¿Guat? ¿Las doce de un sábado? ¡¿Qué pasó?!... Se me complicó, se me complicó… ya saben... sería genial que homologaran inmediatamente mi proyecto sobre la extensión de horas diarias a unas 26 o 27, o bien una prolongación de días semanales a por lo menos 2. En fin...
¿Me seguirían a los confines de la web? ¿Dónde fuera? ¿Fuera? ¿Dentro? ¿Y en papel?...
Gracias hermosas cortesanas por esta entrega y confianza, y por avivar siempre mis tormentas interiores.
Andru, no conozco a esa autora, conozco varias más que autoboicotearon historias enteras, heteronormativizadas, por supuesto (pero ese es otro tema). ¿Ella concluye honorablemente?
Cuando haya sexo, atentas porque va guiño, pero mientras, ojo, porque van a pasar cosas… cosas malas…
Cualquiera de los bolsillos traseros son mis preferidos. Caben las monedas, vueltos, papelitos de goma de mascar, mi trucheléfono sin wifi ni onda, manos terceras e historias mágicas =)
Fuegos y reverencias para ustedes; me las llevo en mi bolsillo trasero.
Mientras Quinn ya no se mostraba como esa niña vulnerable que había aparecido en un principio, por lo menos a simple vista, Rachel se transformaba poco a poco en un complejo circuito nervioso.
Mientras Quinn se volvía una especie de avatar fuerte, más delgado que nunca, pero con unas formas que no se recordaban de ella, Rachel se metamorfoseaba en un animalillo asustadizo que necesitaba desahogarse, pero no lo podía hacer con nadie. Ni siquiera con sus amigos podía explayarse libremente sobre esos sentimientos, y eso la abatía.
Una pareja estaba lejos y la otra realmente se había ofendido porque no era capaz de reunirse con ella y negaba su casa, lo que nunca. ¡La casa de Rachel siempre había sido la de ellos! Mas ahora era la de otra persona…
Si estaba prohibido hablar de Quinn, ¿cuánto más lejos estaba descargar su confesión? Definitivamente en la cima de esa kilométrica montaña vertical.
No se trataba de que ahora Rachel notara su porte, su presencia, lo que sucedía era que esa "otra" mirada seguía ahora cada endemoniado paso que daba.
Era esa "segunda mirada" que tenían las mujeres, lejana a la admiración y celo hacia sus pares, y más cercana a la pura atracción sexual… combinada con aquello otro.
No le daba escozor sentirse atraída por una mujer, sería irrisorio y contradeciría la excelente educación que sus padres le habían dado. Tampoco le daba prurito que esa mujer fuera Quinn Fabray, se había acostumbrado a verse arrollada por ella aunque lo negara. Lo que le picaba era tenerla tan cerca como un suspiro y en esas condiciones. Le daba escozor saber tanto de ella y querer saber más. Le daba escozor no poder evitar hacerlo.
¿Y su novio? Bueno, eso la nominaba en el primer puesto de la peor de todas… ¿Por qué?: porque con ella había conseguido tener un mundo privado en ese poco tiempo como no le había sucedido con nadie. ¡Con nadie!
Ambas habían construido un microclima de vistazos por el rabillo del ojo cuando la otra no miraba; de sonrisas incómodas cuando la otra decía más de la cuenta y acertaba en cualquiera de sus gustos, desde colores hasta recuerdos.
Ellas tenían un mundo a la luz del día, una con su trabajo y actividades, y la otra conviviendo con sus inefables enemigos; y a la luz de las lámparas estaba el otro, que mostraba que lo cotidiano comenzaba inevitablemente.
Pero así como convivían dentro de la luz, lo hacían igualmente dentro de las sombras, cuando una vez que el hogar entraba en las horas nocturnas y dejaban de coincidir, lograban sentirse y percibir su aroma, incluso sin estar en el mismo lugar.
Ninguna de las dos lograba olvidar que habían estado tan cercanas que habían conseguido respirarse.
Ellas ya se conocían, pero aprendían a conocerse más y eso también era inevitable.
En ese mundo compartido era por donde Quinn repartía su mirada curiosa. Oscilaba una y otra vez entre las ventanas abiertas de la pantalla de su laptop y la recién incorporada compañía de Rachel, después de una apacible cena hecha por la que no cumplía horarios laborales, como casi todas las noches.
En ella se tocaron temas desde sus anécdotas en Los Ángeles, pasando por un típico cotilleo femenino de secretos de celebridades, hasta la rutina que Rachel había empezado hacía ya un buen tiempo en un gimnasio, y la que no había podido retomar todavía.
Hubo un considerado espacio para todas esas tonterías, menos para una charla consciente sobre el suceso surgido en el teatro la tarde anterior.
Tanto ella como Rachel estaban llenas de "secretos", de eso no cabía dudas. Solo bastaba con mirarla en esos momentos.
El señor Peals ni se mencionó, y eso reconfortó más a Quinn; con lo deducido le alcanzaba.
La noche anterior se durmió mucho tiempo después de sus reflexiones y deseos, lo hizo abrazando a su nuevo amigo azul, y vaya que la ayudó a dormir. Sin embargo en un tramo de la noche despertó inquieta y dejó la cama con unas ansias terribles de aumentar su glucosa.
Y lo que encontró en su paso hacia la cocina, sencillamente la dejó anonadada. Rachel, en toda su pequeña extensión, se acurrucaba en el sillón más grande, profundamente dormida.
Sorprendida, Quinn había desviado su camino y se había decidido por esa otra dulzura. Se le había acercado irresistiblemente, y en lo que se podía ver había hecho un escrutinio detallado de su figura vuelta hacia el respaldo.
Su ropa estaba intacta, al igual que su cabello en perfectas condiciones y olía exactamente igual que cuando se hubo marchado. Salvo por un poco del almizcle masculino del tonto galán, Rachel era la viva imagen de una mujer que no había tenido sexo. ¡Era perfecto! Quinn sintió que había ganado una batalla.
Con una sonrisa se había dirigido a su habitación para buscar una manta y cubrirla con ella, y al momento de hacerlo la otra ni se había mosqueado.
Posteriormente, Quinn había festejado su triunfo con un vaso de jugo y había vuelto al cuarto.
Pero esa sensación de victoria continuó a la mañana siguiente, ya que la encontró en la misma posición y totalmente dormida. Rachel jamás se quedaba dormida.
Definitivamente no dejaba de sorprenderla, como en esos momentos que manipulaba unas agujas de tejer como si fuera una experta. ¡No lo hubiese creído!
Sí, Rachel tejía, era desestresante, la evadía del mundo y era la excusa perfecta para mantener un poco su atención en algo que no fuera Quinn en su habitual posición y atenta a su laptop frente a ella. Y su sonrisa, por supuesto, maliciosa y silenciosa desde que se sentara a acompañarla en su ya acostumbrado ritual antes de acostarse. A parte era viernes. Nadie las esperaba, nadie las detenía; eran solo… ellas.
Prefería eso a tener que hablar de Matthew o de sus ataques, como bien había querido indagar en la cena.
—Me miras y ríes… te estoy viendo —murmuró sin mirarla, descruzando sus pies para alcanzar el ovillo amarillo que se le había escapado; lo tomó rápidamente y volvió a entrecruzar las piernas sobre el sofá—. ¿Todavía estaré pagando tus bromas por haber llegado tarde a los ensayos o porque ni siquiera alcancé a desayunar?
Quinn no había apartado la vista de la pantalla, solo se obligaba a no estampar una amplia sonrisa en su rostro.
—No, lo juro; estoy viendo videos divertidos. Y si hubiera sabido, te despertaba antes… No me culpes por andar de calabazas —ahora sí la miró y soltó una pequeña carcajada.
Rachel estaba en lo cierto, se reía de lo que estaba viendo, porque sin saber por qué, la imaginaba en esa misma posición, ocupando su lugar en el club coral y moviendo esas agujas con energía mientras Schue defendía a rajatablas su tediosa clase de Journey o Mercedes le robaba un solo.
Con fingida irritación, Rachel tragó varias veces saliva, y dejó las agujas y el tejido en su regazo.
—¡Ahí está, ríete! ¡Mentirosa! ¡Tú no estás viendo videos divertidos! —acusó, sonrojándose entretanto la otra se desternillaba de risa.
No supo porqué se levantó, pero ya lo hacía: abandonaba su lugar con tejido y todo para caminar hacia ella, con el corazón golpeando acelerado su pecho.
Quinn la siguió con más risas, hasta que la vio ocupar el sillón de un solo cuerpo a su lado.
—Lo sabía, eres una mentirosilla —aseveró Rachel al ver en la pantalla que lo que menos había eran videos graciosos.
—Me pillaste —dijo Quinn, perdiendo un poco la posición erguida—. Te imaginaba en clases, tejiendo con una mueca caprichosa cuando no te gustara lo que dijera Schue o cuando Mercedes te quitara los solos.
Rachel murmuró pensativa, apoyando su brazo en el apoyabrazos y sosteniéndose la mejilla con una mano.
—No hubiera sido mala idea, pero entonces no podría haber visto los puntos flojos en cada uno y defender mi teoría.
—Por supuesto, debías trazar los planes para quedarte con el reinado —contestó Quinn sagaz, disfrutando plenamente de esa complicidad.
La otra la miró directamente a los ojos.
—Bueno, por lo menos me ha servido para ser reina… un poco farsante alguna vez, pero reina al fin —murmuró, queriendo llegar a un lugar a propósito, y al parecer dio resultado.
Al segundo de escucharla, las mejillas de Quinn se colorearon.
—¿Qué quieres decir con eso? —se hizo la desentendida.
¿Acaso Santana había sido tan idiota de decirle la verdad? ¡No lo podía creer! Había sinceridades que no eran necesarias…
—Vamos Fabray… no fui tan ingenua ayer ni lo soy hoy —espetó, inclinándose un poco hacia su laptop.
Aquélla sacudió la cabeza, tomada por sorpresa.
—Oye... no…
—¿Qué estás viendo? —insistió, de pronto interesada más en lo que estaba haciendo, que en una vieja confesión que había arrancado de Santana hacía años.
—Noticias… de actualidad —balbuceó Quinn incómoda.
—¿Qué buscas? —frunció el ceño, observando que todas las páginas abiertas eran de periódicos locales y nacionales.
—Alguna noticia —respondió sin mirarla.
Rachel largó el aliento lentamente y se volvió a acomodar contra el respaldo.
—Esperemos un poco más, yo… estoy segura que pronto recibiremos noticias. Lo sé, Quinn. Cree en Levar.
—Me estoy agotando —contestó con la voz ronca, percibiendo un feo cosquilleo subir por su espina dorsal hasta instalarse en su pecho.
—Lo sé, lo sé…
¿Qué podía hacer en momentos como esos? Nada en realidad, solo estar allí, acercándola con la mirada, y tal vez en su imaginación contarle una bella historia de amor con final púrpura, como Melanie y Beth les decían a esos finales de heroínas realizadas.
El siguiente movimiento que hizo Quinn la despertó de su breve trance. Se acercó a ella y chasqueó sus dedos para llamarle la atención, asegurándose de que también despertara de donde fuera que estuviera.
Rachel captó su mirada que pestañeaba rápidamente y le sonrió con ternura. Era tan fácil hacer, era tan fácil olvidarse del mundo con Quinn allí, a sus pies, oliendo a vainillas…
—Veamos qué tienes aquí —prorrumpió, dando un pequeño golpe a uno de los cascos que descansaban en su cuello.
Quinn sonrió de lado, esbozando un suave sonido gutural. Con una mirada que decía más que varias palabras, se quitó la vincha y se la tendió.
Satisfecha, Rachel corrió los mechones sueltos que caían sobre los hombros y se la colocó.
—Manda la pista —bromeó, y después de la orden comenzó a escuchar la música con la que Quinn pasaba el rato y no tardó en fruncir el entrecejo, negando con la cabeza—. Está bien, Jacques Brel —dijo vagamente, entrecerrando los ojos—. Veamos otro…
—¿Otro? —preguntó risueña, a lo que la otra asintió y abrió otro de sus archivos de música.
—Nina Simone… —murmuró Rachel, cerrando los ojos con deleite; luego hizo un gesto con una de sus manos—. Puede ser… de todas formas, no. Otro. No me estás convenciendo.
Quinn se mojó los labios, concentrada en su colección.
—Bill Withers —señaló Rachel—. Tal vez…
—¡Ah… la increíble melomanía de Rachel Berry! —exclamó, entornando la mirada como si tuviera lo mejor al final, y se lo hizo escuchar—. ¿Por qué tendría que convencerte?
Al escuchar la música, Rachel abrió los ojos como platos.
—¡Justamente por "esto"! En las noches de otoño, mucho más los viernes, está prohibido escuchar a Tchaikovsky.
Quinn la miró horrorizada, siguiendo su juego.
—Es El lago de los cisnes, completa, Rachel. ¡No seas sacrílega!
—Por supuesto; son únicos pero deprimentes hoy —espetó, entregándole la vincha.
Quinn iba a murmurar algo más, pero la expresión intensa de Rachel la suspendió en el aire.
—Dime cómo te enteraste… Dime cómo fue esa primera vez —soltó de pronto, profundamente seria.
La otra la miró, perspicaz, imitando su semblante.
—¿Eso se hace en las noches de viernes de otoño?
—Tal vez sí —murmuró—. Tal vez sea hora de que podamos hablar.
Quinn giró el rostro levemente, mostrándole su perfil, y escuchó a su confidente suspirar.
—Me encontraba en el festival de cine de Beverly Hills, en invierno del año pasado —la densidad de su voz se clavó en el cuerpo de la que escuchaba, que absorbía cada tono, cada cambio de expresión—. Recorría el salón del hotel, tratando de acercarme a una modelo que me gustaba…
Aquellas palabras escondieron el rostro de Rachel y colorearon el de la narradora. Las había dicho a propósito, observando sus reacciones, y éstas eran más que interesantes.
—Un paso y apareció St. James… No podía creer que estuviese allí; si bien sabía algo de su trabajo me impactó… y repentinamente te nombró —la especie de dolorosa melancolía que se arrastraba en su voz, hizo que Rachel elevara nuevamente la barbilla—. Hacía tanto tiempo no escuchaba tu nombre en la boca de una persona familiar.
Y añoranza, su voz sostenía una añoranza que casi podía tocarse.
Rachel asintió con tristeza. Recordaba muy bien la llamada eufórica de Jessie la tarde posterior a la entrega, y cómo le había enviado el video que su gente había grabado de toda la entrega y los agradecimientos.
—Sí, también escuché tu nombre. Ganó. Me llamó después… han hecho un gran trabajo.
—¿Te agradeció? Porque sin tus consejos no lo hubiera logrado, estoy segura —espetó con gravedad.
—Sí… —Rachel se rascó la frente con vergüenza—. Sí, me agradeció.
—No pude quedarme a verlo; mi teléfono llamó antes… era Karen Bransen —continuó explicando—. Allí empezó todo… para mí. Mi madre ha estado padeciendo desde hace más tiempo y me lo ha ocultado. Cuando Karen intervino, fue porque había decidido no cubrirla más. Tampoco ha sido fácil para ella —aspiró fuertemente, tomando una gran bocanada de aire y a la vez de coraje—. Dejé de saber de Russel después de mi embarazo… bueno, ya sabes la historia —concluyó la frase con disgusto—. Supe de su asquerosa carrera política nada más que por comentarios de terceros. Siempre ha sido un bastardo sin corazón, pero… —cerró los ojos por un momento con una expresión agónica— jamás pensé que… sería ese demonio.
En un parpadeo su mirada se hizo inmensa y vidriosa, y Rachel se asustó, porque con un ademán cerró la laptop y arrojó con descuido los cascos, apartando todo de ella encima de la mesa.
—Lo siento —susurró Rachel acongojada—. Lo siento tanto…
Quinn la escuchaba lejana; era esa voz la que la devolvía al presente y a esa realidad prestada que tan desinteresadamente Rachel le entregaba desde el primer día.
¿Cómo devolverle esos actos que eran más que gentilezas? Cómo frenar el impulso, cada vez más fuerte, de arrastrarla hacia ella, tocarla y cerciorarse así de que era real, de que no estaba dentro de una fantasía dorada a punto de esfumarse, sino prácticamente metida en la vida de esa infatigable mujer.
Se volvió hacia ella, dejando su posición para sentarse de lado. Cedió a la necesidad de cercanía, así que apoyó una mano en el apoyabrazos y recargó su mejilla allí sin dejar de mirarla.
La expresión de Rachel igualmente estaba cargada de intensidad y cuando se acercó de esa forma, de ansiedad.
La mano libre de la rubia fue directa al tejido que descansaba sobre sus piernas cruzadas, se perdió en él y sus dedos rozaron adrede las manos que lo sostenían.
—Es para Beth, ¿verdad? —masculló en un graznido, pero que Rachel escuchó como un trueno en el medio de su pecho palpitante.
—Sí —confirmó en otro murmullo sorpresivo, observando atónita cómo acariciaba la franja azul marino que tenía la bufanda—. Es la segunda… el año pasado le he tejido la primera… y no me ha salido muy bien.
El rostro de Quinn se contrajo en una mueca abarrotada de tristeza, tan cruda que la partió al medio.
¿El momento había llegado? ¿Iba a pasar ese día?
—Háblame de ella —rogó sin voz, arrancándose de su propio pecho el deseo para exponerlo ante Rachel.
Y aquélla cerró la boca que en un segundo había quedado abierta, sumando más desconcierto, pero también agregando un calor muy semejante al del hogar, al de la vuelta al hogar después de un largo viaje. Tal vez Quinn estaba regresando a casa.
Rachel tragó el nudo de emoción en su garganta y su semblante cambió. Se desnudaba también ante la mujer de ojos avellana brillantes de humedad, y recordó su propio pasado, a su madre y aquellos intentos de las dos de volver, los de la adolescencia y los de esa juventud, hasta regresar para siempre. Ése era otro lazo más que las unía: la intrínseca semejanza de sus historias.
Rachel haría que Quinn regresase para siempre.
—Beth es azul… puro —comenzó en un susurro—. Es su color preferido desde la primera vez que visitamos el acuario, ya te habrás dado cuenta —se sonrió ante el recuerdo—. Yo… también aprendí a ser hija y hermana, Quinn —necesitaba hacer esa aclaración y contarle que tampoco había sido sencillo para ella—; su héroe es Bram Stok, una caricatura que comenzó hace algunos meses… es una holgazana que no le gusta leer, pero adora escuchar historias, y es sumamente observadora y a veces muy formal. Mi madre la ha hecho fanática de Las aventuras de Huckleberry Finn desde los tres años… —bajó la mirada, mordiéndose el labio inferior—. Y yo quiero que ame El principito… estoy segura de que está en edad para comenzar a leerlo, así que la estoy tentando.
Se detuvo, esperando algún comentario de la oyente, mas ella no emitía sonido, respiraba acompasada y parpadeaba, a veces rápidamente, para que las lágrimas no se derramaran.
Un asentimiento le permitió a Rachel suspirar y continuar.
El rompecabezas que se armaba en el interior de Quinn era de piezas de colores, de campos verdes y sol de primavera. Claro que dolía, pero juntaba todas las fuerzas para escuchar las delicias de su hija de una de las personas que más la conocía y la amaba.
—Tiene una mejor amiga que se llama Melanie, y cuando se quedan aquí o en su casa a dormir, tenemos una noche de superhistorias en la que armamos escenarios y contamos y… cantamos —rió, moviendo las manos, necesitando quitarle el dramatismo que estaba sobrecogiendo a Quinn—. Mmm… ¡le encanta bailar! Cuando sé que Michel no va al teatro, aprovecho a llevarla y se mueve como si el escenario fuera suyo. Britt le ha enseñado infinidad de pasos... y la muy coqueta los practica con Patrick —sonrió más, contagiando fugazmente a la otra—. Es su compañero ideal… —explicó—. Es el chico rubio y rasurado; tal vez lo has visto en el ensayo.
—Sí —masculló ella, apretando un poco más el tejido sin darse cuenta. Ya no lograba aguantar más las lágrimas y desvió el rostro.
Rachel no se lo permitió; estiró una mano y con su dedo índice presionó su barbilla, elevándolo.
—Tiene tanto de ti… su mentón... y… sus berrinches —acotó mansamente, atreviéndose a acariciar la parte del rostro que describía, y Quinn no pudo sostenerle la mirada, así que cerró los ojos y dos grandes lágrimas cayeron libremente.
Las emociones la derrumbaban. Saber de su hija era un sentimiento de una belleza incalculable y tortuosa a la vez, porque hablaba del tiempo que había dejado escapar, de todo lo que se había perdido de ella y ya no recuperaría.
La angustia cerró su corazón a la belleza y la propia condena dejó su rastro en el suspiro tembloroso que silbó entre sus labios, y quiso alejarse.
Rachel estaba a punto de secarle las lágrimas mas no llegó, porque Quinn ya realizaba ademanes para erguirse.
Decidida a que dejara de escapar, ágilmente la tomó de la muñeca y al hacerlo la mirada de advertencia levantó una ruda muralla entre las dos, pero Rachel la destruyó con otra, desafiante.
—Deja de huir.
Ese intenso murmullo abofeteó a Quinn, que transformó su mirada tosca en una apenada y lacrimosa, sin dejar de mirar la mano que la aferraba.
—Duele demasiado.
También las facciones de Rachel cambiaban. La tristeza y la esperanza se mezclaban vertiginosamente.
—Sé que duele, pero debes volver.
—Volver a dónde… —inquirió con un nudo en la garganta—. Ni siquiera pude hacerlo con mi madre para salvarla…
—Volver a las cosas que amas para sanar, Quinn. ¡A tu madre la has salvado, cómo puedes decir lo contrario! ¡Esto es antes de ella, mucho antes!
—Basta, Rachel, basta… —exigió ahogada, secándose las lágrimas. Tiró de su brazo para desasirse y esta vez no encontró impedimento físico, sí por parte de la obstinación de Rachel, que la siguió por el departamento cuando se puso de pie y caminó.
Le obstruyó el paso a la cocina, plantándose a centímetros, sin tocarla.
Pero se respiraban y se miraban, midiéndose, tan desnudas como siempre.
—Volver a las cosas que amas… a ella la amas. ¡Vuelve a tu hija! —repitió Rachel con la voz temblorosa.
Sus ojos escocieron por primera vez, y sintió las lágrimas liberadoras de ese encuentro.
La otra, cansada, se cubrió el rostro con ambas manos, sollozando en silencio.
Esta vez Rachel sí pudo llegar a su rostro, volverle a tomar las muñecas y despejarlo, permitiendo que sus miradas se enlazaran.
El calor de Rachel a través de la manga de su camiseta tranquilizó lo que estaba a punto de considerarse una tormenta, y de las más bravías para su corazón.
Volver, no con sus recuerdos, volver con su cuerpo, abrazar, reconocer, conocer… volver a lo que siempre quiso volver.
—Regresa conmigo a lo que amas, Quinn —susurró emocionada, agarrándola con firmeza de promesa.
Quinn pestañeó, como si le hubiera hecho una revelación. La enorme Rachel le sonreía con ternura infinita, esa de labios cerrados, empequeñeciendo sus ojos, hasta dejar sus espesas pestañas en casi una misma línea.
—Rachel… —balbuceó.
—Amabas cantar… era nuestra mejor forma de expresión. ¿Te sigue gustando cantar?
—Yo… hace siglos n-no lo hago… Ni lo recuerdo…
—Deja ya de mentirme —canturreó suavemente, soltándola para caminar por los rincones del departamento.
Rápidamente apagó un par de lámparas encendidas, y terminó con la del espacio de la sala, dispuesta en una pequeña mesa.
De esa manera, ambas quedaron a oscuras, reconociéndose únicamente por las luminarias de la calle.
—Qué haces… —preguntó Quinn con voz ronca, tratando de reponerse de ese instante de extrema sensibilidad.
—Volverás. Ven aquí… siéntate.
Los tonos sedantes, modulados y suplicantes la llevaron sin ningún impedimento a donde ella quería.
Le señalaba un espacio en el suelo, pegado al sillón que ocupó hacía segundos. Con paso inseguro fue hacia ella, se sentó, llevó las piernas a su pecho y la miró expectante, entre las sombras que había formado para ellas. Para ella.
—Sé que recuerdas cantar, pero a veces la voz… simplemente no sale. Eso lo sé —suspiró Rachel, rodeándola lentamente—. Por eso no habrá luces que nos cohíban, ni nos miraremos.
La explicación se vaporizó en el momento que Quinn la sintió detrás, adivinando una posición como la suya, y luego apoyaba cuidadosamente su espalda contra la de ella.
—Como si fuésemos dos chiquillas tímidas —dijo Quinn, arqueando un poco su cuello para un mayor contacto.
Rachel dejó escapar una risa gutural, ladeando un poco la cabeza con los ojos cerrados.
—Casi…
La noche giraba con prisa de nostalgia, bregando por recuperar, por sentir de una vez que tenían derecho a eso.
—Adelante… canta… —arengó apaciblemente Rachel, deseando con cada fibra de su cuerpo oírla una vez más, escucharla y abrazar es sensación tan lejana en el tiempo.
Sintió a Quinn suspirar y fue dichosa. Estaba dispuesta a escucharla, a esperar alguna de esas con las que habían bromeado u otra que le gustara más, sin embargo las primeras letras de esa voz contenida y titubeante la dejaron sin respiración y sin saliva en su garganta.
No obstante y a pesar de sus propias reacciones, se daba cuenta de que era lo correcto; no existían otras, por lo menos en ese fragmento de espacio. Cómo no impregnar ese ambiente acomodado con los tímidos tonos de una canción que había significado tanto para ellas; el único dúo de sus vidas, la única vez que pudo fusionarse al talento de esa mujer.
I feel pretty, unpretty salía de su garganta casi narrada, temblorosa… muy diferente a esa primera vez. Las dos habían cambiado, pero esa comunión especial con sus voces, esos bajos y altos acoplados a la perfección, seguían siendo los mismos.
El cuerpo de Rachel estaba siendo barrido por un calor abrumador, tan intenso que estaba segura traspasaba a Quinn...
Apretó los labios atajando su agitación; cuando Quinn finalizó su parte silenció, y Rachel alcanzó el apoyabrazos del sillón y se sostuvo de él. Incluso sentada sentía vértigo.
Detrás, Quinn sí se movió, se deslizó hacia su costado. Rachel logró verle la mirada brillante hasta que todo se volvió oscuridad y susurros en el momento en que se inclinó, y casi pegando sus labios a la oreja le rogó:
—Canta para mí, estrella, como si volviéramos a ser esas chiquillas asustadas una de la otra.
Azorada, Rachel escrutaba su seguidilla de movimientos, no para alejarse, sino para caer directamente sobre ella, recostando la cabeza en su regazo.
Por supuesto que podía distinguirla, pero más que eso, Quinn se le pegaba a la piel a través de la ropa, llenándola de deseos. Un brazo le rodeó una de sus piernas desde abajo, el otro se prendió a sus caderas y la cabeza hurgueteaba su vientre, tan natural, encontrando un espacio y acomodándose allí con una prolongada exhalación.
Rachel se estremecía, sí, y no le importaba. Podía estallar de sensaciones en ese momento que lo haría plena.
Sin esfuerzo encontró su propia voz dentro de su pecho, dejó de sostenerse del sillón para encontrar otro remanso: esos cabellos dorados sueltos, desparramados sobre sus muslos.
Y cantó, cantó con voz rasposa, henchida de antiguas pasiones, de recuerdos y añoranzas.
Cantó por las dos y mientras lo hacía, cazó una lágrima solitaria de la sien de Quinn, y luego otra más. No cesó en sus caricias, como no cesó en la letra interpretada con profunda pasión para ella.
Escondida en ese precioso recoveco, Quinn conseguía abrazarlo todo; escucharla fluida y vivaz era una bendición que festejaba con lágrimas, apretada a sus curvas, contagiándose de su calor vital como si no existiese mejor lugar para estar.
Y volvió como aquélla quería que volviera.
En el silencio y la quietud que sobrevino luego de la canción, Rachel se apoyó exhausta contra el sillón, continuando con los dedos el recorrido ciego del nacimiento de la frente femenina.
—Eres preciosa. Sigues siendo la mujer más hermosa que he conocido en mi vida, Quinn, y sigues siendo más que eso —susurró, teniendo como respuesta un abrazo más estrecho.
Rodeada de ella, sin la timidez del dueto, sin las ansias obsesivas de un cambio estético, Rachel caía dentro de la densa, corrosiva y sensual oscuridad de Quinn sin poder sostenerse de nada.
