Saludos a quienes aún sigan esta historia, a quienes hayan leído en este largo tiempo. Les comento que este es mi segundo intento de revivirla, pues mi ánimo sigue más o menos igual –de mal–, pero quería subir este capítulo, donde hay una escena muy cruel con el acuariano de Lost Canvas, el ratoncito de biblioteca, Degel.

Gracias a galletitadorada por comentar (creo que me tardé bastante, pero aquí está y espero sea de tu agrado), Violet Ladii (también muchas gracias, amiga; sí, perdieron los de Athena, ya verás por qué, es algo muy simple en realidad, pero que se hace más grande, como una bola de nieve), SakuraK Li (gracias por leer, amiga, aquí verás no sangre pero sí tortura a todo lo que da).

Copyright a Shiori Teshiroji por sus bellos personajes, ya pueden pasar a leer (advertencia de contenido cruel: tortura).

26.- 1745, septiembre 6, Degel, tortura

Todo se va desdibujando después de escuchar esa orden. El interrogatorio y esa habitación no existen. Sólo hay sombras delante de los ojos del prisionero. Anchas, algunas finas y largas, otras de bordes definidos. Persiste el aire malsano de este edificio, ahíto de voces, de gritos que se clavan como astillas en la piel del francés.

Degel apenas siente al par de carceleros tomarlo por los hombros, sacarlo, empujarlo, sujetarlo. Pónganlo en el potro, repite el muchacho en su mente. Ponerlo en el potro, aprisionarlo entre esos grilletes, obligarlo a hablar. No, dice, como antes pensara al observar aquellos aparatos inventados por los espectros de Hades. Por favor, no; si hubiera una oportunidad…

La posible evasión se presenta cuando el pasillo se vuelve el vértice de una cruz. Degel empuja a sus custodios, arroja al suelo una de las teas que los alumbran, y corre hacia cualquier lado. Atrápenlo, que no escape, escucha al fondo de una vigorosa carrera que evoca los entrenamientos del Santuario, cuando no ejercitaba su cosmos sino sus músculos. Carreras, levantamientos, escaladas, peleas cuerpo a cuerpo con otros de los aspirantes, hoy, dan un fruto póstumo.

–Llegaré afuera, por aquí tiene que haber una puerta, una salida, este Inframundo no es un cubo cerrado a cal y canto, no, una puerta, una puerta, maestro…

Evocar entre sus pensamientos a Krest aumenta la velocidad de sus piernas. Correr. Correr hasta alejarse de este nido de tormentos, alejándose también de la librería. Porque al regresar estaría inculpando a su patrón. Y no, su hospitalidad, su caridad, no merecen moneda tan amarga.

–Una salida–, susurra Degel mientras un punto amarillo se hace más grande. Quizá sea de día, ¿qué día?, ¿otro más?, ¿cuánto tiempo pasó?

Detrás del fugitivo, otros guardias se han unido a los primeros. Y lo persiguen, aunque sin posibilidad de darle alcance.

–¡Está escapándose, el prisionero se escapa, que no huya!

Los celadores gritan; es lo único que de ellos llega hasta el ex alumno del caballero de Acuario: su voz, la alarma inscrita en ella.

Sin querer, Degel sonríe. Ya casi, debo estar cerca, piensa. El resplandor amarillo es un conjunto de teas que ilumina la noche, el cielo índigo que gotea sobre el patio del edificio. Es la salida. Antes de alcanzarla, una nueva sombra le cierra el paso. Degel se endurece, su carrera es más veloz. Va a empujarla, esa sombra no le impedirá largarse.

El choque entre prófugo y celador es un intercambio de empujones, de golpes. Degel siente cómo un hilo tibio le baja por la frente. Sin saber si se trata de su propia sangre o de la de su oponente, el francés ataca con ambos puños, apretados hasta el máximo, como si así quisiera retener una libertad tan al alcance de los dedos.

–Nadie va a detenerme…

De pronto la noche se apaga. Un peso en el cráneo, un nuevo empujón, por la espalda, como hacen los traidores. Cuando Degel vuelve a abrir los ojos se encuentra otra vez camino de la cámara de tortura. La sangre no lo deja ver bien, su gusto salado y caliente se extiende en su paladar. Ya verás, oye, va a ser peor para ti, ese intento de fuga… Las palabras se desdibujan, convirtiéndose en un zumbido constante y lleno de aristas. Ya verás, repiten junto a su oído, mientras el francés comienza a forcejear entre el aturdimiento, a veces leve, a veces semejante a un pedrusco alrededor del cuello.

La puerta de la cámara de tortura vuelve a presentarse frente a él. Ahora, en el sopor del golpe recibido en la cabeza, Degel la ve más como un borrón, como algo irreal que podría arrancarse del mundo con sólo un movimiento fugaz de la mano. Pero el francés sabe qué es lo que hay detrás de ella. Y los forcejeos se hacen más intensos. No, nadie lo va a obligar a entrar en ese infierno, nadie lo hará gritar.

–¡Basta, tráiganlo!–, ordena alguien, la puerta se abre. Degel observa de nuevo aquellos instrumentos a la luz de las teas. Más de dos pares de manos se prenden a sus hombros, a sus brazos, mientras él intenta deshacerse de ellas como si de insectos se tratara.

No puede. Cinco custodios lo rodean y le impiden cualquier movimiento. Luego tres de ellos se van, dejando la puerta cerrada, y uno comienza a rasgar los harapos que viste.

Quien fuera alumno de Krest sigue manoteando. Pero pronto sus ropas, el pantalón, la camisa, el chaleco blanco que vestía cuando lo arrestaron, tejen un hato azul y gris en torno a sus tobillos. Ahora, sobre su piel desnuda, los gritos de los otros prisioneros forman una daga; ahora lo hieren con una punta más cruel los lamentos provenientes de las celdas que flanquean el pasillo por donde lo condujeron; ahora el cosmos de Acuario está hecho no de trazas de Universo, sino de voces que taladran cada uno de sus poros y le ponen una capa helada sobre la espalda. No, no quiero, piensa Degel, apretando los puños. El francés no quiere esos mismos lamentos para él, se niega a aprender el lenguaje de los demás presos. Y tampoco desea sentir las torturas que quizá sigan infligiéndoles verdugos anónimos. Colgar por los brazos atados a la espalda con un peso en los tobillos, ver una celda desde el interior de un sarcófago metálico y alto, el cuerpo ensangrentado, beber agua hasta más allá de la saciedad, lamentarse por los azotes del látigo… No, eso pesa mucho; además, ya tuvo suficiente con permanecer apoyado contra la humedad de los muros, las manos inmóviles por los grilletes.

Procedan, ordena alguien. La palabra, fría, escurre a lo largo de su espalda baja, provocándole un estremecimiento en los glúteos y en la parte alta de los muslos. A Degel sólo le resta cubrirse la entrepierna con ambas manos, forcejear un poco, sin esperanza. El antiguo discípulo de Krest voltea. A su lado, uno de los celadores le dirige una mirada que tiene el filo de la guillotina.

–Vas a gritar como esos del pasillo–, lo amenaza mientras le separa las manos del cuerpo y junto con la segunda sombra, lo acerca a una especie de mesa con grilletes en un extremo y poleas en el otro.

Degel, sin más remedio, se deja hacer. Si su cosmos no estuviera dormido, si el eco de los lamentos de los prisioneros torturados no lo atemorizara tanto, paralizándolo, si sus dudas luego de aquel viaje al Nuevo Mundo se hubieran resuelto ya, esos verdugos estarían tras una barrera de hielo. Pero las dudas persisten, los lamentos siguen revoloteando en torno a sus sienes y todavía no puede recordar cómo es que se eleva el cosmos de los caballeros de Athena. Así que nada más le resta mirar a sus custodios con toda la ira que ha reunido en sus pupilas, eso y esperar, apretar la mandíbula y esperar: a seguir ignorante del idioma de los lamentos, a que su orgullo no termine de resquebrajarse cuando sus verdugos estén torturándolo, a que la lealtad al comerciante que le diera casa, comida y lectura durante ese tiempo lejos del Santuario, permanezca firme.

No voy a delatarlo, piensa el francés mientras lo tienden en la superficie de madera, de la que sobresale un rodillo de pinchos que se le clavan en la espalda, mientras un hombre cierra los grilletes de sus pies y otro le sujeta las manos y se las ata por encima de la cabeza. No, no lo haré, insiste. Porque además no se trata tan sólo de ese comerciante, sino de sus libros, de esos volúmenes color negro y color vino, de tapas duras, que tanto le recuerdan la biblioteca de su mentor.

En esos libros también está su niñez, aquella ocasión en que su maestro salió de improviso y tardó mucho más de lo planeado. Era de noche y Degel tenía miedo; se trataba de un niño dentro de una mansión acosada por la ventisca, por la nieve y las ramas de un árbol del cual nunca brotó ni una hoja. Entonces llamó más de una vez a Krest, lo recuerda bien, pero el silbido del viento y los truenos lo hicieron correr hacia cualquier habitación sin recibir respuesta.

Luego, una mañana ya tranquila lo descubrió durmiendo en el suelo, con un libro enorme entre los brazos. El final de la tormenta le trajo también a su maestro, quien le dijo que podía quedarse con ese libro. Era un regalo. Degel abrazó a su mentor y corrió a tirarse sobre su cama, a ver textos e ilustraciones sin color de caballos con alas, de seres mitad toro mitad hombre encerrados en un laberinto, ilustraciones estas a las que su imaginación añadió iridiscencia y movimiento.

No les diré nada, no podrán obligarme, susurra en tanto respira, en tanto siente la mirada de uno de sus verdugos acariciando con burla cada centímetro de su cuerpo, en tanto una mano, allá en el fondo de la celda, cubre con una gasa oscura y finísima un crucifijo mediano.

–Y bien–, lanzan la pregunta en forma de puñetazo.

–No sé nada. Yo sólo llegué a curiosear, alguien me dijo que el encargado no estaba, que no tardaría en regresar.

–Mientes.

Un asentimiento. Cerca de los pies inmovilizados de Degel, el verdugo gira una manivela. Entonces el joven siente cómo empiezan a estirarse sus articulaciones, cómo los pinchos del rodillo se convierten en dagas. Y su respiración se acelera.

–¿Quién les vende esos libros perniciosos? ¡Contesta!

Degel niega con la cabeza, aprieta los puños.

–No sé, no sé nada.

–Otra vuelta.

Y la manivela vuelve a girar. Y los tobillos del antiguo aprendiz de Acuario truenan. Sus muñecas, sus codos, sus rodillas. Los pinchos se le clavan un poco más.

–No puedo decirles algo que ignoro.

–¡Mentiroso!, los vecinos te conocen, dicen que tienes meses viviendo con ese comerciante.

Los vecinos. No es cierto, se dice el prisionero. Apenas cruzó palabra con nadie. Si salía, por agua, al molino, a comprar papel, era de madrugada o muy tarde por la noche, siempre asomándose a las esquinas, siempre vigilando lo absoluto de su soledad.

–N-no…

–Otra vuelta.

El hombre de la manivela la gira dos veces y Degel ahoga un grito. Endereza un poco el cuello, la boca abierta. Alcanza a ver al verdugo, quien tiene los ojos fijos en su desnudez, y su rostro pálido arde por la ira y por la humillación: nunca antes había sido visto en tales condiciones, nunca había estado tan indefenso.

–Tres vueltas más–, grita el interrogador. Degel traga saliva. El verdugo obedece.

Una.

Dos.

Tres.

Los músculos que el entrenamiento cultivara hace años ahora están tensos al límite. Degel va a romperse. Si esa manivela gira de nuevo, el cuerpo del francés se hará pedazos. Pero eso no significa que deba pedir clemencia. Que revele el nombre de quien cada dos o tres semanas les entrega folletos de Voltaire ocultos entre tapas duras, en cuya piel negra se lee un versículo en latín de la Biblia.

–Responde: ¿quién es su proveedor?

–¡N-no s-sé! Nadie. Nosé…

El prisionero jala aire a fin de llenar unos pulmones que parecen vacíos. Otro movimiento de la manivela y los pinchos del potro le abrirán la espalda.

–Dilo y te liberaremos.

Liberarlo. Liberarlo de sus ataduras, de ese dolor que lacera su piel. Se escucha tentador. Degel cierra los ojos y aspira por la boca, se le escapa una lágrima. Maestro, piensa; ¿qué pensaría al verlo? Ahora quien renunciara a una armadura recientemente ganada defiende a otros débiles, seres de tinta y papel que sin embargo se consideran peligrosos; demasiado peligrosos: pueden matar dioses, pueden propagar ideas y animar insurrecciones, pueden poner ante los ojos de los hombres su propia putrefacta naturaleza, asustándolos, causándoles repugnancia, a ellos, a la máxima obra nacida de divina mano. Por eso cada libro pernicioso debe ser localizado y destruido, para no causar más daño, para no despertar a nadie.

–Y-ya dije todo cuanto sé.

–¡Falso!

Un nuevo silencio en el que se mantiene la tensión del instrumento de tortura. Cuando Degel se prepara para una vuelta más, quien ha estado interrogándolo se acerca y lo sujeta por el cabello, enmarañado luego de tantos días de encierro, de grilletes y polvo.

–Confiesa, será lo mejor para ti–, el puño del hombre le lastima el cuero cabelludo.

–Estúpidos, ya les dije que no sé nada, ¿cuántas veces debo repetirlo para que entiendan?

Una bofetada lo obliga a voltear, haciéndolo ver la gasa negra que cubre el crucifijo. Hipócritas, se dice, ignorantes además; ¿qué es lo que puede ver o no ver una efigie vacía de madera y esmalte?

–Te arrepentirás–, amenaza el hombre. –Dale otras cuatro vueltas.

La orden se traduce en un estirón más. Cuatro vueltas. Cuatro. Degel no está seguro de poder soportarlo. El verdugo empieza a girar la manivela y sus movimientos son tan lentos que es como si quisiera gastarse en ellos la totalidad de los años que le restan de vida al mundo.

…Una…

…Dos…

…Tres…

…Cuatro veces…

Y entonces la sangre que brota de las heridas de la espalda; también el grito, el grito que lacera una garganta y resquebraja una voluntad sólida hasta ahora. El grito que reúne cuantos contuviera el prisionero, el que es capaz de tragarse cualquier sonido posterior, el que hace reír a sus verdugos pues, al fin, después de tanto, fueron capaces de hacer pedazos el orgullo de un harapiento mugroso que aguantó muchísimo más que otros.

–Déjenlo así mientras retiran la gasa y luego llévenselo a su celda. Quizás en verdad no sepa nada–, alcanza a escuchar Degel, quien luego de ver la bocanada de luz temblona que asoma cuando el interrogador abre y cierra la puerta, siente cómo un hilo de saliva le recorre una mejilla. Uno de los celadores, aprovechando la ausencia del que dirigiera el interrogatorio y el descuido de su compañero, que se aleja hacia donde está el crucifijo para retirarle la gasa, persignarse y pedir perdón, se ha acercado al prisionero para insultarlo con ese escupitajo, para advertirle que estas todavía no son las consecuencias de su intento de escape, que quizá mañana el librero caiga preso en alguna de las otras mazmorras.

–El potro será poco–, susurra.

Degel lo mira desde su impotencia, desde sus miembros estiradísimos; pero nada puede hacer, salvo apretar los dientes y devolver el insulto:

–Maldito perro infeliz…

El celador se aleja y da otra vuelta más a la manivela. Y entonces, lo último para Degel antes de perder el conocimiento es una sonrisa blanquísima, idéntica a una cuchilla que pendiera frente a una sombra, una carcajada y un grito más proveniente de su propia garganta.

Continúa…