Noches de fiesta
La rutina de la academia llegó a convertirse en algo aceptable para Bones, incluso las cenas que solía mantener con Jim cuando sus horarios coincidían, cómo sucedía esa noche. El rubio, habiendo llegado antes, había preparado la comida de la que acababan de dar buena cuenta.
–No te preocupes por recoger, ya me encargo yo– se ofreció Leonard.
–Pues entonces me voy. He quedado para ir a tomar unas copas con los del club de lucha.
–No sabía que asistieses a sus clases.
–Y no lo hago, pero dicen que su entrenadora es todo un primor– rió Jim.
–Venga, pásalo bien– dijo Bones–. Pero procura no regresar con la cara abierta.
–Gracias mamá Bones.
Resoplando, el médico vio cómo su amigo cogía su cazadora y, tarareando, dejaba la habitación.
Pronto se convirtió en algo habitual ver a Jim salir después de cenar para llegar al cuarto antes del amanecer, momento en el que se dejaba caer en su cama incluso con la ropa puesta. Cómo era lógico la falta de descanso hacía que despertar a Jim fuese un auténtico reto para Bones que acababa cada mañana dedicándole al joven una sarta de improperios y advertencias acerca de que él no era ninguna niñera de mocosos juerguistas. La única reacción de Jim era algún que otro farfullo y una sonrisa antes de levantarse para arrastrarse, casi literalmente, hasta los edificios de las clases.
Fue tres semanas después de la cena cuando Bones se dio cuenta de que algo en la conducta de Jim no encajaba. Si bien el muchacho solía salir de fiesta, sus días de asueto se centraban en los fines de semana, ahora era normal verle salir a diario. Además en la ropa de Jim no había olor alguno a alcohol, y el joven no mostraba signos de resaca al despertar. Todo indicaba que el cadete parecía enzarzado en algún lío de faldas, algo que hizo sonreír a Bones que caminaba de regreso a los dormitorios tras un turno nocturno. Estaba a punto de entrar en el último camino antes de los dormitorios cuando vio a Jim. Su primer impulso fue darle una voz para llamar su atención, pero no lo hizo y se quedó observándole: Jim avanzaba envuelto en sus ropas de abrigo, de su boca salía el vaho propio de las cuatro y media de la madrugada, pero lo que llamó la atención del médico fue una bolsa que pendía del hombro del muchacho pues conocía el logo de la misma, una empresa de limpiezas de oficinas.
Los pasos del médico se detuvieron en seco obviando el frío a su alrededor. ¿Acaso estaba Jim acudiendo a la empresa de limpieza? De pronto algo pareció conectarse en su cabeza y Bones comprendió que aquello podía ser el motivo por el cual Jim no insistía en que le acompañase cada noche.
Decidió hacer tiempo antes de entrar en su propio cuarto, algo que hizo casi veinte minutos después de Jim. Dentro de la habitación las luces eran tenues, pero Bones pudo ver cómo Jim había caído de nuevo rendido sobre su cama y cómo no había rastro alguno de la bolsa.
A la noche siguiente Jim volvió a excusarse tras la cena, pero esta vez Bones le siguió con cautela dispuesto a descubrir que se traía entre manos su compañero. La persecución llevó al médico al centro de San francisco, a una zona llena de altos edificios dedicados a oficinas. Jim entró en uno de ellos. Buscando un rincón resguardado en la calle desde donde pudiese observar sin llamar la atención, Bones se quedó contemplando los ventanales. No tardó en ver a Jim, ahora con un uniforme, ir de un lado a otro con una fregona limpiando el suelo y recogiendo las papeleras. Ya no había duda, Jim estaba trabajando allí.
Con su descubrimiento, Bones regresó a la habitación y trató de conciliar el sueño.
Al día siguiente, y tras arrojar a Jim fuera de su cama, Bones no pudo sacarse las imágenes de su amigo. Si el muchacho estaba en necesidad de dinero, ¿por qué no se lo había dicho? El gasto que Jim hacía en el cuarto era pequeño, el podía hacerse cargo, incluso podía ayudarle con sus gastos personales, su asignación cómo médico era más que generosa y podía hacer frente a todos los gastos de ambos. El médico maldijo mentalmente pues él estaba dispuesto a ayudarle con tal de aliviar sus cargas. Era imposible que el muchacho pudiese seguir con ese ritmo durante mucho más tiempo antes de romperse.
Decidido a acabar con esa situación, Bones se conciencio para, esa noche, dejarle las cosas claras a Jim y reprenderle por su falta de cabeza.
Tras su turno en el hospital, Bones fue hacia el dormitorio dispuesto a aclarar las cosas con Jim. Su sorpresa fue mayúscula cuando al llegar al cuarto la mesa ya estaba dispuesta para la cena y Jim sentado.
–¡Hola Bones! Espero que tengas hambre, hoy he hecho tu plato favorito.
–¿Estofado con ensalada?– preguntó el hombre dejando su bolsa en la cama y colgando su chaqueta.
–Casi: pizza de atún y pizza de bacon– rió Jim destapando las dos bandejas de la mesa–. No sé me da muy bien cocinar y no quería arriesgarme a estropear la cena. Así que hice algo que estoy casi seguro no puedo corromper. Venga, venga, siéntate
La ansiedad de Jim era palpable y Bones enarcó una ceja mientras se sentaba frente al muchacho que ya había colocado dos trozos de pizza en su plato.
–Gracias– dijo probando la pizza y comprobando cómo su sabor era más que aceptable–. Están muy buenas.
–¡Excelente!
–¿Tú no comes?– inquirió el médico viendo cómo Jim seguía sus movimientos con una brillante mirada.
–Sí, pero antes…– rebuscó algo en el suelo antes de dejar una caja frente a Bones–. ¡Felicidades!
El médico no pudo disimular su consternación ante la caja, envuelta en un brillante papel verde y con un gran lazo rojo. Repasó sus interacciones con Jim y trató de encontrar alguna en la cual el muchacho hubiera podido ver su fecha de nacimiento, justo ese día, veintinueve años atrás.
–¿Cómo…?
–Vamos Bones, no subestimes mis fuentes– rió Jim–. Ábrelo, venga, venga, venga.
La insistencia de Jim hizo que Bones dejase a un lado todas sus preguntas y se centrase en la caja. Deshizo con cuidado el lazo y desprendió el papel para encontrarse con una caja metálica muy elegante que destapó. El objeto en el interior hizo que Bones abriese la boca y contuviese el aliento.
–No puede ser– musitó Bones.
–¿Te gusta?– preguntó Jim.
Bones tomó con cuidado el regalo: un tricorder de última generación que había visto unos meses atrás en una revista médica. El aparato contaba con scanners para todas las pruebas básicas y para la mayoría de los análisis más complejos. Su exactitud y sus capacidades le convertían en un objeto de deseo para cualquier médico, pero un objeto muy caro. Bones echó cuentas y supo que Jim no tenía tantos créditos cómo para comprar aquel tricorder, ya que sus ingresos, al margen de los que su madre le daba mensualmente, se centraban en un pequeño trabajo que el rubio había conseguido en una tienda de reparaciones electrónicas.
–Es: perfecto Jim. Pero no tenías por qué regalarme nada.
–Tú haces mucho por mi: controlas mis alergias, vigilas mis comidas, tratas de curarme cuando regreso magullado de los entrenamientos o de alguna que otra pelea– dijo Jim ensanchando la sonrisa de su rostro–. Esto no es nada comparado con lo que tú haces.
–Pero es carísimo.
–El dinero se puede ganar con trabajo, la salud sólo con buenos médicos como tú.
Y entonces todo encajó: Las salidas nocturnas de Jim, su puesto en una empresa de limpieza… el muchacho se había estado matando durante un largo mes para comprarle aquel tricorder. Toda la charla que había pensado en darle a su compañero fue sustituida por un nudo de emoción que se instalo en su pecho.
Tomando aire, Bones trató de contener las lágrimas que ya aguaban sus ojos.
–Gracias Jim, muchísimas gracias.
Salvando la distancia entre ambos, Bones abrazó a Jim. Su inesperado gesto sorprendió al rubio que tardó unos segundos en devolverle el gesto.
–No es nada grandullón– dijo finalmente Jim aún con la cabeza en el hombro de su amigo.
Esa misma noche todas las sospechas de Bones quedaron confirmadas cuando Jim anunció que no saldría "de fiesta". Después de recoger los platos, y tras tomar una cerveza de forma relajada en el sofá, Bones se dispuso a acabar un trabajo mientras Jim se dirigía a su cama.
Casi una hora después de sentarse frente a sus apuntes Bones terminó. Se estiró hasta que los huesos de su espalda crujieron y fue a su cama. Al lado, en su propio catre, Jim dormía profundamente, algo extraño teniendo en cuenta el sueño tan ligero del muchacho. Bones supuso que tras un mes de esfuerzos por fin el cuerpo de Jim se había permitido ceder ante el cansancio. Se acercó al muchacho y le arropó con el edredón que estaba enredado a sus pies mientras trataba de comprender cómo era posible que hubiese una persona con tan buen corazón junto a él.
