26
Holmes abrió bruscamente la puerta de su dormitorio, ganándose una mirada ligeramente reprobadora por parte de Knightsbury. El alto detective fue hacia la cama con paso vacilante, retorciéndose las manos en una manifestación inconsciente de su preocupación. Clavó los ojos en el ocupante de la cama y dejó que su analítica mente le dijera lo que necesitaba saber.
Watson yacía allí, casi tan blanco como las sábanas, descansando sobre tantas almohadas que estaba casi sentado. En torno a su cabeza había un vendaje limpio y pulcro, y varias mantas cálidas cubrían su cuerpo. Un fuego bajo ardía en la chimenea, caldeando la habitación. Knightsbury comenzó a guardar sus cosas en su maletín. Holmes ya había observado que era más grande y mucho más recargado que el de Watson; era obvio que Knightsbury tenía una cartera de clientes más adinerados.
—Me ha dicho que tiene bronquitis —informó Knightsbury a Holmes mientras continuaba guardando sus cosas—. Coincido con su diagnóstico, pero también tiene una conmoción severa. Le he administrado una fuerte dosis de láudano para el dolor y para hacerle dormir un rato. Tiene algo de fiebre, aunque temo que pueda ser engañosamente baja debido a lo helado que estaba cuando llegó. La fiebre podría subir de golpe. Si eso ocurre, llame al médico más cercano. Yo ya he mandado aviso a tres colegas muy competentes, todos a menos de cinco calles de aquí, que acudirán de inmediato a su llamada.
—Pero se recuperará —dijo Holmes con voz queda, plantado junto a la cama.
Knightsbury cerró su maletín con un chasquido y se volvió hacia Holmes.
—Si es fuerte, sobrevivirá —respondió sin rodeos—. La herida de la cabeza es relativamente superficial y ni siquiera requirió puntos. Se curará sin ningún otro tratamiento; dudo que le quede siquiera una cicatriz. Pero la bronquitis y la fiebre podrían ser peligrosas; no estaba hipotérmico cuando llegó, lo cual es una bendición, pero si la fiebre comienza a subir, llame a un médico e intente bajarla con compresas frías.
—¿Qué puedo hacer?
—Intente despertarlo de vez en cuando y dele de beber agua templada o té suave para evitar la deshidratación—recomendó Knightsbury—. Si es necesario, adminístrele láudano o morfina pura para el dolor; si no puede inyectárselos usted mismo, al menos haga que los beba.
—Estoy familiarizado con el procedimiento de la administración de inyecciones —respondió Holmes, un tanto exasperado—. ¿Algo más?
—No se agote, señor Holmes —dijo Knightsbury afablemente—. No le será de ninguna ayuda si se fuerza hasta desfallecer. Parecía peligrosamente cerca de ello cuando llegó. Necesita entrar en calor, comer una comida decente y dormir un poco.
Holmes decidió no responder. Knightsbury levantó su maletín y fue hacia la puerta.
—Enviaré mi factura a Scotland Yard —dijo el doctor, cerrando tras de sí.
Holmes lo escuchó intercambiar unos cumplidos con la señora Hudson antes de oír cerrarse la puerta de la sala de estar y, momentos después, la puerta principal, con un distante golpe seco. La casa quedó sumida en el silencio; sin duda, la señora Hudson estaría ocupada en la cocina y Lestrade seguiría durmiendo en la sala de estar. Holmes se despojó rápidamente de la ropa que había sacado del equipaje de Buckhannon y la sustituyó por la suya. Por añadidura, se puso una bata para estar más caliente. Luego se sentó con cuidado en el borde de la cama y se inclinó ligeramente hacia Watson.
—¿Watson?
No hubo respuesta: su amigo dormía profundamente y el único sonido en la habitación era su acompasada, aunque laboriosa, respiración. Holmes extendió una mano, vaciló y luego le arregló un poco las mantas. Watson ni siquiera se movió.
Se oyó un golpecito en la puerta. Holmes lo ignoró. Eso, empero, no disuadió a la señora Hudson, que entró a pesar de todo, portando una bandeja de té, que apoyó en la cadera mientras abría la puerta.
—Todavía dormirá durante un rato —comentó mientras empezaba a disponer tazas y platillos sobre la cómoda—. Y usted debería dormir un poco, ¿sabe?
Holmes no respondió. Ella puso en sus manos una taza de té y colocó una manta sobre sus hombros antes de salir de la habitación y cerrar la puerta tras de sí. Holmes bebió el té sin saborearlo realmente. Se levantó como un autómata y se sirvió otra taza.
Encontró numerosas pequeñas tareas que hacer (atizar el fuego, clasificar sus apuntes, mirar por la ventana), pero, invariablemente, siempre acababa volviendo a sentarse en la cama.
Pasaron las horas y, finalmente, Lestrade entró en la habitación para despedirse antes de regresar a su casa. La señora Hudson se fue a dormir, pero Holmes continuó su vigilia junto a la cama, a la tenue luz de una lámpara de gas. El fuego crepitaba, manteniendo la habitación confortablemente cálida pese al frío del exterior.
Sentado a los pies de la cama, Holmes se recostó contra uno de los postes y levantó cuidadosamente las rodillas hasta la barbilla, procurando no molestar a Watson.
—Oh, Watson —suspiró al fin, rompiendo el silencio—. ¿Por qué? ¿Por qué tuvo que ser usted?
No hubo respuesta. Holmes no la esperaba. Escuchó, con el pecho oprimido por la pena, la áspera respiración de Watson, interrumpiéndose intermitentemente con cada laboriosa inhalación.
Holmes casi se había adormilado, sentado a los pies de la cama, cuando un ruido, tan leve que podría haberlo soñado, le hizo levantar bruscamente la cabeza. Volvió a oírlo; un suave gemido.
—¿Watson?
Holmes se acercó rápidamente a la cabecera, se sentó al borde de la cama y se inclinó sobre el doctor.
—¿Watson?
La única respuesta fue otro gemido, y Holmes extendió la mano hacia la lámpara de gas para subir ligeramente la luz. Se le heló el corazón; Watson parecía dormir, pero temblaba un poco, y su semblante, antes pálido, estaba cubierto por un leve rubor. Holmes apoyó una mano en su frente y lanzó una pintoresca maldición. La fiebre estaba subiendo, tal como Knightsbury había temido.
Holmes se levantó en el acto, vertió un poco de agua de la jarra de su aguamanil en un gran tazón de porcelana china y sacó un pañuelo limpio de una gaveta. Empapó el material en el agua fría, lo escurrió, lo dobló y lo colocó cuidadosamente sobre la frente de Watson. El agua humedeció ligeramente el borde del vendaje. Holmes pensó en quitárselo, pero decidió no hacerlo; si Watson empezaba a delirar, no quería causar más daño a aquella herida tan reciente.
Knightsbury había dicho que llamara a un médico, pero Holmes sabía, por amarga experiencia y por sus conversaciones con Watson, que no había mucho que un médico pudiera hacer para controlar la fiebre; al menos, no más que el propio Holmes, que contaba con los suministros y manuales médicos de Watson. Cogió rápidamente el maletín de Watson y sacó el termómetro. Había observado a Watson lo bastante a menudo para saber cómo tomar la temperatura. Aun así, tuvo que sostenerlo en su sitio mientras Watson gemía y murmuraba febrilmente. Holmes comprobó la lectura: cuarenta grados. Lanzó otra maldición; era la temperatura máxima y podía ser peligroso. Echó las mantas hacia abajo y desabrochó el cuello del camisón de Watson, que Knightsbury, obviamente, le había hecho ponerse antes de administrarle un misericordioso sedante.
—Watson —dijo Holmes, hablando con voz clara y pausada—. Watson, viejo amigo, soy yo… Holmes… ¿Puede oírme?
No hubo más respuesta que un gemido y una tos convulsiva que lo hizo respingar. Renovó la compresa fría y, preocupado, empezó a dar vueltas alrededor de la cama.
La noche transcurrió lentamente, pero Holmes no descansó, y prosiguió su vigilia. Al fin, cuando ya el amanecer asomaba por el horizonte, la fiebre de Watson empezó a ceder tras alcanzar unos críticos cuarenta y un grados. Holmes casi se desplomó a los pies de la cama cuando Watson se sumió finalmente en un sueño normal y sereno, no inducido por las drogas ni roto por febriles desvaríos.
