¡Hola a todos!

Aquí estoy de nuevo, esta vez con el capítulo más ansiado para muchos, aunque no será el último con esta temática (espero).

No digo nada más. ¡Disfrutad de la lectura...!

ADVERTENCIA: Este capítulo contiene material no recomendado para menores.


Arien despertó con la extraña sensación de flotar de un sueño del que no recuerda nada, y miró a su alrededor. Estaba en una habitación rústica con una chimenea en la pared frontal de la cama. Las anaranjadas brasas comenzaban a apagarse, y con ellas el calor se marchaba, facilitando que un gélido frío comenzara a abrirse paso en el dormitorio.

Junto a ella escuchó una calmada respiración. Arien mira a su izquierda. Trunks dormía junto a ella. Su fuerte torso subía y bajaba con un ritmo acompasado, desnudo fuera de las mantas.

La chica le cubrió el pecho con la manta cuidadosamente. Ella misma estaba desnuda por completo. Se habían quedado dormidos.

Arien apartó su largo cabello, que caía en castañas ondas sobre su pecho, para observar mejor a su amante. Si se pudiera expresar la belleza con una imagen, entonces era la que tenía ante sí. El guerrero dormía tranquilo, con su musculatura relajada, pero pese a ello, la perenne expresión amenazadora de sus ojos permanecía, frunciendo sus cejas, aunque de un modo más suave.

Arien movió dubitativamente una mano en dirección a su rostro para apartar un mechón de su cabello violáceo. Sentía en el pecho una presión que bien podría hacerlo estallar en mil pedazos. La felicidad la embriagaba, y también la tranquilidad. Ahora sabía que no tenía nada que temer.

Se había entregado a él por primera vez, y pese a haber sido también la primera vez del chico, de algún modo extraño, Arien creía que había actuado con seguridad en todo momento. Seguro de sí mismo, y de lo que estaba haciendo.

Arien sonrió y encogió las piernas para apoyar el mentón sobre las rodillas. Tanto tiempo temeroso de lastimarla, tanto tiempo desbordado por la duda y el miedo… Y al final había sido tan cortés con ella, tan caballero, tan cuidadoso… No podía haber en el mundo un amante como él… En ningún sentido.

Había sido fuerte, decidido, cuidadoso, cariñoso, sensual…

Arien suspiró sumida en sus pensamientos, y Trunks se agitó en su sueño. La muchacha se quedó inmóvil, rezando para que no despertara. El muchacho se giró hacia ella y quedó recostado de lado.

Arien sintió un escalofrío. La manta se había deslizado hasta su cintura. Sus senos se hallaban en contacto con aquella gélida atmósfera.

La chica se levantó de la cama tratando de no despertar al saiyajin y se cubrió con una pequeña manta que había sobre una silla, para acercarse a la chimenea. Colocó un par de troncos más en ella, los cuales cubrió con brasas ayudándose de las tenazas. Poco a poco, la madera comenzó a prender, crepitando y chisporroteando al contacto con el fuego. La piel de la chica dejó de estar erizada, notando el agradable calor del hogar.

Arien tocó su cuello despreocupadamente, y algo detuvo sus dedos en un punto, notaba una punzada de dolor justo al lado de su clavícula. Pronto recordó a qué se debía. La había mordido. La había mordido y marcado como si se hubiera tratado de un rito ancestral grabado profundamente en sus genes.

Arien cerró los ojos y sonrió, retirando la mano de su cuello, y no pudo más que recordar lo pasado la noche anterior. La mejor de su vida.

Los dos muchachos se hallaban en el salón de la casa, Arien había abierto ya uno de los paquetes envueltos que había sobre la mesa de comedor. Era un casco de motocross en tonos rojo y negro, con una rosa pintada en los laterales. Trunks le guió un ojo, y ella le sonrió.

- Teniendo en cuenta tu forma de "aparcar" del último día, creí que podía ser un buen regalo.

Ella se probó el casco. Justo a su medida.

- ¡Muchas gracias! – dijo ella sonriendo.

- ¡Espera, aún hay más! – dijo él, dándole otro de los paquetes envueltos.

Uno tras otro, la muchacha fue desenvolviendo los paquetes, riendo a carcajadas con cada uno. Una chaqueta y unos pantalones con protecciones para caídas (espalderas, coderas, hombreras, rodilleras…), unas botas y unos guantes. Todo en negro y rojo.

- ¡Vaya! Por lo menos ahora sé que te preocupas por mi integridad física. Al menos cuando voy en moto. - dijo Arien, bromeando - ¡Cómo puedes tener tan poca fe en mí!

- No es que no me fíe de ti. Es que prefiero que sea otra cosa lo que impacte contra las rocas, en lugar de esa piel tan bonita.

Aquel comentario dejó fuera de juego a Arien. Trunks la observaba con aquella sonrisa arrebatadora suya y la chica bajó la vista al suelo. El chico vestía un jersey negro y unos jeans grises. Ella disimuló su rubor mientras inspeccionaba cada uno de los regalos.

- ¿Tienes hambre? – preguntó el saiyajin dándose la vuelta y caminando hacia la cocina. Arien suspiró, aliviada por no tener que esconder el rostro. Era cómico, sentía vergüenza al ruborizarse cada vez que el muchacho le dedicaba una sonrisa especial o una mirada. Por más tiempo que pasara, no podía evitarlo.

- ¡Mucha! – respondió ella, caminando torpemente también hacia la cocina, calzándose a la vez las botas. - ¿Cómo me quedan? – preguntó, volteando para mostrárselas a Trunks.

- No están mal – le respondió el chico.

- ¡Me gustan mucho! – añadió ella, risueña. Trunks la miró de soslayo. En aquel momento le había parecido ver a la niña que conoció, tan inquieta, tan ingenua y llena de esperanzas.

- ¿Qué quieres cenar? – preguntó él.

- Pues no sé. ¿Qué habías pensado? – respondió Arien.

- Mmmm… A ver, aquí hay lasaña, pizza,…

- ¡Pizza! – gritó ella, sobresaltando a Trunks, que dio un respingo.

El muchacho había estado toda la tarde haciendo viajes a la cabaña mientras Arien dormía. Llevaba mucho tiempo cerrada y debía adecentarla, descongelar tuberías y llevar provisiones para pasar tres días.

Encendió el horno de leña y aguardó a que se calentara. Luego comenzó a inspeccionar los armarios mientras la chica se quitaba las botas y se volvía a poner sus zapatillas.

- ¡Vaya! – exclamó Trunks, con sorpresa.

- ¿Qué pasa? – dijo ella, acercándose con curiosidad.

- ¡Mira lo que he encontrado! – Trunks sostenía con una mano una botella de vino tinto, mientras miraba a Arien con las cejas levantadas.

- …¿Crees que deberíamos abrirla? ¿No la echará de menos tu abuelo?

- ¿Mi abuelo? Si ni siquiera se acuerda de que tiene esta casa. Claro que la vamos a abrir. Hoy es un día especial ¿no? – añadió con un tono más bajo. Ella le miraba mientras el muchacho abría la botella y buscaba dos copas. Encontró un par de ellas y las llenó por la mitad.

- Por tus dieciocho años. – dijo Trunks, levantando la copa. Ambos dieron un trago al delicioso vino, y el chico añadió – ¡Vaya! Dieciocho ya ¿eh? Parece que fue ayer cuando te enganchaba cosas en el pelo. – rió el saiyajin. Arien frunció el ceño y se llevó una mano a la cadera, haciéndose la ofendida. - Pero la verdad es que aún eres una niña. – concluyó él, guiñándole un ojo.

- ¡No soy una niña! – se defendió ella, inflando los mofletes con indignación. - ¿Acaso las niñas hacen esto?

Arien vació su copa entonces de un trago, colocándola vacía sobre la encimera de la cocina.

- Uy, uy… Ten cuidado, este vino es fuerte. – le aconsejó Trunks, con los ojos abiertos de asombro.

- Aguanto bastante bien la bebida. – contestó ella, reteniendo un hipido. Trunks, rió entre dientes y ella continuó – Además, tú tienes exactamente la misma edad que yo. Sólo eres 4 meses mayor que yo. Así que, si yo soy una niña, tú eres un niño también. – dijo Arien, tratando de provocar a Trunks. El muchacho se acomodó en uno de los taburetes altos de la cocina.

- Ahí te has equivocado. – dijo él, sin poder reprimir una sonrisa.

- ¿Por qué?

- No has hecho bien las cuentas. – continuó el saiyajin, tras dar un pequeño sorbo a su copa. – olvidaste sumar los dos años que pasé en la sala del espíritu y el tiempo.

Arien abrió la boca con asombro. Era cierto, no había contado con ello. No se había parado a pensar que ahora Trunks era dos años mayor que ella.

- Tengo 20 años y cuatro meses. – sonrió con malicia él, inclinándose hacia ella, triunfante.

La luz del horno se apagó en aquel momento, indicando que ya había llegado a la temperatura adecuada, y Trunks metió tres pizzas familiares en el interior de la cavidad de piedra.

Quince minutos después, ambos se hallaban cenando en la mesa del comedor, la que previamente habían despejado y limpiado. Arien observaba distraídamente cómo el saiyajin daba cuenta de una de las pizzas en prácticamente cinco minutos, mientras ella sólo se había comido una porción y media.

Finalmente: pizzas comidas por Arien: 0,5. Pizzas devoradas por Trunks: 2,5.

Arien había comenzado a sentirse mareada tras levantarse de la mesa para recoger todo. "No debí beberme la copa entera de un trago" se lamentaba la chica, mientras se movía con cuidado y tratando de que él no notara su mareo.

Por supuesto, no lo consiguió, y Trunks miraba de soslayo, divertido, cómo su novia trataba de llegar de la mesa a la cocina con una concentración fuera de lo normal.

- Ya termino de recoger yo, ¿por qué no te sientas delante de la chimenea? Echa un par de troncos más si quieres. – le dijo finalmente, temiendo que acabara rodando por el suelo.

La chica obedeció, agradecida de haberse librado de tener que sostener su equilibrio, y se sentó sobre la alfombra de lana frente a la chimenea, con su copa de vino al lado, dispuesta a terminarla, aguardando a que Trunks terminara para sentarse junto a ella.

En seguida, el muchacho se unió a Arien en la alfombra frente al fuego, con una bolsa de plástico en las manos. La muchacha sonrió cuando reconoció de qué era la bolsa.

- ¡Nubes! ¡Hace años que no como nubes tostadas! – exclamó, contenta. El chico le ofreció una varilla de metal para ensartar las nubes y abrió la bolsa. Ambos, clavaron una esponjosa y dulce golosina en la vara y la acercaron al fuego. – Esto es genial. Muchas gracias por haberme traído aquí. – Trunks sonrió ante el agradecimiento.

- No tienes que darme las gracias, era lo mínimo que podía hacer.

Arien daba vueltas a la varilla para que la golosina se dorara por todas partes. Tenía una expresión de nostalgia en el rostro y sonreía distraídamente. Trunks advirtió ese detalle.

- ¿En qué piensas? – preguntó el chico.

- Recordaba el tiempo en que vivía en las montañas del norte. Mi padre a veces se marchaba días enteros, incluso semanas, y cuando volvía al poblado, traía en el camión montones de cosas para todos. Para los niños traía juguetes, ropa, golosinas. Para los mayores, generadores, productos químicos, utensilios de cocina y herramientas. Y montones de comida en conserva. La comida fresca nos la daba el bosque. – Arien retiró la nube del fuego y sopló sobre ella para enfriarla. – Cuando Nash volvía al pueblo, todos se ponían muy contentos, sobre todo mi madre y yo, y siempre hacíamos entre todos una pequeña fiesta para celebrar que estábamos juntos de nuevo. Mi padre y mi madre nos reunía por la noche a todos los niños del poblado alrededor de una hoguera, y nos sorprendía con nubes y otras cosas para comer tostándolas al fuego. Mi padre nos explicaba cuentos, historias fantásticas que había oído en los sitios que había visitado. Pero las mejores historias eran las que explicaba mi madre. Recuerdo que cuando Lilu comenzaba a decir: "Había una vez…" todos los niños guardábamos silencio, escuchando atentamente con la boca abierta. – Arien se comió de un bocado su nube y ensartó otra en la vara, acercándola de nuevo al fuego. - Más de una vez se me caían las nubes de la boca por el asombro. Más tarde, se unía el resto de la gente del poblado y cantaban canciones y los niños bailábamos alrededor del fuego, con las caras pintadas con una pasta que hacía mi madre con un polvo rojizo que sacaba de unas raíces secas. Tuve una infancia muy feliz. Hasta que…

Arien guardó silencio y extrajo la nube del fuego, repitiendo el ritual de soplarla antes de comérsela. Trunks que había dejado de comer nubes para escucharla, se dio cuenta del triste momento en el que estaba pensando ella.

- Debieron ser unos padres geniales. – dijo, a modo de consuelo.

- Eran los mejores padres que un niño podía tener en aquellas condiciones. Los mejores… Si yo fuera la mitad de buena persona que fue Lilu, ya me daría por satisfecha.

- Lo eres. – dijo el chico, seriamente. - ¿No te has dado cuenta? Llegaste a mi casa como un rayo de luz y nos iluminaste a mi madre y a mí. Gracias a ti pude pensar en otra cosa que no fuera la venganza. Gracias a ti evité envenenar mi vida con dolor y culpa. Por ti viajé al pasado, y por ti me esforcé al máximo para llegar a ser el guerrero que soy y poder destruir a los androides. – Los verdes ojos de Arien, ligeramente húmedos, observaban a Trunks mientras el chico hablaba. Arien sonrió dulcemente, mordiendo una nube. No llegó a llorar. No derramaría ni una lágrima más por su pasado, por horrible que hubiera sido. No volvería a sufrir por el dolor que había vivido. Ahora tenía un futuro lleno de esperanza, y no dejaría que la tristeza obstruyera su camino hacia la felicidad. Acercó la vara al fuego con otra nube pinchada en la punta y rió suavemente.

- Eres un encanto, Trunks. – El muchacho se sonrojó ligeramente por las palabras de la chica, y por el modo en que le estaba mirando, amorosamente. Dirigió su ojos azules al fuego y observó su propia golosina, que se había caído de la vara y yacía sobre las brasas, ardiendo y llenando el salón de un aroma dulce, como a almizcle.

Arien rió divertida al ver la golosina del chico ardiendo sin remedio y a él ensartando otra en su vara. La chica tomó la suya en sus manos y la sopló delicadamente, la sensual curvatura con forma de corazón de sus labios mostrándose ingenua ante el saiyajin, mientras cubría la nube con su aliento templado.

Tumb…

De nuevo, como aquella vez en el coche, un extraño latido sacudió el pecho de Trunks, haciéndole parpadear, extrañado. De soslayo siguió el camino de la nube. Arien mordió el dulce con cuidado rozándolo previamente con la lengua para saborear el tostado.

El saiyajin tragó saliva y comenzó a sudar. "Contrólate", pensaba, aconsejándose calma a sí mismo. "Piensa en otra cosa…". Miró su propia nube y la extrajo del fuego, engulléndola casi sin masticarla. Arien ya llevaba 5 nubes, y había vuelto a llenar su copa de vino, acabando lo que quedaba de botella. Un rubor muy sexy había aparecido en sus mejillas, resaltando las suaves pecas de su nariz a la luz del fuego. Su cabello cayó en cascada cuando lo recogió en una cola alta. Parecía que el vino había hecho efecto en ella y tenía calor.

Tumb… tumb…

Trunks desvió la vista. De nuevo aquel incómodo sofoco. Soltó la varilla de las nubes y se sacó el jersey negro, arrojándolo en el sofá, tras ellos. Bajo el jersey vestía una fina camisa blanca de manga corta.

La muchacha acababa con el último sorbo de su copa y ensartaba una nueva golosina para acercarla al fuego.

- No te hartes de nubes. Podrían sentarte mal. – comentó el chico, tratando de desviar su propia atención hacia otros derroteros, obligándose a mirar el fuego.

- Cuando era pequeña era capaz de comer más nubes que nadie. Tengo el estómago hecho para esto. – Trunks escuchó cómo soltaba una risilla traviesa.

Y cuando volteó la cabeza de nuevo para mirarla, supo que ya no había marcha atrás. Los labios de la chica se habían teñido de rojo a causa del colorante que llevaban las nubes y ella le observaba, extrañada por su comportamiento algo nervioso. Los ojos verdes de Arien, refulgían como auténticas esmeraldas en el influjo de la luz del fuego, y sus labios, húmedos, parecían recubiertos por un dulce néctar que le empujaba a acercarse.

Tumb…tumb… Tumb…tumb… Tumb…tumb…

Un impulso se apoderó de Trunks, que se inclinó hacia ella. Sin reparar en lo que hacía, el saiyajin la besó más apasionada y profundamente que nunca. Introdujo la lengua en su boca y jugueteó dentro de ella hipnotizando a la muchacha, que cerró los ojos, presa de aquel conjuro, y dejó caer la varilla, ya sin nube.

Tras largos segundos, Trunks se separó apenas unos centímetros de la chica, lo justo para mirar su rostro.

Él la miró a los ojos. Arien adivinaba sus facciones través de la rojiza luz del hogar que parecía haber inundado toda la estancia de repente. Se dio cuenta de que esa fantasmagórica claridad despertaba en él lo más apuesto y arrebatador de su fisonomía, a la que se había agregado su acostumbrada ingenuidad en un creciente rictus de ruego que mostraba en su rostro, irresistible de contemplar. Un ruego por saber la respuesta a esa pregunta no planteada en palabras. Un ruego anhelante en el que se podía entrever la fuerte solicitud que el muchacho le hacía. Una solicitud de permiso por llegar más allá de lo que nunca antes había llegado.

La única respuesta de Arien fue devolverle el beso, tan apasionado como el primero.

Situados ambos uno frente al otro, arrodillados en la cálida alfombra, exploraban sus bocas, devorándose el uno al otro. Sin temores. Sin interrupciones. Sabiendo que aquel reducido espacio forrado de madera se había convertido en su mundo, y que nada ni nadie podría separarles allí. Trunks acercó el cuerpo de la chica al suyo propio, acariciando su espalda con la mano, en la que notaba el cosquilleo del largo cabello de ella.

- Arien… - Murmuró entre besos, con los ojos cerrados. Aún esperaba su permiso, la conformidad de ella. Arien sonrió, inclinando el rostro mientras él exploraba su cuello con los labios. Era tan adorablemente ingenuo que parecía irreal.

- Trunks… - susurró la muchacha, mareada por las sensaciones que el saiyajin le provocaba, mezcladas con el vino. – Te amo… - continuó, acariciando el cuello del chico con los dedos. - … Hazme el amor. – gimió, cerrando los ojos.

Los labios de Trunks bailaban suavemente sobre su piel cuando escuchó aquellas palabras. Unas palabras que desencadenaron al otro Trunks que se hallaba preso en su interior y que había estado luchando por salir, oculto en las sombras de su propio ser. Como un resorte abrió los ojos y se levantó del suelo, llevando en brazos a la muchacha.

Abrió de una patada la puerta del único dormitorio de la casa, en el que también ardía un fuego, encendido hacía un rato por el chico.

Trunks depositó con suavidad el cuerpo de Arien sobre la cama, tumbándose sobre ella pero manteniéndose a la distancia justa para poder observar su precioso rostro. La chica acarició el cabello del saiyajin, y en seguida le atrajo de nuevo hacia ella para besarle. Necesitaba sentir aquel cuerpo perfecto cayendo con todo su peso sobre ella. Necesitaba notar el calor que emanaba el cuerpo del guerrero cubriéndola por completo. Se besaban con los ojos abiertos, observando calmadamente la expresión de sus rostros. La chica buscó los botones de la camisa del chico y comenzó a desabrocharlos. Trunks le facilitó la maniobra y acabó dando un tirón, arrancando los tres últimos botones. Una sonrisa pícara apareció en el rostro del saiyajin cuando comenzó a desabrochar los botones de los jeans de ella. Arien le devolvió la sonrisa, acabando el trabajo a su vez y quitándose los pantalones y las zapatillas azules, mostrando una bonita ropa interior de color verde con algo de encaje, mientras Trunks se deshacía de su propia camisa. Arien empujó con el pie al muchacho, juguetonamente, para incorporarse y tener espacio para sacarse el jersey y la camiseta de tirantes que vestía, quedando en ropa interior por primera vez ante el chico.

Los ojos del guerrero se paseaban por sus piernas, devorándolas sin ápice de la timidez que acostumbraba el Trunks original, el Trunks niño que acababa de dar paso al adulto.

Arien se arrodilló ante el saiyajin, que la miraba, absorto, sin poder despegar los ojos de sus encantos. Suavemente, le obligó a inclinarse para poder besar sus labios. El muchacho cerró los ojos y dejó que su mente vagara en blanco mientras sus labios paseaban con deleite por el escote de Arien, cubierto solo por un sostén a conjunto con sus braguitas.

La chica le apartó gentilmente antes de retirarse hacia atrás y quedarse arrodillada en el centro del lecho, donde se soltó el cabello y se desabrochó el sostén, dejando su pecho desnudo apenas cubierto por las largas ondas castañas.

Nunca pensó que pudiera ver algo tan bello. Trunks se acercó tímidamente a la chica, gateando sobre el colchón, y se situó frente a ella. Arien volvió a vislumbrar el niño que siempre fue, y la timidez que siempre le había caracterizado. Ligeramente ruborizado, Trunks estudiaba sus senos atentamente con los ojos muy abiertos, como si fueran un extraño tesoro por explorar.

La muchacha sonrió y apartó el cabello hacia su espalda, dejando al descubierto las sonrosadas aréolas y la firme redondez de su busto.

No había reacción en el chico. Se había quedado congelado en su sitio, sin saber qué hacer a continuación. Arien, movió la cabeza de lado a lado, y chasqueó la lengua. Tomó ella misma la mano derecha de Trunks y la colocó en su pecho derecho, mientras reducía al mínimo la distancia que les separaba y volvía a besar el borde de sus labios sensualmente.

Aquello fue suficiente para apartar para siempre al Trunks niño que había conocido y dejar paso al saiyajin adulto oculto anteriormente para todos, que temblaba con el contacto de su piel.

La mano de Trunks se cerró sobre su seno, y en seguida, la otra mano hizo lo mismo con el otro, comenzando a besar con intensidad a la muchacha, haciéndola gemir. La boca del saiyajin bajó por su cuello y su escote hasta sus senos, acariciando con su lengua la suave y delicada piel. La respiración de Trunks se aceleraba, y sus besos subieron de nuevo hasta el ángulo de su clavícula, mientras acariciaba intensamente los glúteos de ella.

Una fuerza inexplicablemente familiar lo zarandeó de pies a cabeza, y un extraño apetito que nunca antes había experimentado se volvió uno con él. Era la misma sensación de cuando su vida corría peligro en la batalla, esa sed de sangre y lucha que hacía vibrar cada músculo para darlo todo, y que él conocía tan bien. Era la misma sed, igual de intensa pero trastocada. Sus labios recorrían con avidez el cuello de Arien, y nunca pensó en detenerse hasta que un quejido de dolor que exclamaba su nombre le hizo volver en sí. Parpadeó y miró a su compañera.

- ¡Trunks! ¡Trunks! ¡Me haces daño! – plañía Arien.

Su conciencia humana había vencido a la saiyajin, pero no lo hizo a tiempo como para evitar lo que había pasado. Los dientes de Trunks se cerraban sobre la delicada piel del cuello de la muchacha, cumpliendo con una especie de rito escrito en su ADN. Se detuvo, asustado. Miró la marca que había dejado en la piel de Arien. Sus dientes estaban claramente marcados en dos perfectas líneas semicirculares que comenzaban a tomar un tono morado. Estaba asustado de él, de lo que pudiera llegar a hacer. Tenía miedo a aquel nuevo yo que acababa de descubrir.

Pero la muchacha frotó levemente su cuello, sonriéndole y rodeándole de nuevo en un cálido abrazo.

- ¡Muy bien! ¡Has recuperado el control! – dijo ella. – Parece que voy a aprender por fin lo que significa amar a un saiyajin. A lo mejor también sois buenos en otros campos, no solo en el de la batalla. – susurró la chica guiñándole un ojo, y comenzó a besarle el cuello.

Como un latigazo. Las palabras que su padre le dijo en la sala del Espíritu y el Tiempo no pudieron haber llegado en mejor momento.

"… con el tiempo verás que esos instintos tan marcados te servirán para otras cosas muy distintas…"

Ahora lo entendía. Nunca se burló de él ni lo despreció. Sólo le estaba diciendo una verdad innegable en cualquiera de su raza. La de que no podría liberarse de su avasalladora excitación ni la imperiosa necesidad de hacer suya a esa mujer.

Las manos de la chica bajaron hasta el pantalón del saiyajin, desabrochándolo y deslizándolo hacia sus piernas. Sus manos se dirigieron entonces a los duros glúteos de él, mientras lamía la dulce piel de su pecho.

Trunks lo entendió, entonces. Jamás le haría daño. Jamás le provocaría dolor. Su fuerza inhumana se convertiría en gentileza cuando se tratara de complacer a SU mujer, la única, aquella con la que compartiría su vida. La que llevaba SU marca.

Un gemido sordo escapó de sus labios cuando el vientre de Arien rozó apenas su hinchada hombría, devolviéndole la consciencia de lo que estaba pasando. Con un rápido movimiento, la tumbó de nuevo en la cama, sobresaltando a la muchacha que reprimió un grito, mientras Trunks luchaba agitando las piernas para deshacerse de los pantalones.

Sus cuerpos se rozaban, húmedos por el sudor y la lujuria, deseosos por estar más cerca. Exploraban en un frenesí de caricias y lentos movimientos cada uno de los rincones de sus cuerpos, arrancando gemidos de sus gargantas y sólo consiguiendo ansiar más y más.

Separados únicamente por dos finas piezas de ropa que muy pronto, y sin que Arien supiera exactamente cómo, desaparecieron de sus cuerpos. Los gemidos que Trunks no se cansaba de oír se incrementaban cada vez que sus manos de guerrero acariciaban con suavidad la piel de sus muslos o sus senos, o agarraban firmemente sus glúteos.

Gotas de sudor se deslizaban por la frente de Trunks, que miraba a la muchacha con ojos suplicantes, de nuevo en aquella caballerosa solicitud tan propia de su gentil naturaleza, pidiéndole permiso para dar el siguiente paso. Arien sonrió y asintió con la cabeza, colocando las piernas a ambos lados del cuerpo del saiyajin. Sus bocas se encontraron, buscándose ávidamente con sus lenguas mientras sus cuerpos se unían en uno solo, con una explosiva e inimaginable sensación de placer para Trunks, y una punzada de horrible dolor para Arien. El muchacho se movía con cuidado, consciente del sufrimiento de la chica. Arien cerró los ojos fuertemente, reprimiendo un grito, casi ahogándose por aguantar también la respiración. Trunks estaba tan bien dotado como cualquier saiyajin de sangre pura, una característica que le aventajaba en el terreno sexual tanto como su fuerza y su poder lo hacían en el bélico. El chico, no podía cesar en aquel vaivén amatorio, aunque trataba de ser lo más suave posible para no lastimarla.

Poco a poco, aquel profundo dolor fue remitiendo y con cada balanceo, el placer se intensificó para Arien, que abrió los ojos, gimiendo débilmente y apresando las caderas del guerrero con sus piernas. Aquello fue la señal para él, para intensificar el ritmo. Trunks apoyó la frente sobre la de Arien, y la miró en lo entrecerrado de sus ojos, sólo para corroborar que ella lo disfrutaba tanto como él y lo realmente hermosa que era.

Sus sentidos se agudizaron. Podía sentir cada una de las sensaciones que experimentaba ella. A través de su piel, notaba el placer electrizante que le provocaba con su tacto, con sus besos, con su roce.
La cabeza de ella se echó hacia atrás, levantando las caderas y profundizando aún más aquel dulce contacto, sus gemidos brotando sin cesar de sus labios, y sus ojos fuertemente cerrados.
El saiyajin notó entonces cada espasmo, cada convulsión que sacudía el cuerpo de Arien. Y sus ojos se tornaron blancos, extasiados por el intenso placer que se había desencadenado también en él.
Juntos cayeron, uno sobre el otro, fatigados por aquella nueva experiencia para ambos, y yacieron así, abrazados, hasta que los latidos de sus corazones se recuperaron del agitado galope.

- Lo siento - se disculpó él - No podía parar… ¿estás bien? - le susurró el muchacho, levantando la cabeza para mirarla, preocupado al no oír una respuesta.

- Mmmh... - gimió ella, con los ojos cerrados y una leve sonrisa en los labios.

- ¿Arien? ¿Te duele? - volvió a preguntar el saiyajin, levantando las cejas, sin entender.

- Calla, tonto. - Murmuró la chica, abriendo a medias un ojo. - No gritaba de dolor precisamente. - Trunks sonrió, llevando la vista inconscientemente a la marca de color morado que contrastaba con la clara piel del cuello de Arien. Acarició suavemente con el pulgar aquel punto, borrando la sonrisa de su rostro y observándolo con una atención nostálgica. - Excepto por eso... - se quejó ella, frunciendo el ceño. - ¿Por qué me has mordido? ¿Qué significa esto?- inquirió la chica, ofendida. Él sonrió aún más ampliamente sin dejar de mirar su cuello, y contestó.

- No estoy seguro... pero creo que ahora está claro a quién perteneces. - Los ojos del muchacho se posaron sobre las esmeraldas de ella. - Ahora eres mía.

Arien dejó escapar una risa divertida antes de responderle.

- ¡Siempre fui tuya! Incluso cuando no te fijabas en mí. Incluso cuando aún no me conocías. Lo he sido toda la vida.

...

...

...

El calor de la chimenea volvía a envolver la habitación. La chica observaba desde el calor del hogar el rostro impasible y relajado del saiyajin. La mirada de Arien se desplazó entonces hacia los pies de la cama. En el suelo una pequeña prenda de ropa de tono verde yacía inmóvil, testigo silencioso de lo que había ocurrido sólo unas horas atrás.

Arien se levantó y recogió aquellas delicadas braguitas. Sólo entonces reparó en el estado en que se encontraban. Los labios de la chica se redondearon en una perfecta "O" de sorpresa y sus cejas se levantaron. No supo en qué momento se las quitó el saiyajin. No se las quitó, simplemente se las arrancó. "Eran mis preferidas..." se lamentaba ella para sí. El chico se agitó en sueños en aquel momento y suspiró profundamente. Ella le observó desde los pies de la cama, con los restos de sus braguitas preferidas en las manos y el ceño fruncido. Pero su enfado no duró mucho. Chasqueó la lengua y arrojó el trozo de tela de nuevo al suelo, moviendo la cabeza de lado a lado.

Arien volvió a la cama, tumbándose junto a su amado y cubriendo a ambos con las mantas. Trunks dormía placidamente como una marmota. Como si sus problemas se hubieran reducido a nada. Como si sus preocupaciones se hubieran esfumado. Respirando lenta y pausadamente.

La muchacha cerró los ojos, con la cabeza apoyada en el pecho desnudo de él, y cayó profundamente dormida.


No hace falta decir nada más... XD

Quería escribir desde el romanticismo y la magia de la primera vez, sin entrar en descripciones o expresiones de mal gusto e innecesarias. Espero haber conseguido lo que quería. ;)

¡Espero vuestros comentarios!

¡Feliz Año Nuevo a todos!