¡Holaaaaaa!

Buenooo, no he tenido mucho tiempo esta semana para actualizar, pero aquí tenéis el siguiente capítulo, espero que lo disfrutéis y como es algo cortito puede que mañana suba el siguiente capítulo, si es que veo interés en ello ;)

Espero que tengáis un fin de semana maravilloso y espero que la mayoría haya acabado los exámenes (no como yo T-T).

¡Muchos besoteeeeeeess!

Disclaimer: Ni los personajes que le pertenecen a la maravillosa J.K Rowling ni la trama de esta fantástica historia que le pertenece a Rizzle (encontrareis el enlace a la historia original en historias favoritas, en mi perfil), son de mi propiedad, yo sólo traduzco la historia para que pueda llegar a más gente.


.- Una historia de Rizzle -.


Capítulo 26 – Forays (Incursiones)

Barnaby Richards estaba despierto cuando Scrimgeour entró en la habitación.

El Agente del Senado Mágico estaba apoyado contra una pila de almohadas. Tenía un limpio y blanco vendaje sobre el pecho y hombro derecho. Ya estaba de mal humor, después de que Aisha Malik le informara de que no había cumplido una "cuota mínima" de reposo como para poder calificarlo de reposo. Para colmo de su lesión (un pulmón perforado, una fractura de esternón y la hipotermia, si queríamos ponernos técnicos), le habían entregado un crucigrama para que completara.

Un crucigrama. De un periódico. Como un maldito enfermo de geriátrico.

El localizado Armagedón nuclear se acercaba. Los Muggles y Magos no-muertos habían enviado a la mayor parte del mundo civilizado de vuelta a la Edad de Piedra. Y un playboy multimillonario había asesinado a uno de los suyos y secuestrado a la mitad de su equipo.

Y, sin embargo, ahí estaba intentando averiguar la quinta palabra en vertical (cinco letras; "mobiliario de santuario").

Richards se tomó su tiempo en reconocer la presencia de Scrimgeour. Escribió B-A-N-C-O, tapó el bolígrafo y, entonces, miró al Ministro con toda la calidez y el cariño de una auditoría fiscal. Decir que Richards estaba enfadado era incorrecto. Estuvo enfadado durante tres días cuando recuperó la conciencia. Había pasado esa ira. Ahora, era pura estrategia. Era su trabajo, después de todo.

- Me preguntaba cuando vendrías a visitarme.

- Para ser justos, ya he venido varias veces. – dijo el Ministro. Se acercó una silla y se sentó – Simplemente no has estado lucido hasta ahora.

Scrimgeour parecía estar esperando que respondiera. Por supuesto, Richards seguía estando débil debido a la pérdida de sangre y a los efectos secundarios de la hipotermia, pero ni siquiera el haber estado a pocos minutos de la muerte era suficiente para embotar su naturaleza mordaz.

- ¿Así que ahora vas a hablar? ¿O seguimos bailando? – Richards sonrió sin ningún humor – Es una familiar etapa de dos fases. Sé por qué algunos secretos tienen que ser guardados, pero viendo que estamos destinados a liderar este grupo, puedes imaginar lo cabreado que estoy al sospechar que has estado bailando jodidamente en solitario.

El Ministro parpadeó, tomándose un momento para digerir el uso rampante de la metáfora. Inhaló bruscamente a través de su nariz fina y delgada.

- ¿Qué necesitas saber, agente Richards?

Richards intentó sentarse contra las almohadas que Aisha le acolchaba debidamente dos veces al día. Su tez normalmente curtida y coriácea tenía un tinte gris distinto, pero Scrimgeour parecía saber más de lo que le ofrecía.

- Los magos británicos no sabéis lo que significa la necesidad de saber. Supongo que el Senado necesitaba saber muchas cosas antes de la colaboración del Proyecto Navidad. ¿Cuál demonios es el interés de Alexander Amarov en el Proyecto y en los miembros de tu equipo? ¿Trabajaba Honoria Cloot con él?

- Muy bien podría ser. – dijo Scrimgeour – Lo que sí sabíamos era que Alexander Amarov ha sido una espinita calvada en el lado de la comunidad mágica británica durante los últimos quince años.

- Pfff. – soltó Richards – Vosotros no tenéis la patente de muggles curiosos y entrometidos. Conocemos ese tipo de gente en los Estados Unidos. Realmente persistentes. La mayoría son unos chiflados, teóricos de la conspiración…

- ¿Quién está en lo cierto con respecto a la conspiración en cuestión? – lo interrumpió Scrimgeour.

- Sí, pero hay maneras de manejar a esas personas que no impliquen poner en peligro a la comunidad que se está intentando proteger en primer lugar. – dijo Richards. Frunció el ceño hacia el reloj de pared que había en la habitación – Malik estará aquí en veinte minutos con mis medicamentos nocturnos. Ve al grano.

Scrimgeour se encontró con los expectantes ojos del agente, una mirada no menos que penetrante.

- El Ministerio era consciente de que probablemente se había desarrollado un patógeno letal en los laboratorios subterráneos de Voldemort. Conocíamos esos laboratorios porque Alexander Amarov había estado conduciendo sus propias investigaciones, financiadas con fondos privados, sobre las operaciones de Voldemort en su continuo intento por reunir pruebas que expusieran al mundo mágico. Pero debido a la seriedad de este descubrimiento, contó todo lo que sabía al Departamento de Aplicación de la Ley Mágica. Mis colegas me pidieron que autorizara una incursión. Firmé el papeleo correspondiente y la incursión se llevó a cabo tres días después. Draco Malfoy fue capturado y Hendry Tan fue encontrado muerto.

- ¿Tenía Amarov un infiltrado?

- Él dijo que sí, – contestó Scrimgeour – pero también que no revelaría a su informante al DALM.

- Podría haber sido Malfoy. – sugirió Richards – Eso explicaría el interés de Amarov en secuestrarlo después de que Granger y Potter lo sacaran de la cárcel.

- Podría haber sido, pero sospecho que no fue así. Un candidato más probable sería Hendry Tan, antiguo colega de Malfoy. Por el momento, no tenemos manera de saberlo.

Richards entrecerró los ojos.

- Me doy cuenta de que no querías compartir la pequeña tapadera del DALM con el resto del equipo, pero yo no soy parte de tu equipo. Soy el tipo que representa el dinero y los recursos necesarios para que esta operación funcione. Has jodido al Senado, has jodido a tu propia gente y me has jodido a mí. Si todavía no tuviera un agujero en el pulmón y si tú no tuvieras cien años, saldría de esta cama y te daría un puñetazo en la cara, Ministro.

- ¿Qué es eso que dice tu gente? ¿La próxima vez será? – preguntó Scrimgeour, con suavidad.

- Tomaste malas decisiones, amigo. El DALM necesitaba ser dominado.

- Sí. Y reconozco abiertamente todos sus errores y los míos. – dijo Scrimgeour con gran cansancio – Sin embargo, hicimos lo que pensábamos era mejor en ese momento. El Ministerio tiene una larga y compleja tradición secreta de burocracia que me antecede a mí y a muchos de los Ministros que llegaron antes. Era mi esperanza desmantelar esas viejas tradiciones para el final de mi mandato como Ministro. No tengo autorización para tomar decisiones unilaterales sin consecuencias, agente Richards. A veces, es necesario nadar con la marea para encontrar un eventual puerto seguro.

Ahora fue el turno de Richards de digerir las metáforas.

- ¿Sabes cómo salió la Infección? Obviamente, el DALM no la mantuvo enterrada como hicieron con Malfoy.

- No tengo ni idea. ¿Quizás Amarov lo sabe? Esperaba que Malfoy lo supiera, pero no dio ninguna indicación de ello. Aunque, admito que cuando se trata de ese joven en particular, resulta más fácil leer las hojas de té…

Richards resopló.

- No hay argumentos que valgan. Es un superviviente, que le resultará muy útil si está bajo la custodia de Amarov, dispuesto o no.

Scrimgeour se puso en pie.

- A pesar de todo lo que ha ocurrido, es imperativo que me creas cuando te digo que no teníamos ninguna razón para sospechar que Amarov dañaría al equipo que fue enviado para rescatarlo. Al contrario, dado que Amarov es consciente de quiénes y de qué somos, esperaba que estuviera cauteloso, pero cooperativo. – suspiró – Te refieres a ellos como Miembros del Equipo, pero tú y yo sabemos que son más que eso. Para mí, al menos.

- Te creo.

- Gracias.

- Dime algo más. ¿Por qué querría Amarov retener a Granger, Wallen, Patil y Malfoy?

Scrimgeour estaba a punto de responder, cuando Aisha Malik abrió la puerta de la habitación. Dedicó a ambos hombres una sonrisa alegre y le recordó al Ministro que el agente Richards necesitaba reposo.

- ¡Maldita sea! – estalló Richards.

- ¿Quieres otro crucigrama? – le preguntó Aisha, completamente imperturbable ante su arrebato.

- ¡Diablos, no! – gruñó el agente - ¿Qué más tienes?

- Mi teléfono tiene el Angry Birds.

Richards cerró los ojos, con expresión compungida.

- Trae el crucigrama.

Scrimgeour esperó hasta que Malik se marchó antes de hablar.

- Mi mejor conjetura es que Amarov los ha capturado para poder hacerlos trabajar en una cura en sus propias instalaciones privadas. O simplemente para hacerlos trabajar para él, en cualquier caso.

- Eso encajaría con la teoría de un equipo rival y podría explicar el papel de Honoria.

El Ministro asintió. Le dedicó a Richards una sonrisa de conmiseración, ligeramente melancólica.

- También significaría que el trabajo sobre una cura seguiría existiendo, aunque no fuera por nosotros.

La puerta de la habitación volvió a abrirse, pero no era Aisha Malik. Era la doctora Kate McAlister quien estaba parada en el umbral de la puerta y parecía alarmada.

- Perdonad que os moleste, caballeros, pero tenemos un pequeño problema.

- ¿Qué pasa? – le preguntó Scrimgeour a la viróloga, con la varita ya en mano.

- ¿Sabes esa horda que se ha estado acumulando afuera? Bueno, se ha duplicado el tamaño y se están moviendo hacia la casa. Longbottom dice que esto fue lo que sucedió en Taransay poco antes de que atacaran.

- ¿Qué hacen exactamente? – preguntó el Ministro.

- No estoy segura, pero están caminando hacia adelante y tanteando deliberadamente las, eh, ¿protecciones?

- Las barreras protectoras. – dijo Scrimgeour.

- Sí… las barreras protectoras.

- Dios, – exclamó Richards – están probando nuestra valla eléctrica. ¿Cuántos?

- Más de cien ahora. Potter y Longbottom están acabando con ellos desde el ático tan discretamente como pueden. Me han pedido si podía conseguir algunas varitas más para ayudarles. Ya he enviado al profesor Yoshida.

- Yo me ocupo. – dijo Richards, apartando las sabanas de sus piernas desnudas.

- No. – dijo Scrimgeour – Si te desplomas, serás completamente inútil para nosotros en el caso de que la horda logre pasar.

- ¿Puede ocurrir eso? – preguntó McAlister - ¿Qué pasa con las barreras?

Richards también desvió la mirada hacia el Ministro.

- Si esos hijos de puta son realmente magos, ¿las barreras aguantaran?

- No podemos estar seguros. – dijo Scrimgeour – Las barreras protectoras de Grimmauld Place son antiguas y complejas. – explicó, para beneficio de McAlister – Originalmente fueron diseñadas para mantener a los muggles alejados, pero con el paso de los años, la familia Black agregó capas adicionales a las barreras, sin llegar nunca a lograr desmantelar por completo los hechizos originales a favor de un enfoque básico, por así decirlo. Son un mosaico de magia protectora que nos han protegido de los ocasionales e inquisitivos muggles o de hordas de zombies en movimiento. Pero con cualquier abordaje al mosaico, podría haber… brechas.

- ¿Qué quieres decir con brechas? – preguntó McAlister.

Richards le respondió.

- Quiere decir que si suficientes seres mágicos intentaran forzar la entrada al mismo tiempo, las barreras vacilarían. No han sido diseñadas para aguantar ningún tipo de ataque sostenido y coordinado.

Todo el color del rostro de McAlister desapareció.

- Así que tenemos que reforzarlo, ¿no? ¿No tenéis hechizos para eso?

- Lo hemos estado haciendo de manera regular, doctora McAlister. – le dijo Scrimgeour en un tono que debía tranquilizarla – Pero también es fundamental reducir el riesgo de un ataque coordinado. Si me disculpáis, me uniré a Potter, Longbottom y al profesor Yoshida.

Después de que el Ministro se marchara, McAlister se hundió en la silla que había ocupado anteriormente.

- Nunca pensé que escucharía las palabras "zombie" y "coordinado" en la misma frase…

- No te preocupes, Doctora. – dijo Richards – Si perdemos la casa, no nos quedaremos para defenderla. La gente es fácil de transportar.

- Pero, ¿qué pasa con todo el equipo? ¿Con todas las muestras, datos y registros? Ya perdimos bastante cunado Honoria destruyó la mayor parte de los ordenadores. ¡Agente Richards, no podemos permitirnos otro altercado así!

Richards lo consideró.

- Si tenemos que abandonar el barco a toda prisa, ¿puedes asegurar que tenemos lo que necesitamos?

- Por supuesto. ¿Cuánto podemos llevar?

- Piensa en lo que cada uno de nosotros podría sacar de aquí a mano y luego multiplícalo por diez. Haz que Malik te ayude.

McAlister asintió. Se levantó y caminó hacia la puerta.

- Kate. – la llamó Richards.

- ¿Sí?

Richards abrió un pequeño estuche de cremallera que sacó de un cajón de la mesita de noche. La caja contenía un revolver reglamentario, unas fotografías de sus hijas y un juego de llaves. Le tiró las llaves a ella.

- Eso abre nuestra cámara de munición en la oficina de Scrimgeour. ¿Has disparado alguna vez un arma?

- Dios, no.

Él le dedicó una extraña sonrisa.

- Sin problema. Os enseñaré a Malik y a ti. No podéis ser peores que Mercer.

McAlister sonrió con tristeza.

- Lo extraño. Los extraño a todos.

- Sí, yo también, Doctora. Pero todavía no hemos renunciado a encontrarlos.


Alexander Amarov entró en su habitación poco después de las seis de la tarde. Después de otro soporífero día encerrada sin noticias de lo que estaba sucediendo en el interior de la flota, la decisión de hacerle una visita en persona era un poco preocupante.

El hombre estaba ahí por un encargo, aparentemente.

Llevaba un largo y diáfano vestido de encaje negro y tul colgado de una percha, un par de zapatos altos de tacón y un abrigo de piel gris oscuro que probablemente había sido un centenar de chinchillas en algún momento. También estaba flanqueado por dos guardias, a los que despidió después de dejar el vestido sobre la cama. Era evidente que no la consideraba una gran amenaza como para no poder estar a solas con ella en la habitación.

Bien.

La puerta se cerró detrás de los guardias, dejando a Hermione encerrada con Amarov, quien vestía un atuendo de lana delgada tan densamente negro como el terciopelo. Tenía el pelo húmedo. Visible a través del segundo botón desabrochado de una camisa azul, estaba el panel metálico del dispositivo de bioretroalimentación que tenía incrustado. Al momento, una luz roja parpadeó silenciosamente un instante con la frecuencia cardíaca relajada. Pensar que algo tan pequeño podía controlar a una flota comprendida por miles de personas…

- Buenas tardes. – dijo él.

Hermione estaba detrás de la barra de la cocina de su habitación. Minutos antes, había estado rebuscando en los armarios por enésima vez, con la esperanza de encontrar un trozo de algo que pudiera usar como arma; una larga astilla, alambre, o tal vez algún tornillo largo y suelto. Era una señal de lo desesperada que estaba. Desgraciadamente, los muebles de la habitación eran demasiado sólidos. La barrera física de la barra de la cocina le proporcionó una falsa sensación de seguridad, pero en ese momento aprovecharía cualquier impulso a su confianza.

Hermione lanzó un rápido vistazo al vestido que había traído.

- Creía que habíamos establecido que no iba a llevar tus vestidos.

Él sonrió con una sonrisa de blancos y brillantes dientes. Sus ojos azules, un tono más claro que su camisa, bajaron de su cara a su cuerpo, con una mirada evaluativa que fue mucho más personal que cualquiera que le hubiera dedicado antes. Observó exageradamente sus pantalones prestados.

- Hace frío en la parte superior y no puedes pasearte con los deshechos de Belikov indefinidamente.

- Los prisioneros normalmente no se "pasean".

- No eres una prisionera.

- Y, sin embargo, hay una cerradura en la puerta. – se golpeó la barbilla, con ojos brillantes – Que extraño.

- Mera precaución. – respondió él, divertido.

Hermione se cruzó de brazos.

- ¿De quién, tuya? Si es así, no funciona. – le dedicó una sonrisa sin pizca de humor – Estás ahí de pie.

- Me sentaré, ¿si lo prefieres? – y eso hizo, al borde de la cama – Eres un extraño espécimen, ¿verdad? – preguntó, con lo que parecía una cálida curiosidad – La verdad sobre Hermione Granger va más allá de mis expectativas.

- ¿No me digas que mi reputación me precede? – inquirió ella – Si tu fuente es Honoria, yo tomaría lo que ella dijera con cautela.

Él pasó un largo y cuidado dedo por el encaje del vestido.

- Tal vez te sorprenda saber que he leído "Hogwarts: Una Historia", ediciones del Profeta desde que están escritas en inglés moderno y demasiadas copias de Corazón de Bruja, de lo cual estoy bastante preocupado porque puede que haya atrofiado algo mi cerebro.

- Sí, Corazón de Bruja suele hacer eso. – reconoció Hermione.

Se puso en pie y camino hacia ella en ese momento.

- Sabía quién eras antes de conocernos, Hermione. Te reconocí desde el momento que te vi en ese barco pesquero.

- ¿Qué tiene eso que ver con nada? – preguntó ella, sin poder luchar contra el impulso de retroceder.

- Todavía no estoy seguro, pero espero que la respuesta me llegue en algún momento. – parecía genuinamente perplejo – Basta decir que tengo fascinación por lo excepcional. – ya estaba lo suficientemente cerca como para poder oler su loción de afeitar. Hermione sintió el borde del fregadero contra su espalda. No tenía escapatoria. No había armas en la habitación, ninguna vajilla que tirar, ni cubiertos que blandir, sólo una maldita montaña de almohadas europeas, cojines y botellas de plástico llenas de agua suministradas por los guardias. Ni siquiera había una bandeja de plástico que usar como arma letal (al más puro estilo Malfoy).

Curioso. A pesar de las preocupantes similitudes entre ambos hombres, en todas las ocasiones en las que Malfoy la había abordado e intimidado, nunca se había sentido físicamente repelida. La ansiedad y preocupación que había sentido con Malfoy era muy diferente, y no tenía nada que ver con el riesgo relativo y el peligro. Francamente, Amarov era tan atractivo de cerca como de lejos, pero había algo en él que le hacía querer ponerse tres jerséis de los Weasley y esconderse bajo las sabanas de la cama de sus padres.

Y eso sin contar con que era un psicópata asesino.

Para su consternación, él levantó una mano y tocó uno de los rizos de su desaliñada y salvaje cabellera. Después de tantos días sin un peine, había vuelto a lo que Hermione le gustaba pensar era su estado primitivo; un halo de rizos salvajes. Inhaló profundamente, más por los nervios que por cualquier otra cosa. El efecto de esto causó que su pecho se inflara y rozara ligeramente contra el de él. Vio como sus pupilas se ensanchaban y, seguidamente, casi al mismo tiempo, vio como el silencioso pitido rojo de su dispositivo de bioretroalimentación se aceleraba.

Hermione parpadeó; la comprensión de lo que eso significaba se estaba abriendo paso en su mente.

Él se aclaró la garganta.

- El vestido negro fue la elección menos inspiradora para tu color, creo. Debería haber elegido uno rojo. ¿O dorado, quizás? La próxima vez.

Hermione levantó la cabeza y observó con alivio como el mechón rizado de su pelo se escapaba de entre los dedos de Amarov. Pareció disfrutar de la sensación que le provocó al deslizarse por su mano.

- No me pondré tus jodidos vestidos, maníaco. Ni ahora ni la próxima vez.

Amarov se inclinó para susurrarle:

- Te pondrás lo que te traiga, Hermione. Si no lo haces, vendré aquí y te vestiré yo mismo. Y te aseguro que será infinitamente más entretenido para mí que para ti. Escoge bien tus batallas, querida. Eso es algo que no te costará mucho conceder, ¿verdad?

Blink-blink, blink-blink, blink-blink, eso era la pequeña luz roja parpadeante. Tal y como había estado en el pesquero cuando se había estado asfixiando. Sólo que esa vez parpadeaba casi sin intervalos y también se escuchaba un pitido. Había reconstruido en su mente más o menos cómo funcionaba el dispositivo; obviamente para disuadir a cualquiera de dañar a Amarov. Registraba el dolor en tiempo real basado en la información de su cuerpo y tal vez desencadenaría la amenaza de explosión o explosiones sólo con niveles particulares o graves de dolor. ¿Qué se calificaba como dolor grave? ¿Había algún umbral al respecto? ¿Podría ser todo una elaborada estrategia? Hasta el momento, nadie había sospechado que Amarov fuera de farol. Obviamente tenía los recursos para crear ese demente dispositivo.

Hermione se preguntó lo cerca que habían estado los secuestradores y, de hecho, el equipo de rescate, que habían pasado inadvertidamente la seguridad de la flota. Claramente, el dispositivo era lo suficientemente sensible como para captar la… bueno, la excitación de Amarov. ¿Qué pasaría si se cayera por un tramo de escaleras? ¿O si se aplastaba un dedo? ¿O se cortaba afeitándose?

Simplemente tenía que tener algún tipo de seguridad a prueba de fallos. Eso tenía que ser para lo que servía el panel numérico invertido; un código de anulación que sólo Amarov era capaz de introducir.

Momentáneamente perdida en sus pensamientos, sus ojos se dirigieron hacia los altos tacones que le había traído para que se pusiera. Amarov pronto se percataría de que no era capaz de caminar en línea recta con unos tacones de más de cinco centímetros. Con un poco de suerte, se caería, rompería el vestido y arruinaría su velada. Los tacones parecían ser de diez centímetros, al menos. De todas las cosas para las que era útil… Amarov sólo parecía interesado en convertirla en su atractivo bicho raro.

Hermione suspiró.

Confió que él tomara eso como una señal de capitulación.

- Muy bien. – dijo – Serás mi acompañante esta noche.

- ¿En la cena con los otros capitanes?

- No. Esta noche, iremos a los Juegos.