Volviendo a la realidad, Matsunaga continuó conduciendo en círculos. Sabía lo que tenía que hacer, pero dejar que los sentimientos lo abrumaran no permitiría que su plan progresara y no podía darse ese lujo.

Mientras, cerca de donde se encontraba rondando, dos personas que también lamentaban la pérdida del famoso arquitecto regresaban a casa.

–Junto con Nobunaga-kun, se han ido gran parte de nuestros mejores negocios –murmuró Hanbei, desvistiéndose perezosamente mientras caminaba por la casa–. Tengo que pensar en alguna forma de paliar esta situación.

–Las cosas en Aki y Echigo están fuera de control, alguien debió buscar la manera de tomar una posición alta... –agregó el de ojos rojos, deshaciéndose de su saco y quitándose la corbata–. Es una pena que tuvieran que acabar incluso con el pequeño...

Takenaka asintió con la cabeza, parecía triste pero desinteresado.

–Y Motonari-kun está dejando de ser útil... –dijo desde el baño, mientras se duchaba rápidamente–. No quisiera descartarlo tan pronto, pero tenemos que encontrarle algo para hacer.

–Nadie sabe a dónde fueron las familias, debe estar preocupado por las represalias de su traición... –informó el más alto, entrando a la habitación para ponerse una cómoda pijama.

Cuando se estaba abotonando la parte superior, se percató de que Hanbei estaba parado en la entrada de la habitación, apoyando su costado contra el marco de la puerta. Envuelto en su sedosa bata lila, con su cabello blanco cayendo en rizos mojados sobre su rostro, destilaba un delicioso perfume.

Lo miraba con sus ojos púrpura entrecerrados, sonrosado por el agua caliente, con su tersa piel cubierta por el rocío de la ducha.

Toyotomi le sonrió con calidez. Nunca se cansaría de admirar esa belleza tan perfecta y femenina de su pareja.

–Ven...

La voz de Takenaka era hipnotizante, como si con ella pudiese tironear de las cadenas de su voluntad.

El enorme hombre caminó lentamente para cortar la distancia que los separaba, sin despegar ni un segundo su mirada de los ojos púrpuras de su amante.

Acarició la barbilla del más bajo, para luego inclinarse y atrapar sus labios en un beso lento y profundo.

–Tómame... –susurró Hanbei, metiendo sus manos blancas dentro de la pijama–. Lléname...

El modo tan descarado de pedirle que le hiciera el amor le provocó escalofríos que recorrieron toda su columna. Paseó las manos por la frágil espalda de Takenaka hasta llegar a su trasero y levantarlo, para llevarlo cargando a la cama.

Se dejó caer, de cara al cielo, con aquel cuerpo liviano sobre su estómago. Con suavidad, con eterno deseo, el de cabellos claros abrió la pijama de seda, apoyando los labios y la nariz sobre el musculoso pecho y aspirando su aroma masculino.

La pequeña lengua de Hanbei comenzó a hacer dibujos sobre los pectorales, se detuvo sobre uno de los pezones y lo lamió suavemente, mordiéndolo sin fuerza.

Toyotomi cerró los ojos, dejándose perder en las suaves caricias del otro. A veces pensaba que podía tener un orgasmo de sólo sentir esas maravillosas caricias.

Pronto los labios tersos se hallaban sobre su cuello. La nariz delicada respiraba contra su piel.

Hanbei se estiró sobre su amante, apoyando las nalgas sobre su entrepierna y sintiendo cómo su miembro se elevaba debajo de él.

–Hideyoshi... –susurró, incorporándose hasta quedar sentado y abriendo la bata con movimientos lentos.

Los ojos rojos de su pareja lo vieron extasiado, acariciando las tersas piernas blancas mientras el otro terminaba de desanudar la única prenda que lo cubría.

–Mi entero ser te pertenece, mi mariposa...

–Eso es lo que yo debería decirte...

El de ojos violetas se deslizó hacia atrás, para bajar los pantalones de Toyotomi y admirar la inmensa muestra de su hombría.

Con movimientos suaves, delicados, Hanbei se volvió a montar sobre la cadera de Hideyoshi, dejando que el enorme miembro se acariciara entre sus glúteos.

Con el mero contacto, el titánico hombre exhaló todo el aire en sus pulmones, subiendo sus caricias de las blancas piernas a la creciente erección del de cabellos blancos.

Gimiendo en voz bien alta, la mariposa purpúrea se levantó suavemente e introdujo a Toyotomi dentro de sí.

Ayudado por sus piernas, se movió a su entero antojo sobre su amante, llenándose de él, encantado por los bajos jadeos que soltaba el hombre. Permaneciendo siempre en el mismo plano, Hideyoshi lo masajeaba a la misma velocidad en que se movía; si aceleraba, él aceleraba, si se detenía, él también frenaba el movimiento en sus manos, apretándolo con más fuerza.

Los jadeos de Hanbei indicaban que estaba a punto de alcanzar el orgasmo, cuando escucharon el timbre del departamento.

El de pelo blanco se detuvo, con los ojos muy abiertos y los labios apenas separados, temblando como una hoja.

El más grande suspiró, resignado. Con todo lo sucedido, no podían ignorar el llamado.

–Puede ser importante... –dijo, acariciando la cabellera blanca del otro.

–Sí –masculló Hanbei, furioso–. Más vale que sea importante.

Sacó el enorme miembro de su cuerpo y se bajó de la cama, recogiendo su bata y poniéndosela con molestia. Hideyoshi se levantó y se volvió a poner la pijama, dirigiéndose a la sala y encendiendo las luces.

Takenaka casi se quedó tieso al ver a su improvisado visitante.

–Matsunaga...

El hombre levantó una ceja, sorprendido por la situación en que los encontraba. Era claro que había interrumpido un momento... íntimo.

–Takenaka, buenas noches... –saludó cortésmente.

–Pase –invitó el de pelo blanco, con resignación en su voz–. ¿Qué podemos hacer por usted?

–Necesito informarles de algo que es un hecho que sucederá, me gustaría contar con su apoyo, de no ser así... Bueno, entonces tendremos que terminar nuestra sociedad –su voz no demostraba nada diferente a lo común.

Hisahide se sentó en el sillón frente a Hideyoshi, mientras Hanbei preparaba café.

–¿Qué sucede? –preguntó el de ojos rojos, con su habitual solemnidad.

–Ya no podrán contar con el apoyo de Akechi Mitsuhide –les dijo, midiendo con tranquilidad la sorpresa en los ojos rojos del gigante frente a él.

Takekana casi dejó caer las tazas que traía en las manos.

–¿Akechi? –su voz salió como un hilo–. ¿Por qué?

Dejó una taza frente al ex jefe de policía y la otra frente a su amante, para sentarse a su lado y cruzarse de brazos.

–Sé quién es el asesino de la familia Oda, y él está envuelto en ese asunto... –trató de evitar decirles que él era directamente el culpable–. En nombre de la amistad que sostuve con ellos por tantos años, me encargaré de que reciba su justo castigo –tomó la taza de café y sorbió un trago largo–. También les pediré que no lo busquen después, o cuestionen mis métodos...

–Quiero saber quién asesinó a Nobunaga –lo interrumpió Hideyoshi–. Será lo único que exigiré de ti, a cambio de darte total libertad.

El visitante se puso de pie, listo para irse luego de que el trato estuviera hecho.

–Akechi Mitsuhide –repitió aquel nombre con odio, dándole la espalda a la pareja para retirarse del mismo modo en que llegó.

Hanbei suspiró pesadamente, recostándose en el sillón.

–Perfecto... Dos inversionistas menos el mismo día.

Poco después de haber capturado al gobernador, Toyotomi había instituido una suerte de policía fiel al régimen, soldados–policías entrenados especialmente por el mismo Matsunaga en persona, que salían cuantiosamente de los centros de entrenamiento como hormigas rojas e implacables. Se trataba, en todo caso, de una figura vacía de autoridad; porque no sólo los criminales seguían proliferando en la ciudad devastada, sino que la gente hacía poco caso de ella. Aunque no se hicieron esperar las golpizas a civiles que se rebelaban, la policía roja dejaba pasar otros delitos, y los ciudadanos comenzaron, poco a poco, a exigir una verdadera autoridad.

Takenaka Hanbei no estaba ajeno a todo lo que ocurría, pero debía proceder con cuidado si quería evitar que una turba llegase a lincharlo a la puerta de su departamento. Por ello, mientras dejaba que Matsunaga hiciese lo que quería con Akechi Mitsuhide, comenzó a urdir alguna estrategia que le permitiera vivir su triunfo en paz.

Tras analizar todas sus opciones, decidió disponer de sus últimos peones. Era cruel pensarlos como meras herramientas, pero Takenaka no podía ver en ellos nada más.

Matsunaga, mientras tanto, había pasado varios días analizando también la mejor forma de proceder. Un sábado en la noche, desapareció de su casa junto a su fiel Kotarou y los dos se perdieron en las calles de la ciudad, dirigiéndose a un lugar en específico.

La casa de Akechi, diseñada en su momento por la elegante mano de Oda Nobunaga, era un tributo al minimalismo, una mezcla del feng-shui oriental con la opulencia occidental. Tenía muebles de estilo europeo, pero largas plantas de bambú decoraban los rincones, embutidas en maceteros cuadrados en colores planos y oscuros.

Solo, como acostumbraba a estar, la quietud y el silencio de su hogar se vieron perturbados por una fracción de segundo, por un sonido apenas audible que se asemejaba al del viento soplando entre las hojas.

–Siempre pensé que Matsunaga no tenía ni un solo punto débil... Que era una persona sin ataduras terrenales, carente de lealtad o cualquier cosa que lo uniera a otra persona –hablaba tranquilamente el hombre de cabellos largos y blancos, sentado en un amplio sillón de su sala, bebiendo una copa de rojo vino mientras un joven silencioso aparecía de la nada frente a él–. Pero aquí estás tú...

Fuuma no respondió. Nunca lo hacía.

–¿Tan preciado era Nobunaga-ko para ti, Matsunaga? –preguntó Mitsuhide, dejando la copa sobre la mesita frente a él y cruzándose de piernas.

El hombre en cuestión abrió las pesadas puertas de la entrada, ingresando con entera tranquilidad, mirando sólo al objetivo de todo su deseo de destrucción.

–Qué honor que el mismo Matsunaga haya venido en persona a destruirme... –sonrió el de cabellos blancos, desperezándose en el sillón y luego poniéndose de pie–. Asumo que tendrás el mínimo de decencia de permitirme defenderme al menos...

–¿Por qué debería? –preguntó el de coleta, con todo el aplomo y la serenidad del mundo–. ¿Acaso tú les diste esa oportunidad a los Oda?

–Vaya... Nunca pensé que fueras de las personas que buscaban el balance proporcional de las cosas...

–Tienes razón, no lo soy –admitió el estoico hombre, sentándose cómodamente en un amplio sofá–. Pero no hará ninguna diferencia permitírtelo... Ya está decidido el final de todo esto.

Mitsuhide hizo un gesto imperceptible de molestia por el exceso de confianza del hombre.

–Siempre he estado al tanto de tu proximidad a la demencia, pero eso no me convence del todo, Akechi... –continuó Matsunaga.

–No sabía que realizabas pericias psicológicas a domicilio –comentó el abogado. Sonrió con afectación y caminó hacia un enorme mueble, abriendo la puerta y sacando la guadaña que se había robado.

–Ah... Hermosa pieza la que elegiste... –añadió Hisahide, mientras se inclinaba en el asiento para recoger la botella de vino de la mesa–. Aunque, comparando tu uso de ella con su anterior dueño, se convierte en un objeto risible...

–Vaya, vaya. Tenía que acostumbrarme, hay que ser un genio como Nobunaga-ko para saber manejar un arma de una sola vez –respondió Akechi, con voz de gozo–. Yo soy un simple mortal...

–Sabes, aun teniendo en cuenta todos los detalles que dejaste y lo que llevaste contigo... hay algo que no puedo terminar de comprender... –el ex policía dio un sorbo al vino añejo, disfrutando de la excelente cosecha–. El porqué... Todas las explicaciones a las que logré llegar son demasiado lógicas para alguien como tú...

–¿Por qué piensas que lo hice? –cuestionó el de cabellera plateada, divertido, plantando la guadaña en vertical, agarrándose del mango y retorciéndose a su alrededor.

–Tu enfermizo amor por el poder y necesidad de más fue lo que pensé primero... Que caíste presa de la locura, pero... –el otro se detuvo, evocando las sanguinarias escenas, reviviendo cada detalle en su memoria–. El especial énfasis que hiciste en destrozar a su familia me hace dudar de ello.

–Nobunaga-ko no quiso escucharme –dijo el abogado, en voz baja–. Si lo hubiese hecho, todavía estaría vivo, él y su linda familia... –se miró en el reflejo de la hoja, parpadeando despacio–. Desde la primera vez que le ofrecí destronar a Toyotomi, pensé en lo que haría si se negaba... Su vida tan feliz, tan cómoda, con la hermosa Kichou y el pequeño Ranmaru, se la quitaría de a poco si se negaba... Pero al principio no pude... no tenía con qué hacerlo.

La tensión en el cuarto se podía tocar, el aire se sentía espeso alrededor de ellos.

Matsunaga suspiró, aburrido. Quería buscar profundos motivos para odiar a esa persona y hacer su venganza debidamente, pero era sólo un demente.

–Podría decir que lo envidiaba, pero tampoco he hecho esfuerzos porque mi vida personal sea mejor, así que... no hay mucho más análisis que hacer –sonrió tranquilamente el insano, lamiendo la hoja brillante.

El hombre de mirada cansada y cabello oscuro se levantó tranquilamente y caminó hasta quedar a escasos centímetros de Fuuma.

–Recupera el regalo de Oda y el anillo de Kichou, no merece tenerlos en su poder.

–Ya no hay nadie que pueda usarlos, deja que los conserve –pidió Akechi, con tono juguetón.

–El anillo regresará con su dueña original... Con él unieron sus vidas, quizá mantenga unidas sus almas –explicó el hombre con serenidad, mientras Koutarou se deshacía de la fina chaqueta que su señor le había dado.

–Oh, Matsunaga... ¿Me dejarás con tu recadero? ¿Por qué mejor no me destruyes tú?

–Siéntete honrado, Fuuma no es un asesino... normalmente.

Lo que pasó en esa sala, Matsunaga lo ignoró, pues salió despacio luego de decir aquello último. Se detuvo en el jardincito delantero de la casa, admirando las brillantes estrellas en el cielo oscuro, escuchando detrás de sí ruido de objetos y muebles cayendo, el entrechocar de las hojas, los profundos gritos de Mitsuhide cuando alguna de las ninjatou de Kotarou se clavaba en su carne.

–Siempre odiaste mis métodos... –susurró suavemente al aire–. ¿Me perdonarás por usar a Kotarou-kun para vengarte?

Luces en los hogares cercanos comenzaron a encenderse, pero el ex jefe de policía sabía que nadie iría al rescate del abogado. Por más llamadas que hicieran los vecinos preocupados, sabía que nadie ignoraría su orden de mantenerse alejados de esa casa hasta que él dijera lo contrario.

Aunque toda persona en la jefatura supiera que había pasado ahí, al público sólo le llegaría la noticia de un terrible homicidio sin resolver.

Kotarou estaba bañado en sangre cuando salió de la casa, sosteniendo la guadaña sobre un hombro y llevando el preciado anillo muy apretado en una mano. Ofrendó ambas cosas a Matsunaga con una reverencia, como disculpándose de haberlas manchado de sangre.

Antes de tomar los objetos, Hisahide acarició con cariño la cabellera roja de su sirviente, para luego sostener ambas piezas entre sus manos y verlas con melancolía.

–¿Estás herido?

El muchachito negó alegremente con la cabeza, mirando al interior de la casa por varios segundos.

–¿Sigue vivo?

Fuuma volvió a negar con la cabeza, esta vez con expresión más seria.

–Me habría gustado que sufriera más... pero si tú no lo pudiste alargar, entonces nadie podría haberlo hecho –los halagos y felicitaciones por un buen trabajo solían ser de esa índole, cuando provenían de ese hombre–. Volvamos a casa.

El joven se negó a entrar al coche, sucio como estaba. Tras ayudar a acomodar la guadaña en el asiento trasero, comenzó a caminar por la vereda.

La ropa, que con tanto cuidado se había retirado para mantener limpia, había acabado manchándose por salpicones de sangre al mutilar algún miembro de su víctima, por lo que iba un tanto deprimido, con la prenda sobre el hombro.

Matsunaga sólo sonrió al verlo y lo dejó hacer. Pronto, no quedaba ni rastro del muchacho, se había perdido en la oscuridad.

Cómo había llegado a parar el pelirrojo con el ex jefe de policía era un misterio, pero algo que intrigaba al mismo Hisahide era la lealtad, a cambio de nada, que le ofrecía.

Teniendo ya todo lo que necesitaba en su auto, camino de regresó sobre sus pasos al hogar del abogado, admiró la escena creada por Fuuma y recogió un libro del suelo.

Le enfermaba la sola existencía de esa edificación, cada rincón en esa casa había sido ideado por su amado amigo, quien había pensado en cada detalle del demente Akechi para que fuera de su gusto.

Entró a la enorme cocina y abrió las llaves de gas, cerrando rápido la puerta al salir para no dejar escapar la inflamable sustancia. Luego, con movimientos apresurados, encendió varios documentos y papeles que sirvieron de iniciador, extendiendo el fuego velozmente por los muebles de madera y las alfombras. Al asegurarse de que el fuego continuaría por sí mismo, dejó la casa, encendió su auto y se retiró. No había hecho tres cuadras cuando pudo escuchar la terrible explosión que se generó cuando las llamas llegaron a la bomba que había creado en la cocina.

En el bolsillo de su chaqueta, el anillo de Nouhime pesaba, dolía, pero ya no había nada más que hacer.

Llamó a la comisaría, informando de un terrible incidente en casa de Akechi, pero advirtiéndoles que esperaran media hora antes de dejar pasar a los bomberos. No estaba dispuesto a dejar que salvaran algo de aquel lugar.

Kennyo, que había estado nervioso en la jefatura desde que sabía que su predecesor se encargaría esa noche del traidor, amenazaba con acabarse la provisión de café. Luego de la llamada de Matsunaga, tuvo que exigir un cigarrillo a uno de sus subordinados, fumando para calmar sus nervios. Hacía años que no necesitaba uno.

Cuando al fin pudieron llegar a la casa, ya no había nada que rescatar.

La noticia se extendió rápidamente y, para la mañana siguiente, la jefatura tenía encima a docenas de ciudadanos furiosos. Ése había sido obviamente un acto de la mafia y la policía se habían hecho la tonta al permitir que pasara.

–¡Cierren las rejas de la entrada! –exclamó Kennyo, cuando pudieron alejar a la gente del hall–. Nos van a comer vivos si los dejamos pasar.

Una horda de civiles dio vuelta varias patrullas, otros encendieron en llamas las ruedas de las mismas para cortar la calle y una mujer con un megáfono, subida a un contenedor de basura que habían vuelto igualmente del revés, clamaba por el comisario.

–¡Al señor jefe de la policía, Honganji Kennyo! ¡Dé la cara de una vez, no estamos dispuestos a tolerar más de estos atropellos! –gritaba la histérica señora, agitando el brazo libre.

Los temerosos policías, sitiados y parapetados dentro de la jefatura, insistían a su jefe para que llamara a Matsunaga, a Toyotomi, alguien que pudiera hacer algo.

El escenario que presentaba la ciudad habría sido un deleite para Matsunaga Hisahide, de no haber sido por su pesar.

Antes de que el jefe actual hiciera algo, el auto negro de Toyotomi, seguido por el de Matsunaga, hizo acto de aparición.

Parándose a una distancia prudencial, un convoy de los oficiales de rojo hizo una barrera. El líder de ellos también sacó un megáfono para hacer un comunicado.

–¡Los actos vandálicos serán sancionados! ¡Tienen quince minutos para desalojar el lugar! ¡Repito! ¡Los actos vandálicos serán penalizados!

Los ofendidos ciudadanos quisieron irse sobre ellos, pero varias caras bien conocidas los detuvieron. El dueño y señor de Aki, seguido de su gigantesco guardaespaldas y un séquito de su gente bien armada, bajaban de varios lujosos autos.

Los vecinos de Aki, al menos, retrocedieron cohibidos al ver aparecer a Mouri, pero otros tantos, animados por su presencia, comenzaron a arrojarle piedras.

–¡Largo de aquí! –bramaban–. ¡Tú no eres nada al lado de tu hermano! ¡Contigo, nuestro barrio se ha ido a la ruina!

–Palabras tontas de gente desesperada... –murmuró el aludido, cuando Hanbei puso la mano para detener un par de bien dirigidas rocas.

Lo que el alterado público no alcanzaba a comprender era que, al no ser policías o parte siquiera de una buena imagen de la ley, no seguirían las normas de tales jerarquías. Un par de disparos al aire calmaron un poco los ataques; pero, al no cesar, el iracundo Motonari disparó limpiamente a uno de los líderes de las muchedumbres.

Poco después apareció Mitsunari, armado con una simple espada, protegiendo a Ootani, que venía acompañado también por un puñado de hombres armados.

Entonces, el anuncio de los oficiales de rojo cambió:

–¡Al no cesar la hostilidad, serán tomados como criminales peligrosos!

Matsunaga salió de su auto, apoyándose en la puerta, divertido. Qué hermosa escena. El único modo de enfrentar al poder era con más poder.

La mujer del megáfono se puso lívida, volviendo a empuñar el aparato.

–¡¿Criminales, nosotros? ¡¿Y ustedes, que perturbaron la tranquilidad de nuestra ciudad? ¡Ustedes que destruyeron a quienes nos cuidaban, a quienes limpiaron las calles de delincuentes y asesinos!

–¡Por culpa suya, los criminales verdaderos han vuelto, y ustedes no hacen nada para evitarlo! –gritaba otro hombre.

–¿Va a desatar una guerra en contra nuestra, Toyotomi? –reclamó otro sujeto de la multitud–. ¡A ver cómo reina en una ciudad sin gente!

–Exigimos el regreso de las familias –dijo la mujer del megáfono–. ¡Exigimos el regreso de las familias!

Pronto, la inmensa muchedumbre repetía a coro el mismo cántico.

El ex jefe de policía caminó hasta la puerta de Toyotomi, murmurándole algo al oído para luego hacer una llamada a los que estaban sitiados en la comisaría.

–Su deber es mantener el orden... Pueden usar la fuerza.

Kennyo buscó entonces a la unidad anti–disturbios y les dio orden de salir.

–No se contengan –mandó, despachándolos con un movimiento de su brazo.

Pocas horas después, las calles de la ciudad estaban completamente vacías. El saldo de muertos y heridos en el atentado contra la comisaría aún no terminaba de ser contado, y eran pocos los que se aventuraban a salir con esos tres grupos de gente patrullando.

–Abueloooo... –llamaba un joven, girando aburrido en un banco–. El negocio está mal…

–Demasiado... ¿Qué te parecería volver a ver al estúpido demonio, Musashi?

–Significa que... –empezó el niño, emocionado.

–Vístete, irás a visitar a nuestros viejos amigos.

–¡¿Eh? ¿Tú no irás?

–¿No querías una oportunidad para demostrarle a Motochika de qué estás hecho? –se burló Shimazu–. Además, ya estoy viejo para esto...

–¿Y te vas a quedar solo aquí? –preguntó el nieto, cambiando su semblante–. Yo sé que eres duro, pero... no viste la que se armó frente a la jefatura, pasé por ahí cuando volvía de comprar.

–Si no, ¿quién va a cuidar el local?

Antes de que su nieto pudiera seguir protestando, agregó:

–Sería raro cerrar el bar, hay que darles las mejores oportunidades.

–Pero... abuelo... –los ojos de Musashi se llenaron de tristeza. Se quedó mirando al viejo, en completo silencio, por un rato.

Sabía que sus padres no habían muerto, como le dijera Shimazu, sino que lo habían abandonado para dedicarse a recorrer el mundo y "vivir a su manera". Sabía que su abuelo, padre de su madre, lo había acogido y lo había criado, que le importaba realmente. Y a él también le importaba el anciano... Era la única familia que había conocido.

–Me niego a irme de aquí sin ti, abuelo –dijo al fin, decidido–. Si tú te quedas, yo me quedo. Defenderé el Saikyou contigo, después de todo... también es mi hogar.

–Muchacho terco... –se quejó el viejo; pero, lejos de estar enojado, sus palabras estaban llenas de cariño–. Está bien, nos iremos juntos... De todos modos, no creo que alguien quiera arriesgar la testa por un trago.

Y así, por primera vez en más de veinte años, el bar Saikyou cerró, mientras el dúo regresaba a su casa para prepararse.