Disclaimer: Ninguno de los personajes me pertenece, son propiedad de Suzanne Collins.


Una noche en el Majestic

Capítulo 26

Woodmere, 1913

"En lo profundo del prado, allí, debajo de un sauce…" tarareó con su dulce voz. La observaba con detenimiento desde la otra orilla, escondido detrás de unas rocas y unos altos pajonales. Solo cuando estaba sola cantaba de esa manera.

Katniss remojó otra camisa en la orilla para luego comenzar a tallarla sobre una roca muy limpia. De tanto en tanto, tarareaba la canción, otras vez, entonaba las estrofas de la canción popular. Lo cierto era que, de cualquier forma, era maravilloso oírla.

Peeta no podía evitar sentir una ansiedad terrible cada vez que ella levantaba la mirada, puesto que no deseaba verse descubierto. Lo tenía completamente fascinado y moría de ganas de ser algo más que su amigo o, en su defecto, el chico del pan. Deseaba atrapar esos labios rojos entre los suyos y hacerle saber cuan infinito era su amor. Por lo pronto, sólo podía conformarse con verla allí, oculto. Sin la mirada de los otros, ella se mostraba fresca y natural, como en ese instante que por apurarse por acomodar el cabello que se arremolinaba en la cara, se mojó la cara. Hizo un mohín de disgusto.

Cuando se puso de pie admiró la hermosa forma que iba tomando su cuerpo, tan delicada y grácil. Había abandonado los rasgos de niña para dar lugar a una mujer que prometía ser muy hermosa.

Completamente ajena a su presencia, comenzó a acomodar la ropa mojada sobre los arbustos y las ramas de los árboles, de modo que se secara. Luego se sentó en una de las rocas, disfrutando de los rayos del sol en el rostro.

Contemplando su expresión tan relaja, Peeta no dudó ni un segundo. Cuidando de no hacer ningún ruido, como si de un cazador se tratara, sacó su equipo de dibujo y comenzó a retratarla.


Chicago, 1920

"Oh, sí. Así, precioso."

"¡Más fuerte!"

Lady Aterlli siempre se supo una mujer demandante y algo, bastante, caprichosa. Sobre todo en la cama. Y más si estaba en la cama acompañada de su joven divertimento. Un escandaloso orgasmo acometió contra ella con las últimas embestidas de Gale. Tal y como acostumbraba hacer, el joven se retiró de su cuerpo y se derramó fuera. Sudoroso y ligeramente entumecido rodó a un costado en la amplia cama, recuperándose de a poco.

-Eres fantástico.- aseguró ella con una sonrisa, colocándose de costado para contemplarlo mejor.

Rozó con las delicadas yemas de sus dedos cada músculo y cada vena marcada de aquel esplendoroso cuerpo. Quizás adoraba a ese joven más de la cuenta. O simplemente estaba encandilada con su rendimiento en la cama, algo muy difícil de encontrar en los hombres de su edad, demasiado gordos, o demasiado ebrios, como para darle todos los orgasmos que quisiera. Por eso, cuando su querido primo le había ofrecido al muchachito a cambio de una jugosa suma de dinero, no lo había dudado ni por un instante.

-Debo irme.- anunció Gale, con la voz algo adormecida.

-Quédate.- demando Cecelia.- Quiero despertarme y que lo primero que vea sea tu hermosa cara.- dijo sin ningún tapujo.

-Me temo que no será posible.- suspiró Gale, con fingido pesar. Lo único que le apetecía ahora era darse un baño, dormir y luego correr a los brazos de Johanna.

-Mi primo te explota demasiado.- refunfuñó.- Quédate y te daré el doble de dinero que mi primo te da.- ofreció, acercando la nariz a su cuello.- Por favor.- rogó, rozando con los labios el cuello tenso.

-Lo siento.- suspiró el hombre, rodeándola con los brazos para continuar con la charada.

-¿Sabes? Cuando Cornelius sea alcalde, te compraré y serás mío para siempre.- anunció, dirigiendo una mano descarada a su miembro relajado.

-¿Y cómo hará el señor Snow para derrocar al actual alcalde?- preguntó Gale, con sutil inocencia, apartando la mano femenina de su miembro para luego acariciar su sexo aún húmedo. Ella suspiró, satisfecha.

-Mmhh cómo se acostumbra en nuestra familia, precioso.- respondió Cecelia, entre suspiros placenteros.

Gale le abrió completamente las piernas y se colocó encima de ella, besando sus senos y luego bajando por la planicie de su vientre.

-¿Cómo?- preguntó de nuevo, delineando con la punta de su lengua la cara interior de sus muslos e ingle- Por favor.

-Mmhh.- gimió ella.

Se adentró entre sus pliegues, lamiendo todo aquello que le era ofrecido. Con la maestría de sus dedos y se lengua, la llevó al borde de nuevo.

-Con veneno, precioso.- gimió, dejándose caer en la espiral de placer.- Lo va a envenenar.- suspiró satisfecha, como si aquello fuera algo completamente corriente.

Despegó el rostro de aquel sexo, buscando disimular su expresión de sorpresa.

-Debo irme.- insistió de nuevo.

-No, por favor.- rogó ella, cerrando ligeramente sus piernas.

-Lo lamento.- dijo Gale.- Volveré en otra ocasión.- mintió.- Tengo trabajo que terminar.- explicó con la voz ronca y sensual, abarcando con la palma uno de sus senos. Depositó un pequeño beso allí y se incorporó.- Adiós.

-Contaré las horas para tenerte aquí de nuevo.- ronroneó ella, tocándose ligeramente el pecho.

Gale asintió y salió del cuarto desnudo, con la ropa en la mano.

Copito tras copito, perezosa pero persistente, la nieve cubría con elegante manto blanco las calles, casas y edificios de toda la ciudad. El despertador de lata chilló y se sacudió violentamente, anunciando las ocho y media de la mañana, hora de levantarse. Liberó un gemido de frustración y se tapó con las mantas hasta la cabeza. Pero, resignándose a los hechos, como tener que levantarse, se desperezó, muy a su pesar. Liberó un sonoro "Brr" de frío cuando sus pies desnudos se adentraron en las frías pantuflas de paño.

-Buenos días.- murmuró Annie, cuando se cruzaron el pasillo rumbo a la cocina.

-Buenos días.- mustió Katniss, apretándose la bata alrededor de cintura.

-Hoy es la gran noche, ¿no?- preguntó la más joven, esbozando una sonrisa y Katniss asintió.

El día nevado los recibió a todos por igual, por eso cuando el despertador sonó en el dormitorio de Peeta Mellark, esté dio un ligero brinco. Saltó de la cama y, sobre su ropa de noche azul marino, colocó su abrigada bata color borgoña. Hoy era la gran noche. Una sonrisa se ensanchó en su rostro.

-Buenos días, joven Peeta. Al parecer alguien tiene una buena mañana.- saludó Rue, quien se había despertado con anterioridad y estaba preparando el desayuno. Las tostadas saltaron en el tostador.

-Buenos días, Moma. Pequeño Tresh- los saludó, observando como el niño mecía sus piernas enfundadas en un abrigado pantalón de príncipe de Gales, sentado a la mesa, devorando una abundante porción de hot cakes con miel.- Es una excelente mañana.

-Me alegro de verlo tanto contento, joven. Ya llevaba demasiados días triste.- dijo Moma, mientras le alcanzaba el desayuno.

-Es verdad.- puntualizó Peeta, mientras untaba una tostada.- Pero eso cambiará a partir de hoy.

-¿Volverá Katniss?- preguntó Tresh, mirando con súplica al joven rubio.- Extraño oírla cantar y practicar para el coro.

-Te prometo que volverá, pequeño- aseguró el joven, guiñándole un ojo. El niño sonrió enseñando su perfecta dentadura blanca.

-Eso está muy bien.- condescendió Moma, sentándose a la mesa.

Tanto Annie como Katniss echaron varios puñados de sal sobre los escalones de la entrada y el breve camino para disolver el hielo. De pronto apareció un muchacho con un gran paquete montado en una bicicleta, con un ritmo algo tambaleante sobre la nieve.

-Entrega para la señorita Kathy Grant.- anunció el joven, con voz cansina.

-Soy yo.- dijo Katniss, adelantándose hasta la joven.

-Bien. Esto es para usted entonces.- dijo, entregándole la caja.

-Gracias. Déjeme buscarle una propina.- respondió, tomando la caja que le ofrecía.

Entró al dúplex y regresó con algunas monedas que el hombre aceptó gustosamente. Tocando ligeramente su gorra, se marchó de allí.

-Vaya, ¿qué será?- preguntó Annie, mirando con curiosidad el paquete sobre la mesa.

-Pues vamos a averiguarlo.- respondió Katniss, deshaciendo el moño que llevaba la caja.

Dentro reposaba un atrevido vestido negro decorado con finos hilos dorados que hacían intrincados dibujos de flores y hojas. Sobre el vestido reposaba una pequeña nota.

Verás que cuando lo deseo, no soy tan terrible.

Quiero verte en él ésta noche.

Marvel

Katniss rodó los ojos y sintió unas enormes ganas de prender en llamas aquel vestido. Pero sólo debía soportar aquello algunas horas más y luego sería libre. Al fin.

La primera parada que hizo el joven panadero esa mañana tan fría fue en su oficina de Rookery. En las cercanías del escritorio que habitualmente ocupaba Rooba, su secretaria, se encontraba su cuasi reflejo. Su hermano Ashton. Por primera vez en su vida parecía tener un gesto sorprendido mientras miraba con detenimiento los intrincados caireles de una lámpara.

-Buenos días.- saludó Peeta.

-Ah. Buenos días.- respondió su hermano, volviendo los ojos hacia él- ¿Lo tienes?- preguntó con cierta ansiedad.

-Sí. Acompáñame a mi oficina.- respondió el menor, haciendo un ademán señalando la puerta.

Una vez adentro, mientras Ashton miraba con curiosidad la oficina, Peeta rebuscaba entre los legajos aquello que su hermano requería. Una pieza clave para desarmar el intrincado juego de Snow.

-Ésta será mi única colaboración para contigo, ¿lo sabes, no?- dijo con voz firme Peeta, mientras le tendía un pequeño manojo de papeles a su hermano.

-Desde luego.- respondió el mellizo mayor, tomando lo que le era ofrecido.

Peeta suspiró cansinamente desde su sillón.

-Jamás entenderé por qué me odias tanto.- soltó- Necesito que me des una respuesta. Somos adultos.- se quejó con dolor.

-Porque tú has nacido con la buena estrella.- respondió su hermano, frunciendo el ceño, mientras apretaba los papeles en sus manos.- Todo te sale bien.

-Eso es una estupidez. A ti también te saldrían las cosas bien si hicieras el esfuerzo.- espetó Peeta enfadado. Había esperado veintitrés largos años por aquella respuesta y lo mínimo que esperaba era que no fuera tan absurda.

-Para ti todo ha sido sencillo, eres el favorito de nuestro padre y de Fred.- siseó con enojo Ashton.- Siempre eras el mejor en deportes, el mejor horneando, el mejor glaseando… Todo, por una maldita y extraña razón, te sale bien a ti… Todas las mujeres besaban el firmamento que tú pisabas.

Se masajeó las sienes, haciendo un gesto de total disgusto.

-¿Me estas queriendo decir que toda la vida me has hecho perrerías porque… me tienes celos?- preguntó Peeta con escepticismo.

Ashton hizo un mohín de disgusto, enfadado por la resolución tan sencilla a la que había llegado Peeta.

-¿Celos? No. Simplemente no te soporto.- dijo finalmente.

-Bien- resopló Peeta- Supongo que puedo vivir con eso. Ya tienes lo que necesitabas de mi, ahora vete y trata de no volver a interferir en mi vida. Has hecho suficiente.

El mayor farfulló algo inteligible, pero que sonaba cercano a la palabra "idiota".

-Ashton… ¿Por qué Katniss?- preguntó Peeta, mientras observaba a su hermano con la mano apoyada en el pomo de la puerta.

-Porque me gustaba y quería hacerte sufrir.- respondió él, encogiéndose de hombros, antes de marcharse por la puerta.

Sabiendo esa dolorosa verdad, podría finalmente cerrar capítulo de su molesto hermano en su vida.

Lejos de lo que Peeta pensaba, ciertamente su hermano tenía otros planes en mente, que ejecutaría cuando reuniera el momento y las circunstancias adecuadas. Su poco cariño para con su hermano iba a algo más profundo, algo que le fue inculcado de pequeño. Ethel Mellark nunca había ocultado su predilección por él, era quizás la única cosa que le permitía diferenciarse de Peeta. Jamás había tenido que sufrir por la falta de amor de su madre. Ella siempre había tenido un marcado rechazo por el menor por la simple razón de ser una copia fiel del único hombre que la había sentir completamente desdichada, Klein Mellark. Ethel no soportaba que Peeta se le pareciera tanto y ese rechazo también se le inculcó a él y a Fred, no teniendo éxito en su hermano mayor, quien sentía predilección por el pequeño y tierno Peeta. Él siempre había querido la aprobación de su padre, pero jamás eran suficientes los esfuerzos, nunca lograba superar a su hermano. Con tiempo también desarrolló un marcado rechazo por su padre. Después de todo él tenía mayores aspiraciones y era, en definitiva, el culpable de que su madre fuera tan infeliz. Lo que el dulce Peeta no sabía era que su padre se había acostado con Ethel por despecho, cuando la muchacha de quien había estado tan enamorado huyera con minero. De ese despecho, y fuera del matrimonio, la hija mayor de los zapateros del pueblo quedó embarazada. Ella hizo todo lo posible porque la amase tanto como a esa jovencita, pero si bien Klein era bueno y paciente, nunca pudo responder a lo que ella esperaba. Años más tarde, luego del nacimiento de Fred, su madre se empecino en que deseaba una hija mujer. Para su desgracia, obtuvo dos hijos hombres. Luego de aquello, nunca más toleró que Klein volviera a tocarla. En definitiva, detestaba a su padre y detestaba a Peeta por ser igual a él.

Dejando de lado las cavilaciones familiares, debía dirigirse prontamente a un lugar completamente escondido y reservado, donde se encontraba escondido Big Jim, frente a quien había prometido fidelidad. La única herramienta para formar parte de una muy especial familia. Ashton deslizó suave, pero firmemente, el informe que su hermano le había dado sobre la ancha y lustrada superficie del escritorio de su jefe. Big Jim tomó los papeles que le ofrecían y los leyó con detenimiento.

-Has hecho un excelente trabajo, muchacho.- felicitó Big Jim, levantando la mira de su lectura.- ¿Alguien ha sospechado de ti?

-En lo absoluto, señor- respondió Ashton.- Me he manejado con absoluta discreción, no queremos que Papito Nieve sospeche.- explicó, omitiendo el hecho de que la información la había obtenido a través de su mellizo. Quizás ese fuera su primer acto humilde para con él.

-Bien hecho.- asintió el hombre.- Pietro, Miguel, vayan al embarcadero once de inmediato.- ordenó Jim. Garabateó algo en un papel.- Aquí está el nombre con quien deben tratar. Si se pone difícil, ya saben que hacer.- explicó, tendiéndoles el papel.

Ambos hombres asintieron y salieron de la oficina donde estaban reunidos. Ashton quedó solo frente a Big Jim, a pesar de saber que había hecho su trabajo, no podía evitar sentirse nervioso en su presencia, sobre todo porque quería asegurarse un lugar dentro de la organización y ganarle al nuevo competidor que había venido desde Nueva York, Al Capone. El hombre se agachó hasta la gaveta, el rubio tragó en seco nervioso. Una caja de fina madera apareció sobre la mesa y la empujó hasta él.

-Anda. Toma uno. Directos desde Cuba.- indicó Big Jim.

Con manos ligeramente temblorosas levantó la tapa para ver dos docenas de habanos delicadamente ordenados. El fino aroma a tabaco inundó la sala, relajándolos. Tomó con cuidado uno y se lo llevó a la nariz para apreciar mejor el aroma. Aquello era estupendo.

Apenas si había tenido tiempo de terminar el cierre de su pantalón cuando a trompicones y carreras había salido de la casa. Gale Hawthorne en los últimos tiempos había sabido convertirse así mismo en un reducto de secretos. Sabía, por ejemplo, que Claudius Templesmith gustaba de la compañía masculina aún en la intimidad, pero por cuestiones de política mantenía las apariencias. O que el respetado Dr. Aurelius tenía otra familia en paralelo. Pero el secreto que había recaído recientemente en sus oídos debía ser contado. Montándose rápidamente en su auto salió en pos de la única persona que podría ayudarlo.

-L-lo quiere envenenar.- soltó entre jadeos, luego de la carrera que se había echado escaleras arriba hasta el departamento de Johanna.

-Gale, ¿qué dices? No entiendo.- dijo la mujer, dejando paso para que el hombre entrara. Poco importaba lo que los vecinos pensaran. Después de todo no eran más que una horda de chismosos, en especial la señorita Venia.

Gale terminó de entrar y se apoyó contra la puerta, cerrando brevemente los ojos, normalizando su respiración.

-Snow planea matar al Alcalde Undersee.- soltó finalmente. Johanna liberó un jadeo de sorpresa.

-¡Maldito!- chilló finalmente.- Debemos detenerlo.

-Hoy por la noche. Catnip y el panadero piensan ocuparse.- contó el austriaco, sonriendo de lado.

-Entonces debemos hablar con ellos cuanto antes.- afirmó ella.- ¿Cómo sabes que…?

-Lady Aterlli. Se vuelve muy habladora luego de….- respondió, con la voz muriendo lentamente.

Johanna bajó la mirada. Se sentía completamente celosa y rabiosa. Pero poco podía reclamarle a Gale, cuando ella también, muy a su pesar, había tenido que abrirse a otro hombre.

-Jo…- comenzó Gale. Ella meneó la cabeza y se acercó para abrazarlo.- Lo siento.- susurró, depositando un beso en el tope de su cabeza.

-También yo.- suspiró ella, mientras una lágrima solitaria resbalaba por su mejilla.

En el cruce de las calle Wabash y Randolph se yergue el modesto, pero esplendoroso, Teatro de Chicago, con su novedosa marquesina llena de costosa luminaria. Lo cierto es que aquel teatro había recibido jugosos aportes de dinero de diversos miembros de la sociedad de Chicago. Sin embargo, pocas personas gozaban de la real simpatía del señor Dalton, el dueño y gerente general.

-Bueno, señor Mellark, lo que usted me pide es bastante arriesgado.- comenzó el señor Dalton, uniendo sus manos debajo de su mentón recubierto de espesa barba.- Sin embargo, lo ayudaré. No me apetece tener ese tipo de gente entre mi público selecto.- espetó, frunciendo ligeramente el ceño.

-Muchas gracias, señor Dalton.- dijo Peeta, algo más relajado en su asiento.

-El señor Snow estará situado en la primera línea de asientos, de modo que estará lejos de las puertas y no podrá huir.- explicó Dalton, señalando en el plano del teatro que tenía enfrente, tendido sobre su escritorio.- Los federales podrán ubicarse aquí.- agregó señalando en el plano.- Podrán agarrarlo con facilidad.

-De acuerdo. Es necesario que la intervención se realice durante el intervalo, de modo que el público esté exento de cualquier problema.- puntualizó el rubio, marcando las salidas con el dedo.- ¿Dónde se ubicará el señor O'Leary?

-El señor O'Leary y su prometida tienen reservado el palco de la izquierda.- respondió Dalton.

Peeta reprimió un gruñido al escuchar la palabra "prometida".

Durante el resto del día la nieve no dejó de caer, acumulándose más y más en las calles, dificultando la circulación. Casi tropezándose en las escaleras del Majestic, Katniss logró entrar a su habitual lugar de trabajo. Si bien aquella noche no cantaría, requería de la ayuda de Portia y Cinna para verse elegante en la opera. Es noche "El Barbero de Sevilla" sería un espectáculo muy interesante de ver.

-Siento que te estoy traicionando, Cinna.- mustió Katniss, mientras su fiel amigo le subía con delicadeza el cierre del vestido. Observó el reflejo en el espejo, sin duda era una pieza de vestuario exquisita. Cinna colocó sus manos en los brazos de la mujer, paseándolas por su longitud, mientras apoyaba el mentó en su hombro.

-De eso nada, Gatita. Estás preciosa. No harás otra cosa que volver loco a ese miserable.- sonrió Cinna.- La diadema dorada quedará fabulosa, ¿llevarás el anillo?- agregó, soltándola con suavidad.

-Por supuesto. Jamás me lo quito.- respondió, llevándose la mano al pecho, donde sentía el relieve de su peculiar dije. Se volteó para encarar a su vestuarista y fiel amigo.- Tengo miedo.- confesó, mordiéndose el labio.

-Todo saldrá bien.- sonrió Cinna. Luego se acercó al gran alhajero donde guardaban todos los accesorios y sacó la diadema dorada, colocándose la luego como si fuera la corona de una emperatriz.- Perfecta. – sentenció antes de hacerla girar de nuevo.

-Gracias.- mustió Katniss, girándose ligeramente para besarlo como acostumbra hacer.

Casi a las ocho de la noche, Marvel se apareció en el Majestic, con su típica expresión de desdén. Katniss revoleó con fastidio los ojos antes de avanzar hacia él. Johanna se adelantó y la tomó con cuidado del brazo.

-Nosotros nos ocuparemos del Majestic.- susurró con complicidad.- Házselo pagar, descerebrada. – agregó, mirándola seriamente.

Katniss sonrió de lado y asintió. Esa lucha no era solo por ella y Peeta, sino por todo Panem.

-Buenas noches.- saludó secamente a Marvel, quien le ofreció el brazo para escoltarla hasta el auto que los llevaría hasta el teatro.

-Buenas noches.- correspondió él.- Ansío verte sin ese abrigo encima.- confesó- De hecho, ansío verte sin nada encima.- agregó con lo que, a los ojos plateados de Katniss, fue un infeliz intento de sonrisa seductora.

No respondió nada, solo libero un sonido similar a un bufido.

El auto era un modelo amplio, nuevo y deportivo, con chofer incluido. Marvel se sentó muy pegado a ella y le indicó al chofer que ya podían marchar.

-¿Te ha gustado mi regalo?- preguntó, poniéndose ligeramente de lado de modo que pudiera verle la cara.

Katniss asintió.

-Veo que vas muy callada esta noche.- suspiró el rubio.

Ella miró por la ventanilla, poco y nada tenía para decirle. "Odio estar aquí contigo, o en cualquier lugar. Sería el comentario adecuado." Pensó Katniss, a sabiendas de no podría decir aquello.

Sin pedir permiso alguno, Marvel abrió su abrigo y luego se coló por el borde inferior del vestido. Katniss dio un respingo y volteó a verlo. La mano continuó su recorrido hasta que la sintió en las cercanías de la unión de sus piernas. Su primer impulso fue apretar los muslos. No deseaba que él la tocara tan íntimamente. Ni de ningún modo en especial.

-Ésta noche te ataré a ti a la cama y no tendrás escapatoria alguna.- susurró Marvel contra la curva de su cuello, antes de depositar un beso allí.- Vamos, Kathy. No hagas las cosas más difíciles.- pidió él, ejerciendo más fuerza con mano entre los femeninos muslos.

Katniss tensó la mandíbula pero relajó la presión de sus muslos. "Piensa en Peeta" se obligó. La ágil mano de Marvel rozó su sexo por encima de la ropa interior, ejerciendo una ligera presión. Se concentró en pensar en las ardientes caricias que Peeta solía ofrecerle en la misma zona, con muchísima más sensualidad que quien lo estaba haciendo ahora. Evocó las imágenes que solían acompañarla en sueños mientras aguardaba por reunirse con su amado rubio.

-Te has puesto húmeda.- gruñó Marvel contra su oído, para luego pasear la punta de su lengua por la parte sensible de la misma.- Deseo tomarte aquí mismo.

-El teatro.- jadeó Katniss, cuando los dedos de él hicieron contacto de su piel más intima.- Quiero ir al teatro.

-Eres una mujer muy caprichosa.- siseó él, también con excitación.- Déjame que…

-Por favor.- pidió ella, mientras su mano acarició por encima de su pantalón su erecto miembro.- Luego te dejaré tomarme como desees…- prometió, concentrando la caricia en su longitud.

-Es una promesa.- ordenó él, hundiendo dos de sus dedos en ella.- Quiero que la cumplas.

Katniss asintió, cerrando los ojos. Engañando a su mente con las imágenes de Peeta, un orgasmo arribó, dejándolos satisfechos a ambos.

-Me fascina que seas tan sensible.- confesó Marvel, retirando su mano de su cuerpo.- Deseo tanto hundirme en ti.- agregó, besándola ligeramente en la mejilla, continuando un camino de besos hasta atrapar su boca. Ella procuró responder aquel beso.- Si te comportas así, nuestro matrimonio no será malo. Incluso puede que sea provechoso.- ronroneó, rompiendo el beso.

Cuando el chofer anunció que había llegado, casi a tropel se bajó del vehículo. A gatas si le daba tiempo a tomarla del brazo para guiarla hasta el palco. Seguidamente de ellos, el señor Snow y sus dos colegas arribaron también. Saludó con leve asentimiento de cabeza a la joven pareja y se adentró en el teatro.

Las luces se ausentaron en cuanto comenzó la música, volviendo al ambiente tenue e intimo.

-¿Te gusta?- preguntó Marvel, contemplando el rostro entusiasmado de la mujer que tenía a su lado. Ella asintió, maravillada con la voz potente del tenor.

Bartolo cree que el Conde ha sido arrestado, pero Almaviva sólo tiene que mencionar su nombre al oficial para quedar en libertad. Bartolo y Basilio están asombrados, y Rosina se burla de ellos.

El telón está por caer, el primer acto casi acaba. Los cantantes están inmersos en las estrofas de Fredda ed immobile. El público siente aumentar la tensión junto con la música. Annie aprieta la mano de Finnick con temor. Aquel será un final de acto. Literal.

Mi par d'esser con la testa

in un'orrida fucina

dove cresce e mai non resta

delle incudini sonore

l'importuno strepitar.

Alternando questo e quello

pesantissimo martello

fa con barbara armonia

muri e volte rimbombar

E il cervello poverello

gia stordito sbalordito

non ragiona, si confonde,

si riduce ad impazzar

La música desciende, cae el telón y las luces se encienden. Boggs miró de reojo a Peeta y este asiente, camuflado, butacas atrás. Algunos federales bloquean las salidas, el público resopla y se queja. Otros rodean a Cornelius Snow, quien luce rojo de la ira por la emboscada.

-Cornelius Snow queda usted bajo arresto por el asesinato de Effie Abernathy, Lavinia Strogh, el contralmirante de La Royale, el señor Woof, el señor Legnhor y el intento de homicidio contra el alcalde Undersee. A su vez, también se lo acusa de violaciones a la Ley Seca de los Estados Unidos de Norteámerica como así también de reiteradas evasiones al fisco.- anunció uno de los agentes, mientras otros dos lo apresaban.

Marvel observó con enfado el revuelvo que se había generado en el teatro y, tomando bruscamente a Katniss, abandonó el palco.

-¿Iba algún lado, O'Leary?- preguntó con tranquilidad Peeta mientras subía las escaleras escoltado por Boggs y otro agente.

-¡Tú! El maldito nuevo rico.- siseó el rubio, con chispas de furia en los ojos.- Voy a…

-A ningún lado, señor O'Leary. – dijo Boggs.- Está usted bajo arresto por contrabando, evasión al fisco y malversación de los fondos de la United Fruit. Agente Martin, por favor.

Con un rápido movimiento, el agente Martin esposo a Marvel, quien comenzó a forcejear para liberarse.

-¡Me las vas a pagar, Mellark!-chilló rabioso.- Juró que te mataré.

-Gracias, agente Boggs.- dijo Peeta, haciendo caso omiso a las palabras de preso.- Y gracias a ti, Marvel, sin ti nada de esto sería posible.

-¿Qué quieres decir?- preguntó rabioso, mientras a regañadientes desdecía por las escaleras, volteando ligeramente para ver el rostro de quien le hablaba.

-¿Crees que puse dinero de mi cuenta para hacer toda ésta charada?- preguntó Peeta, sonriendo.- Gracias a que eres un imbécil que no sabe diferenciar la joyería de verdad de las chucherías, realice una buena diferencia de dinero que utilice para esto.- explicó.

-¿Cómo?- preguntó de nuevo, frunciendo el ceño.

-Eres un idiota que no sabe diferenciar un diamante verdadero de uno falso.- exclamó Katniss, sacando el anillo de compromiso y aventándoselo.

Marvel solo liberó un gruñido y se dejó llevar por los agentes.

Olvidándose de él, los amantes trágicos de Chicago voltearon a verse radiantes. Sin mediar palabra se fundieron en un abrazo lleno de anhelo y esperanza. Envueltos en desesperación se besaron con pasión.

-Oh, Peeta. ¿Qué haremos ahora?- preguntó Katniss, sonriendo.

-Sólo quiero pasar el resto de mis días de vida contigo, Katniss.- respondió Peeta, con tono solemne.- ¿Me lo concedes?

Katniss asintió, sin abandonar su sonrisa. Él rebuscó en su cuello con la punta de sus dedos hasta dar con la cadena de plata. Sacó el particular collar por su cabeza y tomó el anillo para colocarlo en el lugar correcto.

No reprimió un sollozo de emoción, viéndose al fin liberada y libre de estar con el hombre que amaba.

-Te amo.- mustió antes de besarlo, nunca se cansaría de hacer eso.

-Y yo a ti.- suspiró Peeta, contra sus labios.

-¡Hey! Tortolitos.- gritó Finnick desde el pie de la escalera.- Vayámonos de aquí. Tenemos mucho para festejar.

La pareja rompió el contacto riendo y se apresuraron a ir con sus amigos.

Una vez afuera, una turba de reporteros que tomaban rápidas notas conforme los federales hablaban, mientras otros luchaban por ingresar a Snow y sus secuaces a las patrullas. Los relampagueantes ojos verdes chocaron con la mirada gris.

-¡Perra!- gritó Snow, luchando por liberarse.- ¡Par de idiotas! ¡Hagan algo!

Brutus y Thread, con fuerza descomunal, se liberaron de los agentes que los rodeaban y emprendieron una carrera en pos de Katniss.

-¡Corran!- indicó Finnick, algo asustando, viendo a las tremendas moles dirigirse hacia ellos.

Los cuatro corrieron en dirección al deportivo auto del cobrizo. Se montaron rápidamente, sin contar que los otros dos robarían una patrulla para perseguirlos.

-¡Vamos, vamos!- siseó Finnick, acelerando su auto.

Annie temblaba de miedo y, cuando recibieron los primeros disparos sombre la cubierta metalica, no dudo en taparse los oídos, comenzando a mecerse. Katniss la estrechó en sus brazos, mientras la obligaba a esconderse en el asiento.

-Malditos.- gruñó Peeta, volteando ligeramente.- Al muelle, Fin. Los perderemos por alguna callejuela.

El cobrizo asintió y encaminó el auto hacia el mulle. Pasados unos minutos, los matones de Snow no daban tregua. Continuaban persiguiéndolos y disparando. Peeta volteó para cerciorarse que ambas mujeres estuvieran bien. Más allá de los rostros atemorizados no parecían heridas.

-Oh, bueno. Estamos jodidos.- mustió Finnick.

-¿A qué te…? ¡Finnick detén el maldito auto!- gritó Peeta, observando como el muelle comenzaba a terminarse y se abría ante ellos el lago Michigan.

Aunque lo intentó ya era demasiado tarde. El auto se precipitó al lago.


Si! No más Snow!

¿Se terminó todo? ¿Sí? ¿Ya? ¿Así? ¡NO! :)

Espero que les haya gustado, creo que la última parte quedó flojísima, nunca fui buena describiendo ese tipo de escenas. Sepan disculparme. El Teatro de Chicago abrió en 1921 en realidad, principalmente para musicales, yo lo saqué un poco de contextos, pero creo que no quedó taaaaann mal.

A todos los que siguen las historia, gracias como siempre! ^^

Juliper22: Me alegro que te haya gustado el capítulo anterior, fue un poco la transición hacia el final y tuve mis dudas al redactarlo. Annie la sacó barata, Katniss no tanto, como siempre. Con Gale quería redimirme un poco, creo que lo hice sufrir bastante, y en este caso Johanna vino genial para él. Gracias por valores mis aportes históricos a la historia y te prometo que habrá boda en Maysilee y Converse. Muchas gracias por el comentario! :)

Saludos,

Ekishka