Estamos nada más a un capítulo de los que he escrito que más me han gustado de esta parte de la historia. Aguas con los corazones voladores. Pero primero vamos a tener que ver a los malos malosos un rato y la presentación de un nuevo personaje. Espero que les guste.

Alfa Lázcares

De los planes de grandeza

Le había tomado un par de semanas pero por fin había logrado llegar a las frías montañas de Longyearbyen para reunirse con Alessandro. Por supuesto él no estaba particularmente contento porque se había dejado capturar pero Otis le aseguró que le tenía buenas noticias. Le contó que durante su estadía en los calabozos del Santuario se había dado cuenta de que habían más personas reencarnadas, nada más era cosa de instarlos a recordar. En particular le habían llamado la atención tres chicas. Una era la que lo había capturado, que se llamaba Alfa, otra era una amazona Plateada de nombre Helena y la última era poco más que una adolescente y aún no tenía armadura. No conocía su nombre, pero probablemente era la más sencilla de atrapar. La chica llamada Alfa tampoco tenía armadura, así que estaba seguro de que permitían a los aprendices salir de misión, aunque no solos. De cualquier manera la adolescente era una buena candidata, nada más era cosa de usar a alguien de carnada para capturarla. Sobre las otras chicas no estaba seguro, pero algo se les ocurriría. También le contó algunas cosas del Santuario que no habían cambiado y quizá algunas que sí.

Alessandro le dijo que durante ese tiempo no se había quedado de brazos cruzados. Logró reclutar algunas personas más, en su mayoría eran ex soldados, algunos vándalos y unos cuantos jóvenes que en su momento habían considerado unirse a la orden de Atenea, pero desistieron de la idea dado que no eran para nada devotos a la Diosa. Pero lo más importante era un niño de unos 10 años que era huérfano y tenía un algo que le había gustado. No era un mal niño, y estaba trabajando en convencerlo de que él era lo mejor que le había pasado. No le tomó mucho tiempo, nada más un poco de cariño fingido y el haberlo rescatado de las calles. Le había interesado en particular porque ese niño tenía indicios de cosmo. Apenas eran chispazos, pero estaba bastante seguro de que podría desarrollarlo. Y entonces fue que se le ocurrió la idea de mandarlo directo al Santuario para comenzar a infiltrarlo. Si bien al niño todavía le faltaba mucho aprendizaje para poderle ser útil como guerrero, de mínimo podía servirle de informante. Era un chico listo, y sabía que había salido de situaciones difíciles, por lo tanto, con algunos consejos de Otis, seguro lograrían encontrar la manera de que el niño pudiera salir del Santuario a darles información.

El nombre de ese niño era Terje. Se veía pequeño para su edad, y eso podrían usarlo como ventaja. Sí, era noruego, pero aprendía rápido. Entre Otis y Alessandro no tardaron en darle una trágica historia que incluía un accidente y el posterior fallecimiento de sus padres. Alessandro sabía que todavía quedaba algo de un campo de entrenamiento en Noruega. A últimas fechas era más de reclutamiento que otra cosa, porque había sido cerrado luego de la revuelta de Saga y más o menos reabierto luego de que revivieran a los Santos. El plan era dejar a Terje ahí porque, inevitablemente, lo mandarían a Atenas. Ahí era en dónde se mandaba a los niños pequeños y posteriormente se los mandaba a otros lugares de entrenamiento cuando fueran mayores, o bien se quedaban en el Santuario, eso dependía del aprendiz, la armadura que los reclamaba y de los maestros disponibles. Era parte de las nuevas medidas de seguridad del Santuario, no fuera a ser que alguien intentara otra revuelta.

El plan maestro comenzó apenas unas semanas después. Terje era un ferviente admirador de Alessandro, como este último se había esforzado en convertirlo. Le dijeron que su misión era entrenar en el Santuario de Atenea, aprender todo lo posible por un par de meses y, cuando fuera el momento, exactamente cuatro meses después de su llegada, Alessandro mismo iría a verlo en las afueras del Santuario para que le contara todo lo posible. Quería saber nombres y rangos. Horarios de rondas. Misiones. Todo lo posible que sucediera dentro. A Terje le emocionaba la perspectiva. Durante los poco más de dos meses que había pasado al cuidado de Alessandro, este le había enseñado lo básico del cosmo. Le enseñó a encenderlo a voluntad y eso sería especialmente importante cuando lo presentaran en el campo de entrenamiento, porque iba a ser lo que llamaría la atención.

El campo abandonado estaba cerca de Narvic, así que hasta allá llevaron al niño. Lo dejaron cerca, pero no tan cerca. Y escondieron completamente sus cosmos para no ser detectados. El niño caminó lentamente hasta las cercanías del campo. Era un espacio cercado que apenas contenía una casa a medio abandonar. Dentro había luces encendidas. Si bien nadie vivía permanentemente ahí, siempre se podía encontrar algún Santo haciendo guardia, muchas veces con algún discípulo al cual podía torturar en las montañas cercanas. Terje llevaba apenas una chamarra delgada puesta y unos pantalones rasgados, la ropa con la cual Alessandro lo había encontrado, se habían encargado también de ensuciarlo y despeinarle el cabello para que diera la mayor cantidad de lástima posible. Le pidieron que encendiera chispazos de cosmos para calentarse en lo que caminaba y eso seguramente atraería la atención de quien estuviera dentro. Y eso hizo.

Mientras caminaba en apariencia sin rumbo, iba encendiendo chispazos de cosmo, que, además, era lo único que podía encender. Y, efectivamente, no pasó mucho tiempo antes de que viera a un hombre salir de aquella casa. El hombre era, de hecho, Argol de Perseo, que había terminado siendo el pobre incauto al que habían mandado a hacer guardia al medio-de-la-nada Noruega. Argol no tardó en salir del cercado en busca de esos curiosos chispazos de cosmo que estaba sintiendo, no le tomó nada de tiempo localizar a Terje y acercarse. Desde su escondite, Alessandro y Otis vieron cómo Argol cruzaba algunas palabras con Terje para luego guiarlo dentro del cercado. Terje aguantó con todas sus fuerzas el volverse hacia el escondite de sus mayores y no sonreír. Se dejó guiar por Argol al interior de la casa y mientras lo hacía le iba contando su triste historia. Que en sí no era tan diferente de la historia real del niño, lo hicieron así para que no se equivocara. Terje había sido secuestrado, por su padre, y nada más por hacerle daño a su madre. Y se había escapado de su padre nada más para encontrase con que la mujer había muerto en un accidente. Luego procedió a escaparse del orfanato al que lo habían llevado con tal de que no lo regresaran con su padre.

Alessandro y Otis se quedaron observando la casa nada más el tiempo suficiente para asegurarse de que el niño se quedaría dentro. Ya regresarían a la mañana siguiente a ver cómo seguían las cosas.

Argol no tardó en informar al Santuario del pequeño al que había encontrado y en hacerles saber que podía encender cosmo. Por supuesto fue invitado a unirse a la Orden. Tendrían que quedarse algunos días más en Noruega mientras buscaban información sobre él y se aseguraban de que era posible llevárselo a Grecia. Alessandro se había encargado de borrar la información original de Terje, así que, en opinión de las autoridades, Terje era huérfano y el Santuario podía hacerse cargo de él si es que lo deseaban. Tres días después Terje iba en un avión con destino a Grecia en compañía de Argol.

La primera parte de su más reciente plan les estaba saliendo bien.

La llegada de Terje al Santuario pasó sin mayores contratiempos. En los pocos días que había pasado Argol con él le había agarrado cierto cariño. Sí, Terje era terco, nada amable y bastante cínico y suspicaz, pero nadie podría culparlo luego de lo que había vivido. Mostró inmediato interés sobre todo lo relacionado al cosmo y no paraba de hacerle preguntas a Argol acerca del Santuario.

Lo primero que hicieron fue hacer un registro del niño, en el que se indicaba su nombre, edad, fecha de nacimiento y, por supuesto, un control médico. Luego se lo llevaron a la sección de aprendices, le dieron una cama en una de las habitaciones compartidas de los niños y le presentaron a sus primeros maestros, que eran Santos de Bronce. Serían los que estaban encargados de enseñarle los principios y los primeros entrenamientos. Por supuesto lo bañaron, arreglaron y dieron ropas y objetos personales. Todo eso Terje ya se lo esperaba, Otis y Alessandro se lo habían explicado. Se sentía a gusto, por el momento, y sus inteligentes ojos habían puesto atención a todo lo que le rodeaba. Tenía además la ventaja de ser un niño bastante simpático cuando se lo proponía, y Alessandro le había pedido que fuera todo lo encantador posible, porque su misión era caerle bien a todo el mundo.

En cuanto sus primeros entrenamientos comenzaron (un par de semanas luego de su llegada para darle tiempo de ganar peso y confianza), le fue más difícil ser tan encantador como le había prometido a Alessandro que lo sería porque lo obligaban a estudiar, levantarse temprano y hacer mucho, mucho ejercicio. A él lo que le interesaba era el manejo del cosmo y se moría de ganas de conocer los Doce Templos.

Parte de sus primeras lecciones como aprendiz consistía en clases directamente en el Coliseo en donde tenía oportunidad de ver los entrenamientos de todos los demás, incluidos los Santos de Oro y sus aprendices, que, según le habían dicho, era en quienes tenía que poner especial atención. No tardó mucho en enterarse de quién era Alfa, porque todo mundo volteaba cuando la veían pasar con el de Géminis, luego se enteró de quién era Helena, porque también solía verla cerca de otro Santo de Oro, el de Tauro, pero tuvo problemas en identificar a la adolescente. En primera porque había muchas adolescentes en el lugar y la gran mayoría usaban máscaras para entrenar, además no se le permitía acercarse mucho al Recinto de las Amazonas. No quería decepcionar a Alessandro, pero no tenía idea de cómo iba a descubrir la identidad de la adolescente. Por el momento la suerte no estaba de su lado, pero esperaba que pronto se le ocurriera algo.

Tenía todavía unas cuantas semanas más para lograrlo.