Luego de tomar sus pertenencias así como los enseres adquiridos para el castillo y de enviar una nota vía lechuza a una persona que sabía que le debía unos cuántos favores, Draco desapareció de la vieja mansión. Quería ir cuanto antes donde Hermione, pero para llegar allí y como una especie de despiste, acostumbraba ir primero al Londres mágico, luego se escabullía entre las construcciones del Callejón Diagon, para finalmente desaparecer con rumbo al Castillo de los Cristales del Silencio.
Tenía hambre pero por sobre las ganas de comer, estaba el deseo de ver nuevamente a Hermione. Así que, como tenía libertad para ingresar al castillo con solo aparecerse, lo hizo directamente en la habitación que compartía con ella. Al llegar la vio dormida sobre una silla mecedora frente a la ventana. En su regazo reposaba una hoja de papel con algo escrito de su puño y letra.
Una especie de calor le subió por las piernas hasta situarse en su pecho. Ternura, eso sintió al verla así: recostada en la silla y durmiendo cansada. Debió haber tenido un día duro en el castillo. Sabía que las labores, a pesar de ser manejadas con magia, de todas formas cansaban, a eso había que sumar el quehacer del hospital pues era evidente el gran movimiento que allí había, considerando también los heridos de Tintagel que aún se encontraban internados.
Se acercó despacio y tomó la nota, al leerla notó que Hermione había memorizado la profecía y que de seguro la escribió para ir analizando palabra por palabra.
La hija del príncipe, amante oscura y fiel a su madre, ocupará el lugar de la segunda para ser primera, recuperando la fuerza fallida de su amo. Temed Orden, magos y muggles. La apartada vuelve, con todas sus fortalezas: bella como un ángel, calculadora como una hiena y venenosa cual serpiente, llega a ocupar el lugar que le corresponde. Su debilidad será su dividido corazón.
—Imagino que ya la habías escuchado antes —preguntó Hermione, poniéndose de pie y desperezándose de su pequeña siesta. Draco dejó el papel en la mesa cercana y la tomó de la cintura.
—Sí, un par de veces —sonrió mirándola a los ojos. Ellos bellos ojos con que había estado soñando.
—La apartada regresa con todas sus fortalezas… ¿A quién se referirá?
—No sé si esté en lo correcto con lo que ahora estoy imaginando… Además, si eso me lo hubieras preguntado hace unos días no tendría idea, en cambio ahora… Ven, tengo que contarte algo…
Hermione tomó la mano de Draco y se dejó guiar. Él se acostó en la cama y ella a su lado, en el cuenco de sus brazos. Para él era importante que ella se enterara de la existencia de Melina, de lo extraño de su llegada y de todas sus dudas. Pero en cuanto a lo tratado en la reunión con el Ministro sobre su supuesta boda con la menor de las Greengrass y quien ahora tenía una relación con Ronald Weasley, eso aún no se lo iba a decir. Sentía que aquello era demasiado cruel contárselo en ese momento, sabiendo que lo esperaba con ansias y que él lo único que quería era volver estar en con ella en el lugar que mejor se complementaban: su cama.
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Al otro día y a eso de las cuatro de la tarde, cuando los pocos rayos solares habían logrado disolver las nubes, Hermione había salido al huerto del castillo acompañada de uno de los elfos llamado Wilwa, tan encorvado y arrugado, como los que había visto antes, de ojos saltones, orejas largas y muy instruido en los menesteres del castillo.
Había estado toda la mañana ayudando a Narcisa en temas del hospital, luego que Draco se despidiera de ella temprano, indicando que en la noche quería tener una reunión con los miembros de La Orden pues había algo importante que debían saber. De seguro era un tema delicado ya que ni a ella se lo quiso confidenciar. Era curiosa (mucho para su gusto) pero conocía bien a Draco y sabía que sus motivos tendría para querer tratar ese asunto durante la reunión de la noche y no antes.
Luego de entregar los insumos adquiridos en el Paseo Coronation Walk de Edimburgo a su madre, Draco había enviado una lechuza a Theodore Nott para que se encargara de reunirlos a todos en el Castillo de los Cristales a eso de las ocho de la noche. Mientras tanto él debía realizar algunos trámites. Dentro de ellos se encontraba la solicitud que Hermione le había hecho durante la noche: buscar la forma de cómo legar sus ahorros a Harry para que este a su vez los pudiera entregar para la mantención del castillo o del hospital.
Hermione esperaba que a Draco le fuera bien con sus contactos, mientras tanto ocuparía su mente y su tiempo en seguir ayudando en las labores domésticas que tanta falta le hacía a ese lugar. Sonrió de buena gana al ver que con su magia, el elfo comenzaba a sacar las patatas que estaban aún en la tierra, lo hacía de a una por una. Hermione no quiso interferir, no quería resultar altanera al pedirle que hiciera un mayor esfuerzo y que sacara varias a la vez, así que se acuclilló y comenzó a sacar las más grandes, limpiarlas un poco con sus manos para luego depositarlas en la canasta que el elfo había dejado en el suelo.
Añoraba su varita, esperaba que en algún momento Draco se la trajera o pudiera hacerse de otra. Esa mañana Narcisa se había enterado de la falta de su implemento de bruja y le había prometido también encontrar la forma de conseguir una si Draco no lograba recuperar la de ella.
En ese momento sintió una fría gota caer en su frente e instintivamente sus ojos miraron el cielo cuyas nubes otra vez amenazaban y se disponían a soltar una nueva lluvia, pero luego sus ojos giraron hacia aquella ventana de cortinas oscuras en una de las torres del castillo y vio nuevamente esa figura casi familiar que se movía detrás de la tela para luego ocultarse. Esta vez no se quedaría con la duda, debía saber de quién se trataba.
—Wilva, ¿sabes quién es esa persona que vive en aquella torre? —preguntó no dando mucha importancia para no resultar ser indiscreta.
—Sí, ama Hermione. Wilva sabe quién vive allí, pero Wilva no está autorizado para decir el nombre de quien mora en la Torre Verde.
—¿Torre Verde? ¿Así se llama?
—Sí, esa es la Torre Verde, por la planta trepadora que tiene a sus pies y que la cubre completamente; y esta otra —apuntó a la torre contraria—… se llama Torre Florida, por las flores del suelo que están a este lado y que la adornan.
—Y supongo que torre trasera frente a la pileta se llama Torre Pileta.
—No, esa se llama Torre Trasera.
Hermione rió y echó otra patata en la canasta y se puso de pie, limpiando sus manos en el costado del jeans. Ya lo tenía decidido, ella no se iba a quedar con la duda.
—Voy a hacer un par de cosas, Wilva. Más tarde te sigo ayudando, ¿sí?
—Como quiera señorita Hermione. Wilva irá dentro de media hora por la acequia a ver si puede cosechar los espárragos silvestres que allí se dan. Le recomiendo no acompañarme porque va a llover, además siempre es peligroso adentrarse en el bosque… es engañoso, nunca vaya sola.
—Me gustaría acompañarte de todas formas. Créeme, tengo experiencia en bosques prohibidos.
—La esperaré entonces en el vestíbulo dentro de media hora. Si no llega, me tendré que ir porque la tormenta se avecina, y el ama Black quiere que preparemos una sopa de espárragos para la joven de sala de alto cuidado del hospital —Hermione supuso de inmediato que se trataba de Pansy Parkinson.
—Muy bien, si no llego dentro de media hora, te vas sin mí y prometo no seguirte —Wilva asintió satisfecho.
Hermione se despidió del elfo y salió del huerto, acercándose a una canilla de agua que estaba adosada a una de las paredes de piedra del castillo y lavó sus manos. Luego se encaminó hasta esa torre. Debía saber quién estaba allá arriba. Aquella figura era inconfundible pero hasta donde sabía ese hombre había muerto… a no ser que… y otra vez la profecía retumbaba en su mente, solo que ahora la iba recitando como una extraña letanía que no lograba comprender.
—La hija del príncipe, amante oscura y fiel a su madre, ocupará el…
Salió por un pasillo lateral hasta pasar por una puerta que daba a la recepción del castillo, ahí se desvió hasta la Torre Verde. Debía evitar que alguien la viera. Si tan sigilosamente tenían guardado ese secreto, por algo debía ser, pero ella odiaba verdades a medias. Si le habían contado la realidad de ese castillo y su origen, la finalidad de cada uno de los cristales y del hospital, ¿por qué no le habían dicho quién vivía en esa torre? Aunque si lo pensaba bien, era posible que esa persona no quisiera darse a conocer o tal vez, estuviese cansado de estar escondido…
Ingresó a la torre en cuya primera planta solo había una sala pequeña vacía y una escalera de madera que subía interminablemente unos siete pisos. Comenzó a avanzar sintiendo cómo los tablones viejos y resecos rechinaban en sus pies. Al cabo de unos minutos y luego he haber usado los descansos para tomar aliento, prosiguió su marcha hasta encontrarse frente a una amplia puerta de también madera vetusta.
Golpeó pero nadie contestó.
—Profesor Snape, abra por favor. Soy Hermione Granger. Sé que es usted.
Al cabo de unos cuantos segundos, que parecieron eternos, Hermione escuchó el crujir de la cerradura abriendo la puerta. Las bisagras oxidadas rechinaron cuando dejó ver que adentro se encontraba una habitación alumbrada con algunas velas, pese a que era de día, la luz solar mezquinamente se colaba por la ventana debido a las gruesas y oscuras cortinas que se arrastraban hasta el piso.
En el fondo de la habitación y de pie frente a la ventana, tal como ella lo había visto desde los pisos inferiores, estaba él. Casi igual como lo recordaba desde el día de su muerte… o supuesta muerte, considerando que lo tenía a solo un par de metros. No la miraba, sus ojos estaban fijos en el paisaje que reposaba frente al castillo, el río y el bosque. En su mano tenía su varita, de seguro la había utilizado segundos atrás para abrir la puerta. Aunque con el poder que tenía ese hombre, era posible que con solo pensar en los conjuros éstos le resultaran iguales o mejor que con varita.
Vestía de negro pero sin túnica, camisa de cuello alto y chaleco de lana; su cabello liso y graso, de color azabache en corte melena, más descuidado de lo que recordaba, pero rasurado. Quizá su piel cetrina ayudaba a esconder las nuevas arrugas que con los años hubiesen aparecido, pero por lo demás, era el mismo de siempre. La miró un par de segundos y luego giró hacia la ventana. Hermione pudo notar la curvatura de su nariz, tal como la veía cuando estaba en clases y con sus manos cruzadas hacia la espalda, parecía que ni respiraba por lo estático de su postura.
—Usted dirá. Imagino que querrá saberlo todo. Como siempre queriendo sobresalir del resto de sus amigos, ¿no?
A pesar de la casi insolente forma de recibirla, el hecho de volver a escuchar esa voz, para Hermione era motivo de alegría. Sin embargo, los tiempos, la vida, la situación cambiaba. Ella ya no era esa colegiala ingenua que se dejaba intimidar por el temido profesor de pociones. Él ya no era su profesor, ni ella su alumna, el escenario era distinto y al parecer Severus Snape aún no lo asimilaba.
—Debo decirle que me alegra verlo con vida —agregó la muchacha dando unos pasos en la habitación y, tal como lo acababa de decidir, no estaba dispuesta a recibir menosprecios y palabras hirientes de ese hombre que antes aterraba con solo la mirada—. Los tiempos cambian, señor Snape. Es un gusto verlo con vida, sin embargo, no estamos en el colegio, yo no soy su alumna, ni usted mi profesor, así que si me va a hablar, le agradezco que sea en otro tono.
—¡Vaya, vaya! Las ínfulas del señor Potter también las tiene usted, parece que el tiempo para ustedes dos no ha corrido… siguen siendo los mismos vanidosos de siempre, buenos para meterse en problemas.
—Es un don digno de imitar, ¿no cree?
Severus la miró sin comprender, ¿quién era esa mujer insolente que le respondía sin una pizca de miedo o respeto, dejándolo a él sin palabras?
—Señorita Granger, creo que usted y yo tenemos algo en común.
—¿Sí? ¿Usted cree?
—A ambos nos dan por muertos.
Hermione arqueó una ceja y se cruzó de brazos. ¿Qué tanto sabría Snape sobre su llegada al castillo? ¿Tendría él relación con su recuperación luego de haber ingerido el TTX?
—¿Qué sabe usted de lo que he tenido que pasar? —Snape no contestó a pesar de los segundos que Hermione esperó por su respuesta—. Bueno, si está aquí silencioso y rodeado de todo esto —apuntó a las estanterías que contenían frascos, pociones y algunos paquetes extraños que podría suponer era algún tipo de plantas mágicas, agregó—: Además yo no vine a hablar de mí, ni a contarle mis penas. Vine a cerciorarme de que mis ojos no me habían engañado y de que efectivamente usted se muestra por esa ventana con la única intención de ser visto.
Severus la miró directamente a los ojos. Esa chica sí que tenía valor para enfrentarlo y para hablarle casi en el mismo tono pedante que él tantas veces utilizó. ¿Por qué había dicho eso? ¿Era acaso que la sabelotodo Granger ahora sabía legeremancia? ¿Cómo no la advirtió antes en su mente? O, ¿era tan predecible que su actuar lo había descubierto?
—No es lo que imagina, además no tengo por qué dar explicaciones a una niña como usted. Yo no me he querido enterar de lo que le ocurrió, pero sí veo interés en usted por saber por qué estoy vivo y por qué no estoy siendo alimento de gusanos, ¿no es así?
— Yo no quisiera enterarme, si usted no quiere contarlo. Al fin y al cabo creo que no es a mí a quien deba dar explicaciones. No las necesito. Me basta con saber que está vivo, que el veneno y las heridas que esa serpiente le propinó no lo mataron y que por lo menos una persona de las que creímos muertas en la guerra, siga viva.
Severus guardó silencio unos segundos y luego avanzó un par de pasos hacia Hermione, quien sintió una especie de hielo en el estómago y un temblor suave se apoderaba de su cuerpo. Pero era inteligente y sabía dominarse. Esos tiempos de intimidación habían quedado en el pasado.
—Dígame, señorita Granger, ¿qué pretende usted y Potter viniendo hasta aquí? Supongo que él le fue con el cuento apenas me vio.
—¿Harry? ¿Harry sabe que usted…?
—Lo supo hace unos días. Su amigo ha aprendido a ser muy suspicaz sin su ayuda, señorita Granger.
—Siempre lo ha sido y también es una persona en la que puede confiar. Él no me ha dicho nada, fui yo quién lo vio a usted desde abajo.
—Y su curiosidad fue mayor… imagino que ahora irá corriendo y se lo dirá a medio mundo —agregó Snape mirándola de frente, pero ella no realizó ninguna expresión.
En verdad que aquella mujer que tenía en frente no guardaba nada de niña. Hubiese deseado sonreír y decirle que era un agrado volver a hablarle, tanto a ella como a Potter, pero no se lo permitiría. Debía reconocer que el tiempo de encierro ya lo estaba cansando y que consideraba que era hora de tomar un poco de luz solar, de pasearse por el descuidado jardín del castillo, de ir a la orilla del río que estaba cerca y de caminar por el hermoso bosque mágico que circundaba el lugar.
—¿Tiene té? —preguntó Hermione desviando la conversación con el objeto de calmar la tensión. Snape solo apuntó con un movimiento de cabeza hacia un rincón de la oscura habitación en donde se encontraba una vieja tetera que echaba vapor.
Hermione buscó las tazas y luego el azucarero. Tras ella, el antiguo profesor la miraba extrañado.
—Debería usar su varita, señorita Granger. Se ahorraría tiempo.
—No la tengo, me la arrebataron unos mortífagos.
—Quizá eso tenga solución.
Hermione lo miró sin entender mientras ponía las dos tazas de té sobre la mesa de mantel oscuro. Sabía que si Snape no la había echado de la habitación ni se había negado al té, era posible que sostuviera una buena charla con el que hasta entonces creyó muerto.
Analizar juntos la profecía, luego de saber sobre su recuperación, serían los temas principales…
