((Hoy es el día en el que tendría que terminar el fanfic. Aun me quedan cuatro capítulos que no se si seré capaz de escribir a tiempo. Los exámenes y la universidad están matándome, y los días de falta de inspiración por problemas personales han hecho mella. Pero voy a esforzarme y a intentarlo, porque al fin y al cabo es un reto que me propuse principalmente a mi misma. A los pocos que me seguís, seguramente hoy sea un día de sprint para terminarlo a tiempo. ))
Vriska Serket y la decisión
Estaba nerviosa. Más nerviosa de lo que debería estar dado que estaba en su casa (Su maldita casa, joder) y lo único que iba a pasar era que su único amigo iba a ir hasta allí.
Argh.
Después del entierro de su madre se había tomado la libertad de tener tiempo para ella, de desconectar del mundo y pensar con calma. Organizarse, ver en qué punto estaba e intentar decidir qué hacer con su vida. Realmente lo que había pasado no tenía por qué cambiar absolutamente nada en cuanto a su rutina, ya que al fin y al cabo lo único que tenía que hacer era dejar de ir hasta la ciudad tan regularmente al no tener nadie de quien preocuparse.
Pero no era tan sencillo. Cuidar de su madre y estar pendiente de ella era algo que se había acostumbrado a hacer a lo largo de los años, y cambiar su rutina (aquella rutina estúpida que cumplía una vez a la semana como mucho) de repente le costaba un esfuerzo tremendo. Y no solo eso, si no que con el tiempo y la dependencia la mujer había dejado obviamente de trabajar, comía de la caridad y además de los porros y las rallas también se la estaban comiendo las deudas. Deudas que ahora estaban pendientes y que seguramente se las cobrarían a ella. Ella, que no tenía ni para terminar de pagar el entierro de su madre.
Se quitó las gafas para apretarse un poco los ojos y despejarse. No, no era hora de pensar en el dinero otra vez o solo conseguiría amargarse. No había pasado casi una semana aislada del mundo para volver al punto de retorno. Había avanzado, había tomado todas las decisiones que tenía que tomar, y ahora solo le quedaba empezar a ponerlas en práctica. Iba a seguir adelante sin importar lo que se le viniese en el camino, como siempre había hecho, como siempre haría.
Miró el reloj del teléfono. Quedaba media hora para que Eridan apareciese por allí, aunque conociéndole llegaría quince o veinte minutos antes de lo previsto. Dio un último paseo por la casa para comprobar que estaba ligeramente presentable: además de despejar la mente y para ayudar a mantenerse ocupada, Vriska había limpiado en profundidad lo que había sido su casa durante años, rebuscando en cada esquina y llenando toneladas de bolsas de basura de mierda inútil. Le dolió en cada parte de su ser las cuatro o cinco veces que llegó a encontrar jeringuillas tras los muebles, bajo el colchón, en la cocina, las veces que encontraba cucharas quemadas, las veces que encontraba aunque fuese un trozo de papel de fumar. Era como sentir su esencia, como verla allí tirada en el suelo de nuevo con la mirada perdida y los pómulos marcados, desnutrida, casi inconsciente y aun así balbuceando palabras inteligibles con aquella voz consumida y rasposa. Su voz había sido suave y aguda, en otra época, en otros años, cuando le cantaba antes de irse a dormir y la reñía cuando hacía alguna cosa mal. Cuando aun la quería como hija.
Suspiró. Llevaba días pensando en ello, con mucha melancolía pero sin derramar una sola lágrima, sin saber si era un recuerdo feliz o si era un recuerdo triste. Y ya no merecía la pena pensar más en ello.
A pesar de su esfuerzo, por desgracia, la casa seguía hecha un desastre. La humedad se había comido los muros, la pintura estaba desgarrada y no quedaba más señal de los muebles que un par de mesitas y las marcas en el suelo. Había tenido que tirarlo casi todo porque la carcoma había acabado con más de la mitad del mobiliario, pero al menos ahora se podía caminar por el suelo sin sentir náuseas cada vez que se ponía un pie en él. Se podía utilizar el baño y la cocina, y hasta había conseguido una pequeña cama vieja que aunque sonaba mucho por los muelles era apropiada para pasar alguna que otra noche. Se quedarían con aquella propiedad por culpa de las deudas, estaba segura, pero al menos quería disfrutarla un par de días más.
Volvió a mirar el reloj, sorprendida de que el chico no estuviese allí todavía. Era casi la hora, y no acostumbraba a ser puntual. Siempre llegaba antes.
Un par de minutos después escuchó unos golpes en la puerta. Por fin. Se acercó con el corazón bombeándole a más velocidad de la normal al saber que ya estaba allí. Había llegado el momento de aclarar las cosas y contarle cómo se sentía en realidad. Suspiró de nuevo antes de abrir, encontrándose en la puerta a un Eridan con el ceño fruncido y su ropa habitual de hipster refinado. La prenda violeta del día era una rebeca abierta sobre una camiseta color crema. Le costó no reírse de sus pintas, como siempre.
-Este sitio es jodidamente difícil de encontrar, Vris -empezó a farfullar, indignado-. Quiero decir, en serio, este tipo de callejones son imposibles de recordar, ¿cómo coño no te pierdes cuando vas por aquí? Es todo igual.
Se hizo camino y entró directamente en la casa con confianza. Vriska le siguió con la mirada quedándose quieta unos instantes antes de cerrar y ponerse a su lado. "Cálmate" se dijo a si misma.
-Siento que tengas el sentido de la orientación en el culo -contestó-. ¿No tienes un teléfono que parece un ordenador de estos modernos y puede llevarte hasta aquí?
-La tecnología no quita el hecho de que este sitio sea un desastre a nivel arquitectónico. Quien hiciese estas calles estaría hasta arriba de... -cortó la frase en el último momento, dándose cuenta de que iba a decir algo poco apropiado para el lugar y la situación.
Vriska, sin embargo, sonrió y terminó la frase.
-Hasta arriba de droga, si. Pero no fui yo quien lo hizo, así que deja de quejarte como un niño pequeño, idiota.
Él le replicó con un soplido de irritación, pero poco a poco fue relajándose hasta quedarse con la mirada perdida en la casa, observando en silencio las esquinas ennegrecidas, los pocos muebles viejos que quedaban, la pintura arrancada y en general el estado decrépito de la casa. Mientras tanto, ella no le quitaba el ojo de encima. Sabía que era una gilipollez ponerse sentimental por aquello, pero no podía evitar sentirse conmocionada por tenerle allí, por haber llevado a alguien de "fuera" de su vida normal hasta su pasado. Y no solo a alguien, a un cualquiera. Le había llevado a él.
En aquellos días de tranquilidad y tiempo para ella se había dado cuenta de que Eridan significaba más en su vida de lo que habría podido esperar, que se había convertido en una pieza que estaría clavada dentro de ella durante el resto de sus días. La había hecho cambiar, la había hecho pensar, la había hecho disfrutar y la había hecho enfadar y reír e incluso la había hecho llorar. Y eso en ella, orgullosa y altiva y soberbia por encima de todos los demás, era algo sorprendente. El muy imbécil había conseguido calarla, seguirle el juego y entrar dentro de ella hasta quedarse allí. Y por eso era tan difícil decirle ahora lo que tenía que decirle.
-Esta es la casa en la que crecí -comentó-. Bueno, al menos la casa en la que crecí cuando mi madre empezó a drogarse. Antes teníamos otra mucho... -buscó la palabra adecuada sin éxito- ...mejor, supongo, aunque no la recuerdo muy bien. Como puedes ver esta destrozada. Y eso que llevo días limpiando y ordenando y arreglándolo todo, así que imagina cómo estaría antes.
El chico no dijo palabra, escuchándola y observando. Seguramente estaría imaginando cómo sería vivir en aquellas ruinas que una vez fueron un hogar. Dejaría aquello a su propio criterio, porque al fin y al cabo no le había llevado allí para enseñarle la casa simplemente. Volvió a soltar todo el aire de golpe. Tenía que hacerlo.
-Vamos a la habitación. No tengo nada para sentarnos que no sea la cama y no quiero pasarme el rato de pie -Si, tenerle sentado cuando se lo dijese parecía la mejor opción.
Caminaron hasta la habitación y Eridan se quitó el bolso de encima, mirando a su alrededor buscando un lugar "limpio" para dejarlo. En vano, por supuesto. Al final se resignó y lo dejó en la esquina de la cama, junto a él.
Vriska le miró de reojo. Parecía expectante pero tranquilo. Era obvio que le había llamado allí por un motivo concreto, y estaba esperando que se lo dijese. Pero no tenía prisa, no la presionaba, no decía una palabra. Le dejaba su espacio y su tiempo y ella lo agradecía tantísimo que casi -CASI- tuvo ganas de abrazarle por ello.
Estaba nerviosa, tan nerviosa que el corazón le golpeaba el pecho con una fuerza que no había sentido más que cuando había corrido delante de un policía para escapar. El aire le llegaba a ratos a los pulmones, así que suspiraba más de lo que debía. El silencio entre ellos empezaba a volverse incómodo.
-¿Estas bien? -le preguntó él.
Se le hizo un nudo en el estómago. ¿Por qué le estaba costando tanto? No era algo tan inesperado, no era algo que no se viese venir. Por muy libre que fuese ella era una persona bastante predecible, y con los últimos acontecimientos creía que estaba bien clara la situación en la que se encontraba, en todos los sentidos. No iba a ser una novedad, no iba a ser una sorpresa. Eridan tenía que vérselo venir.
-Tengo una cosa que decirte -consiguió soltar por fin. Ya estaba empezado, ya estaba obligada a continuar.
Él giró ligeramente su cuerpo para orientarse más hacia ella, dándole a entender que la escuchaba. Otro suspiro. "Vamos" se dijo a si misma "Suéltalo y ya esta". No tenía que pasar nada. No tenía que haber mayor problema.
Tragó saliva y cogió aire. Los latidos de su corazón le martilleaban en el pecho. Tenía la boca seca. Era el momento.
Adelante.
-Voy a irme de la ciudad.
