¡Gente amiga! Me pasó algo horrible... primero, tuve un montón de trabajos prácticos y exámenes de fin de cuatrimestre, pero eso no es lo grave. Lo grave vino cuando terminé con todo y regresé a casa de mis padres, con la idea de responder a todos los reviews, actualizar cada dos días con capítulos de quince páginas de extensión y leer fics hasta quedarme bizca (ésas eran mis intenciones).
Al llegar me enteré que no tenían internet ni teléfono desde hacía seis días, y que la empresa no lo consideraba algo urgente ya que "no hemos recibido reclamos masivos". Estuve a punto de armarles un masivo escándalo yo sola...
Tomó doce largos, larguísimos días, pero por fin pude regresar al mundo Fanfiction. Aquí está el nuevo capítulo, y hay otro cocinándose. ¡Espero sus comentarios!
Los personajes dese luego no me pertenecen, escribo sin fines de lucro y todo eso.
Ahora sí, ¡el capítulo!
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Capítulo Veinticinco: En compás de espera
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Dos días después del "incidente de la cocina", en Seattle se reúnen Reni y Ed.
— ¿Seguro que no molesté al papá de Bella? —preguntó Renana, insegura—. Quiero decir, fue amable, pero bastante seco, como si tuviese cosas más importantes en que pensar… Pero es que el llamado era importante, y quise decirle lo antes posible…
—No lo molestaste —le aseguré. Luego bajé la voz antes de añadir—. Es que él y Bella habían discutido poco antes y él estaba nervioso. El señor Swan quiso prohibirle a Bella que ella y yo nos inmiscuyéramos en la investigación, y Bella insistió en que queríamos ayudar. Cuando lo llamaste por ese tema, él todavía estaba a la defensiva.
Era lo más cercano a una explicación que pude darle a Renana sin involucrar tropiezos, vampirismo, narices sangrantes ni cosas por el estilo.
—Creo que el señor Swan tiene razón —Renana, respetuosa y obediente como era, estaba inclinada a hacerle caso a los adultos—. Es mejor que él se ocupe, él es policía y seguro que sabe mucho mejor que nosotros qué hacer.
La lógica detrás de ese razonamiento era impecable, era sólo que Renana desconocía detalles que echaban por tierra la aseveración. Algún detalle como el hecho que su amiga Bree ahora era un vampiro, que Bella también lo era y que yo lo había sido.
—Claro que él debe ocuparse del caso —mentí descaradamente—. Nosotros sólo queremos ayudar.
—Ed, el que los chicos acaben resolviendo los problemas cuando los adultos no pudieron es algo que sólo pasa en el cine comercial y en las novelas para adolescentes —observó Renana con severidad—. Lo mejor es hacerle caso al señor Swan y no estorbarlo en su trabajo.
— ¿Por qué justo yo tengo que tener una amiga que es una adulta en miniatura cuando de temas serios se trata? —me quejé en broma, exagerando el dramatismo de mi tono.
Renana se rió, pero a su risa le faltaba la espontaneidad que la había caracterizado antes de que todo este tema empezara. Era verdad que se estaba pareciendo cada día más a una adulta en miniatura.
—Es que me preocupa que si intentamos ayudar, acabemos por complicar las cosas —explicó Renana, seria—. Yo no podría perdonármelo nunca si, por meternos, hacemos que algo salga mal. Ya es bastante que este Diego haya descubierto a Bree…
Asentí con pesar. Cuando Bree había llamado a Renana después de ver los carteles, otro de los "secuestrados", un tal Diego, había estado más cerca de lo que Bree creía y había escuchado la conversación. Pero en lugar de delatarla ante el "secuestrador", el tal Riley, Diego había acribillado a Bree a preguntas y finalmente había ofrecido su colaboración si eso le permitía a él también escapar de ahí. Bree había vuelto a llamar a Renana para dale la noticia, y Renana había llamado a Charlie. Por desgracia lo había llamado directamente a la estación de policía, como él le había dicho que hiciera, de modo que últimamente nuestras posibilidades de interceptar el mensaje y mantener a Charlie al menos un poco a oscuras eran cercanas al cero absoluto.
Lo peor era que Renana no sólo no sabía nada de eso, sino que confiaba ciegamente en Charlie y hacía cada cosa que él le dijera. Si llegaba a indicarle que no nos contara más nada a Bella o a mí, yo tenía pocas dudas de que Renana le obedecería.
—¿Tienes alguna idea de lo que significa la contraseña? —preguntó Renana con curiosidad—. Porque no tiene sentido, y suena tan raro… pero Bree la entendió de inmediato.
—No sé… quizás no significa nada. Tal vez sea sólo eso, una contraseña —mentí de nuevo—. Pero cuéntame de nuevo cómo fue que pasó todo. Bree vio los carteles y te llamó. ¿Y qué pasó después?
—Primero no quiso saber nada de hablarme, me dijo que sólo llamaba para repetirme que tuviese cuidado y que no me expusiera de esa manera, pero le dije la contraseña y entonces sí quiso escucharme —explicó Renana, agitada.
Al momento de formular las preguntas, yo había previsto que Bree difícilmente accediera a dar información sobre el lugar en que estaba, y para eso había inventado una "contraseña": Renana le diría a Bree: "tengo unos amigos que saben lo que es tener los ojos negros de sed, y quieren ayudarte a salir de ahí". Aunque no me gustaba mentirle, a Renana le hice creer que era un código secreto entre secuestradores al que Bella y yo habíamos tenido acceso porque Charlie era policía, y que como Bree estaba secuestrada sabría a qué se referían.
Ahora teníamos una cosa más de la que responder ante Charlie…
—Costó un poco, pero al final la convencí y ella contestó todas las preguntas. Me dijo que están en una casa en las afueras de Seattle, con un gran sótano, que es donde están encerrados. No tienen vecinos cerca, se encuentran aislados. Hay veinte secuestrados, once hombres y nueve mujeres. No hay niños; todos tienen entre dieciséis y treinta años. Algunos nombres son Raoul, Kristie, Kevin, Sara, Diego, Fred, Jen, Heather, Jim, Logan, Warren, Dean.
Renana enumeró la información de memoria y a toda velocidad. Ella había tomado apuntes de las respuestas, y por lo visto había leído y releído los datos hasta memorizarlos.
—Riley es quien controla a los prisioneros, pero hay pequeños grupos —siguió informando—. Uno está encabezado por Raoul, el otro, por Kristie. Algunos de los prisioneros se mantienen independientes, otros siguen a alguno de estos líderes. También me dijo que a veces cada mes, a veces cada cinco semanas y una vez pasadas sólo tres semanas se agregan grupos de entre dos y seis personas. Pero no todos duran mucho, el lugar es pequeño y con frecuencia estallan peleas en las que alguien muere.
Me recorrió un escalofrío al pensar en tantos neófitos jóvenes encerrados en un lugar pequeño. Por lo que yo había visto en los recuerdos de Jasper, y por lo que él mismo había contado y las cicatrices de su cuerpo demostraban, la violencia estaba a la orden del día en esos lugares.
—La última pregunta era si podía contarnos algo más, algo útil, algo que le hubiese llamado la atención… y me contó que ya los trasladaron varias veces de lugar, aunque siempre están en casas o cabañas en los alrededores de Seattle, pero alejados, sin vecinos cerca y sin forma de contactar a nadie —expuso Renana con seriedad—. Mientras me contaba todo eso, este tal Diego estaba cerca y la escuchó cuando hablaba. En cuanto ella cortó la comunicación él quiso saber con quién hablaba, por qué había dado todos esos datos, qué estaba tratando de hacer…
—Y Bree se asustó y confesó —suspiré con resignación.
—¡Tenía miedo! —defendió Renana a su amiga—. Si este Diego le decía a Riley, seguro que la hubiese matado.
—Probablemente —tuve que admitir—. Riley no parece tener demasiados escrúpulos a la hora de matar gente.
O de convertirlos, que es también una forma de acabar con su vida como humanos añadí mentalmente, pero por supuesto no iba a decir ni media palabra ante Renana.
—Pero todo salió bien —sonrió Renana con esperanza—. Diego prometió que no va a decirle nada a Riley, y que va a ayudarle a Bree. Pero eso sí —añadió volviéndose seria—, Diego quiere hablar antes con los amigos de Bree. Dice que él confía en Bree, pero no en alguien de cuya existencia sólo sabe a través de terceros. Bree me llamó de nuevo a la noche siguiente y me dijo esto, y yo llamé al señor Swan a la estación de policía y le conté todo.
Ahí es donde estaba el punto neurálgico de la cuestión. Charlie Swan.
Como no teníamos una buena explicación para darle sobre el incidente de la cocina, por el momento no le habíamos dicho nada. Eso no significaba, por desgracia, que el jefe de policía se hubiese olvidado de la cuestión, sino que estaba examinando todos los indicios posibles, y probablemente estaba muy cerca de atar cabos…
O quizás no. Yo podía imaginarme a pocas personas más alejadas de lo sobrenatural que el tranquilo jefe de policía de Forks, y era de suponer que el vampirismo no sería la primera explicación que acudiera a su mente. Pero si a Bella moviéndose a velocidad sobrenatural para atajarme se le agrega Bella lamiendo mi sangre, Jasper salido de la nada sujetando a una Bella descontrolada y diciéndole que no respirara, Carlisle entrando como un vendaval a la cocina, limpiando hasta el más mínimo rastro de sangre y quemando los trozos de algodón empapados en alcohol… era un insulto a la inteligencia del Jefe Swan pedir que no sospechara de algo fuera de lo normal.
Si a todo lo anterior se le sumaban pequeñas cosas que también debía haber observado, como los cambios en su aspecto físico, la piel fría, los ojos más claros, la nueva gracia de movimientos de Bella, lo silencioso de sus pasos, el que no se hubiese tropezado ni caído ni accidentado ni una vez en siete meses, o que no comía nunca en su presencia, en verdad el caso indicaba claramente hacia lo sobrenatural. Aún si la respuesta a que arribaba no era "mi hija es un vampiro", en algún punto tendría que comenzar a barajar posibilidades no del todo prototípicas para explicar qué estaba pasando.
—¿Ed? —Renana me tomó del brazo para llamarme la atención—. Estás preocupado… ¿es por tu hermana? —preguntó con timidez—. ¿Cómo sigue ella?
Aunque el autocontrol de Alice no solía ser un problema antes, respecto a mí ella no parecía poder inmunizarse. Renana, desde luego, no sabía esto y esta preguntando por la supuesta enfermedad de Alice.
—Igual —tuve que admitir con desaliento—. Ni mejora ni empeora. Sigue igual.
—Estoy segura que se mejorará pronto —me prometió Renana con convicción—. Esa bacteria no puede resistir para siempre. Si tu hermana se te parece, es demasiado fuerte para que una bacteria de porquería le gane.
El comentario de Renana me arrancó la primera risa en dos días.
—Técnicamente, Alice no se me parece. Los dos somos adoptados, ¿recuerdas? —mencioné.
—Me refería a que seguro que es igual de terca, en su caso, para curarse —explicó Renana.
—Reni, ¿me estás diciendo terco? —pregunté, un poco ofendido, pero sin poder evitar reírme—. ¿En qué se supone que soy terco yo, a ver?
—Humm, no sé… —Renana apoyó un dedo en su mentón, en una pose pretendidamente reflexiva—. Qué tal… esa vez que se suponía que estabas ayudándome con los deberes de geografía, y me discutiste durante media hora que la capital de Turquía era Estambul, cuando en realidad es Anakara…
—¡Hey! La última vez que tuve que estudiarlo, la capital se llamaba Estambul —protesté.
—Ed, hace un montón de años que la capital de Turquía no es Estambul —me corrigió Renana con sorna—. ¿Qué libros usan en tu escuela? Porque están seriamente retrasados de noticias…
Me crucé de brazos, enfurruñado, tratando de ocultar mi nerviosismo ante el desliz. Por suerte Renana se había explicado sola la cuestión de por qué yo había aprendido el nombre anticuado para la capital.
—¿Seguimos practicando? —traté de desviar el tema—. Estamos acá para practicar, ¿no?
Hice una seña con el brazo abarcando el gran teatro vacío. En poco menos de una hora empezarían a llegar los demás miembros de la orquesta y comenzaría el ensayo.
—Claro, Ed —me respondió Renana en voz dulcísima, irritante—. Lo que digas.
—Comienza por la nana —indiqué.
Renana emprendió la interpretación de la parte para piano de la nana de Bella; estaba de buen humor y lo hizo muy bien. Era una fortaleza y a la vez una debilidad de Renana el hecho que a la hora de interpretar música se dejaba influir mucho por su estado de ánimo. Normalmente esto no era un problema, ya que Renana era por naturaleza una persona alegre y optimista, pero de vez en cuando hasta ella tenía un mal día o una mala semana, y entonces su ejecución decaía considerablemente.
Practicamos el resto de la hora intercalando sólo algún comentario ocasional o una pequeña corrección, pero desde que el "rescate" de Bree estaba siendo planificado Renana no tenía demasiados problemas para concentrarse. Los demás miembros de la orquesta empezaron a llegar y se quedaron cerca, a veces charlando en voz baja entre ellos, o como en el caso de Lily, evitándome como a la peste. Desde el encontronazo con Victoria, Lily parecía estar convencida que lo mejor era tenerme lo más lejos posible… mejor para ella, en verdad, y mejor para mí.
El ensayo fue como la mayoría de los ensayos solían ser: el director Birdbaum ladrando órdenes y correcciones, fulminando con la mirada a quien no hacia perfectamente su parte, repartiendo unos pocos elogios a quienes no cometían el más mínimo error, y haciendo practicar a todo el grupo hasta que tuviesen los músculos agarrotados y los dedos con ampollas, o poco menos. Eso sí, la interpretación final fue impecable, digna de la mejor orquesta estable del mundo.
A mitad del ensayo, el director Birdbaum, que estaba gruñéndole a Mathias por una ligera falta de afinación en las cuerdas del violín, se tambaleó ligeramente y guardó silencio por varios segundos. Yo medio me levanté para ir a auxiliarlo por si se volvía a caer, pero el director se compuso y tras advertirle a Matt que más le valía que ésa fuese la última vez que pasaba algo así con el violín, se dirigió a mí.
—Cullen, dirígelos —ordenó en un tono particularmente irritado.
—Señor, ¿se siente bien? —me atreví a preguntar.
—Sí, sí. Dirígelos —ordenó de nuevo, cortante, mientras iba hasta la primera fila de butacas y se dejaba caer en uno de los asientos. Como todos seguíamos observándolo con atención, dio un suspiro frustrado—. No voy a morirme ni a desmayarme, no se hagan ilusiones. Estaré escuchándolos y corrigiéndolos.
—¿Fue al médico? —preguntó alguien, atrás de todo.
Harry Birdbaum pareció indignado al principio, pero algo en las caras de honesta preocupación de los miembros de la orquesta debió ablandarlo, porque acabó agachando la cabeza.
—Sí, fui al médico. Me dijo un montón de obviedades —masculló—. Que una taza de café con leche no es un desayuno y que un sándwich de jamón y queso no es un almuerzo, por ejemplo. Que lo que tengo es hipoglucemia y que no la tendría por la tarde si comiese suficiente durante el día. Gracias por preocuparse —añadió con un atisbo de ternura antes de volver al tono casi militar—. Ahora, denme razones para que no me suba la bilirrubina.
Pasamos el resto del ensayo asegurándonos la salud del señor Birdbaum.
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Dos días después del ensayo y seis días después del "incidente de la cocina", en Forks Bella y Charlie se reúnen a cenar…
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—Hola, papá.
—Hola, Bella.
—Cociné bife a la plancha con ensalada. Estará listo en un minuto.
—Bien. Gracias.
—De nada.
Silencio incómodo.
—Ya puse la mesa. ¿Quizás quieras dejar el arma y las botas en el vestíbulo?
—Hhmm, sí. Ya vengo.
Dos minutos más tarde. Nuevo silencio incómodo.
—El bife ya casi está.
—Bien.
—¿Quieres pan?
—No, gracias. ¿Queda jugo?
—Sí. De naranja. Pero creí que tomarías cerveza.
—Después. Con la comida prefiero algo sin alcohol.
Otro silencio incómodo.
—Está listo el bife.
—Bueno. ¿Comemos?
—Claro.
Silencio incómodo mientras serví la comida. Desde que estuve a punto de merendarme a mi novio delante de mi padre, Charlie y yo no hacemos otra cosa que tener silencios incómodos. Nuestras interacciones suenan a telegramas: breves, concisos, secos.
En un intento de convencerlo que nada es fuera de lo normal, me serví una pequeña cantidad de ensalada y traté de no pensar ni en lo asqueroso que será tragarlo ni en lo repugnante que será vomitarlo, o acabaría haciendo muecas. Charlie es demasiado astuto como para no darse cuenta si la escondo en mi servilleta o sólo la empujo por mi plato. Tendré que tragarla.
Cuando recién regresé a casa después de mi mágica transformación, Charlie evidentemente se dio cuenta de que algo fuera de lo común estaba pasando. Entonces buscó conversar más conmigo, quería saber cómo estaban las cosas con la escuela, si los clientes de los Newton me trataban correctamente, ese tipo de pequeñas cosas.
Pero ahora, desde el incidente de la cocina, como yo lo llamaba para mis adentros, Charlie ya no busca sacarme tema de conversación. Ahora me mira fijamente todo el tiempo que sus instintos humanos le permiten, sin articular palabra más que cuando es imprescindible. Cuando los dos estamos en casa y no estoy en mi dormitorio o en el baño, me sigue todo lo discretamente posible, lo que en una casa tan pequeña como la nuestra no es mucho.
Me gustaría decir que es irritante y que estoy furiosa con él. Pero la verdad es que no, estoy triste de que no se atreva a preguntarme directamente, y nerviosa ante la posibilidad que un día lo haga. Tal como Charlie mismo señaló, su placa de policía no es de adorno, y aunque no sea un superdetective dedicado a los crímenes inexplicables, sino un policía promedio, más dedicado a ocuparse de accidentes y refrenar fiestas sin supervisión paterna que de grandes casos de primera plana en los diarios, la verdad es que su entrenamiento, su ojo agudo y su mente metódica están ahí.
Para colmo, esta noche Jasper y Alice van a reunirse con Bree y Diego. El punto de encuentro está en las afueras de Seattle; en una fábrica de colchones abandonada después de que un incendio destruyera la mayor parte del edificio unos meses atrás. Hubo un tremendo debate en casa de la familia Cullen sobre quién debía ir, y finalmente votamos por Jasper, que aparentemente es una especie de experto en neófitos (algún día ese muchacho tendrá que contarme la historia completa, estoy segura que hay más detrás de eso), y Alice, que sabrá prever cuál es el mejor modo de actuar, qué decir y qué callar. Como Diego y Bree son dos, no quisimos abrumarlos ni parecer agresivos enviando a más personas, y por lo visto todos los Cullen creen que Jasper solo podría contra ambos si se decidieran a atacar. Lo dicho, ahí hay una buena historia, y quiero oírla cuanto antes.
Fue una suerte que Bree no hubiese destruido el teléfono desde el que había llamado a Renana. Así, Edward llamó a Renana y le pidió el número desde el que Bree la había llamado, con la excusa que Charlie quería intervenir el teléfono para tratar de localizar el lugar en que los "secuestrados" estaban encerrados (otra cosa que rogábamos que Charlie nunca se enterara). Una vez que tuvimos el número, Alice trató de ver el momento más conveniente para llamar a Bree sin descubrirla ante los demás, pero seguía sin poder ver nada preciso. Por fin, tras esperar cuatro días, nos arriesgamos a llamarla y tuvimos suerte, porque Bree justo estaba… afuera. Léase, cazando. Y Diego estaba con ella. Aunque lo lamenté por las vidas de los pobres humanos que se cruzaran en su camino, al menos conseguimos acordar una reunión para cuatro días más tarde, a la una de la madrugada. Es decir, a sólo unas horas desde este momento.
Pero por ahora, mientras Alice y Jasper están por ahí entrevistándose con dos jóvenes y descontrolados vampiros salvajes, yo estoy en casa… comiendo ensalada. Puaj.
Quizás un puré de papas hubiese sido mejor idea. Al menos es más homogéneo, no es crujiente, y no corro riesgo que algo se me quede atrapado entre los dientes… la única cosa peor que comer ensalada y vomitarla después sería tener que cepillarme los dientes porque tengo un pedazo de lechuga atrapado entre el colmillo y el incisivo…
Piadosamente, la cena terminó un rato después. Conseguí tragar toda la ensalada masticándola lo menos posible, aunque sentí la garganta repleta de arañazos por dentro después de haberme terminado esa pequeña porción. Edward una vez había hecho la comparación que comer comida para un vampiro sería como comer tierra para un humano, pero se había quedado corto… aunque él había comido pizza en esa ocasión. Quizás era distinto según de qué tipo de comida se trataba, y por lo visto la ensalada de lechuga y tomate era uno de los peores.
Levanté la mesa a ritmo humano, Charlie me ayudó. Lavé los platos lenta y concienzudamente. Charlie se quedó y secó la vajilla, en vez de ir a ver televisión. Una vez que la cocina estuvo inmaculada y todos los enseres limpios, secos y guardados, fui hasta el lavadero. Charlie me seguía, pero supuestamente yo no lo había oído. Todo esto, en un silencio salpicado sólo del mismo tipo de comentarios breves y casi impersonales.
Me ocupé de la ropa sucia, de la húmeda y de la que se había secado. Salí del lavadero con una pila considerable, y fingí sorprenderme al encontrar a Charlie casi en la puerta.
—¡Ah, aquí estás! Toma, esto es tuyo —le empujé el montón de ropa a las manos.
Charlie estuvo desconcertado un momento, pero volví al interior del lavadero y regresé un instante más tarde con otro montón un poco más alto.
—Y esto es mío —señalé.
Con toda malicia, yo había dejado una pieza de ropa interior mía arriba de todo. Funcionó: Charlie abrió grandes los ojos un momento antes de apartarse y dejarme un amplio margen para pasar. Fui hasta mi dormitorio y guardé mi ropa, preguntándome internamente, no por primera vez en la noche, si Alice y Jasper estaban teniendo éxito con los tales Bree y Diego. Charlie subió detrás de mí y se fue a su dormitorio, asumo que a tirar su ropa en los cajones de cualquier manera, como hacía siempre.
Bajé unos minutos más tarde, y oí a Charlie hacer lo mismo. Previendo esto, yo me había llevado la tarea de literatura: como la excéntrica profesora Buchwurm seguía a cargo de la clase, estábamos leyendo a Gustavo Adolfo Béquer. Las poesías eran entretenidas, pero la traducción hacía que perdieran buena parte del encanto original que debieron tener en español.
La profesora estaba de un humor particularmente romántico estos días. Antes de Béquer habíamos leído a Pablo Neruda, y la profesora se las había arreglado para deslizar entre la selección de poesías algunas bastante eróticas. No es que fuesen pornográficas o de mal gusto, pero sí considerablemente más sensuales que las de otros poetas que leíamos en clase. Por ejemplo, la que comparaba la labor del alfarero, que da forma al barro blando, con las manos del amante que se deslizan por el cuerpo de la mujer, recorriendo sus formas, a mí me pareció interesante y deliciosamente atrevida. Cuántas veces había soñado yo con hacer lo mismo con Edward…
Sonriendo ante el recuerdo, me senté en la mesa de la cocina con el libro de Béquer en las manos. Charlie me siguió y se sentó también, con el periódico. Yo abrí el libro en la rima XXI, Charlie, el periódico. Los dos leímos en silencio por un rato.
¿Qué es poesía?, dices mientras clavas
tu pupila en mi pupila azul.
¿Qué es poesía? ¿Y tú me lo preguntas?
Poesía… eres tú.
Como yo calculaba que sucedería, Charlie se aburrió pronto. El periódico no reportaba nada muy interesante. Me echó una mirada calculadora que yo registré por mi visión periférica mientras fingía estar absorta en el texto siguiente de la selección:
Del salón en el ángulo obscuro,
de su dueño tal vez olvidada,
silenciosa y cubierta de polvo,
veíase el arpa.
Charlie bajó el periódico, lo cerró y lo dobló antes de dejarlo sobre la mesa. Yo seguí concentrada en el texto, pero sin dejar de espiar a Charlie por el rabillo del ojo.
¡Cuánta nota dormía en sus cuerdas
como el pájaro duerme en las ramas,
esperando la mano de nieve
que sabe arrancarlas!
Por fin, Charlie se levantó de la mesa (yo fingí sobresaltarme ligeramente con el ruido), tomó una lata de cerveza de la cocina, se encaminó hacia el living, se dejó caer en el sofá y prendió el televisor en el canal deportivo. Abrió la lata y bebió un trago con un suspiro satisfecho, los Marines habían ganado. Espié los sonidos gracias a mi agudo oído con una sonrisa mientras leía la última estrofa del poema:
¡Ay! —pensé— ¡cuántas veces el genio
así duerme en el fondo del alma,
y una voz, como Lázaro, espera
que le diga: "¡Levántate y anda!"
Bajé el libro con una sonrisa que duró hasta que vi la tapa del periódico que había quedado sobre la mesa:
CINCO DESAPARICIONES ESTA SEMANA – UN SOLO CADÁVER RECUPERADO
Una foto borrosa mostraba un área boscosa acordonada de cintas rojas y blancas con la inscripción "no pasar" impresa a todo lo largo una y otra vez en letras mayúsculas. Un bulto tapado con algún tipo de tela yacía en medio de la zona; algunas personas estaban paradas o arrodilladas cerca. Policía científica, deduje.
Tomé el periódico con la punta de los dedos, y lo hojeé hasta encontrar el artículo, en la sección de policiales. La información que daba no era vital, básicamente porque no había mucho que informar que el título no dijera ya: Emma Wilkins, Oskar Robertson, Jonathan Kilpatrick, Jemima Ashe e Isaiah Dahlmann habían desaparecido de camino entre el trabajo y su casa, el supermercado y su casa, la escuela y las clases de yoga y hasta del patio de la casa de su novia, en el caso de Oskar. Todas las desapariciones habían ocurrido después de la puesta del sol: Emma el lunes, Oskar y Jonathan el martes, Jemima el miércoles e Isaiah el viernes. Sólo el cadáver de Isaiah había sido recuperado, quemado y sin el menor indicio acerca del asesino o el móvil del crimen, a quince kilómetros del lugar en que se lo vio por última vez. La policía seguía buscando pistas o algún indicio de los otros desaparecidos, "sin descartar ninguna hipótesis", lo que, según Charlie había admitido, muchas veces significaba que no tenían la menor idea de qué había pasado pero no iban a admitirlo.
Dejé el periódico con un vago sentimiento de terror. ¿Eso significaba que había cuatro nuevo vampiros, o que los otros cuatro cadáveres habían sido mejor ocultados que el de Isaiah Dahlmann, un comerciante de treinta y dos años que había salido a pasear a su perro y nunca más fue visto con vida? ¿Elevaba esto el número a veinticuatro vampiros neófitos sueltos por las calles de Seattle, donde podrían atacar a Edward si una noche se hacía más tarde el ensayo de la orquesta, a Renana si salía de su casa después del anochecer, a… a toda la gente que día a día vivía y transitaba la ciudad sin sospechar lo que estaba pasando?
Me forcé a pensar otra vez en Alice y Jasper. Si había nuevos vampiros, Bree y Diego lo sabrían. Aunque era una posibilidad que la cantidad creciera, yo quise creer que no. Veinte vampiros, aunque no cacen todos ellos todos los días, necesitaban al menos cinco o más víctimas por semana para saciar su sed, me dije con un escalofrío. Aparentemente los neófitos tenían más problemas no sólo en controlar sus instintos, sino también en soportar el ardor de la garganta, y necesitaban cazar con frecuencia. Yo no sabría decirlo por experiencia propia, pero era lo que los Cullen me habían explicado y ellos debían saber de esto.
Tomé el libro y me asomé al living, donde Charlie estaba absorto en la televisión.
—Buenas noches, papá.
—Buenas noches… que descanses.
Compuse una especie de mueca similar a una sonrisa, y subí a mi dormitorio, dispuesta a hacer tiempo hasta que Charlie se durmiera y yo pudiese escabullirme a ver qué noticias traían Jasper y Alice.
...
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Publiqué hace un par de semanas un capítulo único titulado Otro día tan aburrido, un punto de vista de Aro acerca de la visita de Edward, Alice y Bella en Luna Nueva. A quien le interese leer un fragmento del canon narrado por un Aro aburrido, caprichoso, manipulador, excéntrico, un poco obsesivo y malévolo, está invitado a darse una vuelta y a contarme qué le pareció. Desde ya, muchas gracias.
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