¡Hola!
Gracias a Marice Nieve y Wissh por sus reviews.
XXV
Silencio
o—o
James se rinde justo cuando vuelve a ser consciente de todo.
Su regreso a la realidad no es agradable. Tiene un extraño sabor a menta en la boca, y además sabe el motivo. Tom le ha permitido escuchar el hilo de sus pensamientos. Y lo que se ha bebido hará que la Voz recupere su cuerpo. Y él… él…
Él se merece lo que quiera que vaya a ocurrirle. Si no fuese tan débil no habría pasado nada de esto.
Sin embargo, a los pocos segundos de beber la poción, esos pensamientos se ven interrumpidos.
James no sabe cómo describirlo. No tiene la menor idea de si existe algo mínimamente comparable a ese dolor agonizante; es como si fuese magma y no sangre lo que corre por sus venas. Todo su interior arde, tanto que no da lugar para ninguna otra sensación. El mundo de James ha quedado reducido a un sufrimiento tan intenso que el joven tiene la impresión de que ni la muerte lo ayudaría a librarse de él.
No se da cuenta de que suelta el vaso ni de que cae al suelo. No se percata de las violentas sacudidas de sus extremidades ni de los pasos que se acercan a él. Tampoco advierte que apenas puede respirar. Es vagamente consciente de que tiene los ojos abiertos, todo lo que ve es una blancura que lo asfixia más que la falta de oxígeno. La voz temblorosa que lo llama es como un telón de fondo, imperceptible en mitad de su agonía.
Sólo cuando nota el contacto de algo frío en los labios logra volver a razonar. La Voz, piensa. Necesita que beba eso.
Con las pocas fuerzas que tiene, gira la cabeza para evitar que el líquido caiga en su boca. Su espalda se arquea y algo cruje, pero James no siente dolor, al menos no por eso.
—James, no fastidies, no te puedes morir ahora. Me van a echar la culpa y… Va, bébetelo. Tú has dicho que es el antídoto de esa cosa. Por favor…
James vuelve a apartar el rostro de la poción.
Hazle caso, le recomienda Tom. Cuando te lo bebas, parará.
El joven trata de gritar. La Voz no ha alzado el volumen, pero de alguna forma es como si multiplicase por diez el malestar que le hace sentir. Cállate, intenta decir. Tom ríe y el blanco se vuelve más blanco y algo más cruje en el interior de James.
—Que pare—no son esas palabras lo que brota de sus labios. De hecho, ni siquiera son palabras lo que el joven articula. Pero es lo que más desea. Cierra los ojos y luego los abre, y descubre un rostro difuso sobre él—. Haz que pare—ruega, y esta vez se entiende lo que dice.
—Tú has dicho que esto…—empieza el borrón que hay sobre él.
—No. No quiero eso. Volverá—musita James.
Pero Elijah no lo entiende. James no puede culparlo; él no sabe nada. Trata de respirar hondo, suponiendo que el aire fresco aliviará el infierno que es su interior, pero lo único que consigue es que sus extremidades dejen de sacudirse y se limiten a temblar violentamente. Tom se ríe de él de nuevo, más fuerte, más doloroso. Sabe que está ganando.
Y entonces James comprende cuál es la única solución.
Descubre el vaso roto a su derecha. Escucha a Elijah decir algo, pero no le presta atención. A Tom tampoco le hace caso, pese a que grita más que nunca. La Voz intenta hacerse con el control de su cuerpo y resistirse provoca más dolor a James. Pero no le importa. Ya está sufriendo más de lo que creía ser capaz de soportar y ha dejado de engañarse: la única forma de librarse de todo es mediante ese pedazo de cristal con los bordes afilados.
Alarga la mano lentamente hacia el vidrio. Elijah sigue diciéndole algo, probablemente tratando de convencerlo de que beba lo que él cree que es un antídoto. Los dedos de James se cierran en torno al trozo de vaso con fuerza; y sin dudar, a diferencia de todo lo que ha hecho en los últimos meses, dirige el pedazo de vidrio a su cuello.
El objeto no llega a tocar su piel. Confundido, James busca el motivo, y descubre una mano agarrando con fuerza su muñeca. El joven alza la mirada hacia el rostro que hay sobre él, y su visión se aclara momentáneamente, mostrando la expresión de Elijah, una mezcla entre confusión, tristeza y enfado.
—Ni se te ocurra—sisea.
—Necesito que pare—replica James. El dolor engulle la firmeza de su voz.
Bebe la poción, ordena Tom. Dejará de dolerte, te lo aseguro.
No quiero que recuperes tu cuerpo. No quiero ayudarte.
Ya me has ayudado, James Potter. ¿Qué diferencia hay si lo haces una vez más?
Prefiero morirme.
Y lo harás. Si no me ayudas, morirás con toda seguridad; ya te estás muriendo. Si colaboras, puede que sea capaz de hacer algo por ti.
Una lágrima tan ardiente como la agonía que lo quema por dentro recorre la mejilla de James.
Sin embargo, el joven se da cuenta de que ya no tiene la mano inmovilizada.
Una extraña felicidad lo invade. Elijah lo ha soltado. Le da igual el motivo. No le importa que alguien más haya aparecido en el borde del claro, ni tampoco lo que quiera que Elijah esté intentando explicar con la voz entrecortada. Lo único importante es que ahora no hay nada que le impida librarse de la Voz de una vez por todas.
Escucha un grito ahogado y una maldición, pero ya es demasiado tarde. El dolor abandona a James al ritmo al que la sangre mana de su cuello, tan ardiente como si realmente fuese lava. Y al mismo tiempo, la conciencia se va. El bosque, Elijah y las otras personas desaparecen, y la voz furiosa de Tom deja de sonar en su mente.
Lo último que James percibe es el más absoluto silencio.
Es agradable.
