27 de marzo, 1980.
Estimada Familia Potter:
¡Feliz cumpleaños para James! Espero que lo hayan celebrado en grande y también espero que les guste lo que enviamos como regalo. Estoy al tanto de su desesperación por saber de Sirius tras el ataque, así que proseguiré a explicar lo que ha sucedido en este último tiempo. Él está bien, hace una semana y unos días salió del hospital; estuvo, en total, tres semanas en cuidado intensivo y observación y por fin fue dado de alta. El daño neurológico es nulo, para nuestra suerte, y el daño físico desapareció con el tiempo. Lily, te encargo decirle a Potter que se calme, a este perro le quedan más vidas. Hoy vino Dumbledore a visitar a Sirius, no pude estar con ellos, era un asunto confidencial, pero por primera vez temí que fuera algo malo. Luego de eso ha insistido en estar solo, según él, para descansar. No lo sé, quizás son alucinaciones mías y no debería preocuparme. En este contexto, cualquiera se preocupa por la más mínima de las cosas ¿No?
Espero que se encuentren bien. Por favor, envíame una foto de Harry, sería el mejor regalo de cumpleaños —sí, ya se acercan mis veintiuno en abril— y quizás con ella pueda animar un poco a Sirius.
Los extrañamos mucho,
Cariños.
Marlene McKinnon.
— ¿Sabes? Le he mandado una carta a Lily y los regalos para James los dejé con Bathilda esta mañana, así leen la carta luego de verlos, como habíamos planeado —llegó ella a la habitación en donde Sirius había estado encerrado desde la visita de Dumbledore. Ella había salido a hacer esos trámites y había procurado demorarse adrede con el fin de volver y no encontrarse con más de lo mismo, pero al parecer había sido en vano. Sirius seguía con un aire ausente, leyendo Nosotros, una novela muggle que ella le había prestado.
— Eso es bueno —contestó el ojigris con pesadumbre.
La sonrisa esperanzada en el rostro de Marlene se esfumó. Él solo volvió la mirada hacia el libro y en un par de segundos cambió de página, su rostro carecía de mucha expresión y parecía querer ignorar que había otra presencia en el lugar aparte de la suya.
— Sirius —lo llamó la joven con seriedad—. ¿Quieres que esté aquí?
Suspiró y cerró el libro con un golpe seco, luego la miró.
— ¿A qué te refieres?
— ¿Quieres que esté aquí? —repitió—. ¿Quieres, siquiera, que siga viviendo en esta casa? Puedo volver con Dorcas, si eso te parece mejor…
— No —respondió tajantemente—. No volverás a ningún lado.
— Entonces no finjas que no existo, no me apartes, no me dejes afuera —estalló Marlene—. ¿Es por Dumbledore? ¿Qué es lo que te tiene así?
— Creo que estás exagerando —puntualizó, sin inmutarse ante el cambio de tono en la conversación, cosa que hizo que Marlene se sintiera peor.
Si tan solo supiera que le estaba costando mucho digerir todo lo que había escuchado esa mañana, todo lo que había tenido que soportar prometer esa mañana. Se arrepentía de tantas cosas, de tantas de sus acciones; estaba cansado y, lo peor, se estaba rindiendo, cosa que no podía dejar que ella viera y le dolía. Hasta hace muy poco era ella quien lo veía sin ninguna barrera y prometió siempre dejarla entrar, pero ya no podía seguir haciéndolo.
Quizás eso sería lo que los separaría, y dolería más de lo que alguna vez pensó que podría doler.
— Él está cerca, más cerca que nunca de ellos, Sirius —dijo Dumbledore. Por primera vez en mucho tiempo, Sirius tuvo la sensación de que el anciano profesor estaba realmente preocupado, no confiado en los resultados positivos, preocupado. Se estremeció de la impotencia y la rabia que le provocaron esas palabras, su esperanza se acababa, la posibilidad de salvar a su mejor amigo pendía de un hilo que podía, con cualquier maniobra mal hecha, cortarse.
— ¿Él sabe que son ellos? —preguntó tontamente, sabiendo de antemano la respuesta.
— Lo sabe y sabe qué tipo de encantamiento usamos para protegerlos —explicó el mayor—. Lo que ahora está haciendo es cazar al guardián de los secretos.
Claro, ahora tenía sentido que lo atacaran, pero habían muchas cosas que no encajaban.
— ¿Cree que por eso envió a sus mortífagos a atacarme? —soltó y, sin dejarlo responder, prosiguió como si de un monólogo se tratara—. No tiene sentido, profesor. Esos mortífagos me atacaron como si fuera un ajuste de cuentas, incluso como si alguien me hubiera señalado y Voldemort no lo hubiera creído del todo. El jamás creería que jugaríamos la carta más obvia, es decir yo, el mejor amigo. Él no me estaba cazando a mí cuando mandó el ataque.
— Es algo que deseo saber, Sirius —comentó Dumbledore, paseándose por la habitación—. ¿Por qué estuvo tan cerca de ti y te dejó ir? —preguntó, deteniendo su paso en seco y mirándolo con esos ojos azul eléctrico que parece tener rayos x en su luz.
Sirius se paralizó. Fue como si por un instante lo supiera, simplemente supiera que él no era el guardián, pero era imposible, no podía saberlo de ningún modo, en ese asunto tenía que confiar o no confiar. ¿Acaso estaba perdiendo la confianza en él? La mirada de Dumbledore le hizo sentir que su plan se desmoronaría. No sabía por qué, pero lo haría, se caería como una casa de naipes, tan frágil, de una belleza tan efímera.
— ¿Una advertencia? —intentó suponer con su mejor cara.
— ¿Y aprendiste la lección? —prosiguió el profesor, luego apartó la mirada del muchacho y volvió a caminar por la habitación, pensativo.
— Lo intento —respondió Sirius, ahogado.
— Hablemos sobre Marlene —propuso Dumbledore, entonces. Al ojigris se le encendió el rostro, no quería que ella estuviera en medio de toda esa tormenta de basura, ella no tenía nada que ver con ese submundo en el que estaban cayendo más y más profundo con el tiempo, ella tenía que quedarse al margen porque si no arriesgaría perderla y eso no estaba entre sus planes.
— Mar… ¿Qué sucede? ¿Qué podríamos hablar sobre ella? —saltó a la defensiva.
— Ella va a querer saber —explicó Dumbledore—. Y ella querrá protegerte, ella podría entregarte…
— ¡No! —exclamó Sirius como si la simple idea le repugnara e insultara a la vez—. Ella no…
— Escúchame, Sirius —lo detuvo su maestro—. Voldemort aún no pierde la paciencia, pero lo hará, y cuando lo haga, será capaz de cualquier cosa con tal de atrapar al guardián y sacudirlo hasta que expulse la verdad. Marlene podría entregarte al no soportar verte sufrir o, peor, podría ser ella el objetivo para hacerte sufrir.
A pesar de no ser el guardián, de haber hecho todo para mantenerla en los confines del problema; el problema la había alcanzado de todos modos y por su culpa. Por su culpa podría ser tomada como rehén, podría ser torturada, podría ser asesinada. Por su culpa podría entregarle su propia alma a Voldemort, por él, para él.
Ahora comprendía por qué luchó tanto contra eso, contra enamorarse de ella y hacer que ella se enamorara de él. Era una maldición que los iba a arrastrar a los dos hasta la destrucción y perdición. Y todo era su culpa.
— No puedo mentirle —confesó casi sin voz.
Dumbledore guardó silencio, en el fondo, comprendiendo el conflicto que se le presentaba al merodeador. Era su primera vez con experiencias de ese tipo, una que él había vivido ciertamente una sola vez en la vida y por la persona equivocada, lamentablemente, Gellert Grindelwald.
— Una vez, hace tiempo, me prometiste que la protegerías —le recordó, cansado de pronto.
— ¿Mintiéndole? —insistió Sirius, consternado—. ¿Haciéndole creer que Voldemort no llegará a ellos? ¿Traicionando su confianza?
La confianza de la única persona que cree en mí, pensó, pero no lo dijo. Dumbledore no tenía que saber lo que era ella para él, aunque sus ojos lo delataban, tristemente. Lo que más lamentaba era saber que ya le estaba mintiendo con descaro cuando le prometió que sería guardián del secreto de los Potter y no cumplió. Lo hizo por su bien, ella no tenía por qué saber…
¿Era eso lo que le estaba pidiendo Dumbledore? ¿Qué volviera a hacerlo por su bien?
Sintió como si ninguna de sus relaciones, en todo sentido, pudiera estar a salvo de la impureza. Quizás era él quien lo contaminaba todo, y acababa de darse cuenta de que terminaría por contaminar su relación con la morena volviendo a mentirle, haciéndole creer que estaban a salvo "por su bien", porque podían ir por ella, buscándolo a él.
— Mantente en silencio —Dumbledore le ofreció aquella opción, era pobre, era como una salida fácil. Si no puedes mentirle, calla—. Ella estará bien.
Sirius soltó una risa irónica.
— Ella no me perdonará —murmuró.
— Lo hará cuando todo termine —le aseguró el profesor. La mirada de Sirius se oscureció cuando lo miró por última vez.
¿Cuándo estemos muertos? Quiso preguntar, pero se calló, se mantuvo en silencio como él mismo se lo había pedido.
Deseo salir de la cama, tirar el libro a un lado y correr a abrazarla con tanta necesidad. Irónicamente, cuando le pedían por el bien de su seguridad que se alejara, era cuando más la necesitaba, cuando más necesitaba saber que estaban bien y que, pasara lo que pasara, permanecería. La permanencia era un concepto que siempre se le resbaló de las manos, viendo como todo se desvanecía a su alrededor y al final era el único que permanecía, incapaz de hacer algo.
— Iré a hablar con Peter —dijo, de pronto. Salió de la cama, tiró el libro a un lado, pero pasó de ella. La esquivó en su camino hacia la sala—. Por favor, quédate aquí —le pidió, sin saber que estaba siendo seguido de cerca por ella, con una mirada dolida y los ojos a punto de estallar en lágrimas.
— No me dirás qué hacer ahora ¿Verdad?
— No hagas de este lío algo más grande —le pidió—. Por favor —suplicó luego.
Marlene suspiró y alzó la mirada al cielo, luego negó con la cabeza.
— Voy a dejarte en paz —dijo, buscando en la sala su bolso y sus llaves.
— ¿Dónde vas? —preguntó, siguiendo su camino con la mirada y una pose indefensa, sin saber qué hacer con ella.
— No te preocupes, volveré —le aseguró McKinnon—. Créeme, cuando me vaya, no te darás cuenta.
Abrió la puerta de entrada y la cerró de un portazo que retumbó más en su cabeza que en la realidad. Cerró sus ojos, aún tenía que ir por Peter y confiaba que Marlene se cuidara a sí misma durante el día, aún no sucedía nada grave como para esconderla y prohibirle salir.
Dorcas no sabía qué decir. Había escuchado en silencio todo lo que Marlene le contaba, dándole su espacio y respetando su necesidad de dejar salir todo lo que tenía adentro, ¿Cuántas veces no había hecho la morena lo mismo por ella? Lo que la hacía sentir un poco descolocada y, quizás, culpable, era que no podía culpar a Sirius por su actuar. Ella también había recibido la visita, y creyó que casi todos en la orden la habían recibido con instrucciones distintas. Por más que quisiera, tampoco podía hablar con ella sobre lo que estaba sucediendo, y odiaba tener que tratar a su amiga como una niña que no es capaz de procesar información tan fuerte.
Cuando ella, personalmente, lo supo, lloró amargamente una noche entera. Voldemort estaba cerca y la pequeña probabilidad de que jamás tocara a los Potter se hizo añicos ahora que sabían que lo único que restaba era sortear quién era el guardián y si era más de uno, encontrar al que le fuera más fácil.
Sirius había recibido su advertencia, pero sabía que era más fuerte que eso y que, aunque lo obligaran a confesar a punta de torturas, no lo haría. ¿Qué pasaría si supieran que Bathilda Bagshot es la segunda? Sería el fin.
Finalmente el círculo se cerraría.
— Marlene, mírame —le pidió e intentó hacer que la joven dejara de llorar—. No llores más.
— Es que… es que pensé… pensé que, diablos soy tan ilusa —se maldijo—. Un año no me asegura nada ¿Cierto? Hasta ahora sol habíamos tenido peleas domésticas estúpidas, es tan extraño que todo… cambie.
— No ha cambiado. Los tiempos son difíciles, Sirius tiene mucho en la cabeza —intentó explicarlo la rubia. Marlene la miró con desconfianza.
— Sé que sonará como lo más infantil que he dicho en toda mi vida, pero… siempre compartió todo conmigo, ¿Por qué ya no? Está apartándome bruscamente del camino, por algún motivo.
Dorcas sonrió y le quitó una lágrima de la mejilla con su mano.
— Sirius ama a su McKinnon más que a sí mismo —repuso en voz baja—. Él no va a terminar con esto por algún tipo de súbita distancia que sienta que debe poner entre ambos.
— Él está terminando con esto —siguió la morena—. Por cualquiera que sea el motivo, lo está terminando.
Meadowes supuso que ella no era la indicada para decirle lo que estaba pasando. Sirius, en cambio, tenía el poder de escoger si seguir a Dumbledore o trazar su propio camino y llevar a Marlene junto a él, aunque doliera y fuera peligroso. Lo estaban persiguiendo, el primer golpe fue solo un saludo, el segundo no sería tan agradable, para el tercero no se vive. Lord Voldemort daría tantos golpes como le fuera necesario para conseguir lo que quería. Sus mortífagos, como ella los había conocido, eran capaces de conducir a una persona a la locura en sus sesiones de tortura, estaban entrenados para ser y traer lo peor de la raza humana a flote. Lo peor de los magos.
¿Por qué no podía entender que algunas veces era mejor no saber?
— ¿Sabes? Te confiaré algo que probablemente no le diré nunca a nadie más —dijo. Marlene alzó la mirada y, entre lágrimas, asintió, esperando que continuara—. Regulus me hizo algo parecido, en algún tiempo lejano. Créeme, era joven, tenía unos diecinueve y lo primero que pensé fue que todo había acabado y que… que me encontraba sola entre ellos.
Eso, con certeza, era un panorama mucho peor que el de la morocha.
— ¿Cuándo sucedió eso? —preguntó, espantada.
— Una semana después de mí llegada a su lado —contestó Dorcas—. Estaba asustada y herida.
— Me imagino que sí, estabas sola —supuso Marlene—. ¿Por qué te haría algo como eso? Ustedes eran algo desde Hogwarts y…
— Oh sí, pero a diferencia de ustedes, nosotros sí tuvimos grandes peleas, todas por sus preferencias. No es fácil aceptar que, pese a todo lo que hiciste, se unió a ellos y aceptó ese tatuaje en el brazo, aceptó servirle, ¿Podía confiar plenamente en su protección, Marlene?
McKinnon negó lentamente. Dorcas sonrió. Confió en él porque estaba enamorada como una colegiala, pero ese es otro tema, no quería ahogarla con sentimentalidades, solo quería contarle aquello para hacer un punto.
— Bueno, resulta que el feudo duró unas semanas, y yo lloraba como si se hubiera muerto alguien —siguió con gracia—. Pero finalmente di con la verdad.
— ¿Y? ¿Qué era? —para ese entonces, Marlene ya había dejado de llorar y se mostraba más interesada en el relato que en recordar por qué estaba llorando. La ojiazul estaba contenta de haber ayudado a que se calmara, aunque fuera con tonterías como esa, recuerdos mínimos de su vida pasada.
— Ellos supieron de mi existencia —suspiró—. Y lo estaban presionando para que me llevara con él, para "conocerme" —hizo unas comillas en el aire—. Para que me uniera, probablemente. Ellos pensaron que si Black tenía una novia, debía ser una mujer que compartiera sus ideales, digna de él.
— ¿Qué? —se escandalizó su amiga—. ¿Cómo? ¿Cómo es que estás aquí para contarlo? Tú misma dijiste, una vez, que ellos nunca supieron que estuviste ahí o algo así.
— Todo el mundo miente para proteger a alguien —razonó Dorcas, un poco más para sí misma que para Marlene.
— ¿Acaso esa respuesta tiene que hacer sentido? —siguió la castaña.
— Él tuvo que hacerme pasar por… —le costaba decirlo, fue una época muy oscura y Regulus tuvo muchos problemas con hacer eso pese a que ella le había su aprobación. Era lo único que los tendría a salvo y sin necesidad de convertirla a ella en mortífaga, de marcarla por siempre como si fuera un animal—. Yo tuve que ser la puta de Regulus Black, para todos ellos. La mujer inútil, la que solo ocupaba su cama y se iba al burdel, inofensiva, demasiado tonta para pertenecer a ellos, así como como para ser un peligro.
— ¿Cómo? —balbuceó Marlene—. ¿Cómo permitiste que eso sucediera?
— Fue mi idea —confesó la rubia. Hace un tiempo le hubiera dado pudor confesarlo, es por eso que nadie lo sabía, solo ella, Regulus y los mortífagos que de seguro ahora reconocerían su cara y dirían "no, esa no puede ser auror, esa era la mujerzuela del pequeño Black" riendo como lo hacían cada vez que se veía obligada a verlos cuando se aparecían de sorpresa en el apartamento que compartía con Regulus.
Marlene la tomó de las manos, intentando comprender. Cada vez que creía conocer las cosas horribles por las que pasó Dorcas, aparecía algo nuevo que la dejaba perdida, ¿Cuántas cosas más así de espantosas tuvo que haber vivido lejos de casa, lejos de la seguridad de la orden?
— Él no quería decirme que los idiotas de sus compañeros e incluso sus primas querían conocer a la mujer con la que estaba viviendo. Se rehusaba a dejar que me conocieran pero no podía pillar una excusa lo suficientemente buena para mantenerme lejos de ellos —explicó—. Finalmente decidió que ocultarme las cosas solo estaba empeorando nuestra relación, así que… le costó, pero me dijo, y yo le di la solución.
— ¿No había otra manera?
— No, no había nada más convincente. Yo jugaría a la mujerzuela que quería su dinero y a quien mantenía a su lado por un asunto utilitario. Tuve que usar batas de seda cuando me veían, maquillarme más de la cuenta. Narcissa, la prima de Regulus y Sirius, fue la única en reconocerme, en darme un nombre…
— ¿Supo que eras Dorcas Meadowes? ¿Qué hiciste entonces?
— Hacer el tonto —la rubia sonrió—. Al final de nuestro breve encuentro, pues ella solo había pasado por el apartamento para avisarle a Regulus que se casaría con Malfoy y que estaba invitado a la boda, ella dijo "Meadowes, quién lo diría" con una sonrisa burlona. Todos estaban convencidos con la mentira, yo era la esclava de Regulus, no había grietas en la historia.
— ¿Cómo lo soportaste?
Dorcas suspiró y, quitando sus manos suavemente de entre las de Marlene, se puso de pie y caminó por la pequeña salita de su apartamento.
— Él y yo seguimos nuestras vidas como si la historia que nos cubría, un secreto a voces, no existiera —murmuró y se volteó a mirar a su amiga—. Marlene, él me salvó de tener una marca en el brazo o de algo peor, de haber sido atrapada y torturada, de haber sido investigada hasta que dieran con la verdad y lo hicimos juntos, en realidad; de otro modo la única alternativa que le quedaba era alejarse, dejarme, hacer que me fuera.
Eso hizo un clic en la cabeza de McKinnon, quien por fin comprendió la especie de moraleja de aquella historia tan oscura e increíble.
— Son tan parecidos —masculló. Dorcas, alegre por haber logrado que lo entendiera, le puso una mano en el hombro y luego acarició su espalda.
— ¿Te quedas a comer? Tengo pastelitos.
Marlene hizo como si lo pensara, pero luego sonrió rendida.
— Vale, no puedo decirle que no a los pastelitos —respondió. Tener a Dorcas de amiga y contar con su confianza, con sus historias, era lo mejor que le había pasado en ese último tiempo.
— Estamos jodidos, Colagusano.
Sirius paseaba como un perro rabioso por el sucio cuarto que alquilaba Peter en un lugar bastante oscuro y oculto de la ciudad. El dueño no había esperado verlo, de hecho, lo único que estaba esperando era la llamada de su señor, pero esta nunca llegaba; era como si hubiera desaparecido de su vida y, de algún modo, estuviera observándolo todo el tiempo. Podía ser perfectamente una etapa de paranoia, pero cada vez que salía a la calle tenía la leve sensación de ser perseguido por unos ojos omniscientes que esperan, que saben, que conocen muy bien su conflicto.
¿Acaso aparecería cuando se decidiera por completo? ¿Cuándo dejara de ver a los miembros de la orden y se entregara a la oscuridad?
— Cálmate —dijo, un poco atontado, estaba recién despertando de una siesta después de beber bastante en el bar, no podía pensar bien en lo que estaba sucediendo con un Sirius Black bastante alterado paseando por su habitación, mareándolo más de lo que estaba—. ¿Qué pasó ahora? —preguntó.
— Voldemort…
— ¿Voldemort qué? —prosiguió Peter, frotándose los ojos con pereza.
— No está tras los Potter, está tras su guardián. Si no termina por matarme o amenazar a mis cercanos no sé qué demonios hará —dijo Black, exasperado. No sabía por qué tenía que hablarlo con Peter, quizás porque era el verdadero guardián, claro, pero… jamás hablar con Peter le había hecho solucionar algo, no sabía si era lo correcto. Quizás debió ir con Remus y confesarle todo lo que no le ha confesado últimamente como un pecador.
¿Debería decirle a su amigo lo que había hecho? Que no era el guardián, que le había mentido hasta a Dumbledore en eso.
— Necesitamos decirle a la orden quien es el guardián —añadió, de pronto. Pettigrew se congeló en su puesto.
— No, no, no, ¿Qué dices? Realmente estás muy alterado hoy —lo detuvo—. No podemos decirles a todos, arruinaría el plan.
— ¿Qué es el plan? Debemos decirle a Dumbledore al menos lo que hemos hecho, colagusano, no podemos seguir pensando que solo nosotros dos podremos contra Voldemort —insistió Sirius.
Peter comenzaba a exasperarse.
— No, Sirius —se levantó y fue por algunas píldoras para el dolor de cabeza al baño. Cuando volvió, se encontró con su amigo sentado en la cama con las manos entre las piernas. Tragando sonoramente, avanzó hacia él y se sentó a su lado—. Mira, el plan es perfecto, tú me escogiste con el fin de confundirlos, ellos jamás sabrán que yo soy el guardián.
— Entonces ¿Qué fue ese maldito ataque? ¿Qué intentaban demostrar con eso?
— Que tú no eres el guardián y que él lo sabe —respondió Peter automáticamente. Sirius se giró hacia él con una mueca en el rostro—. Lo supongo, claro —repuso el joven regordete, mirando hacia otro lado.
— ¿Y ahora va a buscar al verdadero guardián? ¿Qué hay de Bathilda?
No sabía ni por qué le preguntaba eso a Peter.
— Bathilda está a salvo, yo lo estoy y tú lo estarás —a Sirius, la extraña confianza de Peter lo hacía sentir más inquieto que tranquilo. Nunca había visto esa faceta en él, estaba decidido, había algo en él, como si supiera que estarían a salvo, como si con decirlo fuera a hacerse verdad.
Quizás solo estaba desesperado, tanto como para aferrarse a las palabras de cualquier persona y creer que podría ser así.
— Ellos no van a atacarte otra vez, canuto —le aseguró Pettigrew con la mirada fija en la suya. Sirius asintió, vulnerable—. Ellos no irán por ti, no irán por Bathilda, tampoco por Marlene.
Marlene, su nombre volvió a repetirse en su interior, su nombre y su imagen, sus ojos llenos de lágrimas y su voz diciéndole que se iría sin que se diera cuenta. Su relación con ella se estaba rompiendo debido a eso, no podía soportar que todo a su alrededor se rompiera por su maldito desequilibrio emocional tras aquel brutal ataque y las obligaciones que Dumbledore le imponía. ¿Qué tal si se equivocaba? ¿Qué tal si confiaba en Marlene, en su fuerza para aceptar la verdad?
— Necesitamos ganar tiempo —apuntó el morocho vagamente.
Peter se relajó un poco al verlo confiar en su palabra, todo estaría bien si Sirius seguía confiando ciegamente en él.
— Sí —suspiró y se rascó la cabeza—. Pero nadie debe saberlo, no si queremos que todo salga como lo planeamos, a la perfección.
— ¿Ni siquiera Lunático?
— Ni siquiera él.
Se miraron y Sirius luego de un rato asintió. Si eso era lo que necesitaban para que todo marchara como cuando lo planearon, continuaría guardando silencio.
