EL AMOR NO ES EGOÍSTA—

Por Zury Himura

Corrección por May


Gracias a Edi y a todos los que estuvieron pendientes de este fic y por preguntar por él. Me alegra saber que es de su interés. Hice dos actualizaciones seguidas, Ceder o Caer ayer y esta. De antemano muchas gracias.

Diclaimer: los personajes no me pertenecen.


Capítulo 26

(Pasado)

Su sonrisa saturada de burla fue acompañada por su mirada irónica, facciones bañadas por las sombras de esa noche. Mientras, sus pies seguían avanzado, salpicándose de sangre fresca, como si tratara del agua tibia para lavar sus pies. La punta de su espada se iba arrastrando a sus espaldas, cortando las pequeñas olas del líquido rojo que se causaban con la moción de sus movimientos.

Su pose era amedrentadora, su espalda recta y un poco ancha formaban el mejor marco que se perpetuaba en las paredes y puertas de papel del edificio. Su barbilla seguía en alto, con orgullo y presunción de lo que sus manos podían hacer y lo que recientemente había mostrado. Lo que le representaba, lo que era, y lo que prometía para un futuro. Sus ambiciones le distinguían de cada individuo que ya estaba tirado en el piso vencido, y era por esa mera razón que era él el que seguía con vida.

Por eso había nacido y para eso existía. Para juzgar a los débiles y separarlos de la supremacía del más fuerte, solo para que las leyes de la naturaleza se pusieran de su lado y él las hiciera respetar por el que osara desafiarlas. Al menos, ese era el fundamento por el que se había esforzado tanto, para dejar su humanidad llena de disturbios y defectos atrás y volverse supremo. Un ser extraordinario en un cuerpo privilegiado y con habilidades fantásticas. Y mismo que prevalecería en cualquier época, pasara lo que pasara.

Las hebras negras de su coleta chocaron contra su espalda tras disminuir su velocidad para encarar a la persona que había ido a visitar. La hoja de su espada se elevó en el aire solo un poco mientras de su superficie seguía resbalando la sangre de sus enemigos, o más bien los que debieron ser sus aliados y que ahora solo mostraban su inferioridad. Al volverse víctimas, al convertirse en parte de su espada y en nada más que una excusa de vida.

—No será divertido si no hay pelea —Así fue como se presentó el espadachín alargando su macabra sonrisa mientras se ponía en pose de ataque—. Demuéstrame que eres el mismo hombre que quiere crear la nueva era y el sujeto orgulloso y poderoso que abandonó a sus subordinados al ser piezas inferiores y una carga. Al solo verlos como meros objetos de deshecho… Si lo haces, me uniré a ti y me olvidaré de mi misión.

El otro hombre dio la media vuelta, ocultando sus manos en las mangas largas de su kimono negro y rehusándose a desempuñar su katana. Sus expresiones seguían serenas, a pesar de tener a su alrededor el escenario de la muerte de más de sus seguidores.

—Nunca me creí superior, no me malinterpretes, Makoto Shishio —explicó el hombre bajando la mirada, recordando lo del incendio y los sacrificios que había hecho por lo que él pensaba era lo correcto. No para un puñado de hombres, sino para toda una nación—. Solo son sacrificios que se tienen que hacer para la creación de una nueva y para que el resto pueda alcanzar una probable felicidad en esta...

Sus palabras fueron interrumpidas y se volvieron en un grito siniestro cuando la espada plateada del visitante le atravesó su hombro, retorciéndose dentro de su carne mientras desgarraba un musculo. Asustado, alzó la mirada tratando de alejarse del arma con sus manos, pero entre más forcejeaba ésta más se enterraba.

—¿Qué haces? —Masculló sujetando la hoja entre ambas de sus palmas para alejarla—. Creí que querías escucharme para unirte a mí.

Shishio se echó a reír mientras recargaba su peso en el mango haciendo que la punta de la espada japonesa saliera del otro lado. —Exacto, esa era mi intención —reveló removiendo algunos mechones de su coleta de su hombro—. Pero en el momento en el que agachaste la mirada ante mí, me diste mi respuesta. No eres digno de ser llamado un líder y por eso no sobrevivirás a la muy amada era que quieres crear… Katzura.

Sonriente y satisfecho por el terror en sus ojos, separó su katana. Cerró su puño y lo plantó contra el rostro de aquel hombre solo para borrarle la expresión.

—No me veas así… no odies al ser al que le diste poder, no después de ser tú mismo el que se humilló al desviar la mirada —Makoto agitó su espada de un sablazo para limpiar la sangre y luego la enfundó, asegurándole que había terminado de herirlo—. Ahora, ven acá —ordenó halándolo del cuello de su gi para sacarlo del edificio.

—Tú… —tartamudeó Kogoro tratando de zafarse del agarre y liberarse—. No tienes la misma mirada que Battousai tenía.

El otro paró, entretenido e interesado por las provocaciones de su nuevo rehén. Quería escuchar sobre su «alma gemela» en el campo de batalla—. ¿A qué te refieres?

—A que tú amas el poder y te diviertes con lo que haces, eres más peligroso aunque eso no significa que tienes más poder de lo que él poseía.

—¿Poseía? Hablas en pasado, amigo…

El Ishinshishi bajó la barbilla mirando al suelo por donde estaba siendo arrastrado, observando patéticamente cómo su atuendo se iba llenando de la sangre de aquellos que llamó sus compañeros. Y hasta entonces, se preguntó mentalmente: Qué había hecho.

—Él murió… —Eso había supuesto por los últimos días, al no ser cazado por el hitokiri ya fuera en forma de venganza o simplemente hallado para contar con sus explicaciones.

—Qué ridículo… —se burló el nuevo sucesor ladeando su rostro solo para observarlo con desdén y desprecio. Odiaba las personas que daban un paso firme y después, cuando no había vuelta atrás comenzaban a tambalear—. No tengo la fortuna de conocerle, pero por lo que escuchado él y yo nos encontramos en el mismo nivel. Si eso es así… creo que estas dándole varios créditos a lo que puede hacer una basura como tú.

Entonces…

La mirada de Kogoro se abrió de par en par. Eso significaba que…

—Battousai Himura sigue vivo y si no lo has visto seguramente está eligiendo el momento adecuado para matarte. O al menos eso haría yo.

Las carcajadas de Shishio interrumpieron su silencio y así, ambos siguieron atravesando los cuerpos esparcidos sin vida para retomar su camino. En su mente el espadachín planeaba encontrar a su segundo blanco, juzgarlo, tratarlo pelear con él y después usarlo. Tal vez en él podría formar un aliado o su mano derecha. Y entonces, si le servía dispondría de él hasta tenerlo de su lado en un futuro. Uno donde solo los fuertes sobrevivirían.

Y si no… no le molestaba hacerlo su enemigo.

II

(Futuro)

Sanosuke llegó corriendo hasta el puesto en donde había dejado a sus amigos, encontrando pedazos de madera y las hierbas medicinales esparcidas en el suelo como si hubieran sido víctimas de un huracán el cual había devastado todo. Ahí, a un lado, estaba la mitad de la espada de bamboo que Yahiko siempre cargaba y el botiquín de la doctora estaba tirado dentro de la fuente de agua por donde se había establecido.

Angustiado, miró hacia un lado tratando de corregir su postura cuando su acompañante llegó al mismo lugar de los hechos. Tras haberle informado, el revolucionario había decidido acompañarlo, solo para estudiar sus movimientos; ya que le había dicho una pieza importante de información que estaba supuesto a utilizar según sus órdenes.

¿Cómo podía deshacerse de él e ir en busca de sus amigos? Tenía que avisarle a Hiko y a Enishi sin levantar sospechas. Pero…

—Tengo que ir a avisar a mi amigo que también vino conmigo hasta este lugar —mintió Sagara ocultando sus manos en las mangas de su gi para ocultar el coraje e impotencia al imaginarse lo que le había ocurrido a Yahiko y Megumi. El lobo era de menos relevancia, bien podía librarse solo.

—¿Quieres hacer eso o avisarle a tus amigos que la mujer espía que estaba aquí desapareció?

El rostro del luchador se volvió blanco y sus pies se movieron instintivamente hasta llegar y sujetarlo del cuello, sin importarle si la gente se detenía a mirarlos o si llamaba la atención de los policías. Enfurecido, lo amenazó apretando los puños en su ropa.

—Lo de la policía, que buscaba a Hajime, era mentira ¿cierto? —Asumió armando las pistas que tenía ante sus ojos.

El hombre hizo alarde su inocencia y su buena actuación encerrando los puños del luchador con los suyos.

—¿Crees que tu grupito de gente patética iba a pasar desapercibida por los ojos de mi jefe? —Exclamó sonriendo de forma burlona—. Todos aquí sabemos de sobra que el único que intentaría parar todo esto era el Battousai y por eso fue investigado antes de que esto comenzara.

—Quieres decir que…

—Sí, Sanosuke Sagara —repitió el hombre zafándose del agarre cuando otros diez llegaron a respaldarlo—. Al que esperábamos era al Battousai pero como no ha llegado con sus amiguitos será más que suficiente.

El luchador sonrió de medio lado deshaciéndose de la capucha que lo cubría. Si ya habían sido descubiertos ya no había motivo para usar esas ridículas ropas que solo lo acaloraban.

—Por mí está bien si me ayudan a calentar mis puños. Sin embargo —pausó afilando su mirada mientras la elevaba—. Quiero que me digan dónde está el niño y la mujer.

—¿Y el lobo? ¿Qué paso con el lobo? —Se burló otro del grupo contrario conmemorando el ataque de hacia un par de horas.

El de la cinta roja en la cabeza asintió enfocándose en el individuo que había sido participe en el ataque, al juzgar por sus palabras.

—Él se puede cuidar solo, yo nada más pregunto por la mujer y el niño.

—El niño está bien… —otra voz a sus espaldas lo sorprendió ya que se había proyectado solo en ese combate.

Lentamente, pero sin perder la vista de sus agresores, miró a Hiko, de brazos cruzados esperando una respuesta. Su rostro parecía serio y sus facciones no parecían darle pistas de lo que estaba pensando o de lo que había ocurrido.

—Hiko…

—Estúpido número tres, no me mires como si se tratara del reencuentro pasional —musitó burlonamente empujándolo hacia un lado al pasar—. Por favor, controla tus hormonas.

La quijada de Sagara se apretó para no pelear enfrente del enemigo. Ahora entendía por qué Kenshin siempre peleaba con él cada vez que lo veía. Ese era el único hombre que podía desequilibrar hasta al mejor luchador, con sus comentarios insípidos, si así se lo proponía.

—¡Oye!

—Parece que el mocoso aprendió muy bien de mi estúpido pupilo —resumió sin mirarle, plantándose en medio de los demás hombres, aun de espaldas y con los brazos cruzados—. Cuando llegué Saitou había tomado su batalla lejos de aquí para distraer a los hombres y darles una oportunidad de escapar, pero el mocoso realizó un movimiento perfecto imitando a Kenshin. Un Ryu Tsui sen, para ser más preciso.

Sanosuke sonrió sorprendido. Eso mismo ya había pasado dos veces y que Hiko lo halagara con su aprobación solo significaba una cosa, y eso era que el niño tenía talento.

—Ese mocoso no tiene talento —aceptó el maestro de la escuela Hitten, esquivando varios golpes mientras se movía de lado a lado—. Sin embargo, tiene potencial para trabajar en lo que se propone. Con su esfuerzo puede superar sus límites y habilidades y eso lo transformara en alguien grande.

—Lo sé —Sanosuke dio varios pasos adelante sintiéndose orgulloso del pequeño. Si Kaoru estuviera ahí, si ella pudiera escuchar lo que Hiko expresaba de su alumno lloraría de felicidad. De eso estaba seguro. Porque también eran sus esfuerzos los que se estaban reconociendo y eso ese el mayor honor para un espadachín.

—Bien, cabeza de pollo —añadió el maestro desenfundando su espada—. Se dejaron secuestrar para obtener la locación a donde los llevarían, Enishi los siguió para avisarnos y terminar con todo esto de una vez. Entonces, ¿por qué no nos apuramos y los alcanzamos?

—¡Idiota! ¡Por qué dices eso en frente de ellos y por qué no me avisaron de este plan! —Le reclamó Sanosuke indignado. Esto no hubiera pasado con los miembros oficiales del Kenshin gumi. ¡No era justo!

—Lo digo porque después de enfrentarse a mí no habrá forma de que puedan ir a contarlo —El maestro siguió ladeando su espada dejando a los hombres inconscientes usando su velocidad divina—. Y sobre ti… ah, solo hubieras arruinado el plan. Necesitábamos una distracción.

—¡¿Qué?! —Gritó enfurecido. ¡¿Cómo le había dejado fuera?!—. Pues seguramente tú fuiste el único que lo propuso, los intimidaste y por eso aceptaron.

—No… —Enfundo su katana y echó algunas hebras de su cabello hacia atrás con presunción—. En realidad fue la doctora la que lo propuso y todos votamos a favor.

¡¿Qué?! ¡¿Qué no se suponía que el papel del más inocente y la carnada del grupo le quedaba más a Yahiko?! ¡Había sido degradado y en su cara, por un niño al que le había cocido los pantalones tan solo semanas atrás!

—Ya vámonos que seguro nos servirás de carnada para otra cosa más.

Sano siguió maldiciéndolo y haciendo pataletas silenciosas. Pero, por otro lado, necesitaban terminar con todo eso de una vez por todas. Para así, traerle paz a la era por la que su amigo había luchado tanto. La defendería con su vida. Aunque Megumi Takani viniera incluida en el paquete. Esa mujer era una traicionera…

Pues ya que…

III

(Pasado)

Misao abrió los ojos lentamente enfocándose en la figura enfrente de ella. Era Aoshi del futuro, sentando y esperando a que ella recuperara la conciencia.

Adolorida, se irguió hasta sentarse, tallándose la cabeza para aliviar un poco el dolor. Parecían de esas punzadas que daban después de una fiesta loca, donde tomabas hasta sacarte las vendas del… era decir, hasta quedarte dormido, sí, eso.

—¿Estás bien? —Preguntó el hombre acercándose un poco para asistirle.

—¿Dónde estamos? —Inquirió ella observando los muebles viejos y la secuencia de maderos en el piso que cambiaban de color, de acuerdo a las restauraciones.

—Alquile un cuarto. Estamos en una posada. —Fue todo lo que Aoshi explicó antes de arrimar un plato de sopa, un vaso con té y un sobrecito con medicina—. Come, tal vez te ayude para que te sientas mejor.

Misao pauso en el intento de coger los palillos. Algo no se sentía correcto, su cuerpo parecía extraño y la debilidad en este no le pasaba por desapercibido. Un cosquilleo en su estómago le aviso sobre sus miedos y sospechas. ¿Estaba embarazada?

Su frente comenzó a sudar y su nerviosismo salió a flote. ¿Cómo podría haber pasado de un día a otro? ¡No era posible, no con una vez! Maldición, como deseaba que otra mujer estuviera ahí con ella en ese momento para preguntarle.

Intuyendo lo que la chica imaginaba, Shinomori dejó su propia taza de té en su mesita y, para tranquilizarla, acarició el tope de su cabeza sacudiendo su cabello.

—No es nada de lo que te imaginas —la calmó—. Ayer de camino acá tuviste fuertes dolores de cabeza y caíste inconsciente al piso—. Aunque no debiste hacer lo que hiciste. —Tuvo que remarcarle, aunque ocultó otros tipos de reproches que quiso reclamarle.

La ninja entendía que tenían que hablar sobre el asunto. Lo malo era que no estaba preparada para hacerle la plática de las flores ya las abejas a Shinomori grande, alguien que seguramente le daba igual o que se llenaría de prejuicios en su contra. Así que tenía que fingir su vergüenza y tragarse los regaños que recibiría solo para no demostrar lo que realmente sentía. Que era felicidad.

—Quisiera pedir perdón pero no me arrepiento.

—Lo sé —concedió él limpiando su bandeja—. Tampoco él.

Bueno, eso sí que la había sorprendido. Pensaba que le diría lo mal que había obrado y el infierno que el otro merecía—. ¿Y usted?

—Yo no estoy muy contento, Misao, las cosas no se hacen así… —Y menos con él quiso decir, pero en realidad si lo pensaba era un argumento un tanto estúpido que ni siquiera se atrevía a hacerlo.

Entonces ¿cómo? Quiso preguntar la mujer. Pero con las cosas que recordó de la noche intima que tuvieron no le quedaba duda de lo que se referia. Sonrojada se remolineó en su lugar. Pero fue el sonido de la taza de Shinomori que la trajo a la realidad.

—Debimos esperar... Pero bueno, ese no es el tema.

¿Debimos?

—¿Esperar a qué? —Estaba confundida. Necesitaba escucharlo. En su mente solo gritaba: ¡habla ahora Shinomori, deja tus pausas y dramatismo para otra ocasión!

—Debemos encontrar a Kamiya y a Himura y decidir entre todos qué es lo que haremos —Tenia un plan y lo mostró, sacando un papel de sus ropas—. Parece que encontré algo de información sobre el ellos.

La mujer de ojos verdes asintió entendiendo que quería evitar hablar más sobre ese asunto en particular. Aunque, le preocupaba saber si la razón era porque ella se había entregado a su otro yo y eso le afectaba o simplemente era porque le daba vergüenza lo que había hecho y no podía enfrentarla. Deseaba saber si eso le removía algo y qué pasaría al respecto. Anhelaba saber si él estaba tan interesado en ella para provocarle celos, duelos a muerte como los tuvo con Himura en el futuro solo por Kaoru o si simplemente la veía como su protegida.

Porque ahí, ante sus ojos, solo estaba un hombre desinteresado con una mirada que no le decía nada más. Y, que solo agrandaba sus dudas en lugar de resolverlas.

Tomó su plato de comida, pero, en seguida, sus dedos se detuvieron al recordar lo que le había pasado la noche anterior, de regreso con el hombre del futuro. Su mirada recorrió lentamente la figura del ex Okashira y se detuvo en sus ojos azules.

—¿Dijo: dolores de cabeza, señor Aoshi...? —Repitió recordando algunos síntomas de los que había hablado con Aoshi joven al contarle la manera de actuar de Kenshin del futuro—. Tan profundos hasta caer inconsciente —añadió dejando los palillos en su plato—. Se trata de…

—Sí —contestó él dejando que sus manos descansaran en su regazo. También estaba preocupado y si no hacían algo las cosas avanzarían en su contra. Por eso había dejado la pelea sobre el encuentro amoroso de Misao aun lado. Porque aunque le dolía en esos momentos era más importante su vida—. 'El que une los tiempos' está a punto de decidir entre ambas versiones de los que viajamos. Por eso pasas esas pruebas de dolor.

—Eso quiere decir que Kenshin y Kaoru…

—Tal vez —susurró acariciándose la barbilla—. Aunque pude recaudar alguna información que confirmó su paradero anoche, al intervenir con las líneas del Okashira de este tiempo, aun no podemos asegurar que ha pasado con las versiones de ellos.

Misao se destapó y se adelantó hasta llegar a su lado.

—¡Tenemos que encontrarlos y decirles lo que está pasando!

—La solución para que regresemos a nuestro tiempo es matar a Kaoru niña… —repitió mirándola para no perder ninguna de sus expresiones—. Pero como explique, esa no es mi intención. Si la niña desaparece el futuro también será alterado de una manera peor. Himura cambiará totalmente y nuestras mentes se reescribirán. Tampoco sabemos si el reloj dejara a la otra Kaoru como la más fuerte.

—Eso es cierto, sin ella…

—Exacto —concedió poniéndose de pie—. Sin ella ninguno de nosotros nos hubiéramos conocido y tú y yo no nos hubiéramos reencontrado.

Misao guardó silencio, meditando en las opciones que tenían y cómo podrían arreglar la situación.

—Tal vez, si dejamos que el reloj elija… —sugirió Misao decidiendo no terminar lo que estaba por salir de su boca.

—Nunca se ha sabido lo que pasa en realidad. La última persona que uso el reloj desapareció en alguna parte del tiempo. Pero si dejamos que el reloj elija, una de nuestras versiones debe estar dispuesta a dejar de ser ella misma para que pueda funcionar. En otras palabras…

Los puños de Misao se tensaron mientras ella se iba poniendo de pie—. Dejar de existir…

—Así es, y la razón por la que quise ir por Kaoru es porque sé lo que Aoshi joven planea… —musitó tomando su gabardina y estirando su mano para que Misao correspondiera—. Tratará de contactarse con el Battousai de esta época. Ya que al parecer Okina le informó que Koaru está protegida por dos personas poderosas, aunque prefirió no saberlo para no alertarme. Ambos irán por la niña, aunque ahora las razones para hacerlo sean totalmente distintas para esos dos.

Ella aceptó el gesto y entrelazó sus dedos pellizcándose secretamente con su otra mano en su pierna solo para confirmar que no se trataba de un sueño, ignorando por un segundo lo demás—. ¿Está seguro, señor Aoshi?

—¿De qué? ¿Sobre mi yo del pasado o sobre sujetarte la mano?

—La mano —susurró sonrojada agachando la mirada. ¡¿Qué demonios le pasaba?! A Aoshi joven se le había entregado sin ningún tapujo y ahora, con tan solo cogerle la mano a este otro parecía desbaratarse.

—Si ya hicimos más que esto… creo tomarnos la mano ya es solo una formalidad —bromeo sonriendo de forma apenas perceptible.

Misao sintió que sus mejillas estaban a punto de explotar, pero entonces lo que el hombre le había confesado sobre el otro Aoshi retumbo en su cabeza nuevamente, para que prestara más atención.

—Espere, ¡¿está diciendo que en este tiempo «usted» es el villano y que Battousai también puede ir a matar a Kaoru niña?!

Asintió halándola tras él—. Tenemos que apresurarnos y encontrar al Battousai de esta época primero o a Kaoru niña.

—¡Entonces, les diremos nuestra hipótesis sobre la elección del reloj!

—Misao... —Se detuvo un segundo mirándola por la esquina del ojo—. No hay control en ese artefacto del tiempo así que cabe la posibilidad de que al llegar a la montaña ya hayamos llegado tarde.

Esa era la opción que Okina les había ocultado y la última que había en ese juego del tiempo. Ahora solo era su decisión y una carrera contra el mismo.

IV

(Pasado)

Sus ojos ámbar se abrieron exaltados al atestiguar dichos cortes y los diferentes tamaños que se habían logrado con estos. A pesar de haberse hecho con cuidado y dedicación, sorpresivamente habían acabado en 'eso'. Los que parecían sobras, añadidos en una cosa rara que ni tenia silueta ni lucia apetecible y lo que Kaoru había llamado 'pastelillo de arroz con vegetales'.

¿Se lo había inventado? Seguramente, y temía ser el que terminaría comiendo dicha cocina exótica.

Se alejó un poco imponiendo sus manos a los palillos con los que Kaoru le acercaba un pedazo de su 'pastelillo de arroz'.

—A ver, Kenshin, di: ah…

Ahora que recordaba, Kaoru había envenenado a la posada entera con su comida en el pasado. Y, aunque nunca se lo expreso, incluso Katzura y él mismo habían insinuado en sus conversaciones secretas que la joven era una infiltrada que había cometido ese atentado para sacarlos del juego un par de horas, y a unos, un par de días. Por eso, jamás la dejaron entrar a la cocina otra vez.

Pero aun con todos los argumentos que se pensaba eran válidos para negarse a ingerir, no podía salir librado de esa situación con ella sin herirla. Suspiró rindiéndose, en momentos como esos, tan peligrosos, se daba cuenta que de verdad, para hacer lo que haría, solo significaba que la amaba mucho. Sin duda, Kaoru sería una buena arma biológica para el enemigo… o algo así.

—¡Emmm… ya sé! —Kenshin la tomó de la muñeca y dobló su brazo suavemente hasta colocarla de espaldas contra su pecho, provocando que los palillos cayeran al suelo.

Objetivo cumplido, se repitió mentalmente.

—Kenshin…

—Quiero cocinar…quiero servirte —le susurró contra su oído dejando que sus hebras color escarlata cayeran hacia enfrente al inclinarse.

Kaoru había amanecido de muy buen humor después del encuentro entre ellos. Tan dichosa estaba que no lo había despertado y había decidido prepararle el desayuno. Pero con su inexperiencia en la cocina lo alertó de todas formas, con sus fuertes cortes con el cuchillo.

Y, aunque estaba totalmente concentrada en la receta, perdió la compostura cuando lo vio. En el instante en que lo vio entrar a la cocina, recargándose en el marco de madera, con la cabellera suelta un poco despeinada y alborotada, y con la yukata caída hasta la cintura mostrando su abdomen, pecho, hombros y brazos. En ese exacto momento su comida se había ido al carajo.

Así que tal vez lo mejor, después de todo, sería una decisión inteligente dejarlo cocinar por hoy. O, podía intentarlo ese día otra vez, claro, con su ayuda. Solo debía idear un plan…

—Porque haces esto, Kenshin —Se movió insegura en su abrazo recordando la última vez que habían estado en la cocina y como habían terminado.

—En realidad solo quiero convencerte —pronunció sugerentemente besando lentamente su cuello.

—Pero ya no hay comestibles y provisiones. Podemos ir al pueblo y comprar algunas cosas.

Kenshin suspiró y asintió.

—Bien, deja tomo un baño y salgo enseguida —le aviso separándose de ella depositando un beso en sus labios y acariciando la línea de su mandíbula como despedida.

—Te espero —sonrió ella yendo de puntillas a coger su morralito y su sombrero cuando lo vio cerrar la puerta del cuarto de duchas.

Iría rápidamente al pueblo bajo la montaña y compraría algunas verduras y frutas. De ahí, cocinaría algo especial y entonces introduciría la plática de visitar al maestro Hiko durante la cena. Contenta y decidida salió de la cabaña alegre.

V

(Pasado)

Kaoru pequeña movió su mano de lado a lado despidiéndose de su padre, el cual había llamado a sus amigos para que le ayudaran a llevar el cuerpo de su esposa a Edo. Después de ahí pasaría al dojo a recoger algunas de sus pertenencias y todo su dinero. Ya que el plan era: quedarse un tiempo más con Hiko y Kenshin Himura. Al menos hasta que todo ese embrollo terminara.

A pesar de que la niña había insistido en ir con su padre, tanto él, como Kenshin y Hiko, se habían negado rotundamente. Primeramente, porque juntos sabrían como trabajar en el asunto y segunda, porque si Kenshin cambiaba de recuerdos, Hiko sería el único capaz de detenerlo.

El maestro de la escuela Hitten, terminó de pintar uno de los jarrones en los que había estado trabajando desde la mañana, y entonces miró a la niña que había estado sentada a su lado durante todo el día.

—¿Qué me ves? —preguntó alzando una ceja prepotentemente. ¿Por qué no podía ir a ver que hacia su estúpido de su pupilo? ¿Por qué se le había pegado precisamente a él?

—Quiero aprender a hacer florecitas —respondió la niña señalando los dibujos en las vasijas.

—Puedo hacer otra —Con tal de que se fuera, solucionó Hiko, moviendo rápidamente el pincel y sumergiéndolo en diferentes colores.

—También quiero algunas hojas… —solicitó ella haciendo figuras en el aire con sus dedos.

—Bueno —aceptó el pelinegro dibujando un par de hojas verdes, dejando el pincel a un lado después de terminar—. Ya está.

La niña posos sus dedos en su mentón, estudiando el arte y meditando en éste.

—No hay suficientes colores y se ve muy vacío. Tal vez podrías dibujar un pajarito aquí —apuntó en la parte más vacía del jarrón.

Hiko la miró sorprendido de que se atreviera a pedirle tanto a él, al expertísimo maestro de la escuela Hitten. Una cosa era darle su opinión y otra muy diferente era que el hiciera todo lo que ella decía…

—Muy bien, ya está —Le mostró después de unos minutos de arduo esfuerzo por pintarlo con los colores que ella quería y en la posición que ella le había dicho. Esta vez alejo el jarrón de él, avisándole indirectamente que había terminado y que no trabajaría más.

—Ahora quiero una jirafa, nunca he visto una así que tienes que esforzarte en este dibujo...

¡Esa mocosa! ¡Quién se creía!

—¿Qué crees que estás haciendo? —Pregunto molesto mirando de ella al jarrón y viceversa. Ahora que lo pensaba, esa chiquilla lo había engañado, todo había sido un truco para…

—Bueno, yo quiero ese jarrón —Kaoru apuntó a la pieza de barro y luego a una flor silvestre que descansaba en una vasija de madera que Kenshin le había cortado el día anterior al pasearse con ella por el campo—. Y te estaba diciendo como lo quería para quedármelo.

—¡Oye tú…!

—Kaoru… —los interrumpió el pelirrojo acomodando su gorro y un contenedor de madera bajo sus brazos—… maestro, iré al pueblo a comprar algunas cosas que necesitamos para la cena de hoy.

El espadachín había terminado con sus deberes. Lavar, limpiar la cabaña y preparar el almuerzo antes de irse. Pero, como habían aumentado el número de integrantes en ese hogar era necesario surtir los comestibles nuevamente para que no hubiera inconvenientes.

—Ay ya era hora de que te hicieras de utilidad —murmuró el maestro recibiendo un frunce de cejas de la niña, quien siempre estaba a la defensiva en cuanto se le hacía un mal comentario sobre Kenshin.

El ex hitokiri lo ignoró. No se pondría a refutarle en frente de Kaoru, no cuando recientemente se había quedado sola y había conocido a su otro yo, según su narración. Aunque la pobre ni siquiera sabía de lo que se trataba.

Pero aun así, con esa nueva información, ahora tenía más en claro lo que estaba pasando y lo que seguramente ocurriría en un futuro. Así que tal vez… la única opción que tenía era averiguar por su cuenta y encontrar a Aoshi y Misao, antes de que alguien apareciera por ahí en busca de la pequeña.

—Grosero… —pronunció Kaoru con recelo mirando a hiko con mirada reprobatoria, cambiando en seguida de mueca al voltear hacia Kenshin para despedirse de él con la mano—. ¡Adiós, Ken! ¡Yo me quedaré para vigilar y asegurarme que el tío Hiko termine mi jarrón!

—¡¿Disculpa?! Pero yo ni soy de tu familia —argumentó hostigado el pelinegro ignorando a su alumno.

Esa niña era peor que Kenshin cuando era niño, ahora entendía porque se había enamorado de ella en el futuro. Ambos estaban cortados por las mismas tijeras. Eran de lo peor.

—Está bien, tío Hiko, a trabajar…

—Hey, ¿y quien te dio permiso de que me llamaras así?

—Ken…

—¡Hey!

Kenshin sonrió con alegría y agitó su mano de lado a lado para despedirse de ambos y caminó con prisa. Era mejor alejarse de ahí antes de salir herido. Algo le decía que hoy sería un buen día.

Después de todo, había escuchado de la boca del doctor que le había visitado a noche para removerle las vendas y revisar sus heridas, que había un puesto ambulante con nuevas delicias extranjeras que visitaba el pueblo en esa semana. Aunque no estaba interesado en esa clase de antojos dulces, sabía que a la pequeña Kaoru, seguro le sentaría bien algo como eso.

Así que le daría una visita durante su viaje.

VI

Kaoru reacomodó el costalito de arroz en su contenedor para verter algunos sacos con granos y algunos vegetales que había comprado. Pensó en comprar víveres y provisiones suficientes al menos hasta que se mudaran de ahí, y para eso tenía que hablar con Kenshin. Y, como lo había dejado, había terminado comprando solo para una semana.

Animada, sonrió y pagó un par de bolsitas de té que se suponía era lo último que compraría ahí—. ¡Gracias por el descuento! —Realizó una reverencia como agradecimiento al comerciante mientras pensaba en sus planes para la cena y para el resto del día. Subiría a la montaña y sorprendería a Kenshin con todas sus compras y un refrigerio. Después, cocinarían juntos como toda una pareja de recién casados, y entonces…

Ah…

El pelirrojo suspiró. Ahí estaba. El dichoso puesto de pastelillos del que le había hablado el doctor. Aunque para acompañar todas esas delicias seguro necesitarían alguna clase de té de sabor neutro para calmar lo dulce. Así que pasaría primero por algunas especies y entonces iría a su destino inicial.

—¡Gracias por el descuento!

Al llegar, Kenshin alcanzó a escuchar un pequeño susurro entre las demás voces de los compradores en el puesto. E intrigado, estudió su alrededor sintiéndose como un paranoico que buscaba fantasmas. Resoplando y dándose por vencido, empuñó con más fuerza el saco de comestibles que llevaba en mano. Si esa mujer había tenido suerte como para obtener un descuento, esperaba que él también pudiera lograrlo. Aunque conociendo a los hombres de ese pueblo seguro no se lo darían a menos que se tratara de una mujer.

En seguida, el espadachín sonrió recordando las barbaridades que Kaoru del futuro le había hecho pasar a su yo del pasado al vestirlo como mujer para escapar de la ciudad. Mientras un suceso similar ocurría con la pequeña versión de ella vistiéndolo de geisha. Sacándolo de su distracción, las bolsas del té que había pedido cayeron en sus manos, las mismas que en el mismo instante encontraron las monedas para pagar. Gentilmente se despidió del vendedor y salió de ahí.

Se iría…

La mujer de ojos zafiro estuvo por salir del mercado pero un delicioso olor a pan fresco con dulce, tal vez vainilla, la detuvo. Giró lentamente observando el puesto que estaba en medio de la calle, rodeado de personas que estiraban impacientemente su dinero para llevarse a casa algunas golosinas. Indecisa, sacó sus monedas para contarlas, ya que en sus condiciones no podía darse el lujo de malgastar lo poco que le quedaba. Además, le daba pena pedirle a Kenshin, no estaba acostumbrada a depender de él y, ahora, no empezaría a hacerlo.

Debatiéndose mentalmente, se quedó parada hesitando y meditando si ese Kenshin era fan de los pastelillos como lo era ella, o si solo se reiría de su adicción a los dulces. Aunque no lo creía, apretó las monedas en su mano y alzó la barbilla. No era del diario que se daba uno que otro gusto, además sentía que se lo merecía. Asintió decidida, con ojos cerrados y labios apretados; luego reanudaría sus días de práctica y bajaría las libras que había ganado. Pues ahora ya no era una simple maestra de kendo soltera, sino la esposa de Kenshin.

Tal vez, era el destino que la llamaba a tan dulce manjar… probablemente ese puesto estaba ahí como una tentación que debía vencer o como una recompensa por los días en los que solo había comido vegetales y pastelillos de arroz. La pregunta era si caía o no en dicha tentación o si se entregaba al deleite de lo que parecía su destino.

Sí, su destino…

El pelirrojo bajó más el sombrero para cubrir su cabellera carmín, ya que a pesar de ser él el del futuro, cualquiera podría reconocerlo como el Battousai al no aparentar su edad. Así que serio y cuidadoso de no ser descubierto se echó a andar; solo faltaban los pastelillos para Kaoru y terminaría su visita en el pueblo, y entonces despues hablaría con su maestro sobre los cuidados de Kaoru y sus próximas salidas.

Solo esperaba que esos pastelillos valieran la pena y que pudieran hacer a la niña muy feliz. Moría por ver una sonrisa nueva y sincera en su cara, pues después de la muerte su madre, había notado lo mucho que se esforzaba por sonreír, fingiendo su dolor. Por eso, se había prometido estar con ella día y noche para sanar su sufrimiento y aunque él no fuera suficiente como para menguar la pérdida de alguien tan grande como lo era su madre, al menos intentaría hacer la carga más tolerable.

Quería verla sonreír….

Sus pisadas comenzaron a avanzar, sin saberlo, sin pensar qué era lo que se encontraría unos metros a distancia. Su corazón latió más rápido y aunque no supo la razón su cuerpo empezó a temblar. Su destino siempre había sido el mismo, y ante el ninguna fuerza mística podía competir. En sus mentes, y en su corazón solo había existido una persona que había cambiado sus vidas. Y, entonces una sola idea fue susurrada en silencio como un deseo proveniente desde el fondo de sus almas.

Anhelaba con todo su corazón…

Ver solo «esa» sonrisa de nuevo.

Aunque no sabían si se encontrarían de nuevo.

No sabían lo que encontrarían más adelante… a ambos, Kaoru y Kenshin, en ese pueblecito, solo les quedaba seguir adelante.

Lo demás… si pasaba o no, solo era parte de su destino.

Al fin, ambos habían llegado.

Continuará….


Notas de autor:… Segunda actualizacion junto a Ceder o Caer.