Heeeeeeeeeeelou everybody! Ya llego con el dia 26 ^^. El de hoy es... bueno, que nunca he escrito uno de estos asi que no estoy muy familiarizada y no se como me ha salido. Pero lo he intentado :P. Espero que os guste! ^^
Día 26: Unión
Durante diez minutos que lleva de piel casi inmóvil frente al espejo no ha podido hacer otra cosa que suspirar con agobio y deshacerse una y otra vez el nudo de la corbata. No suele ser tan torpe a la hora de atársela, pero parece que hoy el mundo ha decidido despertarse en su contra, porque todo le parece demasiado pesado como para cargar con ello. Se mira de arriba a abajo, cuando se probó por primera vez ese traje pensó que era perfecto para él. Que es exactamente con lo que se imaginaría puesto, fácilmente. El retrato de su personalidad, elegante pero no muy pomposo.
Pero por alguna razón, ahora se siente inseguro, pensando si no hará demasiado el ridículo con eso puesto.
Y el nudo de la corbata vuelve a quedarle desastroso.
-Castle –se da la vuelta, desesperado, señalando su problema con un leve movimiento de cabeza-. Dios mío, se supone que es ella la que tiene que llegar tarde. A este paso pensará que la has dejado plantada.
-Es esta mierda, no soy capaz de ponérmelo bien –se resigna, exasperado, dejándose el complemento alrededor del cuello, apoyándose cansado sobre la superficie reflectante-. Si lo llego a saber, no me levanto.
-Castle, que quedan tres horas y todavía tenemos que… –Esposito entra en su habitación, mirando su reloj. Castle sabe que va a apurado de tiempo, pero no es para que se lo estén recordando una y otra vez, como si no lo supieran-. Tío, ¿aún no te has puesto la corbata?
-Oye, ¿qué tal si dejáis de acosarme y de recordarme constantemente lo tardísimo que voy a llegar? Porque no ayudáis.
Castle les da la espalda, volviendo a su ardua tarea de intentar ponerse la corbata de manera aceptable. Pero no se ve capaz. Le sudan las manos, el pulso le tiembla y tiene tantas cosas en las que pensar que al mismo tiempo no es capaz de concentrarse en ninguna. Se pasa el dorso de la mano por su frente, frenéticamente, limpiándose el incipiente sudor. Está por creer que dios tiene algún plan para contrarrestar la felicidad de lo que se supone que es uno de los mejores días de su vida. Y es replanteárselo por un momento y enfadarse aún más.
-Richard –vuelve a suspirar, soltando el lazo, dando una vuelta sobre sí mismo con los brazos cruzados, apretando sus labios. Su madre también ha entrado en el dormitorio, y a pesar de que es espacioso se le va quedando pequeño por momentos, aumentando su nerviosismo-. Oh, ¿problemas con la corbata?
-Ayúdame, anda. Yo me rindo.
-Nosotros te esperamos en el coche. No os enrolléis mucho, la gente ya habrá empezado a llegar –pide Esposito, dejando la habitación junto con su compañero. Cuando oye la puerta de su casa cerrarse, siente que se relaja un poco más.
Se acerca a su madre, de frente, dejando que le arregle el nudo. La mira a la cara durante un segundo y aprecia cómo sus ojos empiezan a lagrimear. La mira extrañado, casi riéndose, mientras Martha acaba de arreglarle el nudo. Se gira lo justo y necesario para comprobar que su corbata está bien, y por fin tiene el impecable nudo Windsor alrededor de su cuello. Resopla aliviado, y antes de buscar su americana y bajar para irse de allí, limpia suavemente las pocas lágrimas que discurren por las mejillas de su madre.
-Venga, mamá. Con lo guapa que te has puesto y vas a dejar que esto te estropee el maquillaje.
-Perdón, pero es que estas cosas siempre consiguen sacar mi parte más sensible.
-Es la tercera vez –le resta importancia, sonriendo.
-Pero es la primera vez que te veo así –la sonríe, con ternura mientras inquiere con la mirada-. Sí, no pareces contento. Pero al mismo tiempo, pareces el hombre más feliz del mundo. Y no te vi así con Meredith o Gina.
-Y lo soy. Créeme, ahora mismo me siento como el hombre más feliz del mundo. Es solo que… –se muerde el labio, dubitativo. Martha lo mira, expectante, abriendo la boca- tengo miedo, ¿sabes? Es como si lo de subir al altar fuera una maldición –suspira, agachando su cabeza-. Lo de Meredith no salió bien. Lo de Gina, tampoco. ¿Quién dice que con Kate no pasará lo mismo? Y–
-Richard, para –interrumpe, levantando su mano derecha sobre su cara-. Eso nunca lo vas a saber.
-Y cuando lo sepa, ya será demasiado tarde.
-O puede que no. Puede que a la tercera vaya la vencida. Hijo mío, si Beckett se va a casar conmigo es porque de verdad está enamorada de ti. Porque quiere pasar el resto de sus días con tu compañía. Ella ya sabe lo que hay. Sabe cómo han acabado las otras dos. Pero ahí está, y espera a que tú también lo estés.
-¿Y si resulta que no la hago feliz?
Martha le sonríe, con dulzura, y Castle no puede evitar dirigirle la misma mirada. Siente los labios de su madre dejar un suave beso sobre su mejilla, que le reconforta. La rodea la cintura para atraerla hacia él y sumirse en un abrazo. Sabe que hay cosas que nunca cambian, y ese tipo de contacto materno-filial siempre conseguirá hacerle sentir un poco mejor. Un poco más relajado. Más seguro.
-Ya lo haces, Richard. Y lo sabes.
Él afianza el abrazo, y percibe como sus ojos empiezan a llenarse de lágrimas- Gracias, mamá.
Las dos horas de trayecto se le hicieron eternas, y agradeció mucho en ese momento que condujera Ryan. No estaba en pos de manejar un coche y menos en ese frenético estado de nervios.
Cuando por fin vislumbró la playa a los lejos, y cómo se iba a acercando su casa a medida que iban recorriendo los Hamptons, se sintió levemente relajado. Pero era acordarse de lo que estaba por llegar y notaba otra vez ese nudo en el estómago, esas ganas de salir corriendo. La corbata no le apretaba, para nada, pero creía que se iba a ahogar con ella en cualquier momento.
Y ahora, ahí está. Andando hacia el altar, a paso lento pero seguro. Miraba de reojo de vez en cuando a su madre, que sigue sonriéndole como hizo en todo el trayecto. Dándole fuerzas. Y él se crece, y a pesar de ser un cúmulo de emociones y nervios, tiene la confianza suficiente para asegurarse de que puede con todo. Puede con eso.
Y está dispuesto a asentir sin apenas estremecerse cuando el alcalde Weldon le pregunte si está dispuesto a pasar el resto de su vida con la mujer a la que ama. Y cuando lo haga, mirará al cielo orgulloso.
Los bancos van a juego con las flores que los decoran. Elegantes, blancos, pero discretos de acuerdo a la propia boda. En el altar se alzaba un arco, del mismo color. Con una hiedra sencilla, bonita, también recubierta con flores de todo tipo que se ajusten al color indicado. No es la boda del año, ni por la decoración, la fiesta o los invitados. Pero a él le basta y le sobra.
Se detienen en el altar, bajo el arco, y su madre se sienta en el banco antes de sonreírle y susurrarle casi inaudiblemente "ánimo, mi niño". Alexis está al lado de ella, y le guiña un ojo, mirándole con alegría. Está guapísima con ese vestido azul satén, piensa. Y ver a su madre y a su hija dándole apoyos en una constante comunicación visual le basta para mantenerse firme hasta que llegue el momento tan deseado.
Pero cuando por fin oye a los músicos entonando la marcha nupcial, siente cómo su corazón sufre el riesgo de salir disparado hacia algún sitio. Empieza a respirar agitadamente, temblando, odia esa capacidad para ponerse a sudar a la mínima de cambio. Traga saliva duramente, dándose la vuelta con lentitud. No quiere romper ese momento mágico.
Y por fin la ve.
A Castle le cuesta bastante no dejar que su mandíbula se desencaje. Beckett es una mujer demasiado atractiva y siempre lo ha sabido. Pero con ese vestido ha alcanzado un nuevo nivel de belleza. Parece una diosa. Contiene la respiración, fijándose en los pequeños detalles. El vestido es de palabra de honor, blanco completamente, en raso. Tiene unos motivos plateados en forma de hilera de flores que asciende por su costado izquierdo. Y lleva el pelo suelto, como a él le gusta. El sol se refleja en su cabello, haciéndolo brillar aun más y Rick se siente el hombre más afortunado del mundo.
Se acerca agarrando del brazo a su padre. A Castle se le cae la baba cuando ve esa estampa, porque parece tímida cuando lo mira, pero también segura. Aprovecha para mirar a Jim, que le dedica una sonrisa, suave. Parece orgulloso, y eso también le sirve para tomárselo con más calma. Cuando le deja en el altar, enfrente de Rick, se sienta al lado de Martha.
Y cuando el escritor la vuelve a mirar, a los ojos, con esa expresión de felicidad incontenible que transmite, puede jurar que se siente sobrevolando el cielo. Suspira, agradeciendo el que no haya visto hasta ese momento su vestido. Para ellos eso de seguir las tradiciones es una tontería, pero querían hacer de eso algo especial.
Y la sorpresa ha merecido mucho la pena.
-Estás preciosa –murmura, y ella le sonríe.
Robert carraspea, y ambos dirigen su atención hacia él. Cuando este les sonríe, con confianza, agradece a Beckett la idea de que sea algo íntimo, pero eso también lo hace lo suficiente informal para que se sientan cómodos. Y que les case uno de los mejores amigos del escritor es, desde luego, un honor para ambos. Sobre todo cuando es el alcalde de su ciudad. Es como elevarse a un nuevo nivel.
-Richard Edgar Castle y Katherine Houghton Beckett, ¿venís a contraer matrimonio sin ser coaccionados, libre y voluntariamente?
-Sí, venimos libremente –responden al unísono.
Responden de forma autómata a todas las formalidades propias de una ceremonia civil. Castle no puede evitar dejar de sonreír de esa manera, como si fuera un niño. Ya le empiezan a doler las mejillas, y cuando mira a Beckett de reojo sabe que ella también.
Robert no tardas en pronunciar las palabras mágicas:
-Así pues, ya que queréis contraer matrimonio, unid vuestras manos y manifestad vuestro consentimiento –obedecen, el calor de la mano de su novia extendiéndose por la palma de su mano le embarga-. Katherine, ¿quieres y aceptas contraer matrimonio con Richard, aquí presente junto a ti, de acuerdo con la legalidad vigente?
Beckett lanza una fugaz mirada a Castle, atenuando su sonrisa, para luego mirar al alcalde y responder un firme y claro-: Siempre.
Castle se sobrecoge al oír la propia versión de aceptación del matrimonio de la detective. Se muerde el labio inferior, le cuesta reprimir un sollozo. Suspira levemente, preparándose ahora para su turno.
-Richard, ¿quieres y aceptas como mujer y esposa a Katherine, aquí presente junto a ti, de acuerdo con la legalidad vigente?
Y de la misma manera, casi imitándola, agarra su mano con fuerza y contesta con un "siempre" que suena a juramento, resaltado y solemne.
Después de proceder al intercambio de alianzas y arras, se siente más poderoso que nunca, porque ya es factible. Ahí están, dándose la mano, puede sentir el anillo de la detective sobre su mano, y es una sensación demasiado maravillosa como para poder ser descrita. Puede que solo sea una especie de protocolo judicial, unas firmas sobre unos papeles. Pero a Castle siempre le han hecho demasiada ilusión este tipo de cosas. Y ahora, enfrente de todo el mundo, lo suyo ya es tangible. Ya son prácticamente una familia.
Cuando el alcalde les declara unidos, dándole su debido permiso, Castle toma la barbilla de su mujer con suavidad, dejando un corto, suave beso sobre sus labios. Y cree que de un momento para otro va a empezar a llorar. Su madre tenía razón, no es la primera vez. Pero con Beckett todo parece nuevo. Y siente que nunca antes se ha casado.
-Señora Castle –murmura Kate, sobre sus labios-. Me cuesta asimilarlo, ¿sabes?
-¿Y sabes que es lo mejor? –se separan, lentamente, dispuestos a dar por finalizada la ceremonia- Que tenemos toda una vida para recordarnos que esto es de verdad.
Muchas gracias por leer y comentarrr! 3 Nos vemos mañana! :D
