Disclaimer: Saint Seiya no me pertenece de ninguna manera, aunque amaría ser dueña de Isaak de Kraken como mínimo, los derechos pertenecen a Masami Kurumada. Crossroads está escrita con propósitos de entretenimiento, y como ejercicio de escritura.

Capítulo 26: Almost

Fedra apareció varios días después de mi regreso a Atlantis, y no se me escapó el trato receloso que tuvo conmigo durante los breves minutos en los que estuvimos conversando, no me sentí cómoda en su presencia y busqué la menor oportunidad y una excusa para volver al Templo Principal donde, al menos, estaban las más conocidas y menos intimidantes caras de los Generales Marinos. En el camino, varias Marinas me miraban de reojo y cuchicheaban a mis espaldas, eso sólo podía significar que el ambiente estaba más tenso de lo que el Patriarca, Atenea, Sorrento y Julián se atrevían a admitir. Recordé la última conversación con el Patriarca antes de partir, sin saberlo, por última vez a Atlantis.

…..

En el Salón Principal, Shion estaba sentado, para mi sorpresa, en un escalón de la pequeña escalinata que llevaba al trono papal, me miró con sus ojos penetrantes y violetas desde que crucé la puerta hasta que me incliné en su presencia y me autorizó a levantar la vista para tener una conversación menos formal. Me señaló un lugar junto a él en los escalones, me senté a cierta distancia y puse mis manos sobre las rodillas, insegura de qué hacer con ellas.

- No puedo mentirte, Aimée,- comentò sin rodeos- las cosas con Atlantis se han enfriado un poco ahora que Apolo está interviniendo para presionar. - Hizo una pausa en la que se miró las manos, y luego la profundidad del lugar en el que estaba, hasta que volvió a mirarme directamente a los ojos. - En tu vuelta a Atlantis, esperamos que puedas acercar el tema con la mayor cautela, buscando que Poseidón considere lo que nos está pidiendo.- Se humedeció los labios, parecía preocupado. No pude evitar el imitar su gesto y sentirme, también, angustiada y nerviosa.

- No dude, Maestro, que en todo el tiempo que esté allá, haré lo que pueda; pero...- Sentí la mirada atenta de Shion sobre mí, tomé aire y valor para hacer la pregunta qué tanto temía hacer. - Me asusta que Poseidón se niegue, ¿qué debo hacer en ese caso?

- Saber que has hecho todo lo que estuvo a tu alcance, esperar órdenes, y en último caso, regresar de inmediato al Santuario- Se me secó la garganta y un escalofrío me recorrió la espalda, y de repente me sentí mareada. Tenía un peso más grande que el de Atlas sobre los hombros y no sabía qué hacer con todo eso, era un carga muy pesada, y si las cosas salían mal… sacudí la cabeza desechando esa posibilidad, estaba obligada, de cierta manera, a dar el doscientos por ciento de mí y convencer a Poseidón –y no a Julián-, de que era importantísimo que mantuviera sus asuntos con Apolo lejos de sus asuntos con Atenea.

- ¿Y Marah?

- Está bajo la protección de nuestra señora, Aimée, confía en que todo saldrá bien- Asentí, más por cortesía, algo me decía que las cosas no estaban tan bien como el Patriarca trataba de hacerme creer. Isaak, aunque no me soltaba ni media palabra de lo que recibía desde Atlantis, también se veía tenso, después de todo, si Poseidón decidía poner a temblar los cimientos de las conversaciones, tanto su trabajo como el mío se venía al piso y la incertidumbre se asentaba pesada y molesta entre nosotros.

- Tienes una cara terrible, Cetus.

- Buen día para ti también, Tethys- Esquivé su intento por fastidiarme, tenía demasiado en lo qué pensar para caer en sus juegos de ironía venenosa. Siguió su camino, pero pude sentir su mirada largo rato sobre mi espalda, entré al Templo Principal, repasando mentalmente las necesidades que tenía Atlantis para continuar con las negociaciones. Julián me había advertido el día anterior que era probable que en su lugar, Poseidón tomara posesión de su cuerpo por completo, por lo que debía ser muy discreta y formal, a menos que él me indicara lo contrario; era una conversación delicada que no podíamos darnos el lujo de echar a perder. En la puerta me encontré con Isaak, que sólo me abrió la puerta para que pasara y luego entró detrás de mí sin decir nada, llegamos frente a Julián y nos hincamos ante él. Sus ojos estaban cerrados y tenía el ceño levemente fruncido, el aura del recinto se sentía diferente, y por el rabillo del ojo pude ver que la vestal estaba más seria que de costumbre, casi escondida en una esquina.

- Santa de Cetus,- la voz de Julián sonaba más grave que de costumbre y tuve un estremecimiento, había estado en lo correcto al advertirme de la posibilidad que tendría de negociar directamente con Poseidón, eso no había pasado hasta entonces; sentí que las manos se me pusieron frías y el pulso se me aceleró en un pestañeo. – quiero escuchar qué ha respondido Atenea ante mi petición de solucionar sus asuntos con Apolo…

- Emperador,- comencé, mi voz temblorosa por momentos para mi disgusto- mi señora os ha pedido considerar los beneficios que la concreción de éste tratado traería para ambos Santuarios y los habitantes de la Tierra. La petición que hace el dios Sol es una que mi señora considera caprichosa y os pide interceder en su favor en esa querella como gesto de buena voluntad.

Poseidón contrajo el gesto con desagrado y una "V" se marcó en su frente, pero calmó su temperamento, para cuando abrió los ojos y su mirada se cruzó directamente con la mía, me sentí examinada en lo más profundo de mi mente, mi intuición pateaba pidiéndome que saliera corriendo, temí lo peor.

- ¿Cómo espera Atenea que intervenga por ella cuando Apolo exige de mí algo a lo que no puedo ceder?

- Emperador- la voz de Isaak me tomó por sorpresa, casi había olvidado que estaba en su compañía durante la audiencia-, ¿no existe un punto medio que permita continuar las negociaciones y satisfacer las exigencias del dios Sol?

Poseidón calló por unos minutos que parecieron eternos, apoyó su cabeza sobre su mano derecha y luego volvió a enderezarse en su trono, alzando la cabeza levemente y mirándonos casi de reojo.

- Atenea tiene algo que le pertenece a Apolo desde hace varias décadas, si no lo entrega, me veré en la penosa obligación de suspender éstas negociaciones.- El dios de los Mares escupió cada palabra, enfatizando todas y cada una de ellas, dejando muy claro que los intentos de persuadirle estaban anulados. - Atenea no puede continuar ignorando la voluntad de los dioses, no pienso ceder. Solucionadlo vosotros, y dadle mi mensaje a Atenea.

Se puso en pie y caminó entre nosotros. Me provocó ponerme a llorar pero apreté los dedos de los pies al no poder apretar los puños, no fuera que Poseidón interpretara mi gesto como una falta de respeto hacia su divinidad. Le ofrecí una inclinación de cabeza y salí del Salón con pasos rápidos. Caminé por los pasillos hasta el cuarto en el que me habían instalado desde hace más de un año y tiré la puerta, frustrada y confundida, ¿y ahora qué? Lo primero que tendría que hacer era informarle al Patriarca, y luego… esperar órdenes, unas que sabía muy bien, me alejarían por quién sabe cuánto tiempo de Atlantis.

Encendí mi cosmo y llamé al de Shion, que tardó unos minutos en responder de vuelta. Lo primero que notó fue mi angustia, traté de disimularla lo más que pude pero mis esfuerzos fueron en vano, y luego de una breve conversación informando mi llegada y algunos datos sobre los días anteriores, le solté al Patriarca la decisión de Poseidón. Tardó unos minutos en responder, y lo único que me dijo fue que esperara órdenes y permaneciera en Atlantis mientras tanto. Casi al tiempo que el cosmo del anciano se apagaba, un golpecito en la puerta me puso en alerta. Tomé el pomo de la puerta pensando que si se trataba de Isaak, nos esperaba una tensa, larga y nada agradable conversación, y no me equivoqué: abrí la puerta y ahí estaba, apoyado sobre la pared y muy serio.

- ¿Puedo pasar?

- ¿Desde cuándo me pides permiso para hacerlo? No necesitas preguntar- lo amonesté, pero él no me respondió, sentí sus pasos en la habitación y el pequeño "clic" en la puerta al cerrarla. Suspiré, sentándome sobre la cama, me tomó del brazo, obligándome a levantarme, me enrolló en un abrazo que no pensé dos segundos en responder. Nos quedamos parados en la mitad de la habitación sin saber qué decir o hacer, hasta que alcé la cabeza para clavar mi mirada en la suya.

- ¿Y ahora qué?- dije, antes de que él pudiera abrir la boca. Se encogió de hombros, apoyé la cabeza en su pecho nuevamente. - El Patriarca me ha dicho que espere órdenes, así que tal vez intentarán algo él o Atenea directamente.

Isaak me soltó y se sentó sobre la cama, revolviéndose el cabello en gesto nervioso que pocas veces había visto antes. Me senté junto a él y le tomé la mano, me miró un rato y sonrió, pero era una sonrisa pequeñita, insegura. Le di un beso en la mejilla antes de quitarme los zapatos y apoyar la espalda sobre las almohadas en la cabecera de la cama, él me siguió y apoyó su cabeza en mis piernas.

- Suéltalo de una vez, namustin, no tiene sentido que evitemos ésta conversación.- En el fondo, esperaba que él tuviera una respuesta, una solución, algo que yo no hubiese contemplado antes y que nos permitiera salir de éste embrollo, porque si antes sentíamos la presión del ambiente sobre nosotros, ahora, era insoportable saber que estábamos a nada de que se suspendieran las conversaciones; tendríamos que dejar de vernos.

- Se me ocurren muchas opciones, estoy contemplando seriamente en raptarte, ¿eso te da alguna tranquilidad?- No pude evitar reírme de imaginar la escena, aunque él no tendría que raptarme, sólo fingir que lo hacía, pues yo gustosa –en un escenario imaginario- me iría sin pensarlo con él, pero la realidad era que a ninguno de los dos nos dejaba muy bien parados el salir como desertores. Nuestro país estaba lleno de posibilidades, pero en el fondo, las vidas de millones de personas, y no sólo nuestra relación, estaban sobre la cuerda floja.

- ¿Podría cambiar de opinión?

- ¿Poseidón? Siempre es una posibilidad.- Dijo, girándo la cabeza para mirarme.

- ¿Y si no lo hace?

- Algo nos inventaremos, ¿qué tal eres improvisando?

- Más o menos mala.

- Lo imaginé- Le di un golpecito en el brazo mientras reía con él. Me resigné, ninguno de los dos tenía control de la situación y sólo nos quedaba rogar y esperar por un desenlace afortunado. Isaak se apoyó sobre el codo y se inclinó sobre mí, tomándome la barbilla con la mano libre, y obligándome a agachar la cabeza para que lo besara. Le eché la manos al cuello y en pocos minutos terminé debajo suyo respondiendo con ansia a sus caricias. - Pero aún tenemos tiempo de que las cosas se arreglen- me dijo, ya con la voz ronca, acariciándome la naríz con la suya.

…..

- Perkele!

Traté de organizarme la ropa y el cabello lo mejor que pude, habíamos recibido una llamada de Sorrento y debíamos acudir al Soporte Principal cuanto antes, ambos gruñimos pues estábamos bajo las sábanas, abrazados y casi dormidos. Isaak se levantó de un brinco, todavía renegando por lo bajo, mientras se vestía a toda prisa y al igual que yo, se acomodaba el cabello lo mejor que pudo. Estiré las sábanas y salí tras él con la sensación de que todo el mundo se daría cuenta de qué habíamos estado haciendo minutos antes, así que cuando Isaak trató de tomarme la mano, la apreté con suavidad antes de volver a soltarla, él me dedicó una sonrisa de soslayo, entendiendo lo que pensaba y divertido con el asunto.

Sorrento y Julián estaban charlando, apoyados contra una columna y cerca de las fuentes interiores del Templo de Poseidón, hablaban tranquilamente, intercambiando un par de palabras. Cuando llegamos junto a ellos, guardaron silencio y nos miraron con aprehensión.

- ¿Pasa algo?- pregunté, mi voz sonó más ansiosa de lo que me hubiera gustado admitir. Julián negó suavemente, su mirada viajando vagamente de Isaak a mí y luego hacia Sorrento.

- Sólo… sólo quería saber si estaban bien, Sorrento me ha…- Julián dudó unos instantes, parecía culpable de alguna manera. Cerró los ojos y tomó una bocanada de aire que soltó lentamente, soplándose el flequillo- puesto al corriente de las decisiones de Poseidón.

Isaak esquivó sus miradas, tal vez molesto o contrariado; yo sólo me encogí de hombros.

- No tenemos otra opción que esperar.- Traté de sonar optimista, pero mi tono de voz me traicionó nuevamente.

- ¿Qué es eso tan importante que tiene Atenea?- preguntó Sorrento mirando a Julián, que se encogió de hombros. Así que Apolo había hecho exigencias a Poseidón, pero no le había dicho qué era lo que Atenea tenía en sus manos. Sentí un peso abandonarme, aunque la incomodidad que suponía estar al borde de perder tanto tiempo de acercamientos amistosos, seguía ahí, atrancada entre mi garganta y mi pecho.

- ¿Tenemos forma de saberlo?- Preguntó Julián, mirándome. Negué con convicción, como si yo no supiera de qué se trataba.

- Ha de ser cualquier tontería- Interrumpió Isaak, entrecerré los ojos con recelo, él sabía muy bien qué era lo que quería Apolo, me lo había dicho el día de la carrera hípica en Atlantis, a menos que muy en el fondo, creyera que la razón iba más allá del capricho de un dios por una mortal. Su mirada se cruzó con la mía, la esquivé y me fijé en los ojos oscuros de Julián.

- Algo ha de poder hacerse…- dijo Sorrento. Julián se frotó las manos y su mirada cambió, cierto brillo y una sonrisa maliciosa escapó por la comisura de sus labios.

- Por lo pronto, necesito un favor muy grande de ustedes dos.- Nos miramos por reflejo, y volvimos la mirada a Julián. Sorrento rodó los ojos, resignado y se rascó el cabeza, dubitativo.

- ¿Qué clase de favor?- pregunté.

- Necesito que ustedes tres me acompañen a una de esas aburridas y tediosas reuniones de negocios- Isaak, Sorrento y yo nos quedamos mudos, parpadeamos un par de veces mientras, en mi caso, buscaba las palabras correctas para huir de esa clase de compromisos, además, debía pedir permiso en el Santuario, esa era mi carta de salvación.

- Yo tengo que p-

- ¿Pedir autorización?- interrumpió Julián- Ya te ahorré ese paso.- Maldije mentalmente, ¿cómo se atrevía a quitarme mi carta de salvación? Miré de soslayo a Isaak, había depositado en él mi última carta, pero él no había movido un músculo y en su rostro no se leía ninguna reacción.

- ¿Para qué?- Dijo, con algo de sequedad.

- Hay dos razones- Julián se sentó despreocupado sobre el borde de la fuente que teníamos a nuestras espaldas. – La primera, uno de mis socios tiene un socio finlandés y no me sentaría nada mal tener conmigo a alguien que hable el idioma, y lo segunda, Hilda ha enviado ésta carta- sacó un papel de su bolsillo y nos la extendió. – Ha decidido hacerme una visita informal, y considero que Aimée debe estar ahí como representante del Santuario y veedora de ésta tregua… y ustedes dos- dijo, mirando de Isaak a Sorrento- son las personas en las que confío, y no está de más tomar precauciones ante una visita tan inesperada.

- ¿Es esto real?- Sorrento no parecía salir de su asombro, y yo tampoco. A decir verdad, si sólo era una excusa, había que darle mérito a Julián por creatividad y ocio, pero si era cierto, ¿por qué querría Hilda visitar a Julián Solo, y no a Poseidón, en su casa en Cabo Sunión? Fruncí el ceño, pero si tenía autorización según Julián –y lo había dicho a sabiendas que consultaría-, más me valía no perderme un segundo de ese encuentro tan curioso.

- ¿No crees que tengo demasiadas ocupaciones como para armar un plan semejante por mero aburrimiento?

- Tienes personas que hagan eso por ti.- protestó Siren.

- Claro, porque además de ustedes, todo mi círculo cercano sabe de mi pasatiempo como Emperador de los Mares.

- ¿Cuándo?- Volvió a intervenir Isaak.

- La otra semana.-

- ¿Y no es un poco inoportuno?- pregunté - La situación está muy tensa.

- Precisamente- respondió Julián. - La presencia de Hilda, la tuya y la nuestra, puede ayudar en éste embrollo, y presionar para continuar.

Los tres asentimos, Julián había contemplado cada posibilidad antes de haberse atrevido a aceptar la visita de Hilda, de solicitar permiso a Atenea -suponía que el Patriarca no lo sabía aún o me lo habría dicho-, y de buscar, por su cuenta y a su manera, una forma de salvar lo que tanto a él como a nosotros, nos parecía que era lo justo y lo correcto de hacer, además, su terquedad era tanta, que no iba a darse por vencido tan fácilmente, se iba a jugar sus propias cartas antes de dejar que Poseidón hundiera el barco.

Julián se llevó a Sorrento con la pésima excusa de contarle ciertos asuntos personales que podían ser de su interés. Los vi alejarse hasta que que doblaron una esquina y se perdieron de vista, volví a mirar de reojo a Isaak y tomé el lugar que minutos antes había ocupado Julián y me senté en el borde la fuente.

- ¿De verdad no sabes qué es lo que quiere Apolo de Atenea?

- Claro que lo sé, no pretenderás que lo haga evidente delante de ellos y te meta en problemas, ¿o sí?- Su tono fue brusco, tomé unos segundos antes de intentar continuar conversando, me revolví incómoda en el muro, sentí deseos de levantarme y volverme a sentar, pero me quedé ahí, pensando cómo abordar el asunto con cautela. Maldije el momento en el que, haciendo gala del poco Cosmo que podía utilizar, Julián nos había sacado de nuestra nube personal y hermética de felicidad,

- Tienes razón, lo siento.

- No lo sientas…. Estamos tensos, y con lo que nos ha dicho Poseidón, es muy poca la tranquilidad que vamos a tener en los próximos días.

- Lo sé.

- Mi señora, ¿está segura que es prudente?

- Claro que sí, Shion.

En mi cabeza, la conversación entre el Patriarca y la diosa sobre la conveniencia de mi salida de Atlantis a un evento formal, de civil y en la mansión Solo, revoloteaba con molestia. Estaba en lo cierto cuando supuse que Shion no tenía idea, su oposición fue mayúscula desde el principio, aunque la diosa ya le había ganado más de un round y sólo quedaba asegurarse de que por su cabeza, hubieran pasado todas las opciones y posibles escenarios que esa autorización podía traer.

El Patriarca suspiró, por enésima vez.

- Ya has oído, Aimée. Debes tratar de que Hilda nos dé su respaldo frontal y firme, para presionar un cambio de decisión en Poseidón. Apolo se resiste a escucharnos, así que debemos agotar las opciones que nos queden a la mano.

- Sí, Maestro.

Sus cosmos se desvanecieron en segundos. Salí de la habitación con una pequeña maleta de mano, y me uní a Sorrento e Isaak para ir rumbo a Atenas.

...

La mansión de Julián vacía y durante el día, era menos intimidante de lo que recordaba. La única vez que la había visitado, fue el día en que conocí a Julián y a los Generales Marinos, recordé brevemente las miradas de reojo que le dedicaban a Saga, tal vez, buscando alguna diferencia con Kanon, o por mera curiosidad. En todo caso, estaba de vuelta como huésped por unas horas.

Julián se disculpó con nosotros y nos dejó a nuestra merced mientras él se encerraba casi todo el día a responder llamadas telefónicas y manejar sus negocios como lo que era, el capitán de un barco enorme y pesado que dependía de su pericia para superar la inevitable crisis en Grecia. Sorrento, Isaak y yo optamos por acuartelarnos los tres en uno de los salones, evitando así las miradas curiosas de la servidumbre, era increíble como nuestra mera presencia causaba revuelo en semejante lugar. Junto a nosotros había un piano de cola, un balcón con vista al Cabo, y juego de muebles amplio, en el que podían caber casi diez personas, todas ellas con espacio suficiente para explayarse a gusto.

Me senté en el piano, y levanté la tapa con cuidado. Tarja había intentado, y fracasado, darme unas lecciones de piano tiempo atrás, pero a mí nunca me llamó la atención. La única canción que me había aprendido era el cumpleaños, y una que otra estrofa de un villancico que se llamaba Gloria in Excelsis Deo. Jugué un rato con las teclas, hasta que Sorrento se sentó junto a mí y comenzó a jugar con las teclas también, pero tocando una melodía que conocía bien: Für Elise. Le abrí espacio para que tocara con mayor comodidad; aparte de oírle bromear con Isaak sobre su Sinfonía de la Muerte, nunca antes le había escuchado interpretar nada, siendo él un músico consagrado… Sus dedos presionaban las teclas casi sin tocarlas, debajo, pude sentir la vibración de las cuerdas y el pedal. De pronto, la música dejó de ser conocida, Sorrento comenzó a moverse de un lado para otro, tonteando e improvisando alguna melodía hasta que se detuvo por completo.

- Todo tuyo otra vez.- Lo vi sentarse junto a Isaak, que hizo una breve imitación de sus gestos al tocar. Siren se hizo el ofendido unos momentos, y luego comenzó a reír también. Cerré la tapa y me asomé al balcón, el verano había llegado con más fuerza que el año anterior, y maldije no haber tenido a la mano un vestido de algodón o algo más cómodo para usar ese día. El brillo del sol era tan fuerte que enceguecía por momentos, brisaba todo el tiempo.

- ¿Y tú por qué estás tan callado?- preguntó Sorrento, al tiempo que le daba un codazo a Isaak que se corrió más hacia el extremo del mueble.

- Tengo calor, no jodas, Siren.

- Oh, vamos, ni siquiera estamos en el punto álgido del verano, ¿o sí, Aimée?- Me encogí de hombros, a mí también me estaba afectando el calor, como siempre lo hacía. Ya estaba teniendo dificultad para dormir por las noches, y mis mejillas comenzaban a arder de nuevo a la menor exposición al sol.

- Claro, señor "tengo la piel bronceadita"… qué vas a saber tú de este calor infernal.- Sorrento no sabía si ofenderse o echarse a reír, pero yo ya había buscado apoyo en el piano para no irme de narices al suelo con el ataque de risa que estaba sufriendo en ese momento. Isaak miró al extremo opuesto de Siren aguantándose la risa, hasta que no pudo contenerse más, y Sorrento tampoco. Tomé algo de impulso y me senté entre ellos, apoyando mi mano en la rodilla de Isaak, apoyándo la cabeza sobre su hombro.

Unos golpecitos en la puerta nos devolvieron a la realidad de en qué lugar estábamos. En el salón, se abrió paso una de las chicas de la servidumbre que entraba tímida, con una bandeja de té que puso sobre una mesita –hasta ese momento desapercibida- y salió diligente. Tras ella, una mujer de unos cuarenta años, delgada y ataviada de prendas vaporosas y muy ceñidas al cuerpo, entró y cerró tras ella. Saludó a Sorrento alzando el rostro con altanería, y él respondió educadamente inclinando levemente la cabeza. Luego, la mujer concentró su mirada en Isaak, al que escudriño con detenimiento, y luego a mí, e hizo lo mismo.

Antes de que la mujer abriera la boca, Julián entró al salón y brevemente la fulminó con la mirada. La situación era tan incómoda, que hasta el tapete sobre el que estábamos apoyados era más interesante.

- ¡Julián! No esperaba verte por aquí tan pronto…- Dijo la mujer, mirando hacia el reloj de pared que había junto a la puerta. Julián cerró los ojos unos minutos, frunció el ceño y cuando los abrió, le dedicó una sonrisa falsa que nunca le había visto esbozar en Atlantis una sola vez. La mujer respondió con una sonrisa exactamente igual. – Veo que has vuelto a traer a Sorrento, qué alegría…

- Circe- interrumpió Julián, andando por el cuarto, alejándose de la puerta y de la mujer. – Como habrás notado, Sorrento anda en compañía de Aimée e Isaak. Ambos serán mis traductores ésta noche para ciertos asuntos que debo tratar con varios empresarios finlandeses, así que espero un trato amable con ellos, ¿entendido?

- Por supuesto, cariño- Y esa última palabra la escupió con todo el veneno del mundo. Hasta Shaina parecía una inofensiva criatura a su lado. Julián no ocultó el gesto de desagrado que le produjo que se refiriera a él de ese modo. – Todo por el bien de la familia, quería asegurarme de que estuvieran cómodos.- Y tras decir eso, giró sobre sus pies y salió, dejándonos solos.

Julián se sentó en la primera silla que encontró, se soltó la corbata que tenía y dejó escapar un bufido, sentándose desparramado y echando la cabeza para atrás. Sorrento se aclaró la garganta para obtener nuestra atención, cosa que no le fue muy difícil de conseguir.

- Y esa era la madrastra de Julián…

- Ni me lo recuerdes, Siren- Gruñó el otro. Isaak y yo nos miramos, incómodos y sin saber qué decir, revolviéndonos en el mueble. Lo que más me sonaba a mí era que justamente se llamara Circe, lo que no tenía claro era si me fastidiaba o me causaba gracia, pero esa mujer era el perfecto opuesto de las mujeres que yo conocía, además de las Amazonas del Santuario. La imagen de Tarja, con su sencilla falda negra, me daba vueltas una y otra vez en la cabeza. – Por cierto, deberían aprovechar el sol y salir, o algo.

- Paso- Dijo Isaak. Julián lo miró un rato detenidamente y luego soltó una carcajada, mientras me miraba a mí.

- ¿Tú también?

- Oh, sí, no quiero terminar roja como un camarón allá afuera. Disfrutar de la playa no es, exactamente, lo mío.

- Oh, vamos, si los veranos en el Ártico son por encima de los 50 grados.

- Es distinto, Solo.

- El calor te pone de mal humor, Kraken, qué pesado eres.- Isaak se encogió de hombros, divertido.

Otro golpecito en la puerta detuvo la conversación. Cuando Julián dijo "adelante", no esperaba ver a Tehys entrar por la puerta, vestida con un sencillo vestido de algodón, a todas luces fresco. Odié mi pantalón en esos momentos, pero lo dejé pasar, después de todo, había otro tanto de razones por los que la sirena me hacía maldecir internamente.

- Eso fue rápido- comentó Sorrento, Tethys sólo se encogió de hombros y se sentó en la orilla del mueble, junto a Sorrento, pasando el brazo por encima de los hombros de éste. No se me escapó la incomodidad de Siren.

- ¿Todo listo?

- Todo listo, señor Solo. Hemos organizado y coordinado la llegada de HIlda y su hermana, junto a los Dioses Guerreros.

- Muy bien.

Me recosté en el brazo de Isaak tratando de ignorar los aburridos detalles que Tethys enunciaba con orgullo acerca de la llegada de Hilda, lo que se hablaría con ella, y el tiempo total que estaría en la mansión Solo, y que sería muy breve. En mi cabeza rondaban una y otra vez las palabras que le diría a Hilda, su posible reacción, la mía, y todo lo que estaba en juego en ese momento. Me asfixiaba sentir que la última posibilidad de salvar a Marah y el tratado de paz con Atlantis estaba en mis manos, y sólo tenía esa noche. Sin darme cuenta, apreté los ojos y me apoyé con más fuerza en el hombro de Isaak, sus manos tomaron mi mentón con fuerza y me obligó a mirarle. No había necesidad de que preguntara nada, él sabía tan bien cómo yo, qué me pasaba. Me dio un beso en la naríz, antes de que la voz de Tethys nos interrumpiera.

- Son tan cursis...

La ignoramos, nos daba igual. Ella no tenía los minutos contados junto al amor de su vida, si es que era que tenía uno.

...

Tethys siempre se veía radiante, magnética, con cualquier cosa que se pusiera. Incluso una mortaja debía quedarle como una prenda de alta costura. Hubiera podido pasar por una estrella de cine de los años cincuenta con esos rasgos finos y la mirada coqueta que nunca dejaba de lado. tenía puesta un largo vestido verde esmeralda, ceñido desde la cintura hasta las piernas, con un velo largo que asemejaba la cola de una sirena. Sútil, siempre sútil, la forma en la que esa mujer se vanagloriaba de la raza a la que pertenecía.

Yo, de las opciones que me presentaron, escogí un sencillo vestido azul rey, no estaba de humor ni ánimos para jugar a la pasarela. Traté en vano de calentarme las manos con la chimenea, metiéndolas detrás de mi cuello y frotándolas. Cedí, finalmente a soportar con estoicismo las leves punzadas en los brazos, con los nervios, mi cosmo comenzaba a salirse levemente de control y lo primero que se descontrolaba, eran las pequeñas cantidades de cosmo frío que quedaban en mi propio cosmo. Isaak me acompañó la mayor parte del tiempo, nos escondimos en el balcón, pero no hablamos, era como si, finalmente, el estrés y la inminente pérdida de nuestros esfuerzos nos hubieran dejado sin palabras. Eso sí, todo el tiempo me tomó de la mano, me abrazó y me llenó la cara de besos, y yo, luché todo el tiempo por no llorar, apretarlo contra mí o salir huyendo junto a él en un arranque de locura.

Los futuros socios finlandeses de Julián fueron muy breves en su intercambio de palabras, por lo que fue muy poco el tiempo que tuvimos que invertir en eso, para mi tranquilidad. Mi mirada no dejaba la puerta, tarde o temprano, Hilda entraría por ahí. No dudaba de sus buenas intenciones y cariño hacia el Santuario, pero sabía muy bien que para ella la prioridad era su pueblo, y su bienestar. Dejé de respirar cuando la puerta se abrió, pero no era Hilda la que había entrado, sino otra mujer: cabellos rojos, mirada castaña, piel bronceada muy clara, ataviada con un sencillo vestido de seda muy elegante. Todas las miradas la siguieron cuando entró y se ubicó frente al cuarteto, que tocaba un minueto en ese momento.

La joven hizo un breve reverencia al público, y tras una introducción de parte del maestro de ceremonias, hizo una interpretación de "O Mio Babbino Caro". Su nombre era Danika Samaras, una joven pero talentosa cantante lírica, al parecer, famosa. No era de extrañar, después de todo, estaba en la reunión privada del tipo más rico del mundo. pasaron varias interpretaciones de la chica, mentiría si dijera que no disfruté todas y cada una, hasta que la mano de Isaak me tomó del brazo y me sacó de allí de un tirón. Casi lo fulmino con la mirada, pero me detuve en el momento en el que mi mirada se cruzó con la de Hilda y la de Flare, que se acercó y me dio un fuerte abrazo que no dudé en responder. Se separó de mí y me miró de arriba abajo.

- ¡Wow! Te ves increíble- Le sonreí, intimidada por su cumplido. Lo cierto es que tanto ella como Hilda había abandonado sus típicos atuendos asgardianos, e iban vestidas con sencillos vestidos, con pequeños encajes y detalles brillantes por aquí y por allá. Hilda vestía de beige, y Flare de violeta y llevaban los largos cabellos recogidos con delicadeza.

No vi en qué momento apareció Julián junto a nosotros, pero fue el ser más adorable jamás visto. Apenas y había anochecido, pero los accionistas más viejos de la compañía de Julián comenzaban a retirarse. Me giré al tiempo que Hagen y Sigfried entraban, ambos con trajes sencillos, de color claro.

- Es un honor para mí recibirla en mi hogar, Hilda.

- Es usted muy amable al recibirnos, Julián.- Aunque se llamaban por sus nombres, el trato entre ellos era formal, controlado. Después de todo, se trataba de la representante de Asgard y de la encarnación de Poseidón de quiénes se trataba. Ambos salieron hacia un salón más privado para conversar, de modo que ningún curioso escuchara cosas que no eran de su incumbencia. Tras ellos, Sorrento y Sigfried se apostaron en la puerta sin mirarse, ni intercambiar palabras.

- No quisiera ser Sorrento.- Le susurré a Isaak en un descuido de Flare, que aprovechó la ausencia de su hermana para tomar de la mano a Hagen.

- Yo tampoco.- Respondió él. - Sigfried tampoco se ve muy contento de estar ahí, y no lo culpo, es raro verte de frente con el tipo que te mató...

- ¿Lo dices por Hyoga?

- Sólo en parte, en mi caso es... diferente, supongo.- sentí que me dio empujaba con suavidad hacia el frente, y se inclinaba para hablarme al oído. - ¿Qué te parece si distraemos a merak beta para que abones terreno con la dulce Flare?

No pasé por alto el sarcasmo de Isaak, pero me reí, ignorando su veneno, e estaba dando una manito y había que darle crédito por ello. Le vi acercarse a Hagen, quién con recelo, se alejó de Flare, no sin antes preguntarle una y mil veces si iba a estar bien. Una vez a solas, Flare me tomó del brazo.

- Me gustan los jardines de ésta casa.- ¿Qué tenían las diosas y avatares con las flores? Nunca podría entenderlo, recordé la vez en que Atenea nos había comparado a las amazonas con flores que llenan de vitalidad al Santuario.

- Son hermosos.- Respondí.

- Aimée...- Flare me miró con sus enormes ojos azules, y lo que vi no me gustó. - sé por qué estás aquí... mi hermana no puede arriesgar a nuestro pueblo, Poseidón ha sido muy tajante al exigir que nos mantengamos al margen.

- Lo suponía, pero no puedo dejar de intentarlo, Flare. No puedo.

Fuimos interrumpidas por un joven, de unos quince años, muy bella. Tenía un parecido muy leve a Julián, al menos su cabello y piel eran similares. Llevaba un corto y provocador vestido, se apoyó en una ventana que teníamos cerca y mirando al mar, no habló.

- ¿Qué son ustedes de Julián?- Flare y yo nos miramos entre incómoda,s nerviosas y molestas de ser interrumpidas de esa manera por tamaña tontería. No obstante, podía ver en la actitud de la chiquilla, la misma actitud de la tal Circe... dejé caer los hombros, cansada. Sólo quería irme de ahí, Flare había matado mis esperanzas, en lugar de elevarlas.

- El señor Solo, - dije- ha solicitado traducción para hacer negocios con empresarios del comercio marítimo en los países escandinavos, señorita. Es la única relación que tenemos con él.

La chica no pareció satisfecha con mi respuesta pero me valía madres. Le dimos un breve inclinación de cabeza, más por cortesía que respeto y nos fuimos a buscar otro lugar privado donde continuar nuestra conversación. Sin embargo, Hilda se atravesó en mi camino. Me paralicé de horror, incapaz de soltar a Flare, que me apretó la mano para darme los ánimos que me había arrebatado minutos antes, tras ella, Sigfried no dejaba de mirar con recelo a Sorrento y a Julián que hablaban por lo bajo, al parecer, maquinando un plan de acción para algo o eso pensé por las señas que se hacían.

Hilda apoyó su mano en mi brazo, la seguí como un corderito, de vuelta al salón en el que había estado conversando con Julián minutos antes. Cerró la puerta tras sí y se sentó en el amplio sofá, yo, en cambio, fui incapaz de quedarme quieta un sólo minuto.

- ¿Cómo está Atenea?

- Optimista, Hilda- la mirada de la nórdica se oscureció brevemente, agachó la cabeza unos segundos, luego volvió a encontrar su mirada con la mía.

- Así debe ser, ella sabe lo que hace.

- Ella...- me tembló la voz- ella me ha pedido que le exprese su deseo de interceder por su causa. Apolo se niega a negociar, y ha hecho que Poseidón interfiera, aunque no sabemos porqué.

- El joven Solo tampoco lo sabe, Aimée.

Me paseé por la habitación, arañándome el brazo sin darme cuenta, trazando pequeñas líneas que se volvían rojizas con el contacto de mis uñas.

- ¿Usted le cree?- Asintió, y no era que yo dudara de la buena voluntad de Julián, en absoluto. Pero sabía que desde las Marinas hasta Poseidón, todos en Atlantis guardaban con celo los asuntos del Reino Submarino. - No es que yo no le crea... -balbucí, hecha un manojo de nervios.- pero, estábamos tan cerca.

- Aún podemos hacer algo, pero tomará tiempo y sacrificios- Una leve punzada me atravesó el estómago, sabía que Hilda insinuaba que Atenea debía entregarle a Apolo lo que él pedía. Me decepcioné, pensé que tras todo el daño hecho, aún por incidencia de Poseidón, Hilda se pondría la mano en el corazón para apoyar con más determinación la causa de mi diosa. Cerré los ojos, rascándome la cabeza, no podía aceptar que la solución, finalmente, fuera que mi amiga se entregara sin condiciones al dios Sol, me negaba a hacerlo, pero las opciones y los ases bajo la manga se nos habían agotado.

- Entiendo.- Dije sin más, y con una reverencia, dejé a Hilda sola en la pequeña salita, y me escabullí a la planta alta, donde la fiesta no contrastaba con mi sentimiento de total derrota. Me apoyé contra una esquina y me dejé caer, las lágrimas rodando por mis ojos: le había fallado a Atenea, le había fallado a mí amiga y me había fallado a mí misma. Me sentía impotente, lloré desconsolada hasta que se me secaron los ojos.

""Kulta, ¿dónde estás?"

Lloré todavía más cuando el cosmo de Isaak me alcanzó para buscarme, no le respondí, pero él no tardó en encontrarme, más por mis sollozos ahogados que por mi cosmo. Se inclinó en e suelo junto a mí, me alzó el rostro y me besó en las mejillas, mientras que con la mano, impregnada de su cosmo frío, me limpiaba las lágrimas y obligaba a mis párpados a desinflamarse. Me incorporé para abrazarlo con fuerza.

- Tranquila.

- Hilda no va a mover un dedo, Isaak, le fallé a Atenea, al Patriarca, a Mar- Me besó antes de que yo siguiera con mi retahíla de nombres a quienes les había fallado por mi incapacidad de negociar algo tan importante. Miles de dudas me asaltaron, ¿había sido yo la persona correcta? ¿Y si no había hecho lo suficiente? Peor aún, Isaak se veía tranquilo, a pesar de que yo estaba deshecha en un mar de lágrimas y entregada a la derrota.

- ¿Por qué estás tan tranquilo?- Isaak me revolvió el pelo juguetonamente antes de sentarse en el suelo, cargarme y sentarme en su regazo, abrazándome por la cintura.

- Eres una fatalista sin remedio.

- Pero...

- Atenea ya había contemplado la posibilidad de que Hilda se negara.

- ¿y eso es bueno por...?- pregunté perpleja, Isaak se encogió de hombros.

- Porque aún hay una posibilidad.- Lo miré como si hubiera dicho que iba a regalarme una tonelada de chocolates, con los ojos muy abiertos y una sonrisita nerviosa. - Sorrento, Kaysa y yo viajaremos al Santuario en unos días, así que, por favor, Aimée, no llores...

No tenía opción, más que dejarme contagiar de su extraño optimismo. Tal vez, Poseidón, en el fondo, tenía los mismos deseos de paz que mi señora y por eso permitía a sus marinas intervenir buscando salvar tanto tiempo y trabajo invertidos en conseguir una alianza tan importante. Me limpié el último despojo de lágrimas de la comisura del ojo y me levanté, Isaak me siguió y tomándome de la mano, me guió de vuelta al primer piso.

- Además, no me has dedicado una sola pieza de baile, y no pienso irme hasta que eso pase.

Sonreí de vuelta, tal vez me había precipitado en mi juicio de la situación. En dos días estaría de nuevo en el Santuario, y en unos días más, él y Sorrento pondrían de su parte, no era momento de darme por vencida.

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A/N

¡por fin pude actualizar! No saben lo difícill que ha sido escribir éste capítulo, cuando mi cabeza ya andaba planeando los siguientes. Gracias por sus comentarios, Aimée y Eva les mandan besitos y apapachos de agradecimiento. ¡Hasta la próxima!