Kazuha estaba sentada en un de los retretes del servicio público del parque que se encontraba ante las fábricas abandonadas. Hacía casi más de veinte minutos que se había tomado la primera pastilla y no veía ningún síntoma... ¿La habrían estafado? A lo mejor era que la cantidad de droga que había consumido era insuficiente. Salió del cubículo en el que se encontraba para dirigirse al lavamanos. Sacó la otra pastilla. ¿Cuanta cantidad de aquellas cosas tenía que tomarse para que la hiciese efecto? No sabía cuanta cantidad había usado Toya en la fiesta... Miró la pastilla con detenimiento. Era bastante pequeña, con el dibujo de un delfín impreso en ella. ¿De verdad que una pastillita tan pequeña podía hacer estragos tan grandes en el cuerpo de una persona? No, imposible. Las pastillas que ella tomaba para el dolor de cabeza eran más grandes que aquella molécula y no la causaban los efectos que la causó el éxtasis la primera vez que lo tomó. Por relatividad, Toya tuvo que haber echado una cantidad considerable de droga en su vaso... Pero si una pastilla de cianuro como las que salían en las películas de los nazis puede matar a una persona... ¿Podía fiarse de aquella pastilla? A lo mejor sólo tenía que esperar...

Empezó a sentir calor. Tenía ganas de moverse, pero sabía que no podía salir de allí. Nadie podía verla. El corazón comenzó a elevar su ritmo lentamente. Sí, sí... La euforia ocupaba su cuerpo... "Necesito moverme... ¡Mucho! ¡Ahora mismo!" Dijo la mente de la chica. "Si no me muevo voy a morir... ¡Tengo que moverme!". La joven empezó a correr en el sitio, como hacía antes de empezar a entrenar de aikido para calentar. Sus piernas cada vez se movían más rápido. El ritmo de los latidos de su corazón comenzaron a aumentar. El sudor la inundaba, no podía dejar de transpirar. Su mente estaba nublada, hacía rato que había dejado de escuchar a su consciencia implorándola que no se tomase la droga.

Cambió de acción y comenzó a saltar. Cada vez más alto, casi podía tocar el techo. La cabeza le iba a estallar, la daba la sensación de que se la estaban presionando. Se tiró al suelo y empezó a hacer abdominales. Ya no sabía qué hacer para mitigar aquellas odiosas ganas de moverse. Respiraba cada vez con mayor dificultad. Ella notaba que su calor corporal estaba creciendo, veía su piel roja, pero sin embargo ya no sudaba. De repente, sintió un dolor en el pecho. Un millón de cuchillos luchaban entre ellos para sajar su pecho desde dentro, o eso la parecía que pasaba dentro de su caja torácica. La daba la sensación de que los ojos se la iban a salir de las órbitas. Su visión comenzó a oscurecerse, ya no veía nada...