Disclaimer: Todos los personajes pertenecen a Stephenie Meyer.
TU VENGANZA, MI PENITENCIA.
CAPÍTULO 25
La boda llegó mucho antes de que Bella se sintiese preparada para ello.
En la habitación del pequeño hotel de Forks, Renée la despertó con una enorme taza de café y una aún más grande lista de quehaceres.
La obligó a hundirse en la bañera que acababa de preparar para ella dándole apenas tiempo para dar dos sorbos del líquido oscuro.
—No tenemos mucho tiempo —dijo su madre ayudándola a despojarse de su camisón —pero intenta relajarte tanto como te sea posible.
Renée y Phil llevaba cinco días en el pueblo. Se habían instalado en el hotel de Forks y Renée había obligado a Bella a pasar su última noche de soltera en la suite que habían contratado.
Bella se había negado rotundamente a pasar esa última noche fuera de la cama de su prometido, pero su madre había insistido y su novio, risueño y divertido había considerado aquella como una gran idea.
Por ese motivo, Bella había pasado la noche con sus padres, mientras Edward había sido arrastrado por sus amigos, por los escasos bares de copas que había en la ciudad, para emborracharlo antes de desnudarlo en la plaza principal del pueblo, obligándole a caminar hasta su casa tal como Dios lo había enviado al mundo.
Cuando por fin se había metido en la cama se sentía exhausto, pero no tanto como para evitar llamar a su novia, contarle sus proezas y decirle, una vez más, cuánto la amaba.
Bella había sido despertada por su novio en mitad de la noche y sus palabras habían sido tan incoherentes y a la vez tan dulces y cargadas de ternura que después de cortar la comunicación, le había costado volver a conciliar el sueño.
Cuando su madre la despertó no había dormido lo suficiente por lo que se adormeció rápidamente en cuanto el agua caliente de la bañera la relajó.
Las rodajas de pepino que su madre puso sobre sus ojos sirvieron para aletargarla aún más.
Después de un baño relajante, Renée la obligó a salir de la bañera y la llevó a la habitación para sentarla frente a un suculento desayuno mientras ella se ocupaba de arreglarle las uñas de manos y pies.
Ése fue el último momento de relax del que pudo disfrutar antes de verse sumergida en una vorágine que incluía el peinado, maquillaje y por fin, la puesta del vestido.
No pudo evitar que sus ojos se inundaran de lágrimas en cuanto se miró al espejo.
—Estás preciosa —susurró su madre a sus espaldas con los ojos tan anegados como los de ella misma.
Había comprado el vestido solo dos semanas antes en Portland.
No había sido sencillo, pero había encontrado el vestido de sus sueños y no había tenido que pagar por él una fortuna.
Con un exquisito escote corazón realzaba su figura haciendo ver sus pechos delicados y femeninos.
El vestido se ajustaba a lo largo de su talle para abrirse en una amplia falda a partir de sus caderas.
No era un vestido exuberante ni llamativo, pero a ella la hacía ver como una princesa.
En sus manos un pequeño arreglo de tres tulipanes azules que aún no sabía cómo había conseguido su madre.
—Y vas a casarte nada menos que con Edward Cullen —Renée sonrió detrás de ella con regocijo.
—Llevo amándole mi vida entera —dijo en voz muy baja, por temor a romper el hechizo que había invadido la habitación.
—Y seguirás amándole el resto de tu vida —susurró su madre en su oído estrechándola entre sus brazos.
Dos suaves golpes en la puerta les interrumpieron. Al otro lado de ella, Phil Dwyer, quien había sido un segundo padre para Bella, la observó con orgullo y regocijo antes de entrar a la habitación.
—Estás preciosa, Bella —dijo con cariño —Y tu prometido está bastante ansioso esperando junto a su pequeño padrino —explicó el hombre enterneciendo a la novia y a su madre, al pensar en el pequeño Ty enfundado en el traje de boda igual al de su padre.
—Pues no les hagamos esperar —instó Renée guiándoles hacia la puerta de la habitación.
Edward esperaba a Bella de pie junto a su hijo.
Bella se emocionó al verles. Los dos hombres de su vida, vestidos idénticamente en sus trajes de color gris oscuro con sendas corbatas grises.
Ambos con sus cabellos rebeldes perfectamente peinados y con sus zapatos relucientes.
Aunque la emocionada inmovilidad de Edward contrastaba con la nerviosa presencia de Tyler, quien se esforzaba por mantenerse quieto junto a su padre, aunque su impaciencia infantil le incitara a moverse y correr.
La emoción de Bella se vio reflejada en el rostro de su prometido en cuanto éste fijó su mirada en ella, enfundada en su delicioso vestido de novia.
Y fue la radiante sonrisa que le dedicó, la que casi hizo correr a Bella hasta sus brazos.
Agradeció en ese momento la firmeza de Phil, que la mantuvo a paso acompasado dirigiéndose a su novio.
Fue una ceremonia corta y pequeña. No más de una veintena de invitados, testigos del momento que ambos habían esperado y soñado durante más tiempo del que estaban dispuestos a admitir.
Pero cuando sus votos fueron verbalizados y sus promesas hechas, las pocas personas que les acompañaban quedaron relegadas y en el recinto no hubo lugar para nada más que ellos y su amor.
En el pequeño salón de fiestas del hotel hubo un pequeño convite, para compartir con sus más allegados un discreto brindis con champagne y pastel de bodas.
Edward se había sentido frustrado por no haber podido ofrecerle a su mujer el viaje de novios que se merecía, pero no estaba dispuesto a aceptar que fuese ella quien lo pagase, así que se conformó con prometerle que la llevaría a un viaje inolvidable en cuando recibiera su título y éste comenzara a darle frutos.
Bella no se había sentido ni remotamente desilusionada, como él esperaba que hiciera, pero aceptó de buen grado la propuesta de su flamante marido.
Sin embargo, ambos estuvieron encantados con la oferta de sus padres, de pasar juntos ese primer fin de semana de casados, disfrutando de una suite en el pequeño hotel de Forks.
Edward, con su esposa en brazos, cruzó la puerta de la habitación.
—Aquí estamos por fin —murmuró en cuanto la dejó sobre sus pies.
—Al fin —aceptó ella asiéndose a sus manos para bajarse de sus tacones —Estos zapatos nuevos me estaban matando.
—Aunque eran increíblemente calientes —ronroneó su marido bajando su boca hacia su oreja para bajar por su cuello y dar un sugerente mordisco en su clavícula.
—Podría calzármelos nuevamente —sugirió sintiéndose repentinamente excitada.
—Tendría que volver a quitártelos…
Edward llevó sus manos a la espalda del vestido de Bella, y comenzó a desabotonarlo a tientas mientras su boca dejaba suaves mordisquitos y besos por la columna de su cuello y hombros.
Las manos de Bella se dirigieron a las solapas de su americana y la deslizó por los fuertes hombros para dejarla caer sobre la moqueta de la habitación.
—Me gusta mucho la idea de pasar esta noche solos tú y yo.
—Y a mí. Nunca pensé que pudiera ansiar tanto la noche de bodas… ya sabes… no es como si nunca hubiéramos hecho el amor… pero hoy… no sé… se siente diferente —reconoció ella mientras sus dedos deshacían el nudo de la corbata.
—Entiendo lo que sientes. Hoy se siente un poco más real, correcto, definitivo…
—Sí —aceptó sonriendo —Esta noche se siente definitivo.
—Y por eso voy a meterte en esa cama y no voy a dejarte salir de allí hasta que vengan a echarnos el lunes por la mañana —amenazó Edward deslizando finalmente el vestido abierto por el cuerpo de la chica hasta dejarlo arrugado a sus pies.
Bella se separó de él y le dedicó una sonrisa seductora a la vez que caminaba de espaldas hacia la puerta que separaba el baño de la habitación.
—¿De verdad? —dijo intrigante —¿En la cama…? Porque yo tenía grandes planes para esta bañera —murmuró al abrir la puerta y dejar a la vista de su marido la amplia bañera que dominaba la estancia.
Edward se carcajeó divertido y caminó hacia ella con decisión mientras se deshacía de su ropa.
—¿Pues quién soy yo para decepcionar a una chica? —gruñó cuando llegó hasta ella y la estrechó entre sus brazos.
Mientras con una mano abría los grifos de la tina, con su otro brazo mantenía a su mujer pegada a él.
Sus labios recorrían ansiosos el rostro y cuello de la joven cuando sus manos volvieron a ella para despojarla de su ropa interior.
Se desnudaron con vehemencia y se sumergieron bajo el agua cálida.
Hicieron el amor con frenesí, para volver a amarse luego con tierna lentitud.
Cuando el agua perdió su tibieza, Edward envolvió a su mujer en las mullidas toallas y la llevó a la habitación.
La tumbó sobre la cama y se tendió sobre su cuerpo, para clavarse en su interior y hacerle el amor con arrojo.
No cumplió su promesa de no salir de la cama, pero podría decirse que solamente extendió un poco los límites, ya que no salieron de la habitación hasta la mañana del lunes.
Durante esas cuarenta y ocho horas se amaron de todas las formas imaginables y en todos los lugares impensables.
Jugaron con la comida y Edward disfrutó del burbujeante sabor del champagne mezclado con el almizclado gusto del sexo de su mujer.
Bella paladeó la dulzura del chocolate líquido, bañando el cuerpo desnudo y sudoroso de su marido.
Y juntos se alimentaron, compartiendo las suaves ostras y las exquisitas fresas que Renée había elegido para ellos.
Para cuando el lunes llegó, no se sentían saciados, pero finalmente habían comprendido que nunca lo estarían.
De cualquier forma, saber que a partir de entonces compartirían su vida entera y que el futuro les deparaba años de felicidad y mutua compañía, les permitió volver a casa sintiéndose infinitamente optimistas.
Tyler les recibió encantado y entre los tres fundaron las bases de su nueva familia.
Ese verano resultó ser el mejor verano de sus vidas.
Edward, Bella y Tyler, conformaron una familia envidiable.
A la felicidad de tener a su lado a una mujer increíble, Edward debía agregar la inmensa dicha que sentía al ver a su hijo.
Tyler, aprendió en unas pocas semanas lo que significaba tener una madre y resultó ser, maravilloso.
Por las mañanas, en cuanto Edward se marchaba al taller, Tyler corría a la cama de sus padres y remoloneaba con Bella hasta que se levantaban ya avanzada la mañana.
A finales de julio, en cuanto el nuevo empleado del taller comenzó a trabajar, Edward se pasaba largas horas explicándole los pequeños detalles del trabajo.
Garrett Pace, recién casado con Kate LaBow, acababa de trasladarse a Forks desde Joyce, donde había trabajado durante años en el taller mecánico de su tío.
Luego de solamente un día de trabajo, Edward suspiró satisfecho ante la seguridad de que el taller estaría en perfectas manos, en cuanto él se trasladara a Portland.
No estaba en sus planes volver al taller, cuando al finalizar el año que preveía le llevaría hacerse con su título de Analista financiero, regresara a casa, pero en ese tiempo, saber que el taller le reportaba los ingresos necesarios para él y su familia, le daba tranquilidad.
No cabían ya dudas de que los planes de Bella, eran más que factibles y que, aunque no sin esfuerzo y, seguramente con muchos días y noches de añoranza, en poco más de un año, la vida de los Cullen Swan cambiaría radicalmente.
Y para mejor.
Finalmente, cuando el último viernes de agosto llegó, la familia Cullen se dirigió a Portland, con la mudanza de Edward.
A través de Craiglist, había encontrado un pequeño estudio de alquiler a un precio bastante económico.
Una habitación de solo quince metros cuadrados, con un diminuto baño, en el que era menester cerrar concienzudamente la puerta al ducharse para que el agua no inundara la habitación.
Los dos metros que formaban la cocina contaban con una nevera de poco más de dos pies, un pequeño horno microondas y un calentador de agua.
Como sorpresa, Bella le regaló una cafetera eléctrica, que Edward estrenó nada más llegar.
Las pocas pertenencias que llevó consigo, lograron abarrotar el pequeño armario, pero no le preocupó.
Ese viernes y, para cumplir el deseo de Tyler, pasaron la noche en Portland.
Edward estiró el sofá cama, y los tres durmieron juntos intentando ocupar tan poco lugar como les fuera posible.
Cuando Tyler por fin se durmió, sus padres se tumbaron sobre la alfombra e, intentando mantenerse silenciosos, hicieron el amor entregándose al completo, en un intento de compensar los siguientes días que pasarían separados.
La noche siguiente, solo mantener entre sus brazos la almohada de Edward, sirvió para apaciguar en Bella, la triste sensación de soledad.
En ese mismo momento, a más de cuatrocientos kilómetros de distancia, Edward abrió su primer libro de finanzas, dispuesto a hacer que ese distanciamiento fuese lo más breve posible.
Y por primera vez en mucho tiempo, tuvo la certeza de que todo saldría bien.
Mil disculpas por no haber podido actualizar antes. Las vacaciones, el regreso a la rutina... cuesta ponerse al día.
Pero al fin llegó el nuevo capítulo y con él la esperada boda. Espero que lo disfruten.
Gracias por los reviews, por los alertas y favoritos, y siempre por leer.
Les espero en el grupo de Facebook, Las Sex Tensas de Kiki.
Y en mi perfil encuentran el link del tráiler que Maia Alcyone ha hecho para este fic.
Besitos y nos seguimos leyendo!
