Capítulo 26: Los tres ancianos

(Opening: Awake and alive - Skillet)

03 de Marzo. Base samurái

Es una fría noche en el país de los campos de arroz. Nos encontramos en la sede de la Gran Alianza Samurái. Este lugar día a día crece en tamaño pues mejores edificios son erigidos. La mano de obra ashigaru parece inagotable, así como el empleo de esclavos campesinos capturados, hacen que este lugar nunca descanse en cuanto a trabajo.

Entre las calles que se construyeron nos encontramos en una pequeña taberna, la cual sirve para que los soldados y los trabajadores puedan descansar ocasionalmente, beber, comer algo o simplemente reunirse para charlas. Es una inesperada reunión la que nos trae a este lugar. En el lugar se encuentran tres campeones, Jubei, Kazuma y Kazuki. Los tres hombres se mostraban carentes de responsabilidad pues visten ropas civiles y muy ligeras.

–No lo entiendo, ¿Por qué el shogun no me envió a mí en esa misión? –cuestionaba Kazuki Kisaragi, mientras se servía otra copa de sake–. ¿A caso no confía en mis habilidades?

–¿Puedes dejar de pensar en eso? En serio, llevas días jodiendo. No te envió por que no quiso, carajo. Supéralo –alegó Kazuma, quien se notaba influenciado por el alcohol.

–A diferencia de ti, a mí no me gusta estar de vago todo el día. Un samurái de verdad debe estar siempre activo y en forma, ¿Cuándo fue la última vez que entrenaste? –reprendió con seriedad el de cabello oscuro.

–No tengo idea. La última vez que entrené aun estábamos en nuestro país –respondió riendo mientras daba otro trago–. No necesito entrenar, solo necesito descansar y disfrutar de la vida.

–Hablas como un jodido ronin. Qué vergüenza. ¿Cómo diablos Lord Shimazu te considera su campeón? –alegó con cierto desprecio ante su forma de ser.

–Púdrete. El viejo Shimazu sabe perfectamente que soy el más fuerte de sus sirvientes, y nadie mejor que yo para ser su campeón –da otro trago–. Ya veraz Kisaragi, cuando me den una oportunidad acabaré con una tropa de ninjas y meare en sus cadáveres –aunque eso último fue una broma.

–Sí. Tu daimyo cofia tanto en ti que prefirió que un criminal entrenara a su hija antes que tú. Ya todos sabemos que Gadi Enoshima es el sensei de Miri Shimazu. Eso habla de tus habilidades, Zuma –comentó sonriendo de lado Kazuki, mirando de reojo a su amigo, quien solo bufó.

–Sí, si lo que digas. Esa tonta, presumida y vanidosa… es igual a su madre –dijo cruzando de brazos.

–Debes respetar a tus enemigos y tus amos, Zuma –habló Jubei de forma un tanto seria. Zuma es como algunos se refieren a Kazuma–. No importa quienes sean o como actúen.

–Solo estoy jugando, Jubei…nunca me dan ganas de orinar en una pelea –siguió molestando y riendo, mientras daba un gran trago directo a la botella–. ¡Esta mierda es muy buena, quiero otra!

–No, ya no. Mañana tienes exploración, y debes estar en tus cinco sentidos –objetó Kazuki alejándole la otra botella.

–Puedo hacerles una pregunta –interrumpió Jubei, quien desde hace un tiempo se había notado algo serio y pensativo.

–¡Déjame adivinar! Otra pelirroja de pechos grandes te rompió el corazón… que pena Jubei, no hay medicina para eso –se burló Kazuma tratando de alcanzar la botella, pero Kazuki se la alejaba.

–No le hagas caso, ya está demasiado ebrio como para decir cosas coherentes –alegó Kazuki rodando los ojos y dándole la botella para que no interrumpiera.

–No quiero que malinterpreten esto, solo es una pregunta. ¿Ustedes confían en los daimyo? –preguntó de forma seria, obviando las tonterías de Kazuma.

Kazuki se extrañó por la pregunta, mirando de reojo a Kazuma, quien se daba gusto con la botella. La dejó de lado y suspiró sonriendo.

–¿A qué viene eso, Jubei? –cuestionó Kazuma, aún más ebrio.

–Solo es una pregunta entre amigos. Sea lo que sea que tengan que decir no saldrá de aquí –aclaró. El samurái tuerto, buscaba escuchar algo de sus compañeros, algo que solventara las palabras que tiempo atrás le dijo Hideo Fujigawara.

–¿Acaso tienes algo que quieres decir, pero no sabes a quién? –objetó Kazuki, notando que Jubei ocultaba algo.

–No, realmente no…–Jubei se notó solo ligeramente nervioso al verse descubierto. Era obvio, Kazuki es demasiado listo, Kazuma igual pero está muy ebrio para deducir algo. Y esa misma ebriedad es la que lo hizo golpear la mesa interrumpiendo a Jubei.

–Yo si tengo algo que decir, sí, quiero decirlo –habló Kazuma dejando de lado su botella–. Mi daimyo, ese viejo, es un verdadero idiota, soberbio, debilucho y estúpido como nadie. ¿No sé cómo diablos es que lo aceptaron en esta alianza? No hizo nada útil durante el Sengoku. ¿Saben que hizo? ¡Se ocultó en su puto castillo durante cinco años! ¿Imaginan eso? Menudo cobarde.

Los otros dos se sorprendieron de ver a su compañero hablar de tal forma acerca de su amo. Miraron en todas direcciones, por suerte no había nadie cerca para que oyera.

–¡Diez años, diez años defendí las fronteras Shimazu! ¡Lo hice yo, no lo hizo él! No tienen idea a cuantos infelices asesiné, carajo. A veces no sabía si eran hombres o mujeres, solo los mataba sin más. Yo no quería, pero eran las órdenes de mi infeliz amo. A veces eran muy jóvenes, a veces eran mayores que yo, igual me imploraban perdón y no tenía más opción que matarlos –dio un gran trago a la botella–. ¿Pero qué puedo hacer? Ese pedazo de mierda Shimazu es mi amo, y yo soy un samurái. Juro por mi espada que lo obedeceré y lo protegeré hasta el último maldito día de mi maldita vida… eso es lo que hago, eso es lo que soy…un…un samurái.

Los acompañaban estaban más que impresionados, muy pocas veces se escucha a Kazuma hablar tanto, y nunca lo habían visto enojado o frustrado a menos que fuera en un combate.

–Ahora entiendo por qué no quiso que entrenaras a su hija –comentó Kazuki arqueando la ceja. No le agradó para nada la forma en la que se expresó de su propio amo, pero tampoco es que le importara mucho–. Será mejor que dejes de beber.

Trató de quitarle la botella, pero Kazuma lo evitó. Dio un gran trago más, este aún más prolongado casi acabando con la botella.

–¡Aun no termino, idiota! –exclamó. Y de un solo trago se terminó la botella–. Se los diré una sola vez, Kazuki, Jubei, les voy a decir lo que pienso de Shinzo Tokugawa, Samuro Ashikaga y Masamune Date, les diré lo que pienso de esos tres demonios –dijo señalando con una seria mirada a los dos hombres que le acompañaban.

–¡Cuida tu lengua, Kazuma! –advirtió Kazuki con seriedad también–. Te recuerdo que estás hablando de nuestro Shogun, y de mi amo.

–Déjalo hablar, Kazuki –agregó Jubei de forma seria. Esperando escuchar lo que Kazuma tenía que decir.

–No sé qué es, no sé si es bueno o es malo. Pero sé que esos tres ancianos ocultan algo, algo muy importante que no han confiado a nadie, ni a sus propios hijos. Esos tres ancianos fueron los samurái más poderosos en sus tiempos, fueron ellos quienes iniciaron la guerra contra los Taira. Y ahora fueron ellos tres los que nos trajeron a todos hasta este lugar. Este viaje no es una casualidad –decía Kazuma. Podía estar ebrio, pero no decía incoherencias, decía lo que pensaba y parecía tener fundamentos para sus afirmaciones.

–¿A qué te refieres, Kazuma? –preguntó con interés Jubei.

–Dices puras estupideces –bufó Kazuki cruzado de brazos.

–Maldición. Kazuki, Jubei, solo piensen. El maldito Sengoku duró cincuenta años. Cincuenta años de guerra sin cesar, hasta que esos tres sujetos se unieron para declarar la guerra a los Taira. La guerra se intensifico dividiendo a todos los clanes en dos bandos, hasta que por fin tuvimos paz. La paz por la que luchamos toda nuestra vida. ¿Y qué pasó? Solo dos años duró, ahora venimos al otro lado del mundo, a una tierra que ninguno de nosotros o de ellos ha conocido. Una tierra que no ha sido pisada por los samurái en varios siglos. ¿Para qué? ¿Para qué venir hasta aquí cuando ya teníamos un hogar, cuando ya teníamos la maldita paz?

–¡Lo hicimos porque estas tierras siempre fueron de los samurái y deben volver a serlo! –exclamó Kazuki levantándose y encarando a Kazuma. Se notaba una gran ira en los ojos de Kazuki–. ¡Vinimos aquí por el orgullo de los samurái!

–¡Vinimos a otra puta guerra! nos trajeron a otra maldita guerra –alegó él levantándose también. Jubei debió intervenir separándolos un poco para evitar que esto llegara a las agresiones físicas–. ¿No fueron suficientes cincuenta años de guerra? ¿No murió suficiente gente en el Sengoku? ¡Maldición, la peor maldita guerra que hemos visto terminó hace solo dos años y ahora estamos aquí, vinimos como invasores que serán tratados como invasores! Los ninjas no entregaran esta tierra sin morir en el proceso y puedo anticipar que van a luchar hasta el final con tal de aniquilarnos.

–¿A caso les tienen miedo a una parda de ninjas inferiores? –cuestionó mirándolo a los ojos, notando desprecio en ellos–. Los samurái nacimos para la guerra.

–¡Eso es lo que quieren que creamos! ¡Abre tus putos ojos! –respondió–. Solo somos borregos, perros con collar o armas a su servicio para esos tres ancianos. No nos ven como personas, solo quieren que hagamos el trabajo sucio, les importa un carajo si vivimos o morimos. El demonio Sombra era diferente, por eso el ya no está aquí.

–¿Qué tiene que ver Hideo Fujigawara en esto? –cuestionaron Jubei y Kazuki sin entender.

–Ese hijo de perra era un demente, un psicópata sanguinario. Nunca dejó que nadie le dijera que hacer, hacia lo que quería cuando quería. ¿Y qué hizo cuando su propio amo intentó asesinarlo? Se defendió y él le cortó la cabeza, a su propio amo. ¿Cuántos de nosotros somos capaces de eso? –dijo sonriendo–. Ahora es un ronin, un traidor… pero es libre.

–¡Es un maldito traidor y un ronin! No puede tener menos honor, ahora mismo la vida de un perro vale más que la suya –gruñó Kazuki apretando los puños– No hablen de ese hijo de puta como si fuera alguien del que hubiera que aprender algo.

–¿Lo dice tu espíritu de samurái o lo dice Kazuki Kisaragi, quien fue humillado por el Demonio Sombra? –cuestionó Jubei mirándolo de reojo. Por mucho que Kazuki lo negara, era más que obvio para todos el rencor que le tiene a Hideo por aquella batalla.

–¿Qué les pasa, par de imbéciles? ¿Ahora concuerdan con las decisiones y las acciones de un ronin? –claramente se ofendió, pero no les daría la razón. No decidió quedarse y seguir alegado más acerca de eso. Pero antes de irse les dedicó unas palabras–. Más les vale dejar de pensar en ese sujeto como alguien admirable. Lo que se habló aquí, aquí se quedará, se los aseguro. Pero si vuelven a hablar así de los daimyo, terminarán como pronto terminará Hideo Fujigawara –los fulminó con la mirada–. Muertos –dicho esto se retiró del lugar.

–¡¿Ese imbécil acaba de amenazarme?! –cuestionó ofendido Kazuma, trató de moverse, pero la ebriedad se lo dificultaba.

–Vale, ya. Será mejor que regreses a tu residencia a descansar –dijo Jubei ayudándolo a levantarse.

–Claro que no, aun no. No tengo ganas de dormir. Veré si puedo acostarme con una preciosa chica antes de eso –dijo riendo mientras se levantaba–. Nos vemos luego, Jubei. Procura que no te maten por pensar libremente –sin más que decir se fue del lugar riendo y robando una botella.

–Bueno, supongo que esta reunión fue un poco más infructuosa de lo que pensé. Al menos ahora sé que no soy el único que duda de las motivaciones de los daimyo –se dijo así mismo de forma pensativa.

Mientras tanto algo se suscitaba en la torre principal, la torre del Shogun. A esas horas de la noche ya no había nadie más allí, salvo los guardias y el Shogun. Samuro Ashikaga, un hombre de sesenta años de edad, una leyenda entre los samuráis, quien llegó a ostentar el título de Dios Samurái durante la dictadura de los Taira.

Deambula a paso lento, ataviado por una gran y lujosa bata blanca con detalles en rojo, y con su espada en la cintura. Camina por el gran salón, donde las luces están completamente apagadas. Aun así él pudo presentir dos presencias en ese lugar, cosa que no le sorprendió.

–Recuerdo claramente haberles dicho que la reunión seria a la media noche. Llegaron una hora antes –dijo con su apacible voz, al tiempo que se sentaba en la mesa junto a esas dos presencias.

Con un solo gesto de su mano las lámparas y antorchas se encendieron. En ese lugar estaban dos daimyos muy cercanos al Shogun. Básicamente los fundadores de la gran alianza. Masamune Date y Shinzo Tokugawa.

–El tiempo no es algo que nos sobre, Samuro –dijo tranquilamente Shinzo mientras bebía de su té y tenía su katana sobre la mesa. ¿A caso lo llama por su nombre?

–Es verdad. Debo decir, con mucha vergüenza, que los años y las lesiones comienzan a pasarme factura a mí también. Cada vez me es más difícil trasnochar y no estar agotado al día siguiente –comentó Masamune. Tomando también una taza de té, y portando su poderosa nodachi en su espalda.

–Mis estimados compañeros y amigos. Es una pena vernos en esta situación. Antaño éramos los hombres más fuertes y poderosos del mundo –dijo sonriendo mientras se servía un poco de té–. Ahora solo somos un trio de ancianos, tomando té y hablando de viejos tiempos. Irónico –rio al final.

–Pero, estamos aquí, para cambiar eso, ¿no? –dijo Masamune mirándole de reojo.

–Ya no me queda mucho tiempo, Samuro. Mi enfermedad está avanzando cada vez más. Ya no puedo comer cualquier cosa, tengo que tomar muchos medicamentos y mi vista comienza a fallar –comentó él calvo líder del clan Tokugawa. Quien desde hacía ya varios años era víctima de una terrible e incurable enfermedad que progresaba lentamente.

–Yo no estoy en un lecho de rosas precisamente –agregó Masamune–. Mis rodillas terminaron muy dañadas después de la guerra, perdí un pulmón y tengo cicatrices por todo el cuerpo. De joven no eran un problema, pero ahora pesan sobre mí.

–Que cruel es el destino –sonrió Samuro–. Decían que los samurái, mientras más poderosos fueran, más lento envejecen, pero nosotros somos la excepción. Yo perdí la sensibilidad en todo el cuerpo, mi virilidad y todo mi poder fue absorbido por mi último enemigo. No soy ni la sombra de lo que alguna vez fui. Un Dios Samurái.

–¿Cuándo fue la última vez que midieron su poder con una Carta Cazadora? –preguntó curioso Lord Date.

–Hace dos días –respondió Shinzo. Sacó de sus ropajes una pequeña tarjeta. Parece un naipe, completamente blanco salvo por una pequeña mancha roja de un lado, y en el otro lado aparece el nombre de Shinzo seguido de un número.

–Maldita sea, Shinzo. ¿5,500? Estas incluso debajo del nivel de un samurái estándar. Cualquiera podría venir y matarte sin que pudieras hacer algo. Ahora entiendo por qué andas con tantos guardaespaldas –dijo sorprendido Masamune.

–Se los dije. Esta enfermedad está por acabar conmigo –suspiró–. ¿Y tú, Samuro? –le miró de reojo.

El shogun también sacó una de esas cartas de sus ropas y la puso sobre la mesa.

–Debes de ser el shogun más débil que jamás haya existido –rio Masamune al verla–. Solo tienes 4,000. Pero bueno, yo no soy la excepción, solo tengo 6,000

–El sello que ese maldito Taira usó sobre mí me arrebató casi todo mi poder, dejándome como una basura –dijo con molestia el shogun–. Pero vinimos hasta aquí para revertir los deseos del destino.

–Es lo más importante. Más importante incluso que exterminar a los ninjas –agregó Shinzo–. Si no evitamos morir, no podremos gobernar este mundo tanto como deseamos –dijo sonriendo.

–Quiero suponer que con la información que has recolectado ya has encontrado el lugar. Mi querido hijo Tenma y el joven Kazuhiro no han dejado de hacer misiones de exploración –comentó Masamune, mirando al Shogun.

–Aún no hemos recolectado suficiente información –respondió Samuro. De entre sus ropajes sacó un pergamino. Se notaba bastante viejo y algo maltratado–. Y mi hijo también está haciendo misiones de exploración, así que no molestes con eso.

–Kenta se fue con su novia y amigos a matar ninjas, no a explorar…si yo fuera veinte años más joven habría ido con ellos a divertirme también –bromeó Masamune.

–Da lo mismo –obvió el shogun. Tomó el pergamino y lo desplegó sobre la mesa para que lo pudieran ver.

No era tan extenso como los que en otro momento mostró, sin embargo este era diferente al no contener tantas letras, pues no hay relatos en este, sino un mapa. Pocas letras describían lo que marcaba, pues, en cierta zona del mapa estaba el símbolo de la cara de una mujer llorando.

–Este mapa es tan viejo. No entiendo nada, no puedo compararlo con los mapas que hemos conseguido de los ninjas, ni con los informes de exploración –explicó Samuro–. Lo único que puedo deducir es que no esta tan lejos como podemos pensar. Y claramente debe estar dentro de los territorios que alguna vez dominaron los Minamoto.

–Eso no es muy claro. Los Minamoto dominaron la mitad de este continente. Técnicamente puede estar oculta en cualquier lugar –alegó Masamune cruzado de brazos.

–No en cualquier lugar –habló Shinzo–. Aquí dice "Oculta dentro del Gigante Verde, resguardada por ríos y escondida entre un bosque de un solo camino" –leyó una leyenda en el pergamino.

–¿Gigante Verde? –cuestionó sin entender.

–Los Minamoto eran muy religiosos y amantes de la naturaleza. El Gigante Verde debe ser alguna clase de planta, quizás un árbol muy grande –sugirió Samuro.

–Bien, solo tenemos que encontrar un árbol gigante que esté protegido por ríos y dentro de un bosque inexpugnable. Todo este continente está plagado de bosques y ríos. No lo encontraremos tan fácil –bufó el daimyo de la nodachi.

–Tendremos que hacer un cambio en nuestra exploración. Nos hemos enfrascado en identificar a las naciones ninjas que son un potencial peligro, y no nos hemos interesado en encontrar lo que tanto deseamos, amigos. A partir de mañana dejaremos las misiones de reconocimiento militar a los otros cuatro clanes. Los nuestros se encargaran únicamente de encontrar ese árbol –dijo el shogun con seriedad.

–Estoy de acuerdo, mientras más pronto la hallemos mejor para nosotros. Aun así hay algo de lo que no hemos hablado aun –comento Shinzo.

–¿De qué se trata? –cuestionaron los otros dos ancianos.

–¿Qué pasará cuando bebamos de esa agua y haga lo que tiene que hacer? ¿Qué pasará con los otros cuatro daimyos? Ellos también querrán un poco de ese "secreto"

–¿Crees que vamos a darles algo a esos cuatro imbéciles? –rio enormemente Masamune.

–No olvides, Shinzo. Yuu Mori, Nobunaga Oda, Takehiko Shimazu y Kamagure Takeda son solo herramientas –sentenció con una sonrisa únicamente perversa–. Cuando bebamos de la fuente Lagrima de Diosa, y volvamos a ser tan fuertes como los fuimos en nuestra juventud, nos deshacemos de ellos.

–Este mundo es muy pequeño para siete daimyos. Tres son más que suficientes –agregó Masamune riendo con una sonrisa puramente malvada.

–¿Y tu hijo? –Shinzo se mostraba más serio. No es que la idea no le agradará, más bien es que prefería analizar cada detalle. Esa pregunta se la dirigió a Samuro.

–¿Qué pasa con mi hijo? –arqueo la ceja sin entender.

–El joven Kenta ha desarrollado un gran afecto, diría que es amor, por la hija de Kamagure, Hikari Takeda. ¿Qué pasará cuando "eliminemos" a su padre?

–Kenta tendrá dos opciones: convence a su novia de unirse al clan Ashikaga o tendrá que matarla –respondió tranquilamente.

–Luego tenemos a Nobunaga Oda. Yo no subestimaría a ese muchacho, diría que de los cuatro él es el más peligroso. No por nada luchó solo contra los Taira por mucho tiempo, ganó las guerras de su padre y sobrevivió. Y luego tenemos a Yuu y Akame Mori. Un par de locas peligrosas –expuso Shinzo.

–No te preocupes por Yuu –aseguró Masamune tranquilamente–. Tengo espías en su residencia. Ella le envió una carta personal al traidor Fujigawara, usando como mensajera a Ren Fukui.

–¿Por qué diablos no nos habías dicho eso antes? –objetó algo molesto el shogun.

–Porque quería esperar –respondió riendo–. Escuchen. Todos sabemos bien que Yuu está obsesionada con el Demonio Sombra. Aquí solo hay dos opciones. Ella quiere reunirse otra vez con él, lo cual terminará con ella muerta por que ese sujeto es un demente o nosotros la acusamos de traición y la ejecutamos bajo la "ley" –explicó–. Sugiero esperar a que ella misma encuentre su perdición en manos del Demonio Sombra.

–¿Me estás diciendo que los campeones que enviamos a por él no podrán vencerlo?... Ya entiendo, por eso me pediste que no enviara a Kazuki ni a Kazuma, querías que enviara campeones menos poderosos –cuestionó el shogun.

–Les seré sinceros. Shinzo, tu campeón, Tetsuo, es demasiado débil.

–Lo sé, soy consciente de eso. Pero fue lo único que me quedó después de la guerra –dijo tranquilamente.

–Ren Fukui es muy fuerte y muy hábil, no lo niego. Pero ella tiene órdenes de su ama de no intervenir en un combate contra el Demonio Sombra –entonces suspiró–. No obstante luego esta Tomoe, esa mujer si es un riesgo, es muy fuerte… quizás la samurái más fuerte de todas. Si tenemos suerte ella no será suficiente para vencer al Fujigawara. Dejaremos la puerta abierta para que Yuu muera en sus manos después…

–Luego "eliminamos" a su hija y nos ganamos de enemigos a Nobunaga, quien tiene bajo su mando a Tomoe –agregó Shinzo poco convencido.

–¿Te preocupan los campeones? –alegó serio Masamune–. Tengo a Jubei de mi lado.

–Y yo tengo a Kazuki bajo mi mando. Él es el campen más poderoso de todos y me es leal hasta la muerte…

–Sí, y yo tengo aun gigante inútil bajo mi mando. Los Shimazu tienen a Kazuma Ishigawa, quien no le pide nada a Kazuki. También a Ayako Sendo. Los Takeda a Sato Imagawa y Yuu Mori a Ren Fukui. Además tú ordenaste liberar al psicópata de Gadi Enoshima, quien también está bajo el mando de los Shimazu.

–¿Y crees que no lo hice deliberadamente? –le miró con seriedad el shogun–. Desde un principio sabía que tendríamos que eliminar a los demás clanes, por eso me encargue de dejar dentro del clan Shimazu a un bomba de tiempo… a Gadi –sonrió de lado.

–No lo entiendo –dijo Masamune.

–Gadi Enoshima no es diferente a Hideo Fujigawara. Ambos se ganaron a pulso el título de Demonio. Cuando llegué el momento ordenaré a Gadi que acabe con los Shimazu.

–¿Y cómo lograras que te obedezca? –preguntó Shinzo.

–De la misma forma que doblegué al Demonio Sombra. Le ofreceré algo que no podrá negar. Aceptará, estoy seguro. El Demonio de Hielo se postrará a mis pies y me será leal solo a mí. Con él y Kazuki acabaremos con los campeones que no se nos unan. Y cuando bebamos de la fuente Lagrima de Diosa, volveremos a ser los samurái más fuertes de todos.

–Los tres Dioses Samurái que acabaron con el clan Taira –dijeron Masamune y Shinzo al mismo tiempo sonriendo.

–¡Y acabar con los ninjas no podrá ser más fácil, pues además tendremos a las bestias con cola de nuestro lado! –exclamó el Shogun levantándose rápidamente y desenvainado su katana.

–¡Seremos invencibles! ¡El título de Dios Samurái será poco para lo que seremos! –exclamó también Masamune desenvainando su nodachi

–¡Hokakus y Bijus, fundidos en nuestras espadas, empuñadas por nuestro poder rejuvenecido! –agregó Shinzo desenvainado su katana.

Un aura terriblemente oscura se cernió sobre el lugar. La torre misma tembló ligeramente ante un poder invisible que emanaba de esas tres armas. Son lo Hokakus que cada uno de ellos poseen encerrado en sus armas.

Detrás de Shinzo se vió una enorme y corpulenta figura ataviada con una armadura samurái, alas y su nariz alargada lo delataron, el hokaku de Shinzo es un tengu. Aun costado de Masamune apareció una gran y enorme silueta, destacan sus enormes brazos y cortas piernas, así como sus cuernos, el hokaku de Masamune es un Oni. Sobre Samuro levita una silueta espectral y esquelética, cubierta con un manto oscuro, el hokaku de Samuro es un shinigami

Continuara…

(Ending: Polyamorous – Breaking Benjamin)