Capítulo 25
CANDY descansó en los brazos de Albert hasta que él finalmente se desperezó.
—Muéstrame cómo se encienden las luces, —dijo él— luego encontraré una manera de dirigirme a tus padres. Pero tengo que saber el significado de este misterio primero.
Ella asintió y se levantó. Lo llevó hacia la puerta y le señaló el interruptor de la luz.
—Para extinguirlas, empujas hacia abajo. Para prenderlas, empujas hacia arriba.
Él dubitativo, se estiró y tocó el pequeño interruptor. Cuando lo encontró frío al tacto, lo empujó hacia abajo sumiéndolos en la oscuridad. Hubo una larga pausa antes de que hablara.
—¿Candy?
—Sí, Albert.
—¿Yo hice eso?
—Sí, Albert, tú hiciste eso.
Él gruñó, aunque era un gruñido de asombro si es que podía haberlos. Repentinamente la luz regresó y Albert lanzó una exclamación.
Candy pudo ver una amplia sonrisa en su rostro antes de que la habitación se sumiera en la oscuridad otra vez. Prendió y apagó la luz una media docena de veces más antes de que Candy le rogara que se detuviera.
La tomó entre sus brazos y la abrazó con firmeza.
—A lo mejor encuentro que, después de todo, me gusta tu tiempo.
—Creo que sí, mi señor —dijo ella sonriente— Llamemos a mis padres, y luego te mostraré un par de milagros más.
Candy llevó el teléfono hacia la cama y se sentó, observándolo. Si llamaba a su madre, probablemente se desmayaría. Aún peor, el shock podía causarle a su padre un paro cardíaco. De todos sus hermanos, estaba más cercana a Alex y Zachary. No tenía idea de donde localizar a Zachary. Sus domicilios cambiaban como sus novias. Alex debería estar en Nueva York todavía, y era, de lejos, el más inteligente del grupo.
—¿Cuánto más tendremos que mirarlo hasta que empiece a funcionar? —preguntó Albert
Ella levantó la mirada para encontrar que Albert estaba contemplado energéticamente el teléfono, como si estuviera dispuesto a saltar y hacer algo.
Se rió al darse cuenta que lo había estado contemplado de la misma manera.
—Sólo estaba pensando. Lo siento. De hecho, cuando lo levantas, es cuando empieza a andar por su cuenta. Tomó el auricular y lo llevó a su oreja. Una vez que escuchó el tono, acercó el tubo a la oreja de Albert
—Qué sonido —dijo Albert, arrugando la nariz.
Ella lo colocó sobre su propia oreja y tuvo que estar de acuerdo con él. El tono del teléfono no era el mejor sonido para el oído.
—Es un poco duro —dijo ella— Ahora, lo que pasa es que yo hablo por aquí y mi voz baja por este cable —indicó el negro cable que se enrulaba a través del piso hasta la pared— hasta llegar a la casa de mis padres. Ellos levantarán el recibidor así, como yo, y me responderán.
—Nay -la expresión de Albert era de incredulidad.
—Es un poco más complicado que eso, pero esa es la idea. Aunque no creo que llamemos a mis padres. Llamaremos a Alex. Es más probable que reaccione con calma.
—¿Llamar? ¿Cómo lo llamarás? ¿Está cerca?
—Así es como se describe hablar por teléfono. Está en América.
—Ah —dijo Albert sabiamente— Bien, entonces. Llámalo. Y esperemos que no este cenando. Su esposa se molestará con nosotros si los interrumpimos.
—No esta casado, Albert. Lo único que podríamos interrumpir sería la el análisis de sus movidas sobre un pobre debutante. No preguntes. —dijo ella, levantando la mano para detener la inevitable pregunta—. Y, además, la hora es diferente en América. Es la tarde allí.
Vio como su esposo digería aquello, luego sacudía la cabeza como si fuera mucho esfuerzo tratar con aquello. Ella lo entendía completamente. Los husos horarios eran demasiada matemática para ella en ese momento. Llamó a la operadora internacional y dirigió su llamada al hermano que no había visto en casi cuatro meses. El teléfono sonó, fácilmente, una docena de veces antes de que Alex apareciera en la línea sonando sólo parcialmente despierto. A lo mejor estaba durmiendo la siesta.
—¿Alex? Es Candy.
—Ah, hola, Candy —murmuró soñoliento. Luego su exclamación se escuchó claramente por el teléfono—. Santo Dios, pecas, ¿realmente eres tú?
Ella se rió por su tono de perplejidad. Oh, ¡era bueno escuchar su voz!
—Soy yo, Alex.
Hubo un fuerte golpe, que sonaba vagamente como si todo en su mesita de noche estuviera cayéndose al piso, luego se escucharon varias maldiciones, luego a Alex otra vez en la línea.
—¡Querida, dime que no estoy soñando!
—No, no estás soñando —dijo ella, sosteniendo el teléfono con ambas manos y sonriéndole a Albert Él le devolvió la sonrisa—. ¿Cómo están mamá y papá?
—Frenéticos. Han dado vuelta toda la costa este buscándote. Por cierto, ¿dónde diablos estás? Esto suena a larga distancia.—profirió otra exclamación y comenzó a hablar tan rápidamente que apenas podía entenderlo— ¿Te secuestraron? Dime dónde estas, y tomaré el primer avión. ¿Te han lastimado? ¿Necesitas colgar? ¿Necesitas dinero?
Ella se rió de felicidad.
—Alex, te he extrañado tanto. Había olvidado que agradable es tener a mi hermano mayor preocupándose por mí.
—Maldición, Candy, ¿dónde diablos estás?
Ella hizo una mueca.
—Escocia.
—¿Y cómo diablos es que llegaste hasta allí?
—No me creerías si te lo dijera. Además no es la clase de cosas que se hablan por teléfono. ¿Cuándo puedes venir?
—Quiero detalles, pecas.
Siempre el abogado.
—Bueno, no puedes tenerlos.
—Hmmm, no me gusta como suena esto.
—No me importa. Oh, estoy casada.
—¿Con quién? —gritó— ¿El rey de Inglaterra?
Ella rió y tapó el teléfono con la mano.
—Quiere saber si me casé con el rey de Inglaterra.
Albert resopló.
—Dile que apuntabas a algo más alto.
—Un hombre mucho mejor que un rey, Alex —dijo Candy sonriente—. Y lo podrías conocer si estuvieras dispuesto a prestarme dinero.
—No hay problema. Dame tu dirección.
Candy le dio la dirección de uno de los folletos de viaje de Roland y luego suspiró.
—A lo mejor debas llamar a papá y a mamá para prepararlos. No me gustaría darle un ataque a papá.
—Los llamaré y luego los conectaré. Y te enviaré dinero a cualquier banco que este cerca de tu hotel.
—Gracias, Alex. Eres un amor.
—Te he extrañado, pecas —le dijo. Hizo otra pausa—.¿Estás segura que estás bien?
—Nunca he estado mejor.
—Bueno, lo suenas. Estaré allí con mamá y papá tan pronto tomemos vuelo.
—¿De verdad? —le preguntó—¿Puedes venir también?
—A decir verdad, mañana es mi primer día de vacaciones. Iba a hacer reservaciones en el St. Croix, pero no he hecho nada todavía. Quedarme atascado por la lluvia en Escocia suena mucho más divertido que descansar en una playa de agua clara observando a las mujeres en bikini todo el día.
—Dios, gracias Alex. —dijo ella con una risa—. Aprecio el sacrificio.
—Sí, bueno, no me agradezcas todavía. Zachary ha estado durmiendo en mi sofá durante toda la semana, así que tendré que llevarlo como parte del paquete. No me atrevo a dejarlo atrás. No habrá nada en mi departamento, de lo contrario.
—¿Perdió a otra novia?
—Y su trabajo, todo en un día, si puedes creerlo. Puedes hacer de niñera si quieres por un rato.
Candy sonrió.
—Lo he extrañado lo suficiente como para soportarlo por un tiempo. Tráelo contigo. Y gracias por venir. Necesitaré alguna ayuda legal.
Alex hizo una pausa.
—No me gusta como suena eso.
—No es nada serio. Sólo ven aquí.
—De acuerdo. Aguanta un segundo, y llamaré a mamá.
En momentos, Candy escuchó la voz de su madre. Y de la nada aparecieron lágrimas que no pudieron detenerse. Sollozaba tan fuertemente mientras hablaba que apenas podía respirar. Albert le rodeo los hombros con el brazo para reconfortarla. Finalmente su mano acariciándole el cabello la ayudó a recobrar la compostura y el control. Y una vez que lo hubo ganado, su padre comenzó a vociferar preguntas. En voz muy alta.
—¿Cómo diablos hiciste para llegar a Escocia sin nada de dinero y sin pasaporte? —le gritó
Candy alejó el auricular
—Papá, sería mejor no discutir esto por teléfono.
—¿Y qué es esto que me dicen que estas casada? —le gritó— Candice Anne White, ¿qué estabas pensando en el nombre del Cielo?
Candy hizo una mueca. Su padre era una especie de cruce entre Ward Cleaver4 y Bubba Smith5. Había jugado fútbol y tenía una tendencia a entrenar a su familia como hubiera entrenado a un equipo. Era, a lo mejor, la persona alguna vez creada con menos probabilidades para haber elegido ser un pediatra, pero los niños adoraban su voluntad para abandonar su estetoscopio y jugar con todos ellos en la sala de espera. En un plano más personal, ella sabía que sus gritos no eran más que una fachada, pero la hacían dar un respingo de todas maneras.
—Padre, por favor, sé paciente. Conocerás a Albert cuando vengas, y luego les explicaremos todo. Pero tienes que venir con la mente abierta.
—¿Por qué? —Le preguntó— Alex dijo que necesitabas ayuda legal. ¿Es un criminal?
Candy se rió a pesar de si misma.
—Papá, estarás tan complacido con mi esposo, que tus botones estallarán. Es la clase de yerno que siempre quisiste.
Albert tiró de su camisa.
—Dile que no soy ningún cobarde. —dijo ansioso
—Papá, dice que te diga que no es ningún cobarde. De hecho, creo que sería un gran jugador de fútbol.
Su padre gruñó, de alguna manera más tranquilo.
—Probablemente podría derribar a los cinco de una vez.
Robert White gruñó otra vez.
—Bueno, pediré un par de pasajes. No cuelgues antes de que regrese, Mary. Creo que quiero conocer un poco a este hombre antes de que las cosas sigan avanzando.
—Por supuesto, querido —dijo Mary. Una vez que la extensión hiciera un ruido, bombardeó a Candy con preguntas. —Querida, ¿cómo lo conociste? ¿Cuántos años tiene? ¿Cómo es su apariencia? ¿Hace cuánto estás casada? ¿Podemos esperar nietos pronto?
Candy se recostó en la cama y se rió por la cantidad de preguntas de su madre.
—Te daré todos los detalles cuando estés aquí, madre.
—Al menos dime como luce.
Candy levantó la mirada hacia Albert que estaba sentado al otro lado de la cama, sonriéndole.
—Bueno, es más alto que papá, pero más delgado. Tiene cabello rubios y ojos azules cielo y una sonrisa hermosa. Albert le dedicó una hermosa sonrisa, sólo para probar la verdad de sus palabras. —Es muy dulce, a menos que se queje, cuando es de lo más irracional y terco.
—Eso me suena familiar. —dijo Mary en tono seco—. Déjame hablar con él, cariño.
Candy colocó la mano en el recibidor y levantó la mirada hacia Albert.
—Quiere hablar contigo.
Albert palideció.
—¿De verdad?
—De verdad. Es una cosa simple, mi laird, ciertamente algo que debe preocuparte muy poco. Simplemente ignora sus americanismos y estarás bien. Tu inglés es maravilloso.
Albert echó sus hombros hacia atrás.
—Por supuesto, hablaré con ella inmediatamente.
Candy le entregó el teléfono, y él lo llevó a su oreja, dubitativo.
—¿Aye? —dijo él, inseguro. Seguramente su madre habría respondido ya que una mirada de completa maravilla cruzó por su rostro—.¿Lady White? —preguntó esperó— Aye, es un placer hablar con usted también —dijo él. Ahora, esto sí era una imagen para los libros de historia: un laird escocés con su traje completo, una espada yaciendo cerca de él sobre la cama, un enorme anillo aguamarina en su mano donde se reflejaba la luz de las lámparas sobre su cabeza, hablando por teléfono como si lo hubiera hecho toda su vida. Candy sintió una profunda sensación de alivio fluir en su interior. Haber visto a Albert relajado en la mesa había sido excelente, pero podría haber sido de suerte. Ver como encantaba a su madre por teléfono era la prueba innegable de que podía aceptar algo que nunca había imaginado en sus más salvajes pesadillas y ajustarse a ello sin problemas. Y Albert ciertamente parecía estar adaptándose sin problemas. No sólo estaba llevando a cabo una conversación desenvuelta con su madre, estaba examinando el teléfono, como si mirándolo, pudiera descubrir donde era que Mary White estaba escondiéndose.
Luego de repente empalideció y alejó el teléfono.
—Ha ido a buscar a tu padre.
—Buena suerte —dijo alegremente Candy.
Algo que nunca había visto era a Albert con una mirada de turbación.
—¿Sir White? —Albert escuchó por varios minutos—. Lo sé, mi señor —dijo rápidamente-. Y hubiera querido pedirle a usted su mano antes de casarme con ella, pero era imposible. —Hizo una mueca y Candy sólo pudo imaginarse qué le estaría diciendo su padre—. Lo sé —dijo otra vez y luego escuchó una vez más—. Aye, yo también quiero eso. —Cubrió el teléfono como había visto que hacia ella y luego susurró— Candy, no entiendo la mitad de lo que dice. Demasiadas palabras que no conozco.
—Haz que se calle o seguirá así toda la noche.
Su laird respiró hondo y habló por el auricular.
—Sir White… mi señor… ¡Lord White! —terminó con medio gruñido. Eso habría surgido efecto, porque una mirada de satisfacción apareció en su rostro—. No puedo contestar todas sus preguntas en este momento. Todo lo que puedo decirle es que amo a su hija más que a mi propia vida. Y que quisiera tener su bendición —esperó—. Si desea desafiarme, lo entenderé; pero considere lo siguiente: si peleamos, uno de nosotros perderá, y puedo garantizarle que no seré yo. Puede tomarse más tiempo y pensar si quiere o no que Candy pase por esa situación. —Y con aquello le entregó de vuelta el auricular.
Candy se lo acercó a la oreja. Había silencio del otro lado.
—¿Papá?
—Santo dios —gritó Robert— Candice Anne, ¿de donde diablos sacaste a este tipo? ¡Su inglés es casi ininteligible! ¿Y qué este desafío del que habló? ¿Me disparará cuando me baje del avión?
—Preferentemente te clavaría su espada, estoy segura.
—Bueno, dile que no pelearé… ¿su qué?
—Papá, confía en mí. Ahora, ¿cuándo vendrán?
Su padre refunfuñó, obviamente no complacido con el cambio de tema.
—Nuestro avión sale en dos horas. Alex nos encontrará en Nueva York, y luego viajaremos en el primer avión que podamos —Hizo una pausa— Bebé, ¿estás bien?
—Papá, no podría estar mejor. dijo ella
Él suspiró.
—Si tú lo dices. Sólo puedo asumir que estás segura. Por la forma en la que habla ese hombre, no estoy tan seguro.
—Me ama, papá. Nunca me haría daño.
—Te tomo la palabra. —Hizo una pausa— No sabes lo asustados que estábamos.
—Lo sé, papá, y lo siento. Te quiero
—Y yo a ti. Nos veremos pronto.
Ella colgó el aparato y miró a Albert.
—No es tan malo.
Albert sacudió la cabeza.
—Me hubiera sentido igual si mi pequeña muchacha hubiese vuelto a casa casada y no me lo hubiera dicho. Es un padre y te ama. Pero pelearé por ti si eso es lo que quiere.
Candy le echó los brazos al cuello y lo sostuvo con firmeza.
—No llegará a eso, Albert. Le gustarás mucho.
—¿Porque cuido de ti tan bien?
—Sí, le agradara mucho saber que, de hecho, hay un hombre al cual no controlo.
—Ah, pero sí me controlas. Más de lo que te imaginas.
—Y más de lo que lo admites, sin duda.
—Por supuesto.
Candy bostezó.
—Estoy exhausta Albert. Vamos a prepararnos para la cama. Creo que te gustará el baño.
—¿Baño?
—Es un muy lujoso retrete.
Lo guió hacia el baño y prendió la luz. La habitación tenía una profunda bañera, un inodoro, un bidet y un lavabo. Y un pequeño espejo. Albert ignoró el resto y fue directamente hacia el espejo. Miró su reflejo y se estiró para tocarlo. Llevó la mirada hacia ella, sorprendido.
—Es mucho más claro que los nuestro.
Ella se encogió de hombros.
—Prefiero los tuyos. —Una bandeja de plata lustrada del siglo XIV era mucho menos agresiva que un espejo del siglo XX— Esa no es la sorpresa —sonrió. Caminó hacia donde estaba él, frente al lavabo. Señaló las canillas—."F" es de frío y "C" de caliente. —Él la miró, confundido—. Agua —aclaró. Ella abrió el agua fría y él saltó. Puso su mano debajo y luego rió. Ahuecó sus manos y la probó. Ella la cerró— Abre la caliente —le instó
Él giró la canilla y luego colocó su mano debajo del agua. La miró, incrédulo.
—¿Quién hierve esto?
—Hay una máquina que lo hace
—¿Y puedo tener agua caliente cuando sea simplemente girando esta manija?
Ella asintió.
—¡Och, pero que gran idea! —exclamó él.
Miró detrás suyo, específicamente la bañera. La miró con las cejas levantadas, y ella se encogió con una pequeña sonrisa. Él abrió el agua caliente y dijo con deleite
— Si Angus pudiera ver esto… —se detuvo, sonriendo. Observó como el agua caía y se iba por el drenaje, y luego buscó algo con que detenerla. Encontró el tapón de goma y lo colocó en el agujero. Cuando hubo llenado la bañera un poco, sacó el tapón y observó como el agua se escurría por el drenaje. Jugó un poco más con las canillas hasta que se dio cuenta que podía abrir las dos al mismo tiempo. Ajustó la temperatura del agua y luego levantó la mirada hacia ella, con los ojos brillantes.
—¿Un baño, Lady Andrew?
—Puedo llegar a quedarme dormida
—Cuidaré de ti. —Observó el inodoro detrás de ella— ¿Y qué, por todos los santos, es eso?
—El orinal.
Ella tiró la cadena, y el observó, maravillado como el agua desaparecía y volvía a aparecer. Quiso usarlo él y entonces volvió a hacer que el agua corriera. Si el agua corriente lo había deleitado, esto lo había puesto loco. Ella tuvo que taparle la boca para amortiguar su risa.
—¡Las personas duermen, oso gritón!
Él le quitó la mano y dijo con una amplia sonrisa.
—No puedo evitarlo. Angus se desmayaría si lo viera. —miró hacia abajo— Pero es un desperdicio de agua.
—Entonces depende de ti mejorarlo.
Él empezó a separarlo por partes, pero ella lo detuvo.
—Mañana, Albert. Vamos a bañarnos y luego vamos a la cama. Estoy exhausta.
Se bañaron juntos, y ella casi se quedó dormida mientras se acostaba en el amplio pecho de su esposo. No había, realmente, espacio suficiente para que los dos cupiesen en aquella pequeña bañera, pero se las ingeniaron. Candy apenas se despertó cuando su esposo la llevó a la cama y la arropó.
Su esposo y su familia, ambos en el mismo siglo.
La vida no podía mejorar más que eso.
Continuara...
