Disclaimer: los personajes de Magi no me pertenecen. Son propiedad de Shinobu Ohtaka.

Parejas: Sinbad x Alibaba, Kouen x Alibaba.

Advertencias: Spoilers relacionados con el manga, YAOI, MPREG, alusión a violación.

ACLARACIONES: Esta historia contendrá partes fieles al manga, tanto diálogos como escenas, pero habrán ciertas modificaciones para su adaptación.


— Capítulo 26 —

Negociaciones

La llamada había finalizado tan bruscamente, que Sinbad quedó unos segundos con el artefacto de comunicación pegado a la oreja antes que la frustración le hiciera arrojarlo a la mesa con deliberada fuerza. Ja'far, de pie a un costado del escritorio, había presenciado y escuchado todo —al menos desde el lado de Sinbad—, y estaba tan sorprendido por su comportamiento que lo desconocía. Él jamás se había dirigido a Alibaba de ese modo, como si estuviera tratando con un subordinado que solo debía obedecerle sin cuestionamientos. Pero incluso Alibaba lo había notado, dejándole claro que no pensaba someterse ni mucho menos aceptar su trato déspota y arbitrario.

Intentó decirle algo a la persona que había pasado los primeros dos años sufriendo por la muerte de Alibaba, pero enmudeció cuando advirtió su semblante frío, irritado y ensombrecido, como si se tratara de alguien que nunca antes había visto.

Ese de ahí no era Sinbad.

—Déjame solo —le escuchó decir con sequedad y sin siquiera mirarle.

Su voz sonó tan autoritaria y álgida, que no pudo contradecirle y salió de la habitación. Irascible y apático, Sinbad nunca se había comportado de esa forma ni mucho menos con Alibaba. ¿Qué le había dicho con exactitud para ponerlo así?

Una vez a solas, Sinbad permaneció con los puños fuertemente cerrados sobre el escritorio y la vista fija en el artefacto de comunicación. La llamada lo había dejado tan frustrado como satisfecho, pero incluso esa sensación resultaba vaga ante la enorme furia que sentía por dentro. ¿Cómo Alibaba podía poner sus emociones en el más absoluto caos? Todo estaba demasiado revuelto en su mente que no lograba darle forma. Alibaba era capaz de llevarlo a los extremos con tal facilidad, que había terminado por decirle algo imprudente y alejarlo todavía más. Se sentía un completo tonto por haber caído en el juego del hombre enamorado, porque no era capricho ni obsesión lo que sentía; de eso estaba seguro.

Permaneció asimilando y masticando lo sucedido por unos momentos hasta que respondió a una pregunta que resonó en su cabeza.

—¿Ahora te interesa lo que pase con él?

Hubo una respuesta a su pregunta, y luego añadió:

—Sé lo que dije, pero no puedo hacer nada para traerlo de regreso. —Frunció el ceño. —Contra más lo intento más se aleja...

Aguardó a que la voz respondiera y se puso de pie cuando lo hizo.

—Espera, no puedes sugerir algo así. —Caminó inquieto junto al ventanal. —Si hago eso, él... —Sacudió la cabeza. —Ahora solo está confundido. —Se detuvo en seco ante la voz insistente. —No, no pienso hacerlo. ¡Ya te dije! —Apoyó las manos sobre el escritorio y entornó la mirada con recelo. —Dime una cosa, David, ¿desde cuándo te importa tanto lo que pase con Alibaba? ¿Por qué ese interés repentino en que regrese conmigo? Desde el principio nunca te agradó que estuviera con él. —Se alejó del escritorio y miró su reflejo en el ventanal. —Tú y yo tenemos pensamientos independientes, pero aun así... —Esgrimió una sonrisa cargada de confianza. —Como sea, no necesito de tus consejos para recuperarlo. Esta es mi batalla. No interfieras.

La voz en su cabeza se calló finalmente, y aprovechó de regresar a su sillón para retomar su trabajo en un intento por olvidar su discusión con Alibaba, pero fue interrumpido por Hakuei, que apareció en ese momento y, tras acercársele, apoyó ambas manos sobre sus hombros.

—¿Por qué estás tan irritado? —preguntó ella, consciente del motivo—. Él es solo un contenedor de rey débil... no lo necesitas. —Se inclinó sobre su cuello y le susurró: —Me tienes a mí. —Rozó apenas los labios contra su piel y Sinbad la esquivó con desagrado.

Las palabras de Alibaba no dejaban de repetirse en su cabeza, causándole una desagradable frustración que no sabía cómo manejar ni desechar. David tampoco ayudaba murmurándole ideas que no pensaba ejecutar por más efectiva que estas fueran para recuperar el amor de Alibaba.

—¿Irritado dices? Ciertamente no, puedo ver el flujo del destino después de todo. —Intentó sonar confiado e indiferente mientras Hakuei insistía en tocarle. —Es solo que su comportamiento me recuerda a un joven inexperto e idealista que pensaba que podía salvar todo y a todos. —Sacudió la cabeza. —Pero se dio cuenta de que estaba equivocado.

Hakuei sonrió complaciente y continuó acariciándole los hombros.

—No necesitas pensar más en ese candidato a rey inútil y sin gracia. —Detuvo las manos y las cerró con firmeza sobre sus hombros. —No te merece.

Sinbad ignoró sus palabras zalameras y repasó las de Alibaba. Él estaba empecinado en regresar a Rakushou con criminales de guerra. Y si bien no era mucho lo que ellos podían hacer, había uno en particular que le resultaba una verdadera amenaza para su actual sistema de comercio.

—El orden actual del mundo fue creado con un solo propósito —pensó en voz alta—. La autoridad de los reyes y las fronteras eventualmente desaparecerá, y todo el poder será consolidado en un solo lugar. —Esgrimió una sonrisa confiada y cargada de satisfacción. —Kou probablemente terminará en la banca rota, así que hasta entonces dejaré que haga lo que quiera.

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Encarando una situación que le resultaba particularmente familiar, Alibaba tuvo que resistir ver la misma expresión ofendida y fría que tres años atrás había lastimado su corazón tras quebrantar la confianza de Kouen, causando la primera gran brecha en la relación que ambos estaban construyendo. No quería repetir los mismos errores de aquel entonces, cuando Kouen lo descubrió usando el artefacto de comunicación que lo mantenía unido a Sinbad. Ahora podía hablar sin temor ni secretos, porque Kouen merecía saber toda la verdad de su regreso.

—¿Y bien? —dijo él con tranquilidad—. Te escucho.

Alibaba parpadeó confundido y abrió la boca sin saber bien qué responder. Esperaba una reacción completamente distinta y una mirada cargada de dolor y reproche.

—¿No estás molesto? —articuló impresionado.

Kouen resopló y miró hacia el horizonte, donde una tibia puesta de sol teñía el cielo de rojo.

—Después de todo lo que hemos pasado, no tengo motivos para molestarme. —Curvó los labios en una sonrisa sincera y volvió a verle con una expresión llena de seguridad. —Aunque no lo creas, confío en ti.

Finalmente Alibaba podía dejar atrás la sombra de ese día. Sonrió sintiendo el corazón aliviado y la conciencia tranquila, y con esa sensación en el cuerpo alcanzó su rostro y lo acarició con ternura.

—Estoy tan orgulloso de ti.

Kouen frunció el ceño y apartó el rostro.

—No te burles —se quejó.

—No me estoy burlando —le corrigió Alibaba sin dejar de acariciarle—. Es solo que me siento feliz y tranquilo. —Bajó la mano y miró al suelo. —Lo que menos quería era lastimarte o causarte inseguridad por los motivos de mi regreso. Es que descubrí tantas cosas mientras estuve muerto que...

—Entonces deja los halagos y dime lo que sabes de ese sujeto —le interrumpió Kouen, dejando en evidencia que no había perdido su sed de conocimiento.

Alibaba alzó la mirada y asintió.

—Entonces vamos. —Dio un paso hacia adelante. —Tus hermanos también deben escuchar lo que tengo que decir.

Lo ayudó a regresar a la casa y, una vez que se reunieron con Koumei y Kouha, les explicó en detalle el motivo principal de su regreso. Cuando terminó su relato, la sorpresa estaba presente en el rostro de los tres hermanos.

—No puede ser —murmuró Kouha estupefacto—. Todo este tiempo...

—Hemos estado enfrentándonos al líder de los magos de Alma Toran —continuó Koumei igual de impresionado.

—Es imposible.

—Ya tenía mis sospechas —dijo Kouen de pronto, sorprendiéndolo a ambos.

—¿Lo sospechabas? —preguntó Alibaba con curiosidad.

—Sinbad nunca fue lo suficientemente consecuente con sus actos. Pregonaba abogando por la libertad de todos, pero a su vez oprimía con sus ideales que hoy vemos. —Frunció el ceño con decepción. —Su mundo ideal no es más que una utopía donde él es el único por encima de todos nosotros, tal cual lo deseaba ese mago tan poderoso.

—Tienes razón. —Alibaba le miró con preocupación. —Pero aun así sorprende que un ser como David lleve tantos años como parte de su conciencia.

—Es como si nos estuviera estudiando en silencio —comentó Koumei reflexivo—. Como si fuéramos un experimento y en cualquier momento decidirá intervenir.

—¿Y cómo se supone que se puede detener a alguien así? —cuestionó Kouha—. El rey Solomon no fue capaz de detenerlo, y tal como dijo Alibaba, David es uno con Dios.

Pensativo, Alibaba vio las palmas de sus manos, como si la respuesta estuviera en ellas.

—Primero debo encargarme de Sinbad —declaró—. Aunque será difícil siendo el líder del mundo. Tendré que...

—Lo que no logro entender es cómo sabes tanto. —Kouha lo interrumpió mirándole con cierta desconfianza. —Aún no nos explicas cómo fue que lograste obtener toda esa información.

Kouen miró a Alibaba y prestó atención a su respuesta. Tenía una sospecha, por la forma en la que había explicado el motivo de su regreso y en la increíble sabiduría que percibía en sus ojos desde que se reencontraron, que su experiencia en el otro mundo no había sido sencilla, y que más allá de haber sido solo un espíritu en otra dimensión, había visto y descubierto más de lo que cualquiera podría en muchas vidas.

—Después que Hakuryuu me atravesó con la guadaña de Belial, me convertí en una entidad hecha solo de mi propia conciencia. —Sus labios se movieron con tanta tranquilidad, que parecía que estaba susurrando, pero su voz se escuchó fuerte y clara. —Y pasé lo que se sintió como cien años... en un lugar donde hay una noción diferente del mismo tiempo.

—¡¿Cien años?! —Kouha saltó del sillón con espanto. —¡Pero si solo estuviste muerto por tres años!

—El tiempo en ese lugar funciona distinto —explicó Alibaba, encogiéndose de hombros.

—¿Y Judal vivió esos mismos cien años? —quiso saber Koumei—. ¿Ustedes estuvieron juntos todo ese tiempo?

Alibaba negó.

—Yo fui enviado a una dimensión distinta a la suya. —Se cruzó de brazos pensativo. —Nos encontramos luego que le di un cuerpo físico a mi conciencia. Pero según los cálculos que Yunnan hizo en base a lo que Judal le relató tras nuestro regreso, yo solo estuve un par de días en esa dimensión, en donde pude ver a esas personas.

—¿Esas... personas? —repitió Kouha confundido.

Una sonrisa adornó el rostro de Alibaba y su mirada se suavizó, como si en este momento estuviera viendo algo. Tenía un grato recuerdo de aquel lugar mientras fue solo conciencia, pero no creía necesario entrar en detalles. Sus intereses y preocupaciones ahora eran otros.

—Entonces... —dijo Koumei—. En resumidas cuentas, tu regreso se debe a lo que descubriste en el otro mundo. Pero ¿tienes las herramientas para detener a David? ¿La entidad que te habló de él te dio la clave para lograrlo?

Con un gesto esquivo y reservado, Alibaba negó con la cabeza y miró al suelo. Lo cierto era que deseaba con todas sus fuerzas detener a Sinbad o al menos convencerle de que no obedeciera la voluntad de David. Creía tener la fórmula para lograrlo, pero eso no impedía que las inseguridades le asaltaran cuando pensaba en lo poderoso e influyente que era Sinbad en el mundo y lo que podría provocar si lo desafiaba. El mundo entero podría volverse en su contra, y lo que menos deseaba era tener encima a la propia Alianza Internacional.

—Aún no sé cómo —confesó un poco angustiado—. Primero necesito estudiar los movimientos de Sinbad.

—Puedes hacerlo —declaró Kouen, viéndole fijamente—. Tú eres el único que puede detenerlo.

Su apoyo sincero y la seguridad con la que hablaba tranquilizaron a Alibaba, y como agradecimiento le regaló una dulce sonrisa.

Alibaba se sintió apoyado por Kouen y le regaló una sonrisa como agradecimiento.

—Ah, es cierto —dijo Kouha de pronto—. Tuviste una relación con ese sujeto. Debes conocerlo bien.

Sonrojado, Alibaba sacudió la cabeza.

—A estas alturas creo que nunca llegué a conocerlo del todo —confesó con un dejo de incomodidad—. Me enfrentaré a un completo extraño.

—¿Tienes miedo? —le preguntó Kouen con seriedad.

Alibaba lo miró y luego negó.

—No, pero es como si tuviera que conocerlo nuevamente. Y de alguna manera me resulta incómodo no saber a qué clase de persona me tendré que enfrentar.

—Ese tipo ha causado ya suficientes problemas —protestó Kouha cruzándose de brazos—. ¿Por qué siempre es un obstáculo?

—Ahora es el líder del mundo —le recordó Koumei sin lucir preocupado—. Es lógico que moleste, y más en la posición que actualmente estamos.

—¿Pero a costa de qué? —le increpó Kouha—. Perdimos la guerra civil por su causa y ahora tenemos que permanecer prisioneros en esta isla. ¡Nuestro país se hunde y no podemos hacer nada!

Al ver la frustración comprensible de Kouha, Alibaba comenzó a sentir nuevamente la responsabilidad oprimiéndole el pecho y el peso de su misión en este mundo. Aunque su vida ahora la sentía completa al estar con Kouen y Azahar, no podía simplemente evitar a Sinbad mientras el Imperio Kou padecía bajo su dominio. Aun cuando tuviera cierto temor por lo que fuera a descubrir en el camino, no le daría la espalda a Kou ni la familia Ren. Se sentía parte de ellos y los ayudaría a cualquier precio, incluso si eso significaba dejar a Kouen y a Azahar.

Miró a los tres hermanos y se puso de pie con la decisión en sus labios.

—Lo enfrentaré —declaró tajante—. Como líderes de compañías de comercio nos tendremos que ver las caras muchas veces. Cuando nos reunimos él no tuvo problemas en confesarme que David le hablaba, pero aseguró que utilizaba a David para su conveniencia. Si es así, no dudaré en hacer lo que sea para detener sus planes.

Kouen soltó una carcajada.

—Con eso tengo todo mucho más claro. —Alibaba lo miró confundido. No esperaba que fuera a reaccionar así. —Si Sinbad cree que puede controlar a David, quiere decir que es mucho más ingenuo de lo que creí. —Su rostro se llenó de satisfacción. —Subestimé a ese tipo durante todo este tiempo, pero me siento mucho más tranquilo al ver que sigue siendo un rey soñador con el ego demasiado alto.

—Pienso lo mismo —dijo Koumei—, aunque no sé qué tan ingenuo es si logró liderar el mundo en menos de tres años.

—Lo que me llama la atención —añadió Kouha mientras se reclinaba en el sillón y subía los pies en él—, es el hecho de que alguien como David se mantenga tan tranquilo frente a esta paz que Sinbad instauró.

—Todo está muy tranquilo —repitió Koumei—. ¿Es eso lo que te preocupa?

Alibaba prestó atención a la preocupación de Kouha y pensó en lo que podría estar tramando realmente David, y si en verdad Sinbad lo estaba utilizando o solo era una víctima más de su peligrosa mente. Continuó escuchando la conversación y las ideas que tanto Koumei como Kouha, e incluso Kouen, comentaron. Le estaba sirviendo mucho para calmarse y abrir su mente, aun cuando al principio se había sentido un tanto receloso de divulgar lo que había visto en el otro mundo por el riesgo que eso implicaba y la incredulidad a la que se expondría. Solo Yunnan estaba al tanto de todos los detalles, pero ahora que había hablado con Kouen y los demás ya no se sentía tan solo en esta batalla que distaba mucho con las guerras de tres años atrás.

Permaneció en silencio observándolos conversar sobre lo que les había comentado de la madre dragón y la revelación que esta le dio tras encontrarla. Parecían fascinados con los descubrimientos del otro mundo, porque si bien estos podían resultar inimaginables e incluso falsos para cualquier persona, los hermanos Ren creían en el poder del conocimiento, y gracias a Alibaba habían obtenido aún más.

Miró a Kouen y sintió una emoción calentando su pecho. Se sentía apoyado por él, comprendido, contenido. Ya no existía esa inseguridad que fracturaba la relación cada vez que se mencionaba a Sinbad. Kouen había cambiado, ya no se mostraba molesto ni inseguro frente a él. Ahora afrontaba las cosas con confianza y la seguridad de que el amor que ellos tenían era inquebrantable.

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Luego de acostar a Azahar y asegurarse que dormía profundamente, Alibaba regresó al dormitorio que compartía con Kouen. Cuando entró lo encontró leyendo en la cama. Lamentablemente el lugar destinado para ellos en la isla no contaba con una biblioteca como en Balbadd o Rakushou donde pasar la noche sumido en los textos que absorbían su tiempo.

Cruzó la habitación en silencio y, frente a un enorme armario de dos cuerpos, comenzó a desvestirse bajo la mirada inquisidora de Kouen.

—No has cambiado —dijo él de pronto, sobresaltándolo un poco.

—¿A qué te refieres? —No quiso mirarle. Parecía más concentrado en desvestirse que en encararle—. Sigo siendo el mismo...

—Siempre pones esa expresión cuando piensas demasiado las cosas.

Las manos de Alibaba se detuvieron en el borde del cinturón de su pantalón y volteó a verle con los ojos muy abiertos.

—¿Qué tratas de decir?

Kouen dejó su lectura y lo vio fijamente.

—Solo hay una persona que te pone de esa forma.

Su voz sonó tan segura y grave, que Alibaba tensó los labios y esquivó la mirada sin decir nada. Continuó desvistiéndose e intentó parecer casual y un tanto indiferente.

—¿Qué fue lo que te dijo mientras estuviste en Parthevia? —indagó Kouen—. ¿Qué te propuso?

Como si hubiera adivinado su pensamiento, hizo la pregunta que menos quería escuchar y la que menos deseaba responder. Pero Kouen siempre veía a través de él y pudo distinguir algo en sus ojos.

—¿De verdad quieres saberlo? —Su voz apenas se escuchó, pero fue suficiente para que Kouen le respondiera.

—Creo adivinarlo, pero quiero que tú me lo digas.

Con un profundo suspiro, Alibaba terminó de cambiarse de ropa. Se cubrió con una bata y permaneció de pie mirando al armario.

—Que gobernara con él —contestó al fin. Se llevó una mano al pecho y, tras un nuevo suspiro, volvió el rostro y vio directo a Kouen—. ¿Puedes creerlo? Después que rompió mi corazón y me dejó ir... me hizo la propuesta que antes hubiera dado mi vida por escuchar.

Kouen no respondió. En silencio repasó cuidadosamente la confesión de Alibaba, como si intentara darle sentido y estudiara la respuesta que daría a la misma.

—Es una propuesta bastante tentadora —soltó con deliberada tranquilidad. No estaba sorprendido, por el contrario. Y Alibaba apostaba a que él sabía perfectamente lo que había sucedido en Parthevia, porque para Kouen, Sinbad resultaba un hombre demasiado predecible.

Alibaba caminó hasta los pies de la cama y se detuvo ahí. La luz tenue de la las lámparas de aceite sobre los buró apenas dejaba apreciar el brillo contenido tras los párpados entornados de Kouen. Necesitaba ver más allá y descubrir lo que en verdad pensaba y sentía.

—¿En verdad lo crees? —cuestionó escrutando acucioso su rostro.

—¿A ti no te lo parece?

Alibaba negó y apoyó ambas manos en la cintura.

—Antes hubiera aceptado, lo hubiera seguido. Pero ahora es diferente. Mis prioridades y metas han cambiado. Ahora solo me importa ayudar a Kou y estar contigo y Azahar.

Complacido por su sinceridad, Kouen no pudo evitar sonreír.

—Lo que sale de su boca no es amor. —Entornó la mirada y borró la sonrisa de sus labios. —Que no te confundan sus palabras.

—Lo sé. —Alibaba resopló tranquilo—. Es su ego el que habla por él.

Kouen hizo una expresión de burla.

—Es como un niño encaprichado con el juguete que dejó de lado, y ahora que alguien más lo tiene también lo quiere.

Alibaba dejó escapar una pequeña carcajada.

—Suena raro si lo dices de ese modo.

—Solo digo la verdad. —Kouen se encogió de hombros y retomó su lectura. —La diferencia es que para mí no eres un juguete: eres mi vida.

Los ojos de Alibaba se abrieron con sorpresa y su rostro se iluminó. Rápidamente rodeó la cama y trepó por ella con agilidad, sentándose sobre las caderas de Kouen. Le rodeó el cuello con los brazos y apoyó la frente contra la de él.

—Cuando dices esas cosas me erizas la piel —susurró.

La mirada de Kouen se entornó con malicia y le siguió el juego.

—¿Qué más? —quiso saber.

—Me aceleras el corazón —contestó.

—¿Qué más? —insistió Kouen.

Con una sonrisa traviesa, Alibaba se inclinó en su oreja y le susurró algo que acentuó la expresión maliciosa de Kouen.

—Entonces tengo que hacerme responsable —comentó complacido con su respuesta—. No puedes quedarte así.

Alibaba se relamió los labios y se inclinó sobre los suyos, rozándolos para provocarlo y obligarle a que tomara los propios. Volverían a repetir lo de ayer, y Alibaba esperaba que sucediera todas las noches sin pensar en el mañana.

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Poco después de las cuatro de la mañana, Alibaba se despertó con un violento sobresalto. La respiración jadeante y errática, el cuerpo sudado y el corazón golpeando descontrolado contra su pecho le indicaron que no se trataba de una simple pesadilla. Su mente se encontraba muy confusa, no podía recordar con claridad lo que estaba soñando ni porqué se había despertado tan alterado, pero tenía una extraña sensación de vulnerabilidad que amedrentaba su pensamiento. En medio de una abrumadora oscuridad, una entidad se manifestó en su sueño, perturbándolo hasta hacerle despertar y romper la ilusión que conectaba su cuerpo con su mente entregada al descanso.

Se secó el sudor que perló su frente y miró a Kouen. Dormía tan profundamente que le alivió ver que no se despertó tras su pequeño grito. Soltó un suspiro y con un gesto cansado volvió a acostarse y trató de retomar el sueño, pero no lo consiguió. Los minutos pasaban y sus ojos pegados al techo le hacían pensar una y otra vez en el reciente sueño. No era igual que las pesadillas que lo asaltaban casi todas las noches tras su secuestro a manos de Al-Thamen; este sueño se había sentido demasiado real.

Su cuerpo se estremeció nuevamente y, al darse cuenta de que no podría volver a dormir, se levantó. Cubrió su desnudez con su bata y salió a una pequeña terraza contigua al dormitorio que daba hacia el jardín trasero del palacete. La noche era fresca, por lo que su cuerpo se estremeció al sentir el viento golpear su cuerpo sudado bajo la bata. Apoyó los antebrazos en la barandilla y contempló de forma ausente la luna que jugaba al escondite entre las nubes. Antes ya había estado en una situación familiar, y el responsable era Sinbad. Aunque no quisiera admitirlo, cuando se trataba de él, su mente se perturbaba al punto de no dejarle comportarse con normalidad. Alteraba sus pensamientos y emociones al grado de mostrarle a Kouen ese lado suyo, preocupándolo.

¿Pero por qué Sinbad conseguía alterarlo de esa forma? ¿Por qué su existencia influía tanto en su propia vida? Era cierto que la relación que tuvieron fue importante, pero era algo ya finalizado. Su historia había terminado para siempre, y ahora podían hablarse y verse como viejos conocidos que compartían un pasado en común. Pero ¿qué más? Sinbad había marcado un antes y un después luego que apareciera en su vida, pero Kouen era ahora quien enriquecía sus días y llenaba su corazón.

—Entonces por qué... —murmuró sin quitar la vista del cielo.

No era amor, de eso estaba seguro. Sinbad le había hecho tanto bien como mal con su actitud y decisiones, pero tampoco podía odiarlo. Sin embargo, había algo en su esencia que lo inquietaba, algo que lo convertía ante sus ojos en un completo extraño. ¿Acaso se debía a su conexión con David? ¿David había alterado su personalidad hasta volverlo irreconocible? Desde que lo supo por la madre dragón, su visión de Sinbad había cambiado al punto de creerlo una persona muy distinta de la cual se había enamorado. Tal revelación le hizo pensar en muchas cosas. ¿Con quién sostuvo una relación entonces? ¿Quién había estado con él? ¿Con quién se besó? ¿Con quién hizo el amor? ¿Quién le dijo "te amo" tantas veces? Pensó en la posibilidad de que David hubiera estado ahí todo el tiempo y un nuevo escalofrío le sacudió el cuerpo.

David era tan brillante como siniestro, con un desapego a los humanos y una visión de ellos tan hostil, que le resultaba difícil pensar que él estuvo dispuesto a vivir en la conciencia de Sinbad durante el tiempo que sostuvieron su relación. Pero no podía pensar en eso, tenía una misión muy importante que cumplir, una responsabilidad aún mayor que la de levantar Kou, aunque no sabía si sería capaz de lograrlo. David estaba a un nivel inalcanzable, y si Aladdin estaba al tanto de la verdad, era muy probable que por eso se estuviera escondiendo.

—Ahora todo tiene sentido —pensó en voz alta al recordar cuando Aladdin le comentó en alguna oportunidad que Sinbad era alguien en quién no se podía confiar.

Volteó a ver hacia el interior de la habitación y alcanzó a divisar a Kouen metido bajo las sábanas. Aún se sobrecogía cada vez que lo veía, como si fuera una ilusión de su mente por no soportar vivir sin él, pero estaba ahí, era real, tan real como su amor y sus deseos de quedarse a su lado para siempre.

Regresó al dormitorio y se sentó en el borde de la cama para contemplarlo. Llevó una mano a su rostro y lo acarició suavemente con el dorso, casi rozando su piel que estaba tibia al tacto, y le susurró:

—Te prometo que enfrentaré lo que sea por ti y nuestro hijo. —Se inclinó sobre él y apoyó la frente contra la suya. —Lo haré para tener el futuro que deseamos.

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Sucedió una semana desde que Alibaba y Kouen se reencontraron, y durante esa semana vivieron su amor como nunca. Pero había llegado el momento de terminar con la ilusión de la que ambos se negaban a dejar. A la mañana siguiente un barco llevaría a Alibaba y a Koumei de vuelta a Rakushou, y el sentimiento de Alibaba por tener que dejar a Kouen nuevamente lo tenía devastado. No podía soportar la idea de volver a separarse de él, aunque fuera por mucho menos de tres años.

—Tu semblante es patético —espetó Kouen cuando lo vio sentado a la mesa ayudando a Azahar con su desayuno.

—Tendría mejor cara si mañana vinieras con nosotros —contestó con el semblante herido—. Así que no me pidas que la cambie, porque es la única que tengo.

Kouen resopló y no dijo más nada.

Sentado al otro lado de la mesa, Koumei observó la escena y supo que incluso para Kouen la partida de Alibaba le resultaba dolorosa.

—¿Y no tienes pensado volver? —quiso saber Kouha mientras picaba un trozo de piña de su plato.

Alibaba le echó un vistazo casual y luego regresó su atención a Azahar.

—Espero venir constantemente —contestó—. Como primer ministro, creo que no necesitaré esconderme cada vez que viaje para visitarlos. —Le cortó un trozo de manzana a Azahar y dejó que este se lo llevara solo a la boca. —En esta ocasión vine a escondidas porque no hubo preparación, además, la Alianza Internacional sabe de mi escape de Parthevia con Azahar.

Kouha soltó una carcajada.

—Ese sujeto debe estar ardiendo de rabia por lo que hiciste, pero no tenía ningún derecho de retener a un Ren contra su voluntad.

—Sinbad no lo retenía —le corrigió Koumei.

Frente a ese nombre, Azahar reaccionó.

—¡Papá Sinbad! —gritó con entusiasmo—. ¿Dónde está? ¿Dónde está mi papá?

El silencio se hizo en el comedor y los tres hermanos vieron a Azahar casi con horror. Koumei sin embargo desvió su atención a Kouen y notó su expresión irritada y herida.

Se rascó la nuca con incomodidad y soltó un suspiro.

—Bueno, era de esperarse si pasó el último tiempo con él —comentó.

—¡Es tu culpa! —escupió Kouha a Alibaba, apuntándolo con un dedo—. ¡Tienes que hacer algo para que deje de decirle papá a ese sujeto!

—No es tan sencillo —explicó Alibaba, mirando casualmente a Kouen que permanecía serio y ajeno a la discusión—. No sabe distinguir todavía ese tipo de cosas.

—¡Eres su padre! —Kouha insistió ofuscado. —¡Entonces haz algo y oblígale a olvidarlo! —Miró a Azahar. —Oye, no le digas papá a ese sujeto. No lo es. Es un hombre malo. ¿Entiendes? ¡Sinbad es malo! ¡MALO!

Asustado por el repentino regaño, la dureza de sus palabras y el volumen alterado de su voz, el semblante de Azahar se compungió y se soltó a llorar desconsolado.

—Lo hiciste llorar —le reprendió Koumei.

—¡No tengo la culpa! —se excusó—. ¡Oye, deja de llorar!

Azahar lo ignoró y continuó llorando mientras Alibaba intentaba calmarlo, pero cuando él vio a Kouen, supo que esta situación le había incomodado, pero sobre todo, lo había lastimado.

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Solo después que Azahar se calmara, dejándolo en su cuarto para que jugara un rato, Alibaba buscó a Kouen en la misma habitación donde se reencontraron. Cuando cruzó las puertas lo vio sentado en el mismo sillón de aquel día pero su semblante era completamente diferente. Miraba de forma ausente por la ventana que daba hacia la playa, sin mostrar interés alguno por su llegada. Desde el desayuno que no habían vuelto a cruzar palabra, y no quería pasar sus últimas horas con esa desagradable tensión entre los dos.

—¿Estás bien? —se atrevió a preguntarle mientras se le acercaba, pero su voz se escuchó dudosa y hasta temerosa.

Kouen no contestó. Permaneció sumido en su actitud enfrascada y distante, hasta que Alibaba se paró frente a él, interponiéndose en su campo visual.

—A mí también me molesta que piense en Sinbad como su padre. —Lo dijo con tanta convicción, que Kouen alzó la mirada para verle.

—Es mi culpa. —Su voz sonó herida y apagada. —Dejé que él se lo quedara y no hice nada para quitárselo.

Una amarga sensación de aflicción se apoderó de Alibaba. Se inclinó hacia adelante y alcanzó su mano.

—Ambos le fallamos —declaró con pesar—, pero de nosotros depende que él sepa quiénes son sus verdaderos y únicos padres.

Kouen lucía tan resignado, tan indiferente a su propuesta, que a su mente vino una idea.

—Ven. —Lo tomó de la mano y le ayudó a levantarse. —Vamos.

—¿Qué tramas? —preguntó con recelo y evidente renuencia a moverse.

—Solo ven.

Kouen lo siguió y llegaron al cuarto de Azahar. Cuando entraron lo encontraron en el suelo pintando con unos crayones sobre hojas de papel. Azahar no pareció interesado en saludarles; estaba más entretenido coloreando sus creaciones.

Alibaba se le acercó y recogió del suelo algunos de sus trabajos y le pidió que se los explicara bajo la mirada confundida de Kouen.

—¿Quiénes son ellos? —le preguntó señalando a tres personas dibujadas en la hoja.

Azahar los miró y contestó a medida que Alibaba se los enseñaba.

—Yo... mi papá Alibaba.

En ese momento Alibaba le dio un vistazo a Kouen y luego volvió la vista a la hoja, señalando a la tercera persona en ella, que lucía un llamativo y desordenado cabello de color rojo.

—¿Quién es? —le preguntó.

Azahar lo miró y contestó.

—¡Mi papá Kouen!

Complacido con su respuesta, Alibaba se puso de pie y se acercó a Kouen, que permanecía enmudecido y sobrecogido por la respuesta que escuchó de Azahar. En solo una semana había conseguido aprenderse su nombre y reconocerlo como su padre.

—No es que no te considere su padre —le aclaró—; es solo que no entiende que no puede tener tres.

Conmovido, Kouen observó el poco legible dibujo, sorprendiéndole las inconfundibles aves doradas que había alrededor de las tres figuras. Azahar realmente podía ver el rukh.

—De verdad puede verlo —murmuró—. ¿Por qué...?

—¿Acaso lo dudabas? —Alibaba sonrió. —¿Cómo crees que te reconoció como su padre si nunca te había visto?

Los ojos de Kouen recorrieron el dibujo una y otra vez aún sin creer que algo así fuera posible.

—Entonces cómo pudo hacerlo... —Miró a Alibaba. —¿Por qué me reconoció?

Alibaba negó.

—Espero aclarar todas esas interrogantes cuando encuentre a Aladdin. Por ahora, la única explicación que se me ocurre es que él sintió y reconoció nuestro Magoi mientras estuvo en mi vientre.

A Kouen le pareció posible la teoría, porque Azahar había demostrado desde antes de nacer que su habilidad para manipular el Magoi era innata en él.

—Él fue capaz de darte parte de su Magoi para mantener tu cuerpo funcional —señaló recordando aquel entonces, cuando Aladdin se lo explicó—. Y no es posible que un bebé aún sin nacer sea capaz de algo así.

—Entonces nuestro hijo es excepcional —dijo Alibaba con una amplia sonrisa que adornó su semblante emocionado.

Aún para su corta edad, Azahar había demostrado más de lo que Kouen y Alibaba lograron siquiera llegar a imaginar tras descubrir su existencia. Quizás el hecho de haber sido concebido de una forma diferente, quizá la magia que Al-Thamen había implantado en el cuerpo de Alibaba o incluso el hecho de haber nacido en este tiempo donde la magia lo era todo que su esencia se había visto influenciada, convirtiéndose en un ser humano único en este mundo.

Absorto en el dibujo, Kouen se sumió en sus pensamientos mientras Alibaba prestaba atención a las demás ilustraciones que había esparcidas en el suelo. Las observó detenidamente y hubo una que llamó su atención. Entre los dibujos colmados de llamativos y vivos colores había una figura con forma humana rodeada de aves negras, y algo parecido a un sol negro destacaba sobre su cabeza. En el poco tiempo que llevaba a su lado, Alibaba había comprendido que Azahar dibujaba principalmente lo que veía y sentía, ¿entonces por qué había hecho algo como eso? ¿Qué había visto en sus tres años de vida?

Una preocupación latente apareció en su pecho mientras observaba el dibujo que recogió con cierta inquietud, hasta que Azahar le interrumpió mostrándole su última creación que consistía en él sentado sobre la espalda de lo que claramente parecía ser Kouha. Luego se la enseñó a Kouen y en ese momento, al ver la forma en la que se relacionaban, pensó en algo.

—¿Te gusta aquí, Azahar? —le preguntó mientras se acercaba a los dos.

—¡Mucho! —exclamó él.

—¿Te gustaría quedarte aquí?

Kouen lo miró y buscó en su rostro una explicación a lo que estaba tramando.

—¡Sí! —rió Azahar.

Alibaba lo tomó en brazos y besó su frente como respuesta a su efusivo gesto de frotar su rostro contra su pecho. Miró a Kouen y le sonrió.

La decisión estaba tomada.

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En la sede de la compañía de Comercio de Sindria, la tensión podía respirarse en el aire. Después que Sinbad terminó de hablar con Alibaba y fue agobiado por las innecesarias sugerencias de David y Hakuei, canceló todas sus reuniones y se recluyó en su oficina. Hubo un momento en que pareció que su discusión no le había afectado y estaba resuelto a dejarle hacer lo que quisiera, pero rápidamente los pensamientos lo abrumaron y amargaron. Incluso Ja'far, cuando intentó persuadirle de cumplir con sus deberes fue echado de la oficina sin explicaciones, tratado igual que un empleado más a su servicio. Sinbad había perdido el control y no sabía cómo concentrarse en su trabajo. Alibaba finalmente había logrado reducirlo a un hombre movido solo por sus instintos.

Llevaba gran parte de la tarde sentado en el sofá frente al ventanal, bebiendo su ya enésima copa de vino bajo un atardecer grisáceo y poco alentador. Se encontraba completamente sumido en sus pensamientos que solo tenían un denominador común: Alibaba. Una y otra vez se preguntaba por qué lo enloquecía de esa manera, porqué era capaz de llevarlo a los extremos. La respuesta era sencilla para quién presenciara todo desde afuera, pero él se negaba a aceptar esos sentimientos como esenciales en su vida. Él era un ser único, capaz de ver el destino, fue rey de Sindria, era el candidato a rey con más contenedores de metal y fieles seguidores que lo admiraban y respetaban, pero ante Alibaba todo eso perdía importancia y se convertía en un hombre irracional.

—¿Por qué? —volvió a preguntar sin recibir una respuesta a cambio.

Ja'far entró a la habitación y se le acercó preocupado. La imagen ante sus ojos se le hizo vagamente familiar, remontándolo a poco más de tres años atrás.

—Sin —pronunció afligido—, has estado bebiendo todo el dí-

—No lo entiendo, Ja'far... —Sinbad le interrumpió pero su voz sonó ausente, como si hablara consigo mismo. —¿Por qué dejo que influya en mi vida? ¿Por qué se pone mi mundo de cabeza por su causa? Todos mis planes, mis objetivos... él los toma y los convierte en nada.

Ja'far no tuvo necesidad de responderle. Sinbad sabía la respuesta desde hacía más de tres años, pero no se atrevía a decirla en voz alta. Antes ya lo había hecho, bajo una borrachera luego de enterarse de la muerte de Alibaba. En esa ocasión bebió hasta caer en la inconsciencia. Pero al día siguiente puso en marcha sus planes y se sumió en el trabajo hasta el agotamiento. Alibaba era capaz de convertirlo en eso y más, y a Ja'far no le parecía justo.

—¿Quieres que te diga lo que ya sabes? —le preguntó.

Sinbad negó con el semblante herido.

—No, no es necesario. —Bebió lo que quedaba de su copa y volvió a llenarla con la botella de vino que descansaba sobre la mesa junto al sofá. —Ya sé la respuesta... desde hace mucho. —Soltó una carcajada amarga. —¿Y sabes lo que es más gracioso? Tengo todo, todo lo que siempre quise, todo por cuanto luché, pero no puedo tenerlo a él. Por más que lo intento no consigo tenerlo.

—Una vez lo tuviste —le aclaró Ja'far—. Lo tuviste a tus pies y lo dejaste ir.

Los labios de Sinbad se curvaron en una mueca de pesadumbre y su ceño se frunció con frustración.

—Creí que me amaría incondicionalmente —murmuró con tono grave—, que nunca se alejaría, pero me equivoqué. —Hizo apenas el intento de una sonrisa y rápidamente volvió a hundirse en la amargura. —Una vez más lo subestimé.

Ja'far bajó la mirada y sus puños se cerraron con frustración.

—Debes resignarte y dejarlo ir. —Su sugerencia ya era conocida por ambos, pero Ja'far no perdía las esperanzas de que alguna vez Sinbad la aceptara. —Han pasado más de tres años.

Sinbad no contestó. A cambio, volvió a beber otro sorbo de vino y reclinó la cabeza hacia atrás. Cerró los ojos y negó.

—No puedo. —Su voz sonó rasposa y herida. —Lo intenté pero...

—Pero trajiste aquí a su hijo y te aferraste a su recuerdo.

Con un gesto casual, apenas asintió.

—¿Qué puedo hacer para que sea el mismo de antes? —preguntó—. El mismo... antes de que viajara a Balbadd y Ren Kouen me lo arrebatara...

—Kouen no tiene la culpa de la elección que hizo Alibaba —le corrió Ja'far—. Fue el corazón de Alibaba el que quiso alejarse del tuyo.

Sinbad volvió a fruncir el ceño y abrió los ojos.

—Pero él tuvo la culpa —masculló—. Solo él.

Ja'far negó decepcionado. Incluso después de más de tres años, Sinbad no dejaba de culpar a Kouen por su ruptura con Alibaba. Su orgullo era tan ciego y obstinado, que no era capaz de aceptar que solo él era responsable por haberlo perdido.

—Por más que lo intentes no puedes cambiar el pasado. —Su sermón resultaba cansador e incluso molesto, pero era la única forma de que Sinbad asumiera la realidad. —Alibaba ya tiene su propia vida, y a pesar de todo él es feliz.

—Debe haber alguna forma —murmuró.

No estaba del todo seguro, pero Ja'far creyó escucharlo y no entendió a lo que se refería. Rodeó el sofá y se plantó frente a él, descubriendo su rostro demacrado y derrotado. Lo vio llevarse nuevamente la copa a los labios pero le sujetó la mano, impidiéndole que bebiera una sola gota más.

—Sin, por favor —le pidió—. Eres más que esto. ¡Eres el líder del mundo!

Sinbad frunció el ceño y sus ojos le vieron con enfado.

—¿Y de qué me sirve si él no quiere estar conmigo? —Se soltó de su mano de mala de mala gana y bebió otro sorbo de vino. —Prefiere a Ren Kouen, que no tiene nada, no tiene dinero, poder ni título de nobleza. Ni siquiera puede valerse por sí mismo, ¡y aun así prefiere estar con él!

Ja'far podía entender sus sentimientos. Los podía sentir como propios, pero no los aceptaba si solo lo veía derrumbarse y permitía que el resentimiento lo dominara.

—¡Sin! —Esta vez se atrevió a quitarle la copa de las manos y se plantó resuelto frente a él. Le sujetó de los hombros y lo encaró. —¡Ya no eres solo el rey de Sindria! ¡Tienes en tus manos al mundo entero! La responsabilidad de ello es enorme y no puedes dejar que ese sentimiento insano por Alibaba interfiera. ¡Sácalo de tu corazón, por favor! ¡Es por tu bien! —Bajó el tono y su expresión se suavizó. —Eres Sinbad, líder de la Alianza Internacional, líder de la compañía de comercio más grande e importante del mundo. —Esbozó una sonrisa y sus manos temblorosas subieron hasta sus mejillas. —Eres único. No hay nadie como tú.

Las palabras de Ja'far le hicieron reaccionar, pero no estaba seguro si renunciaría tan fácil a Alibaba. Quizá estaba dispuesto a dejarlo tranquilo por un tiempo porque, tal como le dijo David, tarde o temprano volvería a él.

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Azahar se durmió temprano después de pasar el resto de la tarde jugando con Kouha, luego que este se lo permitiera en compensación por haberlo hecho llorar. Alibaba aprovechó ese tiempo para compartir con Kouen, porque cuando asumió que estaba a solo unas cuantas horas de volver a Rakushou, la ansiedad se apoderó de él.

Kouen no se sentía mejor al respecto. Le angustiaba tanto como Alibaba su partida, pero no podía retenerlo aunque quisiera. Su deber ahora era Kou, y tenía que dejarlo ir aun cuando se le desgarrara el corazón.

Después de cenar se metió a la bañera en el cuarto contiguo de su habitación y repasó la semana que Alibaba compartió con él, siendo sin dudas, los mejores siete días de toda su vida. Aún intentaba asimilar su regreso, como si se tratara de una alucinación o estuviera sumergido en un sueño del que no quería despertar. Pero Alibaba le había sorprendido y demostrado que era tan real como su amor, y que todo el tormento por el que habían atravesado no se comparaba a la felicidad que ahora colmaba su corazón.

Cerró los ojos unos momentos esperando que el agua tibia tuviera un efecto sanador en su cuerpo y en su mente, pero se desconcentró cuando escuchó la puerta abrirse. Miró hacia ella y vio a Alibaba cruzando el dintel vestido con una bata de seda de color roja.

—¿Qué haces? —espetó al verlo detenerse en medio de la habitación.

Alibaba no contestó. Le miraba de forma extraña, como si estuviera maquinando algo en su cabeza que no lograba adivinar. Pretendió echarlo, pero enmudeció cuando lo vio desatarse el nudo del cinturón y abrir la bata con una lentitud que le erizó la piel.

—¿Que no es obvio? —La tela se deslizó sutil por sus hombros y cayó al suelo. —Voy a bañarme contigo.

Kouen sintió un escalofrío espolearle la entrepierna y su garganta se apretó. Quiso apartar la mirada fingiendo desinterés, pero le fue imposible dejar de contemplar aquella figura esbelta y fibrosa que se mostraba ante sus ojos con total naturalidad. El cuerpo de Alibaba siempre le había resultado demasiado atractivo, incluso con las cicatrices de sus batallas que relataban una historia en su piel.

Respiró hondo y tragó con dificultad mientras sus ojos recorrían de pies a cabeza su cuerpo desnudo, poniendo especial interés en su vientre tonificado, en la curvatura sinuosa de su cintura y sobre todo en su endurecida entrepierna.

Alibaba dibujó una sonrisa traviesa al advertir su reacción. Se dejó examinar lo necesario para estimularlo y después se dirigió hacia él, caminando con lentitud. Kouen se tensó y reaccionó con sorpresa cuando lo vio meterse en la bañera y acomodarse sobre sus caderas.

—Te quedaste mudo —dijo Alibaba, burlándose de su reacción—. No es propio de ti.

—Tú tienes la culpa por aparecerte de esa forma —masculló.

—Solo complazco al hombre que amo.

Sus manos se movieron por el torso de Kouen y este entornó la mirada con recelo al advertir sus pervertidas intenciones.

—Desde que volviste del otro mundo estás muy libidinoso.

—Ya te lo dije. —Deslizó los labios por su cuello. —Fueron más de cien años extrañándote.

Fingiendo apatía, Kouen rodó los ojos.

—Si lo que dices es cierto, significa que estoy enamorado de un anciano.

Alibaba soltó una carcajada y dejó su cuello para verlo a los ojos.

—Sigo siendo el mismo —le aclaró mientras deslizaba las manos por su torso empapado y tibio.

—Y me alegro que sea así.

—¿Te alegra? —preguntó curioso.

Kouen alzó la mano y acarició su rostro, cepillando su flequillo y humedeciéndolo.

—No has cambiado, pero luces diferente —confesó sin dejar de tocarle.

Complacido con la caricia, Alibaba ladeó la cabeza y se reclinó sobre la palma de Kouen, permitiéndole que sus dedos se enredaran en su cabello y jugueteara un poco con él.

—Tú también —murmuró con suavidad—. Pareces el mismo de hace tres años, pero hay algo distinto en tu rostro, como si hubieras vivido muchos años en un corto periodo de tiempo.

Como si sus palabras hubieran tocado algo dentro de Kouen, él bajó la mirada y observó de forma ausente la espuma que los cubría.

—Hemos vividos demasiadas cosas en estos tres años —declaró apartando su mano del rostro de Alibaba para depositarla en el borde de la bañera—, que han hecho de esta vida una eternidad.

Alibaba dejó su pecho para sujetarle del rostro y buscar su mirada.

—Y ten por seguro que viviremos muchas otras cosas más. Tú y yo... para siempre.

—¿Para siempre?

Con un gesto dulce, Alibaba asintió y apoyó la frente en la de Kouen.

—Para siempre.

Rozó apenas sus labios y dejó que se embriagara con su aliento dulce. Se apartó para envolverle con los brazos, pero en ese momento Kouen percibió algo en su mirada.

—No pareces contento —le dijo con seriedad.

Negando con la cabeza, Alibaba se apoyó en su hombro y liberó un profundo suspiro.

—Esta será nuestra última noche juntos en mucho tiempo. Quería que fuera especial e inolvidable.

—¿Qué te hace pensar que no lo será? —Alzó su rostro desde el mentón y descubrió que su semblante lucía al borde del llanto. —Dime la verdad, ¿qué es lo que te aflige?

A pesar de sus intentos por hacer de esta noche perfecta y dejarle a Kouen un grato y placentero recuerdo hasta su regreso, lo había arruinado. Con pesar se mordisqueó el labio y esquivó la mirada.

—Necesito que vuelvas conmigo a Rakushou —confesó—. No podré enfrentar lo que se viene sin ti.

Kouen lo intuía, pero no había querido tocar el tema pues para él resultaba igualmente doloroso y frustrante. Su decisión de no regresar a Rakushou se basaba en una cuestión de principios y el respeto que merecía su país tras ser apuntado con el dedo como un criminal y responsable de la guerra civil. No le haría ningún bien al Imperio regresando aun cuando fuera como un prisionero. No lo necesitaban, e incluso si lo creían muerto, no pensaba desmentirlo y echar por tierra los esfuerzos que Hakuryuu puso para sostener a Kou a costa de su imagen manchada y pisoteada.

—No es un adiós definitivo. —Intentó convencerlo aun cuando a él le costara hacerlo. —Volverás y podrás quedarte todo el tiempo que quieras.

El semblante de Alibaba se endureció y sus ojos le vieron con reproche.

—¿No entiendes lo doloroso que es volver a separarme de ti? ¡No lo soportaré! —Sacudió la cabeza y volvió a inclinarse contra su hombro. —Sé que es egoísta pedirte que vuelvas conmigo, pero te necesito a mi lado.

—También me harás falta.

Alibaba volvió a levantar el rostro y su semblante se iluminó esperanzado.

—Entonces vuelve con nosotros —le pidió—. Nadie tiene por qué saberlo. Podrás permanecer en el palacio y ayudarnos a sacar a Kou adelante.

—No me necesitas para hacer eso —le rebatió Kouen—. Dejaré a Kou en tus manos y en las de Koumei.

Era inútil, Kouen ya había tomado una decisión y no existía forma alguna de hacerle desistir de ella. Derrotado, Alibaba le rodeó el cuello con los brazos y ocultó el rostro contra su pecho al sentir que sus ojos amenazaban con soltarse a llorar.

—Me volveré loco sin ti —susurró con la voz quebrada.

—Será por poco tiempo —dijo Kouen, casi consolándolo—. Podrás soportarlo.

—¿Tú podrás?

—Esperé por ti más de tres años. —Deslizó la mano por su espalda y la acarició con suavidad. —Podré esperarte un par de semanas.

Alibaba afianzó el agarre alrededor de su cuello y su cuerpo se apegó al suyo con deliberada necesidad.

—No es justo —protestó—. Yo esperé por ti más de un siglo.

Kouen no pudo evitar sonreír ante sus quejas; parecían las de un niño al que le negaban lo que más quería en el mundo.

—Estarás tan ocupado que el tiempo pasará sin que te des cuenta.

Apartándose de su hombro, Alibaba dejó en evidencia un claro gesto de decepción en su rostro.

—Eso espero —masculló—, porque soy capaz de dejar todo por volver aquí.

Como respuesta a su pequeño berrinche, Kouen le acarició el rostro.

—¿Estás seguro de dejar a Azahar aquí? —Le apartó un poco de espuma del rostro y le agradó ver su semblante más relajado. —Quizás él no...

Complacido con su caricia, Alibaba asintió.

—Necesitan un tiempo para ustedes. —Tomó la esponja que descansaba a un costado de la bañera y la hundió en la espuma. —Deja que se acostumbre a ti, que tu imagen se grabe en sus recuerdos.

Lo notaba tan concentrado en sumergir la esponja en el agua, que Kouen le levantó el rostro para encontrar su mirada y sentirse a gusto con ella.

—Gracias por traerlo a mí. —Una sonrisa iluminó su semblante y sus ojos brillaron emocionados.

Alibaba negó y le devolvió el gesto.

—No necesitas darme las gracias —contestó con agrado—. Ambos debían conocerse. Además, él es muy feliz aquí.

—Él es el futuro de Kou —dijo Kouen—. Aunque sé que nunca te gustó esa idea.

Alibaba volvió a negar.

—Ya no me importa si gobierna Kou o Balbadd. —Deslizó la esponja por su torso y esparció espuma en él. —Él debe hacer lo que desee, lo que quiera para su futuro.

Kouen reclinó la espalda contra la pared de la bañera y se relajó con las atenciones de Alibaba.

—Tienes razón —señaló—. Es nuestro hijo después de todo.

—Su sola existencia sobrepasó los límites del destino —dijo Alibaba con un tono dulce y cálido. Se inclinó sobre sus labios y añadió—: Nuestro amor lo hizo posible.

Kouen pasó la mano por su nuca y lo atrajo hacia sí luego de ver sus ojos y confirmar una vez más que deseaba perderse en ellos por el resto de su vida.

—Nuestro amor... —murmuró, terminando con la distancia que los separaba y sellando así el momento con un beso.

Sería la última noche en mucho tiempo, y esperaban perpetuarlo y grabarlo en sus cuerpos y corazones hasta volver a reencontrarse.

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Cuando los primeros rayos del sol comenzaban a tocar la isla, el barco que había desembarcado la mercadería para abastecer el lugar el día anterior, estaba a solo minutos de zarpar de vuelta a Rakushou. A pocos metros del lugar, en el pequeño muelle, Alibaba y Koumei se despedían procurando no llamar la atención. Como guardias infiltrados, abordarían la embarcación mezclándose entre la tripulación.

Con Azahar en brazos, Alibaba se despedía de él y Kouen antes de partir.

—¿Seguro que no vendrás conmigo? —Quiso insistir una última vez por si terminaba de convencerle, aun cuando todo había quedado dicho anoche.

—Sabes que no iré —masculló Kouen con el ceño fruncido. Cada vez le costaba más rechazarle.

Alibaba bajó la mirada con derrota y se encogió de hombros.

—Quería intentarlo al menos —pronunció abatido.

Prestó atención a Azahar y notó su semblante afligido, como si presintiera algo. Estaba inusualmente silencioso y sus pequeños brazos le apresaban el cuello con fuerza, como si no quisiera volver a soltarse de él.

Le acarició el rostro y buscó su mirada.

—¿Serás un buen niño? —Su tono suave y dulce capturaron su atención. —Tu padre te cuidará mientras yo esté de viaje por un tiempo.

Con el rostro al borde del llanto, Azahar dejó escapar un sollozo y sus ojos se empaparon.

—Vas a estar con tu papá y tu tío Kouha. ¡Van a jugar mucho!

A pesar de su corta edad, Azahar entendía perfectamente el significado de las palabras "viaje" y "tiempo". Había crecido escuchándolas mientras aguardaba ilusionado por conocer algún día a quien le dio la vida. Y ahora que estaba a minutos de alejarse de esa persona por la que había esperado desde que tuvo conciencia de ella, los miedos y temores propios de su edad y de un subconsciente dominado por el abandono y la muerte lo invadieron.

Hundió el rostro en el cuello de Alibaba y nuevos sollozos escaparon de su boca.

—Tal vez debas llevarlo contigo —dijo Kouen al ver su reacción. Lo que menos quería era causarle dolor a su pequeño hijo ni verlo incómodo al convivir con extraños.

Alibaba negó.

—Le hará bien quedarse contigo.

Hizo que Azahar levantara el rostro y lo vio a los ojos.

—Será por poco tiempo —le dijo con tono condescendiente—. Vamos... no llores.

Kouha notó su ansiedad y tendió los brazos para quitárselo. Después de haber aceptado finalmente a Alibaba como un miembro más de la familia y la pareja de su hermano, prestaba más atención a sus pensamientos y necesidades. Y como tío de Azahar, asumiría el compromiso de cuidarlo durante su ausencia.

—El barco está por zarpar. —Cargó a Azahar y este de inmediato comenzó a llorar mientras intentaba volver a los brazos de Alibaba. —No te preocupes, me aseguraré de que no te eche de menos.

Agradecido por su gesto, Alibaba asintió y lo vio alejarse con Azahar que no dejaba de llorar desconsolado. Una vez que quedó a solas con Kouen, se limpió rápidamente las primeras lágrimas que amenazaron con derramarse por sus mejillas.

—No intentes hacerte el fuerte —le oyó decir con seriedad—. Sé que te duele dejarlo.

Se pasó el dorso de la mano por el rostro y negó con la cabeza.

—Estaré bien, no te preocupes.

—Lo cuidaré bien.

—Lo sé. —Se le acercó y, tras apoyar la frente contra su pecho, lo rodeó con los brazos. —Me harás mucha falta.

—Este no es un adiós definitivo. —Alzó su rostro desde el mentón y advirtió la ansiedad y tristeza en su mirada. —Más te vale volver pronto o me obligarás a ir por ti.

Con una sonrisa sincera, Alibaba agradeció su gesto y la firmeza de su declaración. Necesitaba tomar fuerzas de alguna parte, y las palabras y atenciones de Kouen se las brindaban, reviviéndolo.

—Lo prometo.

El capitán del barco anunció el zarpe y Koumei fue el primero en abordar. Alibaba en cambio intentaba prolongar el momento hasta el último instante, negándose a soltar a Kouen. En un gesto desesperado miró hacia ambos lados, asegurándose de que nadie los estuviese mirando y alcanzó sus labios, robándole un beso fugaz antes de soltarlo. Pero cuando intentó alejarse, Kouen lo retuvo y le dio un beso aún más profundo. Alibaba sintió el sabor de su boca y la ansiedad de su lengua colándose entre sus labios, y la necesidad de quedarse allí para siempre invadieron sus pensamientos. Pero antes de siquiera expresar su deseo, se vio subiendo al barco para luego mirar desde la cubierta a Kouen de pie en el muelle y a Azahar llorando en brazos de Kouha, que regresado para ayudarle a Kouen a volver a casa.

—Estarán bien.

La voz calmada de Koumei resonando a su lado lo tranquilizó tan solo un poco, pero no lo suficiente para apaciguar el dolor que se había apoderado de su corazón. En ese momento, cuando el barco elevó el ancla y comenzó a alejarse poco a poco del muelle, el llanto desconsolado de Azahar llegó a sus oídos, mezclándose con el viento que soplaba con fuerza e izaba las velas, propiciando un viaje rápido y sin contratiempos.

A medida que se alejaba sentía que su corazón se empequeñecía y su alma se rasgaba poco a poco mientras las lágrimas finalmente caían libres por sus mejillas.

—No sé si pueda soportar esto. —A su voz quebrada le siguió un sollozo que acalló contra la palma de su mano.

—Lo harás —le dijo Koumei de manera conciliadora—. Si mi hermano pudo soportar tu ausencia por más de tres años, tú también podrás durante un par de semanas.

Alibaba volteó a verle y su semblante mostró una abrumadora tristeza.

—Somos una familia muy complicada.

Koumei se encogió de hombros.

—No puedo quejarme. —Miró al horizonte y su expresión se suavizó. —Somos felices así.

Con las energías renovadas, Alibaba regresó su vista al muelle mientras se hacía cada vez más pequeño hasta que lo perdió de vista y el llanto lejano de Azahar se fundió con el viento. Soportaría esta dura separación por el bien de todos, y estaba convencido de que lograría algo muy importante para la salvación de Kou.

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Un par de horas después arribaron a Rakushou. Para ese entonces, Koumei había logrado resguardar su apariencia y mezclarse entre los guardias de uniforme igual que Alibaba, quien tras unos minutos para él a solas en la cubierta del barco, había conseguido tranquilizar su corazón y enfocar su mente en un solo objetivo: salvar de la crisis a Kou. Una vez que el barco atracó en el puerto, lo abandonaron rápidamente y enfilaron rumbo al palacio. Cuando llegaron a la entrada principal, los soldados que semanas atrás habían impedido el paso de Alibaba, tratándolo como intruso, le recibieron con una reverencia formal, abriéndole el camino con la distinción propia del primer ministro.

—Bienvenido, primer ministro Alibaba —anunciaron a su llegada.

Alibaba hizo un gesto casual con la cabeza y cruzó las puertas en compañía de Koumei. Los guardias advirtieron su presencia y, tras un cruce de miradas, no tardaron en reconocerlo. Pero lejos de delatarlo, contuvieron el aliento y permaneciendo en el más absoluto de los silencios.

Tras ingresar al palacio y atravesar el enorme corredor central, Alibaba apreció el semblante de Koumei. Parecía embargado por las emociones, pero no se permitió expresarlas. Reservado como siempre y, con la vista al frente sin titubeos, lo siguió sin cruzar palabra alguna hasta uno de los salones donde Kougyoku trabajaba durante las mañanas.

Alibaba abrió las puertas y manifestó su llegada.

—Ya estoy de regreso —anunció mientras las atravesaba.

—¡Alibaba! —Kougyoku dejó su sillón para saludarle, pero se paralizó cuando reconoció a Koumei de pie a su lado—. Her... hermano Koumei...

Koumei respondió con un ademán formal, propio hacia la emperatriz del Imperio.

—Gracias por recibir a este prisionero de guerra —expresó con la cabeza inclinada—. Prometo servirle en todo lo que sea necesario para...

Sus palabras quedaron en el aire cuando los brazos de Kougyoku le rodearon la cintura y el impulso de su cuerpo le hizo retroceder un par de pasos hacia atrás.

—Kougyoku...

Ella no había podido contenerse. Después de todo, sus tres hermanos estaban confinados en una prisión sin barrotes pero lejos de todo contacto, como si no existieran para el resto del mundo. E incluso ella, como emperatriz de Kou, no tenía libre acceso a visitarlos y debía actuar como si fueran mancha que deshonraba la historia de la familia imperial.

A los pocos segundos de su impulsivo gesto, ella pareció darse cuenta de su reacción y soltó a Koumei mientras se secaba las lágrimas que se habían agolpado en sus ojos embargados por la emoción.

—Estoy tan feliz de que estés aquí —pronunció conteniendo el llanto—. Parece un sueño.

Un pequeño esbozo de sonrisa apareció en los labios de Koumei y contestó.

—Fue gracias a Alibaba. —Lo miró y luego volvió la vista a Kougyoku. —Ahora estamos en sus manos.

Sobrecogida por el tan ansiado reencuentro, Kougyoku miró a Alibaba y le regaló una sonrisa como agradecimiento. Pero aún en medio de su emoción, notó algo.

—¿Dónde está mi hermano Kouen y Kouha? —preguntó—. ¿Y Azahar?

Alibaba y Koumei intercambiaron miradas y Alibaba contestó.

—Kouen no quiso volver.

—¡¿Por qué?! —exclamó ella.

—Piensa que lo mejor es que Koumei se haga cargo de todo.

Apesadumbrada, Kougyoku bajó el rostro.

—Ya veo —murmuró sin convicción—. ¿Kouha también se quedó?

—Lo está cuidando —contestó—. Y Azahar les hará compañía.

Al semblante apesadumbrado de Kougyoku le siguió una sonrisa triste y derrotada. Caminó de regreso a su escritorio y apoyó ambas manos en él.

—Convocaré una reunión para presentar a mi hermano Koumei como tu asistente personal —señaló sin voltearse—. Cuanto antes comencemos a trabajar más pronto...

Alibaba miró su espalda y notó que sus hombros temblaban.

—¿Cómo lo haremos sin levantar sospechas? —preguntó preocupado—. Si lo descubren podría iniciarse otra guerra civil.

—Los miembros del consejo están al tanto de todo y guardarán el secreto. —Kougyoku dejó el escritorio y volteó a verles—. No habrá problema con ellos.

—Debemos mantener la identidad de Koumei protegida —insistió Alibaba—. ¿Tienes alguna idea?

Kougyoku asintió.

—No es la mejor de todas, pero al menos podrá mantener oculta su identidad.

Ansioso por escucharla, Alibaba vio la expresión de Koumei y supo que estaba tan intrigado como él

—¿De qué se trata? —quiso saber.

Confiada de que todo saldría bien y lograrían proteger a Koumei, Kougyoku les explicó en qué consistía su idea y no tuvieron inconvenientes en llevarla a cabo.

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A la mañana siguiente, tal como Kougyoku indicó, convocó una reunión en uno de los salones donde Alibaba presentó a Koumei como su ayudante personal y la reencarnación del estratega del ejército del Imperio Kou. Su atuendo, similar al que solía usar antes de la guerra civil, era acompañado por una máscara que cubría la mitad de su rostro, siendo suficiente para distorsionar su fisonomía y volverlo irreconocible a simple vista. Pero para nadie de los que estaban al tanto de la verdad fue indiferente su nuevo aspecto y lo que significaba su presencia en el palacio. La situación resultaba dolorosa y frustrante. No podían soportar que alguien como Koumei tuviera que regresar como una persona sin identidad, sin pasado, sin el respeto como segundo príncipe del Imperio y verle actuar bajo las sombras por la paz y seguridad del Imperio.

—Ahora señor estratega —dijo Alibaba tras presentarlo—. ¿Nos contarás los secretos del Imperio Kou conocidos solo por ti?

—¿Quieres saber dónde está ubicada la unidad de investigación mágica? —indicó él.

—¿Unidad de investigación? —repitió Kougyoku confundida.

—¿Qué demonios es eso? —preguntó Alibaba.

Koumei explicó que se trataba de una unidad donde el ejército llevó a cabo la investigación sobre la magia y los calabozos, y que para no ser descubierta la información de las instalaciones, fue dividida y distribuida bajo estrictos protocolos de seguridad. Nadie sabía a ciencia cierta de qué se trataba aquel lugar y cuál era su principal función, pero Ka Koubun mencionó con preocupación la ordenanza de Hakuryuu durante su paso como emperador sobre un departamento misterioso y que debía seguir siendo financiado porque podría ser útil en el futuro. Su localización sin embargo era incierta, y muy pocos estaban al tanto de su existencia, pero Koumei la conocía, por lo que decidió guiarlos hasta las profundidades del palacio: bajo la tierra.

Abandonaron el salón y cruzaron al otro extremo del palacio, en el ala sur del mismo. Al final de un solitario corredor en el área armamentista del edificio se encontraron frente a una pared de piedra. Koumei presionó un punto de ella y una puerta se apareció ante ellos como si el muro se abriera paso hacia el otro lado. Avanzaron envueltos en la expectación y descendieron un centenar de escalones hasta las profundidades de la tierra, y cuando cruzaron un enorme portón blindado, Alibaba se sorprendió por la colosal instalación montada dentro de una enorme caverna pulcramente revestida, donde hileras de aparadores con artefactos extraños, torres y cables conductores de Magoi y criaturas contenidas en receptáculos de cristal saturaban la visión.

—¡¿Pero qué demonios es esto?! —exclamó mientras seguía a Koumei por uno de los pasillos—. Está lleno de cosas que nunca antes había visto.

—Es una unidad que investiga el "Ki" —respondió Koumei—, localizado en un sitio subterráneo creado al excavar la cordillera montañosa de las afueras de Rakushou. —Agitó un poco su abanico y añadió: —Parece que incluso la Alianza Internacional no la ha notado.

Los funcionarios a cargo del lugar no tardaron en percatarse de la presencia de Koumei, reconociéndolo al instante. Consternados por su retorno tan repentino e inesperado, se le acercaron para saludarle con la reverencia propia a la familia Imperial. Él les regaló una sonrisa sincera y afectuosa, agradeciéndoles por haber sobrevivido ocultos en la unidad y continuar colaborando pese a las actuales circunstancias por las que atravesaba el país.

Quienes encabezaban las investigaciones y tenían trato directo con Koumei antes de la guerra civil expresaron su gratitud por el Imperio y que pese a las actuales circunstancias no habían dejado de contribuir con sus conocimientos. Cada equipo le reportó los actuales resultados de las investigaciones que habían llevado a cabo previo a la guerra civil. El equipo de clarividencia de largo alcance había tenido gran éxito en crear un artefacto mágico usando 18.700 unidades de Magoi, el cual podía mandar mensajes a distancia de 9000ri; el equivalente al dispositivo de comunicación de la compañía de comercio de Sindria. A su vez, el equipo de criaturas de calabozos, basados en los datos de Alma Toran, habían re-examinado el genoma y, como resultado, la probabilidad de trasplante exitoso a un cuerpo humano se había incrementado de 20% a 70%. Por otra parte, el equipo de asimilación de familiares, gracias a la investigación realizada en los cuerpos de Li Seishuu y Shuu Kokuton, fue capaz de encontrar formas de acelerar o suprimir la aceleración de los contenedores familiares de los 8 tipos de magia. Y finalmente, una de las asistentes del equipo del "talismán de 8 trigramas" anunció que habían obtenido incluso mejores resultados de los esperados: ahora dichos talismanes podían ser producidos en masa.

Enmudecido por la innumerable cantidad de cosas que sus ojos acaparaban, Alibaba no podía creer en la cantidad de información que poseía el Imperio Kou. El nivel de conocimiento adquirido y manejado era impresionante, siendo incluso más avanzado que en Magnostadt.

Recorrió el lugar y a su campo de visión llegó una mesa con una pila de pequeños trozos de papel de color morado. Los señaló y preguntó qué eran exactamente.

—Son los talismanes de ocho trigramas —explicó Koumei tras acercársele—. Los ocho trigramas son lo que ustedes en el oeste llamarían los "ocho atributos de la magia". Las herramientas mágicas hacen uso de estos ocho atributos.

Alibaba se rascó la cabeza confundido. Era poco lo que entendía.

—El talismán de ocho trigramas "del cielo" que sostienes puede detener la descomposición de la carne —añadió Koumei al advertir la expresión confundida de Alibaba.

—¿Y para qué los están usando? —Alibaba se aproximó a una mesa donde una extraña masa yacía envuelta en vendas y trigramas. En ese momento, cuando intentó tocarla, algo salió de entre las vendas e intentó atraparlo. Y tras el grito inicial de horror por el susto, comprendió de qué se trataba: era un cuerpo humano.

Koumei lo miró con seriedad y contestó:

—Para revivir a los muertos.

Horrorizado, Alibaba volteó a verle sin creer lo que había escuchado.

—¡¿R-revivir a los muertos?! —Incluso pronunciarlo le parecía irracional.

—Exacto. —Koumei contestó sin siquiera vacilar. —Estos son los soldados que murieron durante la guerra de Kou. Estos soldados no-muerto iban a ser parte de un plan para invadir las tierras del Imperio Reim.

Un profundo desprecio y rechazo se apoderó del corazón de Alibaba. No podía aceptar esa enfermiza visión que tenía Kou para lograr sus objetivos de guerra. Podía apoyar sus ideologías en muchos aspectos, políticas, económicas y hasta sociales, pero el pensamiento de utilizar cualquier método incluso más allá de la muerte no lo aceptaba y le perturbaba. ¿Acaso Kouen también formaba parte de eso? ¿Acaso él hubiera estado dispuesto a revivirlo utilizando los talismanes? ¿Y acaso él, en su desesperación tras enterarse de su ejecución habría sido capaz de pedir la ayuda del equipo de investigación? Pero ante esas incómodas interrogantes prefirió no pensar más en ellas y las apartó de su mente.

Encaró a Koumei y lo acuchilló con la mirada.

—¿Realmente piensas que está bien jugar con los muertos de ese modo? —Su tono sonó cortante y frío, lo suficiente para hacerle sentir incómodo y culpable.

Sin embargo, Koumei y los demás le vieron con sorpresa, como si estuviera hablando algo completamente descabellado.

—No estamos jugando con ellos —contestó con franqueza—. Pueden seguir peleando aún después de la muerte, para unificar este mundo.

—¡Es maravilloso! —exclamó con emoción una de las ex asistentes de Kouha, que se había recluido allí para aportar con sus conocimientos de magia—. ¡No hay mayor honor que ese!

Los otros asistentes a cargo del lugar coincidieron en ello y señalaron que el día que murieran, esperaban que sus cuerpos siguieran peleando por el Imperio. Parecían tan emocionados y decididos, pero Alibaba solo podía mirarlos sintiéndose enfermo, como si estuviera frente a un montón de gente extraña y peligrosa, cuyo pensamiento escapaban de su entendimiento y aceptación. Pero optó por no seguir cuestionándolos y resolvió volcar su atención en los demás talismanes que llamaron su atención.

—¿Qué es ese talismán rojo? —Lo tomó y al instante el trozo de papel se incendió.

—Ese es el talismán de trigrama de fuego —señaló Koumei—. Se cubre de fuego en cuanto lo tocas con las manos desnudas. Por favor ponte unos guantes.

Alibaba obedeció y, tras tomar un nuevo trigrama, contempló el llamativo y sorprendente trozo de papel. Le impresionaba que, aunque no fuera mago, el talismán se activara liberando su poder. Resultaba una herramienta mágica bastante sorprendente y peligrosa si caía en manos equivocadas.

—¿Por qué investigó magia y calabozos, señor estratega? —preguntó sin dejar de contemplar el trozo de papel.

Con un semblante de profunda paz y nostalgia, Koumei contestó:

—Porque sentía un aire de peligro a mi alrededor.

Su respuesta sorprendió a Alibaba, que aguardó expectante por una explicación.

Koumei declaró que, en el este, las formas principales de salir a la guerra eran con caballos y espadas. La magia era subestimada, como si fuera hechicería solamente o en algunos casos, milagros. Pero Koumei no creía en los milagros; para él no existía tal cosa en este mundo. Había una razón para cada fenómeno y la magia personificaba el futuro, revolucionando la forma en que se peleaban las guerras. No podían simplemente darse el lujo de perder la carrera de la investigación contra Magnostadt. Y fue debido a ese pensamiento de peligro, que ordenó construir la unidad de investigación, incluso antes de que comenzaran a aparecer los calabozos. Y entonces, desde el momento en que descubrieron los calabozos, obtuvieron muchas herramientas mágicas y contenedores de metal, y gracias a ellos lograron grandes avances en la investigación mágica.

—Si tan solo hubiéramos comenzado antes a trabajar en ello... —murmuró Koumei de forma ausente.

Su explicación dejó a Alibaba enmudecido, porque si en verdad hubiera nacido antes, Kou se habría anticipado a Magnostadt en la investigación mágica y habría conquistado el mundo entero. Aun así su visión había dado en el blanco, y gracias a sus esfuerzos, una luz de esperanzaba brillaba ahora sobre el Imperio Kou.

Toda la investigación desarrollada en aquel sitio tan recóndito de la tierra resultaba peligrosa, pero Alibaba estaba convencido de que no habría problema en usarla si le daban un buen uso comercial.

—¿De qué trata la investigación? —quiso saber mientras recorrían el lugar.

En ese momento, un par de asistentes les dieron alcance y, con una formal reverencia, dieron a conocer las buenas noticias del estudio que habían estado realizando durante todo ese tiempo.

—Por cierto, primer ministro Alibaba —dijo Koumei—. Estabas buscando un medio para transportar bienes, ¿cierto? Eso debería ser útil para ti.

Alibaba recibió en sus manos los documentos que ambos asistentes traían consigo y los leyó detenidamente. La sorpresa se manifestó en su rostro al instante. En el informe se dejaba en manifiesto el éxito de la investigación mágica, permitiendo que la compañía de comercio de Kou pudiera convertirse en la número uno.

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Después del reciente descubrimiento realizado por los funcionarios del departamento de investigación, fue solo cuestión de tiempo para planificar y llevar a cabo el método que permitiría a la compañía de comercio de Kou transportar los alimentos.

—Vamos a usar la tecnología de las instalaciones de investigación mágica para la compañía de comercio imperial de Kou —dijo Alibaba con entusiasmo en la sala de conferencias con Kougyoku y Ka Koubun de testigos—. Primero, conseguiremos una patente para los talismanes de ocho trigramas y así poder emular la monopolización de la compañía de comercio de Sindria de la producción de dirigibles.

Rascándose la nuca, Koumei repasaba la idea redactada en un pergamino.

—No cambiaremos las líneas de producción de comida —comentó reflexivo—. De esa forma, los soldados y granjeros se familiarizarán con ellos.

—Y con nuestro método secreto de transportación... —dijo Kougyoku leyendo una copia.

—¡Haremos dinero usando el comercio! —añadió Alibaba entusiasmado—. ¡Estoy seguro que será divertido!

Koumei lo miró con seriedad.

—Sí. —Volvió la vista al pergamino. —Aunque no puedo decir que este nuevo orden mundial... es pura diversión.

—¿Qué quieres decir? —le preguntó Alibaba confundido.

—No estoy seguro aún —contestó—. Como sea, nos sería útil tener más ayuda.

En silencio, Alibaba repasó sus palabras y a su mente vino el nombre de la persona perfecta para ayudarles.

—¡Es cierto! —Caminó hacia la puerta del salón—. Vamos a buscar la opinión de un comerciante profesional. ¿Puedo llamar a alguien que conozco para eso?

—¿Alguien que conoces? —cuestionó Kougyoku curiosa.

Alibaba asintió y no tardó en contactar a Budel, el vendedor de vinos y su antiguo jefe. Él era el indicado para pedir asesoramiento en el área comercial.

Al principio Budel se mostró un tanto escéptico ante la idea de abrir una bodega de vino en el Imperio, porque si bien la tierra era vasta y fértil, el actual caos en el gobierno no le permitía conseguir los permisos necesarios ni mucho menos la iniciativa para arriesgarse a instalar un negocio que terminaría en la ruina como muchas otras compañías que intentaron prosperar y sobrevivir en el país. Pero Alibaba fue convincente en su propuesta, porque gracias a la tecnología obtenida de la investigación del contenedor de metal de Koumei, Kou había conseguido un poder sin igual: magia de teletransportación. En el pasado, el Imperio fue capaz de transformar y asimilar ciudades conquistadas en un solo día, y eso solo había sido posible gracias a ese poder. Materiales de construcción, combustible y personas, todo había sido enviado a su destino instantáneamente. Y desde el punto de vista comercial, si se aplicaba semejante tecnología para transportar bienes a todo el mundo desde su fuente, ¿qué se obtendría de ello?

Al final, la seguridad con la que Alibaba planteó la propuesta terminó por convencer a Budel. Sus ojos se iluminaron al ver una oportunidad de obtener ganancias gracias al método de transporte que revolucionaría el comercio y no dudó en cerrar el trato con un apretón de manos. Después de todo, la magia de teletransportación podía ser mucho más efectiva que una flota de dirigibles.

Una vez que se marchó, luego de hablar los últimos detalles de las negociaciones, Alibaba soltó un profundo suspiro y se dejó caer agotado en uno de los sillones.

—Finalmente hemos decidido qué hacer, pero ¿cómo deberíamos proceder exactamente?

—Ministro Alibaba. —Koumei se plantó frente a él. —Para la magia de teletransportación necesitas un punto de "partida" y uno de "destino". Por ejemplo, si quieres enviar cosas de Kou a Reim, debes poner un círculo mágico en Kou como punto de partida, y un círculo mágico en Reim como punto de destino.

Su explicación atrajo la atención de Alibaba, que levantó la cabeza y lo miró con curiosidad.

—¿Y eso qué significa?

—Significa que necesitarás negociar con cada nación para poner una sucursal de la compañía de comercio imperial de Kou y un círculo mágico dentro de su territorio. —Inclinó la cabeza ante él y dijo: —Ministro Alibaba, debes ser tú quien haga eso.

Enmudecido, Alibaba pensó en la enorme responsabilidad que eso implicaba y la gran oportunidad que tenía para hacer algo realmente bueno por Kou, aun cuando eso significara sacrificar su deseo de regresar con Kouen y Azahar. Le dolía pensar en estar tanto tiempo de viaje, lejos de ellos, pero no podía dejar que ese sentimiento lo dominara. El tiempo les jugaba en contra, y si no conseguían a quién venderle la comida después de terminar la producción, los esfuerzos de los soldados serían en vano.

Koumei alzó la mirada y lo vio suplicante a los ojos, consciente de la petición que le estaba haciendo y la enorme responsabilidad que dejaba en sus manos.

—Solo puedes hacerlo tú.

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Los arreglos para las negociaciones y presentación de la tecnología de teletransportación se prolongaron por una semana. Para ese entonces, Alibaba se había hecho la idea de que su misión como embajador de la compañía de comercio imperial de Kou lo mantendría viajando por el mundo alrededor de un mes. No le entusiasmaba del todo permanecer tanto tiempo lejos de Kouen y Azahar, pero había asumido un compromiso con el Imperio y consigo mismo, y lo llevaría a cabo con orgullo y determinación.

Poco después de las dos de la mañana, y luego de dejar todo listo para partir a primera hora de la mañana, regresó a su cuarto para descansar un par de horas antes de emprender su primer viaje como funcionario político de Kou. Se dio un baño y finalmente se dejó caer extenuado en la cama, pero sobre todo nostálgico. Se aferró a la almohada y lamentó ya no percibir el aroma de Azahar. La primera noche tras regresar de la isla Samon había sido un verdadero tormento. Lo había extrañado demasiado como para dormir, y su aroma impregnado en la habitación no ayudó a apaciguar su desolación.

—Lo extraño —murmuró como cada noche desde hacía una semana.

Había dejado el artefacto de comunicación en la isla para mantenerse en contacto con Kouen y saber de Azahar, pero incluso con esa facilidad tecnológica, todos los días se preguntaba si estaría bien, si necesitaría algo o si le estaría causando inconvenientes a Kouen y a Kouha. La primera noche supo que se había quedado llorando tras su partida y estuvo inconsolable el resto del día. Enterarse de ello le había partido el corazón y llenado de culpas, pero si quería regresar con él y Kouen, tenía que realizar el viaje a todos los países y negociar la tecnología de teletransportación lo más pronto que pudiera, sin retrasos ni inconvenientes.

Y esperaba que así fuera.

Tras un bostezo, vio el artefacto de comunicación que Kougyoku le consiguió descansando sobre la mesilla junto a la cama y estiró la mano para alcanzarlo con la intención de llamar a Kouen, pero desistió rápido al darse cuenta de lo tarde que era. Con actitud derrotada se metió bajo las sábanas, sintiéndose aún más solo, y cerró los ojos para dormir. No sacaba nada permitiendo que las ansiedades lo dominaran. Soportaría una noche sin escuchar la voz de Kouen y tener noticias sobre Azahar. En sus sueños, se reuniría con ellos hasta que ese deseo se volviera realidad.

Pasada las tres de la mañana, cuando estaba a solo dos horas de emprender su viaje como embajador de la compañía de comercio de Kou, otra vez ese extraño sueño que lo asaltó en la isla Samon lo despertaba sobresaltado, con la respiración acelerada y el cuerpo empapado en sudor. Una vez más esa incómoda y opresora sensación que le interrumpía el sueño como si algo estuviera allí, observándole y ejerciendo una peligrosa opresión con su presencia. ¿Qué era aquella entidad que lo asechaba? ¿Por qué de pronto esa sensación se apoderaba de su mente mientras dormía? Ni siquiera cuando Al-Thamen puso sus manos en él sus recuerdos le traicionaron de esa manera, pero ahí estaba, asustado y confundido por algo que desconocía y le transmitía un temor apabullante.

Intentó retomar el sueño y olvidar la incómoda sensación aun cuando estuviera temblando y con el pulso acelerado. Lo intentó con todas sus fuerzas, pero le fue imposible.

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A primera hora de la mañana, cuando el cielo apenas aclaraba, se presentó en el salón con su equipaje para despedirse de Kougyoku y Koumei antes de partir, pero su rostro alicaído y desmejorado no los dejó indiferente.

—¿Te ocurre algo, Alibaba? —Kougyoku fue la primera en acercársele. —¿Te sientes mal?

—No tienes buena cara —añadió Koumei con algo de preocupación—. Estás muy pálido.

Fingiendo ignorar de lo que hablaban, Alibaba forzó una sonrisa y negó con la cabeza.

—Estoy bien. —Hizo un aspaviento con la mano y volvió a negar con la cabeza. —No se preocupen.

Koumei no le creyó ni una sola palabra, por lo que solo se limitó a observarlo en silencio y recordó la petición de Kouen antes de dejar la isla Samon. Le había encargado vigilarlo y cuidarlo pues sabía que Alibaba era capaz de matarse de cansancio con tal de no defraudarles. Antes, mientras estuvieron en Balbadd, había conocido el compromiso que asumía con cada tarea que se le asignaba y la pasión con la que la ejecutaba. Pero durante la reciente semana que trabajaron juntos para desarrollar el plan de negociación con los demás países, terminó por comprender cuán involucrado estaba con el Imperio, y debido a eso, un sentimiento de admiración terminó por despertar en su interior al verle día a día trabajar con un entusiasmo inigualable por el bien de la nación que le quitó su reino, que lo despojó de su título de nobleza y se encargó de humillarlo por el solo hecho de haberse enamorado de un miembro de la familia Imperial.

—Estoy listo para partir —dijo Alibaba resuelto.

Kougyoku dio un paso hacia él y le tomó de las manos.

—Te agradezco tanto todo lo que estás haciendo por todos nosotros. —Su rostro se congestionó y sus manos temblorosas se cerraron sobre las suyas con fuerza. —Sé lo que esto significa para ti.

Esforzándose por mantener la falsa sonrisa con la que pretendía tranquilizarlos, Alibaba esquivó la mirada e intentó no parecer afectado, pero lo cierto era que desde que supo que su misión como primer ministro consistía en estar de viaje por casi un mes, algo en su interior se desmoronó. Había tenido la ilusión de regresar con Kouen y Azahar en menos de una semana, pero todos sus planes se habían diluido tan pronto como Koumei le pidió que representara a la compañía de comercio y negociara con los líderes del mundo. No podía defraudarlo, tampoco negarse. Desde que puso un pie en Rakushou y vio el deplorable estado en el que se encontraba, supo que debía ayudarlos incluso si eso significaba sacrificar su felicidad y los motivos reales de su regreso del más allá.

—Para mí es un honor poder ayudarlos. —Su sonrisa se sinceró y su semblante mejoró tan solo un poco. —Después de todo no pertenezco aquí, pero...

—¡Claro que sí! —Kougyoku le interrumpió casi a gritos. —¡Eres parte de Kou más de lo que imaginas! —Alibaba intentó replicarle pero ella volvió a interrumpirle. —No necesitas haber nacido aquí para considerarte un ciudadano del Imperio. Tener el corazón puesto en esta nación te hace parte. —Sus ojos se iluminaron y una sonrisa apareció en sus labios. —Además, eres la pareja de mi hermano Kouen, tienes un hijo con él y sin proponértelo, te convertiste en el padre del primer príncipe de la familia imperial. Eres parte del Imperio más que cualquiera de nosotros.

Sus palabras lo conmovieron, y le agradeció con una sonrisa que terminó finalmente con la palidez de su rostro y la tristeza de su mirada. Necesitaba de ese pequeño aliento para sentir sus fuerzas renovadas.

—Fuiste humillado muchas veces, Alibaba —continuó Kougyoku con seriedad, pero con una marcada ansiedad en la voz—. Te despojamos de tu reino y por el simple hecho de haberte enamorado de mi hermano Kouen fuiste tratado como escoria, pero ya no más. —Afianzó el agarre de sus manos y su mirada se suavizó, acompañándola con una radiante sonrisa. —Nunca más serás pasado a llevar. Lo prometo.

Alibaba no supo qué contestar. Tantas emociones, tantos sentimientos agolpados en su pecho que durante años habitaron allí por las injusticias y malos tratos que vivió a manos del Imperio por ser un príncipe sin reino y pareja de Kouen, que un nudo se le había formado en la garganta, y sabía que si intentaba decir algo se soltaría a llorar. Ahora ya no tenía resentimientos por quienes le humillaron tantas veces; hoy esas mismas personas de las que Kouen lo defendió en más de una ocasión lo reverenciaban y miraban con el respeto propio hacia la autoridad máxima después de la emperatriz. No esperaba devolverles el favor que le hicieron tantas vez al hacerle sentir un intruso en su propio país; él estaba allí para ayudar a una gran amiga y al amor de su vida, estaba allí para levantar el país que sus malas decisiones contribuyeron a su caída y para enseñarle a su hijo el valor de una nación unida y dispuesta a salir adelante frente a la adversidad.

Uno de los guardias llamó a la puerta y anunció que el dirigible responsable de embarcar a Alibaba estaba unos pocos minutos de partir.

—Ya debo irme —dijo él, acomodándose en el hombro el bolso y la escoba que Yunnan le entregó antes de dejar la gran falla.

Se despidió de Kougyoku, prometiéndole regresar con excelentes noticias y, cuando salió al corredor, Koumei le dio alcance.

—Primer ministro —llamó, deteniéndolo.

Alibaba volteó y lo miró.

—No necesitas llamarme así —le pidió—. Solo dime Alibaba.

Koumei hizo una reverencia formal, ignorando su petición.

—En nombre de mis hermanos, te quiero dar las gracias por todo lo que estás haciendo.

—No necesitas hacerlo.

—Como dijo la emperatriz, sabemos lo difícil que es para ti realizar este viaje y las humillaciones que viviste a manos de nosotros. —Alibaba trató de rebatirle, pero Koumei no se lo permitió. —Yo también fui responsable y contribuí en gran parte a muchas de esas humillaciones. Te arrebatamos Balbadd y te obligamos a servirnos como un esclavo. Y no me malentiendas, no me arrepiento de haber tomado el control de tu país. Recogimos los pedazos que dejó la guerra civil y lo estabilizamos.

—Y te lo agradezco —le confesó Alibaba—. Ustedes le dieron a Balbadd la paz que yo no pude cuando tuve la oportunidad de hacerlo. Comprendí y acepté sus políticas de gobierno, pero sigo creyendo que la gente debe elegir lo que desean para su felicidad. Y si ahora les estoy ayudando, es porque quiero devolverles el favor que Hakuryuu, tú y Kougyoku hicieron por Kouen y Azahar.

Desconcertado, Koumei quiso saber el motivo.

—No entiendo —pronunció—. Nosotros no hemos hecho nada. ¿A qué te-?

—Han hecho más de lo que imaginan. —Alibaba le interrumpió, adelantándose a su pregunta. —Kouen está con vida, Azahar es feliz y está a salvo, y eso es más que suficiente para agradecerles a todos ustedes. Además, me siento más que nunca conectado al Imperio, aunque antes no me agradaran. —A sus palabras le siguió una pequeña risa y se rascó la nuca con algo de nerviosismo.

Koumei en cambio le miraba con el rostro estupefacto. No entendía cómo era capaz de hablar con tanta sinceridad. En su rostro y en su voz no percibió indicio alguno de engaño o falsedad, por el contrario, su humildad y sencillez eran conmovedoras. Y entonces entendió que su corazón era demasiado grande y supo el por qué su hermano lo había elegido.

Liberó un suspiro y por fin habló.

—Tenemos pensamientos y visiones muy diferentes. —Miró por la ventana que daba hacia el jardín exterior del palacio y contempló cómo el sol tocaba finalmente las altas montañas de la cordillera de Tenzan. —Y creo que nunca lograremos llegar a un entendimiento absoluto.

Alibaba asintió con la cabeza.

—Tienes razón. —Miró del mismo modo hacia el jardín y se sintió reconfortado. —Pero eso no ha sido impedimento para formar un vínculo que nos unirá por siempre.

Complacido por sus palabras, Koumei esbozó una sonrisa y agitó apenas su abanico.

—Mi hermano no se equivocó al escogerte. —Volteó a verle y le ofreció una mirada gentil. —Hizo una buena elección.

La expresión de Alibaba se iluminó y sus ojos se abrieron con sorpresa.

—¿Me aceptas aunque lo haya lastimado y causado tantos problemas? —preguntó expectante.

Koumei soltó un suspiro y, tras mirar una vez más hacia la ventana, regresó su atención a Alibaba y dijo:

—Es cierto que le causaste mucho dolor, pero eso significa que has sido su mayor felicidad.

Escucharle decir eso le provocó un nudo en la garganta que sabía le haría llorar, pero se negó a hacerlo y se frotó rápidamente el rostro, borrando cualquier atisbo de llanto. Se acomodó el bolso al hombro y montó en la escoba.

—Que tengas buen viaje —dijo Koumei, y haciendo una reverencia añadió—: Te estaremos esperando, primer ministro.

—Volveré pronto —contestó Alibaba con entusiasmo.

Subió al barandal de la ventana y se marchó rumbo a la estación de dirigibles. Koumei lo vio perderse entre las altas torres del palacio y pensó que tenía altas probabilidades de lograr su misión en el extranjero. Él era capaz de mostrar su verdadera fuerza cuando trataba con otros. Con alguien con una conciencia de sí mismo poco común, resultaba fascinante para los demás. Muchas personas importantes alrededor del mundo se habían involucrados y sido influenciados por él, y eso lo incluía. La misión de los seres humanos era pelear sus propias batallas, incluso para alguien como él, estaba dispuesto a dedicar la poca habilidad que poseía a ayudar a Kougyoku y representar a aquellos que no podían estar presentes.

Miró al cielo y se preguntó si Alibaba sería capaz de enfrentar con la frente en alto al primer país al que estaba destinado en su ruta de viaje.

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Abordó el dirigible y tomó asiento a la espera que este partiera. Y mientras los últimos pasajeros se acomodaban en sus respectivos lugares, Alibaba aprovechó de repasar el mapa con los países y rutas a recorrer durante su viaje. Se sentía renovado después de charlar con Kougyoku y Koumei, pues le habían devuelto la confianza que su temor a fallarles le había arrebatado. Ya ni siquiera le preocupaba el extraño sueño de anoche, porque tenía la certeza de que este viaje no solo serviría para ayudar a Kou, sino que lograría darle una señal a Aladdin para encontrarse una vez más.

—Si parto de Kou y visito las naciones del mundo en orden, comenzando en el este y yendo hacia el oeste... entonces... —Sus ojos se centraron en una zona del mapa. —Ese será el primer lugar que visitaré.

El dirigible se puso en marcha mientras sus ojos se concentraban en la porción de tierra dibujada al centro del mapa que le resultaba tan entrañable como dolorosa. Era inevitable que los recuerdos acudieran a su memoria y le hicieran sentir que todo por cuanto había luchado no había sido del todo en vano, porque a pesar de haber perdido Balbadd, este logró sobrevivir a la adversidad, y estaba seguro que hoy, sin su ayuda, no sería diferente.

Cerró los ojos y a su mente vino una avalancha de reminiscencias, desde el golpe de estado, pasando por la muerte de Kassim, la propuesta de Kouen, su primera pelea, su secuestro, su arrebatada declaración, su primer beso, su primera vez, el descubrimiento de su embarazo, la cumbre... su pelea con Hakuryuu. Tantos momentos —buenos y malos— en un solo pensamiento, y Kouen formaba parte de la mayoría de ellos. Nunca imaginó que su vida tomaría aquel rumbo, pero no se arrepentía de nada, porque descubrió que había tanto amor en sus recuerdos, tantos sentimientos y emociones, que sentía su corazón colmado y su alma tranquila.

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Abrió los ojos con gusto y vio cómo el dirigible se desplazaba entre las nubes. Parecía mentira estar transportándose en una máquina de tal envergadura. Sinbad había logrado sin duda algo poderoso e insuperable, pero no podía impresionarse por algo así; él tenía a su disposición una tecnología aún más revolucionaria que de seguro cambiaría el rumbo del comercio monopolizado por Sinbad.

El inspector del dirigible a cargo de validar los boletos de los pasajeros se le acercó en ese momento y le pidió el suyo. Una vez que lo marcó y siguió con el resto de los pasajeros, regresó su atención al paisaje, preguntándose si Kouen conocía este nuevo mundo tan extravagante. Lo más seguro era que desde que puso un pie en esa isla no había vuelto a dejarla, pero a pesar de eso, él parecía muy familiarizado con la tecnología creada por Sinbad, porque cuando charlaron la noche en la que se decidió su rol como representante de la compañía de comercio, dejó claro que hablar a través del artefacto de comunicación no le significaba ningún impedimento.

—¡¿Kouen?! ¡¿Me escuchas?! ¡¿Me escuchas Kouen?! —chilló emocionado.

Al otro lado de la línea, la voz de Kouen sonó sin inconvenientes.

—Fuerte y claro —se quejó—. ¿Cuándo aprenderás a usar este artefacto? Me vas a dejar sordo.

Rebosante de felicidad por escuchar su voz una vez más, Alibaba soltó una carcajada y se tendió en la cama, pero su semblante cambió de pronto, y la radiante sonrisa que le acompañaba desde que inició la llamada desapareció de sus labios.

—Ya lo supiste ¿verdad?

—Koumei me contó. —El tono de Kouen varió sutilmente. —Tendrás un viaje como representante de la compañía de comercio y no te escuchas entusiasmado. Tu voz suena fatal.

Contrariado por haberse dejado en evidencia, Alibaba se mordió el labio mientras jugueteaba con una hebra suelta del bordado del edredón.

—Me conoces bien.

—Lo suficiente para saber que vas a terminar muerto cuando acabe la semana. Te estás involucrando demasiado.

Alibaba enmudeció. Supuso que Koumei le comentó lo ocurrido tras visitar el departamento de investigación.

—Te extraño —dijo al fin.

—Lo sé.

—Será un viaje demasiado largo. —Su tono se volvió ansioso y sus dedos terminaron cortando la hebra del edredón. —Tenía la esperanza de volver pronto con ustedes, pero...

—Asumiste una responsabilidad demasiado grande y ahora lo estás resintiendo.

Sus palabras lo sobresaltaron. Se incorporó de la cama y caminó por la habitación.

—Quiero ayudar a Kou —declaró enérgico—. Siento que es mi deber hacerlo.

—Ese es tu problema —le reprochó Kouen—. Siempre asumes cosas que no te corresponden, pero también es una de las tantas virtudes que me gusta de ti.

Alibaba sonrió por su comentario y volvió a la cama. Se sentó en el borde y preguntó por Azahar.

—¿Cómo se ha portado?

—Bien. Al principio te echó de menos, pero ahora se siente más cómodo y tranquilo. Se parece mucho a ti.

—¿De verdad crees eso? —Sus labios esgrimieron una cálida sonrisa y su mirada se suavizó. —Pienso que se parece más a ti. Aficionado a la guerra y autoritario. —Soltó una pequeña carcajada cuando recordó su llegada al palacio. —Hubieras visto cuando llegamos la primera vez a Rakushou y los guardias intentaron detenerme. Aferrado a mi cuello, ordenó que me soltaran como si fuera una versión de ti, pero más pequeña.

Del otro lado se pudo escuchar una pequeña risa por parte de Kouen.

—Sacó un poco de ambos —señaló—; de ti sacó tus ojos y tu maldito cuerno.

—¡Oye! —se quejó ofendido—. Ya te dije que no molestes con eso.

—Pero también esas energías inagotables de vivir —continuó Kouen, logrando sacarle una nueva sonrisa.

—¿Alguna vez pensaste que llegaría a tu vida?

—En el instante que te elegí renuncié a la paternidad. Pero ahora me tienes de niñero mientras tú te vas de viaje por el mundo.

Una nueva carcajada escapó de los labios de Alibaba. La manera en la que Kouen se expresaba siempre le hacía reír y le relajaba. Era como si en todo momento buscara hacerle sentir bien, aunque intentara parecer molesto o simplemente quisiera provocarle. Pero ahí estaban, comunicándose con un artefacto diseñado por Sinbad mientras hablaban del milagro que significaba Azahar en sus vidas.

—Él nos eligió para venir a este mundo —pronunció conmovido. Hizo una pausa y luego añadió—: Quizá sea el menos indicado para decir esto, pero Al-Thamen terminó haciéndonos un favor. Tenían planes completamente diferentes para mí, pero Azahar llegó a nuestras vidas gracias a ellos.

Kouen guardó silencio unos segundos, como si estuviera estudiando sus palabras.

—El destino es muy caprichoso —dijo al fin—. Al final todo parece depender de él.

—Fue más que el destino —aclaró Alibaba—. Nuestro amor lo creó.

Koumei le había dicho que los milagros no existían en este mundo, pero para él, Azahar era un milagro. Su milagro.

—Prometo volver pronto —dijo de pronto—. ¿Podrás soportarlo?

Un suspiro muy parecido a una risa burlona se escuchó del otro lado de la línea.

—Eso debería preguntarte a ti. —Volvió a resoplar. —Más te vale que regreses pronto. No olvides que también tienes una responsabilidad con nosotros.

Alibaba asintió con la cabeza, aun cuando Kouen no lo viera, y se dejó caer hacia atrás sobre el colchón.

—Lo prometo. —Cerró los ojos y suspiró, imaginando que estaba en ese momento con él, en la misma habitación y en la misma cama.

Ese tipo de llamadas se dieron durante la semana que permaneció en Rakushou, y aun así extrañaba la voz de Kouen como si hubieran hablado por última vez hacía meses. No soportaba la idea de dejarlo solo por tanto tiempo. Su mente y su cuerpo lo necesitaban, porque incluso con las facilidades que este nuevo mundo les brindaba para comunicarse, resultaba sofocante no poder estar más cerca.

Sus ojos se perdieron en el paisaje que la mirilla del dirigible le mostraba y suspiró resignado esperando que su viaje no le tomara demasiado tiempo para así volver lo más pronto posible con él y su hijo.

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Cinco horas después, y tras dos escalas en un par de pequeños pueblos costeros, el dirigible finalmente arribó a su destino sin contratiempos. Alibaba descendió junto al resto de los pasajeros y se encontró frente a frente una vez más con el país que lo vio crecer: Balbadd. Sus ojos recorrieron expectantes el paisaje frente a él y sintió un golpe de nostalgia invadirle cada rincón del cuerpo. Balbadd lucía como antes de que Kou tomara el control tras el golpe de estado. Finalmente era una república independiente, libre de la sombra de un país y una cultura a la que no pertenecía. La ciudad se estaba reconstruyendo desde sus cimientos y la arquitectura de Kou había comenzado a quedar en el olvido. La gente había vuelto a sonreír y a ser lo que era Balbadd en sus mejores tiempos. Al fin vivían en paz.

Con un profundo suspiro, como si necesitara darse valor, se acomodó el bolso en el hombro y, tras cubrirse la cabeza para no llamar la atención, retomó el paso adentrándose en las calles que tan bien conocía y que tantas emociones le transmitían. Todo parecía haber vuelto a ser como antes, con sus callejones empedrados, sus canales y edificios sobrios erigidos en piedra con la arquitectura propia de Balbadd. Alibaba continuó su camino hasta el palacio, que ahora había pasado a convertirse en el Parlamento de la república de Balbadd. Allí, en la entrada principal, fue reconocido de inmediato por Barkak, quién al no creer que se tratara de él en un principio, reaccionó completamente conmocionado.

—¡Joven maestro...! —exclamó—. ¡Príncipe Alibaba! ¡Está con vida! ¡¿Cómo es posible si lo vimos morir?! —Las emociones terminaron por dominarlo y se dejó caer de rodillas al suelo.

—¡Tanto tiempo sin vernos, Barkak! —le saludó conmovido. Una de las tantas personas que esperaba ver tras pisar Balbadd era precisamente a quien fuera su maestro de esgrima real durante su niñez.

Mientras tanto, los otros miembros de la antigua guardia real les rodearon para saludarle y darle la bienvenida, aun cuando les impresionara verlo con vida. Momentos más tarde, después del cálido recibimiento, Alibaba fue llevado hasta uno de los salones del parlamento. Barkak fue su anfitrión.

—Como puede ver, joven maestro, Balbadd ganó su independencia como república.

Alibaba asintió entusiasmado mientras veía de reojo a su alrededor. La decoración de la sala era bastante sobria en comparación a los lujos que Kou había impuesto en el palacio. Solo algunas plantas naturales y lienzos en tonos tierra adornaban la habitación. Ya no quedaba nada que probara que Kouen estuvo allí alguna vez. No había recuerdos ni rastros de su historia de amor, y no pudo evitar sentirse desolado y un completo extraño en lo que alguna vez consideró su hogar.

—Lo sé —pronunció tras volver la vista a Barkak—. Vi la ciudad. Todos estaban riendo.

—Es todo gracias a usted, joven maestro —dijo él con una amplia sonrisa—, cuando propuso que deberíamos vivir parados sobre nuestros propios pies. —Asintió complacido y le dedicó una mirada gentil. —Su determinación plantó una semilla en los corazones de las personas.

Conmovido por sus palabras, Alibaba bajó la cabeza y miró al suelo con los puños cerrados sobre sus piernas. No había regresado para escuchar algo así, mucho menos de quién creyó solo recibiría palabras de reproche por su traición a Balbadd al involucrarse con el primer príncipe del Imperio Kou.

—Los representantes son elegidos por los ciudadanos —continuó Barkak—. Las políticas son decididas en un parlamento que está abierto a las personas. Apenas estamos comenzando, pero... todos están de acuerdo en que, en la república de Balbadd, no hay clase privilegiada.

—Ya veo. —Alibaba continuaba sin mirarle. De pronto la alfombra bajo sus pies parecía demasiado interesante para apartar la vista.

Barkak notó su reacción y decidió ir directo al grano.

—Bueno, príncipe Alibaba... —Se inclinó hacia adelante y trató de buscar su mirada. —¿No volverá con nosotros?

Alibaba finalmente alzó la cabeza y sus ojos inseguros se encontraron con los de su antiguo maestro.

—Escuché que vino a negociar algo en nombre del Imperio Kou, aunque... ¡usted es el príncipe de Balbadd! —El semblante de Barkak lucía decepcionado y preocupado. —¡Por favor vuelva con nosotros! —Abrumado, Alibaba no contestó y volvió a bajar la cabeza—. Sé que su vínculo con el Imperio es debido a su relación con el antiguo primer príncipe, que lamentablemente falleció, y su majestad Azahar. —Barkak bajó la mirada visiblemente agobiado. —Es una pena que su majestad no pudiera permanecer en Balbadd. Se lo llevaron después que el primer príncipe Kouen se rindió y fue arrestado.

—No te preocupes —dijo Alibaba, mirándole nuevamente—. Él ahora está conmigo.

Los ojos de Barkak se iluminaron.

—¡¿De verdad?! —Casi saltó del sillón. —¿El señor Sinbad se lo entregó?

Vacilante, Alibaba cabeceó un poco.

—Algo así —contestó—. Pero... sí, Azahar está conmigo.

—¿Dónde está? —Barkak mostró un ávido interés en saberlo.

—En Kou —mintió—. Decidí... que el mejor lugar en el que puede estar es allí. Él es un Ren y...

—También es parte de la familia real Saluja —le rebatió Barkak con cierto tono de reproche.

Alibaba comprendió su enfado, pero no podía dejar que sus palabras influyeran en sus decisiones. Sabía que lo correcto era que Azahar se quedara con los Ren; ellos eran su familia.

—La familia real ya no existe —aclaró tajante—. Él no encajaría aquí.

Decepcionado, Barkak bajó la mirada.

—Entiendo mi príncipe —pronunció derrotado—. Después de todo... usted es su padre. Aunque aún me cuesta creer que haya sido capaz de engendrar en su interior, como... una mujer.

Incómodo ante la expresión confundida de Barkak, Alibaba se rascó la cabeza y esbozó una sonrisa nerviosa.

—Es algo complicado de explicar.

—No necesita dar explicaciones, joven maestro. —Barkak negó con tono gentil. —Usted tiene todo el derecho de elegir su propio camino en la vida. Y no importa si ese camino no lo trae de vuelta a nosotros, usted siempre será el tercer príncipe de Balbadd.

El rostro de Alibaba se iluminó y una sonrisa sincera apareció en sus labios.

—Gracias Barkak. —Su tono sonó dulce y sincero. —Por mis propias razones egoístas, he estado esperando que alguien me dijera eso.

—¿De qué habla, mi príncipe? —Barkak se mostró sorprendido y visiblemente preocupado.

Alibaba bajó la cabeza y sus manos fuertemente tomadas entre sí se cerraron sobre la tela de su pantalón.

—A pesar de luchar por abolir la monarquía, en algún lugar dentro de mí aún pensaba en mí mismo como un príncipe. —Curvó los labios con amargura y su expresión se llenó de aflicción. —Balbadd era mi país, y yo sería quien lo salvara. Quería que alguien lo dijera...

—Mi príncipe...

—Soy un tonto. —Sus propias palabras le causaron un profundo pesar y bajó la cabeza completamente derrotado. —Hice muchas cosas terribles por el bien de mi causa, al decirme a mí mismo "este es el deber de un rey". Incluso pretendí no ver la ruina que estuvo a punto de caer sobre Kougyoku cuando descubrí lo que Sinbad le hizo. —Empuñó las manos aún más fuerte y sus hombros temblaron. —Cuando alguien me dijo que "no estaba calificado para ser un príncipe" me enojé porque no quería admitirlo, e incluso corté las piernas de mi propio amigo. —Alzó la cabeza y su rostro solo reflejó aflicción. —Ya no... ya no quiero hacer esa clase de cosas. Estoy seguro de que, por el bien de una gran causa, podría actuar muy diferente a como realmente soy, y llegaría hasta cualquier límite inimaginable.

En ese momento, su mente repitió las palabras que Kouen alguna vez le dijo cuando aceptó ser su mano derecha y descubrió de lo que él era capaz para conseguir sus objetivos como líder de una nación.

"Estoy construyendo un nido en mi cuerpo... un nido en el que guardo la fuerza de monstruos, sin importar qué tan repulsivos son. Convertiré ese monstruo en mi arma, y continuaré yendo hacia adelante."

En ese entonces no supo entenderlo; incluso lo juzgó por creerlo un monstruo capaz de lo que fuera por sus objetivos, pero hoy más que nunca lo comprendía porque sabía que había hecho todo por el bien de su nación, por el peso que recaía en sus hombros como primer príncipe del Imperio y el legado de la familia Ren que llevaba con orgullo en sus venas. Y que él, como un miembro de la casa real Saluja, también portaba con el orgullo propio de un príncipe.

—Pero por ahora te diré lo que mi verdadero yo piensa. —Se puso de pie y encaró resuelto a Barkak. Su rostro volvió a brillar y sonrió ampliamente. —Realmente me gusta la frase: "¡En la república de Balbadd, no hay una clase privilegiada!".

Barkak en ese momento pudo ver al pequeño Alibaba peleando con él durante sus clases de esgrima, y la nostalgia lo invadió.

—Balbadd ya no necesita un príncipe —dijo Alibaba, palmeando su espalda luego de verle derrumbarse por la emoción—. Estoy realmente feliz... y ahora al fin puedo decir eso.

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Tres días después, abordó un dirigible desde la plataforma de embarque con una agradable sensación de triunfo. Su primera negociación como representante del Imperio había sido un éxito, aunque el mérito no podía ser precisamente por sus habilidades comerciales. Había tenido que depender del afecto que le tenían para conseguir establecer la primera sucursal de la compañía de comercio de Kou. Barkak y el resto del parlamento se había mostrado muy interesado en la propuesta del Imperio. ¿Acaso el círculo mágico de teletransportación era una tecnología tan increíble que sería usada en todo el mundo? Las dudas hicieron que Alibaba pensar en "cierto" país para esclarecerlas, porque estaba seguro que allí podría entender el verdadero valor del plan del círculo mágico de teletransportación que Koumei había diseñado.

Luego de medio día de viaje, el dirigible finalmente arribó y Alibaba llegó a la ciudad estado, Academia Magnostadt. En el pasado, la había conocido cuando Al-Thamen utilizó al mago Mogamett para traer a Ill Ilah a la tierra, y no pudo evitar recordar cuando conoció a Kouen. Aquel día había sido su primer encuentro, su primer cruce de miradas, su primer intercambio de palabras, descubriendo a un hombre increíble que finalmente cambió su vida de muchas maneras.

Tras la batalla, la ciudad había quedado reducida a ruinas, pero ahora lucía reconstruida en su totalidad. Antes de llegar, Alibaba imaginó que con los cambios en el nuevo mundo se había convertido en un país dependiente de las herramientas mágicas, pero lucía mucho más sencilla en comparación a Parthevia. Vegetación y canales cruzando el centro de la ciudad como si fueran el diagrama de un enorme círculo mágico, mientras los habitantes parecían estar disfrutando de sus vidas gracias a la paz instaurada en el país. Alibaba sonrió complacido ante tales cambios, pues sabía que la responsable de ello era alguien que conoció en Sindria, y que ahora era la rectora de la academia de Magnostadt.

Resuelto a encontrarse con esa persona, cruzó sin inconvenientes las puertas de la academia, y no tardó en reconocer a Yamuraiha, quien al verle sus ojos se congestionaron y no dudó en acercársele completamente conmocionada.

—¡¿Alibaba?! ¡¿Realmente eres tú?!

Ante su efusivo y espontáneo saludo, Alibaba sonrió ampliamente y su rostro se iluminó con emoción.

—¡Tanto tiempo sin vernos, señorita Yamuraiha! —exclamó entusiasmado.

Ella parecía tan conmovida por su llegada, como si hubiera visto un fantasma o se tratara de un producto de su imaginación, que no dudó en cancelar todas sus reuniones para atenderlo apropiadamente y sin interrupciones. Los escoltaron hasta el balcón de su oficina y, una vez que quedaron a solas, Alibaba le comentó con fascinación lo sorprendido que estaba de Magnostadt y de lo sencillo que lucía en comparación a Parthevia. Yamuraiha comprendía su sorpresa y le explicó que, a diferencia de Parthevia, que era una potencia económica y un modelo arquitectónico a seguir, Magnostadt era una organización de investigación, y que recibía fondos de las compañías de comercio dedicando cada día a la investigación y desarrollo de la magia. Habían decidido dejar de depender de las herramientas mágicas porque en el pasado eso había sido la principal causa de la destrucción del país. Debido a eso, vivir allí era más inconveniente que antes, pero estaban compensándolo al hacer uso del urbanismo y explotar el territorio. Y ahora, los ciudadanos eran libres de elegir la ocupación que deseaban.

Alibaba podía comprender ese sentimiento y la visión del nuevo Magnostadt, pero ahora sus intereses y preocupaciones eran otros. Decidido, se plantó frente a Yamuraiha y le comentó el motivo de su visita como representante del Imperio Kou, y tras su explicación, vio cómo su rostro no tardó en mostrar confusión y preocupación.

—¿Hay tal cantidad de magos capaces de usar dicha magia en el Imperio Kou? —quiso saber con ávido interés.

—Solo se necesita de un círculo mágico de teletransportación y enviar algo de Magoi a través de él —explicó Alibaba—. Y quien sea, magos o no magos podrán realizar la teletransportación.

Frente a su respuesta, Yamuraiha lo sujetó de los brazos, casi zamarreándolo.

—Un artefacto que cualquiera puede usar mientras contenga Magoi —reflexionó ella sin soltarle—. En otras palabras, es una herramienta mágica. —Alibaba no comprendía la importancia y la inquietud en su rostro. —Convertir magia de tal dimensión y complejidad en una herramienta mágica es lo siguiente a lo imposible. Piensa en ello... ¿qué pasaría si fuéramos capaces de producir en masas herramientas mágicas tan poderosas? —Confundido, Alibaba negó con la cabeza. —¡El mundo estaría lleno de usuarios de contenedores familiares!

Alibaba pensó en ello y recordó que antes las herramientas mágicas solo podían hacer cosas simples, como disparar agua. La teletransportación, esa grandiosa magia que solo tres personas en el mundo habían sido capaces de usar, siendo Koumei uno de ellos, había logrado analizar a Dantalion y convertir su magia en una herramienta mágica que podría revolucionar el flujo internacional de dinero y bienes. Parecía la clave para hacer de la compañía de comercio de Kou la mejor, pero también era un arma demasiado peligrosa, y si se empleaba equivocadamente podría llegar a ser incluso el detonante de una nueva guerra.

Aun así, Yamuraiha tomó rápidamente una decisión.

—Tienes mi permiso para abrir una sucursal también en Magnostadt —dijo con entusiasmo.

—¡¿De verdad?! —El semblante de Alibaba se llenó de felicidad.

—¡Sí! ¡Además, vamos a colaborar en un proyecto de investigación! —comentó enérgica—. Después de todo, soy una experta en magia de teletransportación. Y si combinamos nuestros conocimientos, ¡podremos alcanzar grandes mejoras en la magia!

Alibaba infló el pecho con orgullo y agradeció entusiasmado pues había logrado su primera negociación sin vínculos emocionales.

—Afinaremos los detalles para instalar la sucursal lo más pronto posible. —Yamuraiha caminó en círculos mientras pensaba en voz alta. —Durante las siguientes semanas comenzaremos con el proyecto de edificación. —Se detuvo en seco y miró a Alibaba. —Pero primero, ¿qué te parece si seguimos hablando del círculo mágico de teletransportación en la cena? Pediré que preparen un gran banquete para celebrar tu regreso. Y puedes quedarte todo el tiempo que quieras en Magnostadt. Necesitaremos de tu colaboración.

Con un movimiento sutil con la cabeza, Alibaba negó.

—Agradezco su hospitalidad, pero partiré hoy en la noche. Quiero realizar mi viaje como representante de la compañía de comercio de Kou lo más rápido posible para volver con mi hijo.

Tras su sincera respuesta, el semblante de Yamuraiha se suavizó y esbozó una sonrisa gentil.

—Entiendo, ahora tienes nuevas responsabilidades. —Amplió su sonrisa y añadió: —Azahar es un niño encantador.

—¿Lo conoce? —Alibaba se mostró curioso.

—Tuve la oportunidad cuando visité Parthevia, hace seis meses. —Bajó la mirada y su rostro se cubrió con un velo de tristeza. —La guerra civil de Kou nos afectó a todos de distintas maneras. Tu muerte y la de Ren Kouen fueron demasiado inesperadas. —Sacudió la cabeza apesadumbrada. —Lamentablemente el pequeño Azahar tuvo que pagar las consecuencias. —Miró a Alibaba y volvió a sonreír. —Pero ahora que está contigo me siento tranquila.

Alibaba sabía que la sinceridad de Yamuraiha era genuina. Ella siempre se había mostrado gentil y cercana a él durante su estadía en Sindria, y fue una de las pocas personas que se alegró por él y no lo juzgó cuando descubrió su relación con Sinbad.

—Agradezco su preocupación, señorita Yamuraiha.

Yamuraiha negó.

—No necesitas darme las gracias. —Paseó la vista por los altos edificios que rodeaban a la academia y suspiró. —Es natural que me preocupe. Además, Azahar es un niño muy especial.

Alibaba la miró con sorpresa.

—Cuando lo conocí —continuó—, pude notar su increíble habilidad para detectar el Rukh.

—¡¿Entonces en verdad puede verlo?! —Alibaba dio un paso hacia adelante con ávido interés.

Yamuraiha volteó a verle y asintió.

—Y no solo verlo, también puede manipularlo.

—Pero... —Alibaba se mostró confundido y algo inquieto. —Solo un Magi y magos pueden hacer eso.

Consciente de su preocupación e incertidumbre, Yamuraiha no dudó en explicarle.

—A diferencia de un Magi o un mago, que puede controlar el Rukh que circula en el mundo, Azahar puede manipular su propio Rukh y ver el que circula en el mundo. —Observó un momento a Alibaba, como si lo estuviera estudiando, pero rápidamente apartó la vista y miró nuevamente hacia el paisaje frente a ellos. —Los magos nacemos con la capacidad para manipular nuestro Magoi y comunicarnos con el Rukh. —Hizo una pequeña pausa. —Desconozco el método por el cual lograste concebirlo, pero asumo que debido a eso él es "diferente", porque los seres humanos deben aprender a manipular el Magoi, como tú lo hiciste con la tribu Yambala. —Miró una vez más a Alibaba. —Pero tu hijo nació con esa capacidad y le resulta normal ver el Rukh a su alrededor. No le teme, no le parece extraño.

—Piensa que son aves —reflexionó Alibaba, recordando a Azahar corriendo tras lo que él consideraba aves doradas.

Yamuraiha lo contempló con una cálida sonrisa al advertir en su rostro una expresión serena y en sus ojos un rastro claro de ternura. Con los años había aprendido a admirar la capacidad de Alibaba para afrontar la vida. El destino le había puesto pruebas muy difíciles en reiteradas ocasiones, y él a pesar de todo se levantaba y avanzaba hacia adelante con una sonrisa. No renegaba de su destino, no odiaba a sus enemigos, sabía perdonar y mantenía la esperanza viva en su corazón de lograr sus metas y sueños. Y ahora más que nunca, tras verlo nuevamente de pie frente a ella luego de haber afrontado lo más difícil e imposible para un ser humano como era el morir y volver a la vida, podía comprender el porqué Aladdin lo había elegido como su candidato a rey.

—Por cierto —dijo Alibaba de pronto, sacándola de sus pensamientos—, hay algo que me gustaría preguntarle.

—¿Qué cosa? —indagó ella.

—¿Sabe algo sobre el paradero de Aladdin?

Enmudecida, Yamuraiha empalideció y la aflicción se apoderó de su semblante.

—No, no lo sé... —contestó—. Aunque estuve en constante contacto con él antes de su desaparición.

—¡¿En serio?!

—Sí, aunque nunca me dijo nada, probablemente terminó involucrado en algún incidente. —Hizo una pausa, como si hubiera recordado algo. —Ambos, mi rey y yo... es decir, el presidente Sinbad, lo buscamos pero nos quedamos sin pistas.

Alibaba aguardó pensativo.

—Entonces fue... una desaparición misteriosa —murmuró ensimismado, y se preguntó por qué Sinbad y Kougyoku no le dieron la misma versión.

—Alibaba, acepté este trato porque tú fuiste quien lo propuso —dijo ella con seriedad. Bajó la mirada y confesó: —Para ser honesta, tengo un poco de miedo a la idea de que Kou ponga magia más grande en herramientas mágicas. Pero la era de la guerra se acabó, así que debemos continuar poniendo nuestro esfuerzo en desarrollar la magia y proteger esta era de paz.

—Sí —dijo, convencido de que los magos estaban investigando la magia por esa razón—, ¡y por eso continuaré viajando por el mundo, y definitivamente encontraré a Aladdin!

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Debido a la insistencia de Yamuraiha porque se quedara a la celebración que se haría en su honor, Alibaba partió a la mañana siguiente en el primer dirigible que lo llevaría hasta el país de quien fue su maestro durante su estancia en Sindria: El reino de Heliohapt.

Le tomó poco más de un día llegar debido a que el dirigible hacía escalas, y cuando pisó la tierra del reino de su antiguo maestro, se sintió en un mundo completamente diferente al que conocía hoy. Nunca había estado allí, y solo sabía por el propio Sharrkan algo de su cultura que distaba con cualquier otra. Enormes edificaciones a las que llamaban pirámides, arenas blancas hasta donde alcanzaba la vista y un sol abrasador pegando sobre sus cabezas hacían de Heliohapt un lugar único en el mundo.

Alibaba se presentó en el palacio y su maestro no dudó en recibirlo gracias a Yamuraiha, quien le advirtió la noche anterior por el artefacto de comunicación de su "regreso de la muerte". De inmediato mandó a preparar un gran festín por su llegada y le dio la bienvenida que merecía. Alibaba en cambio, solo se dedicó a verle con gran fascinación y orgullo porque finalmente se había convertido en el rey de Heliohapt.

Durante la amena conversación que se dio en uno de los salones que Sharrkan pidió acondicionar para recibir a Alibaba, este pudo enterarse de los detalles de su ascenso al trono de Heliohapt, y que por jugar seguir a Sinbad hasta el final había abandonado por tantos años. Sharrkan aún respetaba sus propias palabras dichas aquel entonces en Sindria, pero gracias a la paz establecida por Sinbad y el fin de las disputas dentro de Heliohapt, decidió retornar a su tierra y tomar la posición que le correspondía.

—Entonces así son las cosas —murmuró Alibaba reflexivo.

—Exactamente, y es todo gracias a Sinbad —dijo Sharrkan con agrado—. ¡Estoy realmente agradecido con él!

—Hablando de eso, ¿qué piensa de Sinbad, maestro?

Alibaba necesitaba escuchar de Sinbad desde el punto de vista de las personas que estuvieron a su lado durante los tres años que él no pudo. Era necesario para descubrir qué tanto había sido influenciado por David y si debía ponerle un atajo antes que todo se saliera de control.

—¿Piensas que es diferente a como era antes?

Ante la pregunta, Sharrkan se quedó inmóvil, como si estuviera reflexionando sobre tan repentino interrogatorio.

—¡Por supuesto! —exclamó al fin—, ¡Es diferente! —Alibaba intentó replicarle pero le interrumpió. —¡Se ha vuelto aún más increíble que antes! Fue capaz de cumplir su ambición original de crear un mundo pacífico sin guerras, y de ver cómo se realizaba.

Con cierto alivio, Alibaba comprendió que para las personas que habían acompañado a Sinbad durante tantos años, su verdadera naturaleza no había cambiado. E incluso desde su punto de vista, no parecía que estuviera siendo controlado. Era el mismo de siempre, pero a la vez podía percibir algo distinto que le inquietaba, porque por mucho que se esforzaba en ver a Sinbad como el mismo de siempre, solo conseguía ver la sombra de David asechándolo.

Sharrkan le comentó que tres años atrás, cuando la guerra civil de Kou terminó, Sinbad renunció a su trono como rey de Sindria, y que a partir de ese entonces todos deberían vivir sin estar atados a esas cosas triviales llamadas "naciones". Pero incluso para Sharrkan, que lo respetaba ciegamente, no consideraba trivial una nación. Heliohapt era preciada para él, e incluso Sindria, cuando Sinbad la gobernaba.

—Si tuviera que identificar algo que haya cambiado sobre Sinbad, sería que ha puesto su vista sobre algo más allá de los reinos —confesó Sharrkan—. En cuanto a mí, estoy luchando por estar a su nivel.

—Ya veo... —murmuró Alibaba reflexivo.

Sharrkan bebió un poco de vino y suspiró.

—En cualquier caso, este mundo que Sinbad creó es maravilloso —comentó sin apartar la copa de sus labios—. Los humanos no necesitan el odio ni matarse entre ellos. Creo que no cambiaría nada al respecto. —Sonrió y miró a Alibaba fijamente. —Quizá pienses distinto ya que no has visto el proceso por el que este mundo ha pasado desde la guerra civil de Kou. Antes de morir, tu mente y tu corazón estaban atados al Imperio, en especial a quien fue el primer príncipe.

Alibaba bajó la mirada sin saber qué contestar. Muy en el fondo podía sentir la desaprobación de las personas que lo conocían por haber elegido a Kouen, pero aunque lo repudiaran por eso, jamás renunciaría a su amor por él ni mucho menos a la ayuda que le brindaba a Kou.

—Perdona que piense así y diga esas cosas —dijo Sharrkan al ver su expresión afectada y ofendida—. Kou fue una nación que solo supo traer muerte y guerras, pero no te juzgaré por haberte enamorado de alguien como Ren Kouen. Incluso le diste un hijo. —Se rascó la cabeza con cierta incomodidad. —Es un tanto extraño decirlo incluso en voz alta.

—Es cierto —le interrumpió Alibaba con seriedad y determinación—. Me enamoré, pero nunca quité la vista de mis objetivos. Balbadd siempre fue mi prioridad.

—Lo sé. —Sharrkan sonrió. —Siempre has amado a tu país, así como yo amo el mío. Es por eso que ¡cumpliré mis deberes con toda mi fuerza! —Se puso de pie con la prestancia propia de un rey y habló. —Alibaba, tienes mi permiso para establecer una sucursal de la compañía de comercio imperial de Kou aquí. —El semblante de Alibaba se llenó de emoción. —El mar separa mi reino de Reim y Parthevia, por lo tanto definitivamente debemos tener esta tecnología del círculo mágico de teletransportación.

—¡Muchas gracias! —exclamó Alibaba contento.

Continuaron disfrutando del festín que el palacio brindó en su honor y, tras afinar las últimas negociaciones y dejar establecido el plan del círculo mágico de teletransportación, cinco días después abordó un dirigible hasta Remano, la capital imperial de Reim, donde Masrur le recibió.

Alibaba se dio cuenta que él no había cambiado nada, como si el tiempo hubiera dejado de fluir para él. Pero cuando estaba sorprendiéndose de ello, dos pequeñas manos lo alzaron como si fuera una pluma ligera.

—Papá, ¿quién es él?

Alibaba miró al suelo y vio a un pequeño niño de cabello rojo como el de Masrur mirándole fija y seriamente, como todo un Fanalis.

—¡¿Papá?! —repitió sorprendido.

—Estos son mis hijos —dijo Masrur, cargando otros tres niños iguales a él.

Alibaba lo miró impactado. ¿Cómo pudo tener cuatro hijos en solo tres años?

—¿Cuántas esposas tiene? —pensó en voz alta.

—Dos —contestó Masrur al escucharle.

—¡¿Dos?!

Contempló a los pequeños que le veían fijamente y la nostalgia lo invadió. Deseaba estar con Azahar en esos momentos y pensó en cómo él se llevaría con los hijos de Masrur. Quizá sería igual que su relación con Morgiana. Los Fanalis no se destacaban por su personalidad sociable ni mucho menos por su afinidad para relacionarse sin causar temor, pero eran leales y confiables.

—Ahora estoy en los cuerpos Fanalis —comentó Masrur mientras alzaba a sus hijos—. El capitán Muu es un buen sujeto.

—¿Por qué ya no estás con Sinbad? —quiso saber Alibaba.

—Mi presencia ya no era requerida —contestó—. Además... hay alguien más a su lado.

—¿Hablas de Ja'far?

Masrur se apartó del rostro uno de sus hijos y miró a Alibaba.

—No... ¿aún no la has conocido?

Alibaba negó, y ante su respuesta, Masrur dio la vuelta.

—Entonces no te preocupes por eso.

Confundido por su repentina actitud, decidió guardar silencio y no indagar más por el momento. Pero se atrevió a preguntar, al igual que lo hizo con Sharrkan, si notaba que Sinbad había cambiado de alguna forma.

—No sé cómo decirlo, pero me siento inquieto por él... —confesó mientras le seguía acompañado por dos de sus hijos, que no dejaban de mirarle—. Sinbad es un hombre increíble, pero incluso que un hombre tan increíble tenga el poder de tomar decisiones globales por su cuenta parece un poco... cómo debería decirlo... ¿malo?

Silencioso como se caracterizaba, Masrur se detuvo y volteó a verle son seriedad.

—Sinbad me ayudó cuando estuve en Balbadd —continuó Alibaba—. Hizo mucho por mi y todos en ese entonces. Pero probablemente habría sido mejor si solo hubiera aceptado y me hubiera ido de Balbadd en ese momento, así nadie habría muerto. —Bajó la mirada abrumado y agregó: —Pero ver cómo salieron las cosas en Balbadd y Magnostadt, me hizo darme cuenta que es mejor que las personas determinen los asuntos de sus propios países aunque sea duro y el camino no esté claro.

Como respuesta, Masrur endureció la mirada y Alibaba no dudó en cambiar de actitud.

—¡Ah, pero Sinbad no ha puesto a la Alianza Internacional detrás de mí luego que saqué a Azahar de Parthevia sin su permiso! ¡Incluso ahora me deja moverme por el mundo sin problemas!

—Sin no es un súper humano, Alibaba —dijo Masrur interrumpiéndole—. Así que no lo molestes demasiado.

—¿Molestarlo? —Alibaba lo miró confundido.

Quiso preguntarle a qué se refería, pero Masrur resopló, siendo imitado por sus cuatro hijos, y retomó el paso.

—Viniste a preguntar sobre Aladdin, ¿cierto? En ese caso, tienes que ver al Magi del imperio Reim.

Alibaba asintió y le siguió hasta el palacio donde el máximo sacerdote del Imperio Reim aguardaba. Cuando cruzó las puertas se encontró con un espacioso salón y, al fondo, un trono y tres personas —uno de ellos Muu— de pie escoltando al anfitrión aguardaban, aparentemente por su llegada.

Al reconocerle, Titus se puso de pie y con gran entusiasmo le recibió.

—¡Le damos la bienvenida al embajador de la compañía de comercio imperial de Kou... o debería decir: bienvenido de vuelta, Alibaba!

Acogido por el cálido recibimiento, Alibaba saludó a Titus y a Muu como viejos amigos a los que no veía en mucho tiempo.

—¡No han cambiado nada desde la cumbre! —exclamó sorprendido, aunque podía notar a Titus un poco más alto.

—Es bueno verte de nuevo, Alibaba.

El llamativo joven de pie junto a Titus llamó su atención. Le parecía vagamente familiar, pero no lo reconocía.

—¿Quién eres tú?

—Él es Sphintus —señaló Titus.

El rostro de Alibaba se desencajó y lo apuntó incrédulo. ¿Él era el compañero de Aladdin durante su paso por la academia Magnostadt y el que había tenido la oportunidad de conocer tras el término de la guerra en dicho lugar? No podía creerlo; en ese entonces era pequeño y con rasgos infantiles, pero ahora era más alto y llamativamente apuesto.

—¡Cuánta gente cambió mientras estuve muerto! —se quejó.

Titus soltó una sonora y cantarina carcajada.

—Bueno, en ese caso, ¡hay un lugar que te sorprenderá aún más!

Dejaron el edificio y fue llevado hasta el coliseo; el mismo donde entrenó con la tribu Yambala y aprendió a manipular su Magoi.

—¡Esto me trae enormes recuerdos! —exclamó fascinado mientras miraba desde el balcón principal la arena de lucha—. Pero de algún modo se siente diferente.

—¿Quizás porque ya no huele a sangre? —comentó Muu—. Ya no hay gladiadores después de todo.

—Y no solo los gladiadores —añadió Titus al ver el rostro desconcertado de Alibaba—. Reim abolió la esclavitud.

Alibaba no se mostró sorprendido, por el contrario, esperaba algo así luego de la intervención de la Alianza Internacional en contra de la esclavitud.

—Ya veo... —murmuró—. Las leyes de la Alianza Internacional lo prohíben. Entonces Reim se unió también, eh...

—No —le corrigió Titus—. El Imperio Reim eligió no entrar a la Alianza Internacional.

Esta vez Alibaba reaccionó con sorpresa.

—¡¿Eh?! ¡¿Por qué no?! —quiso saber.

—Porque no queríamos que la forma de vida de Reim estuviera atada por las leyes de la Alianza Internacional —explicó Titus—. Las calles no han cambiado mucho tampoco. Queremos que cualquier revolución en nuestro país sea atraída por nuestra propia gente. Y así abolimos la esclavitud por nuestra propia voluntad.

—¿Voluntad? —repitió Alibaba curioso.

Titus le explicó su lucha dos años atrás para convencer al parlamento que abolir la esclavitud era lo mejor para el presente de Reim. No servía en cien o mil años. El presente era lo único que importaba y la hora de actuar lo era todo.

Alibaba consideraba al Imperio Reim como una nación increíble, capaz de apegarse a sus principios incluso en el nuevo mundo. Sin embargo, su situación política no era del todo estable. Nerva Julius, el hijo del actual emperador, quería recuperar el sistema antiguo de Reim y gobernar por su linaje y no por votación del senado gracias a las nuevas leyes impuestas por la Alianza Internacional, que anuló el sistema hereditario. Debido a eso, Nerva odiaba a la alianza, deseando restaurar el poder de Reim con sus propias manos y devolverle su orgullo y tradición. Y para protección de Titus y del propio Imperio, Muu e Ignatius aún portaban sus contenedores de metal ya que en la actualidad, Nerva, Hakuryuu y el rey de Kina eran criminales internacionales, buscados por pretender organizar una revuelta con el pretexto de derrotar a la Alianza Internacional.

Durante el relato, Alibaba sintió que hablaban de él, cuando con sus propias manos quiso recuperar Balbadd y al final solo consiguió perder a Kassim y el control de su país.

—Estás pensando en Aladdin, ¿o no?

La repentina pregunta de Titus lo trajo de vuelta a sus sentidos y le obligó a apartar la vista del contenedor de metal de Muu.

—Viniste a hablar sobre Aladdin, ¿cierto Alibaba?

Sacudió la cabeza, apartando de sus pensamientos la figura de Nerva y su determinación para irse contra la Alianza Internacional para concentrarse en averiguar todo sobre el paradero de Aladdin.

—¿Sabes algo sobre él?

Titus vio que hablar en el balcón del Coliseo era muy impersonal y poco apropiado, por lo que resolvió llevarlo a un salón más privado, donde nadie los interrumpiera. Tomaron asiento en unos sillones alrededor de una mesa y retomaron el tema.

—¿Qué sabes de Aladdin? —insistió Alibaba con preocupación—. ¿Qué le pasó?

—Aladdin está en este mundo —contestó Titus—. Y estoy seguro de que está observando desde algún lugar más allá del alcance de los Magi como Yunnan o yo, o incluso Sinbad...

Temiendo preguntar al respecto, Alibaba tensó los labios y empuñó las manos.

—¿Puede ser que... Sinbad tenga algo que ver con su desaparición?

Los ojos de Titus se tornaron inquisidores y le vieron con profunda seriedad, como si intentara ver a través de él.

—¿Por qué piensas eso? —cuestionó.

Incómodo por la pregunta, Alibaba bajó el rostro y guardó silencio. ¿Sería prudente revelarle a Titus lo que sabía de Sinbad? ¿Era sensato involucrarlo y exponerlo a David? Pensaba que contra menos supieran la verdad más seguros estarían de su existencia. Pero Titus era un Magi, y era su deber proteger a las personas de cualquier amenaza que las pusiera en riesgo. Debía advertirle de lo que sucedería si David llevaba a cabo sus planes, aun cuando los desconociera en su totalidad.

—Mientras estuve en el otro mundo, alguien con muchos años de existencia me dijo algo —articuló al fin—. Y es debido a eso que estoy aquí.

—¿Algo como qué? —insistió Titus con interés.

Resuelto a contarle lo que sabía, Alibaba confesó lo que descubrió en el otro mundo y durante su relato vio la sorpresa y el recelo abordar el rostro de Titus.

—Entonces lo que dijo Aladdin era cierto —murmuró preocupado.

—¿De qué hablas?

—No es como si algo le hubiera pasado a Aladdin. —La expresión de Titus se tornó aun más seria. —Solo decidió desaparecer.

Alibaba se puso de pie de un salto.

—¿Qué quieres decir? —exclamó turbado—. ¿Tienes idea de dónde está? —Para él esta información era valiosa. Era primera vez que alguien le decía algo concreto sobre él. —¿Eres capaz de contactarlo?

Titus negó.

—No, ya no. Aunque... la última vez que hablamos, Aladdin dijo que debía encontrar la forma de usar la sabiduría de Solomon con el propósito de evitar que el mundo cambiara para mal. Nuestros poderes como Magi, dependiendo de la forma en la que se usen, podrían hacer caer el mundo en el caos, como lo hizo Al-Thamen.

Con una sensación de derrota, Alibaba volvió a sentarse y entrelazó sus manos y las apretó con fuerza.

—Entiendo... —murmuró cabizbajo.

—Aladdin está dispuesto a lo que sea por impedir que el mundo caiga en malas manos —continuó Titus—. Y ahora que mencionaste la conexión que Sinbad tiene con David, puedo entender su preocupación.

Alibaba levantó la cabeza y sus ojos se mostraron apesadumbrados.

—Entonces la desaparición de Aladdin tiene que ver con la sabiduría de Solomon —concluyó, a lo que Titus negó con la cabeza.

—No lo sé realmente. —Alzó la mirada y vio el cielo desde una de las ventanas de la habitación. —De vez en cuando puedo sentir su presencia...

—¿Su presencia?

—El rukh se agita... —explicó abstraído—. No, es como si la atmósfera se dividiera por la aparición de un enorme ser y luego desaparece.

Parecía algo complicado de entender, pero Alibaba suponía que los Magi tenían la capacidad de sentir la presencia del otro a través del rukh. Aun así, solo estaba seguro ahora de una cosa: Aladdin estaba vivo, y se estaba escondiendo por algo... o alguien.

—Alibaba —continuó Titus—, Aladdin debe tener sus razones para esconderse, pero volverá a nosotros cuando sea el momento correcto.

Alibaba torció los labios.

—Supongo que tienes razón.

Titus se puso de pie y cambió su semblante a uno mucho más ameno y cordial.

—Bueno, ¿por qué mejor no hablamos de negocios?

Contagiado por su entusiasmo, Alibaba asintió y se puso de pie en el momento que las puertas de la habitación se abrieron estrepitosamente y un grupo de seis personas ingresó corriendo.

—Alibaba... —La voz quebrada de Olba llegó a sus oídos. —¿Realmente eres tú?

El grupo de Olba irrumpió en el salón, y sus hermanos se abalanzaron rápidamente sobre Alibaba, sorprendiéndolo.

—¡C-chicos!

Verlos una vez más después de tantos años lo llenó de emoción, y por un instante sintió que el tiempo se había detenido para todos ellos, como si nada hubiera cambiado, como si él no hubiera muerto ni los hubiera abandonado.

—Volvimos a Reim y ahora todos participamos en las actividades del coliseo —Toto, acompañada por Olba, se le acercó igual de conmocionada para saludarle.

—Alibaba... estoy tan feliz —Olba le tomó de las manos y sollozó con el cuerpo tembloroso. —Estaba convencido de que todo se había terminado cuando moriste y Aladdin lloraba. Y no pudimos disfrutar del nacimiento de Azahar como siempre lo imaginamos.

Alibaba se sentía muy agradecido por tan emotivo recibimiento. Tenía un nudo en la garganta y las lágrimas en sus ojos apenas contenidas, pero no quería quebrarse frente a sus camaradas. Este era un reencuentro para reír, no para llorar.

Esbozó una radiante sonrisa y sujetó con firmeza los hombros de Olba.

—Gracias —expresó conmovido—. Todos han... ¿hm? —En ese momento se percató que tanto él como Toto cargaban en brazos un par de bebés recién nacidos—. ¡¿Qué es esto?! —preguntó sorprendido—. ¡¿Por qué están cargando a esos bebés?!

—Son nuestros hijos —contestó Olba.

—¡¿Hijos?! —Alibaba gritó de la impresión.

—Sí, estamos casados.

—¡¿C-casados?!

Víctima de la frustración y la conmoción por semejante noticia, se dejó caer de rodillas al suelo y lo golpeó con los puños.

—¡Todos han hecho sus vidas mientras yo tuve que pasar más de cien años rodeado de espíritus, para luego terminar discutiendo todos los días con el odioso de Judal! —chilló con amargura—. ¡No es justo!

—Por favor, explícate —pidió Olba al ver su absurda reacción.

Muu en ese momento ingresó al salón y presenció la ridícula escena. No le sorprendía; conocía a Alibaba desde su entrenamiento con la tribu Yambala, descubriendo su apasionada y a veces infantil personalidad.

—¿No pueden hacer eso en otro lado? —pidió con resignación mientras Titus reía como en mucho tiempo no lo hacía.

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Olba y los demás llevaron a Alibaba a una posada y trataron de animarlo pues podían entender que tras su regreso debió enterarse de la muerte de Kouen y del paradero de Azahar, ignorando lo que ya sabía.

—¡Alibaba por favor, contrólate! —pidió Olba al verle arrinconado contra una pared.

—El mundo es tan injusto —sollozó quejumbroso—. Todos han estado viviendo su vida mientras yo sigo soltero.

Afligido, Olba torció los labios e intercambió miradas con sus hermanos.

—Alibaba, sabemos que es difícil para ti haberte enterado de lo que sucedió con Kouen...

Se formó un extraño y repentino silencio, y Alibaba se dio cuenta que muchos ignoraban la verdad sobre Kouen. Decidió entonces dejar su ridícula actitud y se puso de pie.

—Sobre Kouen —pronunció—, ya sé lo que ocurrió.

—Sentimos mucho lo que le pasó —dijo Olba con pesar—. No pudimos hacer nada por él. Lo vimos morir y luego... Hakuryuu se quedó con Azahar. —Se inclinó avergonzado. —Perdónanos por favor.

Alibaba negó y le obligó a levantar la cabeza.

—No tengo nada que perdonarles —pronunció tranquilo—. Está bien.

Sus palabras templadas y su actitud casi inmutable confundieron a Olba y los demás. ¿Acaso le era indiferente la muerte de Kouen?

Olba dio un paso hacia él visiblemente preocupado.

—Alibaba, ¿no estás afectado por su muerte? —Lo sujetó de los hombros y lo zamarreó un poco. —Después de todo lo que vivieron... ¡acaso tú...!

Alibaba sonrió y negó.

—Él está vivo —declaró—. Es más, me reuní con él hace un par de semanas y Azahar está con él.

El rostro de Olba se desencajó y los demás enmudecieron estupefactos.

—E-es... es imposible —tartamudeó Olba—. Vimos a Kouen ser ejecutado. Lo vimos morir y no pudimos hacer nada. —Bajó la cabeza y la sacudió, incrédulo a las palabras de Alibaba y a su actitud relajada. —Lo siento Alibaba.

Él palmeó su espalda y trató de confortarlo.

—No te disculpes —le dijo—. Fue por mi culpa que todo terminó de esa forma. No pude cumplirle mi promesa a Kouen.

Abrumado por el peso de sus palabras, Olba reparó en su expresión herida y comprendió lo mucho que le afectaba haber dejado solo a Kouen. Lo supieron en ese entonces, cuando lo vieron a él derrumbarse tras su muerte y luego ser ejecutado, dejando a Azahar solo y con un destino incierto.

—Tras su ejecución decidimos quedarnos en Rakushou —manifestó luego que Alibaba dejara su espalda.

—¿Se quedaron allá? —preguntó él sorprendido.

Olba asintió.

—Después de todo lo que hizo Hakuryuu. —Frunció el ceño y miró a sus dos bebés que descansaban en brazos de Toto. Volvió la vista a Alibaba y continuó. —Te asesinó y ejecutó a Kouen; claramente no confiábamos en lo que pudiera hacerle a Azahar. Así que lo mantuvimos vigilado, pero vimos su dedicación y cariño a pesar de lo que les hizo a ustedes dos. Y cuando le restituyó su título de príncipe, logrando así que finalmente lo respetaran como tal, comprendimos que en verdad no tenía rencor contra él, y fue cuando decidimos dejarlo tranquilo.

Enmudecido por el relato, Alibaba no lograba salir de la impresión. Sus contenedores familiares, sus amigos, ellos habían tomado la iniciativa de velar por la seguridad de Azahar ante su ausencia, habían cuidado de él como si fuera su propio hijo o un propio miembro de la familia que habían construido con lazos de amistad y cariño, y entonces comprendió que era muy afortunado por haber sorteado tantos obstáculos para conocerlos y formar parte de sus vidas como un miembro más de su familia.

Conmovido, bajó la mirada y reprimió un sollozo.

—No hay forma de pagarles por lo que hicieron.

Esta vez fue Olba el que palmeó su espalda.

—No digas tonterías. —Buscó su mirada y le ofreció una sonrisa. —Lo hicimos porque Azahar también es importante para nosotros. Es nuestro sobrino.

Agradecido y alentado por sus palabras, Alibaba se frotó los ojos con el puño y borró cualquier atisbo de llanto.

—Gracias en verdad, a todos. —Esbozó una sonrisa y su semblante se refrescó. —Hicieron algo increíble, y nunca terminaré de agradecérselos.

En ese momento llegó a sus oídos el gimoteo de los bebés de Toto y Olba. Curioso por conocerlos de cerca, se aproximó y los contempló con fascinación. Eran tan pequeños y vulnerables, que solo pensó en lo afortunado que eran sus amigos por haber logrado algo maravilloso.

—¿Puedo? —preguntó con la intención sostener a uno de ellos, a lo que Toto asintió con agrado y se lo entregó.

Con un cuidado especial, Alibaba lo sostuvo y sintió su calor y su pequeño cuerpo amoldarse entre sus brazos mientras le veía agitar sus manos con la intención de aferrarse a su ropa. La sensación era reconfortante, casi mágica, y le fue imposible evitar pensar en cómo hubiera sido sostener a Azahar cuando era un recién nacido. El bebé de Toto y Olba le transmitió esa conmovedora emoción y su corazón se oprimió doloroso, porque si no hubiera muerto, si no hubiera tenido la estúpida ilusión de convencer a Hakuryuu de desistir de su golpe de estado, si no hubiera sido tan débil al enfrentarle, habría podido vivir este momento con Azahar. Habría podido escuchar su primer llanto y contenerlo entre sus brazos. Sus ojos ardieron pero los apretó con fuerza, negándose a llorar; debía ser agradecido y disfrutar a su pequeño hijo con sus tres años de vida, ofreciéndole todo el amor que había guardado para él.

Continuó contemplando a su "sobrino" mientras se desplazaba por la habitación bajo la mirada conmovida de sus amigos, que adivinaban lo que en ese momento atravesaba por su mente.

De pronto recordó algo y preguntó:

—Olba, tú detestabas a Hakuryuu. ¿En todo ese tiempo no se pelearon?

Su pregunta lo sorprendió, pero negó y su semblante se tornó preocupado.

—Pensaba matarlo por lo que te había hecho —contestó con seriedad—, pero estaba al cuidado de Azahar. Y después de verlo luchar tanto por gobernar su país... no pude oponerme más a él.

—Ya veo... —Alibaba bajó la mirada con preocupación y le devolvió a Toto su pequeño hijo. —Entonces Hakuryuu realmente estaba dándolo todo.

—Fue muy duro para él ver que sus intentos por mantener a flote la economía del imperio resultaron en vano —continuó Olba—. La Alianza internacional no dudó en hundirlo, aunque finjan ser condescendientes con los países en crisis. Sinbad no tuvo piedad con él luego de tenderle una mano durante la guerra civil. —Miró a Alibaba y le preguntó preocupado. —Pero dime algo, ¿cómo es que Azahar terminó con Kouen? Lo último que supimos fue que Sinbad se había hecho cargo de él. —Se cruzó de brazos y lo encaró entornando la mirada. —No me digas que... ¿te lo entregó voluntariamente? Porque hasta donde supimos, ni la emperatriz Kougyoku fue capaz de recuperar su custodia luego que Hakuryuu desapareció.

—Bueno... —Se rascó la cabeza nervioso. —Lo saqué a escondidas.

—¡¿Qué?! —Todos saltaron.

—¿Lo secuestraste?! —exclamó Olba.

—No se le puede llamar secuestro si es uno de los padres biológicos quien se lo lleva —le rebatió Alibaba—. Además no hice nada malo. Es mi hijo y puedo llevarlo conmigo a donde quiera.

Toto, que aguardaba de pie a su lado, apoyó una mano sobre su hombro.

—En tu lugar habría hecho lo mismo. —Miró a su bebé y luego volvió la vista a Alibaba, ofreciéndole una sonrisa. —Tienes mi apoyo, Alibaba. Además, las leyes que creó Sinbad son muy extrañas y complejas.

—¿Las... leyes que creó Sinbad? —Alibaba la miró confundido.

—Él ha creado la mayoría de las leyes. Una de ellas tiene que ver con la tuición legal de huérfanos víctimas de las guerras.

Una vez más Sinbad le había mentido, pero lejos de molestarse, Alibaba solo se alegró por haber sacado a Azahar de Parthevia y llevado a su verdadero hogar.

—Como sea —dijo Olba, parándose junto a Toto—, nos da gusto que Kouen esté con vida y hayas podido reunirte con él.

Alibaba asintió agradecido y decidió cambiar el tema.

—Por cierto, ¿Judal alguna vez llegó al Imperio Kou?

Olba y sus hermanos intercambiaron miradas.

—¿Quién es Judal? —preguntó uno de ellos.

—Ese mago que interrumpió durante la cumbre —señaló otro.

—¡Ah!, ese sujeto... —Olba logró recordarlo y negó con la cabeza. —Nunca lo vimos mientras estuvimos en Kou.

—¿No había muerto? —cuestionó uno de los hermanos de Olba—. Incluso el emperador Hakuryuu hizo una ceremonia fúnebre para él.

Alibaba se sintió inquieto y una incómoda preocupación comenzó a invadirlo. Si Judal no se había reunido con Hakuryuu en todo este tiempo, ¿entonces dónde estaba? ¿Dónde se encontraban realmente Morgiana, Aladdin, Judal y Hakuryuu?

La velada continuó entre risas y recuerdos, hasta que Alibaba le pidió a Olba y los demás que le tendieran una mano con la compañía de comercio. Estaba un poco abrumado al carecer de personal para ayudarle, y frente a la ausencia de Azahar y Kouen durante tan largo viaje, se sentía solo.

Olba y los demás no dudaron en aceptar, pues el haber trabajado un año en Kou les daba la experiencia suficiente para asistirle sin inconvenientes.

—¡La tropa de Alibaba se reúne nuevamente! —prorrumpieron con gran entusiasmo.

Visiblemente emocionado, Alibaba solo pudo sonreír al ver que, como si el tiempo no hubiera transcurrido, volvía a estar con sus camaradas que tres años atrás habían jurado seguirle.

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Fue al día siguiente que Alibaba se reunió con Titus y le expuso la idea de Kou con su sistema de transporte a través de círculos mágicos. La propuesta les resultaba muy atractiva ya que al no pertenecer a la Alianza Internacional, el sistema de negocios de Reim era limitado. La Alianza no dudaba en castigarlos y presionarlos debido a su rechazo de unirse a ellos y a que aún poseía ejército. Los restringían con dirigibles y estrechaban las rutas marítimas, obligándoles así a transportar cierta cantidad de bienes.

Titus aseguró con gran interés conversar la propuesta con el senado, dando una resolución en cinco días. Para ese entonces, Alibaba se familiarizó con Reim nuevamente, reviviendo su estancia allí cuando entrenó con los Yambala y luchó en el coliseo, que ahora solo servía para juegos de rol.

Finalmente, Reim aceptó hacer negocios con Kou y permitió la instalación de una sucursal. Era una nueva victoria comercial para Alibaba, por lo que ahora solo quedaba visitar el país más importante, y esperaba que no fuera el más difícil.

—¿A dónde iremos ahora? —preguntó Olba mientras Alibaba revisaba el mapa camino a la estación de dirigibles.

—A Parthevia —contestó sin apartar la vista del documento—. Después de todo es el centro del mundo, ¿no?

Alibaba no quería pensar en los planes de Sinbad ni en su conexión con David. Su principal interés y preocupación era ayudar a Kougyoku y a Kou que estaba bajo presión por la forma en la que funcionaba el mundo. Y estaba dispuesto a dedicar toda su fuerza en eso, convencido de que si lo hacía, podría ver a Aladdin otra vez.

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Resultaba inevitable para Alibaba sentir que todo estaba saliendo de acuerdo al plan. Cada país visitado había aceptado su propuesta, y solo quedaba, dentro de los más importantes: Parthevia.

Bajaron del dirigible cuando las primeras estrellas comenzaron a aparecer en el cielo y Alibaba les dio a sus amigos un pequeño recorrido por la ciudad.

—Y esta es la sede de la compañía de comercio de Sindria —pronunció de pie frente al soberbio edificio.

Olba y los demás sin embargo, lejos de impresionarse por la maravillosa edificación, reaccionaron horrorizados.

—¡¿Qué demonios es esto?! —exclamó Olba con los ojos abiertos como plato.

—Me siento enfermo —comentó uno de sus hermanos.

—Grande... —dijo otro—. Ridículamente grande.

Alibaba rió.

—Reaccioné de la misma forma cuando vine aquí la primera vez.

Ajeno a su repentina e ilegal salida de Parthevia, estaba convencido que si lograba que Parthevia estuviera de acuerdo con las negociaciones de comercio, podrían trabajar con el mismo centro del mundo y la economía de Kou se recuperaría. Se sentía muy entusiasmado, y estaba dispuesto a correr cualquier riesgo por el bien del Imperio. Sinbad no había levantado cargos en su contra, por lo que la Alianza Internacional no podía ponerle una mano encima.

—¡Bien, vamos a negociar! —anunció alzando las manos.

—¡No esperaba menos de ti, Alibaba! —dijo Olba impresionado—. ¡¿Hasta conoces al emperador de Parthevia?!

Alibaba bajó los brazos y negó.

—Por desgracia no lo conozco, pero voy a preguntarle a él.

Adivinando la respuesta, Olba entornó la mirada.

—¿A él? —repitió—. ¿Te refieres a...?

—Es el único que puede ayudarme. —Alibaba torció los labios y bajó la vista. —No tengo otra opción.

Contrariado, Olba resopló y se cruzó de brazos.

—No lo sé Alibaba, no deberías confiar tanto en él.

—¿Por qué lo dices?

Olba esquivó la mirada y negó con la cabeza.

—No me hagas caso.

Sus palabras y reacción frente a la ayuda que le pediría a Sinbad no dejaron tranquilo a Alibaba. Tuvo la intención de interrogarle pues necesitaba recopilar cualquier información sobre Sinbad en los últimos tres años, pero prefirió dejar eso para después. Necesitaba acelerar su proceso como embajador de la compañía de comercio, y cualquier minuto le resultaba valioso, por lo que ingresó al edificio y pidió una audiencia con Sinbad. La recepcionista lo reconoció al instante, por lo que no puso objeción en anunciar su llegada.

Una vez que fue autorizado su ingreso, dejó a Olba y los demás en la recepción. Necesitaba realizar este encuentro a solas, y cuando cruzó las puertas de la oficina principal, tuvo una extraña sensación invadiéndole el cuerpo, como si hubiera pasado mucho tiempo desde la última vez que estuvo allí. Vio a Sinbad de pie tras su escritorio, esperándole, y un vértigo le hizo contener el aliento y pensar en lo que sentía ante el inevitable encuentro de sus miradas. ¿Enojo? ¿Decepción? ¿Frustración? Cualquiera fuera la emoción, procuraría no dejar que lo dominara. Intentaría jugar el mismo juego que Sinbad, y dejaría a un lado las rencillas para obtener algo a cambio.

—Alibaba. —Su voz resonó en sus oídos y su piel se erizó.

—Hola Sinbad.

Sinbad dejó la seguridad de su escritorio y cruzó la habitación para recibirle.

—No creí que volverías después de nuestra última conversación —pronunció expectante por su reacción.

Muy en el fondo temía por la respuesta y reacción de Alibaba. Cuando discutieron fue muy imprudente; se dejó llevar rápido por los celos y la frustración y dejó que estos lo alejaran todavía más. Pero se sorprendió cuando vio su semblante tan radiante como siempre y sus ojos dedicándole una mirada gentil y agradecida.

—No te preocupes por eso —pronunció Alibaba mientras se le acercaba—. Las cosas quedaron claras entre los dos, ¿no?

—Tienes razón. —Dejó escapar un suspiro y se quitó un peso de encima. —Y perdona otra vez por no haberte comentado nada sobre Kouen.

Alibaba se detuvo salvaguardando la distancia y negó con la cabeza.

—Creo que estamos a mano. —Se rascó la cabeza fingiendo algo de arrepentimiento y esbozó una sonrisa. —Después de todo, me llevé a Azahar sin tu consentimiento.

—Sobre eso no te preocupes —le contestó Sinbad con tono gentil—. Estabas en tu justo derecho. —Bajó la mirada y en sus ojos se pudo ver un profundo pesar que oprimió el corazón de Alibaba. —Sé que cometí un error irreparable al quedarme con Azahar, y es por eso que ya se están tramitando los papeles para otorgarte a ti y a Kouen su custodia legal. Ustedes finalmente serán reconocidos como sus padres biológicos.

Después de eso, Alibaba no podía recriminarle por haber creado una ley tan castigadora a los padres y familias de los niños huérfanos. Azahar en poco tiempo sería legalmente suyo y de Kouen, y eso era lo único que le importaba.

—Gracias, Sinbad.

El semblante de Sinbad se mantuvo con ese atisbo de culpa que Alibaba ya había visto antes y le vio negar con la cabeza.

—No necesitas agradecerlo; es lo mínimo que podía hacer por ti. —Dio un paso hacia él y trató de alcanzar su rostro, pero al ver sus intenciones, Alibaba lo esquivó y se alejó casual.

—Supongo que ya sabes el motivo por el que estoy aquí —pronunció mientras veía el paisaje nocturno desde el ventanal.

Sinbad ignoró su evidente desaire y le contestó.

—Así es, escuché los rumores.

Alibaba apenas lo miró.

—Las noticias se esparcen demasiado rápido —comentó volviendo la vista al frente.

—Bueno, es por los dispositivos de comunicación —explicó Sinbad—. Son capaces de transmitir información alrededor del mundo en cuestión de segundos.

—Ya veo. —Alibaba volvió a mirarle y regresó con él. —Esta era es increíble.

Sinbad lo vio acercársele y amplió su sonrisa.

—Pero dime una cosa, ¿cómo convertiste en herramienta mágica el círculo mágico de teletransportación? —preguntó con ávida curiosidad.

—Bueno. —Con una sonrisa casi traviesa, Alibaba se rascó una mejilla. —¡No puedo decirte! Estamos compitiendo ahora después de todo. ¡Pero por favor espera con ansias esta nueva tecnología! —Dejó a un lado las risas y vio fijamente a Sinbad. —Por esa razón, me gustaría negociar con los sujetos que están a cargo de Parthevia. Pero no conozco a ninguno. —Profundizó su mirada y le preguntó: —Sinbad, ¿podrías presentarme a alguien?

Sinbad no contestó. Aguardó un momento, como si intentara estudiar sus intenciones a través de sus ojos que lo veían fijamente.

—¡Claro! —contestó finalmente—. Conozco al emperador de Parthevia.

—¡¿Eh?! —Alibaba saltó entusiasmado y dio un paso al frente. —¡¿Al emperador?!¡¿Podrías presentármelo?!

Sinbad asintió mientras caminaba hacia su escritorio.

—Por supuesto —contestó—. Después de todo, el imperio de Parthevia es mi lugar de nacimiento.

—¡Sí, es lo que está escrito en el primer capítulo de "las aventuras de Sinbad"! —Alibaba exclamó con evidente entusiasmo. —Es una de mis partes favoritas... ¡esa escena donde la luz de siete colores apareció en tu aldea con un gran "boom" donde naciste! —Su rostro se llenó de emoción y fascinación y agitó las manos de un lado a otro. —Después de eso, las señoritas conocidas como las "bellezas de los siete mares" se dieron cuenta de que el rey de la aventura había nacido, miraron hacia el cielo y comenzaron a llorar con intensidad. Y luego...

—¡Whaa! ¡Qué vergüenza! —Sinbad se llevó las manos al rostro. —¡Alibaba! Se dramatizaron las cosas un poco —señaló incómodo—. No deberías creer todo lo que está escrito en mis libros. ¿Entendido?

Alibaba asintió, aunque se sentía ligeramente decepcionado de que su escena favorita fuera una simple exageración literaria.

—¿Eh? Ah... ya veo. —Se rascó la cabeza. —Cuando era niño, me quedaba absorto leyendo tus libros.

—Y ahora eres el representante de una compañía de comercio, igual que yo —enfatizó Sinbad.

El semblante de Alibaba se mostró satisfecho y miró a Sinbad con profundo agrado.

—Y si lo piensas de esa forma, las cosas han tomado un giro interesante. —Bajó la mirada por un instante, como si hubiera repasado rápidamente el pasado y, tras volver a verle, le ofreció una cálida sonrisa. —A pesar de todo por lo que hemos atravesado, estamos ahora conversando como representantes de nuestras compañías de comercio.

En silencio, Sinbad contempló su radiante sonrisa y su mirada sincera; la misma que tantas veces le dedicó con una cálida mezcla de amor y admiración. Sabía que por sus malas decisiones jamás la volvería a ver, pero se negaba a renunciar a su empeño por recuperar su corazón, y, tras devolverle el gesto, tomó una decisión.

—Hablaré con el emperador de Parthevia. —Estudió cauteloso la reacción de Alibaba. —Le diré que eres un muy buen amigo con un gran plan de negocio.

—¡¿De verdad?! —Alibaba dio un paso hacia él entrelazando las manos visiblemente emocionado. —¡¿De verdad harías eso por mí?!

Sinbad no sabía qué resultado le traería su decisión, pero esperaba que fuera beneficiosa para él en muchos sentidos, no solo comerciales.

—Más allá de lo que vivimos en el pasado, la compañía de comercio imperial de Kou suena a un buen negocio después de todo.

Ignorando su verdadero propósito, Alibaba solo pudo agradecerle asegurándole que las negociaciones le traerían también muchos beneficios a su compañía. No quería pensar en una doble intención de su parte; solo en la posibilidad de lograr una negociación exitosa para el futuro de Kou.

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Tal como lo prometió, Sinbad consiguió para Alibaba una audiencia con el emperador de Parthevia. La reunión se llevó a cabo a la mañana siguiente, y, al igual que sucedió con los otros líderes a los cuales visitó, el trigésimo segundo emperador de Parthevia, Ceylan Dikumenowlz du Parthevia aprobó sin inconvenientes la instalación de una sucursal del Imperio Kou en el país. La reunión duró escasos minutos, pero fueron suficientes para dejar una buena impresión en Alibaba al conocer finalmente a un líder que, si bien no daba una fuerte impresión, tenía una autoridad incuestionable en las decisiones del país que hoy en día era el más importante del mundo.

La confirmación definitiva de la aprobación de la sucursal se daría en dos semanas; tiempo suficiente que Alibaba aprovecharía para visitar a los demás países que quedaban en su itinerario antes de regresar a la isla Samon.

—¡Me fue mejor de lo que creí! —exclamó Alibaba luego de reunirse con Sinbad en su oficina para comentarle su impresión de la reunión con el emperador.

Sinbad sonrió y miró casual a la ventana, donde una anaranjada puesta de sol se dejaba ver entre los imponentes edificios que cortaban el cielo como cuchillas.

—Me alegro que hayas conseguido la autorización inmediata.

Pensativo, Alibaba asintió y se cruzó de brazos.

—Aunque aún debo esperar otras dos semanas para que el parlamento apruebe la instalación de la sucursal.

—No es tan sencillo como antes —comentó Sinbad con tranquilidad—. Ahora los países funcionan con parlamentos que tienen autoridad para aprobar o desaprobar leyes promovidas por los jefes de estado.

Para Alibaba no era sorpresa que el mundo actual funcionara de esa forma. Parecía idóneo luego de vivir épocas de tiranía y absolutismo, dejando a las personas a merced de malos gobernantes y reinos en crisis y desigualdad. Suspiró con nostalgia y se preguntó qué rumbo habría tomado su vida si hubiera aceptado regresar a Balbadd y recuperaba su título de tercer príncipe.

Sinbad notó su repentino mutismo y se atrevió a hacerle una invitación.

—Ya que estás aquí, ¿por qué no te quedas a cenar?

Alibaba salió de su repentino sopor y le prestó atención a su propuesta. No le parecía mala idea y no había motivo para rechazarla. Puso especial atención en su semblante y no percibió nada peligroso ni extraño en él.

—Está bien —contestó—. Le diré a Olba y los demás.

Sinbad negó sin borrar la sonrisa de su rostro.

—Me refería a nosotros dos, a solas.

Vacilante, Alibaba volvió a repasar su expresión y la forma en la que sugirió la invitación. Intentó advertir algo en sus palabras o en la manera que le miraba, pero al no descubrir nada raro, aceptó.

—Ordenaré que preparen algo que seguro te gustará —dijo Sinbad sin disimular su entusiasmo.

Y con eso en mente mandó a preparar una cena especial. La velada se llevaría a cabo en el comedor privado que había mandado a diseñar para él y sus invitados especiales lejos de su rol como figura pública. Quería que esta noche fuera perfecta, por lo que pidió a sus maestros cocineros la mejor cena nunca antes preparada.

Una gran variedad de platillos típicos de Parthevia fueron dispuestos en una mesa rectangular que, si bien entonaba a la perfección con los lujos propios de la sede central de la compañía de comercio de Sindria, para Alibaba la habitación y sus aditamentos resultaron bastante acogedores. Se relamió los labios ante semejante festín culinario y tomó asiento bajo la atenta mirada de Sinbad, quien había tomado asiento a la cabeza de la mesa.

—¿Te gusta? —quiso saber luego que le vio degustar el primer platillo de la noche.

—Mucho —dijo Alibaba mientras masticaba un trozo de cordero untado en salsa de garbanzos—. Nunca antes había probado algo así.

—Me alegro. —Sinbad le miraba complaciente. —Ordené que prepararan lo mejor.

Alibaba le echó una mirada con cierto aire de desaprobación y cortó un trozo más de cordero.

—No deberías consentirme tanto —pidió mientras se llevaba el tenedor a la boca.

Sinbad cogió su copa de vino y le dio un pequeño sorbo.

—Me gusta agasajar a mis invitados —aclaró sin dejar de mirarle—, y más si son personas especiales para mí.

Los dos se quedaron en silencio, y Alibaba alcanzó su copa de vino para beber de ella y así disimular el incómodo momento.

—Creí que vendrías con Azahar —dijo Sinbad de pronto, arrepintiéndose pues podía adivinar la respuesta.

—Decidí dejarlo con Kouen —contestó Alibaba con llaneza. Tomó el tenedor y un trozo de papa rellena—. Necesitan compartir un tiempo juntos para recuperar el tiempo que estuvieron separados.

La mirada de Sinbad se tornó lúgubre y, por primera vez en la noche, decidió dejar de contemplar a Alibaba para enfocarse en su plato.

—Ya veo, así que está con él. —Tomó el cuchillo y cortó con cierta molestia un trozo de cerdo marinado en vino. —Me imagino que fue toda una sorpresa para Kouen poder conocerlo al fin.

—Lo que Hakuryuu hizo fue injusto —dijo Alibaba—, pero puedo entender los motivos que lo movieron en ese entonces. —Hizo una pausa y una cálida sonrisa apareció en sus labios. —Le agradeceré siempre por haber perdonado la vida de Kouen y haber cuidado de Azahar. Él es muy querido en Kou gracias a él. —Su sonrisa se desvaneció levemente. —Antes creía que no iba a ser aceptado, pero ahora lo miran con cariño y un profundo respeto.

Enmudecido, Sinbad notó que se algo subía por su estómago hasta su pecho al contemplar la mirada cargada de afecto que había acudido a los ojos de Alibaba al hablar de Azahar. Y en ese preciso instante, cuando reparó en esa dulce mirada que nunca antes había visto, supo que era testigo de su verdadera hermosura.

—Es difícil no encariñarse con él —comentó con fascinación—. Se parece mucho a ti.

Alibaba lo miró y su sonrisa volvió a cobrar vida.

—Kouen dijo lo mismo —señaló contento, pero reparó en el semblante sombrío de Sinbad al mencionar aquello y volvió a beber vino. —Por cierto, olvidé agradecerte por haber perdonado la deuda de Kou.

—Solo la retrasé —dijo Sinbad con llaneza.

—Es igual. —Alibaba le rebatió sin desmerecerlo. —Pero hiciste algo noble por Kou.

Sinbad bajó la mirada y contempló su plato, pensativo.

—Te sientes muy apegados a ellos —comentó con tono ausente—, aunque no me sorprende... Azahar te une a la familia Ren. —Alzó la mirada y entornó los ojos de manera inquisitiva. —¿Por eso lograste ser representante de su compañía de comercio?

Alibaba detuvo el tenedor mitad de camino entre su boca y el plato y clavó con aspereza sus ojos en los de Sinbad. Quiso pensar que su pregunta había sido sin dobles intenciones, pero esta vez pudo advertir algo en su mirada que lo incomodó y molestó.

—Kougyoku me lo pidió —contestó con franqueza—. Llegué cuando estaban atravesando por un difícil momento y quiso apostar por mí dada la facilidad que tengo para relacionarme con los demás. —Se encogió de hombros. —Eso es todo.

—Ya veo... —Sinbad apartó la mirada al notar la tensión en su rostro. —Tenía entendido que las políticas de Kou eran muy herméticas, pero en tu caso pudiste ascender rápido al ser amigo de la emperatriz.

A su comentario le siguió un nuevo e incómodo silencio que en esta ocasión Alibaba no quiso romper. Entornó la mirada y permaneció con los puños cerrados sobre la mesa al darse cuenta que la conversación de pronto se había puesto cada vez menos agradable. ¿En qué momento Sinbad había logrado dar vuelta las cosas y calificarlo como un oportunista? Lo mismo vivió en Balbadd cuando accedió a ser la mano derecha de Kouen. Día tras día tuvo que soportar en silencio a quienes lo juzgaron y etiquetaron como una persona incapaz de hacer algo honesto. ¿Acaso él daba esa impresión o Sinbad solo buscaba conseguir algo de todo esto?

—Puede que mi amistad con Kougyoku me haya facilitado llegar al puesto de primer ministro, pero mi único interés es ayudar al Imperio Kou —espetó, intentando contener su enfado—. Este nuevo mundo no fue hecho para ellos... y lo sabes perfectamente.

Como un disimulado gesto de satisfacción, Sinbad volvió a tomar un sorbo de vino.

—Es una lástima para esa nación, pero este mundo es el mundo que todos quieren y en el que pueden vivir en paz.

—Kou también buscaba la paz —soltó Alibaba con la necesidad de dejárselo muy en claro. Él más que nadie conocía los verdaderos planes de Kou y los motivos que movieron a Kouen para hacer de la guerra el camino hacia la paz.

—Kou buscaba la paz por medio de guerras y muerte —le rebatió Sinbad—. Yo lo logré sin derramar sangre ni opresión. Todos viven libres, respetando sus culturas. Kou quería imponer la propia en el mundo, sus reglas, sus ideologías.

Alibaba bajó la mirada con cierta derrota y suspiró.

—Tienes razón —confesó con sinceridad. Volvió a alzar la vista y lo encaró—, pero tú has hecho lo mismo.

Sinbad enmudeció y lo miró ofendido.

—Sinbad, impones leyes que no a todos les pueden gustar, y si se oponen son considerados criminales o rebeldes. —Se inclinó un poco hacia adelante y preguntó: —¿Qué piensas de los piratas aéreos?

Aún enmudecido, Sinbad pensó muy bien las palabras que diría antes de contestar. Se dio cuenta que Alibaba no estaba de acuerdo con él, y buscaría cualquier falla en su sistema para echarlo abajo.

—Es un hecho lamentable —contestó finalmente—, pero la Alianza ya se está encargando de solucionar ese asunto.

—No es solo un asunto —espetó Alibaba, frunciendo los labios con disgusto—. Esas personas fueron soldados, seres humanos con dignidad, y tú se las quitaste al instaurar este sistema sin brindarles ayuda para volver a ser las personas que fueron antes.

Sinbad tomó sin prisa su copa de vino y le dio un par de sorbos antes de contestar. Alibaba, cada vez más incómodo, no sabía si debía cambiar el rumbo de la conversación o hacerle frente sin medir las consecuencias. No quería pelear, pero le irritaba la indolencia de Sinbad y la falta de modestia para admitir que su sistema, que si bien era eficiente, no era perfecto.

—Este mundo es muy grande —comentó él sin quitarle los ojos de encima—, y no se puede ayudar a todos por igual.

Alibaba no pudo evitar mostrar cierta sorpresa ante su respuesta. Alzó una ceja con incredulidad y soltó:

—Creí que este mundo era perfecto.

Los labios de Sinbad no pudieron reprimir una media sonrisa. Alibaba había notado las fallas de su utopía y no dudó en señalárselas con la honestidad tan propia de su personalidad.

—¿Intentas decirme que no hice un mundo perfecto? —indagó curioso.

Antes de responder, Alibaba estudió la expresión de Sinbad. ¿Se suponía que debía adularlo y celebrar sus logros? No, debía ser sincero. Sinbad solo era el instrumento de una entidad aún más poderosa que movía sus hilos entre las sombras.

—Solo te digo que si asumiste esta enorme responsabilidad tu solo, puedas también brindarle la ayuda a todos como lo merecen.

No obtuvo respuesta. Durante unos momentos el semblante de Sinbad continuó mostrando la misma expresión. De pronto, sus ojos se abrieron igual que si acabara de escuchar una imperdonable ofensa, pero rápidamente la tensión de su rostro se disipó y la molestia de su mirada acabo diluyéndose tras una confiable sonrisa.

—Lo haré, no te preocupes.

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Continuaron la velada en una terraza privada con vista a los rascacielos, y mientras Alibaba narraba las vicisitudes de su viaje como embajador de la compañía de comercio de Kou, su copa de vino fue llenada hasta perder la cuenta. Al cabo de cuatro horas, se dio cuenta que había olvidado su falta de control con el vino cuando se sentía cómodo y decidió no continuar complaciendo las atenciones de Sinbad, quien era el responsable de sus primeros síntomas de embriaguez.

—¿Quieres más? —le oyó decir.

Negó aun cuando tenía la copa en frente para que le vertiera más licor.

—Creo que ya debo parar. —La dejó sobre una pequeña mesa y sacudió la cabeza. —Si no lo hago terminaré olvidando todo lo que conversamos.

Accediendo a su petición, Sinbad desistió, pero ya era demasiado tarde, su mente ya se encontraba adormilada y sus sentidos aletargados. Tan entusiasmado estaba de sus logros y de tan agradable charla que no se percató que el vino se le había subido a la cabeza. Miró con recelo su copa a medio terminar sobre la mesa y se lamentó por ese mal hábito de no medirse con el alcohol. ¿Acaso tenía poco aguante o era un problema de control lo que le dejaba siempre en ese patético estado? No quiso pensar en ello y con cierta torpeza se puso de pie.

—Creo que ya debo marcharme —anunció, frotándose los ojos en un intento por enfocar su visión que era borrosa y ondulada, como si todo diera vuelta a su alrededor.

—¿Por qué si estamos pasándolo tan bien? —preguntó Sinbad—. ¿Acaso te sientes mal?

Alibaba negó con la cabeza y se arrepintió de haberlo hecho. Todo le dio vueltas y terminó nuevamente sentado de golpe en el sillón.

—Es solo que bebí demasiado. —Soltó una carcajada. —Nunca aprendo.

—Siempre has tenido problemas con el alcohol —señaló Sinbad—, aunque digas que lo toleras bien.

Alibaba intentó levantarse nuevamente pero fue inútil; el mundo a su alrededor giraba sin control.

—Ven, te ayudaré —le dijo Sinbad.

—Siempre tan atento. —Alibaba soltó una pequeña carcajada cuando Sinbad le ayudó a dejar el sillón. Se tambaleó en el proceso y sintió que su brazo derecho era acomodado sobre los hombros de Sinbad—. ¿Adónde me llevarás? Olba y los demás me esperan en el hotel.

—Ellos ya deben estar dormidos —le contestó—. Acá hay habitaciones de sobra.

Lo cierto era que no tenía mucho sentido dejar el edificio y causarle inconvenientes a Sinbad, por lo que cerró los ojos y se dejó llevar sin inconvenientes. Sinbad lo guió por el corredor pensando en cómo habían cambiado las cosas entre los dos. Entre ellos existía una brecha enorme que por más que lo intentara no podía superar, aun cuando hubiera una relación cordial y amena, lo que solo confirmaba que el sentimiento que alguna vez hubo en el corazón de Alibaba se marchitó. Y eso le seguía molestando aunque pretendiera ignorarlo.

Lo llevó hasta uno de los dormitorios asignados para invitados y lo tendió en la cama. Su intención era dejarlo allí y marcharse, pero cuando lo vio tendido y expuesto a él, no pudo evitar pensar en lo diferente que sería si en verdad le perteneciera. El deseo imperante por tomarlo como antes lo había invadido, y solo pensó en que Alibaba no se resistiría ahora que estaba completamente adormecido por el alcohol. Acarició su rostro y cepilló sus cabellos mientras pensaba en lo afortunado que era por tener esta oportunidad. Alibaba estaba con vida, había vuelto y no lo rechazaba con desprecio como había imaginado después de lo que había hecho.

Alibaba murmuró adormilado y resopló, dejando pasar aire caliente y alcoholizado por sus labios, llegando a Sinbad como un golpe de corriente que estremeció su cuerpo y aceleró su pulso. Con la yema del pulgar derecho acarició sus labios ansiando probarlos. Años esperando que ese momento se presentara, y ahora era la oportunidad de lograrlo sin recibir un rechazo.

Se inclinó resuelto sobre ellos, pero Alibaba se removió y de su boca escapó un nombre que mató todo el deseo y la expectación del encuentro. Su rostro en ese instante se tiñó de frustración y se alejó en silencio, dejando enterrado en lo profundo de su corazón aquel sentimiento que le quemaba por dentro.

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Alibaba sentía calor en todo su cuerpo. Una sensación extraña y escalofriante le erizaba y aceleraba su respiración. Algo se deslizaba por su piel, como si intimidantes caricias fueran regadas con deliberada calma sobre ella. ¿Pero quién las realizaba? ¿Kouen? ¿En qué minuto volvió a la isla? Intentó moverse pero descubrió que su cuerpo no le respondía. Asustado, intentó abrir los ojos pero tampoco lo consiguió. En ese momento una respiración le resopló cerca del oído y el miedo lo invadió.

Abrió los ojos de golpe al tiempo que su cuerpo finalmente le obedecía. Se sentó sobresaltado y, en medio de la penumbra, vio una silueta parada a los pies de la cama. Espantado, volteó a encender la luz y, al volver la vista al frente, no vio nada. Estaba solo.

—¿Qué fue eso? —se preguntó confundido y nervioso.

Su cuerpo temblaba y fue aún peor cuando vio que su ropa estaba desalineada. La camisa abierta dejaba su torso expuesto y el cinturón de su pantalón estaba desanudado.

—Fue... un sueño —murmuró jadeante—. Solo eso.

Pero no lo parecía. Quería creer sus propias palabras, pero un sueño no podía desvestirlo ni dejarlo con esa sensación de sentirse observado. Y no era la primera vez; el extraño episodio se venía repitiendo desde hacía unas semanas y cada vez parecía más incómodo e intimidante.

Con la respiración aún agitada, vio a su alrededor intentando calmarse y notó que estaba en una habitación común. Miró hacia la ventana, que aún dejaba ver el cielo nocturno, y solo esperó que amaneciera pronto para terminar lo más rápido posible su viaje y así volver con Kouen y Azahar.

...Continuará...