[Sokka]

El muchacho de piel morena caminaba lentamente por las calles de Ciudad República. Su mano, resguarda del frío por uno cómodo guante de piel, sostenía un paraguas sobre su cabeza.

Que silenciosa era su marcha, con rumbo al muelle de la bulliciosa metrópolis. Era las primeras horas del día y ya una pequeña llovizna caía repiqueteando contra los edificios y calles, acompañada por unas suaves ráfagas de viento. El cielo estaba tapizado por oscuras nubes que predecían una inminente tormenta.

Mientras se aproximaba a la bahía, distinguió una menuda figura de pie contra el océano. Incluso estando aún a más de veinte metros de distancia, pudo reconocerla.

Sintió que su corazón se estrujaba, pero sus pies no perdieron el ritmo.

Se detuvo junto a ella, sin verla directamente a la cara y esta, como de costumbre, no se molestó en saludarlo.

—No deberías estar aquí—Sokka hablo con neutralidad. Se preguntó si la chica a su lado podría sentir lo rápido que iba su corazón—. Deberías estar descansando. Aún estas delicada.

—No—protestó Toph, testaruda como siempre—. Tengo que estar aquí para recibir a Katara.

Sokka la miró por el rabillo del ojo con discreción. Llevaba una gabardina negra amoldada a su cuerpo menudo y el cabello oscuro recogido en aquel curioso peinado tan típico en ella, coronado solo por una pequeña diadema. Un improvisado bastón de metal, el cuál Sokka podía apostar había sido arrancando de algún lugar por la Maestra que lo empuñaba de camino al muelle, la ayudaba a permanecer de pie, pero no tenía ninguna protección contra la lluvia. Pequeñas gotas de agua se deslizaban ya por su piel pálida con lentitud.

Se aproximó a Toph en silencio, hasta que ambos estuvieron resguardados de la gélida lluvia bajo el mismo paraguas. Toph no se apartó, un gesto que Sokka tomo como positivo.

El silencio se prolongó entre ambos, mientras Sokka veía los barcos anclados en el muelle mecerse con la agitada marea. Solo las gotas de lluvia chocando con el paraguas eran la música de fondo.

Habían hablado por última vez hace más de diez días, después del accidente de la Maestra Tierra. Hubiera querido decirle muchas cosas, pero ahora que la tenía de pie a su lado, parecía que todas las palabras se habían esfumado de su mente. Le bastaba con sentirla cerca de él.

De pronto, un relámpago surco el cielo sobre sus cabezas, extendiendo sus pálidos tentáculos níveos rápidamente, antes de que un potente estruendo sacudiera la tierra.

Toph se estremeció.

La mente de Sokka viajó al pasado antes de que él pudiera evitarlo. Estaba en una pequeña y sombría habitación. Afuera llovía terriblemente, pero dentro, lo único que Sokka había podido escuchar era la respiración de una Toph que se aferraba a su cuerpo.

—No me gusta la lluvia—había dicho la chica ciega, descansando su mejilla sobre el pecho de Sokka.

—¿Que tiene de malo?—le preguntó el guerrero, atrayendo el cuerpo de su amada hacia el suyo.

—Los truenos—admitió Toph—, no puedo anticiparlos—un largo suspiro escapándose de sus labios—, y me asustan.

Aquella era la Toph que solo Sokka conocía, la que le tenía miedo a las cosas y se asustaba como una niña pequeña.

—No hay nada que temer, Toph—la había intentando consolar—. Nada puede lastimarte y si alguien o algo lo intenta, yo te estaré ahí para protegerte.

Sokka regreso al presente.

La Maestra Tierra a su lado se abrazaba a si misma, con una mueca pintada en el rostro.

—No te gusta la lluvia—dijo el chico.

Toph negó en silencio, agitando los empapados mechones que se le pegaban al rostro.

—No—murmuró, con cierta tristeza filtrándose en su voz—, me asusta.

Sokka suspiró con resignación y reunió valor para hacer lo que tenía en mente.

Su brazo se movió con lentitud, envolviendo la estrecha cintura de la muchacha con amabilidad. Tiro de ella, hasta pegarla a su cuerpo. La sorpresa inundó el rostro de Toph y un vivido color rojizo se extendió por sus mejillas. Una sonrisa tímida nació en sus labios.

—Gracias—susurró, de forma casi inaudible.

Sokka cerró los ojos y disfrutó de aquel momento, permitiéndose olvidar que lo que había existido entre la muchacha y él se había acabado. Incontables habían sido las noches que pasaron juntos, hablando entre susurros para que nadie pudiera escucharlos, intercambiando secretos y miedos profundos.

Con impaciencia, Sokka había esperado que Toph le permitirá hacer público lo suyo. Quería besarla frente a todos, quería presumir que era el novio de la mejor Maestra Tierra de todos los tiempos, pero eso nunca fue posible y le causaba dolor darse cuenta, que una parte de él, siempre supo que no era posible.

En sus brazos, Toph se estremeció de nuevo. Sokka abrió los ojos y observó que está vez, la mano de la muchacha fue hasta su vientre e hizo una mueca. Ya la había visto hacer eso antes, cuando la visito a escondidas. Aún se preguntaba qué clase de heridas recibió en la batalla para dejarla tan débil.

Beifong se apartó, incomoda de pronto. Sokka tuvo que liberar el agarre de su cintura.

—Toph...

—Estoy bien—se quejó, anticipando su preocupación—, es solo un malestar.

¿Por que era tan testaruda? Extrañamente, era aquello lo que más le gustaba de ella ¿Que tenían las chicas complicadas, que tanto atraían a Sokka?

—¿Y como estamos nosotros?—la pregunta que en su mente tantas vueltas le había dado finalmente se escapó de su boca.

Austera, Toph permaneció con el rostro implacable.

Ciertamente, las personas tenían una similitud con el elemento que controlaban; Aang tan calmado y amable como la brisa del verano, Zuko temperamental e implacable como el fuego mismo, Katara amable, maternal y reconfortante como las aguas profundas de un arrolló y Toph...

¡Toph!

Toph era tan fuerte, resistente e indoblegable como la roca sólida. Ningún sentimiento que ella no quisiera mostrar se filtraría en aquella máscara que era su cara.

—Nosotros...—dijo al fin Beifong—. Me gustaría que tú y yo siguiéramos siendo amigos—Sokka parpadeo, sin comprender lo que le decía—. No quiero que te vayas lejos de mi ¿De acuerdo?

Un pequeño calor se extendió en su pecho, una llama que ardía contra la oscuridad, algo que seguramente Katara llamaría esperanza.

—De acuerdo—aseguró Sokka, encantado de la vida.

En la distancia, comenzó a aparecer una pequeña mancha negra. El muchacho advirtió que se trataba de un barco que se acercaba a puerto.

En cuestión de minutos, había atracado. La tripulación comenzó a descender y Sokka sonrió al ver a su hermana entre ellos.

—¡Katara!—exclamó el chico de piel oscura, llamándola con entusiasmo. Su hermana lo encontró con la mirada y una sonrisa de alegría apareció en su rostro.

—¡Sokka!—corrió hasta donde su hermano la esperaba y lo abrazo con desesperación. El chico la estrechó con fuerza, dándose cuenta lo mucho que la había echado de menos—. Oh, es bueno verte de nuevo...

—Diez largos días. No vuelvas a irte de esa manera—se quejó Sokka. Que pequeña le parecía Katara en sus brazos, a pesar de que ya se había convertido en toda una mujer de una belleza insuperable.

Nunca dejará de ser mi hermanita.

La muchacha se apartó, pero solo para abrazar a la Maestra Tierra. Las dos amigas se abrazaron con las emociones a flor de piel. Cuando Katara se apartó, tenía una leve mueca de disgusto, pero sus enormes ojos azules estaban llenos de preocupación.

—Deberías estar en cama—la regaño, con esa voz maternal que Sokka conocía tan bien.

—Quería estar aquí para recibirte, princesita—dijo Toph, sonriéndole a modo de disculpa—. ¿Como te fue en tu viaje?

El rostro de la Maestra Agua se ensombreció. Habían palabras silenciosas escritas en su rostro, secretos que Sokka había aprendido a leer con el tiempo. Había pasado algo mientras estuvo fuera.

—No fueron mis mejores días en el mar, la verdad sea dicha—la suave llovizna ya había comenzado a empapar el vestido de la morena, volviéndolo de un color azul más oscuro—, pero, no todo ha sido malo, gracias a los espíritus—puso su mano sobre el hombro de su hermano y con la que le quedaba libre, entrelazo los dedos de Toph—. Debemos de apresar a Koemi de inmediato. Es un peligro para la sociedad y debe estar tras las rejas.

Algo en el rostro de Sokka debió de delatarlo, pues de inmediato, su hermana hizo una mueca.

—¿Que pasa?—dudo, con cierto nerviosismo. Sus manos fueron instintivamente a su cuello, donde descansaba su collar. Sokka sabía que cuando estaba nerviosa, aún sin darse cuenta, tocaba con morbo el collar que había sido de la madre de ambos.

Le parecía algo de lo más tierno.

—Ella ya está detenida—la sonrisa que había abordado los labios de Toph era escalofriante y malévola, pero Sokka la encontraba encantadora—, o algo por el estilo.

—¿Que?—Katara parpadeo, en parte para intentar salir de la sorpresa y en parte para quitarse las gotas de lluvia que le nublaban la vista—. ¿De que estás hablando?

—Uno de los detenidos del ataque acusó a Koemi—Sokka hizo una leve mueca. No podría creer que en cierto momento, había admirado a aquella chica de ojos verdes—. Mañana se presentará a juicio. Yo y el resto del Consejo determinaremos su sentencia, pero hasta entonces, permanece en arresto domiciliario en la Isla Templo del Aire.

—¡Custodiada por nada más y nada menos que nuestro chico favorito! ¡El único con una flecha apuntando a su nariz!—declaró Toph, alzando la voz con entusiasmo.

Durante un momento, Katara parecía que se iba a desmayar ahí mismo.

—Esas si que son buenas noticas—murmuró, aún incrédula.

—Y no son las únicas buenas noticas, princesita—Toph puso su brazo entorno a los hombros—. Aang vino a visitarme hace unos días; el chico quiere hablar contigo.

—¿De verdad?—sus ojos se abrieron de par en par y una chispa de esperanza nació en ellos.

Sokka se sintió feliz de poder ver como recuperaba lentamente la emoción que siempre la había caracterizado.

—Se alteró mucho cuando se enteró que te fuiste—Sokka lo recordaba perfectamente—. Quería hablar contigo apenas regresaras.

La muchacha se dio media vuelta en silencio. Sus ojos se detuvieron un momento en la Isla Templo del Aire, como si buscara algo con la mirada y ahí permanecieron durante varios segundos.

Se volvió hacia su hermano y amiga una vez más. Había seriedad y madures en su rostro.

Sokka ya la había visto así antes. Era lo que él llamaba Katara Adulta.

—Bien—dijo la muchacha con la voz firme—, entonces es hora de que sepa que estoy aquí.

[Aang]

Ninguna ficha había sido movida en los últimos dos minutos. Aang había esperado en silencio todo aquel tiempo, pero su paciencia había terminado por agotarse.

—Estas molesta conmigo—levantó la mirada del tablero de Pai Sho, solo para notar que Koemi seguía con la vista hacia abajo.

—Te equivocas—extendió una mano, aún con la mirada esquiva—, estoy pensando en mi estrategia.

Tomo una de las tejas y la movió por el tablero, terminando el juego de forma impecable.

Una jugada muy inteligente.

Aang había perdiendo mucho terreno ante Koemi y no solo en aquella partida. En los últimos cinco días, la relación entre ambos había sido afectada gravemente. Se veían obligados a pasar la mayor parte del tiempo juntos, pues el Avatar debía de mantener sus ojos sobre la chica, pero apenas y se dirigían la palabra.

—Buena jugada—Aang le felicito, pero Koemi no estaba feliz ante la victoria. Su rostro era una máscara de infinita tristeza y melancolía—, pero te estás limitando. Pudiste haberme derrotado hace cinco movimientos—suspiró profundamente—. ¿Quieres jugar de nuevo?

Llevaban ahí toda la mañana y en sus veinticinco partidas, Koemi había ganado de forma invicta todas ellas, aunque, a decir verdad, ninguno de los dos tenía su mente completamente en el juego.

—Estoy cansada del Pai Sho—sus ojos verdes eran únicamente desconsuelo. Buscaron compasión en Aang, una compasión que no encontraría.

—Está lloviendo afuera—Aang miro por la ventana de su estudio privado, donde ambos llevaban toda la mañana reunidos—, así que no podemos caminar por los jardines ¿Hay algo mas que quieras hacer?

—Quiero irme de la isla, quiero que me dejen en libertad—dijo la muchacha, con algo de rencor.

Aang suspiró y comenzó a re acomodar las fichas, sin verla a los ojos.

—Confiesa—dijo el muchacho, con voz severa—. Fuiste tú quien planeó el ataque contra Katara y Toph. Confiesa que eres una Maestra Lava, que me mentiste y tu castigo no será tan severo.

—No confesaré, por qué yo no lo hice—extendió las manos por el tablero, intentando tomar las de Aang—. Sabes que yo sería incapaz de hacer algo como eso y...—cuando sus dedos rozaron la piel del chico, este apartó las manos bruscamente. Koemi se interrumpió a si misma.

—En ese caso, no puedes dejar la Isla y no puedes quedar en libertad—le recordó el Avatar—. Mañana serás enjuiciada y sabremos la verdad—Aang frunció el ceño, cuando las lágrimas cristalizaron los ojos esmeralda de Koemi.

—Estas siendo tan malo conmigo—sollozo la Maestra Tierra, con la voz rota.

—Estoy siendo lo más bondadoso que puedo—la corrigió—. Te di libertad de moverte por el Templo a tu gusto, de caminar por los jardines, de ir a la biblioteca o a la playa y...

—Mi celda es amplia, cómoda y agradable—puntualizó Koemi. Las lágrimas se derramaron lentamente por sus mejillas—, pero sigue siendo un celda y yo una prisionera en esta isla, una prisoners con lujos y privilegios, pero prisionera al fin y al cabo.

Aang era incapaz de seguir con esa conversación. Un creciente dolor le recorrió las sienes. Él solo quería que Koemi entenderá cual era su situación, pero esta se mostraba inflexible.

—No hagas esto más difícil para mí...—suplicó el monje.

—Me odias—Koemi cerro los puños hasta que los nudillos se le pusieron blancos—. Puedo verlo en tus ojos... Toda mi vida las personas me han visto con odio, puedo reconocerlo en cuanto lo veo. Me odian por qué soy más fuerte ellos y me desprecian por eso... Te han puesto en mi contra.

Koemi se puso de pie y camino por la habitación, notoriamente alterada. Aang se levantó de su lugar y camino hasta ella.

—Koemi—la tomo por los hombros para intentar tranquilizarla. La miró directamente a los ojos. Había algo roto dentro de ellos—, yo no te odio. Y nadie me puso en tu contra.

—¡Claro que lo hicieron!—grito la muchacha, apartándose de él—. Luche contra ellos para liberarme, luche contra todos para estar junto a ti. Creí que tú me harías libre, Aang, pero me mantienes aquí y planeas ponerme de vuelta en una celda.

Aang no dijo nada. Le dolía profundamente en el alma verla así, tan rota y débil. Él solo quería ayudarla, hacerla ver que había cometido un error.

—Mañana serás juzgada—volvió a recordarle—, y si el Consejo te encuentra inocente...

—Ellos no me importan—se acercó al Avatar—, solo tú. No tienes por qué hacer esto—elevo su delicada mano para acariciar su mejilla. Aang se estremeció ante el toque—. Tú y yo estamos destinándose a estar juntos. Olvida todo esto y ven conmigo, por favor...

Koemi deslizó su mano lentamente detrás de su cuello, acortando la distancia hasta que sus respiraciones se mezclaron. Estaban uno tan cerca del otro que sus labios se rozaban suavemente.

—Te amo...—susurró Koemi, buscando sus labios, pero apenas estos se tocaron, Aang se apartó lejos de ella.

La miró con lastima. Las lágrimas marcaban un sendero en las mejillas enrojecidas de la Maestra Tierra. Aang se sentía terriblemente mal. Odiaba ver a la chica de aquella manera, le partía el corazón, pero sabía que no podía corresponder su cariño.

—Desearía que hubiera otra manera, Koemi—Aang bajo la mirada, completamente apenado.

Antes de que cualquiera de los dos pudiera hablar, las puertas del estudio se abrieron. Aang y Koemi levantaron la mirada, viendo al policía de pie ante ellos.

Por cuestiones de seguridad, Aang había retirado a todos los Acólitos del Aire de la isla. En su lugar, miembros del cuerpo de policía de Ciudad República custodiaban el Templo.

El Maestro Metal sostenía en sus manos un pergamino.

—Avatar Aang—dijo el hombre, extendiendo el mensaje.

En cuanto el chico de ojos grises lo recibió, el policía abandonó el lugar.

Aang leyó las palabras en silencio, ante la atenta mirada de Koemi.

Lentamente, algo cálido se extendió dentro del pecho del chico.

—Katara...—murmuró, alejando los ojos del papel.

Ha regresado a Ciudad República. Finalmente está aquí.

Diez largos días Aang había esperado por ese momento.

Se giró hacia la puerta del estudio, dispuesto a salir en búsqueda de la Maestra Agua, pero algo lo tomo por la muñeca y lo detuvo. Al volver la mirada, se dio cuenta que Koemi lo sujetaba con fuerza del brazo, impidiéndole dejar la habitación.

Él se había olvidado completamente de Koemi.

—No vayas—suplicó la muchacha. Su cuerpo entero temblaba, pero las lágrimas se habían detenido por completo—. Aang, quédate conmigo.

—Voy a solucionar esto—Aang le pidió una disculpa con la mirada de forma silenciosa—. Yo nunca debí de haber terminado con Katara. Fue mi error.

Los dedos de Koemi se le clavaron en la muñeca como si se tratara de garras afiladas. Sus ojos ardían como llamas verdes, llenos de determinación.

Nunca la había visto comportarse de esa manera.

—Aang, elígeme—la desesperación en su voz era intensa y desgarradora, pero el Avatar solo pudo sentir lastima por Koemi.

Apartó la mano de con un tirón brusco, liberándose del agarre posesivo de la Maestra Tierra.

—Lo siento, Koemi—se disculpó una vez mas—, pero yo elegí hace siete años.

Cruzó las puertas del estudio sin volver la vista atrás.

[Katara]

El parpadeo inestable de la bombilla en su habitación solo lograba alterar más los nervios de Katara.

La lluvia que azotaba Ciudad República cuando llegó se había convertido ya en una poderosa tormenta y con ella, la electricidad había comenzado a fallar.

Katara había mandado un mensaje a la Isla Templo del Aire hace ya un par de horas y con cada minuto que pasaba, perdía la esperanza de que Aang acudiera a su encuentro.

Tal vez debí esperar a que la tormenta pasara... o tal vez es solo él, que ya perdió el interés por hablar conmigo.

La noticia sobre el arresto de Koemi aún la tenían conmocionada. Estaba feliz, por que al menos Aang ya se había quitado la venda de los ojos, pero no sabía si aceptaría la verdad que le diría.

Toda la verdad; Koemi asesino a su hermana y a Hikedi cuando este intento delatarla.

Ahora más que nunca necesitaba hablar con Aang, pero este no llegaba.

Mil dudas comenzaron a surgir en su mente, mientras caminaba en círculos por su habitación en la estación de policía, cuando una sombra cruzó por afuera de la ventana.

Katara ahogo un grito.

¿Podrá ser él?

No, su habitación estaba en el décimo piso y Aang no era tan imprudente como para usar su planeador en medio de una tormenta.

Aún así...

Katara se acercó a la ventana y tomo la manija. Afuera había un pequeño balcón, como los que había en cada cuarto. Salió con lentitud, dejando que la lluvia la azotará en todo el cuerpo con violencia.

Casi se le detuvo el corazón, cuando miro a Aang sentado sobre la barandilla metálica del balcón. El chico de diecinueve años estaba sentado, abrazado a sus propias rodillas y sosteniendo su planeador ya cerrado. Katara estaba conmocionada.

Al parecer si es así de imprudente.

—Creí que no vendrías—dijo, intentando hacerse escuchar por sobre la lluvia. No podía creer realmente que estaba ahí.

Aang giró la vista hacia ella. Había algo de resentimiento en sus ojos grises, tan oscuros como las nubes que cubrían el cielo. Katara logró sonreír, intentando limar perezas.

—Me gusta tu barba—susurró, apreciando que en aquellos días se había vuelto más espesa. Realmente le sentaba mejor de lo que esperaba.

Aang hizo una mueca ante el cumplido.

—¿Por que?—preguntó, con cierta molestia—. ¿Te recuerda a la de Haru?

Ahora está haciendo bromas crueles.

Katara no pudo evitar sentirse dolida, pero se obligó a pasarlo por alto.

—No podemos hablar aquí afuera—la lluvia ya la había empapado por completo y a Aang también, solo que este último no parecía darse cuenta de ello—. ¿Quieres pasar antes de que contraigas un resfriado?

Aang lo pensó en silencio unos segundos, antes de soltar un sonoro suspiró y bajar de la barandilla con cansancio.

Ambos entraron en la reducida habitación y Katara cerró las ventanas, mientras Aang examinaba con ojo crítico el lugar.

—No está tan mal—comentó la Maestra Agua, cruzándose de brazos—. Es lo mejor que conseguí, ya sabes, después de que me corriste del Templo.

Aang volvió la vista hacia ella.

—No esperaba que te fueras—un leve sonrojó cubrió sus mejillas al verse obligado a decirlo—, no en realidad...

Dejo su planeador en una esquina y uso su Agua Control para secarlos a ambos. Katara parpadeo, tomada brevemente por sorpresa ante el gesto del muchacho. Salió de su asombro y se sentó en el borde de la pequeña cama.

—Toph dijo que querías hablar conmigo.

Aang se aproximó a ella, sentándose a su lado. Sus hombros se rozaban, pero él tenía la mirada baja. Katara se sintió nerviosa, como si estuviera a lado de un desconocido.

Eso la hizo sentirse terrible. Esperaba que la brecha que se había abierto entre ambos aún no fuera así de grande.

—La primera ves que Sokka me visito en el Templo luego de que rompimos, me dijo que eras tú la que querías hablar conmigo—Aang levantó la mirada. Katara se sentía tan culpable que no pudo sostenerle la mirada demasiado tiempo.

—Quería explicártelo todo—reconoció en un susurro. Las palabras estaban en su mente, pero le costaba pronunciarlas en voz alta—, acerca de Haru.

Una notoria mueca de disgusto cruzó el rostro del joven Avatar.

—Haru—pronunció el nombre con cierta rabia—, al final todo esto se trata de Haru...

Ambos guardaron silencio, escuchando la lluvia en el exterior y la respiración del otro. Katara no quería ser la primera en hablar, así que aguardo hasta que Aang estuviera listo.

¡Todo era tan ridículo! Había esperado tanto por esa oportunidad para arreglar las cosas y ahora parecía incapaz siquiera de verlo a los ojos.

—¿Realmente lo besaste?—preguntó el monje, después del largo silencio.

¿Realmente Aang quería que lo admitirá?

Katara asintió en silencio. Aang la miró con desconcierto y tristeza. Katara no soportaba verlo así y saber que ella había sido la causante de esos sentimientos.

—¿Por qué lo bésate?—la pregunta salio de los labios de Aang con cautela y Katara se dio cuenta que él tenía miedo de la respuesta.

Katara también tenía miedo.

Se había hecho esa misma pregunta un millón de veces. Todo se originaba por ese error y había querido encontrar sentido en él, pero nunca encontraba un motivo y eso la asustaba más de lo que quería admitir.

¿Y si había besado a Haru por qué ya no amaba Aang? Katara se negaba a creer que esa era la respuesta.

El tiempo que se tomo para responder la pregunta rápidamente se hizo notable. El dolor fue manifestándose en el rostro de Aang lentamente y la Maestra Agua tuvo que cerrar los ojos, incapaz de seguir viéndolo.

Algo se deslizó entre sus dedos.

Casi con miedo, reconoció como Aang la tomaba de la mano, entrelazando sus dedos con los suyos con calma. Ella ya casi se había olvidado de cómo se sentía... el calor que emanaba su piel...

Un sollozo se escapó de su garganta, junto con la primera lagrima.

—Katara—la voz de Aang la llamó con infinita ternura, obligándola a abrir los ojos.

—No lo sé—respondió finalmente. Se aferró con fuerza a la mano del chico. Sentía que si la soltaba, se perdería para siempre en todo ese dolor venenoso que sentía—. Aang, no sé porque lo bese y eso me asusta...

—A mi también me asusta, me asusta mucho que no lo sepas—una sonrisa triste se extendió por su rostro, pero aún así, Katara no recordaba haber visto antes una sonrisa tan bonita en toda su vida—. Katara, yo también cometí errores—liberó un suspiro lleno de cansancio—, me equivoque al mantenerte lejos de mi, porque no puedo vivir si tú no estás conmigo a mi lado—hizo una pausa, humedeciendo sus labios antes de continuar—. Koemi y yo nos besamos.

De cierta forma, Katara había estado esperando eso y sin embargo, no pudo evitar sentirse dolida. Pero había algo más, justo ahí, en la mirada de Aang, podía verlo.

—¿Y que más?—ella misma se preguntó si quiera saber la respuesta.

Las mejillas de Aang se colorearon rápidamente.

—Nada—aseguró, nervioso—, ella se me insinuó y yo... yo tal vez la toque un poco... pero eso fue todo—prometió el muchacho, viéndola a los ojos—. No pasó nada más.

Katara digirió esa información en silencio.

La toco.

Se sintió dolida, pero se obligó a ver las cosas desde otro ángulo. Las cosas no habían llegado a más entre Koemi y él, tenía que creerlo y si no habían llegado a más era por qué Aang no lo había querido.

¿Que lo había hecho detenerse? ¿El remordimiento? ¿El amor que aún sentía por ella? Cualquier cosa, no le servía demasiado como consuelo a Katara en ese momento.

—Te dije que era una zorra—dijo al fin, con un poco de molestia en la voz.

—Lamento no haberme escuchado cuando lo dijiste—parecía realmente arrepentido al respecto—. Koemi no es quien yo creía...

—Y hay más que aún no sabes—Katara lo recordó de pronto. Tenían que hablar sobre eso, sobre lo que había descubierto en Kim Du Hee.

—Lo se—dijo Aang, aunque ella dudaba que realmente lo supiera—, pero mañana será juzgada y después de eso, nosotros podremos seguir con nuestras vidas—se llevó una mano a la muñeca y tomo la manga de su camiseta. Al apartarla, Katara se dio cuenta de que llevaba anudado el collar de compromiso en la muñeca. Aang lo desató con cuidado y enfrentó su mirada—. Es tuyo, si tú aún lo quieres.

Katara no pudo evitar soltar una risita nerviosa, mientras tomaba el collar en sus manos.

—¿Acaso me estás volviendo a pedir matrimonio?

Las mejillas de Aang se pusieron rojas y Katara recordó que era dos años más joven que ella.

—En teoría... si—admitió con cierta vergüenza. La miró, profundamente apenado—. ¿Es demasiado pronto?

Katara negó en silencio. Deslizó sus manos con lentitud detrás del cuello del muchacho y Aang, la tomo por la cintura. Se vieron fijamente a los ojos.

—No es demasiado pronto—susurró Katara, con cierta diversión—. Y la respuesta sigue siendo si, Aang, aún me quiero casar contigo.

Una sonrisa hubiera aparecido en los labios de Aang, si Katara no hubiera presionado su boca contra la de él.

Había pasado tanto tiempo desde su último beso, que aquella sensación que les provocó que sus labios se tocarán fue extraña, como si se tratara de la primera vez. Sus bocas se movieron con calma y paciencia, conociendo lo que hacían. Sus labios encajaban de forma perfecta y sus manos acariciaron con ternura al otro.

La lengua de Aang se deslizó con amabilidad entre sus labios y Katara la recibirlo gustosa. Liberó un pequeño gemido, tan suave que quedó amortiguado en su garganta. Aang la hizo recostarse en la cama, en busca de una mejor posición. Se quedaron así, el uno perdido profundamente en el otro, retomando el tiempo perdido, hasta que un estruendo estalló tras la ventana y la luz de la bombilla parpadeo, se fue y regreso de inmediato.

Ambos se apartaron y vieron la ventana. Otro relámpago atravesó el cielo y el estallido fue tan fuerte que los cristales de la ventana temblaron.

—Deberías pasar la noche aquí—sugirió Katara, con voz dócil—. La tormenta está empeorando y no puedo permitir que regreses a la isla con ese viento. Podría pasarte algo.

Aang estaba sobre ella, sosteniendo su peso en sus brazos. Extendió una mano y acaricio el rostro de Katara con ternura. El chico tenía las pupilas muy dilatadas y la veía fijamente. Su aliento bañaba el rostro de Katara con calidez. Ella no pudo evitar sonrojarse ante la cercanía de sus cuerpos.

—Creí que nunca lo dirías—murmuró el Avatar.

Se inclinó, ocultando esta vez su rostro en el cuello de la muchacha.

Katara cerro los ojos y mordió su labio con fuerza, mientras el chico besaba su cuello, mordiendo con lujuria su tierra piel. Había extrañado demasiado esa sensación, la cercanía de Aang, sus caricias...

Sintió un suave tirón en la cintura y abrió los ojos. Se dio cuenta entonces que Aang intentaba desatar el nudo de su vestido. Katara puso una mano en la mejillas del chico para llamar su atención.

—Aquí no—susurró, consciente de pronto sobre la cercanía entre las habitaciones—. Podrían escucharnos.

Sintió otro tirón y el nudo se desató.

—Quiero que te escuchen—confesó Aang, solo para volverla a besar.

Antes de que Katara pudiera protestar, el vestido salió fuera de su cuerpo, seguido de cerca por la ropa del monje. Sus cuerpos se entrelazaron al igual que sus lenguas. Aang pasó su mano más allá de la suave curva de su vientre para buscar el dulce lugar húmedo entre sus muslos.

Un gemido se escapó de la Maestra Agua cuando sintió un par de dedos entrar ciegamente en ella. Aang movió su mano, con infinita lentitud. Las uñas de Katara se clavaron en las sabana, mientras aquellos dedos salían y entraban, con un ritmo agradable.

—Aang...—su espalda se arqueo sobre el colchón—, ah... me... me estás haciendo daño...

—Pero te gusta—susurró la voz de Aang contra la piel tibia de su cuello. Los dedos del chico se incrustaron con fuerza en su piel, desgarrándola por dentro.

Katara cerró los ojos. Por los espíritus, que bien se sentía...

—S-si—confesó—, me gusta mucho.

Sintió los labios de Aang contra los suyos. Soltó las sabanas con timidez y rodeó el cuello del muchacho, profundizando el beso. La mano de Aang se retiró de aquel espacio tan privado entre sus piernas, pero antes de que Katara pudiera recuperar el aliento, sintió una familiar presencia penetrar su cuerpo con lentitud.

Un jadeo solitario inundó la habitación.

Las piernas de la muchacha lo rodearon por la cintura, justo como Aang había esperado. El Avatar buscó su mirada y al encontrarla, se clavo en ella fijamente. Quería verla a los ojos mientras estaba dentro de ella, quería saber si sentía lo mismo que él.

Y ahí estaba lo que busco. La verdad estaba escrita en aquellos ojos color zafiro. No era algo que pudiera decirse con palabras, simplemente estaba ahí.

Ambos eran parte de un mismo ser que se complementaba. Dos partes de un todo.

Sus caderas chocaron con lentitud, permitiéndole a ambos disfrutar de cada movimiento. Aang no tenía ninguna prisa, se sentía bien ahí, disfrutando lo cálida y húmeda que estaba. Katara cerró los ojos, sintiendo como Aang salía y entraba en ella de una forma natural. Era mejor de lo que recordaba.

Permanecieron así un largo rato, acompañados únicamente por el sonido de la lluvia. Sus cuerpos seguían una danza lenta, perfecta...

Pero la paciencia se desvaneció con cada segundo, dandole paso a la necesidad.

Las embestidas fueron de pronto mas violentas y rápidas, con forme la tormenta ganaba fuerza en el exterior. Aang la monto con rudeza, de forma posesiva, algo que ella consideró impropio en él, pero ciertamente, le gustaba aquella nueva faceta. Los gritos de Katara se ahogaron entre los truenos de la tormenta, pero el Avatar los escucho, desde el primero hasta el último y los disfrutó infinitamente. Las lágrimas corrieron por las mejillas de Katara sin que pudiera evitarlo. Su pecho estaba ardiendo rebosante de felicidad y gozo. Se sentía completamente llenar... llena de él.

Un cosquilleo de anticipación nació en sus entrañas y con un último golpe, Aang se vino en su interior. La semilla del Avatar se desbordó dentro de ella y le cubrió la cara interna de los muslos. Katara suplico en secreto que esa maravillosa noche diera frutos y pudiera quedar embarazada.

Quiero un bebé, cielo santo, lo quiero con toda mi alma.

Que maravillosa y mágica imagen era esa. Un pequeño niño en sus brazos, con la piel oscura y los ojos grises, mamando tranquilamente de su seno. Atesoro esa imagen en su corazón y le pidió a los espíritus que la hicieran realidad.

Aang salió de su interior con un sonido húmedo. Se giró tomándola en brazos con amabilidad y la recostó sobre él. Lo único quería era sentirla cerca. Katara apoyo la mejilla contra su pecho y lo abrazo con necesidad. Le encantaba como la fragancia de Aang se mezclaba con el sudor de su cuerpo.

—Te amo—prometió. Sintió los dedos de Aang tomarla con delicadeza por la barbilla, obligándola a levantar la mirada. Sus ojos grises brillaban como si fueran estrellas mismas.

—Lo se—susurró el chico—, yo también te amo.

Se quedaron en silencio un largo rato, escuchando únicamente la lluvia que golpeaba la ventana de la habitación. Los dedos de Aang se entrelazaban con los rizos castaños de su melena, descendían acariciando su espalda desnuda y volvían a subir, casi en un arrullo armónica que despertaba el sueño de la exhausta muchacha.

—De verdad me gusta tu barba—dijo Katara, somnolienta y una pequeña risa ronca se escapó de la garganta de Aang.

—Me gusta que te guste—la beso en la frente con dulzura—. Descansa, amorcito.

Katara asintió, cerró los ojos y por primera vez en muchos días, descanso.