XXVI. Todos los indicios parecían demostrarlo.
«Las palabras elegantes no son sinceras; las palabras sinceras no son elegantes.»
Lao–Tsé.
Febrero de 2025.
—No creo que alguien tenga unos ojos como los tuyos, muchacho.
El comentario de Gauthier Flamme, acompañado de una sonrisa, aligeró el ambiente.
—Ah, no, no lo decía por eso —indicó Rafael, encogiéndose de hombros al aclarar—, sino porque salgo con una chica que tiene los ojos del mismo color que… ¿Te llamas Quinn?
El aludido, desviando la vista unos segundos, la fijó luego en Rafael, antes de asentir.
—Rafe, hay que ayudarle con Sigfrid —indicó Alphonse, deseoso de que algunas de las miradas en la habitación se alejaran de él.
—¡Ah, sí!
Unos minutos después, Sigfrid había sido sentado en la silla más próxima con sumo cuidado, teniendo ya trazadas un par de iratzes en un brazo, cortesía de Rafael. Eso logró que, al mismo tiempo que el rubio abría los ojos un poco más espabilado, Gauthier Flamme había servido aromáticas tazas de té para todos.
—¿Por qué vinieron ustedes? —Fue lo primero que Sigfrid pudo preguntar.
—La reunión se pospuso para mañana —comenzó a contar Alphonse, en tono serio—. Hoy iban por la mitad cuando hubo un… altercado afuera del Salón de los Acuerdos.
—¿Altercado? —Rafael sonrió de lado, sarcástico—. Max no habría necesitado usar ese truco si ese idiota…
—Rafe…
—¡Es que fue un idiota, Al! ¡Disparó hacia nosotros! Lo lógico era que Max nos defendiera.
—¿Qué pasaba realmente en el Salón de los Acuerdos? —Se interesó Gauthier.
—Ah, es que los refugiados…
—¿Refugiados? —Quinn Meadows parecía no entender de qué hablaban.
Tras suspirar por lo bajo, Alphonse explicó brevemente lo sucedido con los actuales refugiados de la Clave en Alacante. Cuando acabó, vio que Gauthier se quedaba pasmado unos segundos antes de sacar su teléfono celular; por su parte, Quinn Meadows arrugaba la frente.
—¿Van a enviar a los refugiados a casa? —Inquirió.
—Sí, en cuanto todos estén en condiciones de viajar y hayan rendido declaración ante el Escolamántico. Si necesitas comprobar alguno de los nombres…
Quinn agitó la cabeza en señal de negación, lo cual Alphonse sintió que era raro. El joven mestizo mostraba interés en el asunto de los desaparecidos, pero al mismo tiempo, no parecía querer mezclarse en él, ¿qué sucedía?
—¿Qué está haciendo, señor? —Quinn se dirigió al brujo presente, con una ceja arqueada.
—Voy a correr la voz —indicó Gauthier, sin pizca de vergüenza.
—Pero señor Flamme… La Clave no ha autorizado…
—¿Esperas que nadie sepa que quizá sus parientes y amigos han vuelto?
—No, señor. Pretendo que no llegue a oídos de la corte Noseelie que sus prisioneros están en este plano y a dónde los han llevado con exactitud.
Ante semejante argumento, Gauthier frunció el ceño y Alphonse se arrepintió de haber llamado su atención, porque la mirada del brujo podía ser penetrante hasta un grado incómodo. ¿Por qué lo veía de esa forma? ¿Acaso le recordaba a los Montclaire que había conocido?
—¿Seguro que eres nieto de Fred? Porque él a veces olvidaba esa clase de detalles. Aunque Juliette, por otra parte…
—Eh… No sabría decirle.
Alphonse giró los ojos, queriendo no ver a Gauthier a como diera lugar. Comenzaba a sentirse mal porque el hombre lo comparara con gente a la que nunca conoció y que además, pareciera hacerlo de manera que lo favoreciera.
—Quinn, por favor, ayuda a tu amigo a que se beba ese té. Y tú, muchacho, tienes razón. Enviaré un mensaje de fuego a Magnus y…
—¡Momento, no haga eso! —Pidió Rafael, alarmado—. Papá no sabe que estamos aquí.
—¿No? ¿Entonces quién les hizo el Portal?
—Max, mi hermano.
Gauthier se encogió de hombros y se guardó el celular. En tanto, Quinn miró a Rafael con repentino interés.
—¿Su hermano es como Clarissa Herondale? —Preguntó de improviso.
—Pues no. Mi hermano es demasiado azul, para empezar.
La broma a Rafael le salió natural, como siempre que hablaba de Max, pero Quinn puso cara de sentirse ofendido en lo personal. Alphonse se apresuró a pensar en algo que le salvara el cuello a su parabatai, pero la cansada voz de Sigfrid se le adelantó.
—Max Lightwood–Bane es un brujo, Quinn.
—Ah, eso lo explica.
—¿Hildie y Astrid saben que estoy bien? —Indagó el rubio.
—Ah… Señor Flamme, ¿podríamos pedirle…?
—Sí, adelante. Les daré con qué escribir.
A los pocos segundos, entre una llama rojo brillante, Alphonse tuvo en las manos utensilios de escritura, que no tardó en usar para redactar un breve mensaje al que dibujó una runa en una esquina, antes que Gauthier lo hiciera desaparecer en una pequeña llama demasiado roja.
Casi enseguida, un fogonazo sobre la cabeza de Alphonse indicó la llegada de un mensaje de fuego, cosa que desconcertó a todos.
—¡Que rápido! —comentó Gauthier.
—No puede ser la respuesta —aseguró Alphonse, atrapando el papel al vuelo y desplegándolo, para leerla a toda velocidad. Arrugó la frente al comentar—. Emily no sabe nada.
—¿Emily? —Musitó Sigfrid, sin entender.
—Emily Rosewain, ella no fue a Alacante. Le pedí a Brunhild que le preguntara por ti y por lo que había pasado aquí. Emily tardó en contestar, por eso Rafe y yo nos adelantamos. Ahora resulta que Emily no sabe siquiera que ha pasado algo.
—¿Cómo es eso posible? —Espetó Rafael.
—No lo sé, pero no creo que sea bueno. Tenemos que ir al Instituto.
—Eso me recuerda… —Gauthier intervino con cara de no querer ser inoportuno, pero sin quedarle más remedio—. Sigfrid, ¿cierto? ¿Por qué saliste del Instituto, si eres el custodio?
—Nadie quiso ir al Mercado de Sombras cuando nos llegó la alerta. Yo… Sé que no debía salir, pero alguien tenía que encargarse, así que… Cuando llegaron Jonathan y Martin para usar la sala de entrenamiento, pedí que me acompañara uno de ellos y que el otro esperara mi vuelta.
—Y parece que Martin estuvo encantado de quedarse —soltó Rafael, ceñudo—. Puede que no sea tan idiota como su hermano, pero juro por el Ángel que a veces quiero golpearlo.
Por la mueca que puso Quinn Meadows a la mención de los Highsmith, Alphonse dedujo que Rafael no era el único en querer golpear a Martin.
—Bien, tenemos que irnos, entonces —indicó con firmeza—. Sigfrid, ¿crees poder andar?
El aludido asintió, pero su semblante delataba que no estaba en su mejor momento.
—Les haré un Portal —dijo Gauthier, sujetando una de las tazas y empezando a girarse—. Pero será cuando se acaben el té. Quinn, llévalos al despacho en media hora, más o menos.
—Sí, señor.
Cuando el brujo se retiró, a los otros no les quedó más remedio que obedecer.
—Alphonse —llamó Sigfrid en voz baja.
—¿Sí?
—Gracias por venir a buscarme, pero no tenían qué…
—Bueno, aquí mi parabatai se puso en modo Tiberius y no pudimos hacer nada.
—¿«Modo Tiberius»? —Se extrañó Alphonse, arqueando una ceja.
—Sí, ya sabes. Hay una crisis, se te ocurre cómo hacerle frente y sueltas órdenes que son tal extrañamente lógicas que a nadie le quedan ganas de protestar.
Alphonse procuró no mirar a nadie, sintiendo que se sonrojaba furiosamente.
—No es mi intención, en realidad —aseguró.
—¡No digas tonterías, Al! No me quejo. Es bueno que no pierdas la cabeza cuando se nos viene una crisis encima.
—Disculpa, ¿dijo el señor Flamme que te llamas Alphonse Montclaire?
Quinn lo veía fijamente al hablarle, así que Alphonse se sintió cohibido al asentir.
—El hijo del director Blackthorn —apuntó Quinn en voz alta, aunque arrugó la frente antes de señalar—. Pero ese nombre es francés.
—Qué observador —musitó Rafael con sorna.
Quinn miró por un momento a Rafael, arqueando una ceja con aire elegante.
—Rafe, no seas maleducado —pidió Alphonse en un murmullo.
—¡Pero Al…!
—Algo me dice que si haces enfadar a Quinn, te vas a arrepentir.
Rafael se encogió de hombros, sin protestar, antes de beberse su té.
—¿Tú eres el que manda, entonces? —Se interesó Quinn.
—¿El que manda en qué?
—En su relación de parabatai. He visto a unos cuantos y siempre hay uno que manda.
—No, la verdad…
—Oye, deja en paz a Al —acotó Rafael, dejando su taza en la mesa con demasiada fuerza.
—No he dicho nada malo, hijo del Emisario. ¿Te incomoda que no dijera que mandas tú?
—¿Qué diablos pasa contigo? ¡No te he hecho nada!
—¿Qué pasa con los dos?
Alphonse se puso de pie en ese momento. De repente, no se sentía cómodo allí.
—Disculpa, Quinn, ¿puedo salir un momento?
El aludido, realmente confundido al oírlo, se limitó a asentir.
—Al, espera…
Sacudiendo la cabeza, Alphonse caminó hacia la entrada principal y salió, aunque no fue muy lejos. Cerró tras de sí y se apoyó en la puerta, respirando hondo e intentando ordenar sus pensamientos, queriendo comprender qué acababa de pasar. Normalmente, podía tolerar escenas como aquella, pero quizá en esa ocasión, por los eventos más recientes, estaba más irritable.
Sin apenas pensarlo, sacó su celular y buscó un número, haciendo un cálculo rápido mientras decidía si marcaba o no. Al final, pensó que nada perdía intentando y llamó, sintiéndose afortunado de ser atendido al segundo tono.
—¿Hola? ¿Alphonse?
—Buenas tardes, madre.
—¡Me alegra mucho oírte! ¿Ha pasado algo?
—A mí también me alegra oírte. ¿Por qué preguntas si…?
—Alphonse, no habías llamado desde enero. Quiero decir, entiendo que no tengas tiempo y agradezco todos tus mensajes, pero la última vez fue por lo del niño recién llegado.
—Lo siento, realmente no es mi intención…
—Ya lo sé. A decir verdad, me da gusto poder ayudar. ¿Pasa algo o no?
—Madre, ¿recuerdas cuando…? El día que me entregaste a…
—Ah, sí. Cuando te marchaste.
—Thorwyn me contó su versión. Quería saber… ¿No te importa si no lo odio?
—Pero Alphonse, ¿por qué habrías de odiarlo?
Alphonse suspiró. Su madre parecía no entender su dilema, lo cual encajaba con lo dicho por Alwyn horas antes.
—Es cierto que Thorwyn no se comportó bien, pero no era realmente su culpa. Y ya estuve enojada el tiempo suficiente. Cuando supe toda la historia, lo comprendí mejor. Además, no sé si lo sepas, pero él solo se castiga de sobra.
—Sí, lo he notado.
—¿Cuándo hablaste con Thorwyn, por cierto?
A grandes rasgos, haciéndole prometer que no debía decirle a nadie todavía, Alphonse le contó sobre los refugiados que llegaron a Alacante, guiados por Thorwyn, Alwyn y Perenelle. Su madre no interrumpió ni una vez, hablando solo cuando él terminó.
—Me alegra saber que volvieron sanos y salvos.
—Thorwyn… Él estaba herido. Un ojo tuvieron que vendárselo.
—Lamento escuchar eso. Espero que puedan venir a saludar pronto.
—Creo que Alwyn pensaba ir a París en cuanto pueda salir de Alacante. Thorwyn…
Alphonse sintió que se le cerraba la garganta debido a lo que sabía, sin estar seguro de que su madre debiera enterarse.
—¿Alphonse? ¿Pasa algo, cariño?
—Yo… No estoy muy seguro. Es que… Ahora mismo no quería pelear con Rafe y…
—¿Por qué pelearías con él?
—Se estaba comportando como un idiota con alguien que nos está ayudando, aunque siendo justo, el otro también dijo algo inadecuado. Normalmente no me importa, solo que… Han pasado muchas cosas últimamente.
—Procura calmarte, ¿sí? De nada servirá preocuparte en ese estado. Organiza tus ideas.
Eso causó que Alphonse sonriera. Tal vez físicamente se pareciera a su padre, pero por lo visto, en su modo de razonar había salido a su madre.
—Ya lo sé. Gracias por escucharme. Lamento llamar solo para quejarme.
—Jovencito, he pasado años sin tus quejas. Escucharte es lo menos que puedo hacer.
Alphonse apretó los labios. En momentos así, olvidaba cualquier miedo o sentimiento de menosprecio que lo aquejara, acordándose que ya nada era como antes y que tenía gente que lo amaba así, tal cual, aunque no mostrara su mejor lado.
—Gracias, madre. Te quiero.
El silencio al otro lado de la línea lo sobresaltó por un segundo, pero Alphonse imaginó que, si su madre era un poco como él, estaría algo impactada.
No le decía aquello a menudo, aunque procuraba demostrárselo.
—También te quiero, Alphonse. No tienes nada qué agradecer.
—Tal vez. Disculpa, acabo de recordar…
Sintiendo movimiento a su espalda, Alphonse interrumpió sus palabras para enderezarse, descubriendo que Rafael acababa de abrir la puerta y, con expresión tímida, preguntaba a señas si podía salir con él, a lo que asintió mientras señalaba el celular.
—¿Qué pasa, Alphonse?
—Lo siento, Rafe acaba de llegar y…
—Si tienes que irte, está bien.
—No es eso, de verdad. Te decía, acabo de recordar una cosa. Perenelle me habló sobre tío Étienne y monsieur Sangbleu…
—¿En serio? Porque si te contó qué pasa con ellos, quisiera enterarme.
—De hecho, ella tampoco sabe.
—Lo siento, pero en ese caso, tienes que preguntarle a Étienne. Aunque te advierto que se pone muy raro cuando nombro a monsieur Sangbleu. Ahora que lo pienso, se parece a cuando mencionaba a Eddie. ¡Ay, por Dios! ¿No creerás que…?
—Tal vez, pero prefiero que me lo digan ellos, si quieren. No es mi intención molestarlos.
—Ya sé que no. Lo siento, cariño, tengo que dejarte. Estoy llegando al trabajo.
—No te preocupes, madre. Gracias por todo.
—No hay de qué. Saluda a Rafael de mi parte y dile que se cuide.
Cuando colgó y se guardó el aparato en un bolsillo, Alphonse miró a Rafael con tranquilidad, a sabiendas de lo que, probablemente, el otro iba a decir.
—Oye, Al, sobre hace un momento…
—¿Te has disculpado con Quinn?
—Yo… Sí, lo hice, pero… El tipo no es muy agradable, ¡admítelo!
—Quizá los cazadores de sombras no fueron agradables con él y se está desquitando.
—Siempre piensas bien de la gente, Al.
—¿Tú crees?
—Sí, a menos que hagan algo malo, claro. Pero esta vez acertaste, porque él también se disculpó, aunque tengo la sensación de que lo hizo porque Sigfrid lo asusta un poco. ¿Cómo está la señora Amélie?
—Bien. Te manda saludos y pide que te cuides.
—¿En serio?
—No sé por qué te extraña. «Tu familia es mi familia», ¿recuerdas?
Rafael se encogió de hombros, desviando la vista.
—A veces no sé cómo me soportas, Al.
—¿Disculpa? A veces no sé cómo me soportas tú a mí, Rafe.
Ambos se miraron y se sonrieron casi al mismo tiempo.
Para Alphonse, Rafael era el recordatorio vivo de todo lo bueno que había conseguido. Quizá nadie más lo viera así, pero él sentía que, después de haberlo conocido, fue cuando su vida comenzó a moverse en una dirección que jamás imaginó, pero que no dejaba de agradecer. Si eso significaba ser el parabatai de Rafael, teniendo que «soportar» los momentos en los que no se comportaba como debía, no le importaba en absoluto.
—Te soporto porque, como dice Stella, eres bueno y adorable.
—Rafe, tu prima no tiene ni idea de lo que habla.
—No es cierto. Puede ser condenadamente buena leyendo a las personas, aunque nunca se queda quieta. Henry es el que da miedo opinando sobre los demás, ¿te acuerdas?
—¿Cómo olvidarlo? No me había visto ni cinco minutos cuando juró que sería más tu niñera que tu parabatai y que lo agradecía por adelantado porque eres su primo favorito.
Cuando Rafael rió, Alphonse supo que todo estaba en orden entre ellos.
—Disculpen, es hora de subir.
El llamado de Quinn los tomó por sorpresa, pero enseguida se repusieron y volvieron al interior del pub. Rafael se dirigió enseguida hacia Sigfrid, para ayudarlo a levantarse; en tanto, Alphonse se quedó atrás, cosa que Quinn no dejó de notar.
—¿Puedo preguntar una cosa?
—Eh… Sí, claro. ¿Es sobre Rafe?
—No. ¿Puedes entenderme?
—¿Entender qué?
Quinn dejó sus ojos largo tiempo en él, por lo cual Alphonse se puso nervioso. Era como si quisiera comprobar algo, pero al mismo tiempo, lamentara el resultado.
—¿Por qué un cazador de sombras como tú puede entenderme?
—Lo siento, pero no sé a qué te refieres.
La expresión de Quinn se endureció tanto, que le produjo un escalofrío.
—¿Vas a fingir que no sabes de lo que estoy hablando?
Solo entonces, Alphonse captó en su voz lo que quería decirle.
—Ah, eso —musitó, con voz ahogada.
—No me extraña que reniegues de ello. No he oído nada bueno de los tuyos.
—En primer lugar, no reniego de nada. Me ha tomado por sorpresa, nada más. Y en segundo lugar, ¿quiénes son esos «míos» de los que hablas?
—¿Así que ignoras de quién has sacado esos ojos?
Alphonse apretó los labios, dudando si contestar o no.
—Lo sabes, ¿eh?
—Lo sé. Pero no entiendo en qué te afecta. Si acaso alguno de ellos te ha hecho daño…
—Me sorprende que hables así.
—¿Hablar cómo?
—Como si te preocupara lastimar a alguien como yo. Eres uno de ellos y un cazador de sombras, además. ¿No deberías estar buscando excusas para matarme?
—¡No!
—¿Al? ¿Meadows? ¿No vienen?
Rafael, lo mismo que Sigfrid, le dirigía una mirada de extrañeza desde un par de metros adelante. Respirando hondo, Alphonse le echó un vistazo de advertencia a Quinn.
—Si quieres algo de mí, tendrás que explicarme todo el asunto, pero no ahora. Es más importante que curemos a Sigfrid.
—Lo sé. Y tienes razón, debería explicarte algunas cosas. No es como si tú, en lo personal, me hubieras hecho algo. Lamento haber dicho antes que tú mandabas. Ahora veo que tu parabatai te escucha porque te quiere y te respeta.
—Eso ya lo sé.
Quinn asintió y fue a abrirles el acceso al despacho de su jefe, dejando a Alphonse con una enorme confusión en la cabeza.
El joven Montclaire presentía que, poco a poco, la paz se estaba alejando de su vida.
