Capítulo Veintiséis
Se llevó una cucharada de tarta de melaza a la boca, degustando su dulce sabor. No era como las tartas que hacían en Hogwarts, que sin duda eran las mejores, pero la tarta de Molly Weasley estaba deliciosa.
Era el cumpleaños de Rose, y el jardín de La Madriguera era una locura. Otra vez.
— Engordaré ocho kilos como sigamos de cumpleaños en cumpleaños.
Harry sonrió mirando cómo, a pesar de las quejas, Teddy engullía su propio trozo de tarta.
— Creía que en la Academia de Aurores hacíais ejercicio.
— Lo hacemos —replicó el chico—, pero dentro de dos semanas me graduaré, y aún faltan algunos cumpleaños por celebrar.
— Es lo que tiene tener una gran familia.
— Y que Molly haga tartas como esta —añadió. Harry asintió, dándole la razón.
Miró a su alrededor, observando como los niños jugaban y correteaban. Sintió un pequeño deja-vú, aunque sabía que desde el cumpleaños de Albus el año pasado a ese momento, habían cambiado muchas cosas.
Teddy y él estaban sentados en una de las mesas del jardín, comiendo tranquilamente. En el otro extremo estaban Lily y Lucy, la hija de Percy, hablando de todo lo que harían cuando entrasen a Hogwarts ese septiembre. Dominique, Roxanne, Fred y James volaban en escoba por encima de sus cabezas, mientras que Molly, Rose, Albus y Scorpius jugaban al snap explosivo. Hugo, el pequeño de todos, correteaba por el jardín con un palo de madera en la mano que simulaba ser una varita, lanzando hechizos imaginarios a la gente. Aunque el que de verdad corría era George, quien intentaba huir de su madre por haber traído fuegos artificiales a la fiesta cuando le había dejado claro que no quería nada de Sortilegios Weasley en su casa. Había cosas que no cambiaban nunca.
— ¿Vais a hacer una partido de Quidditch hoy? —le preguntó a su ahijado.
— Seguramente. Tú serás el árbitro, ¿no?
— Me gustaría más ser el buscador, la verdad.
Teddy se atragantó con la tarta, mirándole como si le acabase de decir que iba a casarse con un hipogrifo.
— ¿Volando? ¿Con la escoba?
— No, barriendo con ella —replicó, rodando los ojos.
— Se te ha pegado el sarcasmo de mi tío —se quejó el chico—. ¿Desde cuándo vuelas?
— Desde hace unos meses.
Lupin asintió, con la mirada perdida, como si aún no se lo creyese. Era normal, Teddy a sus veintiún años solo lo había visto volar en fotografías.
— Increíble —murmuró.
Harry sonrió ligeramente entretenido.
— Llevaré esto a la cocina —comentó, apilando los platos vacíos de la mesa. Su ahijado asintió distraídamente, muy metido en sus pensamientos.
Cruzó el jardín levitando los platos mientras Molly le regañaba, diciéndole que no hacía falta que se molestase en recoger, que eso ya lo haría ella. El moreno hizo caso omiso, llevándolo todo a la cocina, aprovechando para ordenar también el salón. Se encontraba limpiando los papeles de los regalos de Rose, cuando la chimenea sonó a su lado.
— Hola —saludó con una sonrisa, algo extrañado de que Draco llegase tan pronto para recoger a su hijo. El rubio le miró con expresión inusualmente seria.
— Necesito hablar con Scorpius —dijo como respuesta. Su voz parecía acongojada.
La sonrisa de Harry decayó, dejando paso a la preocupación.
— Está en el jardín.
Vio como salía del salón, mientras que él se quedó allí de pie, intentando imaginar qué era lo que tenía a Draco en ese estado. El nerviosismo se anudó en su estómago, dejándolo intranquilo. Afortunadamente el rubio volvió a los pocos minutos.
— ¿Que ha pasado? —le dijo nada más verle.
— Mi madre está ingresada —suspiró el otro—. El año pasado tuvo una neumonía, y se le pudo curar, pero ahora ha vuelto a afectarle y parece que es más grave. Tengo que irme a Francia.
El moreno asintió, observando la expresión de desasosiego de Draco.
— ¿Quieres que me quede con Scorpius? —ofreció.
— No. Ya he hablado con Daphne y vendrá a buscarle en un rato —sus ojos grises le miraron con algo semejante a la culpabilidad—. No quería irme así de repente, pero...
Alzó la mano, en un gesto para quitarle importancia, mientras negaba con la cabeza.
— No te preocupes por eso —consoló, acercándose a él—. Estoy seguro de que tu madre se recuperará.
Malfoy asintió, sin parece muy convencido.
Harry miró hacia la puerta del jardín, y luego a su espalda, cerciorándose de que no había nadie alrededor. Alzó una mano sujetando suavemente el cuello de Draco y lo acercó a él para dejar un beso suave sobre sus labios.
— Escríbeme cuando llegues a Francia, ¿vale?
— Vale —afirmó el otro en voz baja, separándose de él para dirigirse a la chimenea —. Te amo.
— Y yo a ti —le respondió, antes de verle desaparecer por red flú.
Se dejó caer en el sofá, soltando una gran exhalación. Parecía que no iba a tener una semana tranquila. Cerró los ojos, casi rezando para que Narcisa Malfoy se recuperase. Se le encogía el corazón solo de pensar en Draco preocupado, metido en un hospital francés. Se quedó ahí lo que supuso que fue mucho tiempo, con la mente demasiado abstraída y los ánimos demasiado bajos como para salir al jardín y volver a la fiesta.
Su burbuja de padecimiento se rompió cuando la chimenea sonó una vez más.
De ella salió una mujer de largo cabello rubio, brillantes ojos verdes y tez pálida. Vestía una túnica elegante de un color rosa pálido
— Buenas tardes —saludó, con un bonito acento en su voz —, he venido a recoger a Scorpius.
— ¿Daphne Greengrass? —se levantó, para saludarla apropiadamente. Ella asintió con la cabeza —. Iré a buscarle.
Salió al jardín, percatándose del ruido que había allí fuera. Parecía que al final Teddy si había organizado un partido de Quidditch. Buscó a Scorpius con la mirada, pero no lo encontró volando, así que paseó sus ojos por la zona, localizando al niño sentado en una de las mesas, con los brazos bruzados sobre esta y la barbilla apoyada en ellos. Parecía que Scropius compartía su mismo estado de ánimo intranquilo.
— Tu tía ha venido a buscarte —le dijo, cuando estuvo a su altura.
El rubio se levantó obedientemente, despidiéndose de los que estaban allí. Mientras se acercaban al salón, no pudo evitar recordar todo lo que le había dicho Draco de la familia Greengrass cuando Astoria falleció. Sabía que Draco no dejaría a su hijo con Daphne si no confiase en ella, pero el instinto sobreprotector de Harry estaba demasiado arraigado en él sobretodo en ese momento, en el que Scorpius estaba tan lejos de su padre.
— Sabes que puedes ir a nuestra casa cuando quieras ¿verdad? —le dijo, sintiendo que su deber moral florecía—. Dejaré una chimenea abierta para ti.
El niño le miró, asintiendo.
— Lo sé.
— Y si te encuentras mal, o te ocurre algo, siempre puedes enviarme una lechuza, a la hora que sea, y yo iré a buscarte inmediatamente estés donde estés.
Scorpius clavó sus ojos gris-azulados en él, observándole con una fijación conmovida. Para su sorpresa, el niño se abalanzó contra él, apretándole en un abrazo asfixiante.
— Gracias, Harry —murmuró, con una voz tan dulce que dejó extrañado al mayor.
El moreno sonrió, devolviéndole el abrazo y haciéndole entrar en el salón.
— Hola, tía Daphne —saludó el niño. La mujer le correspondió cálidamente.
— Que pase buena tarde, señor Potter —se despidió la rubia, antes de meterse en la chimenea.
Harry se quedó solo una vez más, con un estado de ánimo por los suelos, sintiéndose preocupado e intranquilo. Se dirigió hacia la cocina, sirviéndose un gran trozo de tarta de melaza, y sentándose en la mesa para ahogarse en su desasosiego.
¿Por qué todo tenía que ser tan complicado?
Ginny interrumpió su atmósfera alicaída, adentrándose en la cocina para alcanzar un vaso y llenárselo de agua.
— Ron se enfadará como vea que estás arrasando con toda la tarta —se burló la mujer, riendo.
Harry se llevó otra cucharada a la boca, sin tomarse la molestia de contestar. Era infantil, pero en se momento no estaba de humor. La pelirroja pareció extrañada ante su silencio, así que se sentó frente a él.
— ¿Qué te pasa?
— Nada.
Vio como ella fruncía el ceño, y después de veinte años a su lado, Harry sabía que esa expresión detonaba que no iba a dejarle en paz hasta sacarle la verdad.
— ¿Te has peleado con tu novia? —probó, inocentemente.
Resopló, lleno de disgusto. Estaba cansado, desanimado y demasiado preocupado con todo para inventarse una excusa. Sabía que esa situación la había propiciado él, por haber llevado su relación en secreto, pero estaba harto ya de que todo el mundo le preguntase sobre su supuesta novia, como en el caso de Ginny o Hermione, o por su novio, como hacía Ron.
Su paciencia había rebasado el límite.
— Es un novio —corrigió, con tono firme y seguro.
Tenía a Draco viajando a Francia, con su madre enferma, a Scorpius con una familia con la que no congeniaba, dentro de un mes sus hijos irían a Hogwarts, y él se quedaría en una casa enorme y solo. Que Ginny le juzgase por salir con un hombre, era el menor de sus problemas en ese momento.
— ¿Novio? —repitió ella con voz inestable. Harry levantó la mirada, observándola con desafío, alentándola a que tuviera algo que decir—. ¿Eres homosexual?
— No.
— Pero estás saliendo con un hombre —apuntilló Ginny.
Resopló irritado, dejando la cuchara sobre el plato y apartándolo de él. Le dolía el estómago por comer tanto.
— No me gustan los hombres. Simplemente me he enamorado de él.
La mujer asintió con cautela.
— No te estoy juzgando —aclaró suavemente.
— Lo sé —suspiró.
Sus hombros se hundieron. Toda su molestia y preocupación se convirtió en cansancio y dolor de cabeza.
— ¿Vas a decirme quién es?
Harry lo pensó durante un momento. Ginny no parecía enfadada, ni asombrada o horrorizada por haberle dicho que salía con un hombre. Y él ya estaba tan cansado de inventar evasivas sobre el tema.
— Draco Malfoy.
La cocina se sepulto en silencio durante unos segundos. Los ojos marrones de Ginny parpadeaban, y ese era el único signo de que ella seguía viva, porque el resto de su cuerpo no se movió ni un ápice.
— Bueno... no es para tanto —comentó ella, con aparente indiferencia, aunque en su rostro había algo de consternación.
— Lo dices para que no me ofenda.
— ¿Y qué quieres que diga? —replicó—. Llevas meses con lo de "Estoy interesado en una persona" "Estoy saliendo con alguien", y nunca has querido decir quién era, y ahora vienes y de repente me sueltas que estás con... con Malfoy. Decir que estoy alucinando se queda corto.
A pesar de todo, Harry se encontró a sí mismo riendo limpiamente.
— Supongo que tienes razón —admitió.
— Aunque, pensándolo bien, no es tan raro, ¿no? —comentó la mujer —. Recuerdo que Malfoy estaba muy bueno cuando íbamos a Hogwarts. Luego abría la boca y lo jodía todo, pero por algo se empieza. El uniforme de Quidditch le quedaba genial.
Harry se llevó las manos a la sienes, cerrando los ojos.
— No me puedo creer que acabes de decir eso.
— ¿Perdona?. Eres tu el que está saliendo con él —la burla era tan palpable en su voz que Harry casi se sintió sonrojar—. ¿Es por eso que lo mantenéis en secreto? ¿Porque es Malfoy? —cuestionó más seriamente.
— No es por eso. Es decir, al principio era porque nosotros aun estábamos casados. Y ahora con lo del divorcio y todo... Estoy agobiado. Además, James no se lo tomó muy bien cuando se enteró.
— Sí, algo me comentó sobre eso —afirmó la pelirroja—. Pero no creo que los niños se lo tomen mal.
— No lo sé. Tal vez a Albus no le haga gracia que esté saliendo con el padre de su mejor amigo.
Ginny soltó una carcajada abrupta.
— Lo siento —se disculpó, aún riendo—. Es que no me acostumbro a pensar que tú y Malfoy estáis juntos.
— Al menos tú te lo has tomado bien —se consoló a sí mismo—. Espera a que se lo diga a Ron.
— Eso sí va a ser difícil —admitió ella. Harry soltó un suspiro apesadumbrado—. No te preocupes, Harry. Tal vez todos se sorprendan al principio, pero estoy segura que lo entenderán. Es tú vida al fin y al cabo, y ya eres mayorcito para saber en qué te metes.
— No estoy tan seguro de eso —replicó, con menos esperanzas—. No deja de ser Draco Malfoy, quien le hizo la vida imposible a Ron y Hermione, el hijo del hombre que te dio un diario maldito, el sobrino de Bellatrix Lestrange. Poca gente le conoce como le conozco yo.
— Y tú eres Harry Potter, el hombre al que esta familia quiere como a uno más. Ellos lo aceptarán a él por ti, y luego estoy segura de que le darán una oportunidad para conocerlo. Y si ha logrado enamorarte a ti, podrá enamorar a cualquier Weasley —bromeó. Harry se permitió sonreír—. Además, siempre puedes empezar diciéndoselo a Albus y Lily, que son los que menos prejuicios tendrán al respecto.
Harry mantuvo una pequeña sonrisa en la cara, mirando a Ginny con agradecimiento.
— Me alegro de haberme casado contigo —dijo sinceramente.
— No lo digas muy alto, no vaya a ser que Malfoy se entere y venga a matarme una noche de estas —se burló.
Su sonrisa se amplió, mientras negaba con la cabeza, sintiéndose con un humor mejorado.
La carta que le quitó un gran peso sobre los hombros llegó una semana después, donde Draco le decía que su madre estaba recuperándose bien, pero que todavía se quedaría en Francia hasta que le diesen el alta. Harry había suspirado con alivio en cuanto terminó de leerla.
Y aunque era cierto que después de eso su animó mejoró considerablemente, y se sintió mucho más relajado, había otra cuestión que estaba atormentándolo: solo quedaban unas semanas para que el curso escolar empezase, lo que significaba que se le estaba agotando el tiempo para ser sincero con sus hijos.
Hubiera querido esperar a que Draco volviese de Francia, para que estuviese con él mientras se lo decía a Albus y a Lily, pero el rubio no había podido darle una fecha concreta de su regreso, y él no quería esperar más para desahogarse y quedarse tranquilo de una vez por todas.
Con lo cual, una vez más se encontraba en su salón, con sus tres hijos mirándole extrañado.
— ¿Estas reuniones se van a hacer una costumbre? —cuestionó Albus.
— Tal vez, porque aunque nos hayamos separado seguimos siendo una familia —contestó Ginny, quien había decidido acompañarle como apoyo—, y debemos mantener la comunicación los unos con los otros y ser sinceros, porque la confianza es la base de una familia.
Los niños miraron a su madre sin entenderla. Él también la observó con la misma expresión. Ella le regaló una mirada que decía: "Confía en mi". Harry sintió miedo.
— Así, que ahora mismo vamos a sincerarnos entre nosotros, y vamos a contar un secreto, y nadie puede enfadarse, ni molestarse.
— A ver si lo he entendido —dijo James lentamente—. Nosotros contamos un secreto, y vosotros no os enfadaréis.
— Exacto —afirmó Ginny—. Y nosotros también contaremos uno, y vosotros tampoco os podéis enfadar. Esta charla va sobre aceptarnos y mantenernos unidos.
Harry llevó la vista al techo, sabiendo ya por dónde iba la mujer. No sabía porqué, pero presentía que eso no iba a funcionar.
— ¿Y tampoco nos castigaréis? —cuestionó Albus recelosamente.
— Nada de castigos —asintió ella—. ¿Algún voluntario para empezar?
Los niños se miraron mutuamente, y se mantuvieron en silencio. James cruzo la mirada con él, conociendo el secreto iba a desvelar Harry.
— ¿Puedo empezar yo? —preguntó Lily, ganándose un asentimiento de su madre. La niña soltó un suspiro, mirando a Harry con culpabilidad—. El otro día Cassy se hizo pis en la alfombra del despacho de papá. Intenté limpiarlo pero creo que no se va.
Albus y James soltaron una gran carcajada. Ginny a su lado intentó disimular la suya, pero se le estaba dando bastante mal.
— Voy a matar a ese gato —murmuró, cerrando los ojos y frotándose la frente.
— ¡Mamá dijo que no podías enfadarte!
— Es verdad —corroboró la aludida.
— Bien —gruñó él—. Solo dime dónde está la macha para poder limpiarla después.
Lily asintió, con las mejillas sonrojadas por la vergüenza.
— ¿Siguiente? —preguntó Ginny. Albus tomó la palabra.
— James tiene novia —soltó.
La mente de Harry se quedó en blanco durante un interminable segundo, y luego clavó los ojos en su hijo.
— ¿Qué?
— ¿¡Por qué has dicho eso!? —chilló el mayor, mirando a su hermano como si quisiera matarlo.
— La cuestión era contar un secreto, nadie ha especificado que el secreto debía ser nuestro —se excuso Albus.
Harry sabía desde el principio que eso no iba a salir bien.
— ¿Esas tenemos? —replicó James, con desafío en la voz —. Pues que sepáis que Albus se dedica a besarse con chicos en los pasillos del colegio.
— ¿Qué? —preguntó esta vez Ginny, que parecía tan consternada como él.
— ¡Eso no es verdad!
— ¡Claro que lo es! Matthew Wilson te vio.
— ¡Wilson es un gilipollas!
— ¡Basta! —vociferó Harry, viendo que la situación se le estaba yendo de las manos. James se tragó su replica, y Albus volvió a sentarse en el sofá del que se había levantado.
— Recordemos que no íbamos a enfadarnos —dijo Ginny en tono conciliador—, así que todos vamos a respirar hondo. Tú también, Harry —el moreno se limitó a bufar—. James, ¿por qué no empiezas a explicarte?
— ¿Por qué yo primero? —se quejó.
— Porque en esta casa hay dos chimeneas y las escobas arden muy bien —amenazó Harry—. Así que deja de replicar y habla.
James suspiró con pesadez.
— Es una chica de Gryffindor. Llevamos solo tres meses saliendo.
— ¿Cómo se llama?
— Elisabeth Byrne —contestó el chico. Abrió la boca, como si quisiera decir algo, pero luego se arrepintió. Al final pareció resignarse, porque añadió: —. Aunque la que me gusta es su hermana, Olivia.
— ¿Y por qué estás saliendo con ella si te gusta su hermana? —preguntó Ginny.
— Porque Olivia le odia —respondió Albus con burla.
— No me odia. Es solo que no le caigo del todo bien. Así que pensé que si salía con su hermana, ella vería que puedo ser buena persona, y tal vez cambie su opinión sobre mi.
— ¿Quién te dio esa idea tan desastrosa? Y por Merlín, dime que no fue Fred, o peor, su padre.
— En realidad la idea fue de Teddy —admitió.
Harry resopló.
— Y yo que creía que era el más decente de esta familia —murmuró.
— James, eso no va a salir bien —dijo su madre—. Estás jugando con los sentimientos de una chica. Además, si yo tuviera un hermana, nunca saldría con su ex-novio. Lo que tienes que hacer es intentar cambiar su opinión sobre de ti de otra manera.
El chico tuvo la decencia de lucir avergonzado.
— Ya.
— Albus, te toca.
— Lo que ha dicho James es mentira —repitió el aludido.
— Explícate, porque es tu palabra contra la suya, y tu hermano tiene un testigo a su favor.
El menor rodó los ojos.
— Odio que seas auror —se lamentó—. Unos chicos de cuarto hicieron una apuesta, y al final un imbécil de Gryffindor terminó besándome a la fuerza en el pasillo que da a la biblioteca.
— ¿De Gryffindor? ¿Por qué no me lo dijiste? Le hubiera pateado el culo —cuestionó James.
Harry cerró los ojos e intentó respirar hondo. Lo intentó. Ni si quiera le molesto el lenguaje mal sonante del menor, porque su mente estaba más concentrada en la furia que estaba despertando en él.
— Su nombre —exigió.
— Harry, nada de enfadarse —recordó Ginny.
Y una mierda.
Iba a matar a ese jodido crío que se había atrevido a ponerle las manos encima a Albus, y luego se cargaría a toda su familia por no saber educar a su hijo. Ir a Azkaban no podía ser tan malo después de todo.
— Dylan Anderson —la voz de Albus sonaba algo acongojada—. Pero ya tuvo su merecido —se apresuró a añadir—. Scorpius estuvo echándole pociones raras en sus comidas hasta que consiguió que lo internasen un mes entero en la enfermería.
— Ah, es verdad. Recuerdo eso —comentó James —. Estuvieron a punto de trasladarle a San Mungo. Creían que iba a morir.
— No fue para tanto —desestimó su hermano.
— Aún así, tu amigo da miedo.
— La verdad, sí que es algo escalofriante —coincidió Ginny.
— Se lo merecía —contestaron Albus y Harry a la vez.
El mayor se anotó mentalmente que tenía que regalarle algo bonito a Scorpius.
hubo un suspiró generalizado, y luego un corto silencio que Lily decidió romper.
— Ahora os toca a vosotros, ¿no? —preguntó hacía sus padres.
El cuerpo de Harry se tensó. Casi había olvidado que él también tenía algo que revelar.
Ambos adultos compartieron una mirada, y Ginny decidió tomar la palabra.
— Me han ofrecido un puesto de entrenadora de Quidditch —admitió, con una gran sonrisa.
— Bromeas —jadeó James —. ¿En qué equipo?
— Las Avispas de Wimbourne.
— ¡Eso es genial, mamá! —felicitó Albus.
— Sí, porque además van a cambiar su sede a Londres, y al ser la Liga Inglesa ya no voy a tener que viajar tanto, aunque los horarios de entrenamiento serán un poco apretados.
— ¡Tenemos que ir a ver todos los partidos!
— Y comprar camisetas y bufandas de las Avispas.
— Voy a tener que tirar todo lo que tengo de Flechas de Appleby —murmuró James.
Harry soltó una pequeña risa ante tal entusiasmo.
— Felicidades, Gin —le dijo. Ella le dedicó una sonrisa agradecida.
— Solo quedas tú, papá —recordó Lily, una vez que la conversación se extinguió.
Su entusiasmo se esfumó de repente.
El silencio se hizo pesado a su alrededor, mientras observaba como sus hijos le miraban expectantes.
Optó por usar la táctica de Draco y decirlo de golpe, al menos a él le había funcionado bien con Scorpius.
— Tengo una relación con Draco —confesó.
El rostro de James no cambió, obviamente. Albus abrió la boca lentamente, como si acabase de ver un dragón en el salón, mientras que Lily frunció el ceño, como si no entendiera la frase.
— ¿Qué?
— Que papá tiene novio —aclaró James innecesariamente. Harry le dio una mirada de advertencia.
— Eso me ha quedado claro —espetó Albus —. Pero... ¿por qué?
— Esa es una pregunta estúpida.
— ¡Cállate! —le gruñó a su hermano. Luego su rostro se transformó en uno de entendimiento—. Por eso James estuvo tan enfadado aquellas semanas, él ya lo sabía. ¿Por que él lo sabía y yo no? ¿Cuándo pensabas decírnoslo? ¿Desde cuándo estáis saliendo?
— Albus, tranquilízate —le dijo su madre seriamente. El niño abrió la boca para replicar, pero al final se mantuvo en silencio.
— James se enteró por casualidad —contestó con toda la calma que puso —, y sí, por eso estuvo tan enfadado. Quería esperar primero a que supierais que vuestra madre y yo íbamos a separarnos antes de deciros estos. Y salgo con Draco desde finales del año pasado, más o menos.
La boca de Albus volvió a abrirse.
— Eso son ocho meses.
— Sí.
— ¿Scorpius lo sabe?
— Su padre se lo dijo hace unos meses.
El niño bufó, y se cruzó de brazos.
— Increíble —murmuró. Harry lo observó con cuidado. Albus parecía más ofendido por la falta de información, que enfadado por la situación. Sus músculos se relajaron—. ¿Esto quiere decir que Scorpius es ahora nuestro hermanastro o algo así?
— Bueno, legalmente Draco y yo no estamos casados, así que puedes seguir tratándolo como tu mejor amigo.
— No os vais a casar, ¿verdad? —preguntó. Esta vez sí parecía algo consternado.
— Es un poco pronto para hablar de bodas.
— Bien —su hijo parecía más calmado. Harry se abstuvo de rodar los ojos.
Un sollozo cortó la atmósfera. Sus ojos volaron hasta Lily, encontrándosela con el rostro contraído, las mejillas enrojecidas y unas grandes lágrimas saliendo de sus ojos.
— ¡No puedes salir con el señor Malfoy! —exclamó desconsolada.
Abrió la boca, pero la angustia por ver a su hija tan llorosa le impidió decir algo.
— Lily, nada de enfadarse —amonestó Ginny—. Deberías estar feliz por papá.
— ¡Pero el señor Malfoy es demasiado bonito para él! —chilló en medio de un sollozo que le rompió la voz.
Harry se quedó paralizado, intentando no sentirse ofendido, mientras veía como la pequeña se levantaba del sofá y huía a esconderse a su habitación.
— Qué dramática —murmuró Albus.
Suspiró, hundiéndose en su asiento.
— No te preocupes, es solo un berrinche. Se le pasará —consoló la pelirroja—. Aunque nunca me imaginé que Lily querría quitarte al novio —terminó, soltando una carcajada sin poder evitarlo.
— Qué graciosa eres —farfulló con sarcasmo.
— Mira el lado positivo; podría haber ido mucho peor.
Miró a Albus y James, que parecían tranquilos e incluso ligeramente divertidos al igual que su madre.
Podía concederle a Ginny algo de razón; no había ido tan mal después de todo.
¡Tatatachaaaaaaaaaaan!
Lo prometido es deuda, y dije que actualizaría hoy, así que aquí me tenéis.
Tenía muchas ganas de escribir este capítulo, y sé que vosotros teníais ganas de leerlo. Al final la que peor se lo ha tomado ha sido Lily, la pobre. Sí, soy muy cruel. Tendremos que ver si al final se le pasa el berrinche, y todavía falta darle la noticia a los Weasley.
Dicho esto, me veo en el deber moral de avisar de que esta historia está en su recta final. De hecho he trazado más o menos una línea argumental y le quedarían unos cuatro capítulos, contando el epílogo. No digo esto para desanimaros, sino porque yo a veces estoy leyendo una historia y de repente me encuentro con que he llegado al último capitulo y me quedo como: ¿Ya está? ¿Se acabó?. Yo prefiero avisaros, para que no os tome de imprevisto. (Eso no quiere decir que no haya reservado algo de emoción para el final)
Y eso queso.
¡Muchas gracias a todos por leer!
¡Buen fin de semana!
