¡SUPERAMOS LOS 200 REVIEWS!

Son tan geniales. Gracias gracias gracias totales.

Se que no tengo perdón por haberme demorado tanto en actualizar, no voy a dar razones porque no viene al caso, solamente decir que fue un mes atareado y difícil.

Este capítulo va especialmente dedicado a Agustina, esa chica medio loca (o loca completa) a la que tanta genialidad ya no le entra en el cuerpo. No me quiero poner sentimental *le saltan las lágrimas* pero tengo que decir que sin ella todas mis esperanzas de casarme con Tom Felton se hubieran venido abajo. Después de nuestro excelente plan asesino todo va viento en popa. Gracias MagicisFidem, por éso y por compartir a Tom. Sos la mejor, sabélo serpiente pelotuda. (Lean sus fics que son estupendos, yo me enamoré de "Saldando Deudas". Altamente recomendable)

Ahora sí, a leer. Ojalá les guste. No olviden los reviews, que siempre me sacan una sonrisa. Ana.

Capítulo 26: Prácticas.

Hermione Granger siempre había sido considerada una persona inteligente, ordenada, perspicaz y sagaz. Cada aspecto de su vida estaba muy bien planeado. Su primer gran contratiempo -y el más importante- había sido enterarse de que era una bruja. De la misma manera que se alegró, su mundo se vino abajo cuando todos sus planes de ser una muggle común y corriente -pero altamente exitosa- se vieron truncados. Con el tiempo, a través de los años y gracias a los amigos que había cosechado, supo sortear con éxito los demás imprevistos que fue presentándole la vida, como el hecho de casi haber sido asesinada por un troll, que se desatase la guerra o sobrevivir a las torturas de una psicópata. Hasta la traición de uno de sus mejores amigos fue superada. Y haberse enamorado de un mortífago era uno de los imprevistos más placenteros que se le presentó.

Pero nada podía haberle preparado para el vacío existencial que sentía en ese momento. Había leído en varios libros, tanto muggles como mágicos, de la decepción que sentían las mujeres al verse vacías todos los meses, al no tener la capacidad de albergar una vida en su interior. La mayoría de ellas mayores de treinta o cuarenta años, o matrimonios con varios años de estar juntos, incluso mujeres de la edad de Narcissa que estaban solas y querían alegrar sus vidas con un nuevo ser.

No entendía bien porqué sentía un dolor tan grande, una tristeza que la agobiaba de manera semejante. Ella no estaba sola, tenía a Draco, a Ara, a su pequeña pero hermosa familia. La poción de Narcissa había salido de maravilla, ya tenía una hija, a Ara, se repetía mentalmente. Además aún tenía muchísimos años por delante para concebir. ¿Qué le causaba tanto dolor? ¿Qué era ese sentimiento devastador que le impedía respirar? ¿Por qué le dolía la ausencia como si hubiera sido una perdida, cuando en realidad no había nada -nadie- que se había perdido? ¿Es que tanto se había ilusionado con ese embarazo que ahora la verdad le hacía tanto daño?

Giró la cabeza y observó el perfil de Draco. Estaban acostados en la cama, uno al lado del otro. El rubio miraba al techo encima de él, y tenía sujeta la mano de la castaña con mucha fuerza, tanta que la estaba lastimando, más ella no se quejaba. Estaba segura de que si Draco la soltaba ella se caería al abismo que le estaba susurrando que se lanzase de cabeza. Hermione detalló el rostro finamente esculpido de su amado, su nariz perfecta, sus mejillas levemente coloreadas, sus labios finos y apetecibles. Sus largas pestañas delicadamente arqueadas, lo suficiente para ser atractivas sin llegar a ser femeninas. Admiró la blancura de su piel y sus dedos temblaron al recordar la suavidad que se extendía sobre ella. Tan embelesada estaba observándolo que no se percató de los ojos grises que de un momento a otro la encarcelaron bajo el frío mercurio que chocó contra sus orbes miel. Pensó cuán hermoso sería un niño con las mismas facciones que su Draco... y cuán lejos estaba ella de tenerlo. Sus ojos se llenaron de lágrimas y se obligó a no dejarlas caer, sin exito.

"Seguiremos intentándolo" Susurró él, limpiándole una caprichosa gota que se escurría por su mejilla. "Tenemos toda una vida por delante". La consoló tratando por todos los medios de que su voz sonara fuerte y decidida, pero era solo un susurro, el eco de lo destruido que tenía el corazón, al igual que ella.

Hermione asintió levemente con la cabeza y suspiró. No tenía ganas de hablar. Sabía que si abría la boca toda su entereza se derrumbaría y terminaría sollozando una vez más en los brazos de Draco, y no quería eso. No podía permitírselo a sí misma, por más que estuviera partiéndose al medio. No era el momento de dejarse caer, aún no. Una vez que todo estuviese en orden, Narcissa a salvo, ellos en su hogar, una vez que las cosas siguieran su orden natural... tal vez allí podría permitirse caer. Sabía que Draco estaría allí para sostenerla.

"Deberíamos tratar de dormir" Continuó él, haciendo caso omiso a lo ronca que tenía la voz, producto del llanto contenido. "Mañana tenemos que comenzar a practicar si queremos volver en el tiempo".

La castaña cerró los ojos en señal reprobatoria consigo misma. ¡Que tonta había sido! Con tanto drama encima se había olvidado de que volver al juicio de los Malfoy era el siguiente paso para salvar a su suegra y no sería tan fácil como sonaba. Tenían mucho por delante. Definitivamente no se podía permitir derrumbarse, ni ella...ni Draco.

La mañana llegó a Grimmauld Place tan silenciosa como había caído la noche. Londres parecía haberse acoplado al estado de ánimo de los ocupantes de la casa, solamente Narcissa presentaba una sonrisa a la hora del desayuno, ajena a los quebrantos de su familia.

"¿Y esas caras?" Preguntó, llena de entusiasmo. "Es un magnífico día, vamos, no estén de humor de velorio. Es sumamente aburrido".

Luna sonrió a pesar de las terribles ojeras que le teñían la parte baja de los ojos. "Quizás sean los nargles" Le dijo con voz hueca. Narcissa asintió con diversión, imaginándose que los nargles de los que hablaba Luna tenían los ojos tan verdes como los colores de Slytherin, por lo ménos los de la pequeña rubia.

No se escucharon más palabras en la mesa, a pesar de los constantes carraspeos de la Malfoy para llamar la atención de los comensales. Ninguno tuvo el ánimo suficiente para comenzar una charla y mucho ménos para compartir la sonrisa que Narcissa portaba.

Casi cuando Harry terminaba su desayuno, totalmente perdido en sus cavilaciones fue que Snape se levantó con gesto taciturno y justo antes de salir al salón habló. "Los espero a Potter.. Granger.. y Draco en la biblioteca apenas terminen de desayunar". Y se perdió detrás de la puerta, dejando tras él un suave aroma a hierbas.

El moreno, bastante confundido por la orden del mago, trató de encontrar una respuesta en los rostros de Hermione o Malfoy. Pero ninguno de los dos levantó la vista, ni el rubio de su desayuno, ni la castaña de su habitual periódico. Narcissa se encogió de hombros cuando Harry clavó sus ojos verdes en ella. Y cuando quiso hacer lo mismo con Luna, la rubia volteó la cara y bufando por lo bajo se levantó de la mesa siguiendo los pasos de Snape con rumbo al salón.

El doctor Adams apuró el café que aún le sobraba, dió las gracias con la rapidez de una luz y salió pitando detrás de Luna. El moreno arrugó el ceño y puso las manos en puño cuando escuchó la vocecilla cantarina de su rubia saludando al doctor en el salón.

"Eh, Potter. Snape. En la biblioteca" Gruñó Malfoy cuando él hizo el amague de levantarse e ir tras Luna.

"No hay tiempo, Harry" Le dijo Hermione con suma calma sin levantar aún la vista que tenía clavada en las noticias de El Profeta. Harry no tuvo más que protestar por lo bajo y volver a sentarse de mala gana. Pudo ver una pequeña sonrisa en los labios de Narcissa y la rabia que sentía hacia Adams se hizo más grande. ¡Hasta Narcissa era conciente de lo que el maldito medicucho quería con Luna!

Luna Lovegood siempre se había caracterizado por ser una chica extraña y rara, como que no vivía en la tierra y sus pies estaban constantemente pisando nubes de algodón. En realidad era bastante realista y astuta, el hecho de protegerse con esa forma de ser tan peculiar no la hacía ménos inteligente que los otros, es más, la hacía más sabia que los demás. La rubia sabía con exactitud que Charles Adams no sólo quería ser su amigo, sino que sus intenciones iban más allá de lo recomendado, al ménos cuando ella estaba fijándose en Harry.

«Harry»...suspiró con pesar al pensar en el moreno. ¿Qué estaba sucediendo entre ellos? El-niño-que-vivió había estado a punto de cortejarla, de pedirle que fuera su novia hacía tan sólo unos días. Y ella, tan ingenua, tenía en la punta de la lengua un sí más grande que la explosión de un cuerno de snorkack y un abrazo a punto de estallar. ¿Qué hubiera sucedido si Molly no enviaba esa carta? Hubiera sido caótico para su corazón ¿Más caótico que ahora? Lo más seguro era que sí.

"¿Le apetece dar un paseo por el centro de Londres, señorita Lovegood?" Preguntó el doctor, con una enorme sonrisa de dientes blancos y perfectos adornándole la cara.

¿Podía dar un paseo con Charles? Posiblemente no era lo más correcto, aunque fuera solo un inocente paseo. Harry había estado a punto de ser su novio, y por más que los problemas se desataron entre ellos, él nunca retiró la oferta...Pero tampoco la completó, le susurró una vocecilla en la cabeza que fácilmente podría definirse como la de Draco Malfoy.

"Claro, me encantaría" Respondió Luna, igualando la encantadora sonrisa del médico.

"Podríamos ir a comer por allí luego ¿Le parece?" Preguntó de nuevo él, al tiempo que le ofrecía el brazo para guiarla hasta la puerta principal.

¿Podía aceptar? Luna no era como Ginny. No salía con otros chicos teniendo novio, ni se fijaba en demás especimenes masculinos cuando le gustaba un muchacho. Ejemplo de éso habían sido los tres años que estuvo silenciosamente enamorada de Theodore Nott, el slytherin más inteligente y especial de Hogwarts. ¿Debía ella rendirle a Harry la misma devoción que en su tiempo le había rendido a Theo? Dudó unos segundos. Theodore nunca se había enterado de los sentimientos de Luna, pero aún así ella jamás escuchó que había estado saliendo con una chica, ni mucho ménos de algún embarazo no deseado. Para ella, por más que Theo no lo supiera, había sido el chico más fiel sobre la tierra y ella lo igualaba en condiciones ¿Se merecía Harry el mismo trato?

"¿Señorita Lovegood?" Insistió el médico aún con la intacta sonrisa de comercial de pasta de dientes.

Luna clavó su mirada azul en el doctor, quien se prendó de los brillantes ojos de la chica. La rubia le sostuvo la mirada por unos segundos y al final la desvió centrándose en otro punto. Los ojos de Charles Adams eran tan azules como los de ella. «Tan diferentes a los de Harry» Pensó con amargura. Pero al mismo tiempo deseó que todo en Charles fuera diferente al moreno, desde los ojos hasta las normas de conducta y el alma misma.

"Los nargles" Se excusó, haciendo un movimiento en el aire restándole importancia, sabiendo que la razón de su distracción no eran esta vez sus criaturas mágicas, sino el desorden emocional que sentía.

Sabía que Harry no tenía la culpa, por lo ménos no toda la culpa. Posiblemente Ginny hubiera estado planeando ese momento desde que tenía memoria, y Harry solo había sido parte del juego. Luna sabía que detrás de los ojos de la pelirroja se escondían un mar de secretos, todos ellos de origen turbio. Sabía que Ginny era todo ménos inocente, y que cuando quería podía ser tan perversa como la mismísima Bellatrix Lestrange. Bueno, quizás no tanto, pero algo parecida.

"Claro, seguro. Tenemos que tener cuidado con ellos" Le dijo el médico antes de abrir la puerta y guiñarle un ojo en modo juguetón.

Pero Harry, él tampoco había puesto resistencia cuando Ginny lo sedujo. No había dicho que no cuando engendraron a ese hijo. Nadie le había obligado a punta de varita a acostarse con ella. Y además, si las fechas no estaban equivocadas, Ginny estaría teniendo unas cinco semanas de gestación, lo que coincidía plenamente con la vez en la que la había consolado a los pies de la escalera. Harry había usado de la forma más vil a la pelirroja en aquella ocasión, y lo peor era que ella -Luna- ya había estado en la vida de él, ya vivían bajo el mismo techo y algo sospechaba Harry de sus sentimientos. Definitivamente no era ningún inocente.

"Entonces, ese almuerzo...?" Dejó picando el doctor, impaciente por la respuesta de la rubia y comenzando a sudar levemente por las ansias.

Y no, definitivamente Harry Potter no se merecía la devoción que ella le brindaba a los chicos que le importaban.

"Claro, me encantaría almorzar en algún restaurante muggle" Decidió al fin con una sonrisa. Harry entendería que ella no era una Ginny Weasley que se podía usar y tirar. Si quería algo serio pues tendría que luchar por ello. Y si accedía a la orden de matrimonio de los Weasley, el doctor Charles siempre estaría dispuesto a ayudarla a olvidar, por más inmoral que éso sonase. ¿O no era a éso a lo que se refería el dicho «Un clavo saca a otro clavo»?

Hermione, Draco y Harry estaban sentados frente a Snape en la biblioteca. El pocionista los miraba sin abrir la boca, tan sólo los observaba como estudiando sus facciones. Ninguno hablaba y los jóvenes estaban ya un poco desesperados. ¿Es que Snape los había llamado solamente para intimidarlos e incomodarlos a tal extremo?

"El siguiente paso, señorita Granger..." Habló por fin, luego de unos agonizantes minutos "Es volver al tiempo, al juicio de los Malfoy" Hermione asintió y abrió la boca para hablar, pero él la calló antes de que pudiera emitir ningún sonido. "¿Ya saben quiénes irán? El giratiempos puede llevar solamente a dos personas"

"Hermione y yo" Se apresuró a decir Harry. Draco frunció el ceño.

"¿Y cuándo se supone que habéis decidido éso?" Preguntó de forma seca fulminando al moreno con la mirada. Merlín sabía que ese día no estaba para aguantar a nadie.

"Cuando estábamos en tercer año, Hermione y yo volvimos en el tiempo. Ya sabemos como hacerlo" Le explicó el moreno con toda la tranquilidad del mundo. Snape puso los ojos en blanco ante el recuerdo.

Draco no habló. Se limitó a mirar con intensidad a Hermione, quien de repente se sintió muy pequeña ante la gélida mirada del rubio. Pensó rápido en una solución, era cierto que ya había ido con Harry, pero Lucius era el padre de Draco y él tenía todo el derecho de ser quien ayudara a recuperar su alma.

"Quienes vayan tienen que ser muy buenos en las artes oscuras" Snape interrumpió el pensamiento de todos y hablaba pausadamente mientras acariciaba con parsimonia su varita entre los dedos.

"Pero..." Empezó Hermione. Snape volvió a hablar.

"El libro explica perfectamente cuál es el hechizo que se deberá usar para amilanar al dementor. Los magos o brujas que lo hagan deben tener un temple de acero y ser habitué de las artes oscuras. Es un hechizo complicado, recordar que es para debilitar a una de las criaturas más fuertes y oscuras que existen. Es mucho más complicado que una maldición imperdonable". Les explicó con calma.

"¡Pero ni Hermione ni yo dominamos la magia negra!" Se desesperó el-niño-que-vivió. "Y Malfoy no puede practicarla más".

"Solamente si es con mi varita, Potter" Le dijo el rubio con media sonrisa y los ojos aún gélidos, arrastrando las palabras y saboreando los segundos de victoria. Harry negó con la cabeza.

"Por más que uses otra varita como con..." Se calló al recordar la situación vivida con Ron, y Draco carraspeó incómodo. "Por más que cambies de varita no sería suficiente, necesitas a otro mago cualificado para que te acompañe y es obvio que el profesor Snape no se encuentra en condiciones" Terminó echando una significativa mirada a la silla de ruedas.

"Oh, gracias por tenerme en cuenta" Ironizó Hermione. "Es muy amable de tu parte, Harry"

Snape arqueó una ceja e hizo una mueca de burla. "¿Cree usted poder tener la capacidad necesaria para derrotar a un dementor, señori...señora Malfoy?"

Tanto Harry como Hermione hicieron una mueca al escuchar el mote. Ella rápidamente se recompuso y con el rostro lleno de altivez contestó sin una pizca de duda. "No hay hechizo que sea imposible de lograr si existe práctica".

Snape no abandonó la mueca sarcástica. "¿Podría aplicarle un imperius al señor Potter?" De nuevo los dos amigos se mostraron sorprendidos. "Oh, vamos Granger ¿En serio cree que podrá con esto si no es capaz de hacer un miserable imperius?"

Ella tragó grueso y miró a Draco como pidiéndole ayuda, y no supo interpretar la mirada que él le devolvió. "Un imperius no es...gran...cosa" Balbuceó ella. Snape asintió y le hizo una seña hacia Harry. Hermione respiró profundamente y levantó la varita.

El hechizo le salió perfectamente. Harry quedó con los ojos en blanco y a su merced en ménos de cinco segundos. Snape no dijo nada, pero su expresión lo decía todo. No era suficiente.

"Ahora, señorita Granger" Dijo luego de unos segundos y después de haber liberado a Harry del hechizo "¿Un cruciatus?"

"¡¿Qué?! ¿Me está pidiendo que torture a mi mejor amigo?" Preguntó incrédula saltando al instante.

"Siempre puede hacerlo con...el señor Malfoy" Le contestó Snape inexpresivo.

Hermione boqueó como pez fuera del agua y buscó explicaciones en Draco, quien se limitó a encogerse de hombros. "Esto es... No lo haré. Me niego" Dijo ella con la palabra «decisión» escrita en la frente.

Snape puso los ojos en blanco. "Escúcheme bien Granger". Comenzó con la voz sibilante. "Ésta no es una estúpida misión del viejo chocho de Dumbledore donde no sabéis a lo que os enfrentáis. No es un año en un bosque sobreviviendo de bellotas. Es un maldito dementor. Sabéis muy bien de qué se trata. ¿Creéis que esa criatura del demonio os tendrá compasión cuando intentéis atacarle? Se defenderá, atacará también, os arrinconará y tratará de matarlos, literalmente, se sentirá un maldito suertudo al tener frente a él un par de incompetentes cien por ciento dispuestos a recibir un besito. Unos magos con capacidad para un maldito e insignificante expelliarmus no podrán jamás con una fuerza de esa calaña. Si usted se niega a practicar las imperdonables no la dejaré ir. Porque no es cuestión de juego. El nivel del hechizo hacia un dementor es de mayor calibre que el una imperdonable, sería incluso difícil para un mortífago si no lo practica primero. Quizás ni el mismísimo jodido señor Tenebroso lo haría bien a la primera. Así que, o domina las imperdonables y otras maldiciones, o no va. Por que derrotar a un dementor supone no tener margen de error. Y siendo la bruja más inteligente de su generación no puede pretender quedarse de brazos cruzados. O es éso o nada, Granger".

Los dos muchachos se quedaron mirando a Hermione, esperando una respuesta de parte de ésta, cada uno vacilando sobre lo que diría. Harry tenía la certeza de que haría de tripas corazón y aceptaría, la conocía. Draco en cambio estaba casi seguro de que se negaría, y que el plan iría por la borda. Podría apostar incluso que su mujer no sería capaz de ensuciarse el alma con hechizos malignos, y mucho ménos lastimar a su mejor amigo.

"Está bien... Enséñeme" Decidió Hermione unos pocos minutos de silencio después. Lo había pensado ¿Qué daño podía causar? Solamente el de lastimar a Harry, además ni siquiera sería un hechizo tan potente como para hacerlo, pero bien podía pedirle a Snape que buscaran otra forma de practicar.

El moreno y el rubio sonrieron un poco ante su respuesta. Uno muy satisfecho y el otro gratamente sorprendido.

"Muy bien" Le dijo Snape, sin ánimos de ponerse a pensar en lo gryffindor del asunto. Vomitaría si lo hacía. "Draco le enseñará, yo hablaré con Potter un momento". E hizo una seña para que el ojiverde se acercara. Empezaron a cuchichear.

El rubio se levantó, lo mismo hizo su esposa. "Muy bien, princesa ¿Sabes cómo sostener la varita para un cruciatus?" Ella negó lentamente y con las mejillas arreboladas, avergonzada de que algo se escapase de su conocimiento. Él se colocó tras ella y puso una mano en su cintura, mientras la otra le dirigía la mano derecha. "La muñeca debe estar mirando hacia arriba... Sí, así. Y la varita...apuntar directamente a la víctima".

Hermione se estremeció, sin saber muy bien la verdadera razón. Bien podría ser que fuera la cercanía de Draco, como le susurraba en el oído, la mano de él aferrándole por la cintura, la espalda pegada a su pecho, el aliento a menta que le golpeaba la cara y la atontaba por segundos. O tal vez era la crueldad que destilaba la palabra «víctima» y la forma sádica en la que Draco arrastraba las palabras al pronunciarla. Casi podía ver -a pesar de estar de espaldas- los ojos brillosos de su esposo al contemplar que, en efecto, esa «víctima» no era ni más ni ménos que Harry.

"Cuando pronuncies el hechizo debes sentirlo" Continuó el joven susurrando despacio. "Debes sentir que quieres lastimar a quien atacas... El odio tiene que correr por tus venas y...terminar en la punta de tus dedos...como la magia. Debes comenzar a sentirlo aquí" Apretó suavemente el estómago de Hermione al tiempo que susurraba pausadamente cada palabra, acariciándole la piel con el aliento mentolado, poniéndole de punta todos los vellos de la nuca. "Y dejar que se expanda a...todo tu cuerpo" Le dijo, paseando las manos suavemente por los brazos de ella. Hermione se estremeció más aún, sentía la imperiosa necesidad de dejarse llevar por las inconcientes -o muy concientes- caricias de Draco y pegar la espalda a su pecho, y suspirar en brazos de aquel que le robaba el aliento.

"No podré hacerlo" Le susurró ella, mordiéndose suavemente el labio inferior.

"Podrás... Siempre puedes con todo". Le dijo él, besándole lentamente el cuello. Hermione se mordió el labio con mucha fuerza ante el toque. Fue tan sólo un segundo y sus piernas ya eran de la más blanda gelatina.

"¿Torturaste a mucha gente cuando eras mortífago?" Preguntó ella para espabilarse. Draco se tensó por un momento, suspiró pero no contestó.

"Muy bien, Granger" Interrumpió Snape con una sonrisa lobuna muy rara en él. "¿Ya tiene la teoría?" Ella asintió. "Potter ya sabe que hacer en el remoto caso de que no soporte el dolor".

"¿Qué quiere decir con «remoto»?" Se interesó el moreno.

"Que Granger no tendrá la capacidad suficiente de lograrlo hoy. Es demasiado «Gryffindor nobleza y estupidez» para una maldición" Dijo a modo de burla.

Hermione entrecerró los ojos y miró con rabia a Snape. ¿Que ella no era capaz? ¿Gryffindor? Siempre. ¿Nobleza? Tal vez. ¿Estupidez? Jamás. ¿Acaso no era él mismo quien había dicho que ella era la bruja más inteligente de su generación? ¿A qué venía ese comentario hiriente entonces? ¿Qué rayos le pasaba a Snape?

"¿Lo hará enseguida o me preparo un café primero, Granger?" Continuó molestándola el pocionista. Draco sintió a Hermione tensarse bajo su tacto y sonrió. Snape era un maldito manipulador. Sabía qué cuerdas mover.

"Recuerda" Le susurró Draco al oído. "El deseo de lastimar debe formarse aquí...Y extenderse por tus venas hasta llegar a tus dedos. Debes sentirlo... Debes querer lastimar". Apretó los hombros de ella, y se concentró en su propia magia, canalizándola a través de su anillo y tratando de conectarlo con el de Hermione.

"Oh, vamos Granger. ¿Realmente fue usted quien planeó todo aquello de derrotar a Quien-no-debe-ser-nombrado? Por lo visto bien podría haber sido Weasley, dada su poca capacidad mágica. Me estoy aburriendo. ¿Cree que podría hacer el bendito hechizo antes de la cena?".

Hermione arrugó más el ceño, trató de ignorar a Snape y miró a Harry, clavando la mirada en los ojos verdes de su amigo quien la observaba con un poco de temor debido a su rostro crispado. Ella sabía que algo muy fuerte se estaba cociendo en su interior, sentía que un poder nuevo y desconocido le estaba llenando, y aunque se negaba a dejarlo salir era conciente de que si Snape apretaba un poquito más sería capaz de lograrlo.

Pero al mismo tiempo, sabía que el profesor solo la estaba molestando para que fuese más fácil hacer la maldición. De igual modo no podía evitar que sus palabras picaran y le dejaran un sabor amargo en la boca. Solo necesitaba un poco más..

"¿Ya se cansó de ser la insufrible sabelotodo, Granger? ¿La prefecta perfecta? Lástima que no podrá volver a Hogwarts para ser Premio Anual este año, aunque visto lo inservible que es, quizás hasta Longbottom la supere esta vez. Ya que no usted no es capaz de conjurar un hechizo tan simple".

Lo sentía, allí estaba.. La gran bola de ira formándose justo en la boca del estómago. Calentándole el interior del cuerpo. Estaba creciendo y amenazaba con hacerla vomitar de un momento a otro. «Dirígelo. Contrólalo» Se ordenaba mentalmente. Se concentró. Le faltaba un poco más, podía sentir el calor acariciándole los brazos, como la magia y los sentimientos se movilizaban lentamente...

"¿Es en serio, señorita Granger? Hasta un niño de primer año podría hacerlo más rápido que usted" Continuó Snape.

Pero ella necesitaba más. No era suficiente, sabía que Snape no hablaba en serio y éso la hacía flaquear. Maldita mente ¿Es que no podía dejar de pensar ni en condiciones así?

La voz gélida de Draco hablándole despacio en el oído terminó por hacerla reaccionar. "¿Es que siempre eres así de inútil, Granger? No pensaba que serías así cuando me casé contigo. ¿No que eras la mayor bruja de todos los tiempos? Eres pura fachada, niña tonta. ¿No puedes con un simple cruciatus? Tanto tiempo encerrada en la biblioteca no te sirvió de nada...sangre...sucia?"

Y todo explotó. Draco logró enviarle a Hermione una oleada fuerte de magia y se concentró en que el sentimiento de ira que tanto se había concentrado en conseguir, se instalara en el anillo que tenía en la mano, el cual, conectado al anillo de Hermione hacía que ella sintiera básicamente lo mismo que él. Solo que quizás, solo quizás, la fuerza con la que las sensaciones y la magia la golpearon había sido un poquito exagerada.

"¡CRUCIO!" Gritó Hermione apuntando a Harry directo al pecho y con las lágrimas llenándole los ojos. Sentía la rabia o lo que fuera corriéndole libremente por las venas alimentando la fuerza de la maldición. Las palabras de Draco hacían que su sangre hirviera.

¡Quien rayos se creía! ¡Maldito Malfoy! Lo amaba pero cuando se ponía en plan soy-el-maldito-rey-del-mundo lo odiaba con todo el corazón. Hermione sentía como su pecho iba abriéndose, las palabras de Draco le escocían el alma. La herida del pecho se hacía cada vez grande.

Sangre sucia.

Aquellas palabras susurradas llenas de malicia, con las sílabas arrastrándose y la voz fría e inexpresiva. Podía hasta ver las rendijas tormentosas en las que probablemente se habían convertido los ojos de Draco, y aquello la hirió. Pero el sentimiento que la embargaba no podía catalogarse como tristeza. Era rabia, pura rabia y dolor, pura indignación. Era odio en su máxima expresión.

Harry se dobló al medio cuando el rayo rojo de la varita de la ojimiel arremetió contra él. El dolor llegó hasta los huesos y un grito seco se escapó de sus labios. Oh, maldición. Se sentía peor que cualquier cosa que le hubiera pasado. Se sentía incluso peor que el dolor que antes le agobiaba con la cicatriz. ¿Qué era lo que le había dicho Snape si no aguantaba el dolor? ¿Qué era? Oh, Merlín, con tantos cuchillos insertándose en su carne era difícil pensar.

El rubio observó maravillado el despliegue de magia de su esposa, no que él estuviera orgulloso de que Hermione supiera hacer una maldición imperdonable, pero no podía evitarlo. Al fin y al cabo, Draco Malfoy era éso, magia oscura y malas intenciones...un mortífago. Sus ojos brillaron con entusiasmo al darse cuenta de que su chica había aprendido algo de él, por más malo que ésto fuese. Al fin podría decir que había enseñado a la gran Hermione Granger un poco de magia que ella desconocía.

Snape, por su lado, estaba totalmente sorprendido. No esperaba que la joven pudiera hacerlo. Por varias razones, la primera, porque no creía que su alma tan noble la dejara practicar un hechizo de ésos. La segunda, porque iba en contra de todos sus principios asquerosamente gryffindorianos. Y la tercera, porque se trataba de su mejor amigo, el mismísimo Harry Potter. Y ahora el chico estaba allí retorciéndose de dolor mientras su atacante tenía el rostro deformado a causa de la ira.

"¡Basta, Granger!" Le gritó Snape. Pero ella no lo escuchó. Siguió arremetiendo contra Harry. Lo único que Hermione podía ver era en color rojo, nada coherente, solo una gran mancha roja cubriéndole todo el ojo. Y por su mente desfilaban escenas de su pasado, Draco en la estación de King Cross mirándola con desdén. Hechizándola para que sus dientes creciesen hasta el piso. Insultándola en el callejón Diagon. Acorralándola y amenazándola en los pasillos de Hogwarts. Llamándola «sangre sucia» cada vez que tenía la oportunidad.

"Expelliarmus" Susurró Draco, apuntándole por la espalda. La varita de Hermione salió disparada de sus manos y cayó de rodillas al piso. El rubio se arrodilló a su lado y la abrazó, dejándola que se desahogara contra su pecho.

Al principio la castaña se mostró reacia a aceptar el abrazo al sentir el aroma a menta y perfume francés que tanto amaba pero que en ese momento odiaba a más no poder. Se removió entre sus brazos e incluso intentó golpearlo, pero era como querer derrumbar una puerta de hierro con pompones de algodón. Al final la ira fue cediendo y se rindió a la infinita tristeza que la embargaba.

Snape ayudó como pudo a Harry a incorporarse. El moreno no cabía en sí de la impresión, a parte de que le dolía todo el cuerpo. Le costó unos minutos levantarse. Cuando al fin lo consiguió se sentó dificultosamente en una silla y paseó su mirada hasta encontrar a Hermione hecha un ovillo en los brazos de Malfoy, quien le acariciaba el pelo y la mecía suavemente.

La imagen era desgarradora, y Harry no entendía por qué lo lastimaba tanto. Snape podía jurar que era capaz de sentir el aire denso que envolvía a la pareja.

Lo que ninguno de los dos entendía ni tenían conocimiento, era de la conversación que Draco y Hermione estaban teniendo mentalmente, gracias a la conexión que tenian mediante el anillo de los Malfoy.

"Era necesario hacerlo, cielo. Sabes que nada de lo que dije es verdad" Recitó la voz del rubio en la mente de Hermione.

La chica sintió esa pequeña molestia que había sentido la primera vez que su esposo invadió su cabeza. Se pegó a su pecho y escondiendo la cara en el hueco de su cuello le respondió. "Lo sé, lo entiendo. Solo que duele tanto. Escucharte decirlo es como si te perdiera...como si no me pertenecieras".

"Sabes que estoy aquí, que te pertenezco, que estamos unidos de todas las maneras existentes. Unas simples palabras no cambian eso".

"Cuando estábamos en el Ministerio me dijiste que nunca volviera a referirme a mí misma con esas palabras y ahora...ahora tú..."

"Solo buscaba que logres hacer la maldición, cielo. No te atormentes"

"Lo sé, Draco... Pero fueron tantas emociones de golpe. Me sentí llena, de rabia, de ira, de dolor, pero llena al fin. Y ahora...ahora vuelve el vacío y yo... no puedo soportarlo. Es demasiado para mí"

Draco suspiró y besó los cabellos de su mujer. Sabía que Hermione no se refería precisamente a la maldición. Aquel «vacío» era mucho más profundo, y él lo entendía, pues se sentía exactamente igual.

Los días siguientes fueron una sucesión de hechos parecidos. Luego del desayuno, Hermione, Draco y Harry iban hasta la biblioteca para practicar las maldiciones imperdonables. Snape había conseguido que Albus le pidiera a Minerva que le enviara de Hogwarts unos muñecos de práctica que estaban guardados en los depósitos de Filch, utilizados anteriormente para practicar duelos. Los mismos que el ED había usado en sus prácticas.

La castaña había logrado superar esos ataques de llanto luego de cada hechizo. Los cruciatus de la ojimiel fácilmente podrían superar a los de la mismísima Bella Lestrange. Y ya no era necesario que recurrieran a ningún tipo de insultos o molestias de ninguna índole para generar el resultado deseado. Hermione no tardó más de cinco días en dominar las tres maldiciones imperdonables.

A Harry le costó un poco más. Y fue al término de la semana que logró un cruciatus aceptable y un avada que aunque estaba bien aún dejaba mucho que desear.

Draco ni siquiera tuvo que practicar, eran hechizos que podría haber hecho con los ojos cerrados y semi-dormido. Demasiado tiempo viviendo en la oscuridad que, él decía, ya era parte de ella.

Snape al final decidió por él mismo quienes serían los que irían al juicio. Granger y Malfoy. Harry no paró de chillar y rezongar por unas cuantas horas pero terminó por aceptar la decisión del profesor cuando éste casi lo asesina con la furia de sus ojos.

"Ahora pasaremos a la parte difícil" Les dijo Snape al octavo día. "Se enfrentarán a un dementor y tratarán de frenarlo con el hechizo".

Dos días después de practicar sin parar el hechizo para «asesinar» al dementor, sin dementor alguno frente a ellos, fue que Snape se dió por satisfecho y soltó al boggart que encontró escondido en uno de los baúles del sótano.

"Éste sólo es un boggart. Sabréis que un dementor es cientos de veces más poderoso que un boggart. Pero lo hechizaré para que podáis practicar. Si conseguís vencerlo también conseguiréis vencer al dementor, será más difícil pero.."

"La práctica hace al mago" Susurró Hermione muy decidida a enfrentarse al espectro. Snape asintió.

"Ya saben que hacer. Mientras uno conjura el patronus el otro lanza el hechizo. Potter, abre la caja".

Draco se quedó pálido de pronto. No había pensado en éso. Tantas horas practicando para que el hechizo le saliera bien que se había olvidado de lo más importante, aunque tal vez Hermione se ocupara de éso. Quiso consultarlo con Snape pero Potter ya había abierto la caja y un enorme dementor avanzaba hacia ellos llenando el ambiente de un aire frío y aterrador.

Todo ocurrió muy rápido. Hermione se apresuró a murmurar el hechizo para amilanar al dementor mientras lo apuntaba con la varita, confiada de que Draco conjuraría su patronus y así lo acorralarían en una esquina de la habitación. Pero el espectro siguió avanzando y el optimismo de Hermione fue reduciéndose al mínimo, no fue capaz ni de girarse a buscar que cojones le sucedía a Draco cuando cayó de rodillas presa de la desesperanza y los pensamientos más negros que existían.

"¡Riddikulo!" Ladró Snape desde el extremo del salón, haciendo que el dementor desapareciese y se convirtiese en una sábana negra raída y rota. Se encargó de volverlo a meter en la caja con ayuda de Potter y se acercó sin perder tiempo hasta la pareja. Tanto uno como el otro estaban respirando dificultosamente. El rubio con los ojos aguados y Hermione con los suyos encendidos en brasas.

"¡¿Qué rayos pasó contigo, Malfoy?!" Le gritó sin siquiera darse la vuelta para observarlo. El rubio no contestó y ella por pura curiosidad volteó.

Draco estaba arrodillado en el suelo con la cabeza gacha y las manos apoyadas también en el piso. El cabello rubio platinado le caía desordenado sobre la frente empapada en sudor y el pecho subía y bajaba con rapidez. Los demás se asustaron de semejante reacción y Snape cayó en la cuenta.

"No sabes conjurar un patronus" Afirmó. No fue una pregunta. Draco no contestó.

Harry boqueó incrédulo y Hermione se llevó las manos a la boca recordando una de sus muchas conversaciones sobre el tema. "Yo le enseñaré" susurró al cabo de un tiempo de silencio.

Cuando se quedaron casi solos -pues Snape y Harry se encontraban en un rincón- la ojimiel se lanzó a sus brazos y lo apretó con fuerza, llenándole el rostro de besos. Draco recibió de buen gusto las muestras de cariño de su mujer y lentamente se separó de ella cuando le faltó el aire.

"Perdóname, perdóname" Repetía Hermione sin dejar de besarlo. Él sonrió de medio lado.

"No puedo negar que me encanta que te muestres tan activa, pero déjame decirte que no comprendo la razón de tus disculpas, cielo".

"Debí haberlo sabido, Draco" Le dijo ella con los ojos brillosos. "Debí recordarlo, que no sabías conjurar un patronus, debí..."

"Hey, basta" Le pidió con dulzura. "No te preocupes, fue solo un boggart. Además si hubiera culpable sería yo, tenía que haber avisado de mi...incapacidad" La consoló. Se besaron por unos minutos más y luego se pusieron a la labor. "Estás muy sensible estos días" Le dijo él antes de empezar. Hermione solo se encogió de hombros.

Cuando la chica recitó cual libro de enciclopedia la teoría del hechizo patronus, fue que Draco comenzó a ponerse medio nervioso. Ella había dicho que era magia muy avanzada, vale, que hasta ahí iba bien. Que era un tipo de fuerza positiva de lo que el dementor podría alimentarse, esperanza, alegría, deseos de vivir... Ahí empezaba la cosa a complicarse un poco. Y que sólo funcionaba si uno se concentraba en un recuerdo muy feliz. Y era allí donde todo se convertía en una mierda.

Draco no tenía recuerdos felices. No hubo un momento en su vida en el que podría decirse que fue realmente feliz. Ni cuando su padre le regaló su primera escoba, ni cuando le pusieron un elfo doméstico solo para él, ni cuando vió Hogwarts por primera vez, ni cuando volvía a casa en Navidad. Quizás eran pequeños retazos de momentos de alegría, pero nunca la felicidad al máximo. Todo, absolutamente todo en su puta vida había estado empañado de algún tipo de desgracia.

Como cuando su padre le regaló su primera escoba, recordaba su sonrisa al verlo volar por los jardines, pero al instante esa misma sonrisa era borrada de los labios de su padre cuando él fijaba los ojos en los suyos. Era como si su padre lo aborreciera, como si sonreir frente a él estuviera vedado, como si Lucius no lo hallara digno de la causa de su felicidad. Y el recuerdo de Draco se empañaba de las pequeñas lágrimas que habían bañado sus ojos aquel día al darse cuenta de que su padre quizás no estaba orgulloso de él.

El día que Dobby le había sido designado como elfo personal, ni siquiera había sido alegre ni por un momento. Tal vez sólo cuando Lucius le avisó de que tendría uno para él, pero al instante las duras palabras del patriarca Malfoy llenaron de desilusión su día. «Esta basura no sirve para que juegues con él, niño. Es un ser inferior que debe servirte y ni siquiera mirarte a los ojos. Ni se te ocurra jamás dirigirle una palabra cordial a esta bazofia. Pobre de tí si me llego a enterar de que has establecido algún tipo de relación amable con él, Draco. Y créeme que lo sabré. Desearás no haber nacido si llego a saber que has tenido algo que ver con esta inmunda criatura». ¡Él tenía solo siete años, por Merlín! Quería a un amigo, a un compañero de juegos, y poco le importaba que fuera un maldito elfo. Pero no, imposible. Los elfos, seres inferiores.

Cuando llegó a Hogwarts por primera vez ni siquiera disfrutó del banquete, ni de lo maravilloso que era el colegio, ni de la selección de casas. Tenía un maldito grano en el culo llamado Harry Potter que le había aguado toda la fiesta desde la estación de King Cross y no podía hacer que su estado de ánimo cambiase. No podía considerarse un recuerdo feliz ni por asomo.

Tal vez cuando volvía a casa en Navidad. Probablemente el momento exacto al bajar del tren y ver a sus padres abrazados en el andén esperándolo fuera un momento de alegría. Que conste, de alegría, cosa muy distinta a la felicidad. Pero su estiraba un poco más el recuerdo, de nuevo se veía empañado por la imponente figura de Lucius, el cual prohibía las muestras de afecto con su madre, alegando que un Malfoy era duro como una roca y frío como el hielo, que el amor y esas estúpidas sensiblerías infantiloides no eran dignos de los descendientes de la estirpe más pura del mundo mágico.

Draco difícilmente tendría un recuerdo lo suficientemente fuerte para vencer a un dementor.

"Sé que tal vez sea difícil" La voz suave de su esposa lo sacó de sus pensamientos. "Pero inténtalo...tal vez entre alguno de tus recuerdos encuentres algo..."

Él negó con la cabeza. Imposible. ¿En qué maldito momento de su vida él había sido feliz?

Hermione adoptó la misma posición que él cuando le enseñó las maldiciones. Colocó sus manos sobre sus brazos y acarició con suavidad. Su voz se coló por los oídos de Draco llenándolo de paz, y su aliento a canela lo envolvió en una nube de tranquilidad y sosiego que lo hizo suspirar.

"Solo...¿Recuerdas la vez en que nos vimos por primera vez en el expreso de Hogwarts?" Empezó ella. Él asintió. "¿Recuerdas cuando terminó la guerra...?" Draco se sorprendió por la brecha temporal tan grande pero volvió a asentir. "Ahora cierra los ojos" Le ordenó ella.

El rubio obedeció y Hermione continuó hablando en susurros. "¿Recuerdas nuestro primer beso en la oficina del ministro? ¿Recuerdas la vez en que me pediste ser tu novia en casa de Celestina? ¿Recuerdas nuestra..noche...en Australia?"

Draco sonrió al revivir en su mente las escenas de aquella gloriosa noche con Hermione. Y la castaña, como si lo hubiera visto, reconoció aquella sonrisa silenciosa que cruzaba el rostro de su esposo.

"Concéntrate en aquella noche" Le susurró con la voz cargada de sensualidad. "Recuerda los detalles. Recuérdanos a nosotros en aquella cama. Recuerda la sensación de éxtasis al entrar en mí. Los besos, las caricias, las palabras de amor. ¿Me recuerdas a mí moviéndome debajo tuyo? Y a tí...llenándome..haciéndome tu mujer...Recuerda que nos declaramos amor eterno..."

A cada palabra de Hermione el corazón de Draco se ensanchaba más y más. Claro que podía tener recuerdos felices ¡Todos eran con ella! Hermione llenaba todos y cada uno de los recovecos del alma del ex-mortífago. La sensación de paz y felicidad que la joven era capaz de hacerlo sentir se extendía por todo su cuerpo, explorando lugares insospechados de su mente y de su entendimiento. Por primera vez, Draco Malfoy era conciente de que sí era feliz. De que la felicidad de la que tanto hablaban los escritores, los poetas y los músicos sí existía. Y él no sólo estaba rozándola con la punta de los dedos, sino que estaba empapándose de ella hasta empalagarse.

"Recuerda por sobre todas las cosas que aquí y ahora...te amo más que nada..." Le susurró Hermione.

Ni siquiera hizo falta que alzase mucho la voz. Con un simple y claro "¡Expecto patronum!" una luz resplandeciente salió de la punta de su varita, iluminando casi toda la habitación y espantando al dementor que segundos antes Hermione había mandado a soltar.

Hicieron falta unas cuantas prácticas más para que el patronus tomara forma. Por la tarde, casi cuando caía la noche, Draco fue capaz de conjurar un imponente lobo plateado, se notaba que el pelaje era de un blanco impoluto, por lo que Hermione decidió que se trataba de un lobo ártico.

La castaña sonrió internamente cuando el animal tomó forma. No era ninguna coincidencia que justamente un lobo blanco fuese el patronus de su esposo. El lobo, aquel animal que entraña aspectos maléficos y benéficos a la vez. Para los escandinavos, el que guia al infierno. Y para los griegos, símbolo de luz, aquel que puede ver en la oscuridad. Hermione no tenía ninguna duda, el lobo era tal vez el animal que más caracterizaba a Draco, aquel hombre oscuro que tenía la capacidad de arrastrar a su mundo de oscuridad, pero que a la vez era una especie de lumbrera que iluminaba todo en su camino. Draco y su lado bueno, tan opuesto al mortífago que decía y no se perdonaba ser.

Harry cerró y abrió la boca varias veces, intentando creer que Malfoy hubiera sido capaz de conjurar un patronus corpóreo en ménos de una hora. Pero lo que verdaderamente le llamó la atención y lo descolocó fue que Hermione conjuró su patronus también, al instante una hermosa loba de pelaje plateado jugaba con el patronus de Malfoy, quien a duras penas aguantaba la intensidad del hechizo, pero con una enorme sonrisa en el rostro. Y quizás eso fue lo que hizo salir a Harry de la habitación, ni los besos apasionados de la pareja, ni los susurros eróticos de Hermione, ni la impresión de los patronus del matrimonio, no...Lo que más perturbó al moreno fue haber visto aquella sonrisa en labios del rubio, aquella sonrisa que contemplaba por primera vez en toda su vida, no era una mueca ni una burla, era una sonrisa sincera llena de amor y felicidad dirigida a su mejor amiga. Y éso, la felicidad sincera de Malfoy, darse cuenta de que no era una mala persona, de que amaba de veras a su hermana, de que Hermione y él eran felices...era demasiado para el-niño-que-vivió.

Bajó las escaleras silenciosamente, pensando en los que dejaba haciéndose carantoñas en la biblioteca. Escuchó a Snape saliendo del lugar segundos después que él, seguro tan incómodo como el mismo Harry.

Cinco días después, en los que Draco y Hermione se mataron practicando sin descanso, cuando Narcissa ya estaba bastante más débil que en ninguna otra ocasión, Snape decidió que el momento había llegado. Tenían que volver ya al pasado. Los preparativos no fueron muchos, solamente una pequeña reunión para aclarar lo que harían al estar en el ministerio, en el caso de que hubieran problemas.. En fin, lo básico que se aclara antes de toda misión suicida.

En la biblioteca, frente a Narcissa, Harry, Luna y Snape, la pareja de Draco y Hermione se tomó de las manos y tras un hondo suspiro la castaña dió las vueltas correspondientes al giratiempos, con sendas sonrisas los jóvenes desaparecieron ante los ojos de los presentes.

Para calmar los ánimos, Narcissa sugirió tomar el té en el salón principal. Cuando estuvieron todos con sus tazas en frente, Kreacher entró y se dirigió casi corriendo hacia Harry, sentado en uno de los sillones, frente a Luna quien hacía como que él no existía. "Amo Potter, la señorita Weasley está en la puerta buscándolo. ¿Kreacher la deja entrar?". Preguntó el elfo una vez que estuvo junto a Harry.

El salvador bizqueó por un momento y cuando fue capaz de unir dos pensamientos coherentes asintió con la cabeza dándole a entender a Kreacher que podía hacerla pasar hasta el salón. Su corazón bombeó de manera escandalosa y se contuvo de llevarse una mano al pecho para calmar los latidos. No había hablado con la pelirroja desde que volvió de La Madriguera aquel fatídico día de la charla con el señor Weasley y los nervios lo traicionaban ahora que volvería a verla. No por ella, sino por el niño que la chica cargaba en su vientre. Cuando escuchó los pasos ligeros y rápidos de Ginny por el pasillo se cuadró y simuló estar totalmente tranquilo.

La pelirroja ingresó al salón como un bólido y se plantó frente al moreno ignorando a todos los presentes. Los ojos los tenía tan rojos e hinchados que parecía que se había pasado llorando los tres últimos días. Le temblaban las manos y sollozaba como una niña pequeña.

"¿Qué es lo que te sucedió, Ginny?" Preguntó Harry tomándola suavemente de las manos, lleno de preocupación.

"Te juro que...yo...yo no quise hacerlo Harry" Lloriqueó Ginny. "Pero...pero tienes que entenderme, yo te amo Harry...No podía dejar que te fueras así como así, que me abandonaras...Por éso ideé un plan, fingí el embarazo y se lo dije a mis padres...Traté de embarazarme pero...pero..."

"¿¡QUE TÚ HICISTE QUÉ?!" Gritó el moreno soltándole las manos y agarrándola de los hombros para zarandearla. Solo consiguió que ella llorara con más fuerza.

Luna no sucumbió al deseo de salir corriendo hacia su habitación cuando anunciaron la llegada de la chica. Se quedó estoicamente en su lugar y fingió paz y tranquilidad...hasta que escuchó la confesión

"Harry, un momento" Pidió Luna con su voz cantarina, levantándose de su lugar y tomando suavemente de los hombros a la joven. "¿Por qué no te tranquilizas y dejas que Ginny nos cuente qué sucedió exactamente?" El moreno parpadeó incrédulo por que Luna le dirigía la palabra y no tuvo otra que aceptar su petición. "¿Kreacher podrías traer otra taza de té para Ginny? De valeriana y manzanilla, por favor".

Cuando el té calentó la garganta de la pelirroja y la rubia limpió cariñosamente sus lágrimas ante la mirada imposible de Harry, la curiosidad de Snape y la media sonrisa de «qué astuta es esta chica» de Narcissa, fue que Ginny comenzó a hablar y les contó que nunca hubo embarazo, que solo había sido una treta para atrapar a Harry, que ella tenía esperanzas de haberse quedado preñada pero no, no había sucedido.

Harry y Snape fruncieron el ceño ante las palabras de la joven y compartieron una mirada cargada de confusión. Finalmente Severus carraspeó. "¿Está completamente segura de no estar en cinta señorita Weasley?" La chica asintió avergonzada.

"¿Entonces de quién era..?" Pero la pregunta de Harry no llegó a su fin, cuando tanto Luna como Narcissa se miraron con desesperación y susurraron a coro el nombre de quien había ido a arriesgar su vida sin saber de su situación.

"Hermione".

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