Capítulo 25.

La mañana en el hospital se pasó volando, sin darme la oportunidad de pensar en nada importante (como Albert mirándome con esos sus hermosos ojos azules o sus manos acariciando mi cuello, o…), aunque en un par de ocasiones me sorprendí a mí misma suspirando y riendo como tonta, sabiendo que del otro lado del mundo, después de huir de casa, había encontrado una buena razón para sentirme completa y feliz. Mis pacientes y compañeras notaron mi alegría y constantemente me lanzaban miradas cómplices y una que otra broma, pero en ese momento no había absolutamente nada que pudiera hacerme dejar a un lado la tonta risita que se había instalado de forma permanente en mi rostro. Y era extraño, porque aunque siempre he intentado ser amable y tener una sonrisa lista para la gente que me rodea, también he aprendido a ser cínica y ver al mundo de forma un poco más real, sobre todo en un entorno en el que la enfermedad y las dolencias son cosa demasiado común, así que la alegría total e imperturbable se sentía indudablemente bien.

Al terminar mi turno en la clínica me dirigí a Lakewood, utilizando el atajo de la calle Hill, y pasé frente al departamento de Albert. Pensé en detenerme, saludarlo y robarle un par de besos, pero recordé que su hermano estaba en Londres y que seguramente estarían juntos, así que solo me detuve un segundo a observar el edificio, sonreí de nuevo recordando todo lo que habíamos vivido en tan poco tiempo y continué mi camino.

Llegué a la casa de té, con un ligero retraso pero sin intenciones de disculparme, porque sabía que la propietaria me recibiría con su usual cara agria, pero para mi sorpresa me saludó con una actitud extrañamente emocionada y las palabras: «hay un elegante caballero esperándote. Lo hice pasar a la terraza».

Inmediatamente pensé en mi príncipe, enfundado en un traje oscuro, con el cabello alborotado y la barba pulcramente cuidada; pero después recordé que la primera vez que había venido a buscarme, mis compañeras no lo habían tratado precisamente bien por su apariencia desaliñada, así que la emoción de mi jefa no me parecía acorde con él, aunque habría sido interesante verlo así, principalmente porque sabía que su porte y distinción naturales, harían que cualquiera volteara a verlo de inmediato.

Entonces reflexioné quién podría estar esperándome, y al hacerlo me di cuenta de que la palabra elegante me recordaba siempre a Archie, así que ilusionada, esperando encontrar a uno de mis eternos caballeros, sonreí y me dirigí hacia donde me esperaba aquel distinguido señor.

―Hey, me dijeron que has estado esperándome ―dije con tono alegre y familiar, nomás cruzar el umbral, todavía acomodándome el delantal―. Debiste avisarme que vendrías. ¿Cuándo llegaste?

El elegante hombre, que no era Archie, se puso en pie y con su arrogante belleza me dirigió una cálida sonrisa.

―Hola, Candy.

Terry Granchester, enfundado en un traje negro me extendió una mano en señal de saludo y me invitó a sentarme a su mesa.

―Terry, hola ―acepté su invitación con sorpresa―. Perdón por el trato confianzudo, pensé que eras alguien más ―intenté disculparme porque no sabía nada acerca de su carácter―. ¿Está todo bien? ¿Albert?

―Andrew está trabajando, y no tienes que disculparte. Me habría gustado poder comunicarme antes contigo para saber si podía venir a verte, pero no tenía tu número telefónico.

―No te preocupes ―sonreí, pero una visita suya el día justo de su llegada a Inglaterra no me dejaba muy tranquila―. ¿A qué debo el honor entonces? ¡Oh, qué mal educada! ¿Te puedo ofrecer algo?

―La sonriente señora que me recibió, accedió a traernos bebidas en cuanto llegaras.

―Pero… estoy en horario de trabajo.

―Por el momento eres mi invitada y, no te preocupes, no tendrás ningún problema ―dijo dándose cuenta de mi inquietud―. Una de las ventajas de tener un rostro conocido es que la gente está dispuesta a cumplir algunos de tus caprichos, sobre todo si puede sacar algún provecho de ellos.

Y al terminar su frase, la misma dueña del local, llegó hasta donde estábamos portando consigo el servicio de té y pastelillos; y dejó (por si al caballero le apetecía) una botella de un muy buen whisky (que no sabía, se podía ofrecer en una casa de té), todo como cortesía de la casa. Terry le regaló la mejor de sus sonrisas y le pidió encarecida y amablemente, que nadie nos interrumpiera. La mujer me dedicó una elocuente mirada, que hizo que se me subieran los colores, pero Terry ni siquiera pareció darse cuenta de ello.

―¿A qué te refieres con «sacar provecho»? ¿Al trato especial?

―Un poco sí, pero ya lo verás cuando me vaya ―me guiñó un ojo. Hice ademán de servir las tazas, pero él me interrumpió ―. Por favor, eres mi invitada ―nos sirvió a ambos, dio un sorbo a su té y continuó―. Seguramente te preguntas qué hago aquí ―asentí con amabilidad―. No suelo andarme por las ramas, Candy, así que iré directamente al grano. Vine a Londres porque la semana pasada hablé con mi hermano y me dijo que estaba considerando la posibilidad de someterse a un tratamiento experimental para curar su amnesia ―la sorpresa hizo que casi me atragantara con la galletita que estaba comiendo―. Me hace feliz saber que está intentando de nuevo, de verdad, no sabes cuán feliz me hace, pero me preocupa que lo esté haciendo solamente porque tú le has metido esa idea en la cabeza.

―¿Yo? ―él suspiró.

―Andrew se resignó a su condición hace ya muchísimo tiempo, Candy, y de acuerdo a mi padre, algo debe haberle pasado en estos últimos meses para que decidiera comenzar a tratar recordar de nuevo. No es difícil darse cuenta de que eso que le pasó fuiste tú ―¿debía sentirme halagada?―. Dime, Candy, ¿qué fue lo que le dijiste? ¿Le has pedido algo?

―¡Claro que no! ―no, en definitiva no me estaba lanzando cumplidos―. ¿Qué podría pedirle?

―¿Eres su novia?

―No ―las manos comenzaron a sudarme.

―¿Su amante entonces?

―¡Cómo te atreves!

―¿Entonces qué eres de él?

―Es complicado.

―Tengo suficiente tiempo y no solo soy inteligente, sino que tengo una mente bastante abierta. Intenta explicarme.

Su tono exigente no me pareció para nada amable, y tampoco la forma en la que me estaba tratando. ¿Pero quién se creía que era?

―Creo que si necesitas explicaciones, se las debería pedir directamente a Albert ―me regaló una sonrisa torcida y cargada de ironía.

―Andrew ―dijo haciendo un extraño énfasis en la palabra―, mi hermano, se ha negado completamente a hablarme de ti.

―Sus razones tendrá, ¿no crees?

―¿Mi hermano representa alguna especie de trabajo para ti?

―¿Perdón?

―No me digas que fue mi padre quién te contrató ―eso ya era demasiado.

―¿Pero por quién demonios me tomas?

―¿Qué quieres que piense, Candy? Andrew se niega a hablarme de ti. Tú no me quieres explicar nada, y por lo poco que sé, eres una enfermera que además trabaja como empleada de una casa de té de poca monta, pero que se da el lujo de utilizar zapatos de marca ―lo miré entre sorprendida y ofendida―. Por favor, no me mires así. Los zapatos que traes ―dijo sin dejar de mirarme con desconfianza―, le regalé unos iguales a mi novia hace algunos meses, sé cuánto cuestan y, estoy completamente seguro de que una persona que debe cubrir dos empleos no podría jamás costearlos, a menos…

―¿A menos?

―A menos que tuviera una fuente de ingresos extra. Una de la que pudiera sacar muchísimo más dinero.

―¿Crees que soy una especie de prostituta?

―No sé lo que creo, Candy, por eso estoy hablando contigo.

―No entiendo como Albert, siendo un hombre tan bueno, puede tenerle genuino aprecio a alguien como tú.

―¿Cómo yo?

―Un imbécil, engreído que cree que puede descifrar al mundo echándole una sola mirada.

―Baja el tono por favor. Ni a ti ni a mí nos conviene hacer una escena ―su voz fría y estudiada me estaban sacando de quicio, pero tenía razón―. ¿Alguna vez te han dicho que cuando te enojas las pecas de tu nariz se vuelven mucho más evidentes? ―¡Imbécil! ―. Contéstame, Candy, ¿mi padre te contrató?

―No. La única vez que vi a tu padre, intentó darme dinero por haber pasado la noche cuidando a Albert, pero no le acepté un solo centavo, después de todo había hecho mi trabajo, pero en vez pasar mi tiempo cuidando enfermos en el hospital, lo hice atendiendo a uno solo a domicilio.

―¿Entonces?

―Entonces eres un idiota, Terry ―respiré profundamente―. Mi nombre es Candice White Brighton, soy hija del dueño y fundador de Brighton y Asociados, una importante empresa estadounidense. Mis zapatos fueron un regalo de mi madre para festejar mi cumpleaños. Mi hermana y yo somos las únicas herederas de la fortuna de mis padres. No necesito ninguno de los dos trabajos que tengo para cubrir ni uno solo de mis gastos, pero los tengo para sentirme útil, responsable y dueña de mi propia vida; y si procuro no presentarme blandiendo el apellido de mi familia como carta de presentación, es porque no me gusta que la gente decida que por el simple hecho de no ser pobre deben tratarme de forma especial. Prefiero ser la enfermera o la mesera antes que la heredera. Supongo que entiendes lo que eso significa ―lo vi tragar saliva pesadamente―. Así que no, Terry, el duque no me contrató, porque no me hace falta ninguna fuente de dinero extra para poder comprarme unos estúpidos zapatos. Y créeme, no necesito de la fortuna de tu padre, porque con la del mío me basta y sobra.

―Yo…, lo lamento ―bajó la mirada y se rascó la cabeza.

―¡Debería darte vergüenza! Y no por el hecho de haberme ofendido, sino por no creer que alguien podría interesarse verdaderamente por tu hermano. Albert es un hombre maravilloso que ha tenido muy mala fortuna en la vida. Y si no logro explicarte qué somos, o cómo podría definir lo que él y yo tenemos…, no es porque me avergüence, sino porque ni yo misma lo sé ―su mirada reflejaba curiosidad pero ni un ápice de arrepentimiento―. Cuando lo conocí me dijo que no podía ofrecerme una relación porque no sabía si su vida le pertenecía ya a alguien más. Al inicio pensé que podíamos ser solo amigos, pero nuestros caminos se siguen cruzando constantemente, y la palabra amistad no es la primera que me viene a la mente cuando pienso en él ―y por el momento no me interesaba ponernos etiquetas―. Así que respondiendo a tu insolente pregunta, no, no somos novios, tampoco diría que somos amantes, pero sí, estamos juntos.

―¿Lo quieres?

¿No era obvio?

―Comienzo a hacerlo ―y se sentía bien decirlo.

―¿Y él a ti? ―sonreí―. Albert ha tenido una vida difícil, Candy. Estos últimos diez años han sido sumamente complicados para él.

―¿Crees que no lo sé?

―Creo que solo has logrado ver la punta del iceberg ―suspiró―. Muchas veces lo he escuchado decir que alguien que no tiene pasado no tiene tampoco la oportunidad de hacerse un porvenir. Hubo una temporada en la que le dio por leer libros existencialistas y un día sí y al otro también, te salía con frases como «un mundo que no conoce su pasado está destinado a perecer», o «la clave de nuestro futuro se oculta en nuestro pasado», no tienes una idea de lo desesperante que era escucharlo ―dio un largo sorbo a su té―. Desde que lo conozco se ha limitado a sobrellevar su existencia día a día, sin ninguna ilusión que le permita desear realmente mantenerse con vida. ¿Te ha contado algo de eso? ―negué con la cabeza―. Durante los primeros años, mi padre y yo solíamos llevarle todas las investigaciones con las que nos encontráramos que prometieran la más mínima esperanza para sacarlo del estado en el que se encuentra, pero después del cuarto tratamiento fallido decidió dejar de intentar. Se cerró a cualquier opción nueva y aceptó ser quien es ahora ―su mirada se torno triste―. No imagino lo duro que debe ser renunciar a tu pasado, Candy, pero mi hermano decidió hacerlo para poder seguir sobreviviendo sin que la amargura lo sobrepasara. Lo he visto intentar ocultar su tristeza y sus dolores. Lo he visto ocultar el daño que le hace que la gente lo mire con desconfianza, sin poder asegurarles que no tienen absolutamente nada que temer de él ―hizo una pausa como si estuviera decidiendo sus siguientes palabras―. Cuando me dijo que alguien lo había puesto en contacto con un médico estadounidense que está haciendo un estudio que quizás podía ayudarle y que trabaja para el ejército, me sentí preocupado y feliz en igual medida. Me alegra mucho que esté buscando opciones, me da miedo que esas opciones provengan del ejército. Él me asegura que está consciente de los riesgos a los que se enfrenta, pero yo quiero y necesito estar completamente seguro de que todo esto lo está haciendo por él mismo, no porque quiera hacer feliz a alguien más.

―Creo que fue un amigo mío el que lo puso en contacto con ese médico ―murmuré recordando a Stear.

―Me aterra pensar que el ejército lo tenga de nuevo en la mira, o que él voluntariamente se esté entregando a ellos, Candy.

―Yo no sabía siquiera que Stear y Albert seguían en contacto, menos aún que él estaba considerando seguir un estudio experimental. Terry, te lo prometo, yo no lo he pedido que haga nada.

―¿Lo apoyarías si decidiera seguir adelante con el estudio?

―No creo ser quien para tener una opinión al respecto.

―Vamos, Candy, no te mientas a ti misma. Eres importante para él ―entonces no era solo yo la que podía verlo.

―Soy enfermera, Terry. Conozco la forma en la que funcionan esos estudios. A veces las drogas de prueba tienen efectos secundarios terribles, a veces no funcionan en absoluto, a veces a los pacientes se les dan placebos que no hacen nada. No me gustaría que Albert se sometiera al estrés que un estudio representa.

―Pero si lo hiciera, ¿lo apoyarías?

―Si él me lo permitiera, sí.

―¿Pretendes quedarte por mucho tiempo en Londres?

―Debo regresar a Estados Unidos dentro de poco ―casi lo había olvidado―. Pero si él me necesita puedo buscar la forma de regresar o de extender mi estancia.

―¿Sabes que se vuelve un poco violento cuando se siente frustrado?

―Y también cuando se siente vulnerable o temeroso ―respondí.

―¿Crees que someterse a ese tratamiento sea una buena idea? ―dijo jugando con el borde de su taza, y en ese momento dejé de ver al hombre arrogante y vi al muchacho temeroso que se preocupaba profundamente por la salud de alguien a quien quería.

―No conozco los detalles del tratamiento que pretende seguir, Terry. Pero supongo que Albert se ha tomado su tiempo para evaluar y decidir si era algo que valiera la pena. Lo conozco desde hace poco pero no creo que sea un hombre impulsivo que haga las cosas sin pensarlas antes.

―¿Y si no funciona?

―Si no funciona…, volverá a pasar por un tiempo de tristeza y desesperanza, pero seguirá siendo el Albert que conocemos ―me sonrió.

―Aun no entiendo cómo fue que estando contigo ha decidido hacer cosas que nosotros habíamos ya dado por perdidas. Pero supongo que tenemos que agradecerte por lo que sea que hayas hecho, Candy.

―Yo solo le di compañía, Terry. Y procuré no tratarlo como a un enfermo.

―Le diste también cariño y una nueva esperanza, Candy, y eso es algo que jamás podremos terminar de agradecerte.

―¿Lo quieres también? ―pregunté lo obvio.

―Al inicio pensé que era un tipo que había llegado a mi vida para terminar de romper mi relación con mi padre y destruir lo poco que quedaba de mi familia. Pero, tenerlo con nosotros significó encontrar ese eslabón que nos hacía falta para unirnos, y por vez primera supe lo divertido y mortificante que puede ser tener un hermano por quién preocuparse y una familia a la cual querer ―sonrió y se estiró para tomar mi mano―. Lamento mucho haber dudado de ti, no quería ofender tu honor ―reí con ganas.

―Eres demasiado dramático, ¿te lo han dicho?

―Miles de veces, pero es parte de mi encanto ―sonrió y me guiñó un ojo.

Terminamos nuestro té, él revisó su reloj y se puso de pie disculpándose por no poder quedarse más rato a seguir charlando porque tenía otro compromiso al que asistir. Ofreció llevarme a casa, pero mi turno aún no había terminado, así que le agradecí y lo acompañé a la puerta. Antes de que pudiera salir, la dueña del local lo interceptó, le pidió una fotografía y un autógrafo en el que refiriera cuánto había disfrutado su estancia en Lakewood, a lo que el elegante caballero accedió con una radiante sonrisa falsa. Mientras firmaba el libro de visitas, levantó la mirada, me sonrió con complicidad («sacar provecho», pensé) y después de agradecer por enésima vez por las atenciones, salió del lugar.

Sí, quizás Albert hubiese perdido una familia junto con sus recuerdos, pero la vida había sido lo suficientemente benévola con él, como para entregarle a un hermano y un padre que lo querían y se preocupaban genuinamente por él. Y, ahora lo sabía, estaba intentando recuperar su futuro, seguramente, con la idea de poder dar un paso nuevo hacia su porvenir.