Cada capítulo está inspirado en una canción. Ya sea el nombre, la melodía, la letra, o todo lo anterior, el capítulo funciona entorno a la música. Recomiendo escuchar la canción mientras se lee el capítulo para sumergirse totalmente en la historia, aunque claro es opcional.

Canción: Radioactive

Artista o grupo: Imagine Dragons

Capítulo 26

Radioactivo

"—Esto es una gran locura.

¿Qué?

Esto.

Puede que sí. Pero es nuestra locura, y me encanta."

– Laura Gallego, El Bestiario de Axlin.

Entre las gruesas cortinas de una ventana se atisbaba un trocito de cielo. Tenía ese azul frío y desvaído, como tinta diluida, ese azul de cuando ya no es de noche y aún no es de día. A centímetros de esa ventana, sobre una cama revuelta, Peter Parker roncaba escandalosamente.

Aunque no lo pareciera, a duras penas había logrado conciliar el sueño esa noche. Como león enjaulado dio vueltas por su habitación durante horas, hizo su tarea pendiente, leyó historietas, y constató que el tiempo es relativo: avanzaba con paso de tortuga cuando él quería que fuese más rápido, y volaba cuando deseaba perdurar los momentos agradables. Y pese a todo el insomnio, no se atrevió a sacar provecho de su noche en vela, pues lo último que le apetecía era meterse en líos por combatir el crimen en la madrugada. Ya había tenido suficiente de eso.

Y cuando todo parecía perdido, lo sorprendió un bostezo; era el sueño piadoso rescatándolo de sus pensamientos finalmente.

Un hilito de baba caía desde la comisura de su boca, su cabello daba la impresión de que se lo había estado revolviendo sin cesar con la nerviosidad de sus manos. Apretaba ligeramente una pequeña hoja de papel doblada en cuatro partes iguales dentro de su puño derecho (parecía haberse quedado dormido resguardando aquella hoja con su mano). Las ojeras enmarcadas eran prueba fehaciente de cuánto le había costado descansar. Nadie en su sano juicio lo despertaría, daba lástima contemplar la profunda calidad de su sueño.

Y de pronto, una franja anaranjada y débil apareció en el horizonte, clareando firmemente el cielo, y la alarma programada encima de la mesita sonó con estrépito, provocando que Peter diera un salto.

Hora de ir a la escuela.

Con mucha pereza, se levantó de la cama y buscó entre el caos de su habitación lo que iba ponerse aquel importante día. Le resultaba extraño creer que a pesar del giro drástico de los acontecimientos y del peligro avecinando, todavía estaba obligado a cumplir con la escuela, como si nada se estuviese cociendo en el otro extremo del mundo. Si dependiera de Peter, él ya hubiese tomado el siguiente vuelo a Suiza, portando su traje de batalla…. No obstante, aún tenía que presentar un par de exámenes, y obviamente no podía dejar a su tía y a sus amigos sin ninguna explicación antes de su partida.

«Tú te encargas de tus amigos, yo me encargo de tu tía, y tu tía se encarga de la escuela. Cuando hayamos solucionado esas tres variables, nos iremos».

A Peter le encantaría saber qué clase de magia iba a emplear Tony para convencer a May de que le permitiese ir, quién sabe por cuánto tiempo esta vez, a Europa, y por segunda ocasión en el año. ¿Otra exclusiva pasantía? Posiblemente… Supuso que ya se preocuparía por eso luego, ahora tenía que ingeniar la mejor manera para contarle las noticias a Ned, sin que éste armara un alboroto en medio de la escuela. Estaba seguro de que su amigo se dejaría llevar por la intriga patológica sobre los problemas en que Peter se metía por culpa de su doble vida. Querría saber hasta el más minúsculo detalle. Tal vez Peter podría grabar otro video de sus aventuras en Suiza, tal como hizo en Alemania, y se lo enseñaría a Ned el día de su regreso.

Tras haberse vestido con su mejor ropa y peinado el cabello con particular esmero, se dedicó varios minutos frente al espejo sólo para darse ánimos: los iba a necesitar. Las primeras impresiones son cruciales, especialmente cuando iba a conocer a sus ídolos por primera vez sin una máscara cubriendo su torpe identidad.


Eran las ocho de la mañana cuando el timbre del teléfono espantó la secuencia extraña de sueños poco nítidos que lo invadía cada noche por culpa del Valium. Tony no estaba listo para despertar aún, pero atendió la llamada de todos modos por fuerza del hábito.

Le costó ocultar el gruñido adormilado que entonaba sus despertares, y pegó el teléfono a su oreja izquierda sin haberse levantado de la cama para desperezarse, hasta que la voz urgente y chillona de Pepper lo obligó a incorporarse. Era el tono que usaba cuando Tony había metido la pata en un charco relativamente pantanoso. El tono evidenciando que algo serio había ocurrido, aunque sin rayar en el ¡Tony por el amor de dios que has hecho!, como en los viejos tiempos. Todo lo que dijo ella sonó como un borrón para él, así que trató de calmarla diciéndole que pasaría a verla tan pronto lograse despertar y componer dos oraciones juntas. Colgó con una vaga despedida y se dijo a sí mismo que debió haber previsto aquello.

Después de vaciar la vejiga, beber un café cargado, tragar dos píldoras de Naltrexona y darle un mordisco a una dona, condujo su mini Cooper descapotable hasta la casa de su exnovia.

Y quedó atónito al llegar.

Era como un palacio en miniatura. Pepper no había escatimado en gastos para su nueva residencia. Estaba hecha de piedra blanca, lisa y pulcra, aunque ligeramente ennegrecida, y eso le confería más encanto de belleza antigua. Tenía un insinuado estilo arquitectónico de los Países Bajos y Tony sospechó que se había inspirado en las ventanas grandes y en los techos puntiagudos de Ámsterdam. La vez que ellos fueron ahí de vacaciones (cuando todavía se podían llamar una pareja feliz y estable) Pepper se había quedado maravillada ante el diseño limpio y espacioso de los hogares neerlandeses. Tony la felicitaría más tarde por el logro de sus sueños desbloqueado.

Estacionó su vehículo delante de una fuente que bordeaba el patio, y el guardia de seguridad lo escudriñó de arriba abajo con cara de pocos amigos antes de murmurar algo en su intercomunicador. Tony saltó del auto sin abrir la portezuela y caminó hasta la entrada con las manos escondidas en los pantalones de mezclilla, y denotando una expresión desafiante, casi esperando a que lo detuviera el guardia. Pero no lo hizo, y la puerta se abrió antes de que pudiera tocarla.

Una sirvienta de la tercera edad le dio los buenos días (no sin antes sonreírle con hilarante falsedad) y le dijo que la señorita Pots lo atendería en breve.

«Pero vaya que has cambiado, señorita Pots», pensó Tony.

El interior era tan lujoso como el exterior sugería. Dentro, todo estaba reluciente, como una joya bien pulida y trabajada; espejos con marcos del siglo pasado, obras de arte decorando las paredes, y un candelabro de cristal tan delicado que semejaba a caramelo hilado que chispeaba sobre espirales y volutas de plata. A Pepper siempre le disgustó los cuadros de las bandas de rock que Tony colgaba por todos lados. Siempre torció la boca por el desorden de su taller, por los mecanismos inundando su nido de pareja. Era obvio que en aquella casa derrochó todo su entusiasmo por la perfección.

Se sintió desorientado, como una mala decoración comprada por error entre tanta ostentación. Okey, Tony no era exactamente la humildad personificada, pero su alma yacía en el motor de un cacharro descompuesto, y en los engranajes metálicos de su basura privada. Todo ese lustre, todo ese barniz no era lo suyo.

—Tony.

Su voz sonó como un llamado cargado de alivio y a la vez de angustia.

Pepper bajaba la escalera de caracol como si se estuviese deslizando. Se había dejado crecer mucho el cabello y ahora éste le caía en remolinos hasta la cintura. Tony sonrió por el simple hecho de que era la primera vez en meses que la veía de frente, y no a través de una pantalla.

—Gracias por venir. Me estaba volviendo loca.

—Aquí me tienes —dijo él— ¿Problemas?

—Sí… Quizá. No lo sé.

—Elige una de las tres —sugirió.

Ahora estaban a un metro de distancia. Tony experimentó un salto en sus latidos al tenerla más de cerca. Había olvidado lo hermosa que era en persona.

Pepper, por otro lado, se saltó la charla vacía y los cumplidos, y fue directo al grano.

—Happy se fue esta mañana —reveló ella con expresión afligida—. No se llevó sus pertenencias de la oficina, pero me mandó un mensaje de texto a las seis de la mañana diciendo que iba a tomarse unas vacaciones largas. Así como así. Sin dar explicaciones.

—Para ser justos, Happy no había tenido vacaciones en tantos años que no los puedo calcular.

—Porque ama su trabajo —replicó Pepper—. Y no lo dejaría todo abandonado si no hubiese ocurrido algo muy, muy grave, estoy segura —Tony no dijo nada—. Tú lo conoces mejor que nadie, ¿tienes alguna idea de lo que pudo haber sucedido? Es que a mí no se me ocurre nada, y él se rehúsa a darme más detalles. Dice que prefiero no saberlo —un rubor que acabó por barrer la blancura de los pómulos de Pepper le advirtió a Tony que estaba realmente preocupada. Él nunca fue bueno relajando los ánimos de nadie, en particular los de esa mujer. Todo lo que hacía para aminorar sus preocupaciones era un paso en falso y bastante torpe. La respuesta más sensata para él, solía ser la incorrecta para ella. Y por lo visto, los meses de ruptura no habían servido para enmendar ese aspecto:

—Vamos a desayunar —dijo precipitadamente. Pepper lo miró como si estuviese loco—. Estás toda neurótica y ni siquiera te has tomado un café. Hay un restaurante cerca de toda esta burguesía europea que llamas casa. Dile a tu criada y a tu guardia de seguridad que iremos de paseo para que no me miren feo mientras te secuestro en mi auto.

Pepper frunció el entrecejo todavía más.

—No, Tony. Es una muy mala idea. Es una pésima idea —su tono semejaba al de una madre explicándole a su hijo porqué las travesuras son cosas que hay que evitar en público. Tony la ignoró olímpicamente.

—¿Desayunar es una pésima idea? La gente ha abrazado con fervor el concepto de comer por la mañana a lo largo de la historia. Hay documentación al respecto.

—Necesito saber qué está pasando con Happy, no un desayuno —respondió ella acaloradamente—. Además, espero compañía dentro de un rato.

Si no fuese porque Tony llevaba conociéndola más de diez años, le habría parecido insignificante la sutil desviación de sus ojos hacia la izquierda.

—¿Compañía? —dijo receloso— ¿Qué clase de compañía?

—No cambies el tema —ella espetó.

—No estoy cambiando el tema, tú sacaste a relucir este tema, entonces es tu culpa que estemos hablando de esto —Pepper intentó decir algo, pero él la interrumpió— ¿A quién tendremos de visita? Tal vez podríamos ir a desayunar todos juntos —dijo con toda la intención de presionarla.

—No.

Funcionó. Tony sólo tenía que esperar a que se sintiera incómoda.

Pepper apretó los labios y lo miró con esa seriedad tan suya, como si lo estuviese regañando en silencio. Luego volvió a desviar los ojos y oficialmente adoptó una expresión culpable.

—Estoy saliendo con alguien. Vendrá aquí en una hora.

Tony alzó las dos cejas.

—Bravo, Pep. ¿Quién es el afortunado?

—No es de tu incumbencia, y no viniste hasta aquí para que discutamos mi vida amorosa, ¿recuerdas?

—Cierto…—se rascó distraídamente la barbilla—. Por favor, no me digas que es algún tipo de la mesa ejecutiva. Todos son unos patanes engreídos.

—Tony…

Por lo visto, Pepper no estaba de ánimo para dejarse distraer hasta que él le diese una explicación. Lo malo es que eso era lo único que Tony no podía darle.

—Escucha, Happy es un niño grande, seguramente está bien, ¿de acuerdo? —le dijo—. Si en verdad necesitas una razón, Happy se estuvo quejando durante mucho tiempo lo cansado y lo estresado que se sentía después de cada jornada. Pensé que con un ligero bronceado y un par de margaritas se le quitaría —se encogió de hombros—. Tal vez finalmente lo alcanzó el burn out y decidió tirar la toalla antes de que afectara su trabajo. Claro que esas son meras conjeturas mías, no lo tomes por verdad —hizo una pausa y la contempló a ella mordiéndose el labio—. No te ha abandonado, Pep... Apuesto que regresará en cualquier momento con un café cargado y una nueva lista de quejas para recitar en el comité.

Ella bajó la mirada y sonrió un poco, aunque seguía visiblemente angustiada. De todas las personas que Tony pensó que sería irremediable mentirles en sus caras, no esperaba que Pepper fuera a ser una de ellas, con lo poco que se hablaban ahora.

—Creí que estaba bien —murmuró—. Pensé que lo tenía bajo control —entonces levantó la mirada directamente hacia Tony y él contuvo el impulso de desviarla—. A mí también me dijo ese tipo de cosas, como que le daban migrañas y que le dolía la espalda después de trabajar, pero...él dijo que lo tenía bajo control. No pensé…

—Happy no es de los que admiten que necesitan un respiro hasta que los obligas, o hasta que ya no pueden más y terminan colapsando.

—¿A quién me recuerda?

Tony sonrió de lado.

—Aunque no lo creas estoy mejorando.

—Es lo que oí. ¿Es cierto que ya no bebes? —preguntó ella con una pizca de incredulidad bien justificada.

—Estoy limpio —aseguró Tony—. Puedo orinar en un vaso ahora mismo y probártelo.

—No, no, gracias. Te creo. Vaya…

—¿Qué?

—Que yo recuerde, nunca conseguí que dejaras de levantar el vaso para bebértelo de un trago entero.

—Date un poco de crédito. No soy un reto fácil.

—Y Rhodey me dijo…y Happy —ahora parecía estar meditando.

—¿Qué?

—…Me pregunto quién es la formidable criatura que te convenció de renunciar. Tú solo no pudiste haberlo hecho, necesitabas ayuda.

—Oye, espera un segundo —reclamó Tony—. Si vas a interrogarme sobre eso, tengo derecho a ir yo primero, puesto que demostré un interés mucho más digno que esa pobre insinuación. Vamos, dime con quién estás saliendo.

—Bueno —Pepper se cruzó de brazos—, ¿recuerdas a Erick Hecker de Rectoría?

Tony hizo una expresión muda que quería decir: ¿por qué demonios recordaría ese nombre?

—El que cantó I´ve Got A Spell On you durante la fiesta de Halloween de la empresa, cinco años atrás. Tú bebiste… toneladas de vodka y lo abucheaste en el escenario.

—No me acuerdo.

—No me extraña.

Pese a la severa mirada que le estaba lanzando a Tony, en su voz había un rastro de hilaridad.

—Como sea —prosiguió—, llevamos cuatro meses juntos. Es muy agradable, y divertido, y optimista… Y lleva nueve años sobrio.

—Entonces es tu tipo —repuso Tony.

Ella asintió, repentinamente radiante.

—Lo sé. Tiene la colección entera de los álbumes de Black Sabbath. Ama la comida italiana y las caminatas por la playa.

—Un hombre de gusto impecable —concedió Tony—. Me encantaría conocerlo. Hoy no —añadió rápidamente al ver la cara dudosa de Pepper—. ¿Tienes algo en contra del ritual nocturno llamado "cena"? Vamos a Eleven Madison Park con la condición de que yo invito.

—Suena bien —respondió ella—. Pero tengo que ver qué día será uno bueno, porque…

—Sí, sí, la CEO tiene una agenda apretada. Te espero.

—Gracias. ¿Y tú?

—¿Yo? —parpadeó sin comprender—. Mi agenda es razonable y bien administrada, gracias por preguntar.

—No, tonto. ¿Tienes a alguien especial que deba conocer durante una cena incómoda?

—Oh. Oh, a ver, veamos, alguien especial… —repitió entrecerrando los ojos y haciéndose el pensativo— Mmm no. No tengo a nadie, Pep. Tengo un dolor de cabeza —se conformó con decir—, y una punzada en mi hombro izquierdo que no se quita con nada. ¿Qué me recomiendas?

—Para el dolor de cabeza un analgésico. Para tu hombro un buen masaje de tres horas.

—¿Ves? Sabía que debía preguntarte, Pep. ¿Algún asesoramiento para esta tarde? Voy a conocer un montón de gente nueva por primera vez.

—Sé amable, sé encantador, y ensaya tus buenos modales. En resumidas cuentas; no seas tú mismo.

Tony se rio.

Y se rieron por otra media hora más, recordando anécdotas de lo tontos que habían sido juntos, y de pronto ya no estuvieron tensos por ocupar un mismo espacio geográfico. La deserción de Happy quedó situada en la esquina y marcada como un pendiente; Pepper no iba a olvidarlo tan rápido.

Sin embargo, Tony se marchó de ahí con una sonrisa plasmada en el rostro, y ni siquiera notó la mirada desaprobatoria y recelosa del guardia.

A medida que la casa de Pepper se iba desvaneciendo en el camino, fue golpeado con la repentina y aplastante realización de que un capítulo importante en su vida finalmente se había cerrado. No estaba marcado en un libro. No lo revisaría más veces. Esa parte de su vida, y todo lo que significó para él, ya estaba hecha. Era un cierre del que Tony no se había dado cuenta que tenía, hasta que lo encontró. Se sentía verdaderamente feliz por su exnovia. Aquella sofisticada casa, su elevado puesto de trabajo y su nueva y estable relación: argumentos inequívocos para creer que, como él, ella estaba avanzando sobre las cenizas de su complicada relación pasada. Esa mañana se habían demostrado mutuamente que podían ser amigos y olvidar los malos tragos, al punto de acordar una inocente reunión amistosa para presentarse a sus nuevas parejas. ¿Pepper también llegaría a alegrarse de corazón por Tony si él le presentase durante la cena con quien estaba ahora? Probablemente no.


A Michelle no le gustaba que le dijeran que se diera prisa, especialmente cuando no le habían proporcionado una buena razón para hacerlo. De modo que, por principios, se tomó su tiempo en llegar a la terraza.

Peter y Ned la estaban esperando al pie de la puerta con los brazos cruzados y una expresión ligeramente fastidiada.

—¿Qué? ¿Me tardé demasiado? —preguntó ella de manera altiva.

—Creo que las tortugas te estaban pidiendo tregua —replicó Ned, listo para iniciar una discusión. Peter debió darse cuenta, pues rápidamente intervino:

—Chicos, no empiecen. Los traje aquí por una razón, ¿recuerdan?

—¿Esa razón es, por casualidad, que nos congelemos de frío? —rezongó Michelle, sin dejarse llevar por el misterio que Peter trató de emplear para hacerlos subir las escaleras tan rápido y sin haber comprado el almuerzo primero— Aquí hay mucho viento, ¿por qué no podemos ir a otro lado?

—Peter quiere decirnos algo, aguántate.

—Muy fácil para ti decirlo, tienes una capa de protección natural.

—Chicos, chicos —se apresuró a decir antes de que Ned respondiera con otro insulto—. A donde me voy va a hacer mucho más frío que aquí arriba. Compadézcanse de mí.

—¿A dónde vas? —saltó de inmediato Ned, olvidando por completo la frase hiriente que estaba a punto de lanzarle a Michelle.

—A Suiza.

—¿QUE? ¿Es enserio? Oh por dios, ¿cuándo? ¿por qué? ¿Vas a una misión con los… —se le enrolló la lengua en la última sílaba, y Michelle resistió el impulso de darle un golpe en la cabeza.

Pero Peter no se alteró en lo más mínimo.

—Sé que le dijiste a Michelle que soy Spider-man, Ned.

Su amigo puso los ojos como platos y lo miró boquiabierto. Michelle, en cambio, desplegó una sonrisa burlona.

—Hum, en eso te equivocas. Yo lo adiviné, y él me lo dijo cuando era demasiado ridículo fingir lo contrario. Vaya que has tardado en darte cuenta —le espetó—. Era un fastidio pretender no saber nada cuando ustedes dos se morían por hablar de eso a mis espaldas. Aunque pensándolo bien, fue muy divertido ponerlos nerviosos. Es una lástima que todo haya acabado.

—¿Cómo supiste que Michelle sabe? —preguntó Ned, muy consternado.

—Te escuché hablando con ella por teléfono sobre mí.

—Un clásico —Michelle se regocijó—. Entonces es tu culpa —le recriminó a Ned.

—Vamos chicos, no es culpa de nadie —dijo Peter en gesto conciliador antes de que su amigo abriera la boca para defenderse—. Es mejor ahora que los dos lo saben, así ya no habrá secretos.

—Es verdad —corroboró Ned, aliviado de que Peter se estuviera tomando tan bien su indiscreción— ¿Ves, Michelle? Será mucho más fácil hablar ahora porque somos los únicos que conocen tu secreto —exhaló muy satisfecho por su victoria, pero a Michelle no se le escapó la cara tensa que puso Peter.

—¿Lo somos? —inquirió ella, entrecerrando los ojos—. ¿Somos los únicos?

Él la miró vacilante unos segundos y después bajó la mirada.

—Ajá. Lo sabía. ¿Quién más sabe de esto? No me digas que es…

—Es Liz. Ella sabe —admitió con la culpa escrita en toda su cara.

—Me lo temía —Michelle exhaló suavemente y puso los ojos en blanco.

—No puedo creerlo, ¿cómo lo supo ella? ¿y cómo supiste que ella sabe?

Pero Michelle interrumpió la avalancha de preguntas de Ned a tiempo.

—Esto de saber los secretos de Peter se está volviendo un deporte olímpico y muy rebuscado. ¿A quién le importa todo eso? Lo sabe y punto —declaró ella con impaciencia—. Lo preocupante es que ha sido muy fácil. ¿Cómo te las ingenias para que se vea tan fácil?

—Estoy trabajando en ello —aseguró Peter, aunque lucía tan preocupado como Ned.

—Hazlo, o no querrás que el mundo se entere de tu más profundo secreto —Michelle tomó nota de la expresión de Peter cuando pronunció esas palabras. Después añadió: —¿Por qué no nos dices de qué trata esta nueva misión imposible? —dijo haciendo secamente el gesto entre comillas—. Aquí arriba se nos va a congelar el trasero, pero el glúteo es una zona bastante sobrevalorada. Estaremos bien.

Los tres amigos se sentaron en el suelo donde solían comer el almuerzo, e ignorando los aullidos de sus tripas escucharon el relato.

Peter les contó una historia sacada de un libro de ciencia ficción; una con robots voladores queriendo dominar el mundo, inteligencias artificiales vengativas, laboratorios secretos, curas milagrosas, rehenes en peligro, y agentes secretos trabajando con lo que restaba de los Vengadores. Ned era un público adulador, que jadeaba ante la más pequeña revelación y se estremecía con los comentarios que pugnaban por salir. Michelle, en cambio, permaneció imperturbable. Nadie dijo nada hasta que Peter hubiese terminado.

A Ned le costó dos segundos recuperar la voz.

—¡Santa mierda, Peter! No puedo creerlo. ¿Estamos en el universo de Star Trek? Porque suena sospechosamente a un episodio que vi con mis padres la semana pasada.

—Lo dudo —Peter sonrió— En mi universo no hay insectos que sangran ácido.

—Sí, pero en este episodio Kirk necesitaba llegar a la base lunar de-

—No sabía que íbamos a tener un debate de ñoños, hubiera llevado conmigo la almohada —cortó Michelle.

—Lo siento —dijo Peter—. ¿Qué opinas?

Michelle sopesó todo lo que había escuchado en los últimos minutos y su fibra escéptica le urgió a decir lo que pensaba.

—Me suena a cuento de hadas.

Peter le sonrió ligeramente y esperó a que continuara. Ella tomó aire.

—También suena bastante peligroso.

—Lo sé —exclamó él, aunque no había rastro de miedo en su cara, sólo emoción, una que Michelle no podía comprender.

—Y me resulta extraño que Los Vengadores no puedan arreglárselas sin ti —continuó ella.

—No están completos desde que pasó lo de los Acuerdos de Sokovia. Necesitan mucha ayuda —Peter respondió con presteza—. Y no es la primera vez que piden mi ayuda para una misión.

—¿Quién te la pidió exactamente? —preguntó ella.

—Tony Stark.

—¿Las dos ocasiones?

—¿Sí…?

—Déjalo en paz, Michelle —objetó Ned. Su cara se había puesto un poco pálida desde que ella mencionó la palabra "peligroso", no obstante, todavía parecía dispuesto a defender el temple de su mejor amigo— ¿Qué no ves que hay personas en riesgo mientras hablamos? ¡Peter está haciendo lo correcto al aceptar!

—No digo que no esté haciendo lo correcto —exclamó Michelle, ofendida— Sólo creo que se lo está tomando muy a la ligera. ¡Míralo! —lo señaló y Peter reaccionó brincando en su lugar—. Está ahí sentado con su cara de idiota relajado. Sólo escucha la palabra "misión" o "peligro" y ya quiere lanzarse a lo que sea que se le ponga enfrente. ¿No recuerdas cómo estuvo una temporada? Siempre con moretones y la cara demacrada. Ataques de pánico. Me deprimía con sólo verlo.

—Estaba pasando por algunas cosas… —masculló Peter.

Pero Michelle no se ablandó.

—Sí, lo sabemos chico bisexual. ¿Esa es la verdadera razón? Porque viniendo de alguien que tuvo un arranque de furia en vivo y en directo…

—¡Woah! No sabía que te ibas a preocupar tanto por mí —dijo Peter entre alarmado y sorprendido—. Me lo estaba esperando de Ned, pero tú…

—Peter, sabes que me caes bien y todo eso —rodó los ojos, pues lo suyo no era demostrar afecto—. Pero seamos realistas: eres muy descuidado. Y un terrible mentiroso.

—Estoy trabajando en ello —insistió Peter—. De verdad. Ahora tengo una especie de reglamento. Como un código.

Michelle arqueó las cejas, no muy convencida.

—Si tú lo dices…

—Sí lo digo.

Hubo un silencio incómodo, cortado repentinamente por un estornude de Ned. A la altura del suelo se percibía el alegre tumulto de la cafetería.

—¿Cuándo te vas? —preguntó mientras se limpiaba la nariz con la longitud de su dedo. Michelle puso cara de asco.

—Aún no lo sé.

—¿Cuánto tiempo vas a-

—Te lo voy a poner muy sencillo: no tengo idea. Faltan muchos preparativos, y tenemos que esperar a las personas nuevas que también vienen a ayudar, y yo no puedo simplemente abandonar la escuela. Voy a esperar tranquilo hasta que me digan qué hacer y cuándo hacerlo.

—Oh... —Ned hizo una expresión confundida.

—¿Qué pasa?

—No lo sé, creí que te ibas a dedicar los próximos días a entrenar artes marciales con ellos o algo así. Sería asombrosamente genial.

Michelle compuso una cara de exasperación.

—Hombres…

—Hoy iré al complejo para conocerlos a todos.

La sorpresa destelló en los ojos de Ned.

—¿A todos? ¿Todos los Vengadores?

—Los que quedan. Y otros nuevos.

Ned soltó un silbido entusiasmado—¿Sin máscara? —Peter asintió— Wooow. Me cuentas cómo sale eso.

Peter le dirigió una tímida y retraída sonrisa sin verlo a los ojos y, por ello, Michelle se dio cuenta de que estaba nervioso.

Se quedaron hablando el resto de la hora en la terraza. Cuando el hambre pudo con ellos, bajaron a la cafetería, comieron algo apresuradamente, y regresaron a la sintonía habitual de sus vidas escolares.

Michelle no prestó atención a ninguna clase, demostrando una vez más su rebeldía. Descaradamente abrió su libro en la página donde se había quedado, y se perdió entre las líneas de Patrick Süskind. Sin embargo, a pesar de que El Perfume era uno de sus libros favoritos, le costó concentrarse en la lectura. Siguió pensando en Peter Parker y su afición a meterse en problemas más grandes que él. Deseó, en silencio, que no le pasara nada malo. Era muy prematuro pensar en ese tipo de cosas, pero tenía un desagradable sabor en la boca. Michelle suspiró.

A las 3 de la tarde, cuando los alumnos salieron de la escuela dando trompicones, Peter se le acercó a ella con gesto afligido.

—¿Cómo me veo?

Michelle lo inspeccionó de arriba a abajo.

—Oh, humm… no me importa.

Peter resopló y la miró con una expresión de enfado. De pronto, ella sintió algo de lástima y ganas de redimirse para ser empática por una vez en su vida.

—Te ves bien —le dio unas palmaditas en el hombro—. Bastante adecuado. Nada grandioso —su necesidad de ser fastidiosa comenzó a embarrar sus comentarios—. Medianamente ordinario.

—Sabía que debía preguntarle a Ned.

—Ned te colmaría de cumplidos. Te ves bien —repitió—. Aunque yo le pondría una pomada a esas ojeras.

Peter se pasó dos dedos por debajo de los ojos, repentinamente preocupado.

—Y trataría de implantarme un bigote para quitarme esa cara de recién nacido.

Él la miró otra vez enfadado.

—Gracias —dijo secamente.

—Cuando quieras —dijo ella con el mismo nivel de acidez, aunque por dentro se contraía de risa.

De pronto, Ned se acercó a toda prisa inhalando y exhalando agitadamente hasta ellos.

—Pensé… que ya te habías ido —le dijo a Peter.

—Estoy a punto. Ned, ¿cómo me veo?

Ned lo miró extrañado un segundo, pero luego levantó los dos pulgares.

—Gracias —asintió Peter—. No debe tardar el nuevo chofer en recogerme.

—¿Ya no es el mismo con el que hablé la otra vez? —preguntó Ned.

—No... Happy se tomó unas vacaciones.

Otra vez ese tono tenso. Michelle no sabía si era culpa de Peter por ser un libro abierto, o la razón se debía a que ella era demasiado perceptiva. Tampoco quiso preguntar al respecto porque ni siquiera sabía quién era Happy.

—Ahí está —exclamó Peter, señalando un auto negro—, corresponde a las placas que me envió el señor Stark.

—Buena suerte —le deseó Ned—. Me cuentas todos los detalles esta noche, ¿sí?

—Claro. Nos vemos —sacudió la mano y les sonrió a ambos. Ned le devolvió el gesto, pero Michelle se conformó con una cabezada para despedirse. Observó a Peter metiéndose en aquel auto, e inexplicablemente sintió otro arrebato de preocupación.


Dorian resultó tener un carácter mucho más relajado y amable, a comparación del enfurruño perpetuo que era Happy. Aun así, Peter echó de menos al antiguo chofer. Se sintió culpable de ver a ese gentil señor de la tercera edad sentado en la zona del piloto, haciéndole plática, llenando los silencios, intentando que Peter estuviera cómodo, y él sólo podía pensar en lo que Happy podría estar haciendo ahora, dada la información que manejaba. Tony le aseguró que no corrían ningún peligro, pero su silencio tenía un precio; Happy había tenido que renunciar a todo lo que le gustaba de su vida para no ver a Peter cerca de Tony.

Tardaron alrededor de una hora en llegar hasta el complejo.

Para cuando Peter salió del coche, sentía el corazón tamborileando alegremente en el pecho, y no se calmó al descubrir que Tony estaba esperándolo en la entrada principal. Mientras más iba avanzando en su dirección, más se iba arrepintiendo del conjunto de ropa que tenía puesto; su chamarra verde favorita y los pantalones de mezclilla más nuevos que encontró. Sin proponérselo, Tony lucía diez veces más formal y refinado con su usual traje negro.

Se sonrieron cuando se tuvieron lo bastante cerca (pero no demasiado), y Tony fue el primero en decir algo.

—Joven Parker —saludó, y aquello logró arrancarle una risotada a Peter.

Regla no.4: Formalidad en los nombres.

No más juego de apodos sospechosos o de extraña procedencia. De vuelta al "señor Stark" para Peter. Aunque Tony bien podía darse el lujo de llamarlo por su nombre de pila, aquel saludo era un evidente recordatorio de lo que habían establecido el fin de semana pasado.

—Señor Stark —confirmó Peter con un asentimiento de cabeza.

Al aproximarse a un elevador, sintió el brazo de Tony rodeando su espalda hasta descansar en su hombro. Era un acto inocente, inclusive amistoso, pero Peter lo sintió tan íntimo como si se estuvieran besando en público.

—¿Y los internos? —preguntó Peter.

—Reubicados.

Entonces se adentraron en aquel espacioso elevador y notó que las puertas estaban hechas de un metal tan brillante y limpio que podían verse reflejados perfectamente ahí.

—Todos están ansiosos por conocerte —comentó Tony sin haber dejado de apoyar el brazo alrededor de su espalda. Por inercia, Peter empezó a acomodarse el cabello con la ventaja del espejo improvisado que tenía delante—. Sólo sé tú mismo. Les causas mucha curiosidad, así que hagas lo que hagas será bien recibido. No te esfuerces demasiado en gustarles —le aconsejó.

Peter lo miró de reojo y continuó acomodándose el cabello.

El elevador se detuvo, y el muchacho contempló atentamente los bordes centrales que se separarían en cualquier momento.

—Oh, y no le cuentes a nadie sobre nosotros, ¿te parece? —bromeó Tony en el instante justo en que las puertas se abrieron.