"Hija de la Tempestad"


Cap. 25: Haciendo de todo menos lo que se debe.


Los pasos propagándose en eco a lo largo de aquellos milenarios pasillos subterráneos pobremente iluminados con el fuego mágico de los elfos de antaño, los Ayleid, del ladrón más famoso de todos los tiempos, el celebérrimo Zorro Gris, provocaban en la menuda muchachita que iba tras él inquietud por temor a ser descubiertos.

Bien era cierto que aquellas ruinas antiguas parecían en una primera instancia no albergar ningún tipo de residente indeseado, vivo o no-muerto; pero, dada la experiencia que Tempest ya había tenido con Mazoga unas cuantas veces al meterse de cabeza a las ruinas Ayleid ubicadas cerca de varios caminos a lo largo y ancho de la provincia, no quería encontrarse con ninguna sorpresita estilo guardianes huesudos armados y tal.

Pero al maestro de ladrones no parecía preocuparle demasiado la discreción y el prudente silencio que un intruso debería guardar ante una ruina de tal calibre: si tenía que pelear, pelearía y punto.

Desde que comenzara aquella empresa suicida en solitario para recuperarse a sí mismo, el portador de la Cogulla de Nocturnal no había podido pegar ojo como es debido en las últimas semanas y se encontraba, si bien contento, terriblemente exhausto de tanto ir de arriba abajo.

Al no haber modo humano de infiltrarse en Palacio sin llamar la atención, había tenido que buscarse una alternativa: primero se las había tenido que ingeniar para sustraer la Piedra de Savilla del Templo de las Polillas Ancestrales, ubicado en la zona Nordeste de la cordillera del Jerall, a tomar por saco de cualquier punto de Civilización y de los caminos corrientes; plagado hasta decir basta de monjes ciegos extremadamente preparados, de sentidos altamente desarrollados dada la ausencia de vista y convenientemente instruidos en artes marciales ante cualquier peligro invasor.

Con la piedra imbuida de magia en su poder, había podido visionar a través de los muros de Palacio el lugar donde se hallaba guardado el Pergamino Antiguo y varios puntos de acceso secretos que conectaban el edificio con el Viejo Camino, el cual solo era una ínfima parte de la gigantesca necrópolis Ayleid bajo la estructura de la actual Ciudad Imperial, más profunda que las alcantarillas, construida seguramente en tiempos de los elfos no ya solo para albergar sus tesoros y a sus muertos, sino para facilitar una posible vía de escape segura al rey de turno.

Usada esta ruta una vez por los Emperadores humanos, había sido olvidada largo tiempo atrás y el Zorro Gris contaba con la segura ventaja de no tener a la Legión Imperial husmeando por allí.

Lo malo era que, para desbloquear esta entrada, había que activar algo llamado "Cristal del Tiempo" ubicado, para su mucha desgracia, en el sótano del Palacio Imperial. Y en el gremio no encontró lo que se dice demasiados voluntarios dispuestos a ayudarle, de modo que lo tuvo que hacer, como siempre, él solo.

Tras haber superado todos aquellos complicadísimos pasos a seguir y habiéndose metido por una reja de alcantarillado de los Jardines Élficos determinada que daba acceso a la susodicha ruina Ayleid, el maestro ladrón se encontró con tres obstáculos aún mayores: que las catacumbas eran un maldito laberinto, que la posible salida de Palacio una vez completado el robo era, si no un descalabro, sí una ruptura de varios huesos durante la caída, y que, tras mucho dar vueltas de aquí allá, necesitaba una llave para abrir el acceso secreto a la Torre Blanca y Dorada.

La llave en cuestión era la punta de una flecha que obraba en poder de Fathis Aren, el hechicero de la Corte de Bravil, quien vivía en un torreón aislado y horriblemente bien custodiado por no-muertos revividos bajo su influjo.

Aren no había sido nunca lo que se dice trigo limpio, de modo que el Zorro Gris tuvo gran placer en acabar con su vida para obtener la susodicha flecha. Del mismo modo que el perdido ladrón Springheel Jak, de quien obtuvo sus valiosas botas que habían frenado el golpe de la caída a él y a la chica, había acabado sus días de latrocinio como vástago de Molag Bal bajo el falso sobrenombre de Jakbel, conde de Imbel.

El Zorro Gris había acabado con los días de vampirismo de Jak con la ayuda de un filo de plata para decapitar al monstruo y luego quemar sus despojos con objeto de que no pudiera regenerarse y volviera a revivir.

Así pues, con la llave, las botas, el Cristal del Tiempo activado y un plano que él mismo dibujó de la cripta, el maestro ladrón se había infiltrado en Palacio con tan mala suerte que se vio inmediatamente superado en número no solo por los Custodios, sino también por los peligrosísimos Sacerdotes de la Polilla.

Y en esto que, como caída del cielo, había visto a la chica. No había sido fácil negociar con ella ya que, acorde con lo que le había contado Armand Christophe, era un tanto codiciosa, impaciente y desconfiada.

Pero también era pequeñaja, muy útil para colarse por rincones insospechados, silenciosa como un ratoncillo y bastante espabilada. El truco de llenar la habitación de hilos para que los invidentes clérigos se enredaran y tropezaran a él no se le hubiera ocurrido nunca.

- Oye... ¿queda mucho para salir de aquí? Tengo hambre, este sitio da puto asco y tengo cosas que hacer, ¿sabes? - bufó la voz de pájaro de la joven detrás suyo.

El enmascarado se giró sorprendido sin dejar de caminar para observar a aquella chiquilla ceñuda de pelo verde hinchar los carrillos como si tuviera tres años.

La verdad es que le chocaba que alguien del Gremio de Ladrones, y máxime alguien con tan evidente debilidad física, fuera tan impertinente y tuviera un vocabulario, si bien extenso, odiosamente vulgar para una mujer. Parecía un marinero.

- Me sorprende que a una ladrona como tú no se le haya ocurrido siquiera echarle un vistazo a estas ruinas por ver si encuentra algún tesoro escondido por el camino. – sugirió el portador de la Cogulla Gris con una sonrisa. Al fin y al cabo esto era una aventura y la chica quería oro, ¿no? - Ya sabes... los Ayleid no se caracterizaban precisamente por vivir en la miseria.

- Ya, pero también eran grandes hechiceros que encantaban sus criptas para proteger la santidad de sus restos y del oro familiar. – replicó la muchacha – Y a mí, francamente, los muertos me gustan más bien metiditos en sus correspondientes tumbas, no pululando por ahí con ganas de trocear todo lo que se mueva. Así que no, gracias.

- ¿Dónde está tu espíritu de la aventura?

- Me lo dejé olvidado en el retrete.

- Junto con la buena educación, debo añadir.

Tempest enarcó una ceja.

- ¿Debo suponer acaso que el famoso Rey de los Chorizos por excelencia es un dechado de buenos modales? - se burló - ¿Qué pasa, se te subió el puesto a la cabeza y ahora tratas de emular a los petulantes ricachones a los que robas?, ¿eh?

Aquel comentario, si bien inconsciente, le sentó a maestro ladrón como un jarro de agua fría en la cabeza y, mordiéndose la lengua para no decir alguna calamidad de la que más tarde sabía que se arrepentiría, calló súbitamente malhumorado.

Sin embargo Tempest, no ajena al enfado que sus palabras habían producido en el hombre, decidió enmendar las cosas. Al fin y al cabo no le convenía estar a malas con una figura legendaria que, como se mosquease, tenía el poder suficiente para echarla del Gremio. Y ella no quería eso.

- Oye... - aventuró con un tono de voz más humilde – No te cabrees conmigo por el tema del lenguaje y tal... puedo ser muy educada, ¿eh? Súper fina de narices, canelita en rama. Mira, a partir de ahora voy a ser más educada y no diré palabrotas, ¿sí?

Pillado por sorpresa ante tales palabras, el Zorro Gris se echó inmediatamente a reír.

Oh, bendita Nocturnal del Demonio... ahora entendía las juergas que Christophe se traía encima cada vez que le asignaba una tarea nueva a la chica esta. Era una cría la mar de graciosilla. No parecía mala persona.

Así pues, girándose nuevamente hacia ella y dándole una mirada de aprobación, el ladrón más grande de todos los tiempos atravesó los corredores pertinentes en compañía de su pequeña camarada de pelo verde sin el menor contratiempo hasta que...

Si bien exento de cadáveres revividos u otras alimañas asiduas a aquellos lugares tales como las ratas o los trasgos, el Zorro Gris había podido observar en el momento en que había abierto el pasadizo pertinente con la flecha-llave de Fathis Aren una pareja de guardianes Ayleid inmóviles custodiando la susodicha entrada. No se habían movido cuando él había pasado en silencio cerca de ellos, pues parecían completamente petrificados como bajo el influjo de alguna clase de sortilegio... pero hubiera jurado haber notado cómo sus corazas de noble acero élfico se movían ligeramente, como si respiraran.

Ninguno de los dos mangantes supo quién fue el que dio el traspié en el momento menos oportuno, pero bastó aquel leve ruido para que, igual que si acabaran de despertar de una suerte de letargo, los guardianes élficos los atacaran ipso facto.

Tempest salió pitando, sin embargo su enmascarado compañero les hizo frente y, de una patada, tiró a la guardiana femenina al suelo.

Aterrada pero pensando que era una cobardía y una desconsideración dejar al tipo solo frente a aquellos titanes, pues los Ayleid eran al parecer algo más altos que sus primos altmer, Tempest, armándose de valor, arremetió contra la mujer y la atravesó de una sola vez por el estómago con la katana akaviri, perforando la deslucida armadura dorada, que cedió bajo el acero de la chica como si fuera de aluminio.

La guardiana élfica se quedó un momento quieta, se giró lentamente hacia la muchacha imperial, aún con la katana de esta atravesándole el vientre, y la asió repentinamente del pescuezo observándola con sus ojos empañados de una inquietante capa venosa oscura para, en el preciso instante en el que alzaba la espada élfica que portaba con objeto de asestar el golpe de gracia, transformarse toda ella en fino polvillo gris que se desparramó por el frío suelo de la cripta como cuentas de un collar roto.

Lo mismo sucedió con el otro guardián masculino en cuanto el Zorro Gris le atravesó el corazón con su acero.

Quedándose ambos ladrones un momento en silencio, el de la Cogulla Gris resoplando, la pequeña chica con un sudor frío bañándole el cuerpo de arriba abajo, se miraron entre sí un momento, vagamente desorientados.

- ¿Soy yo, o acabo de percatarme de que nos hemos cargado a, posiblemente, el último resquicio viviente de una raza ancestral? - preguntó Tempest rompiendo, para alivio del otro, aquel tenso silencio de muerte.

- Di más bien que hemos borrado de un plumazo los últimos resquicios lastimosos y decadentes de una raza soberbia que murió largo tiempo atrás. – opinó el maestro de ladrones negando con la cabeza – No lamentaré la pérdida de una Civilización esclavista y xenófoba como la de los Ayleid. En paz descansen los malditos. - añadió despectivamente tomando la espada de la guardiana femenina del suelo y contemplando cómo su hoja se desvanecía en polvo hasta solo quedar la empuñadura, lanzando esta última prontamente al suelo.

Tempest recogió su katana y la caída empuñadura dorada Ayleid, decidiendo que la llevaría a la Universidad Arcana para que la conservasen, si querían, como parte del patrimonio histórico del Imperio.

No lamentaba tampoco la extinción de tales seres, pero le dolía haber sido ella precisamente la mano ejecutora. Al fin y al cabo los Elfos Salvajes, como los llamaban algunos historiadores, formaban parte de la Historia de las primeras civilizaciones en Tamriel, y según las crónicas habían sido gente muy avanzada para su época...

Lo que no entendía del todo era el motivo de su repentino despertar, si aquellos guardianes llevaban milenios dormidos, ¿por qué no se habían levantado antes si el Camino Antiguo fue utilizado antaño por los Emperadores imperiales antes de su caída en el olvido?

Tal vez... tal vez solo respeten a los de su especie y a aquel que tenga en su poder el Amuleto de Reyes.

El Amuleto de Reyes, desde que Akatosh se lo concediera supuestamente a los mortales como símbolo de poder junto a los ahora apagados Fuegos del Dragón, había sido motivo de expulsión de los Daedra del Plano mortal y, consecuentemente, la caída de sus más acérrimos adoradores: los Ayleid.

Pudiera ser entonces que los Emperadores, quienes portaban el Amuleto desde tiempos de Santa Alessia, al llevar el símbolo de la caída de los Elfos Salvajes estos últimos, atemorizados, no se hubieran atrevido a hacer un movimiento en falso contra la porción de la sangre divina que albergaba la gema en su interior.

Sin embargo, contra un par de carteristas, la cosa se ve que era diferente.

No queriendo comerse mucho la cabeza con unas y otras suposiciones derivadas de los muchos libros de Historia que había leído en el último año, Tempest siguió a buen ritmo a su compañero sin añadir nada más, pues nada había que decir.

Al cabo de cosa de cuarenta minutos de ir atravesando más y más pasillos de piedra y grandes salas vacías plagadas de cristales que refulgían con una extensa gama de matices azulados y blanquecinos, la extraña pareja de ladrones por fin logró alcanzar el conocido sistema de alcantarillado imperial a través del cual, rápidamente, lograron ascender a la superficie.

- Bien. – suspiró el Zorro Gris contento una vez estuvieron a salvo en la casa de un tal Othrelos, un dunmer simpatizante y miembro inactivo del Gremio de Ladrones que residía en el Distrito de los Jardines Élficos - He tardado siete años en aprender el método adecuado para traducir este Pergamino. - le explicó a Tempest mientras le mostraba la enorme carcasa dorada metálica en cuyo interior se hallaba alojado el Pergamino Antiguo - Pese a todo, necesitaré tiempo para descifrar lo que con tanto ahínco he buscado.

Tempest, tratando de no sentirse muy impresionada ante la visión de uno de los artefactos más raros y peligrosos que había sobre la faz de Nirn, se mostró mohína, deseosa de hablar de los beneficios que el tipo le había prometido al comenzar todo aquel disparate.

- Vale, pero aún no hemos hablado de lo que tenemos que hablar, señor Zorro Gris. – replicó cruzándose de brazos - ¿Qué hay de mí?

El maestro de ladrones, si bien alucinado, se echó a reír.

- Vaya, demonios, eres de las que no perdonan, ¿verdad? - rió - No me he olvidado ni de ti ni de tu servicio y lealtad hacia el Gremio de Ladrones. Tendrás que confiar en mí.

- ¿Por qué me suena a mí que me vas a encargar otra tarea sin haberme pagado todavía ni un septim? - ironizó la muchacha.

- Eres toda perspicacia, ¿eh? - replicó a su vez el enmascarado sin dejar de sonreír – Efectivamente, antes de tu recompensa, necesito otro favor: dale este anillo a la condesa Umbranox en Anvil. - instruyó mostrándole a la muchacha una fina alianza de oro coronada por un discreto zafiro - No le digas nada de mí. Quiero ver cómo reacciona. Puede mostrarse airada o romper a llorar. - dijo repentinamente triste, como la reacción que decía esperar de la noble condesa - Si pregunta, dile tan solo que un forastero quería que lo tuviese. Y después vuelve a contarme su reacción.

Tempest, a estas alturas de la conversación, suspiró.

- No tengo tiempo para estas cosas, lo siento. – dijo con calma y suavidad, no queriendo ofender a nadie – Primero he de volver a la Universidad y hacer entrega de la empuñadura Ayleid por si les interesa, luego ir hasta Bruma y, una vez termine mis asuntos allí, viajar hasta Bravil. Como ves, ando bastante ocupada y bastante lejos de Anvil.

- No me preocupa esperar una semana o dos. – dijo el hombre encogiéndose de hombros – Al fin y al cabo, he esperado diez años a que llegara este momento. Un poco más no me hará daño. - añadió con una débil sonrisa que, de no ser porque Tempest no podía verle el rostro tras la Cogulla Gris, hubiera jurado que no era más que un escudo a su verdadero estado de tristeza – Insisto en que seas tú y nadie más quien le lleve mi mensaje.

Derrotada ante la lástima que sintió por aquel hombre enmascarado del que ni siquiera conocía su verdadera identidad, Tempest tomó el anillo de mala gana y refunfuñando entre dientes para, antes de que cambiase de opinión, salir a toda marcha de la casa del tal Othrelos y caminar a paso vivo en dirección a la Universidad Arcana.

Ya era de noche, así que no se molestaría en buscar ni a Tar-Meena ni a Raminus Polus, la mano derecha del Archimago Traven, a quien sin duda atañerían más las competencias relacionadas con la arqueología y al que, por descontado, debía preguntar acerca de la cura para el vampirismo que habían estado investigando allí, más por precaución que otra cosa.

Hoy se quedaría en los dormitorios para estudiantes. Mañana sería otro día.


- ¿Tempest?, ¿te ocurre algo?

Despertando de su inconsciente cabezadita, producto de las muchas horas de viaje y cansancio que llevaba encima, la joven imperial sacudió la cabeza de lado a lado y pestañeó varias veces antes de encarar con ojos somnolientos la mirada azul cielo de Martin, quien se hallaba en aquel momento sentado frente a ella en una de las mesas del Gran Salón.

- Lo usual, Martin. – contestó ella con una media sonrisa adormilada – Que estoy hecha puré y solo quiero meterme entre las mantas un día entero seguido para ponerme a soñar con pasteles gigantes. – dijo abriendo los brazos, extendiendo ambas manos haciendo ver las dimensiones que pensaba para los pretendidos dulces – Con mucha nata y guindas del tamaño de una pelota, sep.

Martin, ya más relajado viendo el buen humor de su pequeña amiga, rió suavemente.

- Tal vez entonces deberías irte a dormir, tú que puedes. – sugirió con gesto pensativo – Yo por mi parte, ahora que me has traído esta pequeña joya, no creo que duerma mucho. – dijo tomando el pequeño volumen de traducción manuscrito por el que tantas extravagancias había tenido Tempest que pasar para llevárselo al Heredero enterito y con todas sus páginas intactas – Soy consciente de que el tiempo se nos agota lento pero seguro y, si no voy más deprisa, toda esperanza para recuperar el Amuleto de Reyes podría desvanecerse en el aire como el humo.

Tempest asintió sin decir nada. Tenía demasiado sueño y muy pocas ganas de usar la cabeza en pensar posibles finales desastrosos para el Imperio. Ella estaba luchando en pos de una idea de paz y libertad y no quería creer que sus esfuerzos pudieran ser en balde si algo se torcía en el camino.

Aquel era su mundo y Martin su Emperador, y ella los protegería a ambos con todas sus ganas y hasta las últimas consecuencias. No por ella se derrumbaría Tamriel, no si podía evitarlo.

- Creo que te voy a hacer caso y me largo a meterme al sobre, que se echa de menos la almohada. – suspiró la muchacha con su media sonrisa somnolienta aún presente en su rostro de niña mientras se levantaba, rodeaba la mesa, se inclinaba y le dispensaba un beso en la mejilla al sacerdote imperial – Hasta... mañana, Martin. Dew.

Sin embargo, al incorporarse para marcharse, la mano del hombre la retuvo el brazo.

- Tempest... antes de que te fueras me gustaría hablar contigo de una cosa. – dijo muy seriamente al ver la expresión interrogante de la chica – Es acerca de ése amigo tuyo... el hombre de la túnica negra, Lucien se llamaba, ¿verdad?

Ella asintió en silencio, pensando en lo lógico que había sido que le preguntase acerca del tema y en lo desprevenida que le había pillado.

- Verás... - comenzó Martin sin saber muy bien cómo abordarlo de forma adecuada – He estado hablando con Baurus y... bueno, el comportamiento que me describe de ése... hombre... no es lo que se dice muy normal. Me habló de las alcantarillas de la Ciudad Imperial y la manera que tuvo de ejecutar a ése Mentor con el que el propietario del tercer libro había concertado cita.

Tempest se encogió de hombros, tratando de no parecer nerviosa y de quitarle hierro al asunto.

- Es un tío un poco raro, sí. – admitió fingiendo despreocupación – Pero es de fiar. Me ha ayudado a cerrar ya unos cuantos Portones y a traer aquí el Mysterium Xarxes, ¿recuerdas? Además… – aclaró – … no es amigo mío, solo mi jefe.

- No discuto que te haya sido de ayuda en cuanto al tema del Xarxes... pero preferiría que no te vieras más con él y que ése trabajo para el que te paga, sea cual sea, lo dejes. Ésa manera que tiene de hablar y de moverse... es de embaucador, y no precisamente de los inofensivos. No me parece trigo limpio, Tempest.

Martin y su asombrosa capacidad para leer a los demás. Qué poco tiempo le había bastado al hombre para reconocer la oscuridad circundante y el aire gélido que seguían a la presencia del Portavoz allá donde fuera.

¿Qué iba a decirle a Martin?, ¿que trabajaba para un tipo al cual no se le podía presentar carta de dimisión?, ¿que era un asesino entrenado que sabría como localizarla para cortarla en trocitos si se le ocurría desertar?

Hablando con Vicente en este último tiempo y exponiéndole su temor por la situación dentro de la Organización, se le había ocurrido preguntarle si no sería posible... abandonar la Hermandad una vez todo el tema del traidor estuviera convenientemente resuelto y los ánimos se apaciguaran.

La respuesta no podía haber dejado más helada a la joven.

"Nadie ha abandonado nunca la Hermandad Oscura. Nadie... que haya sobrevivido."

La situación no le dejaba muchas alternativas salvo que, con un poco de suerte, con el tiempo pudiera hacerse un hueco en el sector servicios de la Organización y no tuviera que acometer más asesinatos, igual que hacía M'raaj-Dar.

O eso o se largaba a Morrowind, donde reinaba el Morag Tong como Organización criminal y la Hermandad no pisaría aquel territorio sin arriesgarse a una confrontación abierta entre Organizaciones.

Pero de momento y bajo las órdenes directas de Lachance... sencillamente no podía. El asunto de la fallida Purificación estaba aún demasiado reciente y los ánimos del jefe no estaban precisamente para que se le tocase las narices.

- De momento no puedo dimitir, Martin. - expuso la muchacha con gesto cansado - Le necesito, necesito a ése hombre a mi lado para meterme en los Portones.

- Tempest, por favor te lo pido...

- No te haces una idea de lo segura que me siento cuando voy con él. - le interrumpió ella - Es silencioso, es rápido y preciso y no tiene miedo, cosa que yo sí. – admitió no sin cierta vergüenza de confesar que estaba usando a otra persona de escudo humano en sus peligrosas incursiones dentro del Oblivion – No puedo mantener esta dinámica de pagar recompensas exorbitantes a gente que va muriendo día a día, porque los que vienen detrás siempre piden más dinero que los anteriores. - suspiró nuevamente – Y tampoco quiero meterme otra vez yo sola...

Martin entonces se puso en pie y tomó las manitas de su amiga entre las suyas.

- Tempest...

- No hace falta que me digas que su aspecto no invita precisamente a la confianza, que su ética parece altamente cuestionable y que tiene todas las de ser un hijo de la gran puta, que sé que lo es, pero... sencillamente no puedo prescindir de él. ¿Me entiendes, Martin?, ¿lo comprendes?

Hubo un momento de silencio entre ellos. Un silencio que se prolongó en sus mentes más de lo que fue en tiempo real.

No hizo falta decirse nada más pues ambos comprendían el punto de razón del otro y lo inevitable de aquella situación. Martin, desde un buen principio, hubiera deseado mantener a su joven amiga a su lado, libre de su terrible carga y segura entre los sagrados muros de aquel templo perdido en las montañas. Tempest hubiera deseado, desde el comienzo, que su vida hubiera sido diferente, que sus sueños se cumplieran y sus temores se desvanecieran; hubiera deseado ser más fuerte... pero no lo era.

Porque los supuestos, las conjeturas y los propios deseos de uno mismo no eran un ingrediente en éste guiso.

Aquí solo valía el deber y la ley de la supervivencia, nada más.

Y ambos cumplirían con su deber, de un modo u otro.


- Me alegro de haberte encontrado antes de que te marcharas, Tempest. Los guardias del portón han comunicado que llevan varias noches divisando a forasteros por el camino. No puedo enviar a mis hombres a registrar la ladera y dejar el Templo del Soberano de las Nubes indefenso. Es un asunto que requiere... cierta urgencia.

La joven imperial recibió de buena mañana mientras desayunaba las atropelladas palabras del viejo Maestro Cuchilla Jauffre como una avalancha de información non-grata y sumamente difícil de descodificar en el interior de su aún amodorrado cerebro.

Joder, Jauffre... por una vez en tu vida, y siento decirlo así, VETE A TOMAR POR CULO.

Bueno... al menos podía pensarlo... porque, francamente, por muchas ganas que le dieran en aquel instante de soltar semejante animalada en voz alta y sin remilgos, no se veía a sí misma diciéndole aquello al viejo.

Aunque, de hacerlo, la cara que pondría el tipo sería bastante épica...

- A ver... - dijo la chica con voz cansina y medio cruasán asomándole por una esquina de la boca - ¿De qué se trata esta vez?

El viejo bretón, si bien un tanto desconcertado con aquella contestación en aquel tono tan borde, se centró en lo importante y no le dio mayor relevancia al asunto.

- Tengo mis motivos para sospechar que estos forasteros que han visto los guardias son espías. Por eso mismo le he aconsejado a Martin que no salga al patio hasta que estemos seguros del todo de que han sido neutralizados. – en esto que le dio una mirada a la muchacha cargada de esperanza – Y esperaba que tú te encargaras del asunto. ¿Puedo contar con tu ayuda?

A Tempest en aquellos instantes le entraron ganas de ahogar al viejo. Aquel día se había levantado con el pie izquierdo y todo, excepto el cruasán que estaba masticando en estos instantes, le había sentado como una patada desde que se despertara.

Con aquella nueva tarea se le iban acumulando los encargos... y sentía que, de un momento a otro, sería presa de un repentino ataque de histeria.

Conteniendo su muy inestable ánimo y sus violentos pensamientos internos, Tempest se tragó sus ganas de chillar y replicó tras engullir lo que tenía en la boca de un solo bocado:

- Desmontaré la red de espionaje y les prenderé fuego en el culo. ¿Dónde hay que ir?

El Gran Maestro Cuchilla, cada vez más desconcertado por el extraño comportamiento de la chica, tomó aire y comenzó a hablar.

- Habla con Steffan, que te diga dónde los ha visto.

El capitán Steffan había sido, hasta la llegada de Jauffre, el comandante de los Cuchillas en el Templo del Soberano de las Nubes. Tempest había hablado con él muy pocas veces ya que se ausentaba a menudo, pero le parecía un hombre respetable, muy enamorado de la belleza arquitectónica del edificio.

- Puede que el capitán Burd de Bruma también nos preste su ayuda. He pedido a la condesa Carvain que ordene a la Guardia que vigile por si aparecen forasteros. - prosiguió Jauffre - Localiza a los espías y acaba con ellos. Averigua qué saben y, si es posible, cuáles son sus planes.

Dicho lo cual, sin más ceremonia, el viejo Maestro se retiró a sus deberes habituales dejando a una muy molesta Tempest quien, para quitarse el mal sabor de boca que aquella misión dejaba consigo, se fue derecha a la cesta llena de cruasanes que se había traído Fortis aquella misma mañana de la panadería de Bruma y agarró cuatro por banda.

Los demás Cuchillas que había desayunando en la cocina la miraron confusos y no dieron crédito a sus ojos cuando agarró el bote donde se guardaba el azúcar y, tras calentarse un vaso enorme de leche, procedió a echarle una cucharada de azúcar detrás de otra hasta que el líquido se volvió espeso. Mojó los bollos en aquella monstruosidad azucarada y se dispuso a engullirlos casi sin masticar, igual que un pavo.

Cyrus y sus compañeros de mesa, Roliand, Jena y Pelagius, menearon la cabeza al ver aquello.

- A esta le ha venido la regla, fijo. – comentó Cyrus, bruto en su línea como él solo, hasta que se encontró con un pescozón por parte de Jena.

- Anda Cyrus, bébete el café antes de que se enfríe y no me estropees el desayuno con tus ingeniosas ocurrencias, ¿quieres? - fue toda la respuesta que le dio la mujer Cuchilla a su compañero ante la atónita mirada de este mientras se frotaba la nuca adolorida con una mano enguantada.

Nada más se dijo, nada más se comentó y una hora después Tempest ya estaba en camino, cuesta abajo por la ladera nevada de la montaña, sobre su extraña montura.

El unicornio notaba el mal humor de su amazona y se esmeró en hacer el paseo de ambos lo más agradable posible.

La mañana era fría y soleada, de intensa luz blanca que hería a la vista con solo reflectar su brillo en el hielo del camino. No soplaba el viento y la inquietante ausencia de sonidos animales en el aire no invitaba precisamente a la tranquilidad.

Tempest, en mitad de su mucha molestia, rumiaba pensativamente las palabras del capitán Steffan.

El tipo aseguraba que estos extraños individuos que ellos creían espías se reunían en torno a una Piedra Rúnica de Hestra, estilo menhir grabado con escritura mágica en vertical, que había ubicada en el camino que iba desde Bruma al Templo, y que no parecían precisamente magos interesados en la magia ancestral de la susodicha.

La muchacha encontró la piedra sin mucha dificultad, pero no observó nada extraño ni encontró a los susodichos forasteros por los alrededores.

Meneando la cabeza significativamente, Tempest decidió que esperaría a que se hiciera de noche; mientras tanto hablaría con el tal Burd y recabaría datos. Quería quitarse de en medio aquel encargo lo antes posible para seguir con sus cosas y salir pitando hacia Bravil... antes de que el jefe, al no ver resultados con el asunto del nigromante, la buscase y al encontrarla le retorciera el pescuezo.

Al entrar en la ciudad fue derecha al castillo local y, tras preguntar a un par de guardias y enseñarles la katana akaviri (pase seguro, por lo visto, para que no te retuvieran haciéndote innecesarias preguntas al respecto), logró dar con el tal Burd: un nórdico enorme de cabello entrecano cortado al estilo cyrodiílico, muy apuesto, muy brusco y con modales de granjero.

- Con la excepción del regreso de Jearl de su viaje al Sur, la situación está bastante tranquila, diría yo. – le dijo el hombre inmediatamente en cuanto Tempest le hizo una serie de sencillas preguntas al respecto - No hay muchos que osen salir de viaje con lo de la Crisis del Oblivion.

La joven se había rascado la nariz, reflexiva.

- ¿Qué tiene de particular el regreso de ésa mujer? - inquirió.

El capitán de la Guardia de Bruma se encogió de hombros.

- Nada en particular, supongo. – respondió – El simple hecho de que se atreviera a salir de la ciudad con la crisis. Como he dicho, la gente tiene miedo y los caminos no son seguros estos días con ésas... cosas saliendo aquí y allá de solo Shor sabe dónde.

- Entiendo. – asintió la muchacha con comprensión ya que ella, más que nadie, sabía lo que uno podía encontrarse en los caminos estos días. Y no eran precisamente animales salvajes o bandidos - ¿Algún forastero extraño?

Burd pareció meditarlo unos instantes.

- He insistido a mis hombres en que permanezcan atentos, pero no me han informado de nada fuera de lo normal... salvo el tema del cazador de vampiros, claro.

- ¿Quién?

Burd suspiró pesadamente. Estaba hablando más de la cuenta y estaba tocando un tema que no era competencia suya ya que otro compañero de servicio, Carius Runellius, ya estaba investigando el asunto.

- Pasa por el nombre de Raynil Dralas y hace poco llegó a la ciudad dándole bombo y platillo a lo particular de su profesión justo en el momento en que mis hombres encontraron a un par de vagabundos muertos con perforaciones en el cuello. – explicó rápidamente con un tono de voz que indicaba claramente que aquella situación no le parecía relevante al caso en absoluto – Le he visto un par de veces y su aspecto no me gusta, pero eso no quiere decir que tenga algo que ver con el asunto de los espías del que me hablas. Es un elfo oscuro y los elfos son gente extraña. Ya le hemos investigado y ha colaborado con nosotros en el asunto de los cadáveres deteniendo al vampiro. Está limpio.

Ante aquella declaración, Tempest no supo qué hacer. ¿Debería esperarse a la noche, seguir preguntando por ahí o, sencillamente, volver con Jauffre y explicarle que aquel asunto de los espías carecía de fundamento alguno?

El problema principal es que la chica quería sacarse el asunto de encima lo antes posible e, inconscientemente, no le estaba poniendo toda la atención y el interés que requería en aquellos instantes. Era difícil concentrarse en una misión donde nadie te da información relevante, todas las sospechas están basadas en conjeturas y, por ende, tenía toda la pinta de ser solo un producto del nerviosismo de sus camaradas Cuchillas ante la falta de acción y de progresos en lo referente a la recuperación del Amuleto de Reyes.

No muy segura en realidad de qué hacer, vagó de un lado a otro por Bruma hasta que el frío le hizo estremecerse de los pies a las puntas del verde pelo y, no viéndole muchas alternativas al asunto hasta que cayera la noche, se metió en la posada de "Coser y Cantar" de Olav para tomarse algo de beber que le calentase el cuerpo y, si encontraba al viejo Ongar, invitarle a un trago, que ya hacía mucho tiempo que no hablaban y le tenía cariño al hombre.

Sin embargo cuál no fue su sorpresa (y su susto) al encontrar, efectivamente, al viejo borrachín dándole de tragos a una enorme pinta de cerveza... mientras conversaba animadamente con un encapuchado de negro.

Un encapuchado que ella conocía muy bien.

Notando cómo la sangre se le espesaba producto de su turbación, Tempest dio media vuelta despacio para salir de puntillas del local sin hacer ruido hasta que el dueño, Olav, haciendo alarde de su impagable sentido de la inoportunidad, saludó a la muchacha a voz en cuello.

- ¡Hombre, Tempest, dichosos los ojos! - exclamó alegremente mientras limpiaba la barra con una gamuza - ¡Siéntate junto al fuego y bebe algo, te calentará el alma!

La muchacha, más tiesa que una vara y sintiéndose bastante enferma, pidió una jarra de aguamiel y, sabiendo que Ongar y su acompañante la habían visto, se dirigió hacia ellos en cuanto el viejo traficante le hizo señas con la mano para que se aproximara.

- Hey, Ongar... - dijo con un hilo de voz tragando saliva, sabiendo en todo momento la afilada mirada que le estaban dirigiendo desde debajo de aquella capucha negra - ¿Cómo... va eso?

- Ni bien ni mal. – sonrió el nórdico con su habitual dentadura de caballo - El negocio se mantiene aún a flote, y máxime después del asunto de la Biblioteca del Palacio Imperial. Supongo que ya te habrás enterado.

- Sí... claro...

- ¡Pero siéntate, encanto de criatura! - exclamó el borrachín con alegría, aún no lo bastante ebrio como para caerse de la silla pero sí como para actuar tan jovial como un muchacho de dieciséis años - ¡Déjame que te presente a un veterano del negocio, uno de los caraduras más carismáticos que jamás haya conocido...!

Sin embargo, rápidamente fue interrumpido por un suave gesto de la mano enguantada de su oscuro acompañante.

- Ya nos conocemos, Ongar. – dijo la inconfundible voz grave de Lucien Lachance, extrañamente amigable teniendo en cuenta la situación de días atrás con la joven - ¿O no es así, querida niña?

La chica tragó en aquel momento tanta saliva que temió atragantarse.

- S-sí... - fue todo lo que se le ocurrió contestar.

El Hombre Oscuro entonces realizó una complicada y elegante floritura con la mano para indicarle que se sentara y Tempest obedeció mecánicamente, aferrándose a la jarra de aguamiel que había pedido como si le fuera la vida en ello.

Olav les observó alternadamente con evidente diversión en la nublada mirada azul.

- ¿Os conocéis? - inquirió risueño, en absoluto extrañado – Lucien, esta muchacha es un portento y un buen activo para el negocio desde que la conozco, ¡fue ella la que le birló al capitán ése que va detrás del Zorro Gris la bolsa de impuestos de Waterfront! Se cuela por todos los sitios, nadie la ve... es más lista que el hambre.

- No lo dudo. – convino Lachance dándole una mirada a su Silenciadora tan punzante como intensa - ¿Y a cuánto asciende el oro aportado desde su... iniciación?

Ongar hizo un gesto cuantitativo con la mano que indicaba exageración mientras pegaba un silbido corto.

- Uf... a saber... - dijo vagamente antes de bostezar – No tengo aquí el libro de cuentas, pero a varios miles de septims, diría yo.

- ¿Tienes sueño, Ongar? - inquirió el encapuchado casualmente.

- Un poco... - admitió el nórdico – Debe de ser la cerveza...

- Llevas ya dos botellines y tres pintas, creo recordar. No parece demasiado para ti, Ongar... a menos que ya te estés haciendo mayor para esto.

El traficante se echó a reír con contundente sonoridad hasta que comenzó a toser violentamente y hubo de beber más para aclararse la abundantemente regada laringe.

Tempest, a todo esto, se había encogido en su asiento y bebía nerviosa con igual vehemencia de su jarra hasta que la dejó vacía, lo cual ocasionó que se quedara sin excusa para no tener que abrir la boca.

- Que me hago mayor dice... - se rió el nórdico una vez su ataque de tos cesó – Llevo más años en esto de los que puedo recordar. Sigo viviendo en el mismo barrio, en la misma casa y allí duermo lo que me da la gana, así que supongo que sí, estoy mayor y me he acostumbrado a haraganear... pero eso no quiere decir que mi estómago no aguante lo que antes. Todo el alcohol que le eches y más. Nunca dudes que soy un nórdico de los pies a la cabeza, imperial.

- Nunca lo dudaría, Ongar.

El viejo traficante, ya en un término superior al "achispamiento", cerró los ojos y suspiró, soñador.

- Todavía me acuerdo de cuando eras un aprendiz... - recordó sonriente – El tipo ése, el bretón yonki... Thibault, ¿no?, te la tenía jurada... te tocó las narices de tal manera que le reventaste las costillas a patadas, ¿eh? ¿Qué edad tenías?, debías de ser aún un crío... siempre fuiste un chaval cabroncete. No había quien te tosiera en el Gremio después de aquello.

Cambiando súbitamente la expresión facial amigable que Lachance había mostrado hasta el momento, sus ojos de halcón se entornaron y el resto de la cara quedó en un estado neutro, hierático, totalmente indescifrable. Ongar estaba bebido y comenzaba a hablar más de la cuenta de cosas... que su Silenciadora no tenía por qué oír ya que eran personales.

- Creo sinceramente, Ongar, que ya va siendo hora de que regreses a tu casa a dormirla. Estás borracho. - dijo muy seriamente.

- No, no lo estoy...

- Oh, yo creo que sí. – afirmó el Portavoz levantándose de la mesa y ayudando al viejo nórdico a hacer lo propio – Vamos, te acompañaré, yo pago. – dijo rápidamente depositando sobre la mesa un puñado de monedas al tiempo que le hacía una seña al dueño para que viniera a recogerlo – Y tú. – siseó de repente en dirección a Tempest con veneno en la mirada, volviendo a ser la clase de hombre que ella conocía – Vienes con nosotros.

Y no era una pregunta.

Tras una breve caminata hasta la casa de Ongar que a Tempest se le hizo eterna, arrastrando los pies por la nieve de las aceras justo un paso por detrás del Hombre Oscuro y del traficante como iba; una vez Lachance dejó al otro en su choza, se giró inmediatamente hacia ella, la asió del codo y se la llevó sin mediar una sola palabra de vuelta a la taberna de Olav para, tras pedir una habitación, encerrarse con la chica y comenzar a hablar en voz baja con furia.

- ¡¿Qué demonios te crees que estás haciendo aquí?! - dijo señalándola con el dedo - ¡Tienes Órdenes que cumplir, Silenciadora! ¡Órdenes que, si mal no recuerdo, te sitúan lejos de Bruma!

Tempest se pegó a la pared opuesta del cuartucho aquel, blanca como el papel, y solo pudo recuperar la voz tras unos segundos de intentarlo con todas sus malditas fuerzas.

- Yo... el tomo de traducción... los Cuchillas... Jauffre me ha dicho que investigue...

- ¡Deja de balbucir y habla claro, maldita sea!

Tempest entonces, viendo lo nerviosa que estaba, tomó aire y trató de serenarse.

- Recogí las Órdenes en el punto de entrega. – explicó – Pero necesitaba venir a Bruma para traerle a Martin un tomo de traducción al daédrico que le ayude con el Mysterium Xarxes. Para adquirir el tomo tuve que hablar con el Canciller Ocato y, al meterme en la Biblioteca de Palacio... el Zorro Gris me vio y me pidió que le ayudara a robar... un Pergamino Antiguo.

- ¡¿Qué?!

La chica asintió.

- Bueno, lo robamos y... me hizo un encargo en Anvil que aún tengo pendiente. Después de eso vine aquí y...

Lachance la detuvo con un gesto de la mano.

- ¿Y pretendes que me trague que has sido tú quien ha robado un Pergamino Antiguo de la inexpugnable Biblioteca de Palacio junto al Zorro Gris? - inquirió aproximándose a la muchacha con los ojos entornados - ¿Por quién me tomas, pajarillo?

- ¡Pero si es verdad! - protestó la chiquilla súbitamente enojada sacándose del bolsillo el anillo que el enmascarado le había dado - ¡Me dio esto para que se lo llevara a la condesa Umbranox de Anvil!

Lachance tomó el anillo rápidamente, lo observó detenidamente a la luz de la vela que había allí encendida, como apercibiendo los matices de la pequeña pieza de orfebrería, y se lo devolvió a la chica sin añadir más.

- Continúa. – ordenó.

Tempest tomó aire de nuevo y le explicó el encargo de Jauffre y las sospechas de este de que les estuvieran espiando para atacar el Templo del Soberano de las Nubes.

Lucien a todo esto no dijo nada, sumido como estaba en múltiples cuestiones acerca de qué hacer con una muchacha tan desobediente y con tantas otras acreditaciones fuera de la Hermandad Oscura que la inhabilitaban para estar siempre enteramente disponible.

También le daba vueltas a la cabeza acerca de la reunión que había tenido la noche anterior con otro compañero Portavoz que tenía ubicada su residencia allí, en Bruma, y que se mostraba un tanto inquieto ya no solo por el asunto de que la Purificación en Cheydinhal hubiera sido un rotundo fracaso al haberse encontrado durante ése período otro cadáver, esta vez del encargado del Santuario de Bruma: Ri'jhaad "Garracuchilla", sino porque ya había otra asesina de la que no habían tenido noticias desde hacía más de tres semanas.

Lucien Lachance se veía cada vez más cercado, más asfixiado en su ambiente, rodeado de traición y no sabiendo a quién o a dónde dirigirse.

Y ahora la chica le venía con temas de Pergaminos Antiguos y de espías... no sabía si volverse loco, mandarlo todo al carajo o ayudarla para despejar su mente de los rotundos fracasos que llevaba acumulando en su carrera desde la aparición de la amenaza del traidor.

Finalmente, como hombre racional que era, optó por esto último.

Y Tempest, no teniendo muy claro de si sentirse inquieta o agradecida, siguió la cadena de deducciones de su Portavoz con referencia al tema de los espías hasta que, finalmente, ambos se vieron forzando la puerta trasera de la vivienda de la tal Jearl después de haber ido preguntando a los mendigos (mediando, cómo no, las amenazas y los sobornos monetarios) y estos haberles dicho que habían oído voces de dentro de la casa de ésa mujer aún a pesar de haber vuelto sola de su viaje.

Y el sótano de aquella casa, desde luego, era de todo menos convencional: provisto de una ruta de escape fuera de la ciudad a través de un túnel excavado, aquel sótano también era el escondite de un residente inesperado que no les recibió precisamente con los brazos abiertos.

La invitada secreta de Jearl era una agente encubierta del Amanecer Mítico dunmer que se tiró a por la cabeza de Lachance, viéndole considerablemente más grande y, por tanto, más peligroso que la chica de pelo verde que lo acompañaba.

El Portavoz imperial no tuvo mucha dificultad en despachar a la sectaria rápidamente y Tempest se puso a revolver de un lado a otro hasta que, además de encontrar uno de los volúmenes de los "Comentarios" de Mankar Camoran, halló un sobre con un extraño sello de cera roto que representaba un sol naciente, evidentemente el símbolo de la Orden del Amanecer Mítico, y que venía firmado por una tal Ruma Camoran.

Al leer la carta, Tempest se encontró con tres cosas: una, Jauffre tenía razón y les estaban espiando para hallar puntos débiles en la fortaleza por los que abrirse paso. Dos, el Amanecer Mítico sabía de la existencia de Martin y de su refugio en el Templo del Soberano de las Nubes. Y tres, pensaban abrir un Gran Portón de Oblivion a las afueras de Bruma para hacer caer tanto a la ciudad como al Templo.

El hombre y la muchacha esperaron pacientemente a que la tal Jearl volviera a su casa y, una vez lograron acorralarla, Lachance la noqueó y la llevó al sótano, donde había visto unos buenos grilletes en una de las paredes que le vendrían bien para hacer lo que tenía en mente.

Tempest no cuestionó los motivos de su superior ya que intuía más o menos lo que pretendía hacer y supo que sería mejor no realizar ninguna clase de preguntas al respecto.

- Ve ahora, pajarillo, y habla con tu Maestro Cuchilla. – le instruyó Lachance muy seriamente – Muéstrale las órdenes que tenían estas dos individuas y dile que ambas, junto con quien firma la carta, está muertas.

- ¿Ruma Camoran está muerta? - inquirió Tempest extrañada - ¿Y cómo sabes tú eso, jefe?

- Porque yo mismo la maté cuando me llevé el Xarxes de la Ermita de Mehrunes Dagon.

Se hizo un momento de silencio.

- No sé si tendrá mucho que ver... - aventuró Tempest tras pensarlo detenidamente – Pero el capitán de la Guardia de Bruma me habló de otro forastero sospechoso que ha venido a la ciudad hace poco. Dice que es un cazador de vampiros, un dunmer, y que se llama Raynil Dralas. Tal vez deberíamos buscarle por si, de alguna manera, está afiliado con estas dos. - opinó señalando con la cabeza al cadáver de la dunmer y a la inconsciente Jearl.

En esto que la expresión de su jefe había cambiado drásticamente y había esbozado una sonrisa misteriosa.

- Raynil Dralas, ¿eh? - dijo con cierto halo de diversión recorriéndole las oscuras pupilas de ave de rapiña – No te preocupes por ése hombre, pajarillo, sé quién es y lo que ha hecho y te puedo asegurar que no es ni un agente encubierto del Amanecer Mítico ni un cazador de vampiros.

La muchacha pareció no comprender.

- ¿Y qué ha hecho entonces?, ¿quién es ése hombre?

- Digamos simplemente que le he estado... observando durante un tiempo.

Confundida por sus palabras pero confiando en el juicio del Portavoz, Tempest salió de la casa por el túnel secreto del sótano hasta el exterior de Bruma. El sol estaba en su punto más alto del día y la chiquilla no se había percatado hasta ése momento del hambre que tenía.

Dando pequeños silbiditos cortos, la chica esperó varios minutos a que el unicornio apareciera de la nada, como siempre hacía. Al cabo de un rato su espera se vio recompensada.

La criatura se mostró contenta de ver a su amazona, pues le gustaba el olor que esta desprendía, y le dio un golpecito cariñoso en el hombro en el momento en que llegó a su lado.

Tempest se subió a su blanco lomo y le susurró:

- Otra vez de vuelta al Templo del Soberano de las Nubes, chato... no te haces una idea de qué día más raro llevo...


Pasadas un par de horas, Jearl se despertó con una terrible jaqueca punzándole la nuca a causa del noqueo y con los grilletes de su sótano envolviéndole firmemente las muñecas. Frente a ella había un hombre, un imperial encapuchado que le puso inmediatamente una navaja en el cuello.

Jearl, guarda roja orgullosa de su raza y de su Orden como era, le dio una mirada desafiante.

- Hazlo, infiel. No le temo a la muerte.

Pero el hombre de negro frente a ella solo sonrió. Y la suya era una de ésas sonrisas escalofriantes que solo se ven en los orates convencidos.

- Oh, puedo entender que no la temas, Jearl, ya que te han prometido la inmortalidad, ¿cierto?

La guarda roja nada dijo y, manteniendo su fingida serenidad, le escupió.

El puñetazo que, segundos más tarde, le sobrevino fue derecho a su estómago y la mujer no pudo evitar devolver hasta el desayuno de aquella mañana.

Limpiándose el escupitajo parsimoniosamente con un pañuelo, Lucien Lachance sacó una pequeña cartera de cuero que desanudó y desenvolvió tranquilamente dando lugar a una extensa e impecablemente limpia muestra de distintas herramientas de mano.

Le había dicho a la chica que se marchara no ya solo para ahorrarle tiempo y que, tras aquello, partiera sin demora a Bravil a completar las Órdenes que aún tenía pendientes, sino también porque no la veía muy preparada para asistir a una sesión de tortura en vivo y en directo.

Además, así podría trabajar a sus anchas, sin tener revoloteando cerca a una chiquilla asustada que, de ver aquello, le miraría como si fuera alguna clase de monstruo surgido de las profundidades más siniestras del Oblivion.

La tortura era otro más de los gajes del oficio de ser asesino y Lachance, si bien se deleitaba contemplando cómo sus víctimas morían bajo el filo de su hoja, no era muy aficionado a las sesiones de tortura ya que eran demasiado lentas para su gusto y la sangre de las víctimas se coagulaba durante el proceso. Y a Lucien Lachance la sangre coagulada en grandes cantidades le producía un ligero asco que, hiciese lo que hiciese, le nacía en la boca del estómago y se lo revolvía de tal manera que le resultaba imposible sustraerse a él.

Jearl, al alzar la cabeza tras haberse recuperado del golpe en la barriga, se quedó helada en el sitio al contemplar aquel muestrario reluciente de objetos punzantes que parecían saludarla con macabra anticipación.

- Y ahora vas a decirme lo que quiero saber si quieres una muerte limpia y rápida por mi parte, Jearl. – dijo el hombre de negro haciendo especial hincapié en su nombre mientras se quitaba los guantes y se remangaba hasta el codo – Porque puedo hacer que agonices durante días hasta que mueras, ¿entiendes lo que te estoy diciendo?

- Hazlo. – repuso la guarda roja valientemente – No te temo, sicario.

Tras las tres primeras uñas de la mano derecha que le arrancó desde la raíz con unos alicates, Lachance se detuvo, insensible al dolor de la mujer, y preguntó:

- ¿Dónde están el resto de tus camaradas, Jearl? Quiero nombres. De encontrarlos ya me ocupo yo.

- ¡No te diré una mierda! - chilló ella con lágrimas de dolor asomándole por los ojos - ¡Que te den!

- Como quieras.

La tortura se extendió durante horas en las que el Portavoz no solo infligió dolor físico, sino que atacó la psique de su prisionera desmoralizándola y derrumbando los cimientos de sus creencias personales, desmigando su fe religiosa, sacando a flote los miedos más intrínsecos de la mujer hacia la sangre y la visión de sí misma en aquel lamentable estado.

Jearl, si bien no sabía de ningún otro centro de operaciones que no fuera la destruida Ermita de Dagon, acabó traicionando a sus camaradas dándole los nombres y direcciones de agentes encubiertos que conocía en la Ciudad Imperial. Y Lachance, arreglo a su palabra una vez obtuvo lo que buscaba, la despachó con precisión y rapidez.

Limpiando el instrumental con suma pulcritud y con el estómago ligeramente revuelto a causa de la peste que emanaba de la sangre seca de los cadáveres, el Hombre Oscuro subió las escaleras tranquilamente para salir a la calle discretamente y encaminarse en dirección a donde ya sabía que tendría que buscar al supuesto cazador de vampiros, Raynil Dralas.

El individuo, valiéndose de la excusa del vampirismo, había asesinado a sangre fría a sus dos antiguos camaradas, Gelebourne de Skingrad y Bradon Lirriam de Bruma, para hacerse con sus respectivas llaves, ya que años atrás aquellos tres hombres habían sido aventureros y, habiendo descubierto un raro artefacto Ayleid, lo habían escondido en una cueva cercana a Bruma dentro de un cofre que solo se abría con las tres llaves.

Lachance, al llegar a la ciudad y enterarse de los rumores acerca del vampiro muerto, ya se había percatado en un principio de que aquel dunmer no era lo que decía ser y, tras colarse en la habitación que había alquilado en la posada de Olav de los suburbios y leer el diario de su compañero Gelebourne creyendo que sería del propio Dralas, se enteró de la historia y se sintió... complacido.

Saliendo al exterior de Bruma y trayendo el espíritu de Shadowmere desde el Vacío para que le sirviese de montura, Lucien Lachance llegó como una exhalación hasta la susodicha cueva donde los hombres guardaron el tesoro y encontró a Dralas roncando como un bendito en su saco de dormir.

Esperó pacientemente a que el elfo se despertara y este, una vez abrió los ojos y le vio, se puso en pie violentamente mostrándole un cuchillo. El Portavoz sonrió sin hacer ningún movimiento ofensivo.

- Duermes como un niño pese a ser un asesino. - dijo gravemente – Y eso es bueno. Denota una conciencia libre de culpa, Raynil.

- ¿Quién eres y qué quieres? - preguntó el dunmer de inmediato aún en postura defensiva, no teniendo muy claro si debía ver a este hombre encapuchado como una posible amenaza o no.

Lachance sonrió levemente.

- A su tiempo, Raynil, a su tiempo. Primero, las presentaciones: mi nombre es Lucien Lachance, Portavoz de la Hermandad Oscura. – se anunció el imperial ante el ahora atónito dunmer - Y tú eres un asesino a sangre fría capaz de quitarle la vida a alguien sin piedad ni remordimiento, tal y como has hecho con tus antiguos camaradas. La Madre Noche te ha estado observando y está más que encantada con tu buen hacer... y es por eso que he venido hasta ti con una oferta: que te unas a nuestra familia.

El elfo oscuro le observó de hito en hito, casi sobrecogido, y Lucien adivinó por su lenguaje corporal que no le atacaría.

- Y ahora, Raynil, ¿bajarás ése cuchillo y me escucharás... o deberé arrebatártelo por la fuerza?

Dralas no le dio un segundo pensamiento a la cuestión y no dudó en bajar el arma, enfundándosela nuevamente en su cinturón. Se le veía ya más tranquilo, casi cómodo en presencia de aquel completo desconocido que decía ofrecerle un empleo para el que se veía más que capacitado.

- Adelante, te escucho. – fue todo lo que respondió mientras una torva sonrisa comenzaba a amanecerle en los labios.

Una sonrisa que el Portavoz imperial compartió sin modestia de ninguna clase.

Acababa de encontrar un buen candidato.


Nota de la autora: vale, hemos tenido suerte y me ha venido la inspiración, con lo que he completado otro capítulo en unos pocos días de diferencia con respecto al otro :) No sé qué os está pareciendo y tal, pero mi betatester me sugirió que no metiera toda la línea de la Hermandad Oscura de golpe, así que he metido más cosas de por medio, para hacer la historia un poco más variada.

Lo dicho, si me vuelve a venir la inspiración en este mes, escribo otro, si no iré publicando cuando pueda. En breve tendremos el asunto del traidor y de Applewatch, momentazo dramático donde los haya jejejejeje ¿Qué pasará...? Éso está por verse...