::::::::Ángeles y Demonios ::::::::

Capítulo 26

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Sora continuaba practicando los malabarismos, había logrado mantener el ritmo con tres pelotas pesadas. Ahora debía hacerlo sobre un trapecio.

A las cuatro de la mañana, se levantó y se encaminó al gimnasio de prácticas número 2. Donde habían colocado trapecios y una red de seguridad.

Realizó la revisión rutinaria de los dispositivos y emprendió su nuevo reto. Cayó varias veces sobre la red y fue golpeada por las pelotas, en otras, quedó colgando sin ellas.

―¡Ya casi! ―Exclamó exhausta.

―¿Por qué no pruebas haciendo un giro? ―consultó Mijail, se hallaba de pie en la entrada del gimnasio. Se encontraba realizando una ronda matutina, cuando vio al ángel de Kaleido.

―¡Entrenador, buenos días! ―exclamó nerviosa. Había sido pillada fuera de su hora de práctica.

―Sólo por hoy te lo dejaré pasar, Naegino ―advirtió severo―, ahora, realiza lo que te pedí ―continuó en un tono más indulgente.

―Está bien ―dijo preocupada. Debía armarse de valor.

Terminó en la red más veces de las que cuando empezó, y encima, era golpeada por las pelotas que pesaban kilo y medio con saña.

La fría mirada del entrenador no desmotivó a Sora. Ella siguió con su práctica, el sudor empezó a cubrirla por el esfuerzo, y aunque sus miembros se quejaban por un buen descanso o un baño caliente, Sara sabía que necesitaba conseguirlo.

Continuó tratando de lanzar las pelotas y alcanzarlas con las manos, tras dar un frenético giro. Intentó con las manos, los pies, combinando ambos, y sólo caía a la malla.

Hasta que se le ocurrió coordinar pies y manos con las pelotas y el trapecio.

León pasó por ahí de camino a la salida para correr, sólo la observó con ojo crítico.

«¿Entrenando?», pensó para sí. Se retiró en silencio, sin ser notado por el ángel.

A las seis de la mañana, Sora estaba de cara sobre la red de seguridad. Logró repetir la curiosa rutina nueve de diez intentos.

―Bien hecho, Ángel de Kaleido ―la felicitó Mijail―. Continúa así.

― Gracias entrenador ―murmuró desfalleciendo.

Con una risotada, Mijail dio el silbatazo de formación general.

El acróbata ruso llegó como un rayo al gimnasio, su pecho subía y bajaba con fuerza, algunas gotitas de sudor cubrían su frente y pecho.

―¿Qué hacías Sora? ―exigió Álvaro, su ceño fruncido decía mucho de su estado actual de humor―. Te indiqué que descansaras ―gruñó.

Sora sonrió nerviosa saliendo de la red.

―Lo siento, Álvaro ―se disculpó―, he logrado realizar una técnica con las pelotas y el trapecio.

Álvaro la observaba enfadado.

―¡Ustedes dos! ―gritó Mijaíl―, será mejor que se apuren, tengo hambre ―exclamó en advertencia.

―Lo sentimos, entrenador ―se disculpó Sora por ambos.

―Que yo no me arrepiento ―gruñó Álvaro. Empezando a caminar hacia el punto de encuentro junto a Sora.

§

La sesión de prácticas continuó con tranquilidad para todos. Hasta que Sora empezó el entrenamiento en el trapecio junto al acróbata ruso.

Ella brincó con una graciosa pirueta hacia Álvaro, sin embargo, pasó de largo cogiendo otro trapecio.

―Sora, tienes que tomar mi mano ―reclamó Álvaro. Su angustia se notaba en sus ojos.

Sora lo veía impotente soltándose hacia la red de seguridad.

―Lo siento... ―murmuró, casi para sí misma.

―Ha realizado la acrobacia muy bien, pero sola ―empezó a reportar Ken a Kalos―, hasta que empezaron a practicar en pareja ―dijo, su ceño fruncido por la incredulidad.

Kalos no dijo nada, siguió su camino para ver al resto.

―¡Sora! ―masculló Álvaro frustrado. Cuando ella volvió a fallar.

―¡Lo siento! ―exclamó Sora, colgaba desde otro trapecio. Observándolo con mirada trémula.

―¿No confías en mí? ―reclamó el ruso, desde el trapecio central.

Sora no supo responder, ella simplemente no lo sabía en esos momentos.

«Yo lo hago...pero mis manos... actúan solas», pensó ella desesperada. Sentía que había perdido la voz, agravando la situación.

¡Por Dios! ―chillaron algunos trapecistas al notar lo que sucedía con los ángeles.

―Terminó la práctica ―murmuró Álvaro dejando el lugar. No haría una escena pomposa en esos momentos.

Los murmullos se hicieron patentes. Hasta que un silbatazo los contuvo.

― Que yo sepa, no es la hora de descanso ―recalcó Mijaíl con fría furia a todo el elenco.

Sora se sentía fatal, sus dedos temblaban de sólo pensar en sujetar las manos de alguien en el aire. Las palmas le sudaban los dedos temblaban y solo una imagen se repetía una y otra vez en su mente.

―No... siento...Lo siento...

La única imagen que circulaba por su mente era la de unas manos lanzándola al vacío.

§

León se enteró del chisme del momento en el almuerzo.

No le hizo gracia convertirse en parte de la comidilla.

―Es culpa de León Oswald ―cuchicheó alguien al pasar por el desolado lugar del nombrado.

―Corruptor de ángeles ―ladró la acompañante de la trapecista con despecho.

No era necesario que León levantara la mirada para notar sus muecas de asco. Tampoco es como si a él le importara. Siguió comiendo en metódico silencio luchando contra sus propios demonios internos.

«Ella se lo buscó», se dijo a sí mismo.

Ni Sora ni Álvaro habían acudido al comedor a comer aquel día.

§

Àlvaro se columpiaba en un trapecio en metódico silencio, reflexionando. Sora había comenzado a actuar extraño, su escueto rechazo y notoria desconfianza, hacían peligrar su futuro como el mejor dúo de acróbatas del mundo.

«La estoy perdiendo», pensó preocupado.

No le había importado mucho que Sora quisiera practicar por su parte, lo que le había alterado era que ella fuera a cometer la idiotez de volver con León Oswald si lo veía en su actual estado.

― Ese infeliz es capaz de aprovecharse ―murmuró para sí, con el ceño fruncido.

No había tenido permitido golpearlo antes, pero estaba a punto de hacerlo ahora. Su mera presencia perturbaba a su ángel. Sora podría verlo en esa situación miserable y perdonarlo. Ella tenía un corazón puro.

«Ella perderá las alas», aquel pensamiento lo paralizó.

Su firme convicción lo impulsó hacia la malla de seguridad antes de salir en busca de su preciado ángel.

Corrió por las instalaciones buscándola, paso a paso su corazón latía con más fuerza, su pecho comprimida sus pulmones por el esfuerzo que realizaba.

Álvaro no pudo evitar sentir que se estaba dejando llevar por el pánico. Entró a cada lugar en el que podría estar Sora, el gimnasio, los vestidores, los escenarios de prácticas, los exteriores.

― ¿Qué diablos te hiciste ahora?―casi rugió al encontrarla en el último lugar que pensó, la enfermería.

Sora era revisada por el médico de la sede, un joven latino de ojos negros y piel canela, había estado palpando su muñeca derecha cuando el ruso ingresó como un forajido.

― Solo he sentido unas molestias y quise descartar una lesión, Álvaro ―se excusó Sora muy nerviosa.

El médico observaba con ojo crítico la escena―. Si no le importa, me gustaría continuar con el chequeo.

― Claro ―susurró Álvaro sentándose en un rincón.

Sora se mantuvo en incómodo silencio, mientras el médico continuaba, no dudó en realizarle una radiografía en la muñeca.

Transcurrieron casi veinte minutos cuando el médico habló por fin.

― Todo parece perfecto, te recomendaré una sesión de reforzamiento para la muñeca y tus tendones ―aconsejó escribiendo en una libreta―, solo ten cuidado cuando realices prácticas con pesas en el trapecio―finalizó.

― Muchas gracias doctor Manuel ―exclamó Sora algo más animada. Ella no tenía una recaída por la caída como había supuesto.

Al salir de la enfermería tuvo que enfrentar otro problema.

― Si tienes un problema, dímelo ―rezongó Álvaro―, no solo somos pareja en el escenario ―recalcó el ruso.

Sora lo miró con sus ojitos perdidos, demasiadas cosas revoloteaban por su mente y no tenía una guía confiable. Estaba infectando una herida que debería haber cicatrizado.

§

León trotaba en el gimnasio, el sudor cubría su estilizado cuerpo por completo. Cada zancada era metódica como su concentración, tenía una meta en mente: salir de Kaleido y no volver a mirar atrás.

Recordar a su hermana y soñar con su muerte había sido la dosis perfecta para sacarlo del agujero en el que se había metido, no iba a malgastar su tiempo en alguien tan inmaduro e imprevisible como Sora Naegino.

― Si tienes algo qué decir, puedes hacerlo ―exclamó sin girar el rostro.

Mijaíl lo observaba desde el marco de la puerta de ingreso al gimnasio. Su sonrisa de póker no le gustaba al parisino.

― ¿No estarás perturbando a mis ángeles a propósito? ―cuestionó con sincera curiosidad.

― ¿Y perder mi tiempo? ―respondió León, iniciando un suave trote para finalizar su rutina.

―Mañana comenzará el entrenamiento con los ángeles. ―Aquella noticia provocó que León casi tropezara en la faja.

― Ming aún no ha terminado con su sesión ―refutó retomando su actividad.

Su respuesta provocó que Mijaíl mostrara los dientes, eran tan blancos como la nieve―. ¿Qué no lo escuchaste? ―increpó divertido―. Ming partió esta mañana. Él ya terminó lo suyo y la sexy danza tribal ha sido perfeccionada.

― No lo había notado ―murmuró León entrando en la cuenta: Había actuado como un autómata y ahora volvería al trapecio con Sora. Y lo peor, no podía evitar sentir algo oscuro resurgiendo desde su interior, no podía evitar sentirlo.