Los muñecos la inquietaron, claro está… También había uno o dos de Sho-taaa-rooo, con marcas de alfilerazos —cortesía de la pequeña Takarada—, pero casi ni les prestó atención. No, al ver tanto muñeco de Ren (y en lo más variados atavíos y desatavíos), más bien le preocupaba el grado de obsesión enamorada para con su novio. ¿Habría sido ella una de esas idiotas babeantes? ¿Se habría anulado a sí misma una vez más por amor? ¿Habría sido la misma estúpida de siempre?
Sinceramente lo dudaba… No había más que mirarlo a los ojos para verlo. El idiota babeante —perdón por la expresión— definitivamente era él. ¿Es que siempre la había mirado así? Tan dulce e intensamente a la vez…
Bueno, al menos ese muñeco taaan realista —bola de algodón incluida— le confirma que ella sí conoce íntimamente a su novio…
Al menos, hasta cierto punto…
Ah, pero —y he aquí su verdadero dilema— ¿cuán íntimamente?
Evidentemente, Kyoko se sentía una pervertida tan solo por atrever a preguntarse eso.
