Arthur observó desde fuera de la cafetería, alejado de la puerta para no obstruir el paso, escondía ambas manos dentro de los bolsillos del pantalón mientras se debatía cómo manejar la situación. El amplio vidrio que hacía de pared lo separaba del interior, su transparencia le permitía ver a Francis en una mesa de dos, con los ojos puestos en su teléfono celular. Dios sabría que hacía, pero de verdad se veía concentrado, absorto en un entretenimiento ajeno a Arthur. Pero ¡ah!, de verdad lucía atractivo cuando sonreía sin saber que lo miraban. Aunque lo desmotivaba el hecho de que su presencia borraría esa expresión del rostro de Francis, era consciente de que no podía darse el lujo de postergar la conversación indefinidamente. La tarde anterior se había encontrado con Feliks, quien no había hecho más que intentar convencerlo de que era la mejor solución hasta que Arthur se prometió a sí mismo que haría exactamente eso. Le había contado todo sobre su relación con Francis, desde su desastroso primer encuentro hasta la última pelea que se había desatado por culpa suya. No fue nada sorprendente que Feliks lo calificara de idiota y ciego que no sabía aprovechar las buenas oportunidades de la vida, él hubiera deseado estar en sus zapatos y sentir que alguien estaba loco de amor por él. Fue entonces que Arthur se dio cuenta de la realidad, había estado contando la historia equivocada y tanto él como Feliks se habían equivocado. No era Francis el enamorado, sino él mismo, aunque todo este tiempo había creído que era al revés. Sacudiendo la cabeza y sólo con los detalles que Arthur le había proporcionado, Feliks dijo firmemente estar convencido de que el gusto era mutuo, tenía que serlo, hasta una persona como él lo podía ver. Mientras más tiempo se demorara en aclarar las cosas, peor sería, y la parte más dura era que Francis no daría el primer paso, no esta vez.
No deseaba que alguien más entrara y ocupase ese lugar en la mesa. Con este último pensamiento en mente abrió la puerta e ingresó a paso lento, intentó no pensar mucho en lo que estaba a punto de suceder pues sabía que de hacerlo perdería el valor, era mejor dejarse llevar por el impulso momentáneo. Agradeció internamente que Francis no hubiera vuelto la vista hacia la puerta, solamente cuando Arthur se sentó enfrente suyo fue que la expresión de su rostro cambió. Turbado por su presencia, dejó el teléfono sobre la mesa y aguardó a que explicara que hacía allí exactamente.
—Hola —saludó Arthur, que de repente había olvidado cada frase e idea que tenía planeadas compartir desde hacía días.
Francis se mantuvo en silencio, como si se debatiera entre ignorarlo o seguirle la corriente. Al final desvió la mirada con poco interés y sorbió su café. Arthur se armó de paciencia y esperó unos buenos instantes a que le devolviera el saludo, pero en cambio tuvo que ver cómo volvía a su teléfono sin hacerle caso. Éste emitió un pitido, indicando batería baja, aunque Arthur no supo su significado. Francis estudió su alrededor en busca de otra distracción y a su lado, en el estante de la pared, halló unas revistas a disposición de los consumidores. Pronto se apoderó de una y la abrió en una página al azar. Arthur consideró que al menos no se había marchado, eso tenía que contar.
—Vamos, ¿en serio vas a ignorarme? —preguntó y tomó asiento frente a él.
Como toda respuesta Francis simplemente volteó la página. Era una revista de arte abstracto.
—Sabes que está al revés, ¿no? —indicó Arthur.
Ante dicha observación se sobresaltó y cerró la revista lo suficiente para poder echar un vistazo a la portada, con un bufido se dio cuenta de que era una mentira. Arthur sonrió para sí.
—¿Qué puede ser tan entretenido de todas formas?
Se inclinó hacia adelante en un intento por descubrir qué había en su interior, pero Francis fue más rápido y se echó atrás.
—¿Qué es lo que quieres? —espetó entonces—. Hay más lugares libres, ¿sabes? —exclamó mientras devolvía la revista a su lugar en la pared—. Tampoco veo que hayas pedido nada de comer. No tiene mucho sentido que estés acá.
—No vine a almorzar, Francis. Quiero hablar contigo.
Con eso consiguió su atención, aunque no hizo ninguna pregunta acerca del tema de conversación por el cual estaba ahí, tampoco añadió nada que le diera pie a continuar. Arthur tuvo que seguir por sí mismo, sin ventajas ni motivaciones externas.
—Quería disculparme por como te he tratado la última vez. Todas las veces en realidad. También por haber estado evitando pedirte disculpas hasta ahora.
Esta vez sí obtuvo respuesta, aunque no fue más que un simple gracias. Hubo un momento silencioso, no se intercambiaron palabras ni se miraron, Francis siquiera tocó su comida.
—Acabo de recordar algo —dijo Arthur. Al no oír nada por parte el otro, continuó—: ¿Nunca te sucede que de repente vienen a ti recuerdos de la infancia que creías olvidados? Es tan espontáneo que sorprende. Con mis hermanos nunca fuimos tan unidos, eran pocas las veces en las que convivíamos en armonía, sin que nuestros padres tuvieran que intervenir. Pero acabo de recordar una vez muy puntual en la que habíamos trabajado todos juntos, como si siempre hubiera sido igual. Fue un poco antes de que nuestros padres se divorciaran, para ese entonces yo tendría unos trece años o rondando por esa edad. De cualquier forma, mis hermanos me consideraron lo suficientemente mayor como para incluirme en algo que habían descubierto en la habitación de mis padres. Nunca me dijeron por qué habían revisado allí, pero no corrieron ningún peligro porque estaban solos en casa cuando lo hicieron. Sabían que yo no los delataría, nuestra relación podía no ser la mejor, pero había reglas entre nosotros. Me confiaron este secreto porque después de todo también me concernía a mí. Habían encontrado condones en el fondo de uno de los cajones, entre las toallas. Hasta ese entonces no tenía idea de lo que eran. El día anterior mi hermano había abierto el mismo cajón y había visto uno de más. Ahora bien, todos sabíamos que nuestros padre había estado todo ese día fuera de la casa, eso significaba que no los habían usado entre ellos. Incluso a mí me sorprendió que fuera tan descuidado, dejando condones por ahí tan a la vista de mi madre. Todos nos sentimos traicionados, ¿cómo podía hacerle algo así a nuestra madre, a toda la familia? Fue entonces que el mayor de todos nos contó su plan. Al parecer ya sabía de la situación desde antes, él había estado aguardando al momento en que nuestros padres salieran de casa a la vez. Había procurado no decirle a mamá, no todavía. Pero mientras tanto quería darle una lección a nuestro padre. No nos explicó en dónde consiguió los materiales, sólo vimos que tenía un pequeño y delgado tubo y un paquete con un polvo que no reconocí. Recuerdo que pinchó el paquete con el tubo y aspiró un poco del polvo sin llegar a tragarlo, luego pinchó uno de los condones y pasó el polvo al interior de la envoltura. Hizo lo mismo con todos los que había en la bolsa de papá. Nos contó que ese polvo sin nombre le daría picazón e irritaría la piel de mi padre así como también la de su amante. Dependiendo de qué tan seguido se acostaran, nosotros seríamos capaces de notar cuándo el truco había hecho efecto. Los días siguientes estuvimos esperando, observando con disimulo la entrepierna de nuestro padre, viendo si se llevaba la mano para rascarse o si se doblaba con incomodidad, pero nada ocurrió. Los resultados se evidenciaron un mañana muy temprano, tras despertarme con el ruido de la podadora en el jardín. Mi padre estaba en el trabajo a esa hora, pero el jardinero recién llegaba a casa para hacer su labor. Imagínate mi sorpresa cuando lo vi manipulado la podadora con una mano y rascándose la entrepierna con la otra. Al final resultó que esos condones no eran de mi padre, sino de mi madre, ella lo engañaba con el maldito jardinero.
Arthur siguió contando el final, cómo los hermanos habían decidido guardar secreto nuevamente cuando días más tarde descubrieron ropa interior de mujer en el auto de su padre. No se detuvo a pesar de que la imprevista risa de Francis aplacara sus palabras, quien había levantado la mirada cuando recién comenzaba a contar la historia, sin decir palabra pero escuchando atentamente, ya para el desenlace no se había podido contener y rió ante el inesperado cambio de acontecimientos.
El nudo en el estómago que se había formado en Arthur cuando entró a la cafetería ya había desparecido. Sólo podía sentir dicha al oír la risa de Francis, verlo con los ojos cerrados y una amplia sonrisa en el rostro. Era un sentimiento único el saber que él había hecho eso posible, una sensación infinitamente mayor que cualquier otra. Faltaba mucho, no estaba todo arreglado aún, pero por primera vez tuvo el presentimiento de que la situación iba en la dirección correcta. Aquel instante de risa, ínfimo en comparación a otros, fue todo su mundo en ese momento.
El resto del café de Francis se había enfriado, por lo que decidió comprar uno nuevo. Esta vez invitó a Arthur a comer consigo, como hacían antes. Éste aceptó más que gustoso. La idea de estar al fin en paz con su compañero era aliviante, pasaron la próxima media hora en compañía uno del otro. Fueron más cordiales de lo que lo habían sido en mucho tiempo y Arthur se juró a sí mismo que no volvería a cometer las mismas estupideces de antes. No, eso no sería más que un retroceso. Puede que no confesara ese mismo día sus sentimientos, pero era un gran paso, al fin había vencido a la bestia, esa coraza que lo mantenía encerrado había sido resquebrajada y veía la salida. Nadie, mucho menos él mismo, le impedirían continuar en esa ruta.
Al salir de la cafetería, Francis lo despidió con un beso en la mejilla y una sonrisa. ¿Acaso lo amaba? Eso no era la prioridad, el hecho de que él existiera en el mundo lo hacía feliz.
Iba camino a su oficina, derecho a las escaleras que llevaban a la planta superior, cuando sintió el teléfono vibrar en el bolsillo de su pantalón. Al sacarlo se encontró con una sorpresa: la pantalla mostraba el nombre de uno de sus hermanos. Ian era el único de ellos que vivía en el mismo país que él. Quizá quería visitarlo, aunque hubiera sido extraño algo así de su parte. Sin esperar mucho más, atendió y se llevó el celular a la oreja. Del otro lado de la línea oyó una voz abatida, soltaba cada palabra como si le doliera pronunciarlas.
Su madre había muerto.
Perdón por tardarme tanto en actualizar. Ya le queda poco a la historia, ¡gracias a los que siguen leyendo y comentando! 3
