la libertad, se veían distintos edificios de Manhattan imponiéndose en el paisaje. La luz del sol se reflejaba en el agua, haciéndola brillar de la misma manera en que brillaban los ojos de Isabella.
Para Edward ver la alegría irradiar en el rostro de su novia era el premio más grande, el viaje no sería lo mismo sin ella.
El regreso fue igual de emocionante para ambos y, como si fueran experimentados turistas, disfrutaban de la fotografía para conservar todos los recuerdos de un viaje que nunca olvidarían.
El almuerzo fue en un pequeño local que estaba en el sur de Manhattan, escogieron el rincón más apartado del restaurante para sentarse, el cual tenía un sillón de cuero adosado a la pared, Edward y Bella esperaron al mesero abrazados, compartiendo mucho más que el tiempo en el que estaban.
—Espero que disfrutes la comida —murmuró el vampiro al oído de Isabella—. Que me digas como sabe, para intentar recordar momentos en que era humano.
—No sabría cómo explicarlo, pero supongo que si te hago la comparación entre un herbívoro, un oso o un Puma podrás entender de lo que hablo —Bella se burló contagiándole la risa a Edward.
—En esos términos ten por seguro que te entenderé.
Después de que terminaron de almorzar, Bella le comentó que pese que a la vista era un plato sencillo, el sabor era inigualable. Sin duda la salsa de mango le daba un toque especial a un asado de cerdo que parecía estar en el punto de cocción perfecto.
—Un puma directo al paladar —añadió con una sonrisa amplia que Edward no dudó en responder.
—Tengo que pedirte un favor —Los ojos de Edward mostraban esa brillante expectación que era imposible que Bella no captara—. Por la noche habrá un evento en Queens, pero requiere de un poco de preparación.
El rostro de Isabella mostraba lo que pasaba por su cabeza, estaba perpleja, intentando unir la información que Edward le había entregado.
—Sé que tienes dudas, pero en el hotel te espera alguien que te ayudará a alistarte —explicó el vampiro—. Te acomodarán el pelo y tendrás que escoger uno de los vestidos que Alice dejó para esta ocasión.
—Realmente no sé qué esperar, mi mente se abre a muchas posibilidades —declaró la muchacha—. Pero me dejaré mimar y me dedicaré a intentar adivinar qué es lo que hay en Queens que te llama la atención.
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Isabella nunca imagino que cuando Edward se refería a vestidos, estaba hablando de esos que se inspiraron en los que usó la destacada Audrey Hepburn durante la década del 50.
De los tres vestidos que Alice había mandado, no dudó en escoger el de color vino hecho de tela semi brillante y sin mucho escote, pero que marcaba su cintura debido al corte, además, no era largo y sus adorados zapatos negros de tacón bajo se verían estupendamente con él. Esto último le aseguraba una cosa, sería más fácil desplazarse sin tener que temer caerse de bruces debido a un stiletto.
Los stiletto que Alice insistía que usara.
Pero además del vestido, la mujer que vino a asesorarla, se encargó de peinarla de tal manera que su pelo quedó completamente liso y formando una especie de recogido en la parte alta de su cabeza.
Un suave toque en la puerta de la habitación interrumpió a la castaña que estaba contemplando el resultado final entre vestido, peinado y maquillaje. Apenas abrió la puerta se sorprendió al ver a Edward vestido con un elegante traje, que estaba seguro que Alice lo había mandado a hacer a medida, no había otra explicación para que le calzara de esa manera.
—Me dijeron que una princesa estaba en esta habitación —comentó Edward contento al ver el rostro iluminado de la castaña—. Pese a la seguridad, no pude resistir el atreverme a conocerla.
—Pues, mucho gusto —Isabella le siguió el juego—. Agradezco su valentía.
—Puede seguir agradeciendo más tarde —aclaró el vampiro—. Por ahora tomaré el atrevimiento de invitarla a un espectáculo musical en Queens que estoy seguro que adorará.
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La música era suave, el ambiente delicadamente decorado, mostrando una decoración bastante especial, la pintura de las paredes y del techo era reciente, pero tenían un efecto envejecido, que le daba al lugar un aspecto de taberna de los 40.
Cuando Edward y Bella arribaron, ya habían parejas en la pista de baile, otras estaban en una esquina disfrutando de la cena y algunos grupos estaban en las mesas de billar.
—Acá el dueño de casa es Louis Armstrong —explicó Edward—. No muy lejos, queda la que fue su casa, que está convertida en un espléndido museo del jazz.
—Acaba de enseñarme algo nuevo, Señor Cullen.
I double dare you, con ese ritmo singular comenzó a invadir cada rincón y fue el incentivo para que Edward retara a Bella a bailar los clásicos del jazz que se oían desde la entrada del local.
Sumergidos en su propia burbuja, los enamorados disfrutaban bailando las piezas rápidas, que cambiaron bruscamente a la melodía de Sweet as a song. Con los brazos cruzados en el cuello de Edward y la mirada perdida en el dulce verde de los ojos del vampiro, Bella disfrutaba de esa cadencia suave en la pista de baile.
—Estás feliz —declaró Isabella al ver la alegría desbordante en los ojos de Edward.
—¿Cómo no serlo? —él se encogió de hombros—. Tengo a la chica más guapa conmigo.
—¿Qué planea Señor Cullen? —preguntó la castaña siguiendo con el discurso con el que habían salido del hotel.
—Sólo expresarle cuanto la quiero.
La música se detuvo solo un segundo antes que la banda comenzara con otra lenta y romántica melodía. Edward acomodó en sus brazos a su novia, de tal manera, que pudo perfectamente cantarle al oído Maybe it's because.
En aquella canción, Louis hablaba de lo grande que era el amor que le profesaba a la mujer de sus sueños, que se preocupaba por ella y de lo mucho que significaba el que estuviera apoyándolo, porque él haría lo mismo por ella. El fiel reflejo de lo que le pasaba a Edward con Isabella.
Las horas pasaron al ritmo de la buena música, ninguno se dio cuenta del paso del tiempo, pero cuando Bella se acomodó en el hombro del vampiro y cerró los ojos para dejar que el resto de sus sentidos se dejase envolver al ritmo del jazz pudo notar que el agotamiento la estaba envolviendo en esa bruma previa que anunciaba la llegada de los sueños.
—Creo que el día agotó a mi princesa —comentó Edward—. Es hora de que regresemos al hotel.
La castaña abrió los ojos, pero realmente estaba funcionando casi en piloto automático, dejándose guiar por su novio al exterior y sólo fue consciente del momento en que ambos se subieron al taxi.
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Todo era realmente extraño, no entendía muchas de las imágenes que estaban en el Times Square, pero apenas vio la imagen de alguien conocido para ella siguió los rastros que le fue dejando como si se tratase de la clave para comprender todo lo que estaba pasando. Aquel niño que había visto en la estación de policía con su claro gesto indicando que guardase silencio no podía ser evitado.
Además de la inquietud por aquel niño, se sumaba la ausencia de Edward. Se suponía que recorrerían New York juntos, pero no sabía dónde encontrarlo.
Isabella caminó hasta que se vio en un callejón aparentemente sin salida, pero que tenía una de esas puertas de emergencia, cuya salida estaba parpadeante y en rojo.
Cuando aquella advertencia parpadeó de manera extraña, ella sospechó que el niño quería que atravesara esa puerta. Pero cuando estuvo al otro lado su impresión era incontenible.
Estaba segura que era un sueño, porque no podía atravesar una puerta y pasar desde New York hasta el cementerio donde estaba su madre en Seattle como si nada hubiese ocurrido.
Pero aquello no había terminado, en la tumba de su madre encontró un claro mensaje.
Un papel pegado a una maqueta de las torres gemelas decía "Tienes que ir hasta ahí" y el segundo estaba en la tumba y decía "Cuando lo resuelvas, encuéntrame aquí"
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Increíblemente la hija del sheriff Swan despertó recordando cada detalle de lo que había soñado, estaba segura que era un tipo de mensaje y se aseguraría de que Edward tuviera programada una visita al memorial.
Allí había algo que era importante. Estaba segura.
Las cavilaciones de Isabella se vieron interrumpidas con la entrada de Edward a la habitación, en sus manos traía una bandeja que anticipaba ser un suculento desayuno.
—Espero que hayas dormido bien, cariño —comentó Edward mientras Isabella se estiraba perezosamente.
—No me puedo quejar —añadió la aludida sonriendo—. Pero quiero saber dónde iremos hoy, sólo para saber que ponerme.
—Busca algo cómodo y zapatos con los que puedas caminar sin cansarte —contestó el vampiro—. Pero no tengo problemas en cargarte si no quieres caminar.
La risa de Isabella fue evidente ante el último comentario. Sabía que Edward era perfectamente capaz de tomarla en brazos sin cansarse.
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El viento hacía que las ondas del cabello castaño rojizo de Isabella se levantaran y se reflejaran casi con vida en las fotos que Edward le tomaba en medio del puente Brooklyn.
Para Edward, la mujer que amaba lucía como el ángel que realmente era, las fotos que le tomaba eran el reflejo de la luz que solía ser para él.
Se juró el intentar mantener esa sonrisa que ella tenía en su cara tanto tiempo como fuera posible, teniendo claro que en algún minuto compartirían la eternidad. Una imagen se tomó su cabeza y estaba seguro que antes de la eternidad había algo más que debía hacer.
Gran parte de la mañana se pasó mientras caminaban por el puente, el horario de almuerzo llegó en un pestañeo, por lo que en un pequeño local de Manhattan pararon a almorzar.
El siguiente punto para visitar fue algo distinto, una galería de arte que tenía una muestra de fotografías de ciudades estadounidenses durante el periodo entreguerras, muchas tomadas cuando la depresión del 29 inició.
De cierta manera, Bella pudo comprender que pese a que Edward no tenía muchas fotografías de sus primeros años como vampiro, quiso llevarla a lo que él pudo ver durante todo este tiempo. Sin duda eran mucho más que fotos en blanco y negro, eran trozos de recuerdos que permanecían en su mente y que quería que ella los tuviera.
—Gracias —soltó ella de la nada, justo cuando observaban una fotografía de Chicago en 1918.
—No es nada —replicó Edward encogiéndose de hombros—. Quiero entregarte todo mi mundo —afirmó sin dudar.
Isabella lo abrazó con una sonrisa, de esas brillantes que incluso opacaban a las que salían en los comerciales de dentífrico.
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La hora del crepúsculo vestía de tonos malvas el cielo mientras los enamorados estaban en su cuarto de hotel, Bella tenía en frente un exquisito y clásico pato a la naranja, la suave música casi ni se sentía, las luces de los edificios cercanos comenzaban a encenderse, pero para Edward no había distracción alguna, su vista estaba puesta en la castaña.
Como cosa del destino, Walk hand in hand comenzó a llenar cada rincón con su agradable melodía e Isabella había terminado su cena. En una invitación silenciosa, Edward extendió su mano y ella comprendió de inmediato qué era lo que buscaba, por lo que se aferró suavemente a su hombro y colocó su cabeza en el pecho del vampiro dejándose llevar.
Mientras bailaban, Edward cantaba suavemente la canción que se oía en la radio y a Bella le pareció que él le estaba prometiendo algo, pero ella no sabía de qué trataba, aunque la letra le hacía sospechar que trataba sobre su conversión.
Las horas pasaron casi inadvertidas entre bailes, películas y mimos, de tal manera que Isabella se acomodó en brazos de su novio para ver "Más barato por docena" pero no llegó a ver el final, sus ojos se cerraron buscando el descanso después de un largo día.
Su vista estaba enfocada en el televisor, un documental de la CNN sobre el atentado terrorista del 11 de septiembre la mantenía observando los detalles que ella conocía bien.
Un ruido ensordecedor que se llevó la luz la interrumpió, se puso de pie, para buscar el interruptor cuando el suelo tembló y sintió que caía.
—¡Edward! —Isabella no contuvo el grito que salió desde lo más profundo de su alma.
Él no apareció, o más bien podría haber aparecido, pero la oscuridad que la rodeaba no la dejaba distinguir nada.
Quizá fue solo cosa de un parpadeo, pero pudo notar que una pequeña luz brillante venía hacia ella y al parpadeo siguiente, la oscuridad se había ido y el sillón donde había estado viendo televisión estaba ocupado por aquel niño, el único que ella había podido ver después de que despertase sin su don.
—Tendrás que buscarme —declaró el pequeño—. Necesitas saber algunas cosas.
—¿Cómo sabré donde verte? —Isabella tenía sospecha de que algo importante estaba por ocurrir.
—Si recuerdas el documental me hallarás sin dificultad.
Sintió la sensación de caer al vacío y en el momento de mayor velocidad, todo terminó.
La castaña se sentó bruscamente en la cama, su cabeza trabajaba a toda velocidad para intentar recordar cada momento que pasó en aquel sueño, aunque solo era una cosa la que se quedó fija en su mente, el deber de visitar el memorial del atentado al Word Tride Center, el deseo por saber lo que estaba sucediendo o lo que podría pasar la intrigaba.
Apenas Edward entró al dormitorio, supo que algo había sucedido con su novia y no dudó en acomodarla entre sus brazos para reconfortarla. El vampiro tenía claro que las pesadillas de la castaña no podía tomarlas a la ligera, porque aunque su don estuviese ausente, sus sueños tenían algo intuitivo que aún no comprendía del todo, pero que muchas veces guiaban sus decisiones.
En ese minuto Isabella relató cada detalle de lo que había estado ocurriendo con este único fantasma que durante todos los días que habían estado en New York le había mandado mensajes en sueños.
—Sé que tienes aprensiones —comentó Edward sin dejar de acariciar a Isabella para reconfortarla—. Pero el día en que te conocí en fue porque dejé de lado las mías.
—¿Cómo? —Isabella no pudo evitar interrumpirlo.
—Alice había me mostró imágenes en el que me veía en el monumento, pero ni ella ni yo supimos las razones de aquello —confesó—. El día de nuestro primer encuentro estaba en otros asuntos y sentí la curiosidad de saber qué pasaría, pese a que no sabía a lo que me enfrentaría, dejé que ocurriera.
Una vez la conversación terminó, en un acuerdo mutuo pero silencioso, los enamorados decidieron preparar todo para ir hacia el lugar donde estuvo el World Tride Center.
Los planes de aquel día cambiaron.
La cabeza de Edward marchaba a toda máquina y tomó una decisión, no importaba con qué se encontrarían en el lugar en que se habían conocido, porque se aseguraría de que su amada tuviese el mejor recuerdo de aquel sitio.
Sin que la castaña lo notara, Edward tomó algo pequeño que tenía oculto en su maleta y lo guardó en el bolsillo de su pantalón, decidido a transformarlo en un regalo para quien más quería.
Se dirigieron a la estación de metro más cercana, en los andenes la gente iba y venía, ambos estaban con demasiadas cosas en la cabeza, no conversaban, pero los pequeños gestos de cariño, de apoyo mutuo no necesitaban palabras para ofrecerlos al otro.
La estación de Fulton st fue su última parada antes de regresar a la superficie y desde ahí caminaron hasta el lugar del memorial a los fallecidos en el atentado del 11 de septiembre.
Faltaban dos cuadras para llegar, los enamorados esperaban a que el semáforo diera el verde para cruzar y seguir avanzando. De pronto, Edward supo que algo había cambiado, porque sintió a Bella ponerse rígida y el rostro de la muchacha no pudo contener la sorpresa.
Lo que los ojos del vampiro no notaron, fue que el fantasma que la había citado al memorial hizo una pequeña aparición al otro lado de la calle, para desaparecer después de un segundo.
—Él estaba en frente —susurró Bella.
Fue entonces que Edward comprendió lo nerviosa que estaba Isabella y tratando de entregarle el coraje que ella estaba necesitando, la volvió hacia él y besó su frente.
—Sabes que pase lo que pase estaré contigo —la castaña asintió—. Enfrentaré lo que sea necesario para que estés feliz.
Ambos siguieron caminando, transmitiéndose la valentía suficiente para enfrentar lo que estuviera en el memorial.
Lo que Bella nunca imaginó, fue el sentir las voces de aquellas almas que aún estaban aferradas al lugar en que bruscamente terminó su vida, ante esto, la muchacha no pudo evitar contarle a su novio lo que estaba pasando.
Edward tomó ese hecho como una buena señal, sospechaba que algo bueno podría venir de ello, además, tenía claro que Isabella extrañaba aquel don con el que ayudaba a aquellas almas oprimidas por la angustia, el dolor o la confusión. Él mismo había pasado un largo periodo de su vida vampírica culpándose por un error y Bella había sido la chica que se encargó de alivianar el peso de su alma.
Isabella caminó hasta un punto del memorial, se acercó a la lista de nombres y sin querer su vista no podía despegarse de un nombre específico. Mientras Edward sólo se dedicaba a seguirla en silencio.
El nombre que la castaña no podía dejar de observar, era Hania Lynch
—Ella es mi mamá —declaró el pequeño fantasma mientras la castaña pasaba su mano por encima de las letras.
Los ojos de Isabella parecían perdidos en el infinito, pero sin duda analizó profundamente las palabras dichas por el pequeño.
—¿Ella está atada a este lugar? —preguntó la muchacha y el niño negó.
—Ella está bien —comentó—. La vine a buscar y subió para cuidarme.
Bella asintió a la información que el pequeño le otorgó. Edward comenzó a sacar conclusiones con las palabras que su novia pronunció, comprendió que el fantasma no se interesaba en encontrar a alguien, sino en buscar un punto de cercanía entre lo que Bella hacía y su presencia en la tierra.
Las conversaciones triviales entre Bella y el fantasma acabaron rápidamente, el mensaje que el fantasma traía comenzó a ser entregado.
—Supongo que quieres recuperar ese don del que muchos hemos oído —comenzó el pequeño—. Pero todas las implicancias de esto tienes que oírlas en el lugar que descansa tu madre.
—Pero mi don está volviendo, ¿no? —cuestionó la castaña.
—Esto es sólo momentáneo, los arcángeles han hecho muchos esfuerzos para abrir un canal para poder entregarte estos mensajes —le aclaró con una voz suave, para que comprendiera que lo que allí pasaba no era permanente—. El próximo mensaje lo oirás allí.
—¿Volveré a verte?
—Querida Isabella, quizá volvamos a vernos —aquel espíritu se despidió—. Espero que para entonces tengas tu don de regreso.
Edward e Isabella caminaron en silencio hasta las bancas que se ubicaban entre la torre sur y West st. Una vez allí, la castaña le comentó a su novio que lo el fantasma le dijo.
—Había un mensaje. —El vampiro la animó a seguir hablando—. Uno que puede que me traiga mi don de vuelta. Pero para eso debo ir al cementerio, a la tumba de mi madre.
—¿Qué es lo que tiene que ver ella en todo esto?
—Según el fantasma, los arcángeles necesitan entregarme mensajes y ese es uno de los lugares que eligieron—contestó Isabella—. Supongo que el lugar se escogió por la relevancia que tiene para mi
El vampiro meditó las últimas palabras de su novia, llegando a la conclusión que los arcángeles querían que algo sucediera entre Renée e Isabella, dado que ella no había sido capaz de verla incluso con el don que ella poseía. Por lo mismo, dada la preocupación que le generaba, le comentó la idea que él tenía.
—Si tú quieres, adelantamos nuestro regreso.
—Te lo agradezco —contestó la muchacha suspirando profundamente—. Déjalo para mañana a primera hora, si es posible.
Después de un par de llamados telefónicos, en los que Edward usó hasta el último recurso de persuasión, consiguió un cambio en los boletos para el día siguiente a las 9 de la mañana.
—Si algún día volvemos, te prometo que ayudaré a que muchos queden en paz —comentó Bella.
—No lo dudo, cariño —confirmó el vampiro—. Si haces por ellos algo de lo que hiciste por mí ten por seguro que estarán en paz.
Edward la abrazó y siguieron en ese silencio envolvente pero relajante, a lo lejos se oía el ir y venir de las personas, la caída del agua que tenía el vestigio de lo que alguna vez había sido el World tride center, el cantar de los pájaros y el tránsito de los vehículos por las calles cercanas.
Fue allí, con todo eso alrededor, que el vampiro hizo una elección que cambiaría la vida de ambos.
—Te tengo un regalo —dijo él—. Uno que representa una promesa que se sellará el día que te conviertas.
Estas palabras dejaron a una Isabella confundida. Para ella, los regalos que Edward le daba, siempre la sorprendían, pero nunca imaginó de qué trataba este.
—Sé que no sabes lo que ocurre —él la miró sonriendo—. Pero espero que con esto queden más claras mis intenciones —Fue entonces que Edward sacó el pequeño joyero desde el bolsillo de su pantalón y puso una rodilla en el suelo—. Isabella Swan, agradezco al destino por haberte puesto aquí el día en que nos conocimos, es por eso que es aquí mismo que prometo amarte durante toda la eternidad, ¿te casarías conmigo?
Para la castaña el mundo se paralizó, no oía los vehículos, ni el murmullo de los espectadores que a lo lejos los miraban, ni si quiera pasó por su mente lo que su padre diría, sólo se centró en esa mirada ansiosa y brillante de color verde que estaba frente a ella. No pudo contener las lágrimas, tampoco esa sonrisa amplia que adornaba su rostro y dado que las palabras quedaron atoradas en su garganta, asintió firmemente.
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Alguien a lo lejos pensó "la calma previa a la tormenta".
Hola chicas,
Vengo a contarles que la historia "Special gift for a special girl" ya concluyó su periodo de creación, fue mucho tiempo de trabajo, desvelos, alegrías y llantos. Durante el tiempo que me tomó escribirla cambiaron bastantes cosas en mi vida, algunas me mantuvieron alejada de la escritura, pero cumplí con finalizar la historia y los capítulos restantes se irán subiendo pronto.
He de decir que estas últimas semanas no han sido nada fáciles y me he estado planteando un montón de cosas, entre ellas mi permanencia en el fandom. Bien es sabido que en el grupo intento regalarles adelantos y actividades para que ustedes participen, pero pareciera que el grupo sólo estuviera compuesto por unas pocas y muchas le dejan "el visto" a todo. Por otra parte, acá en fanfiction parece estar lleno de lectoras fantasma, a ellas sólo les puedo decir que nada cuesta dar las gracias, de esa forma quienes creamos, nos podamos dar cuenta que les gusta nuestro trabajo.
Que conste que no les estoy exigiendo párrafos eternos comentando el fic, ni tampoco un número "X" de comentarios, sino que estoy apelando a que creen la consciencia de dejar una palabra que es "Gracias". Con sólo siete letras y un click para enviar alegrarán el dia de las autoras.
Hasta hace un tiempo tenía pensado un fic basado en el mundo del Antiguo Egipto, pero me doy cuenta que hoy en el fandom de Twilight ese tipo de historias ya no tienen espacio para publicarse. Me hubiese encantado mostrarles ese universo lleno de magia, intriga y creencias únicas, pero siento que ya no vale la pena, que el apoyo a las historias diferentes no existe de la misma manera que antes.
Por todo lo que ya les expuse, les confieso que no sé si algún día vuelva a crear otro fanfic, no sé ni si quiera si quiero quedarme en el fandom, de ustedes depende que esto sea un "hasta pronto" o un "adiós" para siempre.
Se despide con cariño, Crizthal.
Agradezco el apoyo de Alex, Baisers, Reva4, Vall, ZafiroCullen22, piligm, Licet Salvatore, Yoliki, Tecupi, Sandy56, Maryluna y Twilight all my love 4 ever.
