Capitulo 25
Ese sitio nunca moría de su psique. Con tanto viaje a ese páramo umbrío, podría acabar loca.
Al menos tenía conciencia de que el mundo donde estaba ahora era el mismo. Pero su memoria estaba aún difusa. ¿Cómo acabó en un calabozo? Y otra vez, ¿por qué Cherry estaba con ella?
Se quedó un rato perdida en su memoria mientras observaba las ondas del charco que había delante suyo.
Recordaba que estaba escapando de algo. Cosas como zorros fantasma con la pequeña. Llegó a una puerta con dos guardias, se quedó pidiendo que les deje pasar y luego…
Sintió un picor en la coronilla. Notó que tenía algo de hinchazón. Un garrotazo. Sí, debió de ser eso.
Y todo porque "supuestamente" entraron en propiedad privada. Espera, ¿seguro que la encarcelaron por semejante tontería?
—Am-ber, di algo.
Y de vuelta a tierra. Ah, qué más daba. La cuestión es que estaba encerrada por vete a saber qué cosa. Igual Cherry podía saber la causa de este lío. No creía que esos guardias fueran tan descorazonados como para agredir a una niña de seis años.
—Esto… ¿sabes por qué estamos aquí, exactamente?
Como si pudiera entender lo que sucedía siquiera.
—No tengo ni idea.
—¿No han… dicho nada mientras nos encerraban?
—No… oh. Quizá sí. Decían de decir a una tal reina de algo, pero no me enteré muy bien de qué decían. Y que teníamos calabaza para cenar. Eso me lo dijeron a mi.
¿Así cruda? Puaj. Menudos tratos.
De todas formas, le intrigaba qué irían a decir esos peones de ella. Tampoco creía que dos meras humanas fueran tan especiales como para decir a su reina que habían sido capturadas.
A no ser… claro, ellos no parecían humanos. Casi eran como esos enemigos que aparecían en esas tierras áridas excepto por su forma más antropomórfica.
No, ¿qué decía? Era lo más parecido a un humano que se había encontrado. Suponía que dos personas de carne entre tantas de ébano era un fenómeno.
Lo más extraño era que, si esto era un sueño… ¿por qué los acontecimientos tenían tanta lógica? ¿Por qué esta continuidad? No tenía sentido alguno.
Por muchas vueltas que le diera, no lograba dar con una explicación. Al menos no lógica. Si contemplaba la esotérica, en cambio, tenía una posibilidad. Inverosímil, pero cuajaba.
Mala suerte la suya, un guardia abrió la puerta de la celda. Justo cuando ya estaba llegando a una conclusión a sus propios misterios…
—¡Levántate! La reina quiere una audiencia contigo.
Qué fastidio. Con solo oír esa orden, no podía hacer más que suspirar y levantarse. Solo para que unas cadenas le den un tirón a los poco pasos.
Oh, ¿cómo se le había pasado? Estaba encadenada, ¡claro que no podía seguirlo!
—Aaah, sí, es verdad, ¡siempre se me olvida quitar los grilletes a los prisioneros! Es que madre mía, cabeza de corcho la mía.—farfullaba mientras se removía sus múltiples llaves hasta dar con la de los grilletes. —Venga, ¡ANDANDO, VAMOS!
Paso a paso, y con esposas en las manos, la chica en pijama morado caminaba por el vacío y largo pasillo. Lo único que las paredes decoraban eran retratos de la realeza posando ante los ojos del artista. Hacia aquel quien pudiera contemplar su majestuosa figura, ni más ni menos. Esperaba que tuviera alguna oportunidad de salir de ahí. Correr, robar las llaves de su celda a aquel peón y escapar de ese confinamiento tan injusto.
Pero por mucho que quisiera, no podría. Ahí no tenía su báculo. Ni siquiera podría abrirse paso. El camino era estrecho y los dos guardias se aseguraban de que no hiciera ningún movimiento raro.
Esa andada se hizo eterna. El tiempo pasaba más lento mientras Amber intentaba hallar una forma de huir, sin resultado.
Al final del pasillo se podía distinguir una gran puerta de madera. Dos hombres armados de lanzas la abrieron a medida que pasaban.
La sala del trono era amplia. Majestuosa, como cabría esperar de los aposentos de un monarca. Candelabros y velas iluminaban aquellas paredes que rodeaban el suelo cuadriculado con baldosas blancas y negras. Con relieves barrocos y un elegante asiento, la reina le recibía con la cabeza apoyada sobre la mano izquierda.
Esa postura de aburrimiento y fastidio cambió por una erguida cuando ella entró. Ordenó a sus guardias que abandonaran la sala. Las puertas se cerraron tras su espalda cuando sus escoltas se fueron.
—Al fin nos encontramos… vidente.
Sus cejas se fruncieron un poco. Ese mote se le empezaba a repetir como el ajo.
—Supongo que te preguntarás por qué estás aquí.
—No sé, ¿porque no os gusta que la gente os pise ni la entrada?—preguntó con ironía.
—Qué hostil.—levantó uno de los párpados. —Bueno, cierto que mis guardias son… un tanto sobre-protectores. No, no es por eso por lo que te he traído aquí.
—¿Entonces?
Eso le daba muy mala espina.
—Quiero que me digas si habrá algún obstáculo en nuestra victoria. Los efectivos que mandarán Prospit. Los imprevistos que puedan surgir. ¡TODO LO QUE PUEDA PASAR EN LA GUERRA!
De repente se había perdido. Bastante tenía con estar en prisión sin razón aparente y ya esa monarca le pedía imposibles.
Ante eso, solo podía zarandear un poco la cabeza, parpadear varias veces y decir muy poca cosa.
—¿Qué?
—Oh, ¿acaso no puedes ver el futuro o el pasado? Usa tus poderes, vidente. No me hagas perder el tiempo.
—No, no, es que… pensaba que este era un periodo pacífico, solo…
Otra guerra. Lo que le faltaba. Y esta vez estaría directamente implicada en ella. ¿Cuándo diantres iba a volver la tranquilidad?
—Nadie me dijo que este sitio estaba en guerra.—dijo finalmente.
—Pues lo estamos. Vamos, ponte a ver el futuro.
Encima sabía lo de su "don"… recuerdos de una muerte que no ocurrió volvían a ella como una tromba de agua fría. No quería volver a usarlo. Era mejor vivir en la ignorancia, eso lo tenía claro.
—¡Para el carro! No sé cómo tengo que utilizarlos…—mintió—, ni siquiera tengo claro si funcionan igual aquí, así que mucho me temo que no voy a poder ayudarle… tendrá que soltarnos a Cherry y a mí ahora mismo.
—¿Me ves con cara de estúpida?—preguntó ofendida.—Escúchame bien, niña. Sé muy bien cuántos sois y sobre todo sé cuáles son vuestros papeles, así que a mí no me la das con queso. U obedeces… o te atienes a las consecuencias.
La monarca chasqueó sus dedos. Amber no se había percatado, pero con aquella señal, había dado una orden. No pasó mucho tiempo hasta que dos alfiles trajeron a Cherry entre sus brazos mientras esta pataleaba al aire y zarandeaba su cuerpo mientras pedía que la soltaran a gritos.
Ya empezaba a figurarse por dónde irían los tiros. No hacía falta que dijera nada. Estaba claro lo que iría a hacer si se volvía a negar.
Chantaje. Puro chantaje. Eso es lo que era.
—Sucia monarca rastrera… a ti no te importa nada lo inmoral de tus métodos, ¿eh?—masculló entre dientes. Había acabado de asegurar la cerradura con esto.
—Entonces no es necesario que te explique qué haremos si te niegas. ¿Y bien?
No tenía otra. Si no quería que nadie saliera herido, tenía que enfrentarse otra vez a lo que le deparaba el futuro. Odiaba eso. Ver cómo las cosas se irían hacia abajo… nunca hubo buenos augurios los que pudo presenciar. Ni las voces y tampoco las imágenes. Lo único alentador que tenía eran corazonadas que nada le decían. La falsedad de que todo iría a ir bien…
Lo único que podía hacer era sucumbir.
—Está bien… dame un momento.
Tenía que centrarse. Mirar dentro de ella y callar toda voz que suplicaba parar. Ni una pregunta ni amenaza. Silenciarse para solo presenciar el abismo que era su interior un momento.
Para que, tiempo después, empezara a verse la calamidad que se avecinaba. Un mundo cuyos suelos se expandían y retorcían en un claro cielo azul; donde los barcos de guerra llegaban desde el cielo. Muñecos en blanco y negro blandían las espadas y los tridentes en un estilo antiguo y arcaico, hasta que…
La visión empezó a perder continuidad. Columnas de humo se alzaban. Voraces fauces que arrancaban y quemaban todo aquel que permanecía en la tierra. Y, desde el cielo…
¿Aspas? ¿Bombas? ¿Cascos verdes? ¿Fusiles?
¿¡Pero cómo habrán llegado ahí!?
…
Altura cinco mil ochocientos-veinticuatro metros por encima del mar. Latitud doce norte. La hélice del helicóptero cortaba el aire de aquel mundo de riscos mientras el piloto reconocía la nueva zona en la que habían entrado. El suelo estaba lleno de precipicios cuyos suelos se llenaban de espinas férreas. No había más que eso y agujeros en las paredes del enorme cañón que se extendía por todo ese planeta.
En el cielo circundaban bestias hostiles que molestaban como moscas. Claro que, pese a ser un gasto de munición, podían ser derribadas con una Minigun. No suponían ningún obstáculo para los Estados Unidos de América.
—Aquí la unidad KP-3478. No encuentro ningún templo entre el terreno.
Por otra parte, en la Base Aérea, el mozo monitorizaba la posición del piloto. Las pantallas verdes no le decían nada, pero con las cartografías que ya tenía, podía decir a qué tipo de terreno se enfrentaban. Las imágenes del exterior se veían también en las pantallas.
—Siga buscando. Debe de aparecer de un momento a otro.
Tanto mirar y contemplar cómo el suelo avanzaba a la rápida marcha del helicóptero…
Le aburría.
El comandante le había ordenado que tomara su puesto mientras este se encargaba de crear un puente para cruzar el precipicio y, por supuesto, defenderla de sus hostiles habitantes. Ser parte del ejército estadounidense le conferían una ventaja abismal; y bien lo sabían. Puede que no hayan podido neutralizar las dificultades del mismo juego, pero estaba bien tal y como estaba. Esos bichos de arcilla se comían las balas con patatas.
Pero, por otra parte, era tan fácil que le resultaba tedioso. Juró lealtad a la armada y a las fuerzas aéreas de EEUU, ¿pero no se suponía que ese juego lo estaba jugando él? ¿Para qué engañar a una rata de alcantarilla, si no? Habría sido más fácil comunicarse con el Pentágono y que ellos le hubieran hecho el trabajo. Serían un número mayor, y podrían neutralizar a los otros jugadores.
Y, otra cosa; ¿para qué diablos necesitaban que otros pánfilos jugaran al juego? Eso era algo que nunca terminaba de cuajar… tenía que ver con las propias normas de este entretenimiento maldito, eso estaba claro.
Tanto pensar hacía que su cabeza le doliera. No estaba acostumbrado a pensar tanto. Era un soldado, por el amor a la patria. Solo se suponía que debía seguir órdenes y todo iría bien.
Suerte para él que el teléfono cantó el himno nacional de su bando. Sí, un móvil. Una cosa que prohibían llevar en la sala estaba sobre la mesa de mando; pero a él le daba igual tenerlo ahí. Le distraía.
—¿Di-?
—¡Keeeeviiiiiin, pichoncíiiiiin! ¡¿Qué pasa, cómo te va, qué haces?!
Ah, sí. La tonta de su novia que ni siquiera le dejaba acabar una sola palabra. Estas chicas de hoy en día…
—Ah, no gran cosa… mirando cómo un tío vuela por ahí...—contestó con cierto tono de aburrimiento.
—¡Au, pobrecito! ¡Debes de estar hasta la calva de tanto asiento!
Aunque, por otra parte, también le comprendía muy bien.
—Sí… me duelen los cojones de tanto sentarme.—dijo sin mesura.
—Uy, ¿quieres que te los alivie cuando nos veamos?
—Ay, morenica, tu sabes que soy muy grande pa ti.
—Va hombre, va, tú sabes que me encantan grandes.
¿Por qué diablos tenía que mencionar los bajos? Ahora no pararía de decir guarrearías a tutiplén. Que sí, que le gustaba, pero las leyes son claras respecto el tipo de relación que llevaban.
—Ya, y mi polla es la más grande de América, pero, eh, tch. No me puedo poner chulito ahora.
—Sí, claro… ¡TUS MUERTOS! Tú temes que te corten la cabeza por lo nuestro, ¿verdad? ¡Cobarde…!
—No, terroncito, no, es que es la ley, no puedo metértela.
—¡Que le den un buen polvo a la ley, la tierra está muerta, QUÉ CARAJO IMPORTA! ¡Ahora vienes y te la cascas!
—Cuando cumplas dieciocho hablamos, ¿vale?
—¡UNA MIERDA! ¿¡Pretendes que me tire a una cabra o qué!?
—Wow, no, estúpida, que te esperes. ¿No te dije que estoy en el curro?
Esa chica… era problemática a más no poder. Tener que iniciar este tipo de conversación… y encima obligarle a decir esos insultos. Así no se podía.
—Ay, está bien, está bien, señor currante, no te pongo más cachondo. Soso.—contestó el teléfono con fastidio. —¿Y qué miras? —cambió de tema así de de pronto.
—Pues nena, veo el Cañón Colorado mil y una veces expandido por todo el planeta. Es un poco aburrido.
—¡Oooooh, el Colorado! ¿¡Me llevarás algún día!?
—Lo que tú quieras, mi churri. ¿Y tú qué?
—Aaah, es… es… rarísisisisimo todo lo que me rodea. O sea, la tierra es morada, el cielo es verde y encima el agua es roja. Pero me encanta. ¡Aunque no entiendo qué coño pasa con la gente de aquí! ¡Peleo un poquito y los bichos es que huyen, HUYEN! Me esperaba algo más difícil, ¡pero es que matar a esos bichos viscosos es MUY FÁCIL! Encima que esto es muy grande, ¡me he perdido!
Y empezó a soltar la cháchara del siglo. Ella relataba cómo se perdió por los laureles de su mundo cuando la voz del piloto empezaba a reclamar su atención.
—Lo he encontrado.
Sí, eso lo podía ver. Una puerta excavada en la roca. Muy parecida a Petra, por lo que veía. Ahí sería donde tendrían que ir.
Aunque el acceso aéreo parecía ser difícil, igual que el propio descenso. Quizá tendrían que ir dentro del cañón.
—Buen trabajo. Ahora mantente encima de la entrada y vuelve a la base a mi señal.
—Roger.
Solo debía apuntar las coordenadas y su trabajo habría terminado por ahora. Solo necesitaba un papel y un bolígrafo… ah, ¿dónde estaban?
—¿Hooola? ¿Kevin?—reclamaba Grisselda desde el teléfono.
—Eh, espera un momento morenita, ando haciendo una cosa.
—Oh, joder, ¿¡no puedes dejar de trabajar un momentito solo por mi!?
—Ya casi acabo, gatita… espérate.
—¡Nope! ¡Te molestaré hasta que me hagas caso!—se pudo oír cómo tomaba aire… colgó antes de que empezara a cantar por teléfono.
Que era muy buena haciendo ciertas cosas era cierto; pero en el fondo seguía siendo una cría de cinco años. ¡Chicas!
Para colmo, el piloto empezaba a gritar desesperado.
—¡Señor, hay un monstruo alargado aproximándose!
—Pues disparale, idiota, no te quedes ahí pasmado.
—¡Ese es el problema! Las balas no parecen hacerle nada.
—Ah.—dijo como si no fuera ningún problema.—, pues usen los cohetes del helicóptero, ¿es que no os ha enseñado combatir en el aire o qué?
—Oh, claro. Disparando los…
La cámara se movió con violencia. Antes de que pudieran hacer nada, una bola de fuego se estrelló contra el vehículo e hizo que la conexión se perdiera.
En fin. Más caídos para poner en el muro del recuerdo. Si hubieran actuado más pronto en vez de decir lo que iban a hacer… ah, idiotas.
En todo caso ya tenía lo que necesitaban. Ahora sería cuestión de ir al lugar apuntado y planear una ruta. Con eso, su parte estaría ya hecha. Y cuando llegue ahí y haga su deber como jugador...
Sí… entonces procederían a tomar el mando absoluto del juego.
Era el plan perfecto. Otro trabajo loable de los Estados Unidos de América. No solo serían una nación; sería ahora un mundo regido por los principios y los sueños americanos, todo él. Ya no habría ningún obstáculo que les impidiera tener todo recurso que les antojara ni disputas por ello; tampoco terroristas que amenazaran el orden social ni criminales que se atrevieran a degollar el rebaño. Todo porque el ejército tendría la mano divina que les agarrará a la ostentad.
Mas los problemas empezaban a surgir. La radio empezaba a chirrospotear a su lado.
—Kevin, te necesitamos en el frente. Ahora.
