Poco después de recibir aquella llamada de teléfono que había vuelto el mundo del revés, Zachary Dilthey había intentado hacerse cargo de la situación como había podido, aún sintiéndose como paralizado por el pánico y el desasosiego que sentía por el estado de salud de su hija menor. Apenas se había separado de Lizzie, quien ni siquiera parecía tener fuerzas para levantarse del suelo de la cocina: si bien Zachary trataba de sobreponerse para buscar ayuda y hacer todo lo que estuviera en su mano por mejorar esa desgracia, su mujer no parecía ser capaz de lo mismo. No porque le importara menos su hija o lo que pudiera pasarle, sino precisamente porque, después de la muerte de Eddie, sabía que su corazón no podría soportar otro sufrimiento como aquel: ella, cuyos hombros aún se sacudían en sollozos que cada vez tenían menos fuerzas, quien ahora ni siquiera se veía capaz de volver a pronunciar el nombre de su benjamina, era la más cruda y viva imagen del dolor.

Mientras tanto, Zachary marcaba un número de teléfono tras otro sólo para colgar pocos instantes después: no sabía a quién podía acudir. Eran fechas tan señaladas, hacía poco que las manecillas del reloj habían marcado las doce de la noche dando comienzo al día de Nochebuena, absolutamente todo el mundo tenía ya sus planes hechos y no lograba pensar en nadie que estuviera dispuesto a dejar ese encuentro familiar, que para muchos se producía pocas veces al año, únicamente para ayudarles. Él no se iba a quedar de brazos cruzados esperando una nueva llamada de teléfono, que podría contener además noticias tan terribles que ni siquiera quería imaginarlas, y Lizzie no estaba en condiciones de viajar a ninguna parte, no en aquel estado de histeria al que a él mismo le gustaría abandonarse.

Al principio pensó en la solución más fácil y a la vez la más ilógica: Eddie. El hombre sintió un nuevo pinchazo en el corazón al darse cuenta de cómo su mente había vuelto a aferrarse a una posibilidad que ya no existía. SI esto hubiera ocurrido unos años atrás, avisar al primogénito de la familia hubiera sido el mejor remedio para todos: no únicamente hubiera tratado de consolar a sus padres, sino que se habría ofrecido el primero para cuidar de su hermana. Lo hubiera tenido todo a su favor: era joven y fuerte, valiente frente a las cosas que desconocía, había estudiado medicina en la universidad, y estaba muy unido a Claire, hubiera ido y vuelto del fin del mundo por ella.

Antes de que tuviera tiempo de dejarse vencer de nuevo por el dolor y la nostalgia, un rostro en forma de corazón, de vivaces ojos castaños y cabello corto de igual tonalidad apareció en su mente, haciéndole sentir una ligera sensación de alivio en toda aquella vorágine de sentimientos.

Emily.

Si la situación no hubiera sido tan desesperada, puede que se lo hubiera pensado una y dos veces antes de llamarla, pero aquella era una emergencia. Incluso desde antes de la muerte de Eddie, Emily había decidido poner distancia entre ella y la que era casi su familia política, algo que no había cambiado dos años después. Culpaba ferozmente a Lizzie de lo que le había ocurrido a Eddie y había dejado claro que nunca la perdonaría. Todo pasó demasiado rápido para todos los implicados: Edmund Dilthey pasó de encontrarse perfecto en Navidad a estar muerto a finales del mes de mayo, todo por una enfermedad que había actuado devastadoramente rápido y Emily no olvidaba que, si la decisión de su suegra sobre ser donante o no hubiera sido distinta, quizás él seguiría con vida, junto a ella, viendo crecer al hijo de ambos.

Emily siempre había sido una joven risueña y de carácter afable, por lo que congeniaba muy bien con Eddie, pero tras la muerte de éste esa Emily pareció también pasar a formar parte del pasado: estaba distante de todo el mundo, como si su mente se hallara en otra parte, nada la hacía sonreír y lloraba constantemente, incluso cuando uno juraría que ya no podían quedar más lágrimas que derramar. Sobraba decir que había pasado un embarazo muy difícil: los cinco primeros meses estuvieron marcados por la enfermedad de Eddie y cuando éste finalmente murió, Emily se encontró privada del que consideraba el amor de su vida, embarazada de casi seis meses y sin fuerza ninguna para salir adelante.

Jamás en toda su vida se había sentido tan sola, asustada, perdida y triste.

De no ser por Claire, Emily estaba segura de que todo habría sido muy distinto. Para ella, habría sido muy fácil abandonarse al dolor y a la desesperación y dejarse hundir en una profunda depresión, pero gracias al cielo Claire había permanecido a su lado, intentando dejar a un lado su propio dolor para ayudarla a ella y a su sobrino aún no nacido a salir adelante, aunque ni ella misma supiera cómo iban a lograrlo después de lo que había pasado. Había estado pendiente de ella y habían pasado mucho tiempo juntas, incluso aunque en algunas ocasiones todo cuanto pudieran hacer fuera llorar por la pérdida que ambas habían sufrido.

Poco a poco, había salido adelante aunque aún se sintiera muy triste y echara mucho de menos a Eddie. Es más, ahora que el hijo de ambos había nacido, le echaba más de menos que nunca: todo en lo que podía pensar era en lo loco que se encontraría el joven con su bebé, lo mucho que hubieran disfrutado de los años por venir juntos y de lo mucho que su hijo hubiera aprendido de su padre. Eddie merecía estar ahí, viviendo todos esos momentos robados que le pertenecían: esa era una herida que, estaba segura, no sanaría jamás.

Si bien Emily se encontraba muy unida a la que era prácticamente su cuñada – Eddie y ella nunca habían llegado a casarse, a decir verdad ni se lo llegaron a plantear en serio -, con sus suegros la cosa era muy distinta. No tenía demasiado en contra de Zachary, salvo el empeño casi ciego que ponía en tratar de exculpar a su mujer de lo que pasó, pero con Lizzie la cosa era muy distinta. Emily se había negado sistemáticamente a verla o establecer cualquier tipo de contacto con ella y del mismo modo intentaba que fuera con Eddie Jr.: únicamente permitía dejar a su hijo con su familia paterna si Claire Dilthey estaba presente.

De modo que cuando horas más tarde, Zachary abrió la puerta de su hogar para encontrarse con Emily y el pequeño Eddie en brazos supo que si había aceptado acudir hasta allí no era por Lizzie, sino por Claire. La joven había entrado con cierta vacilación en el hogar y había mirado a su alrededor con una nostalgia que hizo que sus ojos se pusieran vidriosos durante unos momentos: no entraba en la casa desde mucho antes de la muerte de Eddie y se sintió abrumada por los recuerdos felices y lejanos que ese lugar le traía. Abrazó a su hijo contra sí con afecto y le besó en la cabeza, intentando aferrarse a lo que le quedaba de su amor perdido. Finalmente se volvió hacia Zachary:

- Mis padres también están de camino... - murmuró Emily con voz queda. - Iba a pasar la Nochebuena con ellos y no me veo capaz de afrontar esto sola...

Zachary había asentido de inmediato, comprendiendo a la joven y sin parar de dar gracias de que ella estuviera allí: quizás el tener a su nuera y a su nieto en la casa harían que Lizzie se calmara. Había conseguido acostarla en la cama del dormitorio de ambos y la había arropado con mantas hasta los hombros, prometiéndole que todo iría bien y que volvería cuanto antes le fuera posible. Pero Lizzie no parecía escucharle, echada de lado con la mirada perdida en la nieve que había comenzado a caer esa noche. Únicamente cuando Zachary se incorporó para abandonar la habitación, la había oído pronunciar las siguientes palabras:

- No lo entiendo...

El hombre se volvió hacia ella, sin entender qué quería decir exactamente. Lizzie tenía de nuevo los ojos llenos de lágrimas y se aferraba al borde de una de las mantas con manos temblorosas.

- Todo lo que hemos vivido, todo a lo que nos hemos enfrentado, todos los años que quedan por venir... - continuó diciendo Lizzie, casi más para ella misma que para su marido. - ¿Para qué? ¿Qué sentido tiene estar vivo si nuestros hijos no están? Sin ellos no queda nada, el mundo se convierte en una trampa...

Zachary guardó silencio porque, a pesar de que pudieran parecer desvaríos fruto del dolor, entendía lo que Lizzie quería decir: cuando supo que era muy probable que Eddie no aguantara el avance de la enfermedad, se había sentido como atrapado en una inmensa jaula teniéndose que enfrentar a algo enorme y oscuro que se cernía sobre él y de lo que no podía escapar. Después de eso, el mundo había perdido mucho de lo que lo hacía parecer bello y mágico: sólo podía pensar en todo lo que Eddie se estaba perdiendo y en todo lo que aún podrían haber vivido juntos. Estaba viviendo sólo media vida sin él, pero aún tenían a Claire, cuya presencia bastaba para llenar sus días de luz. No quería permitirse siquiera pensar qué ocurriría si la perdían a ella también.

- Si aún hay alguien ahí arriba que me escuche, por favor, que tenga piedad... - oyó decir a Lizzie de nuevo, sacándole de sus pensamientos: su voz era frágil y quebrada, como si estuviera intentando ahorrar palabras para no volver a romper en llanto. - Sin ellos, no quiero seguir viviendo...

Las palabras le golpearon con fuerza dentro de sí y tuvo que morderse el interior de la mejilla para mantenerse entero: no estaba lejos de entenderla, ni mucho menos, eso era lo peor. Él mismo lo había pensado varias veces en los últimos años, en cómo la vida se volvía menos atractiva cuando perdías a alguien muy importante para tí, pero ni en la peor de sus pesadillas llegó a pensar que una situación tan drámatica y horrible como la que vivieron con Eddie podría repetirse.

Finalmente optó por no contestar a las palabras de su mujer en favor de volver a prometerle que haría todo cuanto estuviera en su mano para que todo se solucionara de la mejor forma posible. Ni siquiera estaba seguro de si Lizzie le había escuchado, pero se sentía incapaz de permanecer ni un minuto más ahí sabiendo que su hija le necesitaba y aún existían miles de kilómetros de distancia entre ellos. Gracias al cielo, poco después de que Emily llegara a la casa, habían recibido una llamada del Vaticano haciéndoles saber que, ya que Claire trabajaba allí, ponían a su disposición todo lo que estuviera en su mano para que pudieran viajar hasta Roma. A Zachary no le hacía ninguna gracia verse en ninguna situación en la que tuviera que aceptar nada de esa gente – desde lo de Eddie había desarrollado cierta hostilidad hacia todo lo que oliera a iglesia - , pero eran tiempos desesperados que requerían medidas desesperadas: lo primero era Claire, luego ya tendría tiempo de prestarle atención a sus valores.

Había sido así como había conseguido viajar en el primer avión que salía con destino a Roma, un vuelo de madrugada que parecía estar compuesto plenamente por hombres de negocios que estaban tan ocupados que únicamente podían viajar a esas horas de la noche y por familias de recursos limitados que no habían podido conseguir vuelos mejores a horas menos intempestivas. Recordaba que, al tomar asiento, una mujer que había sentada junto a él le había preguntado si se encontraba bien y eso podía deberse a dos motivos: el primero era, por supuesto, la enorme preocupación que sentía por Claire, y la segunda era que los aviones siempre le habían dado un miedo terrible. Las pocas veces que se había visto en la obligación de volar lo había hecho tan medicado que apenas recordaba nada del viaje, pero en aquella ocasión no podía permitirse actuar así.

Por suerte, el cansancio y el estrés que había vivido a lo largo del día obró a su favor, dejándole dormido pocos minutos antes de que el avión despegara.

Sucede a veces que durante el sueño, fantasía y realidad se dan la mano. No es extraño que, en medio de bizarras situaciones que mientras soñamos nos parecen normales, se mezclen también acontecimientos y personas de nuestra vida diaria cuya presencia hace esa construcción onírica más real a nuestros ojos. Pero también hay muchas otras veces en las que la mente simplemente recuerda: momentos recientes y lejanos, tristes y alegres... Suelen ser éstos los que recibimos con mayor impacto en nuestro ser y, tras un día marcado por la sorpresa y por su posterior angustia, para Zachary Dilthey no podía ser de otra manera.

En sueños, era joven otra vez y acababa de llegar a casa después de dar otra vuelta al distrito en el coche nuevo que le habían entregado aquella misma semana. Recordaba perfectamente las veces que se había parado frente al expositor soñando despierto con encontrarse alguna vez al volante del mismo y también la ilusión de su familia cuando había anunciado que finalmente podrían tenerlo. Aunque hace unos años no se hubiera aventurado a decir lo mismo, sentía que la vida le sonreía y que nada le podía ir mejor. Recordaba ahora con condescendencia el miedo y los nervios que había sentido al saber del embarazo de Lizzie, el ver cómo toda su vida iba a cambiar y que él debía aparcar sus sueños para poder dar una mínima estabilidad a su entonces prometida y madre de su futuro hijo.

Al principio había pensado que había sido cosa de mala suerte, pero no podía estar más en desacuerdo ahora que echaba la vista atrás: su familia era lo mejor que podía haberle pasado en la vida. Lizzie y él habían tenido mucha suerte al encontrarse, a pesar del paso de los años y del estrés que suponía a veces la vida familiar habían hallado siempre apoyo en el otro y un amor que no parecía mermar a pesar del tiempo que llevaban juntos.

Y los niños, los niños eran una bendición divina.

Tenían a la parejita: Eddie, de ocho años, y Claire, de seis. Esos pequeños eran su mayor orgullo y esperanza para el futuro. Había tenido miedo de no hacerlo bien, de no ser un buen padre para ellos dada su juventud e inexperiencia, pero junto a Lizzie habían logrado construir un hogar cálido y lleno de amor. Los dos hermanos eran como la noche y el día: Eddie siempre parecía estar ocupado en actividades que le exigieran no parar quieto un solo minuto, era muy sociable y tenía una capacidad extraordinaria para hacer reír a la gente; por el otro lado, Claire, y puede que precisamente por tener a Eddie de hermano mayor, era mucho más tranquila aunque tampoco le faltaban amistades. Ella poseía un interés enorme por aprender, parecía ver la vida como una gran historia que nunca llegaría a conocer del todo y por ello era normal encontrarla leyendo o haciendo preguntas sobre todo y sobre nada a la vez.

Sí, sus compañeros de clase podrían tener sus carreras universitarias y todo el prestigio que quisieran, pero él no cambiaría a su familia por nada del mundo.

Había cerrado tras de sí la puerta de entrada a la vivienda con sumo cuidado de no hacer ruido para no despertar a su mujer y a los niños que ya dormían en el piso superior de la casa. Echó el cerrojo y caminó casi de puntillas a través del salón hasta llegar a las escaleras, las cuales comenzó a subir murmurando entre dientes pequeñas plegarias para que no hicieran demasiado ruido al ceder levemente bajo sus pisadas. Ya en la segunda planta, la puerta más cercana a las escaleras era la de la habitación de sus hijos y hablaba en plural porque, pese a que hacía casi un año que habían trasladado a Claire a la habitación contigua para que tuviera un dormitorio para ella sola, la niña seguía escapándose para ir a escuchar las historias que le contaba su hermano mayor y que muchas veces se alargaban hasta la madrugada. Por si acaso, decidió echar un ojo antes de irse a dormir y se encontró con que su intuición no le había fallado.

La ventana de la alcoba estaba abierta y su hija menor contemplaba el cielo nocturno con los brazos apoyados en ella: el largo cabello rubio le caía por la espalda y estaba vestida con su camisón y calcetines blancos. Era curioso, hacía unos meses habría jurado que Claire aún tenía que ponerse de puntillas para poder asomarse a esa misma ventana: desde luego los niños crecían a una velocidad que asustaba.

- Me sé de una señorita que tendría que estar ya acostada... - dijo él, llamando la atención de la niña, quien giró el rostro hacia él.

El pasado mes de septiembre había empezado a ir a la "escuela de mayores" con Eddie y se había vuelto más curiosa que nunca. Su hermano mayor ejercía gustoso el papel de mentor en aquella nueva aventura, pero muchas de las cosas que le contaba eran disparates y leyendas de patio de colegio que tenían por único objetivo dejar a su hermana con los ojos como platos.

- Estaba pensando en algo que dijo Eddie – habló finalmente la vocecita de la pequeña, pero aún sin separarse de la ventana.

- Tranquila, Neal Green no tiene la rabia – contestó Zachary aprovechando para echar un vistazo a la litera que aún había en la habitación del niño: Edmund Dilthey estaba durmiendo despatarrado en la cama de arriba con la boca abierta. Tenía una percha en el puño derecho sostenida de tal manera que el gancho sobresalía entre sus dedos. - ¿Qué hace tu hermano con la percha?

Claire subió los hombros a la altura de sus orejas y los dejó caer de golpe.

- Sigue prefiriendo ser el capitán Garfio...

Ah, claro, la obra del colegio. Había sido el tema principal de discusión de la cena, junto con la supuesta rabia que padecía el pobre Neal Green. Se acercaba la Navidad y la escuela estaba montando el tinglado de todos los años para los alumnos y los padres: al parecer aquella mañana habían repartido las funciones de cada uno de los niños y ninguno de los dos hermanos había quedado muy contento con la suerte que habían tenido.

- Con ese pelo y ese carácter... - comenzó a decir Zachary de nuevo mientras quitaba con cuidado la percha de entre los dedos del niño y le revolvía con cariño su cabello rubio tostado. - Tu hermano estaba pidiendo a gritos ser Peter Pan desde el día que nació...

La niña esbozó una sonrisa y miró a su hermano con una admiración infantil que le costaba reprimir.

- Creo que le va a gustar, aunque se queje ahora – acabó confesando ella. - A mí ni siquiera se me va a ver...

Si bien el pequeño Eddie Dilthey había acabado por tener el papel principal, a pesar de tener preferencia por otro personaje, en el caso de la benjamina de la familia había pasado algo similar. Su padre sabía que nunca lo admitiría pero era capaz de ver que a su hija no le hubiera importado ser la hija mayor de los Darling y tener que decir eso de "niño, ¿por qué lloras?". En cambio iba a tener que decir mucho más que eso.

- Pero los papás y las mamás que vayamos a ver la obra sabremos qué está pasando porque tú lo estarás contando... - dijo Zachary, acuclillándose hasta ponerse a la altura de su hija. - A pesar de ser tan pequeña...

- No soy tan pequeña: ya tengo seis años y voy a la escuela de mayores – le corrigió Claire.

Zachary reprimió una sonrisa y alzó las palmas de las manos pidiendo una tregua.

- Vale, ya no eres tan pequeña, pero aún así tu maestra está maravillada de lo bien que sabes leer en voz alta y la facilidad con la que sabes decir lo que tienes que decir – continuó hablando el joven padre, poniendo las manos sobre los hombros de la niña. - Claire, sabes hacer que la gente te entienda y se interese por lo que dices, y eso es algo que le cuesta incluso a algunos de los mayores: lo harás muy bien

- ¿De verdad? - preguntó ella, aunque cualquiera hubiera podido leer en su menudo rostro que las palabras de su padre habían conseguido animarla.

- De verdad de la buena – prometió Zachary, llevándose la mano al corazón con gesto solemne.

La niña rió y enseguida se tapó la boca con las manos al ver su hermano se removía en sueños, dejando escapar una ininteligible queja. Eddie tenía el sueño profundo, pero también era verdad que si se desvelaba haría todo lo posible por evitar tener que volver a la cama: no eran extrañas las noches de fin de semana en que se pasaba despierto más tiempo del que debería y la mayoría de las veces eso significa que también Claire compartía ese peculiar horario. En ese aspecto, Lizzie y él también habían tenido suerte: habían temido que Eddie tuviera celos de Claire, que no estuvieran demasiado unidos al ser niño y niña... Pero sí se querían mucho, a pesar de alguna que otra pelea de hermanos: estaban muy unidos, con suerte lo estarían toda la vida.

- Así que dime, ¿qué es lo que te ha dicho tu hermano que te tiene tan preocupada? - quiso saber el cabeza de familia, volviendo al tema inicial de aquella peculiar conversación.

Casi al momento, Claire se giró señalando con el dedo el cielo estrellado que se veía a través de la ventana.

- Quiero saber seguro cuál es la segunda estrella a la derecha: Eddie me ha dicho que es muy importante no equivocarse porque la primera estrella a la derecha te lleva a un sitio muy raro...

Zachary dejó escapar una breve risa antes de negar con la cabeza.

- Tu hermano sí que es raro. No te preocupes, eres muy lista y siempre sabrás cuál es esa estrella

La niña intentó a duras penas reprimir un bostezo sin demasiado éxito: a saber cuánto tiempo llevaba ya levantada, incluso los párpados parecían pesarle. Zachary le tendió los brazos para acostarla en su habitación y Claire no tardó en echarle los bracitos alrededor del cuello, apoyando su cabeza en el hombro. El hombre se incorporó, con cuidado de no pisar ningún juguete que pudiera haber por el suelo, llevando tomada a la benjamina de la casa. Cerró la ventana para impedir que entrase el frío y, por si acaso, arropó como pudo a su hijo mayor con el brazo que le quedaba libre de sujetar a Claire. Estaba cruzando ya el umbral de la puerta para dirigirse a la habitación de la niña cuando Eddie se frotó los ojos con las manos y murmuró:

- Buenas noches, papá y enana... - la frase fue perdiendo fuerza a medida que llegaba a su final, señal de que no tardaría en volver a quedarse dormido, gracias al cielo.

- Buenas noches, Eddie – contestó Claire irguiendo un poco la cabeza, aunque aún bastante cansada, lo suficiente como para no ser capaz de enfadarse con su hermano por llamarla "enana".

- Buenas noches, hijo, y deja de asustar a tu hermana diciéndole que ese niño de tu clase tiene la rabia – le regañó Zachary dándole unos pequeños toques en el pie a su primogénito.

Eddie bostezó y apoyó mejor la cabeza en la almohada, pero siguió sin abrir los ojos.

- Le ví echar espuma por la boca a la hora de comer

- Tu madre me ha dicho que hoy habéis comido tarta de nata de postre, Eddie

- Pues que aprenda a no hablar con la boca llena – se quejó el niño.

- Es asqueroso... - afirmó a su vez su hermana menor, que cada vez parecía más despierta.

Zachary chistó, mandando callar a los dos niños.

- A dormir, hace tiempo que deberíais estar durmiendo los dos, veréis cuando se lo cuente a vuestra madre...

- Creo que no va a hacer falta que me lo cuentes...

Lizzie ya había aparecido en el umbral de la puerta y miraba a su hijo mayor con las cejas arqueadas, señal inequívoca de que estaba a punto de meterse en líos. Puede que fuera por lo bien que se sentía de que le estuviera saliendo todo tan bien aquel día, pero también la veía a ella más guapa que nunca a pesar de que acabara de salir de la cama.

- Edmund, ¿qué te hemos dicho de quedarse despierto hasta tan tarde? - habló la mujer, cruzándose de brazos. - Hace mucho que deberías estar dormido y eso va también por tu hermana...

- Ya va, mamá... - murmuró el niño, acurrucándose bajo las mantas: esa vez realmente se le veía cansado.

La madre de los niños esbozó una sonrisa divertida y negó con la cabeza antes de volverse hacia su marido.

- Ojalá todas las noches fuera así de fácil... Anda, dame a Claire, la llevo a su cuarto... - habló Lizzie en apenas susurros para no quebrar la quietud que parecía flotar en el ambiente.

Con cuidado de no espabilarla demasiado, Zachary pasó a la niña a los brazos de Lizzie, quien la besó en la frente y la llevó a la habitación contigua deseándole unos dulces sueños y que se despertara feliz por la mañana. No reprimió una sonrisa al ver el cariño y la dulzura con la que le hablaba, una constante en la relación que tenía su mujer con los niños.

Cuanto más lo pensaba, cuanto más vivía esa vida que, de un modo u otro, le había tocado vivir, más pensaba que no podía haber tenido más suerte: al ser tan jóvenes, Lizzie y él seguían comportándose más bien como novios a pesar del cuidado de los niños y la vida familiar, algo que no era una carga sino una bendición, una que nunca se hubiera atrevido ni a imaginar. Eddie y Claire, aún siendo los dos tan distintos, no podían ser mayor alegría para sus padres de lo que eran ya. Puede que fuera verdad eso de que Dios escribía derecho con renglones torcidos: el inicio de aquella pequeña familia había sido accidentado y en su día tanto Lizzie como él mismo habían pasado mucho miedo y dudas. Pero ahí estaban, después de casi diez años, y todo iba bien.

Bien estaba lo que bien acababa.

O, al menos, eso era lo que había pensado en aquella época.

Después, las cosas cambiaron mucho.

Jamás imaginó que pudieran llegar a cambiar tanto.

El avión se sacudió bruscamente al tomar tierra en la terminal italiana del aeropuerto intercontinental Leonardo da Vinci, haciendo que parte de las personas que viajaban a bordo del mismo se sobresaltaran, incluido Zachary Dilthey, que había pasado buena parte del vuelo dormido con la barbilla apoyada en el pecho y despertó casi de inmediato debido al fuerte movimiento del aparato al aterrizar.

Aún con el corazón latiendo aceleradamente, miró a su alrededor sintiéndose algo confundido. Pasados unos pocos instantes recordó qué hacía en ese avión y por qué no se encontraba en su casa como sería lo habitual: al hacerlo le invadió una sensación de desazón a la que, por desgracia, había terminado habituándose en los últimos dos años. Mentiría si dijera que no era frecuente que en sueños recordara tiempos mejores de forma inconsciente y volvería a mentir de nuevo si dijera que en esos mismos sueños no le extrañaba ver de nuevo a Eddie por allí como si nunca se hubiera marchado. Era únicamente al despertarse cuando se topaba de nuevo con la fría realidad y con la enorme e implacable decepción que eso le suponía, esta vez unida también al temor que sentía por Claire, el motivo por el que había viajado a Roma.

El hombre alzó el rostro todo lo que pudo aún sin incorporarse, tratando de ver por encima de las cabeza del resto de pasajeros del avión, quienes ya iban desperezándose y desabrochándose los cinturos de seguridad para poder coger sus equipajes de mano. Al otro lado de los gruesos cristales de las ventanas no se veía otra cosa que oscuridad, a veces interrumpida por pequeños focos de luz que había repartidos en la pista del aeropuerto. Ya era la víspera de Navidad, fechas en las que la gente suele viajar a sus casas a reunirse con los seres queridos o en las que viajan a lugares emblemáticos como lo era la llamada Ciudad Eterna.

Por no mencionar que aquellas Navidades eran las primeras que iba a celebrar Pablo VII como pontífice y nadie parecía querer perderse la oportunidad de estar allí. En el aeropuerto de Glasgow no se había topado únicamente con creyentes, sino también con personas que simplemente le admiraban por el papel que había jugado en los atentados del pasado mes de Junio y que estaban agradecidos por todo el coraje que había mostrado en aquellas horas sombrías. Era un personaje público muy querido por todos que estaba haciendo mucho en poco tiempo por mejorar la imagen de la Iglesia y eso hacía de sus primeras Navidades como pontífice de la Iglesia Católica poco menos que un acontecimiento histórico.

Sin embargo, eso a él le daba igual, lo único que quería era ver a su hija y hablar con los doctores para saber cómo se encontraba y para qué debía prepararse. No quería le dijeran verdades a medias o que le dieran falsas esperanzas únicamente para evitar minar su ánimo: ya había pasado por eso con Eddie y no quería que se repitiera, agradecería la verdad, por dolorosa que fuera, antes que una mentira encubierta. Pero, volviendo al tema de las celebraciones navideñas en Roma, Zachary sí reconocía a regañadientes que no estaba seguro de haber podido viajar a la capital de Italia a tiempo si no hubiera sido por la intervención del Vaticano.

Tras salir del avión y pisar finalmente tierra italiana, el hombre advirtió una vez más lo oscuro que aún estaba el cielo. Se disponía a consultar la hora en su reloj de pulsera cuando cayó en la cuenta de que la hora era distinta allí, pero no era una diferencia enorme, tan sólo una hora más: pasaban unos pocos minutos de las cuatro y media de la madrugada. Suspiró y se abrochó el abrigo con firmeza, tratando de no sentir el frío invernal a su alrededor. Caminó portando una pequeña bolsa de viaje que había traído consigo llevando lo imprescindible hasta salir del aeropuerto, donde empezó a mirar a su alrededor, buscando algún servicio de taxi que pudiera llevarle al policlínico Gemelli lo más rápido posible. Debió ser su aspecto confundido y desorientado el que llamó la atención de un hombre trajeado que debía tener más o menos su misma edad, quien se le acercó preguntando si era el señor Dilthey.

Zachary le miró con desconfianza, aunque agradecía cualquier ayuda que le permitiera llegar hasta su hija en un país extraño. Tras asentir no sin cierto reparo, el hombre se identificó como Matteo Cazzola, uno de los representantes de prensa del Vaticano. Al oír este último dato, Zachary sintió inmensos deseos de darle la espalda y dejarle con la palabra en la boca, sintiéndose aún demasiado tenso por todo lo que ocurrió con Eddie: quizás ese hombre no fuera religioso y puede que quizás no pensara de la misma manera en que lo hacía Martin Bailey y compañía, pero no podía evitar sentir un profundo rechazo. Se obligó a mantener la calma y no dejarse llevar por el mal humor, por el bien de Claire. Al parecer aquel hombre era un enviado del Vaticano para facilitarle su llegada a Roma ciudad, así como al hospital donde se encontraba su hija. Algo le habían dicho por teléfono, que iban a enviar a alguien que le llevara hasta el policlínico Gemelli, al igual que le habían facilitado el vuelo de Glasgow a Roma. En esos momentos había debido de encontrarse demasiado alterado como para prestar atención, pero ahora lo recordaba.

El hombre le guió hasta un coche con pinta de caro: Zachary tomó asiento en la parte de atrás mientras Cazzola se ponía al volante del vehículo. El italiano se disponía a arrancar cuando, tras dudar unos momentos, se giró hacia el recién llegado.

- Estamos muy preocupados por su hija, señor – afirmó Cazzola con sinceridad. - Incluso el santo padre lo está. Si hay alguna novedad, ¿nos la haría saber?

Zachary sintió de nuevo cierta aversión en su interior: ¿preocupados, ellos? ¿Qué sabían ellos de lo que era estar realmente preocupados? Desde que habían conocido la noticia, toda la familia se había visto inmersa en el infierno en la tierra. Lizzie no había parado de llorar desde que se había enterado, había tenido que dejarla acostada para venir a Roma y ni aún así había dejado de temblar durante un solo minuto. Había podido leer muy bien la expresión de dolor y preocupación en el rostro de Emily ante la posibilidad de que a Claire le pasara algo malo, pues estaba muy unida a ella y casi la consideraba la única buena influencia de la familia paterna de su hijo. En cuanto a él mismo... Recordaba que Lizzie había dicho que, si aún había alguien ahí arriba que la escuchara, quería que supiera que sin sus hijos no quería vivir. Él iba un poco más allá: si es que realmente había alguien ahí arriba que planeaba llevarse a su hija, haría bien en dejarle morir a él mismo en su lugar.

- Es un asunto familiar que nada tiene que ver con el Vaticano – contestó Zachary de mala gana, sintiendo que ese hombre y todo lo que representaba estaban metiendo las narices donde no les incumbía. - Lo único que me importa es la salud de mi hija y su estado es algo que sólo nos concierne a los que la queremos, así que agradecería mucho que no hiciera más larga la espera para poder verla

El hombre pareció decepcionado, pero asintió finalmente y arrancó el vehículo sin añadir una palabra más. Zachary Dilthey suspiró y echó una breve mirada al cielo nocturno a través de la ventanilla del coche: parecía mentira que para el resto de personas que a esas horas dormían en sus hogares, ajenos a toda preocupación, ésa fuera una noche como otra cualquiera y, sin embargo, para él fuera una que podía suponer un antes y un después en su vida.

De nuevo, no pudo evitar pensar sintiendo una punzada de dolor en el pecho.

Igual que la otra vez.


Aunque durante más tiempo del que le hubiera gustado había formado parte de su rutina casi diaria, a Patrick McKenna le costaba recordar cuándo había sido la última vez que había estado despierto antes de que sonara la alarma del reloj despertador que anunciaba el comienzo de una nueva jornada de oración y trabajo sobre la mesilla que había junto a su cama. Él, como todos sus predecesores antes que él, siempre se levantaba a las cinco de la mañana, principalmente para tener tiempo para preparar la misa que daba en la capilla privada a las siete para los invitados, jefes de Estado o demás trabajadores del Vaticano que desearan ser partícipes de la misma. Por fortuna, esto no ocurría el día de la víspera de Navidad, pues los pontífices siempre habían sido hombres de cierta edad y, teniendo en cuenta que a medianoche del día veinticuatro debían presidir la misa del gallo, con esto buscaban poder proporcionarles un descanso extra para poder hacer frente al resto del día.

La cuestión era para qué servía tener todo ese tiempo libre cuando realmente no lograba descansar. Lo que en un principio se podría interpretar como unas horas de alivio se convertían en una prolongación de una tortuosa espera cuyo final temía más que nada.

A excepción de unos cuantos momentos en los que había caído dormido únicamente para despertarse poco después con el corazón latiendo con fuerza contra su pecho debido a terribles sueños que no eran sino un reflejo de la realidad, el joven religioso casi podría jurar que había contemplado cómo el cielo italiano se había ido oscureciendo poco a poco y del mismo modo lo había visto volverse más claro con el paso de las horas, aunque aún no había amanecido.

La noche anterior, al llegar el día veintitrés a su fin, había intentado hacer lo mismo que hacía todos los días: ver un rato las noticias para saber qué pasaba en el mundo, rezar en la capilla antes de dormir y finalmente se había ido a la cama. Pero una vez allí no había encontrado sueño ni descanso, sino una larga serie de horas por delante en las que imperaba el silencio que tanto propiciaba que él volviera a caer en la duda y en la preocupación más angustiosa. No había tenido noticia alguna sobre Claire, sólo sabía que habían logrado ponerse en contacto finalmente con su familia y que tenían intención de acudir a Roma para estar a su lado. Eso le había tranquilizado en el sentido de que la periodista iba a tener quien cuidara de ella mientras estuviera hospitalizada, pero sobre la gravedad de su pronóstico seguía sin tener ninguna información y eso no le invitaba precisamente a la calma.

Así pues, en aquellos momentos, cuando eran poco más de las cinco de la madrugada, Patrick se encontraba de nuevo en la capilla privada que formaba parte de los apartamentos papales, arrodillado sobre el reclinatorio mientras musitaba una plegaria tras otra a la vez que mantenía los ojos cerrados con fuerza y las manos entrelazadas en actitud de oración. Trataba de abstraerse cuanto pudiera del mundo que le rodeaba y en el que vivía, olvidarse incluso de sí mismo y de todos los sentimientos de temor y dudas que inundaban su corazón: quería sentirse únicamente en presencia del Señor, como una criatura se dirige a un padre, como su humilde e indigno servidor. Aquel era un momento crucial en su vida y, con todo su corazón, con toda su alma, con todo lo que él era, suplicaba por ser escuchado, rogaba por una vida que le importaba más que la suya misma. Sentía un dolor punzante en la rodilla, que aún sanaba lentamente tras la operación que había tenido pocos días después de la caída del helicóptero, pero procuraba ignorarlo: nada de eso importaba ahora, eran cosas terrenales que no debían interponerse en aquel momento en el que únicamente se encontraban Dios y él mismo.

La voz de la conciencia, sin embargo, seguía sonando dentro de su cabeza, aunque cada vez más distante, como un eco que se perdía en la distancia: esa voz le decía que debía intentar descansar, que ese día de Nochebuena iba a ser uno de los más exigentes de los que llevaba en el mandato, que muchísima gente iba a estar pendiente de él y de sus palabras, no únicamente en Roma sino también a través de las diferentes cadenas de televisión de prácticamente todo el planeta. También se debía a todas aquellas personas que iban a prestarle su atención aquella noche y eso le traía de nuevo al eterno dilema que había invadido su vida y consumido sus pensamientos hasta casi la extenuación en los últimos meses.

¿De verdad era tan incompatible, tan imposible era mantener ambas cosas? ¿Siempre se iba a encontrar con que tenía que escoger entre unos y otros?

En alguna parte de Roma, Claire Dilthey seguía luchando por su vida y él permanecía lejos de ella sin siquiera saber si ya había perdido o ganado aquella batalla, de la que no pendía únicamente la vida de la joven, sino también la suya propia. Aún se estremecía al pensar en lo mucho que cambiaría todo en su vida si algo malo le ocurría a ella: todos esos pasados meses, Claire siempre había estado junto a él, había supuesto para él algo a lo que aferrarse para salir adelante – aunque no hubiera sido plenamente consciente de hasta qué punto hasta hacía bien poco -, ¿qué ocurriría si ella desaparecía? Esa luz que iluminaba tímidamente su mundo de tinieblas y desesperanza se desvanecería en medio de esas sombras que tanto luchaba por disipar. Era cierto que había sido él quien había tratado de apartarla de ese mundo, pero le movió a ello la mejor intención: sabía que en Roma corría peligro a cada minuto que pasara y ése era un riesgo que no estaba dispuesto a correr bajo ningún concepto...

Y, sin embargo, ¿de qué había servido todo aquello? El destino parecía burlarse de él y de cada una de sus decisiones por tratar de evitar un mal mayor: todo cuanto planeaba al respecto se transformaba en todo lo contrario de lo que había deseado en un principio, cada pequeño intento por tratar de reparar o evitar el daño había acabado volviéndose en su contra y la mayor prueba de ello era que, a pesar de todo, Claire casi se muere en sus brazos.

Sentía como si todo lo que él era se paralizara cada vez que esos momentos volvían a su mente, si es que habían llegado a irse alguna vez: la joven se había puesto azul y él no había podido hacer otra cosa que contemplar horrorizado cómo la vida parecía abandonarla con devastadora rapidez. No quería tener esas imágenes en su memoria, no quería oír la dificultosa respiración de la periodista cada vez que cerraba los ojos... Se sentía tan desesperado que tenía que hacer esfuerzos para no taparse los oídos con las manos y apretar con fuerza contra su cabeza, como si así pudiera contener esos recuerdos o incluso hacerlos desaparecer.

Sentía su alma en un estado de desolación pura, como si anduviera perdido en un páramo de aullidos.

Le temblaron los brazos y volvió a hacer un esfuerzo por concentrarse en la oración, pero ese muro que había levantado involuntariamente tras lo vivido el día anterior empezaba a mostrar grietas y peligro de venirse abajo. Estaba desesperado y en las últimas horas se había visto obligado a mostrar todo lo contrario porque tenía muchas cosas que hacer, había tenido que dejar todo lo que sentía a un lado, pero eso únicamente había constituido una solución pasajera: ahora esos mismos sentimientos volvían con fuerzas renovadas y él ya no se sentía lo suficientemente fuerte como para mantenerlos a raya.

Apoyó la frente en la palma de una de sus manos y dejó escapar el aire, para luego volver a inspirar profundamente, tratando de hallar cierta calma pero lo primero que acudió a su mente fue cómo debía haberse sentido Claire el día anterior al intentar hacer eso mismo y no encontrar otra cosa que un vacío que la estrangulaba poco a poco. Y él no había podido hacer nada.

Era inútil, del todo: todo esfuerzo por calmarse y esperar noticias estaba siendo en vano. Recordaba haberse sentido exactamente igual de niño cuando volvió en sí después del terremoto y esperaba que alguien le dijera dónde estaba su madre.

Quisiera Dios que en esta ocasión no obtuviera la misma respuesta que entonces.

Todos estos pensamiento lo tenían tan abstraído que apenas oyó la puerta de la capilla abrirse a sus espaldas y volver a cerrarse instantes después. Miró por encima del hombro y vio al camarlengo Baggia ahí de pie a un lado de la entrada, con expresión claramente preocupada. Aunque su presencia allí a esas horas tan tempranas no era extraña, ya que compartía el mismo horario que Patrick, era la víspera de Navidad y no tenía audiencias privadas aquel día, por lo tanto no debía haberse levantado tan temprano de la cama como tampoco tendría que haberlo hecho el joven pontífice. Que estuviera allí a esas horas a pesar de eso sólo significaba una cosa: estaba seguro de que, a pesar de no tener que estarlo, Patrick estaría ya despierto.

- El que tienes ante tí es un día muy largo y muy importante, deberías estar descansando mientras puedas hacerlo – habló el anciano cardenal pasados unos momentos.

Patrick ahogó una breve risa cargada de pesar y negó con la cabeza, a la vez que volvía la mirada al frente.

- No podría descansar aunque quisiera hacerlo – contestó finalmente.

Aunque sabía que podía hacerlo, Patrick no quiso añadir nada más. Confiaba en el cardenal Baggia como en ningún otro de los cardenales y sabía que estaría ahí para escucharle si finalmente se decidía a confesar sus temores, pero se veía incapaz de hacerlo sin venirse abajo. Y no podía permitirse eso, no en un día como aquel, con tantísima gente pendiente de cada uno de sus actos. Por su parte, el cardenal Baggia conocía a Patrick desde hacía muchísimos años y le conocía lo bastante bien como para saber que el hecho de que guardara silencio no significaba que no tuviera nada que decir, ni nada que le preocupara: en ese aspecto, el joven siempre había sido muy reservado y en eso no había cambiado con el paso de los años. Pero, a su vez, esa forma de comportarse le delataba ante aquellos que le conocían muy bien y Marco Baggia creía poder leer en su rostro como en un libro abierto: quizás no supiera qué pensaba, pero sí cómo se sentía.

Se adentró en la pequeña estancia hasta alcanzar el reclinatorio contiguo al que estaba usando Patrick y se arrodilló sobre el mismo, no sin cierto esfuerzo y sentir dolor en los huesos. Guardó silencio y entrelazó las manos en actitud de oración, pero no inclinó el rostro: simplemente permanecía a la espera de que el joven religioso quisiera compartir con él algo de lo que estuviera pasando por su cabeza, aunque para ello tuviera que esperar. Sabía bien que Patrick era tan reservado como terco y que no empezaría a hablar hasta que no sintiera la imperiosa necesidad de hacerlo. Miraba de vez en cuando al joven por el rabillo del ojo y vio que ya no se encontraba con la cabeza inclinada, sino que miraba a la imagen que presidía la estancia mientras su mente parecía estar en otra parte.

Los minutos fueron pasando y ninguno de los dos dijo nada, pero el anciano se daba cuenta de cada vez que Patrick abría los labios como para decir algo y finalmente volvía a guardar silencio, cómo a veces tragaba saliva o cómo su respiración parecía pararse a veces ante algún pensamiento negativo. A pesar de todo, decidió no presionarle: esperar a que hablara únicamente cuando necesitara hacerlo. No miró el reloj en ningún momento, así que podía haber pasado media hora, o una o incluso dos cuando oyó la voz del pontífice.

- ¿Se sabe algo de la familia de Claire? ¿Han llegado ya a Roma?

- He hablado con Nicolas Widmer, ya que nuestro comandante ha pedido un par de días libres y ha delegado sus funciones en él – explicó con cuidado el cardenal Baggia, haciéndole saber a Patrick la nueva situación: no parecía importarle puesto que había asentido, aún sin mirarle, a cada una de sus palabras. - Al parecer sólo ha acudido su padre, uno de nuestros trabajadores fue a recibirle al aeropuerto Leonardo da Vinci y a ofrecerle lo que pudiera necesitar durante su estancia en Roma pero insistió mucho en que lo único que quería era ver a su hija... Por lo que me ha dicho nuestro colega, no creo que se ponga en contacto con nosotros mientras esté aquí: insiste en que es un asunto que sólo atañe a la familia...

Patrick volvió a asentir a la explicación de su camarlengo, manteniendo la mirada en el cristo que había en la pared de enfrente: consideraba lo más lógico y natural del mundo que la única preocupación del señor Dilthey fuera estar junto a su hija, pero a la vez sentía un profundo pesar y decepción al saber que no obtendría de él las respuestas que buscaba. Sólo necesitaba saber cómo estaba Claire, por favor, cualquier detalle sobre su estado de salud era mejor que esa agónica espera por la que estaba pasando: mientras no sabía nada de cómo se encontraba, su mente se dedicaba a imaginar únicamente el peor de los desenlaces. Sintió cómo el nudo de su garganta se hacía más fuerte y tragó saliva, intentando apaciguarse.

De nuevo se hizo el silencio en la pequeña estancia y pasaron unos largos minutos más hasta que el cardenal Baggia volvió a oír la voz de Patrick, aunque era tan débil como un murmullo: ni siquiera estaba seguro de que se dirigiera a él.

- Tenías razón

El anciano camarlengo volvió el rostro hacia el joven pontífice, quien continuaba con la mirada fija en la imagen que presidía la capilla pero no por ello parecía menos inquieto: respiraba con cierta dificultad, como si estuviera reprimiendo las ganas de llorar, de poder expresar al fin todo lo que estaba sintiendo desde hacía poco menos de veinticuatro horas ya. Le conocía desde que era un crío y no recordaba haberle visto tan afectado nunca, ni siquiera en sus más difíciles momentos. Patrick trató de hablar pero se limitó a negar con la cabeza y a tomar aire antes de seguir hablando.

- Tenías razón en todo, yo no sabía que todo esto iba a pasar, que... - habló él con una ansiedad y un desasosiego que hizo saltar todas las alarmas del anciano.

- Espera, cálmate un momento – le pidió el cardenal Baggia, apoyando una de sus manos en el hombro del joven. - Tranquilo, dime, ¿a qué te refieres con que yo tenía razón? ¿En qué?

El pontífice inspiró hondo y se dio unos pocos segundos antes de continuar hablando.

- He estado pensando en lo que ayer me dijiste con respecto a Claire... Me preguntaste si acaso ni siquiera merecía que yo hubiera sido sincero con ella, cómo había permanecido siempre a mi lado a pesar de que eso no gustara a determinadas personas, cómo incluso me había salvado la vida el día en que traté de suicidarme y cómo yo se lo pagaba traicionándola...

La voz de Patrick había ido perdiendo fuerza a medida que hablaba, como si el propio impacto de sus palabras hubieran mellado poco a poco el muro emocional que había interpuesto dentro de sí. Al ir recordando todo lo que había pasado en los últimos días entre Claire y él, Patrick contrajo el rostro en un gesto de dolor, como si ese padecimiento emocional hubiera llegado incluso a ser físico, y se tapó los ojos con una de las manos. Trató de tranquilizarse, de tomar aire, de contar hasta diez... Pero finalmente brotó de él un sollozo que hizo que sus hombros se sacudieran violentamente. A pesar de tener los ojos cubiertos, el cardenal Baggia pudo ver cómo las lágrimas que el joven había tratado de contener en las últimas horas comenzaban a correr por sus mejillas.

El anciano camarlengo sintió dentro de sí un pinchazo, como si su alma sufriera de sentir piedad: siempre le había pasado, era una persona muy compasiva a la que no le costaba ponerse en el lugar del otro para entender lo que éste estaba pasando. Contemplar a Patrick tan derrotado y con tan pocas esperanzas se le hacía especialmente duro porque, a pesar de que le conocía desde hacía muchos largos años, podía contar con los dedos de una mano las veces que le había visto llorar. El pontífice siempre había sido esa clase de personas en las que los demás se apoyan en tiempos de dificultad, la clase de persona que conserva la calma y la fuerza interior cuando los demás se dejan arrastrar por la desesperanza, la clase de persona que siempre creía que no había mal que cien años durara y que todo acabaría por pasar...

Y ver a esa persona destruida por los acontecimientos era más de lo que su viejo corazón podía soportar.

- Me recordaste que había sido precisamente la traición lo que condenó a nuestro Señor a muerte – habló finalmente Patrick, apartando la mano de sus ojos, ya enrojecidos por las lágrimas que se agolpaban en ellos. - Y yo, ¿qué he hecho con ella? Dios santo, ¿qué le he hecho? ¿A qué final la he condenado?

- Patrick – contestó de inmediato el camarlengo, apretándole fuertemente el hombro en señal de apoyo y también para recalcar la firmeza de sus palabras. - Hay dos cosas que tienes que tener muy claras: primero, estás hablando de ella como si ya estuviera muerta a pesar de que no nos han dicho nada de eso, no debes perder la esperanza de que se recupere, y segundo, lo que ha pasado no ha sido culpa tuya, no había manera en la que supieras lo que iba a pasar...

El joven religioso negó con la cabeza, desestimando todo lo que su camarlengo le estaba diciendo: él no lo entendía, mientras no supiera la verdad nunca podría entenderlo. Por supuesto que lo que le había sucedido a Claire era culpa suya, había sido la víctima colateral de un daño que estaba dirigido a su persona. ¿O era posible que, desde el principio, estuviera dirigido a ella? Era una completa locura, no había modo de que quien estuviera detrás de todo eso supiera cómo iba a actuar Claire aquella mañana. Eso era lo que le decía la parte lógica de su mente, pero también recordaba cómo Jano le había recordado en una de sus llamadas que el verano pasado pagaron justos por pecadores y que iba a poner todo de su parte para que la balanza se equilibrara.

De nuevo, iban a sufrir las consecuencias gente que no tenía culpa de nada, y, si estaba en lo cierto con esta teoría, Claire había sido la primera de ellas.

Sentía que desvariaba, que estaba haciendo conjeturas que se alejaban de la realidad: en ese despacho, esa mañana sólo se encontraban el cardenal Baggia, Claire y él mismo. Se negaba en rotundo a sospechar de su camarlengo, no le veía en absoluto capaz de llevar a cabo un acto tan vil y, además, si no confiaba ni siquiera en él, ¿qué le quedaba ya? Patrick negó con la cabeza más para sí mismo que para el preocupado cardenal que aún mantenía la mano sobre su hombro y la mirada fija en él.

- Me equivoqué, me equivoqué en todo... - balbuceó el joven religioso, sintiéndose incapaz de poder seguir hablando mucho tiempo más ahora que finalmente había roto en llanto. - En pensar que apartándola de aquí la pondría a salvo, en pensar que sin ella volvería a mi vida de siempre, en que estaría bien aunque ella estuviera lejos... Y ahora que ha pasado esto, me siento un estúpido por haber creído algo así...

- Patrick, no te entiendo – le interrumpió con delicadeza el cardenal Baggia. - Hablas de ponerla a salvo, ¿de qué?

- Sé que éste no es su sitio... - contestó Patrick, diciendo únicamente una verdad a medias: no quería contarle a su anciano camarlengo el peligro que acechaba de nuevo los muros del Vaticano. - Ella no lo dice, por supuesto que nunca lo dirá, pero puedo verlo. Hasta donde yo sé, el trabajo que realiza aquí es tedioso y muy poco valorado: ella está acostumbrada a tener más responsabilidad en su profesión y sé que se siente frustrada y limitada... Pero se calla y no dice nada...

El joven guardó silencio una vez más porque, conforme iba hablando, iba dándose cada vez más cuenta de todo: Claire podría haber elegido marcharse en cualquier momento porque el trabajo que tenía en el Vaticano quizás no compensaba un año perdido en la BBC y estar lejos de los suyos, pero había una razón por la que se había quedado y esa razón era él. Ella había dejado todo a un lado para estar con él y darle esperanza en unos momentos en que no existía ninguna porque creía en él, porque tenía más fe en él de la que él tenía en sí mismo, porque pensaba que merecía todo lo bueno que la vida pudiera tenerle reservado.

Porque le amaba.

Sintió una cálida sensación en el corazón, como una caricia, al recordar las palabras de Claire diciéndole que le quería, que estaba enamorada de él, que lo había estado desde aquella noche del mes de Junio a pesar del tiempo que luego habían estado separados. En los últimos meses, ella había sido su luz al final del túnel, la única persona que había podido realmente alcanzarle y ayudarle a salir poco a poco de ese pozo de desesperación y angustia en el que había estado sumido. Puede que ni siquiera estuviera allí en esos momentos si no fuese por ella. Patrick, aún conmovido por estos recuerdos, no pudo evitar preguntarse qué había hecho él para merecer un amor tan puro e incondicional.

En su vida debía haber hecho algo muy bueno para merecer aquella bendición... Y él no había sabido valorar aquello, ni tampoco había sabido cuidar de Claire.

- Ella me ama – murmuró Patrick, apoyando la frente en la mano a la vez que cerraba los ojos, tratando de encontrar un poco de paz. - Y yo... No sé qué hacer...

El cardenal Baggia había escuchado atentamente todas las palabras del joven pontífice y también había sabido escuchar aquellas que no había dicho. Después de todo, más sabía el demonio por viejo que por demonio y eran muchos los años de experiencia que llevaba sobre su dolorida espalda, como también eran muchos los años que conocía a Patrick. Nunca le había visto así, tan angustiado: claro que había habido momentos en la vida del joven que le habían hecho preocuparse enormemente, pero esta vez se trataba de algo distinto, algo a lo que seguramente nunca creyó tener que enfrentarse.

- Déjame decirte una cosa, Patrick, y es el cardenal quien habla esta vez... - comenzó a hablar el anciano, rompiendo su silencio. - Creo firmemente que nosotros, los sacerdotes, cometemos un gran error al marcar una línea de separación tan profunda entre religiosos y laicos; todos somos seres humanos, nacidos y creados como iguales que no deberían vivir en mundos tan distintos. Tu propio padre decía que deberían vivir entre el mundo humano y el divino, no abandonar uno de ellos para entregarse por completo al otro. Al igual que nosotros los ancianos cometemos un error al olvidar lo que significa ser jóvenes, es también injusto dar la espalda al resto del mundo y a su forma de vida, una forma de vida que no es errónea ni pecado como muchos religiosos han querido hacer ver...

Patrick giró el rostro hacia él, sin entender muy bien adónde quería ir a parar su camarlengo con todo aquello, aunque debía admitir que le reconfortaba escucharle hablar: siempre había valorado mucho sus consejos y jamás le había defraudado cuando había acudido a él en busca del mismo. Era de las pocas personas en las que confiaba por completo y en aquellos momentos tan angustiosos, el que estuviera allí, junto a él, era como disponer de un salvavidas en medio de un naufragio.

- Patrick, hijo mío, sobrará decirlo pero soy un hombre muy anciano... - continuó diciendo el cardenal Baggia, con la nostalgia reflejada en sus cansados ojos grises. - He vivido mucho a lo largo de mi vida, he conocido a muchas personas distintas y he experimentado grandes alegrías al igual que grandes sufrimientos... Sé que la vida no es fácil: es bella y también oscura, pues nos arrebata lo que amamos con la misma facilidad con la que nos lo brinda. Por eso creo, y sé que tu padre era de mi misma opinión, que debemos guiarnos por nuestro corazón: puedo asegurarte que nunca cometerás error alguno si te guías por su sabio consejo y confías en él... La razón puede engañarnos a veces, pero el corazón no lo hace nunca

El joven sacerdote tomó aire, mientras sopesaba las palabras del anciano: comprendía bien su significado y todo lo que éstas conllevaban, pero al mismo tiempo le costaba tanto tomar una decisión... Marco Baggia le había hablado sobre la naturaleza bella y al mismo tiempo oscura de la vida y ésa era quizás una de las cosas que mejor había comprendido: estar vivo era una maravilla, un regalo de Dios a los hombres... Pero quien dijera que en aquel esplendor no existía también el dolor, mentía como un bellaco.

- Me preocupa mucho Claire – dijo finalmente Patrick, bajo la mirada solemne de su camarlengo. - Quisiera poder hacer algo más por ella que rezar, pero... Ella significa tanto para mí, estoy totalmente perdido si a ella le sucede algo, no quiero ni pensarlo...

El anciano había fruncido levemente el entrecejo, como algo extrañado de las palabras de Patrick, y el joven supo entender la razón de su confusión sin que el cardenal Baggia tuviera que decir una palabra.

- Sé lo que vas a decir... - murmuró el religioso. - Temo perderla pero, al mismo tiempo, el que ella se marchara de aquí fue decisión mía. A pesar de que lo hice por ella, porque creo que su lugar está donde ella pertenece y no aquí, a pesar de que sabía que eso implicaría que ella saliera de mi vida... - tomó aire y contrajo el rostro, como si hubiera sentido una punzada de dolor en su interior – Nunca pensé que pudiera dolerme tanto... Subestimé esa sensación y ahora la idea de perderla se me hace totalmente insoportable... Es como vivir una pesadilla

El camarlengo Baggia asintió a las palabras de Patrick.

- La quieres mucho, lo sé

El joven cerró los ojos y negó con la cabeza.

- Mucho más de lo que debería...

- Muchacho, entonces acabas de descubrir uno de los misterios más grandes de Dios – contestó el anciano cardenal esbozando una leve sonrisa. - No diré que no entienda tu miedo y tus dudas, pero sí que, como un gran escritor francés dijo hace más de un siglo, Dios evidentemente ha hecho la creación para el alma y el alma para el amor. No existe verdad más grande en el mundo.

Patrick había vuelto el rostro hacia su camarlengo y había escuchado en silencioso recogimiento sus palabras, casi como si no pudiera creer lo que estaba oyendo. De acuerdo, Marco Baggia era una persona tolerante y comprensiva, muy distinta al cardenal Strauss, por ejemplo, pero hasta de él hubiera esperado un reproche por manifestar, aunque fuera de forma leve, lo que creía sentir por Claire. El joven sacerdote negó con la cabeza para sí mismo y contestó:

- Conozco a bastantes príncipes de la Iglesia que se llevarían las manos a la cabeza al oírle contestarme algo así... No creo que ninguno de ellos recibiera de buena manera nada de lo que estamos hablando aquí... Ni yo mismo estoy seguro de que sea amor...

- ¿Y qué otra cosa podría ser, si no, Patrick? - le interrumpió el camarlengo Baggia. - Sólo hace falta verte para que uno se dé cuenta: siempre que estás con ella parece como si nada en el mundo pudiera ir mejor o no pudieras encontrarte en mejor lugar que a su lado, tu estado de ánimo es diferente cuando Claire no está... Y mírate ahora, ¿crees que te sentirías así de desesperado, así de taciturno si no la valoraras por encima de muchas otras cosas? Porque estoy seguro de que te cambiarías por ella si pudieras hacerlo, sin dudarlo un segundo, es más, estoy seguro de que esa idea ya se te ha pasado por la cabeza no pocas veces en estas últimas horas...

Claro que lo había pensado, recordó amargamente Patrick, en eso el cardenal Baggia no se equivocaba. Sentía que no había nada que no estuviera dispuesto a hacer por Claire, del mismo modo que ella había obrado siempre respecto a él, y eso decía mucho más de lo que su mente se veía capaz de silenciar. Ya no era el mismo, algo en él había cambiado por completo en horas: a pesar de que aún sentía ciertas dudas, también sentía como si algo dentro de sí, algo que siempre había estado ahí sin que él lo notara, comenzaba a aflorar, a hacerse notar. Como una epifanía. Por supuesto que sabía que quería a Claire, eso nunca lo había dudado... Pero empezaba a comprender que "querer" no era una palabra que hiciera justicia a todo lo que sentía por ella, simplemente no lograba abarcar todo ese sentimiento. Él, que había estado dispuesto a dejarla marchar para siempre con tal de verla a salvo, se veía ahora atravesado por el dolor que suponía ver que, de repente, la posibilidad de perderla se había convertido en una realidad que transformaba su mundo en una pesadilla de la que no lograba despertar.

Estaría perdido si ella moría, lo sabía. Ya se sentía perdido de sólo pensar en ello. Claire no se merecía un final así y tampoco su familia merecía volver a experimentar el desgarrador pesar de perder a un hijo.

Aún le costaba creerlo, jamás había pensado verse en una situación así: todo había comenzado en aquella primera rueda de prensa seis meses atrás, a pesar de que ambos eran unos mutuos desconocidos y de que los sentimientos surgieron mucho después. No fue amor a primera vista, en absoluto. Pero sí fue el principio de todo.

- El amor, en cualquiera de sus formas, es el sentimiento más puro y desinteresado que habita en nuestro interior, en el de todos nosotros: es lo único que ha pervivido durante mil años y que pervivirá durante mil años más, sobreviviendo a cualquier circunstancia que asole el mundo. - continuó hablando el camarlengo Baggia, ya casi más para sí mismo que para Patrick, como si se encontrara perdido en una meditación en voz alta. - Es lo que hace al ser humano revivir cuando lo cree todo perdido, es lo que ha hecho a la humanidad recuperarse de mil y una desgracias y en verdad es el sentimiento que mueve el mundo... Que no te engañen, Patrick, no es el dinero, ni el poder, como muchos creen. Nada de eso se queda contigo cuando te vas: el amor sí lo hace. Toda nuestra vida está medida en el amor que recibimos y en el que somos capaces de dar a los demás. Está en nuestra naturaleza: es lo que nos mantiene felices y sanos, es lo que nos mantiene vivos... Es un sentimiento que no exige nada y que lo da todo, cambia a la gente y siempre para mucho mejor...

Pasaron unos instantes durante los que ninguno de los hombres dijo nada, como si el significado de las palabras del cardenal aún flotaran en el ambiente y estuvieran entrando poco a poco en la mente de ambos. El silencio se postergó durante unos largos minutos más, hasta que Baggia habló de nuevo:

- Hijo mío, dime si eso, si ese sentimiento no es la misma esencia de Dios: el estimar a una persona por encima incluso de lo que te estimas a tí mismo. Él es amor, la propia esencia del alma humana es el amor... Así que, no temas decir que lo que sientes por esa joven también lo es

Finalmente, el anciano dejó escapar un suspiro y apoyó la frente en la mano, cerrando los ojos por un momento. Quizás había hablado más de lo que se consideraba apropiado o siquiera prudente. No quería confundir la mente de Patrick, ni tampoco condicionar su decisión, fuera la que fuera ésta última. Eso era algo que el joven debía dilucidar únicamente por sí mismo y basándose en sus propios sentimientos, no en nada de lo que le pudieran decir otras personas. El anciano conocía muy bien a Patrick y estaba seguro de que las dudas que sentía en esos instantes, y que seguramente llevaba sintiendo desde hacía bastante tiempo, únicamente se basaban en el hecho de que eligió un camino a seguir en su vida que no contemplaba esa clase de amor. Es más, creía firmemente que si Patrick fuera un joven como otro cualquiera, hubiera admitido lo que sentía por Claire Dilthey y obrado en consecuencia hacía ya mucho tiempo.

Al meditar sobre toda esta problemática, Marco Baggia no pudo dejar de recordar a los padres de Patrick, Kieren McKenna y María Ventresca, que en su día también pasaron por un miedo y unas dudas similares. Los recordaba a ambos perfectamente, como si no hubiera pasado más de un día desde la última vez que los vio. Pero tomaron una decisión y lo único negativo en todo aquello fue que, a la larga, la relación no logró sobrevivir mucho tiempo después del nacimiento del bebé y el amor que una vez sintieron se vio convertido en un abrumador sentimiento de dolor y pérdida. Y eran buenas personas, gente gentil y noble que tuvo la fortuna de encontrar en el otro algo que les hacía sentir como si el mundo hubiera renacido ante ellos. Personas que hubieran merecido ser felices. Con todo su corazón, Marco Baggia no dudaba en que el propio Dios no hubiera deseado algo distinto para ellos: ¿no es para un padre la mayor dicha el contemplar la felicidad de los hijos?

Contempló un momento a Patrick, que mantenía la mirada cabizbaja, como si se encontrara nuevamente en el recogimiento propio de la oración. El joven no había dicho una sola palabra tras el discurso del anciano, algo que éste último incluso prefería: detestaría que Patrick tomara una decisión que realmente no sentía sólo movido por la mayor o menor fuerza que sus palabras hubieran podido tener en él. Pero, ante todo, sí debía tener una cosa clara:

- Confía siempre en lo que te diga tu propio juicio, pues me temo que entre estos muros hay diversidad de opiniones sobre prácticamente cualquier tema de conversación que podamos imaginar: a veces incluso cuesta creer que profesemos la misma fe – habló el anciano una vez más, intentando poner una nota de humor para animar al joven. - Pero sí hay algo que tenemos en común, que nos une a todos, y eso es el amor. Hijo mío, el ser humano estará perdido el día en que ya no recuerde lo que es el amor.

Apenas había terminado Baggia de pronunciar estas palabras cuando ambos oyeron cómo alguien llamaba a las puertas del despacho papal, que estaba situado en una habitación contigua a la pequeña capilla. Patrick volvió el rostro hacia la puerta y luego miró al cardenal Baggia al mismo tiempo que se incorporaba del reclinatorio con cierta dificultad debido a su rodilla. Según pudo ver el camarlengo, la expresión de su rostro se había vuelto de nuevo apagada y triste, tras ese paréntesis de reflexión y meditación que ambos habían tenido. Le dolió leer en su rostro que no guardaba ninguna esperanza, la había perdido en algún momento de las largas horas que había pasado rezando a solas en la capilla sin recibir ninguna respuesta y era precisamente esa espera la que ponía la esperanza a prueba: ¿existía algo más devastador en el mundo que esperar cuando no tienes ningún poder para cambiar las cosas?

Baggia pensó en seguir rezando allí un tiempo más y continuar la conversación donde la habían dejado, pero decidió que era mejor dejar que Patrick pudiera tener cierta soledad para sus pensamientos y también para prepararse para lo que el resto del día le deparara. Era una desgracia lo que había ocurrido, sí, pero el joven pontífice tenía obligaciones muy importantes que atender y no podía venirse abajo, había demasiada gente pendiente de él, mucha gente para la que él era el símbolo de todo en lo que creían. Y Patrick tenía eso muy presente. Aunque quizás el cardenal Strauss no compartiera su opinión o dudara de su capacidad, Marco Baggia sabía que, pasara lo que pasara, el joven seguiría adelante con sus obligaciones para con los fieles y la Iglesia. Tenían mucha suerte de tener a alguien como él al mando de todo.

Ya en el despacho papal, Patrick tomó aire y se apoyó levemente en el escritorio, aún evitando en la medida de la posible observar el lugar exacto donde había ocurrido todo. Aunque ese suceso le había arrasado por dentro, también recordaba la conversación previa que había mantenido con Claire. Ella creía sinceramente en todo lo bueno que veía en él y de veras se había esforzado en que él valorara sus propias cualidades cuando no se creía merecedor de nada. Poco a poco, el empeño de Claire había dado sus frutos y Patrick había empezado a ser consciente de que, si bien había cosas en su pasado que no podía cambiar, tenía dentro de sí lo que hacía falta para convertirse en alguien mejor. Siempre había sido una persona con mucha determinación y valor, en la que los demás solían apoyarse en tiempos de crisis.

En el caso de que Dios decidiera llevarse a Claire, por mucho dolor que eso le supusiera, Patrick se hizo prometer que cumpliría lo último que le había dicho a la joven periodista antes de que todo empeorara drásticamente. Ella había estado preocupada por él, por cómo iba a salir adelante si tan sólo hacía unas semanas había estado dispuesto a acabar con todo... Realmente no hubiera estado nunca dentro de sus planes abandonarle en una situación así. Pero Patrick la había convencido, al menos en parte, de que estaría bien y de que, en caso de duda, ella siempre podría comprobar en los medios de comunicación que mantenía su palabra.

Eso había provocado una breve sonrisa en el rostro de la periodista, quien había acabado afirmando que eso sería lo mejor que podría hacer por ella.

Así que, en aquellos momentos en los que no podía hacer otra cosa sino esperar, iba a cumplir su promesa, aunque también pidió fuerzas a Dios en apenas un murmullo para sobrellevar el resto del día.

- Avanti – dijo finalmente, invitando a quien estuviera al otro lado de la puerta a entrar en la estancia.

No tardó en aparecer tras la puerta Nicolas Widmer, el joven guardia suizo en el que Chartrand había delegado sus funciones durante los días que había solicitado de permiso. Patrick había tan sumido en su preocupación por Claire que ni siquiera se había detenido a pensar qué había llevado a Chartrand a pedir esos días libres de una forma tan abrupta: no le hubiera extrañado que quisiera pasar estas fechas tan señaladas con sus seres queridos, pero de ser así se lo hubiera hecho saber mucho antes, no de la noche a la mañana. Después de todo, tenía que reservar vuelo para llegar a Suiza y demás. No se equivocaba al pensar que, fuera cual fuera la razón por la que lo había hecho, el comandante aún continuaba en la Ciudad Eterna.

- Buenos días, su santidad – saludó correctamente Nicolas Widmer, con su cabello pelirrojo perfectamente peinado con la raya al lado y el traje negro impecable: parecía tomarse muy en serio sus nuevas obligaciones, aunque sólo se tratara por un periodo breve de tiempo. - No sé si le habrán informado ya de que el comandante Chartrand ha delegado en mí las funciones de comandante durante los próximos días...

- Lo han hecho, sí – contestó Patrick, intentando dejar sus preocupaciones a un lado, aunque una parte de él lo considerara imposible. - Creo que Chartrand no podría haber elegido mejor persona, después de todo llevas muchos años con nosotros y conoces bien el funcionamiento de esta institución

Nicolas Widmer pareció animarse ante las palabras de Patrick: era increíble el efecto que unas palabras amables podían tener en la gente y lo poco que costaba decirlas.

- El caso es que quería informarle del protocolo establecido para la ceremonia de esta noche, así como discutir con usted los estándares de seguridad porque, a pesar de que va a haber mucha gente tanto dentro de la Basílica como fuera, creo que querrá hacer alguna modificación...

- Y no te equivocas, Widmer, de verdad que no... - dijo el joven religioso, permitiéndose una breve sonrisa al pensar en lo que había dicho el guardia: el Vaticano tenía establecidos unos protocolos de seguridad que los pontífices solían aceptar en mayor o menor medida, dependiendo de su persona. Los había habido que se refugiaban detrás de las vallas y los había habido también a los que no le importaba tener más contacto con la gente de a pie. Y Patrick pertenecía a ese segundo grupo: detestaba las ceremonias que le distanciaran de los fieles porque no era esa la imagen que debía dar la Iglesia. Nadie era más que nadie y, por lo tanto, no debían existir muros infranqueables entre un pontífice y sus fieles. - Si tuvieras la bondad de traer la relación de la organización de la guardia durante el evento, estaré más que agradecido de poder revisarla contigo

El guardia esbozó una sonrisa y realizó una breve inclinación de cabeza.

- Enseguida, su santidad...

Dicho esto, el joven se dio la vuelta dispuesto a salir del despacho y el propio Patrick se giró también para tomar asiento al otro lado del escritorio y enfrentarse a la inevitable tarea de empezar a despachar papeleo pendiente. Sólo al mirar de nuevo hacia la puerta vio que Nicolas Widmer se había detenido sobre sus pasos y que, aún sin darse la vuelta, parecía indeciso y vacilante sobre una cuestión que Patrick desconocía.

- ¿Marcha todo bien? - quiso saber el joven religioso, tomando asiento finalmente tras el escritorio.

El guardia suizo se giró finalmente y se apresuró a asentir con la cabeza, pero la sombra de la indecisión aún era visible en su rostro. Pasaron unos breves segundos hasta que el joven venció su disputa interior y se decidió a hablar:

- Perdóneme la intrusión ante todo, por favor – pidió Nicolas Widmer, llamando de nuevo la atención de Patrick. - Pero es que he oído mencionar a algunos de los trabajadores de prensa que la señorita Claire Dilthey está ingresada en el hospital Gemelli, ¿es eso cierto?

Patrick se sorprendió al ver que Claire aparecía en la conversación y, contemplando de nuevo el rostro dudoso del guardia suizo, recordó. Hacía ya muchas semanas desde aquella incómoda situación en el cuartel de la guardia suiza en la que había perdido los papeles y, haciendo uso de la fuerza, había reprendido duramente a Nicolas Widmer por desconocer siquiera la existencia de una llamada anónima dirigida directamente a su despacho y le había exigido una respuesta que el joven no tenía. Había sido una situación muy tensa en la que todo el mundo se había quedado de piedra y el propio Nicolas no parecía haber estado tan impresionado en su vida. Pero entonces había intervenido Claire y había hecho que Patrick le dejara en paz, incluso creía que Chartrand le había comentado que, después de que él se fuera hecho una furia de allí, Claire le había preguntado a Widmer si se encontraba bien o necesitaba algo, interesándose por él.

A pesar de que eso acabara de regresar a su memoria, estaba claro que Nicolas Widmer no había olvidado la ayuda de Claire ese día.

- Sí, por desgracia, sí es verdad... - habló finalmente Patrick, tratando de mantener sus emociones al margen, confiando en que aquel tema de conversación no durara mucho.

- ¿Es grave? - se interesó el guardia suizo con una nota de temor en la voz, como si realmente no estuviera seguro de querer saber la respuesta. - Los trabajadores de prensa desean saber cómo se encuentra y, ahora que lo sé yo, también quisiera saberlo...

A pesar de las circunstancias en que se encontraban, el joven pontífice no pudo evitar esbozar una media sonrisa: Claire siempre había dado por sentado que no era apreciada en el Vaticano debido a sus encontronazos con el cardenal Strauss y al hecho de que su única amistad allí fuera la de Chartrand, sin contarle a él. No debía haber sido fácil para ella integrarse en un entorno que le resultaba tan hostil, ojalá hubiera sabido que también había gente allí que la valoraba y se preocupaba por ella.

- La verdad es que no tenemos noticias sobre ella – contestó Patrick, dejando a un lado sus pensamientos. - Sólo que su padre está a su lado en el hospital...

Guardó silencio por unos momentos y añadió:

- Te agradezco a tí y también a sus compañeros de prensa el interés por su salud, mientras no sepamos nada lo único que podemos hacer es rezar por su pronta recuperación

Nicolas Widmer asintió. En esos momentos, el cardenal Baggia salió de una puerta contigua, abandonando finalmente su recogimiento en la capilla. El anciano dirigió a Patrick una breve sonrisa y una inclinación de cabeza: sentía que ya había dicho todo lo que tenía que decirle, ahora era momento de dejarle estar solo.

- Ah, Widmer, ¿nuestro comandante te ha dejado mucho trabajo pendiente? - bromeó el camarlengo dando una leve palmada en el hombro del pelirrojo. - No debe ser fácil organizar a todos los guardias para la misa de esta noche...

- No tanto cuando tienes al comandante como modelo a seguir, hace que las cosas sean sencillas de llevar a cabo pese a todo... - contestó el joven suizo. Baggia abandonó la estancia tras cruzar una última mirada con Patrick, quien sintió de nuevo el peso de las palabras que el anciano le había dirigido en la capilla. - Sé que quizás no es asunto nuestro, pero si hubiera alguna novedad sobre la señorita Dilthey, ¿nos la haría saber?

Una vez más, Patrick no pudo evitar sentir cierta rabia al pensar lo mucho que Claire hubiera agradecido ese interés que seguro no esperaba. Y también la sintió al darse cuenta de que ya pensaba en ella en pasado, como si no tuviera posibilidad alguna de recuperarse.

- No te preocupes, lo haré – afirmó finalmente Patrick, esbozando una media sonrisa. - Y también se lo diré a ella cuando vuelva...

El guardia suizo asintió una última vez antes de realizar una leve inclinación para abandonar la estancia. Una vez que lo hubo hecho, el joven pontífice intentó hacerse a la idea de que aquel día tenía mucho trabajo que hacer y no podía dejarse llevar por el desánimo y la inquietud. Aunque su naturaleza humana le pidiera unos momentos de paz para poder hacer frente a sus temores respecto a Claire, sabía que tenía responsabilidades para con mucha gente y que abandonarse a la tristeza no era lo que Claire hubiera querido para él. Recordó cómo era todo al principio, cómo había llegado a sumirse en una fuerte depresión que le hizo ver el mundo como un lugar gris y lleno de sufrimiento del que sentía unas inmensas ganas de escapar. Aunque al principio le había costado mucho, con la ayuda de Chartrand y Claire había podido empezar a salir adelante y comenzar a dar los pasos que le llevarían a ser el hombre que era antes.

Y deseó con todas sus fuerzas que la periodista pudiera estar allí para verlo.

Patrick dejó caer la cabeza levemente hacia atrás, suspirando y cerrando los ojos por unos momentos. Tanto dolor y temor acabarían con él antes de que el día llegara a su fin, lo estaba viendo: era como si todo lo que estaba tratando de contener fuera a estallar en cualquier momento. Y todo por no saber nada de ella, absolutamente nada. Recordaba lo que le había hecho saber el cardenal Baggia, que el padre de Claire no había querido saber nada del Vaticano y que se trataba de un asunto privado, pero aún así...

El joven pontífice tamborileó con los dedos sobre la superficie del escritorio, aún sin decidirse a hacer nada, pero finalmente, antes de que le diera tiempo a arrepentirse de su decisión, descolgó el teléfono de la estancia y pidió que le pasaran con el Policlínico Gemelli.


Zachary Dilthey no podía dejar de mirar a su hija.

Eran muchos los momentos de su vida en que le había sucedido algo similar: cuando nació, cuando aprendió a andar, su primer día de colegio, su primer baile de instituto, su graduación de la universidad... Siempre había sentido debilidad por aquella pequeña que había heredado su color de cabello y que al ir creciendo siempre le había hecho sentir orgulloso de ser su padre, pero los motivos por los que no podía dejar de contemplarla en aquellos instantes no eran absoluto dichosos como los anteriores. Era una imagen que no creía que fuera a salir nunca de su mente.

Recordaba vagamente haber llegado al hospital, donde le recibió una doctora que se presentó como Rachele Aiello hablándole en su idioma con un encantador acento italiano. Le había guiado por pasillos blancos, donde médicos y enfermeros iban de aquí a allá ocupados con otros pacientes y familiares, explicándole que ella estaba al mando de la unidad donde su hija permanecía aún bajo observación. Se trataba de un área especial de la unidad de cuidados intensivos y a Zachary le bastó echar un solo vistazo para comprender que allí era donde trataban a los que no sabían cuánto tiempo iban a durar.

Rachele Aiello no había dejado de hablar en todo el tiempo, aunque lo hacía de forma calmada, tratando de explicar el estado de salud de la joven con la mayor claridad posible. Si bien Zachary Dilthey había sentido un temblor en las rodillas que casi era una sacudida al recibir la noticia, ahora que la veía ante sí con sus propios ojos tuvo que hacer esfuerzos para no caerse directamente al suelo.

Estaba totalmente sedada, un tubo de plástico por el que oía correr oxígeno salía de su boca y se conectaba a una máquina que no cesaba de emitir un pitido cada equis tiempo que le estaba poniendo de los nervios. También tenía conectado un suero para que no se deshidratase. Según le había dicho la doctora Aiello, Claire llevaba más de veinte horas en ese estado de pseudo-coma manteniéndose estable pero sin dar tampoco ninguna muestra de mejoría. Aquella misma mañana iban a realizarle una prueba de oxígeno en la que le retirarían el apoyo respiratorio durante un periodo muy breve de tiempo y comprobarían si había recuperado la capacidad de respirar por sí misma.

Tras hacerle saber las causas de su ingreso en Urgencias – posible intoxicación, pérdida de consciencia prolongada, crisis respiratoria aguda... -, Rachele Aiello permaneció en silencio y le concedió unos momentos para estar a solas con su hija. Durante unos minutos, Zachary se vio incapaz incluso de caminar los pocos pasos que le separaban de Claire, lo que era extraño si se tenía en cuenta que había recorrido miles de kilómetros para estar a su lado, pero finalmente se armó de entereza y se dirigió hacia el cabecero de la cama, deteniéndose allí para contemplar a su hija.

No recordaba haberla visto tan pálida nunca, incluso su propio cabello rubio, que caía lacio a ambos lados de su rostro, parecía haber perdido brillo y vivacidad. En el color de sus párpados había una tonalidad que no supo describir pero que desde luego no había visto nunca en una persona sana. No pudo evitar que su hija le recordara a una planta marchitándose y perdiendo poco a poco todo rastro de vida que antes pudo haber en ella y, aunque detuvo ese pensamiento lo antes que pudo, también le recordó a su hijo mayor, Edmund, quien había pasado los últimos meses de su vida entrando y saliendo del hospital con cada vez más frecuencia.

Los ojos se le llenaron de lágrimas al instante y acarició el rostro de Claire con la mano temblorosa, temiendo que incluso ese pequeño gesto de cariño pudiera hacerle daño. Así también pudo comprobar que tenía la piel fría y no supo decir si era debido al clima invernal que asolaba Europa en aquellos meses o... O algo que no quería siquiera plantearse. Dejó escapar un suspiro de cansancio y se inclinó hacia ella besándola largamente en la frente.

- No te preocupes por nada, pequeña – murmuró Zachary tomando asiento en una silla que había junto a la cama y tomando una de las manos de su hija entre las suyas. - Estoy contigo y te vas a poner bien muy pronto... Y vamos a celebrar las Navidades en casa, con mamá...

Zachary agachó la mirada por unos momentos y poco después oyó la puerta de la habitación abrirse, lo que hizo que se volviera hacia la misma. Allí vio a la doctora Aiello, que le dedicaba un breve saludo y le hacía un pequeño gesto para que se acercara a ella. No le hacía mucha gracia separarse de Claire, aunque fueran sólo un par de pasos, pero supuso que debía tratarse de alguna novedad respecto a su salud y acudió a la llamada de la médico.

- ¿Qué ocurre? - dijo Zachary Dilthey, siguiendo a la doctora fuera de la sala. Rachele Aiello se detuvo en la misma puerta: bien, por lo menos no iban a irse lejos de donde estaba Claire.

- Verá, señor Dilthey, como seguramente usted sabe, su hija ingresó ayer después de que recibiéramos un aviso de Ciudad del Vaticano... - comenzó a explicar la mujer.

- Lo sé, Claire trabaja allí en prensa...

- Eso es – asintió la médico. - Verá, como ha sido algo tan repentino y allí trabaja tanta gente, hemos recibido alguna que otra llamada interesándose por su estado de salud, pero no podemos dar información sobre ella sin autorización de un familiar...

- Me parece muy bien – interrumpió Zachary, intentando ser educado pese a todo: no le gustaba por donde iban los tiros, ¿cuándo iba a aprender esa gente a meterse en sus propios asuntos? Ya había tenido bastantes curas cuando pasó lo de Eddie, ahora no iba a tolerar que ocurriera lo mismo con su hija. - Es un asunto privado que sólo concierne a los seres queridos y harían bien en respetar que fuera así...

Rachele Aiello asintió a sus palabras, visiblemente incómoda: aquella conversación no estaba tomando el giro que había esperado. No era que creyera que Claire Dilthey fuera una persona especialmente religiosa, al menos nunca se había parado a pensarlo, pero sí le había chocado ver que su padre, a primera vista, no sentía especial simpatía por la gente del Vaticano. Aún así, la doctora continuó hablando:

- Lo entiendo perfectamente, señor Dilthey, pero también debe comprender que es normal que los compañeros de trabajo de su hija se preocupen por ella...

- ¿De verdad? - dijo el padre de Claire, haciendo como si eso le sorprendiera mucho: estaba muy nervioso y aquella conversación le estaba poniendo de mal humor. - Las veces que he hablado con mi hija sobre su trabajo no parecía muy feliz, ¿por qué iba a tener yo ahora que dar explicaciones a ninguno de ellos? ¿Para aliviar su conciencia?

- No, señor Dilthey – contestó Rachele Aiello, manteniendo la calma. - No han sido sólo sus compañeros de prensa, es que incluso el santo padre ha llamado para interesarse por su evolución...

¿Se suponía que eso debía impresionarle o algo así? Para Zachary, la persona que tuviera el puesto más alto en la Iglesia era exactamente igual que el que tenía el más bajo, por lo que no veía razón alguna por la que el hecho de que Pablo VII se hubiera interesado por su hija tuviera que hacerle cambiar de parecer. Además, seguro que se trataba de la típica llamada de cortesía que debía hacer a todo el mundo en el Vaticano cuando había problemas de salud. No era algo que le importara realmente, no era algo personal para él y estaba seguro de que Claire también lo vería así.

No obstante, estaba una ciudad desconocida, en un entorno extraño para él y no quería comenzar con el pie izquierdo: después de todo, se encontraba en el hospital que estaba atendiendo a su hija y seguro que la conexión de ese centro hospitalario con el Vaticano era fuerte. Si hacía memoria, creía recordar que en los informativos de la BBC alguna vez se había dicho el nombre del Policlínico Gemelli cuando el anterior papa había tenido algún tipo de crisis de salud. Sí, puede que no fuera lo más sensato darles la espalda de momento.

- De hecho, le he avisado porque ha llamado hace menos de cinco minutos... - continuó hablando la doctora Aiello, sacando a Zachary de sus pensamientos. - Está esperando al otro lado de la línea a que yo le diga si cuento con su autorización o no... No obstante, si no se siente cómodo...

Zachary miró durante unos momentos a Rachele Aiello antes de decir una palabra más: él siempre había tenido un carácter bastante fuerte y muy poca paciencia, aquellos eran dos de sus defectos más señalados. Aquello le había hecho cometer algunos errores en el pasado y, en su interior y a pesar de que parte de él dijera lo contrario, sentía que si desdeñaba la llamada del "santo padre" estaría cometiendo uno nuevo, aunque aún no sabía por qué exactamente. Con un poco de suerte, podría dar por finalizada la llamada en menos de un minuto, pero seguía sin gustarle la idea de compartir ninguna novedad sobre Claire con alguien a quien realmente le importaba un pimiento, a alguien que era la cabeza de la institución que había contribuido a que Eddie no tuviera ninguna posibilidad de recuperarse, aún teniendo toda la vida por delante...

Cuanto más lo pensaba, de peor humor se ponía y decidió que era mejor tomar el toro por los cuernos antes de irritarse más.

- Y, ¿dónde podría atender esa llamada? - quiso saber Zachary Dilthey, ocultando su malestar lo mejor que podía: nunca se le había dado muy bien mentir. - Acabo de hacer un viaje muy largo y no creo que pueda estar de pie frente a un mostrador durante mucho tiempo...

- No se preocupe por ello – habló la doctora, alegrándose de que el hombre hubiera cambiado de parecer. - Si lo desea, para así tener más comodidad y también privacidad, puedo pedir que redirijan la llamada a mi despacho

- Eso estaría bien, gracias

Antes de que pudiera ser plenamente consciente de lo que estaba a punto de hacer, se encontraba frente a la puerta abierta del despacho de la doctora Aiello, quien le estaba indicando que podía tomar asiento en su butaca y avisarla cuando finalizara la llamada. Él sólo la atendía a medias, por encima del hombro echó un leve vistazo hacia el pasillo donde se encontraba la habitación donde estaba Claire: realmente no le hacía ninguna gracia separarse aunque fuera unos pocos minutos de su hija, ¿es que acaso ese hombre no era capaz de comprender eso? ¿Que acababa de llegar desde otro país sólo por la urgencia de las noticias sobre Claire? Zachary pensó que hubiera preferido que se limitaran a mandar un oso de peluche aferrado a un corazón con la típica tarjeta de "Recupérate pronto" y una carita feliz.

Total, para cumplir no hacía falta mucho más. En absoluto entendía esa especie de acoso.

Una vez que se halló a solas en el despacho, con la puerta cerrada ya tras de sí, el hombre miró durante unos momentos el aparato telefónico sin poder evitar pensar que, en aquella situación concreta, Lizzie hubiera podido comportarse mucho mejor que él: ella sí había seguido las noticias sobre el nuevo y joven pontífice, mientras que Zachary sabía tan poco de él como podía saber de la doctora Aiello. Su esposa parecía tenerle cierto cariño a la figura de Patrick McKenna, pero a él no podía resultarle más indiferente. Y, en aquellos momentos, sentía que esa indiferencia se estaba convirtiendo incluso en una leve aversión.

De nuevo, sintió como si la sangre comenzara a hervirle en las venas y descolgó el auricular del teléfono, apartando sus pensamientos a un lado: si continuaba con ellos, sabía que no podría tener una conversación normal por mucho que lo intentara.

- ¿Sí? - habló Zachary Dilthey, sujetando el auricular contra su oído.

Al otro lado de la línea, Patrick no pudo evitar sentirse confuso durante unos breves instantes: esperaba que le hablara de nuevo la doctora Aiello, no un hombre cuya voz no le sonaba de nada. Sin duda, aquello le había desconcertado. Pensó que quizás había habido algún tipo de error y habían terminado por dirigir la llamada a otro sector del hospital.

- Buenos días, ¿podría decirme, por favor, con quién estoy hablando? - preguntó el joven de forma educada.

Le pareció oír que alguien resoplaba ligeramente al otro lado del teléfono, pero puede que sólo fuera una interferencia corta. Pasaron un par de segundos hasta que oyó decir:

- Soy Zachary Dilthey... Y supongo que usted es Pablo VII

A pesar de que llevaba seis meses siendo pontífice de la Iglesia Católica, aún le resultaba difícil responder a ese nombre, aún habiéndolo elegido él mismo. Insistía en que todo su entorno continuara llamándole por su nombre de pila, pero en esta ocasión la sorpresa tuvo tal impacto en él que olvidó mencionarlo a su interlocutor. Zachary Dilthey, sin duda alguna el padre de Claire. Patrick sintió unos nuevos nervios que nada tenían que ver con los anteriores: no había esperado para nada que fuera aquel hombre el que respondiera a la llamada y nada en el mundo podría haberle preparado para ello.

- Señor Dilthey... - habló finalmente Patrick, aún sin saber muy bien qué decir. - Lamento mucho tener que conocerle en circunstancias tan difíciles, todos aquí estamos muy preocupados por su hija...

- Gracias – se limitó a contestar el padre de la periodista.

A esa única palabra le siguieron unos instantes de incómodo silencio. Recordó que una vez Claire le había dicho que había entrevistado a suficiente gente como para saber cuándo alguien callaba más de lo que decía. Aunque él no era periodista, también sabía leer ciertas cosas en las personas y no le fue difícil adivinar que a Zachary Dilthey no le hacía ninguna gracia tener que mantener aquella conversación. No podía culparle, teniendo en cuenta lo que le había pasado a Claire. Eso le recordó que aún no tenía idea de cómo se encontraba...

- Siento molestarle en un momento como éste, de verdad se lo digo – continuó diciendo el joven. - Pero me gustaría mucho saber cómo se encuentra su hija y mostrarle a usted y su familia mi más sincero apoyo, comprendo por lo que deben estar pasando...

Oyó una breve risa al otro lado de la línea que no tenía nada de alegre: más bien era de alguien que no podía estar creyendo lo que oía. No tuvo que esperar mucho hasta oír la respuesta de Zachary Dilthey.

- ¿Comprender? - habló el hombre, amargamente. - ¿Dice usted que comprende lo que mi familia y yo estamos pasando? No, señor mío, usted no comprende nada. Dé gracias a Dios a que ni lo comprende ni lo comprenderá jamás...

- Señor Dilthey, yo no pretendía ofenderle, ni mucho menos...

- Escúcheme bien, recuerde lo que le he dicho: me da igual lo que haya vivido, todos tenemos nuestros problemas y nuestras penas echados a la espalda... Pero jamás se atreva a decirle a un padre en una situación como la mía que comprende cómo se siente – Zachary tomó aire de manera pesada y continuó hablando. - Jamás sabrá lo que se sufre por un hijo, nunca conocerá el dolor de perder a uno: dé gracias a Dios cada día de su vida por ello...

Las palabras de Zachary Dilthey estaban llenas de dolor y de rabia, parecía que fuera a venirse abajo de un momento a otro. En cualquier otro momento, Patrick se hubiera sentido más contrariado por la forma de hablar de aquel hombre, pero en esos momentos, precisamente por el dolor que el padre de la periodista manifestaba en cada una de sus palabras, el corazón del joven pontífice volvió a dar un vuelco en el interior de su pecho.

- ¿Claire se encuentra bien?

La primera respuesta que obtuvo fue un sollozo al otro lado del teléfono. Patrick cerró los ojos y se pasó la mano por la frente, sintiendo la pena del señor Dilthey, aunque él mismo le hubiera espetado que nunca podría comprenderlo, y al mismo tiempo ansioso de recibir una respuesta más concreta. Pasados unos instantes, cuando el padre de la joven volvió a hablar, su voz estaba quebrada por la pena.

- No puedo perder a mi hija... Eso me mataría, me arrancaría todo lo que queda de mí...

Patrick tragó saliva y respiró hondo: al parecer, Claire aún seguía con vida, lo que en parte el tranquilizaba... Pero también había escuchado a su padre y comprendía que existía la posibilidad de que un desenlace que ninguno de los dos deseaba se produjera próximamente. La dura realidad le volvió a golpear de tal modo que tuvo que morderse el interior de la mejilla para no derrumbarse, aún no podía creer lo que estaba pasando. Estaba pensando qué palabras de consuelo podía dedicar a aquel hombre tan desesperado cuando Zachary Dilthey continuó hablando.

- Ya perdí a mi hijo mayor, Edmund, el hermano de Claire...

- Lo sé – contestó Patrick asintiendo lentamente, mostrándose comprensivo. - Su hija me lo contó: ella quería muchísimo a su hermano y sé que toda la familia sufrió mucho su pérdida... Siempre me habla de él con muchísimo afecto, pero también con mucha pena...

El padre de Claire se hallaba tan afectado que ni siquiera se paró a pensar en las palabras del pontífice: una profunda nostalgia había invadido su ser y le hacía revivir momentos que nunca quiso ver como parte de su pasado.

- Mi Eddie era un chico dulce... Siempre pensaba en los demás antes que en sí mismo y, a pesar de lo joven que era, siempre sabía qué decir para animar a alguien que estaba triste... - siguió hablando Zachary Dilthey mientras su mente le traía recuerdos de un niño de cabello rubio tostado jugando entre las hojas secas del jardín, una criatura que siempre reía y hacía reír a los demás; un niño que pasó a ser un joven de corazón amable en el que su familia siempre podía apoyarse, una persona de naturaleza espontánea que parecía disfrutar de cada minuto del día. - Un muchacho gentil que nunca hizo ningún daño a nadie. Su madre una vez dijo que él era un ser de luz y es cierto: llenaba nuestros días de sol, el mundo parecía un lugar mejor cuando él estaba cerca... Era fuerte y nunca se rendía, hasta que estuvo demasiado cansado para seguir luchando... Y un día se fue, me lo arrebataron... Recé, rogué, supliqué día y noche por la vida de mi hijo y no sirvió de nada: mi pequeño duerme ahora bajo tierra junto a sus abuelos...

El nudo que Patrick sentía en la garganta no había hecho sino crecer con cada palabra cargada de dolor que pronunciaba Zachary Dilthey: casi podía ver en esos momentos a la persona que había sido el hermano de Claire. Algo de lo que había dicho ese hombre era totalmente cierto: jamás llegaría a saber cómo de dolorosa podía resultar una pérdida como ésa.

- Mi hijo tuvo una oportunidad de ganar esa batalla y gente como usted no le permitió tenerla: Dios, a través de ustedes, me quitó a mi hijo y ahora quiere hacer lo mismo con mi niña. - espetó Zachary Dilthey con rabia, recordando esos últimos días de Eddie. - ¿Qué mal he hecho yo o mi esposa para merecer algo así? ¿Por qué Dios nos quita a nuestros hijos?

- Señor Dilthey...

- Guárdese sus palabras de sermón religioso porque no quiero oírlas: ya tuve suficiente de ellas cuando ocurrió la desgracia de mi hijo y no pienso consentir ni por un momento que suceda lo mismo con Claire. - le interrumpió el hombre, con rabia, sin dejarle hablar. - No existe mayor condena en el mundo que ver cómo una persona a la que quieres con todo tu corazón se convierte en meros recuerdos, recuerdos que el paso del tiempo irá borrando. Recuerdos que sólo son un eco lejano de momentos felices que nunca volverán, y eso me rompe el corazón. Cada día que pasa estoy más lejos de él, aunque nada más me gustaría más que pelear con uñas y dientes para traerle de nuevo a casa, donde debe estar... Puede que mi hija acompañe pronto a su hermano y yo no podría agradecerle más que nos deje a mí y a mi familia en paz...

- Señor Dilthey, lamento mucho por lo que tuvo que pasar, pero debe saber que el hombre que malaconsejó a su esposa ha sido trasladado de parroquia y jamás volverá a hacer daño a nadie de su familia, ni siquiera tendrán volver a verle. Martin Bailey ya ha salido de sus vidas... - trató de decir Patrick para calmar al padre de Claire.

- ¡No me mencione ese nombre jamás! Y no trate de hacerme creer que fue un caso aislado, porque eso me importa bien poco: mi hijo está muerto, jamás volverá, ninguno de nosotros volveremos a verle nunca, mi nieto sólo le conocerá mediante fotografías y anécdotas... No quiero ningún trato con un Dios cruel que me arrebata el mayor tesoro que poseo, ni tampoco con quienes dicen representarlo y no traen consigo más que intolerancia y represión... - Zachary Dilthey guardó silencio durante unos segundos, tratando de serenarse en vano. - Yo estaba loco por mi mujer, pensaba que no había nada más maravilloso que ella hasta que llegaron nuestros hijos: a pesar de los años, aún los veo y no puedo creer que dos criaturas tan únicas pudieran venir de mí, de nosotros, de Lizzie y de mí... He tenido unos hijos maravillosos que me han hecho sentir orgulloso cada segundo de sus vidas... Nada me apartará de Claire ahora, por eso mismo le agradecería que se guardara su falsa compasión y no volviera a llamar para "interesarse" por mi hija, porque ella debe importarle bien poco, sólo es una trabajadora más... Estos momentos son íntimamente familiares y usted debería respetar eso...

Nunca había llegado a imaginar cómo sería hablar con los padres de Claire, pero aunque lo hubiera hecho jamás hubiera esperado un rechazo tan contundente. Y lo peor de ello es que no podía culparle: Zachary Dilthey, al igual que el resto de su familia, había sufrido mucho por el comportamiento radical de ciertas personas de la Iglesia, personas que no eran tan distintas de quien él mismo era tan sólo unos meses atrás. Sólo al conocer la historia de Edmund Dilthey había llegado a comprender el daño que el fanatismo podía hacer y cómo el mensaje de Dios de amor y perdón se perdía totalmente por el orgullo y la soberbia del hombre. Lamentablemente, eso ya no traería de vuelta a Edmund Dilthey, ni a otros muchos que también habían sido víctimas de unas creencias religiosas llevadas al extremo de una locura donde Dios ya no existía.

Patrick se sentía un miserable que ni siquiera merecía permanecer con vida y menos cuando había tanta gente que perdía a sus seres queridos día tras día, gente buena y justa... Pensó que nadie lamentaría realmente que a él le pasara algo, pero entonces pensó en Claire y en lo mucho que lloraba en aquella capilla estaba la tumba de su padre mientras trataba de convencerle de que la vida merecía ser vivida pese a todo. Ella sí lo pasaría mal, lo sabía, ella realmente le quería y se preocupaba por él...

De igual modo, él sentía lo mismo por ella y se maldijo por habérselo negado tanto tiempo, incluso llegando a herirla con una mentira tras otra.

Zachary Dilthey tenía razón: él no tenía ningún derecho a saber nada de cómo pudiera encontrarse Claire, ella merecía estar con gente que siempre le había mostrado su amor incondicional. Lo único que él había hecho por ella era engañarla, romperle el corazón una y otra vez sin pararse a pensar en el daño que pudiera estar causándole.

- Lo respeto, señor Dilthey – habló finalmente Patrick McKenna, tratando de mantener la calma, a pesar de que el nudo de su garganta apenas le permitía hablar. - Lamento mucho haberle molestado...

El hombre al otro lado de la línea escuchó estas palabras, pero únicamente pudo responder a las mismas asintiendo con la cabeza. Se veía incapaz de pronunciar palabra alguna, la ira no era el único sentimiento que había aflorado en él al hablar de la situación de su hija, sino también el miedo a perderla. Un par de lágrimas silenciosas se deslizaron acariciando sus mejillas y, sin siquiera despedirse, Zachary Dilthey colgó el teléfono y apoyó la frente sobre las palmas de sus manos. El nudo en su garganta era tan fuerte que apenas se veía capaz de respirar.

Allí, en la soledad que le brindaba el despacho de la doctora Rachele Aiello, Zachary Dilthey se permitió hundirse durante unos minutos, liberar los temores que albergaba su mente. Cuando se sintió lo bastante fuerte como para afrontar lo que las siguientes horas pudieran depararle, el hombre salió de la pequeña habitación, encaminándose de nuevo a la Unidad de Cuidados Intensivos.


Pasaban apenas unos minutos de las ocho de la mañana, pero Zachary Dilthey sentía como si se encontrara aún en horas de temprana madrugada de un día particularmente largo y agotador. Es más, si el día anterior a esta misma hora le hubieran dicho que iba a estar en aquella situación, no se lo hubiera creído.

Los médicos ya habían llegado a aquel área compartida y habían colocado una especie de biombo blanco entre la cama de su hija y la contigua para dar cierta privacidad a Claire durante la prueba de oxígeno. A pesar de estar sentado, Zachary sentía cómo le temblaban las piernas y cómo todo su cuerpo parecía estar en tensión. La doctora que se ocupaba de su hija le había explicado todo el proceso con mucho cuidado y paciencia, le había quedado perfectamente claro cómo iban a proceder y cuáles eran las expectativas que se tenían... Pero a pesar de todo ello, seguía sintiéndose totalmente aterrorizado.

A esa hora de la mañana, Claire hacía ya más de veinte horas que contaba con respiración asistida, término que bastaba para provocar a su padre un nudo en la garganta. La doctora Aiello ya había intentado disminuir sus temores: no era que su hija no fuera capaz de respirar por sí misma en esos momentos, sino que había llegado en un estado en que no podía hacerlo. De eso hacía ya casi un día, ahora se disponían a realizarle la prueba de oxígeno, es decir, retirarle el apoyo respiratorio que tenía y reducir la sedación al mínimo, siempre bajo la atenta mirada de los médicos, y esperar algún tipo de reacción, ver si volvía a respirar con normalidad o si, por el contrario, debían mantener la respiración asistida y volver a sedarla antes de estudiar qué debían hacer a continuación.

Aunque la doctora procuraba mostrarse optimista por él – ya había aprendido a detectar esa actitud de los médicos cuando Eddie empezó a ponerse enfermo, entonces siempre procuraban centrarse en los aspectos más positivos y esperanzadores, los que cualquier padre querría oír -, Zachary no podía dejar de pensar en qué ocurriría si Claire seguía sin ser capaz de respirar por sí misma. Los tecnicismos los conocía: volver a sedar, intubar, etc... Pero, ¿hasta cuándo? Si verdaderamente su hija no tenía ya la facultad para poder respirar, ¿acaso tendrían que tenerla siempre así, conectada a una máquina que lo hiciera por ella? O... ¿Acaso no tendrían Lizzie y él que tomar una decisión al respecto?

Sintió un escalofrío tan grande que incluso hizo que se le llenaran los ojos de lágrimas y las piernas le temblaran con más fuerza: no estaba preparado para lo que pudiera ocurrir a continuación, no lo estaba en absoluto... Una parte de él se aferraba con todas sus fuerzas a la posibilidad de que Claire se pusiera bien y se recuperara, pero la otra le recordaba cómo había guardado también ciertas esperanzas respecto a Eddie y lo que había ocurrido al final. Al recordar a su hijo, Zachary deseó con todas sus fuerzas que éste también velara por su hermana, que intentara ayudarla desde allí donde se encontrara.

Rachele Aiello debió de notar su nerviosismo, pues le puso una mano en el hombro en señal de apoyo mientras sus compañeros, todos vestidos con la familiar bata blanca, terminaban de comprobar los últimos datos que mostraba las máquinas.

- No se preocupe, estamos seguros de que todo saldrá bien... - habló la mujer con voz que invitaba a la calma. - Ha permanecido estable desde que ingresó aquí y eso es algo muy importante a tener en cuenta

Él acertó a asentir con la cabeza, pero no dijo nada más: seguía teniendo la mirada fija en su hija y en todo lo que los médicos estaban haciendo. La joven continuaba intubada con la cabeza ligeramente inclinada hacia atrás, para facilitar la entrada del aire en los pulmones. Hacía unos meses que no la veía y seguramente sólo era producto de ese mal trance que estaba pasando, pero la veía muy desmejorada. Tras unos momentos, se fijó en los médicos que acompañaban a la doctora Aiello, pero eso sólo sirvió para ponerle más nervioso de lo que ya se sentía: estaba muy lejos de entender el funcionamiento de aquellos aparatos y ya notaba que su cabeza estaba a punto de estallar, así que se limitó a inclinarse un poco más hacia Claire y tomar una de sus manos entre las suyas, apretándola con cariño e intentando darle calor, pues seguía estando fría.

- Sólo me queda advertirle que desintubar a una persona que tiene una intubación endotraqueal es algo muy desagradable para alguien que no esté familiarizado con la medicina, incluso lo es para algunos de los que sí lo están – continuó diciendo Rachele Aiello, siendo consciente de que la mente de Zachary Dilthey estaba demasiado exaltada como para poder prestarle total atención. - Con esto quiero decirle que puede salir un momento, si quiere: le avisaremos cuando esté todo preparado

- No, no quiero irme – negó él rotundamente con la cabeza, a la vez que se llevaba la mano de Claire a los labios dándole un breve beso en los dedos. - Hagan lo que tengan que hacer, pero nada hará que me marche de aquí

La mujer asintió y se volvió hacia sus compañeros, a los que empezó a dar instrucciones en italiano, y éstos se pusieron manos a la obra. Zachary tomó aire y cerró los ojos, agachando la cabeza por unos momentos: no quería separarse de su hija por nada en el mundo, pero también debía poner todo de su parte para no desmayarse. Seguía temblando de pies a cabeza, sintiéndose como si se encontrara paralizado en medio de una carretera y viera un coche acercándose hacia él a toda velocidad: hay una posibilidad de que el coche frene y todo se quede en un gran susto, pero si el coche no frena, todo cuando conocía se quedaría reducido a la nada. Como pasó con Eddie. Lizzie tenía razón: si no tenían a sus hijos, ¿qué sentido tenía seguir adelante en un mundo en el que ellos eran sólo recuerdos que se irían haciendo cada vez más lejanos en el tiempo? Ninguno en absoluto, vivir perdería todo su significado, el mundo se convertiría en una mera sombra de lo que fue en años más felices.

Oía a los médicos darse instrucciones, maniobrar con las máquinas y, efectivamente, cómo el tubo que había ayudado a respirar a su hija era extraído de su tráquea haciendo un sonido muy desagradable y estremecedor. Zachary tomó la mano de Claire con más fuerza, sin poder evitar preguntarse si estaría sintiendo algún dolor o molestia en aquellos momentos, incluso si era capaz de oírle o de percibir de algún modo lo que estaba sucediendo a su alrededor mientras ella permanecía tan indefensa.

Contó hasta tres y abrió los ojos, alzando de nuevo la mirada justo a tiempo para ver cómo uno de los médicos retiraba con cuidado la cánula nasal, el tubo más fino y el último que quedaba suministrándole oxígeno a Claire. Tuvo que reprimir el impulso de tratar de detener al doctor, de sujetar su mano para que no hiciera tal cosa, pero se obligó a recordar que no estaban haciendo nada que la perjudicara, ni mucho menos. Necesitaban saber hasta qué punto estaba recuperada de la crisis respiratoria que había sufrido para saber cómo proceder en su tratamiento. Tras dejar la cánula nasal enganchada en una máquina cercana, ese mismo médico giró una pequeña rueda de ese mismo aparato, comenzando a reducir la sedación hasta llegar al mínimo.

Ahora sólo tenían que esperar.

Todos guardaron tanto silencio que incluso lo sentían vibrando en sus oídos. Zachary no sabía si es que el tiempo había empezado a ir muy despacio o si directamente se había detenido del todo, pues los segundos que siguieron sin respuesta alguna de Claire se le estaban haciendo eternos. Ahora mismo sólo parecía que estaba dormida y Zachary permaneció pendiente de ella, casi sin parpadear, atento a cualquier signo vital que pudiera mostrar su hija: el sonido o el movimiento de una respiración, algo de color en las mejillas, lo que fuera...

Pero no ocurrió nada.

Se sentía confundido, una confusión que dio paso al pánico al ver que los médicos comenzaban a mirarse entre sí con cierta preocupación reflejada en sus rostros, como si se preguntaran unos a otros qué debían hacer.

- Comprueba el pulso – mandó finalmente la doctora Aiello a uno de sus compañeros, con cierta sensación de derrota.

Paralizado por el miedo, Zachary empezó a sentir muchísimo vértigo a pesar de estar sentado en el viejo sillón que había dispuesto junto a la cama de hospital, como si una trampilla se hubiera abierto bajo sus pies y comenzara a sentir la fuerza de la gravedad tirando de él. Dejó escapar el aire que había estado reteniendo inconscientemente en sus pulmones y se llevó una mano a la cabeza, incapaz de procesar lo que estaba pasando a su alrededor.

No, no, no, no.


No recordaba día cuyas horas se estuvieran haciendo más eternas que ése en particular. Había tratado de calmarse, de tranquilizarse, de convencerse de que todo iba a terminar de la mejor manera posible, pero al hacerlo tenía la horrible sensación de que se estaba engañando a sí mismo.

Si bien había logrado poner en orden algunos de los documentos que esperaban su supervisión sobre la superficie de su escritorio y repasado el protocolo de seguridad de aquella noche con Nicolas Widmer, incluso si había conseguido comer aunque sintiera el estómago cerrado, sabía que mientras no supiera nada de Claire iba a ser como un vaso de agua bajo un grifo abierto: se estaba llenando cada vez más y llegaría el momento en que se desbordaría. A medida que pasaban las horas de angustiosa espera, el peso que sentía sobre el pecho se iba haciendo cada vez más pesado y difícil de llevar. Por no hablar de la tensión que sentía en todo el cuerpo, como si inconscientemente se estuviera preparando para recibir un buen golpe.

Mentiría si dijera que la conversación que había mantenido con Zachary Dilthey no le había alterado. Al contrario, no podía evitar repasar cada momento de ese diálogo y cada vez que lo hacía se sentía peor. Se había armado de valor y había llamado al hospital esperando encontrar alguna noticia que le tranquilizara, pero se había topado con todo lo contrario. El hecho de que el padre de Claire estuviera tan temperamental sólo podía significar que el panorama no era precisamente bueno y que esa conversación era más de lo que se veía capaz de afrontar. Una vez más le asolaba la culpabilidad por todo lo malo que se hacía en nombre de Dios, lo que no era sino una blasfemia y algo que iba totalmente en contra de la propia naturaleza de la religión.

No podía culpar en absoluto a Zachary Dilthey por sentirse así, y no lo hacía, pero no le gustaba saber que ese hombre sentía tal animadversión hacia su persona. Era como si eso lo separara aún más de Claire y no quería ni pensarlo. Ahora lo único que sabía era que sólo sabría del estado de salud de la periodista cuando todo terminara, para bien o para mal.

Patrick tragó saliva y trató de centrarse en sus plegarias, de nuevo en el interior de la capilla privada de los apartamentos papales. El camarlengo Baggia le había sugerido que tratara de ocupar su mente con otra cosa, pero le era del todo imposible: siempre volvía a pensar en Claire y la preocupación volvía a sacudirle con fuerza, haciéndole casi encoger de miedo. En su malestar, incluso veía el mundo de forma diferente al resto de los días: para su disgusto, volvía a sorprenderse pensando que la vida era terriblemente dolorosa y sus contadas alegrías no parecían compensar todo lo que estaba viviendo.

Se sentía desolado ante la inmensidad de un mundo que de repente sentía como hostil e inmesurablemente grande como para preocuparse de las desgracias individuales de cada persona. Nunca se había tenido por una persona débil, pero comenzaba a hallarse al límite de lo que se creía capaz de soportar, incluso veía difícil poder hablar de Claire, aunque únicamente fuera en oración, sin que sus ojos se vieran bañados en lágrimas. El miedo que había estado albergando dentro de él había ido creciendo poco a poco a lo largo de las horas y ahora se asemejaba más a una sombra que amenazaba con tragarse todo lo que era importante para él, todo lo que le hacía pensar que valía la pena seguir adelante. Procurando ignorar en la medida de lo posible todo lo que sentía, tanto física como emocionalmente, Patrick cerró los ojos y agachó la cabeza, escondiendo el rostro tras sus manos entrelazadas.

Suplicaba ayuda y misericordia a todo cuanto él creía, a quien fuera que estuviera escuchando sus plegarias en esos momentos. Incluso habló a su madre bendita, María, pidiéndole que intercediera por Claire, lo que no hizo sino sacarle nuevas lágrimas al recordar a aquella que le había dado la vida y que le había brindado los años más felices de su vida.

De repente, sintió un escalofrío pero no le dio mayor importancia: el día veinticuatro de Diciembre había amanecido habiéndose convertido, ya a tempranas horas de la mañana, en uno de los días más fríos de los últimos meses. Como solía suceder en esa zona del Mediterráneo, parecía que el invierno no iba a llegar nunca y, cuando finalmente lo hizo, sucedió de un día para otro dejando caer todo el fresco que había estado reservando. Con decir que en los últimos días incluso había nevado, algo que no era precisamente frecuente...

Pasaron unos instantes antes de que Patrick sintiera en su interior que algo no iba bien, como si dentro de él se hubiera encendido una especie de alarma. Abrió los ojos y alzó la cabeza con cautela, permaneciendo en silencio atento a cualquier pequeño ruido cercano. Pero nada, lo único que llegó a sus oídos fueron los lejanos griteríos y risas de las personas que cruzaban la plaza de san Pedro aquella mañana.

Entonces lo escuchó.

Fue apenas un murmullo, pero en el silencio de la capilla fue lo bastante audible como para lograr captar su atención al momento. Permaneció atento unos segundos más, agudizando el oído por si lograba oír algo más: no podía tratarse del viento, pues la capilla era una habitación que por su emplazamiento no tenía ninguna ventana al exterior.

Comenzaba a creer que su mente le estaba jugando una mala pasada cuando una especie de susurro volvió a brotar de la nada en el ambiente de la capilla. Las velas que había encendidas en el altar titilaron durante un momento antes de volver a la calma, pero Patrick ya había dirigido su mirada hacia ellas y había visto, al otro lado del altar, la figura de su anciano padre. Al instante, sintió como si todo dentro de él se derrumbara y tuvo que apartar la mirada por un momento: cuánto le hubiera gustado contar con el apoyo y el cariño de su padre entonces y cuál miserable se sentía al recordar el motivo por el cual esto ya no era posible.

Cuando volvió a mirarle, se sorprendió al ver la mirada amable de su padre, algo que le diferenciaba del resto de apariciones que había presenciado. Nunca se había parado a pensarlo porque era algo que procuraba eliminar de su mente, pero era cuanto menos extraño que las apariciones de su padre no fueran terroríficas ni desagradables como las otras. Su cuerpo no mostraba signo ninguno de descomposición, ni siquiera nada que advirtiera de un estado de salud débil. Permanecía tal y como le recordaba estando vivo, lo que le traía imágenes de tiempos mejores en los que aquella locura de los atentados Illuminati parecía algo imposible de ocurrir.

Sentía que quería decirle tantas cosas: lo mucho que lo sentía, lo mucho que le quería y lo muchísimo que le echaba de menos. Pero no podía, el nudo que se había formado en su garganta lo impedía. Apenas había abierto los labios, intentando pronunciar las palabras que tanto quería decir cuando advirtió que su padre ya no le miraba a él, sino que algo tras el propio Patrick parecía llamar su atención. Sin embargo, en la mirada del anciano no había signo de sorpresa alguna: era como si estuviera esperando a un amigo en una cita y éste finalmente hubiera acudido a la misma.

Extrañado, Patrick giró el rostro hasta contemplar los bancos de madera que había tras él y su corazón dio un vuelco en el interior de su pecho de forma inmediata: sentada en la tercera fila, vestida totalmente de luto y con las manos cruzadas sobre el regazo, estaba Claire.

Antes de que pudiera ser totalmente consciente de lo que estaba viendo, el joven sacerdote se apresuró a incorporarse del reclinatorio con tanta rapidez que casi tropezó, dirigiendo sus pasos hacia el banco donde se encontraba la joven. La sensación que le había invadido al verla fue de un inmenso alivio, como si se hubiera quitado un peso enorme de encima que le impedía respirar, como si todos sus problemas se hubieran esfumado de un plumazo.

- Claire... - la llamó Patrick, acuclillándose junto al banco en el que ella se encontraba aún mirando al frente. La alegría inicial que había sentido al verla allí se esfumó poco a poco: al contemplarla durante unos instantes más se dio cuenta de que algo no iba bien.

Reconoció su atuendo, era el mismo con el que la había visto por primera vez desde su regreso a Roma, tras la misa funeral por las víctimas de los atentados Illuminati: un vestido negro muy sencillo de manga larga y el cabello rubio recogido bajo un velo negro que ocultaba la mayor parte del mismo, según mandaba el protocolo vaticano para aquellas ocasiones. A pesar de que Patrick la había llamado, Claire continuaba con la mirada perdida dirigida al frente, pero tampoco parecía mirar al padre de Patrick. Era como si se encontraran en planos totalmente distintos y ni siquiera pudiera oírle. El joven sacerdote no podía entender lo que estaba ocurriendo, su mente era un completo caos: era Claire, no había duda alguna, pero, al mismo tiempo, no podía estar allí, era físicamente imposible.

Entonces se dio cuenta de lo que sucedía.

Al principio no lo había notado, o no había querido verlo, pero estaba muy distinta. Ella siempre había sido de piel clara, pero aquella palidez superaba lo que era normal en cualquier persona sana; sus ojos seguían igual de azules, sin embargo era como si algo en ellos se hubiera apagado, ya no tenían brillo y no reflejaban emoción alguna; el tono de sus labios apenas se distinguía del resto de la cara a excepción de esa tonalidad azulada que percibía en ellos si fijaba la vista con atención. En Claire había algo que había cambiado, del mismo modo en que le había ocurrido a los cardenales muertos el pasado mes de Junio.

Patrick se quedó sin aliento al darse cuenta de lo que eso implicaba y se volvió a su padre, como buscando una explicación y se topó con una mirada que confirmaba todo lo que él temía.

Todo había terminado.

El joven sacerdote se sintió mareado, como si alguien le hubiera propinado una bofetada y aún no hubiera sido capaz de reaccionar al golpe. Volvió de nuevo su vista hacia Claire, quien esta vez sí le miraba, y sintió cómo su alma se derrumbaba en el mismo instante en que posó su mirada en los ojos carentes de vida de ella. De los labios de Patrick brotó un sonido que era en parte llanto y en parte un grito de horror, como si le hubieran herido gravemente. No pudo sostener la mirada de la joven mucho tiempo más y el sacerdote rompió a llorar, agachando el rostro y apoyando su frente en la fría superficie de madera del banco, incluso si su mente aún seguía aferrándose a la posibilidad de un último milagro.

Las lágrimas habían comenzado a aflorar en sus ojos mucho antes de darse cuenta de lo que estaba sucediendo, era por ello que ya sentía el rostro totalmente empapado de ellas. Sus hombros se agitaban con cada nuevo sollozo y todo cuanto podía oír eran sus propios quejidos de dolor unidos al llanto. No hay mayor herida que la que una persona sufre en el alma y era por ello que ahora Patrick se sentía atrapado en su propio dolor, ahogándose en él. Entrelazando sus manos en un instante de lucidez, el joven sacerdote trató de murmurar unas nuevas súplicas desesperadas.

- Por favor, Señor... - dijo Patrick en los pequeños espacios en los que se sentía capaz de hablar, en medio de llanto. - Apelo a tu infinita misericordia... No la alejes de mí...

Algo dentro de él le decía que esas palabras eran en vano, había una única cosa irreversible en la vida y ésa era la muerte. Podía llorar, podía chillar, podía suplicar todo lo que quisiera, pero nada haría posible que ella volviera. Aún temblando, alzó la mirada para ver a Claire, para retenerla en su memoria tanto como fuera posible, pero ya no se encontraba allí. Con desesperación, el joven sacerdote se volvió sobre sí mismo, buscándola con la mirada por la capilla. Finalmente la vio junto a la puerta de la misma, donde también se encontraba el padre de Patrick.

La puerta estaba ligeramente abierta y la mirada del anciano lo decía todo.

Estaba esperando a que Claire se marchara.

- ¡No! - exclamó Patrick, al ver que la joven daba un paso hacia la salida.

Si bien la periodista había permanecido ajena a todos los intentos de Patrick por hablar con ella previamente, esta vez giró el rostro hacia él. Incluso en este sencillo movimiento, el sacerdote pudo ver que todo en ella había cambiado: era como si formara parte de algo que trascendía lo meramente humano, asemejándola mucho más a las sombras del otro mundo que eran los cardenales fallecidos que le atormentaban. Y ser consciente de esto le rompía el corazón.

Agachó la mirada, incapaz de seguir mirándola y abandonándose a la tristeza una vez más. Todo cuanto él era se había desmoronado y sólo quedaba un alma atrapada que se retorcía de dolor.

- Quédate... - suplicó el joven una vez más, esta vez dirigiéndose hacia ella. Era inquietante cómo aquella situación parecía un reflejo de la que ambos habían vivido unas semanas atrás en la capilla que albergaba la tumba del padre de Patrick. Aquella vez había sido el joven sacerdote quien se encontraba en la frontera de dos mundos y ella la que le rogaba que se quedara. Reunió valor y alzó de nuevo la mirada hacia Claire. - No puedes marcharte ahora, aún no...

Podía leer en la mirada de la joven una leve tristeza que parecía dirigida expresamente hacia él: como si sintiera una suma compasión al verle luchar contra algo que no podía cambiar y Patrick fuera incapaz de entenderlo. Aquello era definitivo, no había nada más que él pudiera hacer por ella, debía dejar de luchar y aceptar lo que tantas personas a lo largo de la historia habían tenido que aceptar antes que él: que había llegado el momento de decir adiós. Patrick negó con la cabeza, resistiéndose a ello, sintiendo cómo nuevas lágrimas corrían por sus mejillas.

- Debería habértelo dicho... Cuando tú dijiste que me amabas, quizás mucho antes. Claire, tienes que saberlo...

Claire negó suavemente con la cabeza y, aunque no dijo palabra alguna, Patrick supo lo que quería decir: había tenido mucho tiempo para hacer eso, ahora era demasiado tarde. Recordó las palabras de las sagradas escrituras que hacían referencia precisamente a lo que estaba viviendo en esos momentos.

Hay un momento para todo y un tiempo para cada cosa bajo el sol: un tiempo para nacer y un tiempo para morir.

El momento de hablar hacía mucho que ya había pasado.

Creyó adivinar una leve sonrisa en el rostro de Claire, como si tratara de infundirle ánimos, y, finalmente, agachó la mirada y salió con paso lento, casi etéreo, de la habitación. El padre de Patrick, quien había permanecido junto a la puerta, como esperando que la joven se decidiera a marcharse, siguió sus pasos y se detuvo un momento en el umbral de la puerta para dirigir una última mirada a su hijo. Una vez más, no hubo palabras pero tampoco hicieron falta: el anciano había querido que Patrick viera la desgracia que había traído nuevamente sobre gente inocente. Finalmente, el anciano salió de la habitación.

Silencio.

A Patrick no le hizo falta asomarse al otro lado de la puerta para saber que no les encontraría allí a ninguno de los dos. Del mismo modo en que lo hacían los espíritus de los cardenales, su padre y Claire se habían marchado a un lugar donde no podía seguirlos. Notando que su respiración se había vuelto entrecortada, el joven sacerdote se palpó el pecho, comprobando lo rápido que le latía el corazón. No soportaba el silencio en el que había quedado sumido: era tan intenso que incluso lo sentía vibrar en sus oídos, era un reflejo del vacío que sentía dentro de sí.

Patrick rompió en llanto de nuevo y, incapaz de mantenerse de rodillas un momento más, se desplomó sobre el suelo de la estancia, encogiéndose sobre sí mismo. Se encontraba sumido en el dolor y la desesperación más profunda; de repente, el mundo a su alrededor se había convertido en un desierto de hielo donde nunca le oiría nadie, en el que sus oraciones jamás serían escuchadas... Estaba cautivo en un mundo frío y cruel que le acababa de arrebatar más de lo que podía explicar con palabras.

El joven cerró los ojos con fuerza, tratando de aislarse de la dura realidad que invadía su mente, dejando escapar un lastimero sollozo lleno de dolor. Nunca podría perdonarse lo que acababa de suceder, jamás de los jamases. Temblaba de arriba a abajo, ni siquiera se sentía fuerte como para ponerse en pie: nada de lo que había vivido anteriormente le había herido tan profundamente como perder a Claire. Incluso formular esas palabras en su mente era más de lo que podía soportar.

Poco a poco, su llanto fue volviéndose más silencioso, aunque siguió sin moverse de donde estaba, tratando de hallar una serenidad y un consuelo que sabía que no vendrían.

Pues ambos parecían haber partido también hacia el otro mundo.


NdA: Antes de que os tiréis a mí a aniquilarme por dejar el capi así, os digo que llevo 28 páginas del siguiente capítulo escritas. Mi idea inicial era subir ambas partes de este megalargo capítulo a la vez, pero escribir la segunda parte se me hacía algo cuesta arriba sin tener publicada la primera y saber vuestras opiniones sobre la misma. Recordad lo que dijo Harvey Dent: "La noche siempre es más oscura justo antes del amanecer", que bien podría aplicarse a este momento del fic. Tanto esta primera parte del capi como la segunda están dedicadas a mi abuela paterna, que se me fue el día 17 de enero, dejándome huérfana de abuelos. He sido muy afortunada al tenerles y ya les echo muchísimo de menos, ¿hay amor más incondicional en el mundo que el que nos brindan ellos?

A todas vosotras, mil gracias por seguir a pesar de mi "constancia" al actualizar: pienso en este fic mucho más del tiempo que puedo dedicar a escribirlo, os lo puedo jurar. Para mí significa un mundo el ver vuestra ilusión y cariño por este fic y su parejita principal, de verdad, ilumináis mis días. Desde aquí os mando un beso enorme, os recuerdo el tumblr del fic para ver graphics, playlist y demás (fymdnightjuliet), y os deseo que la real life os esté tratando estupendamente :).