-Días de perros -


La conversación iba tomando unos derroteros que cada vez le gustaban menos y él se sentía cada mas enfadado.

- ¿ Dígame Teniente es esa la clase de hombre que quiere para su país? - preguntó de repente incapaz de contener la irritación de su voz.

- ¿ Perdón? - preguntó confundida.

- ¿ Un hombre capaz de mentir a su esposa? ¿ De fingir que la quiere solo por las apariencias? ¿ Tener hijos en un matrimonio sin amor? ¿ Esa es la clase de líder que espera? Me decepciona, francamente - bufó dando un carpetazo al archivo que estaba leyendo haciendo que varias hojas escaparan por el aire.

- No se trata de eso... pero...

- Márchese a casa, hemos terminado el trabajo por hoy - dijo dando por terminada la conversación.

- Coronel, aún queda mucho que hacer...

- Es una orden - gruñó furioso golpeando la mesa.

- Si, Señor - contestó apartando la mirada mientras comenzaba a recoger sus cosas con tranquilidad fingida sintiendo que él era incapaz de apartar los ojos de ella mientras se movía por el despacho.

- ¿ Usted me quiere Teniente? - preguntó antes de que atravesara la puerta.

- ¿ Por que me pregunta eso ahora, Coronel?

- Maldita sea Hawkeye, puede responder a una pregunta directa por una vez, sin rodeos - preguntó aún mas enfadado - Yo sería incapaz de insinuar una cosa así, solo pensar en verla casada con otro me pone enfermo...

- Coronel esto no tiene nada que ver con nosotros...

- Sabe déjelo, recoja sus cosas y márchese a casa. No quiero oír más tonterías.

...

- Elisabeth querida, cuanto tiempo sin verte- dijo Madame Christmas al verla entrar por la puerta de bar.

- Buenas noches, Madame ¿ Está el señor Mustang por aquí? - preguntó buscándolo a su alrededor entre las mesas.

- Si, está en el saloncillo privado, pasa dentro - señaló la puerta de color oscuro que estaba a su derecha y sonrió con dulzura.

Llenó su pulmones de aire antes de entrar en la salita reuniendo todo el valor que necesitaba en esos momentos.

- Vaya Elisabeth no esperaba verte por aquí- dijo con la voz cargada de sarcasmo levantando un vaso en el que ya solo quedaban hielos.

- Buenas noches Mustang.

- Te invitaría a tomar un trago, pero me temo que me lo he bebido todo - repitió con aquel tono de voz impertinente mientras se llenaba el vaso con lo que quedaba en la botella.

- ¿ Un mal día? - preguntó sin moverse del sitio con las manos en los bolsillos de su abrigo.

- Si, he discutido con mi subordinada - contestó recostándose sobre el respaldo del banco que le servía como asiento.

- Ya sabes que a veces puede llegar a ser muy idiota.

- No seas tan dura con ella Elisabeth, soy yo el que está enfadado.

- Entiendo...

- ¿ Es ese el pañuelo que te regale? - preguntó de repente observándola con atención, sonrió por primera vez en toda la noche haciendo que el peso que sentía en su estomago mermara.

- Si - respondió en un suspiro cargado de tristeza mirando al suelo, él la miró de nuevo y suspiró también.

Se quitó el abrigo, lo dejó en el respaldo de una de las sillas y con mucho cuidado retiró el pañuelo de su cabeza haciendo que su cabello cayera libre por sus hombros.

- ¿ Por que no vienes y te sientas aquí conmigo? Me siento bastante solo en estos momentos - golpeó con su mano sobre el asiento, ella se acercó, rodeando la mesa y se sentó junto a él apoyando las manos en su regazo.

- Por que no me cuentas lo que ha hecho tu asistente para que estés tan enfadado con ella - dijo con suavidad sin mirarle a la cara mientras se quitaba las gafas y las doblaba con delicadeza sobre la mesa.

- Ella cree que debería casarme solo para tener una buena imagen cara a la ciudadanía...- respondió cruzando los brazos sobre su pecho sin despegar la espalda del asiento.

- Si me permites decirlo, no veo que tiene eso de malo.

- Que debería saber que solo hay una mujer con la que quiero pasar el resto de mi vida - replicó molesto mirándola de reojo.

- Una cosa es el deber y otra los sentimientos, Mustang.

- No necesito una esposa para dirigir el país.

- Creo que ella quiere lo mejor para ti aunque no te lo parezca.

- Sabes, creo que solo estoy triste, me duele que piense que eso es lo mejor para mi, porque sabe que no es lo que quiero y quizás soy un iluso, pero pensaba que ella tampoco.

Detuvo su mano antes de que pudiera coger el vaso de whisky de nuevo y lo miró a los ojos sintiéndose terriblemente culpable en esos momentos.

- Estoy segura que ella desea de todo corazón que puedas estar con la mujer a la que quieres, pero hay días en los que todo le parece un estúpido cuento de hadas y pierde la esperanza.

- Yo pierdo la esperanza continuamente, Elisabeth y ella está ahí para animarme ¿ Por qué no lo dice ? Siempre estaré dispuesto a confortarla.

- Ya te lo he dicho, ella es una idiota.

- Tal vez, pero la necesito.

- ¿ Crees que podrías perdonarla?

- Me conoces, sabes que soy un bobo romántico...Lo he hecho en cuanto la he visto aparecer por la puerta - dijo sonriendo con ternura mientras le pasaba un brazo alrededor de sus hombros y la recostaba contra él. Ella cerró los ojos, acariciando su brazo y se quedó quita escuchando el sonido de su respiración, pero alguien tocó la puerta y se separaron al instante.

- Roy, cariño siento interrumpir, pero ha llegado un grupo de oficiales, deberías pasar a saludar - dijo Madame Christmas desde la puerta.

- Si, Madame enseguida salgo - contestó poniéndose en pie.

- Elisabeth puedes salir por la puerta de atrás, le diré al mozo que te acompañe hasta casa - añadió esta con un tono de voz preocupado.

- No es necesario que se moleste, puedo ir sola.

- Como quieras, querida - contestó cerrando la puerta tras ella.

Se levantaron del banco, ella se puso el abrigo abrochándose los botones con lentitud mientras Roy la observaba sin decir nada.

- Ha sido un placer verte Elisabeth, como siempre.

- Lo mismo digo Mustang.

Se cubrió la cabeza con el pañuelo de nuevo y él se acercó a arreglar su pelo, le colocó un mechón rebelde tras la oreja y sonrió mientras acariciaba su cara.

- No pretendía hacerte daño - dijo al abrazarse a él que la rodeó con sus brazos sin perder un instante.

- Ya lo se - contestó acariciando su espalda y besando su cabeza.

- Te quiero, siento tanto haberte hecho creer lo contrario - murmuró apretándose contra él.

- Todos tenemos días malos - murmuró sin dejar de abrazarla con fuerza contra él.

Aunque se hubiera quedado así para siempre, se separó de ella sonriendo, recogió las gafas de la mesa, se las puso con cuidado y aprovechó la ocasión para besarla sin borrar la sonrisa de sus labios.