CAPÍTULO 26
Wow. Tú con esas curvas y yo sin frenos…
Naruto sabía que Sasuke no estaba realmente enfermo, pero no le devolvió la llamada. Probablemente era mejor que no estuviera en la oficina. Estaba atrapado. Dolorosamente atrapado. Ver al doncel todos los días y ser incapaz de tocarlo le volvía loco. Le hacía sentirse posesivo, necesitado, en el límite. Y cuanto más tiempo estaba a su alrededor, peor se volvía. Sasuke ya ni siquiera discutía con él y eso también lo enloquecía.
Le había dicho que lo esperaría, ¡pero lo quería ahora!
Naruto se había arriesgado con una pareja una vez y la cosa no funcionó. Por primera vez, estaba dispuesto a arriesgarse de nuevo. Por Sasuke. Todo por Sasuke. Cualquier cosa por él. El corazón. La libertad. La vida. Sólo por una posibilidad de ser feliz. Porque aquel breve momento entre sus brazos, después de que ellos hicieran el amor, le otorgó un vislumbre de algo precioso. Algo que necesitaba desesperadamente en su vida… pero que también había tenido miedo de perseguir. Antes.
Lo amaba. Realmente lo hacía. Llevaba siendo un jugador toda su vida, pero había tenido miedo de jugar a esto. Las apuestas eran demasiado altas y todo había pasado demasiado deprisa; ni siquiera hacía una semana que lo conocía. No parecía importar. Amaba a Sasuke con todo su ser.
Por esto era por lo que Sakura le dejó. Ella sintió este… intenso amor y esa urgencia de hacer lo que fuera necesario por estar con esa persona. La persona que -¡Dios, hoy estaba sentimental!- te completaba. Él no fue esa persona para Sakura y ella lo supo. Y él la dejó ir porque también lo entendió. Simplemente no quiso admitirlo y ser un fracasado en el matrimonio como su padre. Sasuke lo hacía ser mejor… bueno, hombre. Nunca se echaba para atrás. El doncel daba lo mejor que tenía. Naruto rió entre dientes, recordando la orina de ciervo. Sakura lo había seguido y había estado de acuerdo con todo lo que decía, hasta el día que por fin estalló y se marchó.
—¿Qué te pasa, hombre? —preguntó Kakashi.
Naruto parpadeó y se enderezó en la silla. Su amigo le espiaba desde la puerta.
—Entra.
Kakashi lo hizo y se sentó en la silla frente al escritorio. Shikamaru, Suigetsu, Juugo y Kiba, entraron detrás de él y rodearon el escritorio, todos frunciéndole el ceño.
—¿Qué? —preguntó Naruto.
—Te has portado como un idiota durante días —contestó Shikamaru—. Más de lo acostumbrado.
—No puedo ni estar a tu alrededor —continuó Kiba.
—Las chicas te odian y eso hace que yo te odie —soltó Suigetsu.
—Muchas gracias. Traidores —refunfuñó.
Los hombres compartieron una mirada.
—¿Qué? —exigió otra vez, extendiendo los brazos. Entonces, antes de que alguno pudiera responder, dijo—: ahora mismo todos tienen un caso. Vayan a mecanografiar sus apuntes o a estudiar las fotografías. Lo que sea, pero salgan de mi maldito despacho.
—¿Ves? De esto es exactamente de lo que hablamos —dijo Shikamaru—. Me gustabas más cuanto te parecías a nosotros.
—Vamos. Fuera.
Ellos compartieron otra mirada, sacudieron la cabeza con exasperación y salieron en fila, cerrando la puerta tras ellos. Naruto dejó caer la cabeza entre las manos. ¿Qué diablos iba a hacer? Tenía que haber un modo de convencer a Sasuke de que le diera una oportunidad, de que se arriesgara con él y dejara de huir.
Tenía que haber un modo de atraparlo, de una vez por todas.
El parque estaba lleno de niños que se deslizaban por los toboganes, subían a las barras como monos y se lanzaban arena los unos a los otros. La luz del sol brillaba con orgullo en lo alto, lanzando rayos brillantes en todas direcciones.
Itachi había llegado unos minutos antes y empujaba a Apple y Cherry en los columpios. A las niñas les encantaba, riendo y pidiendo subir más alto. Sasuke se sentó en un columpio al otro lado de los suyos.
Eran la 1:07, y su padre no había llegado. Quizás había cambiado de idea. Quizás…
—¿Está ocupado este columpio?
La familiar voz hizo que tragase saliva. Dejó de balancearse y alzó los ojos lentamente, casi asustado de lo que encontraría.
Era su padre, bañado por la luz del sol. Había cambiado. Mucho. Profundas líneas acartonaban sus ojos y boca. Sus oscuros ojos no eran tan brillantes como los recordaba. Y su negro pelo ahora era completamente gris.
Él señaló el columpio a su lado y Sasuke asintió.
—Es tuyo —le dijo, odiando lo insegura que le sonó la voz.
Él se sentó en el negro asiento. Ambos se miraron directamente. —Gracias —dijo su padre—. Por verme, quiero decir.
—De nada. —De pronto pareció que Sasuke era el que debía agradecérselo. Dios, estaba confundido.
—Estooo, uh, ha pasado mucho tiempo.
—Sí.
—El tiempo suficiente, espero. —Él se rió nerviosamente.
—Sí —dijo, sorprendido de que lo decía en serio.
Interiormente lloró al verle, por estar cerca de nuevo. Cuando fue un niño, su padre le cantaba para dormir, la mecía como Itachi hacía con las gemelas. Lo amaba y lo abrazaba a menudo. Sasuke había olvidado un poco aquellas cosas a lo largo de los años. Pero, tal vez, éstas fueron la razón de que se sintiera tan traicionado por lo que le hizo a su madre. A él.
Sasuke pensó en todas las cosas que se había perdido: Su padre observándolo en su graduación, su ceño oscuro cuando los chicos lo recogían para salir, un baile en la boda de su hermano. Su padre había estado allí, pero el doncel había fingido que él era invisible. El anhelo burbujeando en su interior.
—Lo siento —dijo él de pronto, como si fuera incapaz de contener las palabras por más tiempo—. Nunca pensé en hacerle daño a tu madre y, ciertamente, jamás pensé en hacerte daño. Te quería. Te quiero. Eres mi niño.
Una caliente lágrima le resbaló por la mejilla.
—¿Por qué lo hiciste?
Él sacudió la cabeza.
—La razón no importa.
—Sí, importa. Escogiste a la señora Prescott antes que a tu propia familia.
Sus ojos se oscurecieron ante el doloroso recuerdo.
—No era como yo lo veía entonces. Tu madre y yo teníamos problemas. Su depresión se descontrolaba. Ella nunca te dejó verlo porque quería ser perfecta para ti, pero tenía que tratar con ello todos los días y estaba cansado, Sasuke, tan cansado de los ataques y las lágrimas. Cuando se marchó a visitar a su tía, me pareció que un peso se levantaba de mis hombros. Jennifer… la señora Prescott siempre hizo que me sintiera importante. Como un hombre. No un doctor o un terapeuta o una carga. Solo un hombre.
Escuchar el torturado tono casi lo deshizo. Y escuchar su versión, casi hizo que entendiera el porqué se marchó. Ser infiel nunca estaba bien. Después de todo, él pudo haberse divorciado antes. Pero tal vez, a veces, había dos lados de una historia. Todos cometíamos errores. Miren su vida. Culpó a su padre por la depresión de su madre, pensando que él la provocó. Ahora comprendía que no fue así. Su madre siempre tuvo problemas.
—He lamentado mi comportamiento todos estos años —añadió su padre—. He querido volver y arreglarlo, pero…
No sabiendo que decir, Sasuke estiró el brazo. El azabache esperó, simplemente esperó, sin decir una palabra. Poco a poco, su padre extendió la mano y se la estrechó.
Se quedaron sentados allí, sosteniéndose las manos y empapándose el uno del otro durante mucho tiempo. Sasuke quería llorar por todos aquellos años en los que le había apartado, pero contuvo las lágrimas. Más tarde lloraría, más tarde. Ahora mismo, iba a disfrutar de su padre. Un hombre que había juzgado y condenado sin escuchar nunca su versión.
—Lo siento tanto, Papá. Jamás debí tratarte como a un criminal. —No tienes que disculparte, cariño. Eras…
—¡Abuelo! ¡Abuelo! —Apple le había descubierto y venía corriendo, lanzándose en sus brazos, riendo.
Su mano fue apartada de la de Sasuke cuando él envolvió los brazos alrededor de la niña.
—¿Y quién eres tú? —preguntó con una sonrisa—. ¿Peach o Mango? La niña soltó otra despreocupada risita.
—Ya sabes quién soy.
Cherry también saltó sobre él, apartando los hombros de Apple para poder entrar en su abrazo.
—Me alegro de que estés aquí. ¿Me has traído un regalo?
—¡Cherry! —La regañó Itachi con los brazos en jarras—. Ya hemos hablado de ésto.
—¿Qué? —dijo la niña con inocencia—. No fue la primera cosa que le pregunté. Primero le dije que me alegraba de verle.
Su padre lanzó una carcajada.
—Te pilló, Ita.
La vista de ellos juntos -tan felices y cómodos- casi puso a Sasuke de rodillas. Podía haber tenido esto hacía mucho tiempo. Este amor y afecto. Esta familia. A causa de la obstinación, había perdido muchos años.
Sasuke presionó los labios para cortar un gemido.
Echándole un vistazo, su padre dejó a las niñas a un lado, se inclinó hacia él y lo abrazó. Sasuke escuchó vagamente el jadeo de Itachi, observó en una neblina a su hermano cubrirse la boca con la mano, creyó escuchar a las gemelas reírse tontamente de algo y luego todo lo que percibió fue a su padre. Su olor a tabaco. Su fuerza. Le devolvió el abrazo.
—Te quiero, Sasu.
—Yo también te quiero, papá.
—Bueno, no esperé que esto pasara así —dijo Itachi con una sonrisa. Su padre besó a Sasuke en la punta de la nariz.
—Te invité a mi boda. A Christy le encantaría que fueras el acompañante de honor. Pero si no quieres, lo entiendo. Diablos, hasta me gustaría que fueras mi padrino —dijo él.
Sasuke se rió, una risa genuina.
Se quedaron en el parque un poco más antes de levantarse y despedirse. Sasuke recibió otro abrazo de oso y una petición para quedar otro día… algo que prometió hacer y haría. También aceptó su oferta de asistir a su boda.
La curación era más agradable de lo que había soñado.
Sasuke logró permanecer tranquilo todo el camino de regreso a casa. Nada de lágrimas, nada de pensamientos salvajes. Aparcó y todavía no surgía ninguna reacción. La señora Akimichi estaba fuera, lo vio, murmuró algo, y entró rápidamente en su casa, obviamente aún alterada por el incidente del sexo-en-el-patio-de-atrás. El pecho de Sasuke dolía mientras subió al porche, abrió la puerta y daba un paso dentro. Cuando la puerta se cerró tras él, caminó hasta la sala de estar.
Logró llegar a la mesa de centro acristalada antes de que las rodillas cedieran y comenzara a llorar. El cuerpo entero se sacudió con la fuerza de las lágrimas. Eran calientes y quemaban, el estómago apretándose de tanto dolor. Él se había resistido tanto, y ¿para qué? ¿Para poder agarrarse a sus miedos? ¿A su sufrimiento? ¿A su dolor?
Sí, a todo eso.
Y ahora lo estaba haciendo de nuevo, con Naruto. Ni siquiera había intentado ganarse su corazón.
Era un idiota, un completo idiota.
Las lágrimas siguieron fluyendo hasta que no le quedaron más. La nariz estaba hinchada y tenía problemas para respirar. Furioso consigo mismo, golpeó los puños en el cristal. Éste tembló y tuvo una pequeña satisfacción en ello. Golpeó una y otra, y otra vez, liberando todas las emociones reprimidas del interior, incapaz de detenerse hasta que fueron expulsadas completamente.
Con el último golpe el cristal se rompió, tintineando como campanas en los oídos. Un dolor agudo subió por ambos brazos. Con los ojos hinchados miró hacia abajo. Rojas gotitas se deslizaban desde las muñecas hasta los codos. Fluyendo, fluyendo.
El primer pensamiento que le inundó la mente fue que quería a Naruto. Él alejaría su dolor. Se levantó sobre las inestables piernas, entró en el cuarto de baño y agarró dos toallas. Se las enrolló en ambas muñecas, y luego recogió el teléfono y marcó.
Él contestó al tercer timbre.
—Naruto Namikaze
—¿Naruto? —Lo amaba.
De verdad. No quiso hacerlo, pero allí estaba, en toda su espantosa gloria. Lo amaba. Sí, él lo enfurecía. Sí, tenía una boca de listillo. Sí, él estaba tan hastiado como Sasuke. Pero también era sensible y apasionado y lo quería en su vida, costara lo que costara.
¿Cómo podía haber dejado que esto pasara? ¿Y tan rápidamente? Demasiado tarde para recriminaciones.
—¿Sasuke? —En el despacho, Naruto se enderezó en la silla. La clienta frente a él, una joven que quería poner a prueba a su novio desde hacia cuatro meses, frunció el ceño—. ¿Qué ocurre?
—Quiero… mis muñecas —dijo Sasuke, sorbiéndose los mocos.
Las cejas se juntaron.
—¿Me llamaste para decirme que te gustan tus muñecas?
—No, yo… —más sorbo de mocos— … me las he cortado, pero no puedo decírtelo por teléfono. Quiero decírtelo en persona.
—¿Te has cortado las muñecas? —El pánico le golpeó con fuerza. —Sangro, pero eso no es por lo que…
—Infierno de mierda. —¿Cuánta sangre había perdido?—. Cuelga, cariño. Voy para allá. No, cuelga y llama al 911. Estoy de camino.—Lanzó el teléfono, pero no lo colgó en la horquilla y saltó del escritorio al suelo.
El ceño de la chica se hizo más profundo.
—¡Eh!, ¿qué pasa? No le he dicho…
Él ya estaba en la puerta, llamando a Shikamaru a gritos. Su amigo giró una esquina corriendo, su expresión preocupada.
—Ocúpate de ella —instruyó Naruto, indicando a la muchacha.
—¿A dónde vas?
No se detuvo a contestar, sino que corrió fuera y saltó a su coche. Hizo el camino en quince minutos, zigzagueando por el tráfico. Fue un milagro que no le multaran.
¿Por qué intentaría Sasuke matarse? ¿Por qué? ¿Seguía los pasos de su madre? Se culpó por ello. Debería haber sido más cuidadoso con sus sentimientos. No debería de haberlo empujado tan fuerte para que le aceptara. Le había dicho que lo esperaría, y lo haría. Durante tanto tiempo como él necesitara.
No se molestó en cerrar la puerta del coche cuando salió, simplemente corrió al porche y entró en la casa. Cuando no lo vio en el vestíbulo, buscó en la sala de estar. Con ojos salvajes, miró a izquierda y derecha.
—¡Sasuke! —¡Dios! ¿Dónde estaba? ¿Fuera? La preocupación y el miedo lo atravesaron en oleadas, poniéndole enfermo. La mesa de centro estaba rota. ¿Lo había atacado alguien? Si estaba…
—Aquí —dijo el doncel suavemente.
Él casi se derrumbó de alivio. Sasuke estaba hecho un ovillo en el sillón, sus pies casi tocando el pecho. Blancas toallas se retorcían alrededor de sus brazos. No, no completamente blancas. Podía ver las manchas carmesíes.
—¿Qué pasó, cariño? —Naruto cerró la distancia entre ellos y se arrodilló frente al azabache. Estaba pálido… excepto por sus hinchados y enrojecidos ojos.
—Por accidente, rompí la mesa.
¡Gracias a Dios! Nada de suicidio. Su alivio fue tangible.
—Déjame ver. Tus muñecas, no la mesa.
Con cuidado le agarró uno de los brazos y desenrolló el paño. Había múltiples cortes, los más profundos justo sobre el tendón, pero ya se secaban. Examinó el otro brazo. Este tenía algunos cortes más, pero no eran profundos.
—No creo que necesites puntos.
—Bien. —Sasuke exhaló un aliento estremecedor.
Naruto le vendó de nuevo los brazos con toallas limpias, luego lo levantó y se sentó en el sillón con el moreno en su regazo. Sasuke, al instante, se apretó más contra él.
—Me asustaste —admitió el rubio.
—Lo siento —murmuró el doncel.
—Pensé que habías intentado suicidarte.
Sasuke resopló débilmente.
—Como si alguna vez hiciera algo así. Por lo visto, me parezco a mi madre, o eso es lo que ella dice, pero yo no podría hacer pasar a la gente que amo por eso.
—Dijiste que te habías cortado las muñecas —acusó él.
Sasuke rió entre dientes.
—Y no mentía.
Feliz de estar con el azabache y sostenerlo apretó el abrazo y simplemente aspiró su olor.
—Me alegro que me llamaras.
—Yo también.
Sasuke bostezó y Naruto sintió la caliente exhalación de su aliento.
—Fui a ver a mi padre hoy. No lo había visto desde hacía años y tuve una especie de crisis emocional cuando llegué a casa. Aunque una crisis buena —bostezó otra vez—. Mi padre me dijo cuánto me amaba. Simplemente estaba tan embargado por la pena, que golpeé la mesa.
—No tienes razones para lamentarte. Tienes muchos, muchísimos años para pasar con él.
El estómago se le contrajo cuando el deseo le embargó. Él quería años con el moreno. Quería estar a su lado. El pensamiento de que Sasuke había intentado suicidarse… Naruto lo apretó aún más fuerte.
Suspiró, cansado.
—¿Te quedarás un ratito?
—Desde luego. —El rubio cerró los ojos, tomando un profundo aliento. En casa, estaba en casa, y no había ningún otro lugar en el que preferiría estar.
—Ahora mismo estoy demasiado cansado, pero tal vez pronto podríamos hablar.
—Me gustaría.
No había camino al infierno en el que Sasuke fuera capaz de deshacerse de él ahora. Cuando el doncel se despertara, le haría entender que ellos estaban destinados a estar juntos.
—Duérmete, cariño. Estaré justo aquí.
—Nunca te dejaré ir.
Se enroscó más profundamente contra él y se quedó dormido un segundo más tarde.
