ESTADO: REEDITADO

(CON VARIOS CAMBIOS)


Disclaimer: Los personajes le pertenecen a Suzanne Collins. Esta historia forma parte del Intercambio "Debajo del árbol" del foro El diente de león. Regalo para Elenear28.


CAPÍTULO 18: PEETA Y ANNIE

POV KATNISS


Apenas Haymitch se va, salgo de la cama y me acerco a Finnick. En la corta distancia me da un mareo, pero me agarro del respaldo de la silla y me estabilizo.

-Cuidado, Chica en Llamas. Los sedantes que nos dieron son fuertes. Yo no creo poder ponerme en pie hasta dentro de una hora más, y tal vez necesite más tiempo. –Intenta bromear y me dedica una sonrisa divertida fingida.

Yo le devuelvo la sonrisa, por su intento de distraerme.

-No pensé es eso.

-Tú no tiendes a pensar. Sólo actúas. Y en otras ocasiones piensas demasiado y no haces nada.

-No voy a negar eso. –Le digo. -¿Con lo ultimo te refieres a Peeta?

-Y a… –Claro, el bebé y lo tonta que fui al no reconocer los síntomas de embarazo tan evidentes. –Lo bueno es que ahora reaccionaste. ¿Qué te dijo Haymitch?

Me siento y acerco la silla un poco más. Le cuento todo, lo que me sucedió en el bosque, lo que ocurrió desde nos noquearon, la misión de rescate adelantándose y que todos están en camino hacia el Capitolio justo ahora.

Finnick sonríe. Me extraña.

Su sonrisa se borra al ver mi expresión.

-¿Hay algo más que no me has dicho?

-Tengo miedo. No quiero perderlo. ¿Qué pasará si hoy o mañana descubro que él está muerto?

-¿No lo ves, Katniss? Esto decidirá las cosas. De una manera o de otra. Para cuando termine el día, ellos estarán muertos, o con nosotros. ¡Es... es más de lo que podríamos soñar!

Bien, esa es una visión alegre de nuestra situación. Hay algo tranquilizador en la idea de que este tormento podría terminar. Aún así, me destruye pensar que la primera opción se convierta en una realidad.

Me imagino entrando a un cuarto, con Peeta tendido sobre una camilla de metal. Acercándome a él, llamándolo para que despierte, deseando ver sus claros ojos azules, que me sonría, que me bese, que me tranquilice como sólo él sabe hacerlo… una vez más. Descubriendo que nada lo trae en sí. Acercando mis manos a su rostro, besándolo, con la esperanza de que vuelva, sin embargo lo único que siento es la frialdad de su piel y lágrimas desbordando de mis ojos y cayendo sobre su rostro al descubrir que está muerto. Sintiendo como mi mundo se desmorona en un segundo, como todo se vuelve oscuro y sin esperanza, haciéndome desear que mi muerte llegue y tal vez en otra vida reunirme con él. Tal vez lo único que me mantendrá en pie será vengarme de Snow, hacerle pagar la muerte de Peeta, y luego todo acabará para mí, yo misma me suicidaré para estar a su lado después de la muerte.

-Prefiero pensar que todo saldrá bien, Finnick. –Le confieso.

-También yo.

Empiezo a sentir un dolor intenso en la cabeza y me toco la frente, haciendo una mueca. Cuando noto una venda atravesando la circunferencia de atrás hacia delante.

-¿Qué pasa?

-Me duele. Me lastimé ¿verdad?

-Sí. Tenías un pequeño corte en la frente cuando Haymitch te trajo en brazos. Debiste golpearte con alguna rama al caer o correr.

-No había notado el dolor. Estaba desesperada buscándolo y en lo único que pude pensar fue en lo destrozada que me sentía.

-Lo sé y es horrible, pero debes pensar que pronto todo acabará.

Dejo caer la cabeza en el borde de su cama esperando que el dolor ceda.

-Debes pedirle a tu madre que te de algo para el dolor.

-¿Cuál de los dos? –Pregunto con sarcasmo.

-Aún no se ha inventado una medicina contra el dolor del corazón. Creo que para la física será más fácil conseguir. A no ser que quieras convertirte en una adicta al alcohol, o la morflina.

-No, gracias. Ya he probado la morflina y creo que no la deseo más. Me hace sentir débil. –Las primeras semanas fue mi gran compañera, pero cuando pasaba un tiempo sin ella, empiezaba a temblar a causa de la abstinencia y tenía la sensación de necesitarla todo el tiempo. No me gusta esa dependencia total hacia una droga. Desde entonces, me la han suministrado el tiempo suficiente para reponerme de los ataques físicos o heridas producidas durante mis visitas en otros distritos. –Y el alcohol es buena idea, lástima que en el distrito no lo permitan.

Me río, sin despegar mi cabeza del borde en el que estoy apoyada. Todo huele a medicamentos y desinfectantes, hasta las sabanas. Recuerdo una vez más cuanto odio este lugar en el que he pasado más tiempo del que en realidad desearía.

¡Que asco!

-Díselo a Haymitch. Él lo sabe por experiencia. Aunque, él lo definiría como tortura.

-Necesito ir al baño. –Murmuro contra el colchón. Llevo mi mano a mi vientre, porque de repente tengo náuseas y se revolvió el estomago. No sé cómo voy a moverme de esta silla sin caerme.

-¿Otra vez? –Dice Finnick preocupado. – ¿Quieres vomitar?

Asiento con la cabeza y a pesar de no poder verlo escucho muchos ruidos y siento los brazos de él sosteniéndome. Ambos vacilantes a causa del sedante, llegamos al baño más cercano que está a unos diez metros, apenas veo el retrete me lanzo al suelo, levanto la tapa del inodoro y devuelvo todo. Finnick hace mi cabello hacia atrás y golpea mi espalda suavemente.

-Larga todo. No te contengas.

Las palmadas en mi espalda ayudan a que termine de eliminar el último rastro de vómito. Me da vergüenza me vean en este estado, no importa si es Prim, mi madre, Peeta, Haymitch, Finnick o cualquier otra persona. Pero estoy tan mal, que no me quejo. Dejo que él me pase un paño húmedo en la cabeza y rostro para refrescarme y limpiarme cuando me siento en el suelo pegada a la pared.

-¿Qué sientes ahora?

-Mucho calor y me sigue doliendo el estómago.

-Dime donde.

Me toco justo en la zona.

-¿Es muy intenso? ¿Cómo una punzada?

-No. –Respondo. –Igual que siempre. Sólo estoy descompuesta, Finnick. ¿Por qué haces tantas preguntas?

-Porque quiero asegurarme que no sea un aborto espontaneo. Has corrido, has tropezado y caído, más la tensión y el sufrimiento. No sería extraño que de estar esperando un bebé sufrieras una pérdida. De todas formas cuando veas a tu madre dile que te controle.

-No hubo sangrado que yo recuerde.

Veo de reojo mi pantalón limpio y no tengo ningún apósito femenino adherido a mi ropa interior que absorba cualquier fluido. Además, si estuviera sangrando me daría cuenta.

-Es una buena señal.

-Mi madre ya me sacó una muestra de sangre. –Digo en el mismo tono bajo en el que estamos hablando desde hace varios minutos. –Pronto lo sabremos.

Finnick acaricia mi mejilla, mostrándome en silencio su apoyo.

-Estará todo bien. Cuando te den los resultados, con suerte tu esposo ya estará aquí. ¿No querías eso?

-Es lo mejor, no quiero enfrentar esto sola. ¿Crees que Peeta se lo tomará bien? ¿En estas circunstancias?

-Un hijo trae alegrías. Estoy seguro que Peeta te apoyará y amará a cualquier bebé que tenga contigo, tal vez incluso lo ayude a salir adelante, a pesar de las torturas.

-¿Por qué tú y Annie no tuvieron hijos? Lo digo por la manera en que hablas. –La pregunta sale de mis labios sin permiso, el rostro de mi amigo muestra dolor.

-Íbamos a tener uno, pero Annie perdió el embarazo. Pasó hace tres años. No lo hemos intentado desde entonces. Esas pérdidas son bastante difíciles de superar. Además yo no podía tener hijos, ni esposa según el Presidente Snow. Por esa razón tampoco nos casamos, como era nuestro deseo. Me gustaría formar una familia con Annie cuando la guerra llegue a su fin.

-Lo siento, Finnick. No debí preguntar. –Lo miro llana de culpa por traer esos recuerdos a su mente justo ahora. Pero me sonríe y vuelve a lucir un poco como el Finnick que conocí en los juegos.

-No te preocupes. Pero fue por eso que yo empecé a sospechar de tu embarazo y estuve más atento a cualquier cosa que te pasara desde entonces. No estaba seguro, no podía decírtelo a ti, creí que te afectaría negativamente incluso la suposición. Hablé con tu familia hace unas semanas y me confirmaron que también te sorprendían con esos síntomas en el momento justo, y decidimos seguir observándote y cuidándote.

Mi mente ata cabos sueltos, salvo cuando yo me encerraba en los armarios de los pisos inferiores, uno de los tres siempre estaba conmigo, Prim, mi madre o Finnick. Nunca me dejaban sola, incluso cuando me ausentaba por mucho tiempo iban a buscarme personalmente porque ya conocían mis escondites. Todo para asegurarse que yo estuviera bien.

-¿No estás molesta?

Niego con la cabeza.

Me podría enojar porque me ocultaron sus sospechas por semanas, pero viví mejor sin saberlo. Los tres conocen mis miedos, seguramente mi madre o Prim le comentaron que nunca quise ser madre o casarme. Ahora que lo sé, sufro porque nadie merece tener una madre tan rota como yo, ni nacer sin padre. Si soy afortunada tendré a Peeta protegido por mis brazos nuevamente en unas horas.

-No. Se los agradezco. Tú lo explicaste, no hubiera soportado tanto tiempo sabiéndolo.

Nos quedamos un rato sin hablar en el baño, el único lugar aparte de los compartimentos que no tiene cámaras o micrófonos, según Haymitch nos informó hace tiempo. Debido a la privacidad mínima que debe mantenerse. Finnick tira la cadena una segunda vez y vuelve a darme el trapo húmedo para que esta vez me humedezca la piel yo misma. Me siento descompuesta, mareada, aunque no tanto como al principio.

-¿Crees que puedas moverte? Estarás mejor después de descansar.

Me pongo de pie con ayuda suya, él me sostiene mientras elimino los restos con el agua del lavamanos y me guía hasta la cama donde me vuelvo a acostar, no sin antes aceptar el vaso de agua que me ofrece y beber todo en dos tragos. Tengo sed, así que le pido más y él me sirve. Después me recuesto y me tapo con las sabanas, Finnick me cubre con una manta extra que se encuentra a los pies de la cama y se sienta a mi lado en la silla.

-Se te pasará pronto. Trata de dormir.

-¿Me despiertas si debemos hacer algo?

-Por supuesto. –Finnick me sonríe.

-Gracias. –Respondo segura de que él cumplirá con su palabra.

Finnick nunca traiciona. Al menos es la única persona en la que puedo confiar plenamente desde que nos rescataron.

Me recuesto de costado y me dispongo a tomarme una siesta, pero no lo consigo ya que cuando me estoy por quedar profundamente dormida escucho vagamente la voz de Finnick.

-No puedes estar aquí sin autorización.

Mis ojos se abren perezosamente y se fijan en Finnick, que sigue sentado en el mismo lugar observándome. No, error, no me está observando. Su mirada está fijada en algún punto detrás de mí. Con dificultad, giro mi cuerpo y mi cabeza hacia el lado contrario, aún acariciando mi frente, porque por más que el dolor de estomago desapareció casi por completo, el de mi cabeza todavía sigue presente y torturándome. ¿Con qué me habré golpeado para que parezca que mi cabeza explotará? Ni idea. Apenas era consciente de mi entorno, mucho menos del dolor físico. Todas esas horas o minutos resultan confusos entre tanta desesperación.

Al mirar hacia la misma dirección que Finnick, me encuentro con alguien que no esperaba ver.

Gale está a escasos cinco metros de nosotros.

-Tú no puedes prohibirme nada, Soldado Odair. –Grita. Sí, mi cabeza va a explotar. Que deje de gritar, por Dios.

-Tal vez, yo no. Pero las reglas del hospital son claras, solamente pueden entrar las personas autorizadas a visitar pacientes internados a las habitaciones. Y discúlpame pero tú sabes muy bien que no estás ni en la lista de Katniss, ni en la mía.

Por el contrario, está en la lista negra de personas non gratas. Sólo mi madre, Prim, Haymitch, Finnick, Beetee, Boggs y Plutarch pueden visitarme.

-Me di permiso solo. Soy la mano derecha de Coin.

-Oh, vaya. Que interesante, pero eso no te da derecho a venir hasta aquí e interrumpir el descanso de Katniss, cuando sabes que necesita recuperarse y estar tranquila. De hecho que trabajes para la presidenta, no te da esos beneficios en particular. Pasearte por donde quieres sin autorización. Solamente Boggs y Plutarch pueden venir a vernos por razones muy específicas relacionadas con la rebelión.

Finnick mantiene la calma, es Gale quien responde con agresión en pocas palabras.

-¿Qué haces aquí? –Pregunto de forma dura, queriendo cortar con esto de una vez por todas.

No puedo creer que luego de seis largas semanas recuerde que tiene una amiga que sufre. Y después de todas las cosas horribles que me dijo que Peeta y de mí misma ¿se digna a aparecer como si nada? Si será cínico.

-Venía a ver como estabas. Pero veo que estás perfectamente con tu amiguito. Así que, me voy.

-Vete, entonces. Nadie te requiere aquí. Finnick y yo nos la arreglamos bastante bien solos.

-Y al parecer algo más. Encontraron en el otro, reemplazos muy fácilmente. –Su voz se escucha colérica y sus ojos demuestran pura furia.

-¿Qué insinúas? –Pregunto desconcertada.

-Ya sabes de que hablo. Para Peeta y Annie. ¿Qué pasaría si se enteraran de lo que sucede entre ambos?

-¡Cuidado con lo que hablas, Hawthorne! –Grita Finnick. Pero luego su voz se vuelve más calmada. Finnick no es de los que explotan por cualquier motivo. –No tienes derecho a meterte en lo que no te concierne y por lo que dices también ignoras. Lo que tengamos que aclarar con ellos cuando regresen, es asunto nuestro, no tuyo. No estamos en nuestro mejor momento. Si estás aquí para empeorar las cosas, mejor lárgate y vuelve cuando te calmes. Tenemos cosas mejores que hacer que perder el tiempo y amargarnos innecesariamente por una discusión sin sentido. –Yo no podría haberme expresado de esa manera para echarlo, me alegra que sea Finnick quien lo haga, porque no puedo hilar ni pensamientos juntos coherentemente como para discutir. Quiero que Gale se vaya y me deje dormir en paz.

Con Peeta y Annie en el Capitolio, la noticia de mi posible embarazo, la sospecha de que todos me están ocultando cosas y que seguramente Coin está detrás de eso, el miedo de perder a mi esposo para siempre, el rescate que puede terminar siendo fallido… Mi cuerpo y mi mente no dan más. No quiero sumar los insultos y acusaciones de Gale nuevamente a la lista.

Gale me mira a mí, y yo le dedico una mirada dura.

-Elegiste un mal momento para cuestionar las cosas que hacemos, o las que no. Finnick lo dijo todo. Ahora mismo, nuestras prioridades y preocupaciones son otras. Ya vete, Gale. Y no vuelvas nunca si es posible.

Sin decir una palabra, da media vuelta con odio destilando de su mirada y se va.

En cuanto desaparece mi mente vuelve al pasado. Él puso una pared entre nosotros desde que gané los juegos en primer lugar. Esa pared me ayudó a comprender muchas cosas, como lo estúpida que fui al confiar en él por años y la horrible persona que se escondía bajo esa mascara de victima que se colocaba todo el tiempo. Siempre fue así, pero no lo quise ver, o lo traté de comprender a pesar de no estar de acuerdo con ninguno de sus pensamientos, porque después todo fue mi amigo.

Hasta que no se pasa por momentos claves no te das cuenta de cómo son las personas de verdad o que no conocen los límites cuando se trata de sus intereses personales.

En el caso de Gale, la guerra, la ambición, el reconocimiento y su egoísmo. No le importa ni siquiera su familia a estas alturas. Cuando llegue al abismo y se dé cuenta del monstruo que es, será demasiado tarde y yo nadie estará para salvarle el pellejo.

¿Cómo puede ser que Finnick, Beetee, Haymitch y yo hayamos sufrido tanto en manos del Capitolio pero no queramos arrasar con todo y que nos parezca horrible todo lo que pasa? ¿Y que él con menos motivos sea tan frío, calculador y vengativo? Debería ser al revés en sentido lógico, pero no lo es.

Pasar por tanto sufrimiento nos enseñó a ver la vida de una manera diferente, valorar los sentimientos y a las personas buenas, fieles y caritativas que nos cruzaron en el camino. Odiar la maldad y las injusticias, luchar aunque sin llegar al mismo punto que la gente ambiciosa de poder. Nosotros tenemos nuestros límites, y realmente no estamos ni de un lado, ni de otro. Nos damos cuenta que ningún bando es bueno.

-No suelo decir esto de la gente, pero tu amigo es un idiota. –Dice Finnick una vez que nos quedamos solos. –Tratándote así justo en este momento. ¿Te sientes bien? Tal vez fui demasiado duro, pero si él seguía hablando, te quebrarías nuevamente. Y por mi parte no permito que duden de lo que siento por Annie. Hasta parece que no vio como reaccionamos allí arriba al escuchar sus voces.

-Estoy bien. Gracias por lo que hiciste, era lo mejor. Y no creo que hayas sido más duro que él, él insinuó que los engañamos, ambos tenemos nuestras parejas y las amamos. Entiendo tu molestia. Por otro lado, ya no es mi amigo. –Le contesto. –Tal vez nunca lo fue realmente.

-Sí, la palabra se sobrevalora y se le dice a cualquiera. Pero en estas situaciones, te das cuenta quienes realmente son amigos y quienes conocidos.

-¿Te ha pasado?

-Por supuesto, todos mis supuestos amigos me dieron la espalda cuando gané los juegos, a veces no de inmediato, pero al final la relación de amistad se rompió. Todos me fallaron, excepto Annie. Ella siempre estuvo conmigo. Por loco que parezca, los verdaderos amigos los hice gracias al Capitolio. Los vencedores, los equipos de preparación, los estilistas, los escoltas, los mentores. Si cada vencedor hubiera tenido que aguantar todos esos abusos solo, no hubiera llegado demasiado lejos… cualquiera hubiera enloquecido antes de llegar al año. Se necesita apoyo de esos amigos, para resistir y no dejarse vencer. Te digo esto, para que no te sientas especial en este asunto. –Dice lo último en tono de broma. Consigue arrancarme una sonrisa.

-Créeme, no me siento especial. Además puedo decir lo mismo de mí. Salvo que no he pasado por las mismas situaciones que muchos de ustedes.

-Y eres afortunada por eso, si olvidamos el hecho que Snow ha tomado a Peeta, y tú la estás pasando fatal.

-No me lo recuerdes. ¿De verdad podrás con las propos?

-Sí ¿y tú?

-Eso es lo que espero. –Le contesto.