XXV
Agridulce
San Francisco, 21 de noviembre de 1967, 05:45p.m.
Saori había regresado de su misión. Aunque todavía mostraba reparos por permitir que Sailor Zephyr no tuviera impedimentos para robar los fragmentos del Cristal de Plata, también tenía presente que ella no era precisamente un as para forjar planes. Ese honor recaía en Amy.
Hablando de Amy, ella había hecho caso a las indicaciones del médico y las puntadas en su pecho se fueron haciendo cada vez menos dolorosas. Ya podía caminar con facilidad y hacer tareas básicas sin que le faltara el aire. Ella estaba en la cama cuando Saori entró a la habitación del hotel, leyendo un libro llamado "El viejo y el mar".
—Hola, Saori —saludó Amy distraídamente, poniendo más atención a las desventuras de Santiago por cazar un pez ridículamente grande—. ¿Cómo te fue?
—¿Cómo crees que me fue? —gruñó Saori, evidentemente molesta por dejar que esa tonta continuara con su plan como si nada—. Sailor Zephyr lleva cinco fragmentos ya. Solamente le queda atacar a Andrea Torres. Por lo que pude averiguar, ella trabaja en un cementerio.
—Vaya trabajo —acotó Amy, dejando el libro sobre la cama y acercándose a Saori—. Sé que es difícil para ti no hacer nada, pero recuerda que tenemos el fragmento de Michelle. Sailor Zephyr tendrá que venir por nosotras si quiere completar su misión.
Saori sabía que había sido muy inteligente por parte de Amy concebir ese plan, porque Sailor Zephyr necesitaba todos los fragmentos, pero todavía tenía serias dudas sobre un aspecto clave del plan. No se lo había dicho a Amy porque implicaba directamente a Saori.
—Lo sé, pero… pero no sé qué te hace pensar que encontraré la forma de regresar a los demonios a la normalidad —dijo Saori de forma que no mostrarse débil ante Amy, pero ella vio las inseguridades de Saori como si estuvieran escritas en su frente.
—Ya te lo dije, Saori —dijo Amy pacientemente—. Confío en ti.
—¿Y qué pasa si tu confianza está mal depositada? —inquirió Saori con brusquedad—. ¿Y si algo sale mal? Estás dejando muchas cosas en manos de la suerte, Amy, y eso no me gusta.
Amy se puso frente a Saori, muy cerca de ella, y tomó sus manos gentilmente. Le dedicó una mirada penetrante, como transmitiéndole sin palabras la confianza que tenía en ella.
—No estoy dejando nada a la suerte, Saori —dijo Amy en un tono apenas más elevado que un susurro—. Hay una gran diferencia entre la suerte y la confianza. Si siguiera adelante con el plan y no confiara plenamente en que tú harás bien tu parte, eso sería depender de la suerte. Pero sé que tendrás éxito.
—¿Y qué te hace pensar eso?
—Yo creo en ti, Saori, y lo sabes —dijo Amy, acercándose más a Saori, a tal punto que casi podía sentir su respiración en la cara—. Y también confío en que me harás feliz en este momento.
Saori no sabía de qué mierda estaba hablando Amy cuando vio cómo ella se quitó la camiseta, arrojándola al suelo.
—¿Qué estás haciendo?
—Entregándome —susurró Amy, sosteniendo con firmeza las manos de Saori y retrocediendo hacia la cama sobre la cual tomó asiento—. Quiero que continúes lo que yo empecé.
Saori frunció el ceño.
—Pensé que no estabas lista para esto.
Amy no dijo nada. Solamente sonreía.
De pronto, Saori entendió. En los días siguientes desde que Amy fuese dada de alta, había notado que ella la miraba con más intensidad que de costumbre, sus besos eran más apasionados y se abrazaban con más frecuencia. Saori, en su momento, pensó que Amy solamente estaba acostumbrándose a estar con ella, pero ahora que la veía sentada sobre la cama, con nada más que su sostén cubriendo sus pechos, se dio cuenta que había algo más en aquellos momentos a solas.
Amy había sido muy comprensiva y sensible al dejar que la intimidad entre ambas fuese creciendo de forma gradual, precisamente para que ese mismo momento se viera justificado y no sobrevinieran remordimientos.
—¿Y tú estás lista, Saori?
Ella no dijo nada. Empujó suavemente a Amy contra la cama y la besó suavemente, quitándose la camisa con urgencia y tumbándose encima de ella, acariciándola y besándola como si no hubiese un mañana.
Detroit, 21 de noviembre de 1967, 06:01p.m.
Las visitas se estaban acabando cuando Andrea Torres entró a trabajar. Tal vez era la única persona en todo Detroit que disfrutaba trabajar en el cementerio. Había algo que la atraía a ese lugar, e intuía que tenía mucho que ver con el silencio. A Andrea le gustaba el silencio; la reconfortaba y tranquilizaba, le hacía pensar en la inmensidad del espacio y todas las noches, cuando trabajaba cuidando las tumbas y los mausoleos, miraba hacia el cielo nocturno, en especial hacia una estrella que no era una estrella. Cuando era pequeña, su padre le había comprado un telescopio y había visto ese cuerpo estelar, el cual no era otro que Saturno, el planeta de los anillos. Desde ese entonces, Saturno fue su estrella, su consuelo cuando se sentía triste, cosa que era bastante común para alguien que trabajaba rodeada de muerte.
Cuando los últimos visitantes abandonaron el cementerio, Andrea encendió su linterna para asegurarse que no hubiera intrusos profanando las tumbas. Ya era de noche en el hemisferio norte y hacía frío, pero Andrea no parecía darse por enterada. Continuó inspeccionando las lápidas, buscando señales de daño, cuando escuchó pasos en las cercanías. Con el corazón en un puño, Andrea hizo más silenciosas sus pisadas, maniobrando su linterna sin temblores, buscando a quienquiera que estuviera en el cementerio a deshoras.
Un crujido hizo que Andrea girara sobre sus talones violentamente. La luz de la linterna iluminaba a una mujer vestida de manera muy extraña. En su mano izquierda sostenía un cristal de color negro. Un viento ligero parecía emanar de ella.
—No se puede estar en el cementerio a estas horas —informó Andrea con la voz más firme que pudo sacar. La desconocida solamente se largó a reír.
—Tienes algo que es mío, Andrea Torres —dijo la mujer, extendiendo el cristal hacia Andrea. Para sorpresa de ella, Andrea no parecía tan débil como aparentaba. Un campo de energía repelió los intentos de la mujer por hacer lo que fuese que planeaba.
—Impresionante —dijo la mujer del atuendo extraño—, pero no inesperado.
De improviso, ella extendió ambos brazos, tomando por sorpresa a Andrea. El viento que brotó de las palmas de sus manos la levantó del suelo y colisionó con una lápida, pegándose en la cabeza, dejándola inconsciente. Sonriendo, Sailor Zephyr caminó a paso tranquilo hacia Andrea y extendió el cristal oscuro hacia ella. En momentos, el fragmento del Cristal de Plata brotó de su pecho y Sailor Zephyr lo tomó, ignorando la transformación que estaba sufriendo Andrea.
Sólo falta un fragmento… y sé exactamente dónde encontrarlo.
San Francisco, 21 de noviembre de 1967, 06:07p.m.
Las ropas de Saori y Amy habían quedado tristemente olvidadas en el suelo de la habitación, indiferentes a lo que estaba pasando en la cama.
—Saori, ¿te he dicho lo hermosa que eres? —dijo Amy entre jadeos, pues Saori había enterrado su cabeza entre sus piernas.
—¿Acaso eso importa ahora? —repuso Saori, haciendo una breve pausa en lo que fuese que estaba haciendo, para luego bajar la cabeza nuevamente.
Amy, en medio de su delirio, supo que Saori tenía razón. La belleza de Saori no parecía tan importante como la dulce sensación que iba creciendo en sus entrañas. Además, el placer estaba comenzando a anegar todo lo demás; la pelea contra Sailor Zephyr, Jared Fox, todo eso parecía tan lejano como el centro de la Vía Láctea. Lo que le sorprendía era que Saori parecía saber muy bien cómo complacerla, aunque no resultaba tan sorprendente después de todo. Era evidente que Saori había estado en esa misma situación con otra mujer y, como con sus besos, era su corazón quien había tomado el mando de su cuerpo, no su cabeza.
—Oh, Saori —gimió Amy, asombrada cómo una mujer con tanta fuerza podía tratarla como si estuviera hecha de cristal. Estaba siendo amada muy sutilmente por la mujer menos sutil de universo—. Creo que voy a estallar.
Saori no dijo nada. Las palabras estaban de más cuando se trataba de hacer el amor, y Amy había dicho demasiadas. Era tiempo de callarla de una vez, para bien, por supuesto. Usando su boca y sus dedos en equipo, en poco rato, condujeron a Amy a un lugar que jamás había explorado. Y supo que lo había conseguido cuando a Amy le faltó el aire siquiera para gritar. Solamente unos gemidos brotaron de su boca, pero su cuerpo tembló como si estuviera sufriendo un ataque.
Cuando Saori acarició su piel, notó que Amy tenía carne de gallina. Sudaba como si hubiera pasado horas trotando al sol. Sin embargo, mientras ella recuperaba el aire, se llevó una mano a su pecho, gimiendo, no de placer, sino de dolor. Saori entendió al instante.
—Lo siento —dijo Saori con voz queda—. Olvidé que todavía estás en recuperación. Sólo pensaba en hacerte el amor… perdón.
—No te… preocupes, Saori —la tranquilizó Amy, respirando con más normalidad—. Yo quería esto, y no me arrepiento de nada. Este dolor es un precio insignificante comparado con lo que me entregaste ahora. Tanto me diste que me siento obligada a devolverte el favor.
—No es necesario, Amy. Tú querías esta oportunidad y la tuviste. No necesitas más.
—Al contrario, Saori —repuso Amy, tumbándola sobre la cama, rebotando en ésta—. Necesito complacerte, necesito amarte, necesito fundirme contigo para que nadie pueda saber quién es quién.
Saori se estremeció y no supo por qué. Tenía una extraña sensación de déjà vu que no la dejó actuar por unos instantes y que no era capaz de explicar. Amy notó que Saori lucía pensativa y pensó que no quería seguir adelante.
—¿Qué te pasa?
—Sentí algo raro, como si ya hubiera vivido esto antes —dijo Saori, frustrada por sus propios sentimientos. No quería que ese momento se diluyera por algo que ni siquiera venía al caso.
—Hay muchas cosas que no sabes que ocurrieron, Saori —dijo Amy amablemente—. Tienes tres años en tu cabeza que no puedes recordar. Preocúpate de ellas cuando tengas el Cristal de Plata en tu poder. Por ahora, me tienes a mí para darte lo que deseas.
—Pero…
Pero Amy jamás supo cuál era el reparo de Saori, porque el sutil movimiento de unos dedos había hecho que Saori comenzara a jadear como si estuviera muy agotada, pero no lo estaba.
—Oh, diablos…
—¿Hice algo malo?
—¿Estás bromeando, verdad? ¡Sigue, por favor!
Y, tal como Saori lo había hecho minutos antes, ahora Amy era la que había enterrado la cabeza entre sus piernas. Pronto, Saori olvidó a Sailor Zephyr, Jared Fox, el Cristal de Plata y todos sus problemas. Amy no tenía experiencia sexual, pero ella era buena para leer, y seguramente había estudiado un libro sobre sexualidad antes de aventurarse. Pero eso también quedó olvidado cuando el calor fue ascendiendo por su cuerpo como fuego descontrolado.
—¡Oh, Amy! ¡Sigue, por favor!
Al final, hubo un momento en que la mente de Saori había quedado completamente en blanco, sin saber que había pegado un grito que pudo haber despertado a los muertos. Al rato siguiente, Saori luchaba por recuperar el aire de sus pulmones, respirando como si hubiera peleado mil batallas sin cuartel ni descanso. Vio cómo Amy se acercaba a ella y la besaba dulcemente, claro que el sabor de sus labios no era ni remotamente dulce. No le importó, sin embargo, porque Amy la estaba abrazando con fuerza y Saori le correspondió, sintiendo cómo sus pieles se rozaban, se tocaban y parecían confundirse. Tan apretado era el abrazo que Saori y Amy no lucían como dos personas, sino como una.
—Te amo, Saori —susurró Amy, acariciándole la mejilla, sus ojos brillando de deseo—. Ahora lo sé, y no quiero separarme de ti.
Amy realmente lo deseaba, pese a que sabía que tal romance no iba a durar, para bien o para mal.
—Yo también te amo, Amy —dijo Saori, tomándole el cabello a Amy y enredando sus dedos en sus hebras de color azul marino.
Ninguna de las dos sabía que ese amor no iba a sobrevivir la noche.
Diez pisos más abajo, 10:21p.m
Una mujer había entrado al hotel tranquilamente. Usaba un vestido color crema bastante conservador y demasiadas joyas adornaban su cuello y muñecas. La cartera era exigua y daba la impresión que ni una billetera cabría dentro. Para completar la imagen, usaba zapatos con tacones ridículamente altos, también de color crema. Era casi como si una estrella de Hollywood se hubiera dejado caer en aquel modesto hotel.
La recién llegada se acercó al mostrador y encontró al recepcionista viendo un late show para no quedarse dormido, claro que sus ojos contradecían aquella intención.
—Disculpe, necesito ayuda para ubicar a dos personas.
El recepcionista espabiló y apartó sus ojos cansados del aparatoso televisor.
—Lo siento, señorita, pero no puedo hacer eso —repuso el recepcionista con voz cansina—. Si se le ha perdido alguien, debe contactar con la policía.
La mujer pegó una risa estridente.
—No, no se me ha perdido nadie, disculpe si formulé mal la pregunta. Esas dos personas están alojadas en este hotel, pero no sé en qué habitaciones. Sus nombres son Amy Anderson y Saori Müller.
—¿Y para qué las necesita?
—Necesito dejarles un recado, personalmente si es posible.
—Lo siento, señorita —repitió el recepcionista, esta vez con más energía—, pero esa es información que no puedo entregarle. Las personas de las que me habla pidieron expresamente no divulgar la información que necesita.
Por extraño que pudiera parecer, la mujer no pareció decepcionada.
—En ese caso, ¿podría usted darle el recado por mí? Tengo papel y bolígrafo.
—Si me ofrece esa alternativa, entonces no hay problema.
—¡Fantástico! —exclamó la mujer, esta vez con más mesura—. Deme un minuto y le entregaré el recado. Lo único que pido es que lo haga lo antes posible.
El recado fue corto y preciso. La mujer agradeció al recepcionista, quien se dirigió inmediatamente al décimo piso para cumplir con la petición de la mujer. Y, hablando de ella, apenas salió del hotel se dirigió al lugar que había elegido para la siguiente fase de la misión. Había escogido cuidadosamente el sitio, pues estaba rodeado de edificios altos, lo cual era crítico para el éxito de su plan.
Si todo sale bien, mañana será un gran día.
Décimo piso del hotel, diez minutos atrás
—Me gustó mucho lo que hicimos, Saori —dijo Amy en un tono que expresaba una felicidad sosegada—. Pude sentir cosas que no sabía que podía sentir. Tenías razón. Me hiciste olvidar a Michiru.
—Para que sepas que usualmente no hablo en balde —dijo Saori, quien estaba de lado, abrazando a Amy. Ambas todavía estaban desnudas, con la diferencia que ahora estaban cubiertas parcialmente por las sábanas—. Aunque, si lo pienso bien, no sé cómo mierda pude complacerte tan fácilmente. Era como si ya hubiera hecho esto antes.
—Es lo más probable —dijo Amy, acomodándose en los brazos de Saori, sintiendo su calor—, probablemente con otra chica.
—¿Y eso te molesta?
—¿Por qué me habría de molestar? Estás conmigo en este momento. Jamás he estado tan agradecida de que Herbert me hubiera dicho que estabas en ese hospital.
Saori, de pronto, frunció el ceño, separándose un poco de Amy.
—¿Herbert?
Amy supo en ese momento que había metido la pata.
—No… no es lo que piensas.
—No tienes idea de lo que estoy pensando —dijo Saori, elevando un poco la voz—. Ahora dime, ¿Herbert Dixon te dijo que yo estaba en coma en Nueva Orleans?
—No sabía a quién más preguntar —se excusó Amy, recordando amargamente la conversación y, lo que era peor, el trato al que había llegado con él—. Tenía que encontrarte a toda costa. Estaba desesperada, Saori.
—Pues había otra persona que lo sabía, Amy —gruñó Saori, cuya imagen de Amy se estaba desdibujando lentamente—. ¿Acaso no se te pasó por la cabeza el nombre de Henry Abberline?
—Henry Abberline desconfía de mí —se defendió Amy, tratando de mantener su voz pareja—. No me dijo nada sobre tu paradero, creyendo que yo tenía malas intenciones contigo.
—¿Y le diste algo a cambio?
—N… no.
Pero Saori supo que Amy estaba mintiendo. Henry Abberline no le había dicho mucho sobre Herbert Dixon, pero sí lo suficiente para saber que él jamás hacía algo de manera desinteresada. Además, Amy sudaba como si hubiera recién acabado con un triatlón.
—Dime la verdad, Amy —insistió Saori con más severidad—. Sé que Herbert Dixon no te dio la información por un asunto de caridad.
Saori esperó, pero Amy no decía nada. Se dio cuenta que había intercambiado algo relevante.
—No lo hizo —dijo al fin Amy, evitando los ojos de Saori—. Me preguntó si yo tenía alguna información sobre Sailor Galaxia.
Saori frunció el ceño, recordando aquella conversación con Henry Abberline.
—¿De esa lunática?
—Bueno… he oído que está loca de atar, pero creo que Herbert quiere deshacerse de ella… por lo que me dijo.
—¿Y le creíste?
—¿Qué otra alternativa tenía? Necesitaba encontrarte.
—Pero no habrías podido haberlo hecho si no hubieras tenido la información que buscaba —razonó Saori, arrugando la cara—, pero me encontraste, lo que significa que tenías información sobre ella, ¿verdad?
Amy bajó más la cabeza si cabe.
—Le dije lo que necesitaba saber… y él fue fiel a su palabra. ¿Por qué insistes en pensar que hice algo malo?
—¡Amy! ¡Ayudaste a un sujeto que quiere destruir a la humanidad! —gritó Saori, haciendo que Amy se estremeciera—. ¡Nada justifica aliarte con el enemigo, por mucho que necesites encontrarme!
—¿Y qué querías que hiciera, Saori? —retó Amy, pero sin fuerza en su tono de voz—. ¿Preguntar de puerta en puerta por tu paradero? Estaría haciéndolo todavía de no ser por Herbert. Sí, puede que haya contribuido a acelerar sus planes o lo que sea, pero ahora estás más cerca que nunca de recuperar tu memoria.
—Me da igual, eso te hace cómplice —dijo Saori testarudamente—. Por principio debería matarte, pero no lo hago porque no desconozco lo que has hecho por mí. Pero ayudar a Herbert Dixon es un crimen en sí mismo. Lo siento, Amy, pero no puedo seguir colaborando con alguien que claramente no tiene idea de cuáles son sus lealtades.
Y fue así como el amor entre las dos murió. Saori se levantó de la cama y se vistió en silencio, ignorando a Amy, quien comenzó a hacer lo mismo, pero con las lágrimas a flor de piel. Había cometido un grave error al mencionar a Herbert Dixon, pero ella no había podido saber que Saori ya sabía sobre él y sus planes. No obstante, eso ya no importaba. Saori ya no la amaba y Amy se culpaba a sí misma por ello.
Saori ya se había vestido cuando alguien golpeó la puerta con urgencia.
—¿Se le ofrece algo? —preguntó Saori con voz cortante.
El recepcionista titubeó antes de responder.
—Tengo un recado para las señoritas Müller y Anderson.
—Yo lo tomaré —espetó Saori y, luego de arrancar el papel de las manos del recepcionista, tomó su bolso y salió de la habitación a paso raudo hacia las escaleras. Amy ni siquiera tuvo tiempo para reaccionar. Se quedó sentada sobre la cama, con las manos sobre su cara, resistiendo en vano las ganas de llorar. Las lágrimas le ganaron la batalla y el recepcionista, incómodo con lo que estaba viendo, cerró la puerta, escuchando unos sollozos velados mientras se dirigía de vuelta a su mostrador en la planta baja.
Diez minutos más tarde
Sailor Zephyr esperaba en la azotea de un edificio, preguntándose si esas dos Sailor Tontas iban a aparecer. Ya todo estaba dispuesto. No iba a ser ella quien asesinara a aquellas impertinentes que se atrevieron a desafiarla.
De pronto, una mujer ataviada como una Sailor Senshi aterrizó en la azotea. Sailor Zephyr arqueó una ceja. Sailor Silver Moon había venido sola.
—¿Y qué pasó con tu compañera? —dijo Sailor Zephyr burlonamente.
—No estuvo a la altura —gruñó Sailor Silver Moon, crispando los puños y afianzando su posición—. ¿Así que quieres organizar un duelo para ver quién se queda con los fragmentos?
—Es lo más justo.
—Pues conociéndote, dudo que estés sola —dijo Sailor Silver Moon, aunque no podía ver a nadie con un arma en las cercanías—. Nunca juegas limpio, Sailor Zephyr, porque sabes que no puedes derrotarme.
—Pues te aseguro que mis soldados están en otro sitio —dijo Sailor Zephyr en un tono divertido—. Ellos no son los indicados para ponerte en tu lugar, Sailor Silver Moon.
—¿Y tú lo eres?
Sailor Zephyr soltó una carcajada.
—Muéstrame el fragmento que tienes y yo te mostraré los míos.
Hubo un momento en el que Saori consideró la propuesta. Había un sinfín de escenarios posibles, y no había tiempo para ponderarlos todos. Sin embargo, la distancia que había entre ellas jugaba a su favor.
—Las dos al mismo tiempo.
Y ambas mostraron sus fragmentos. No hubo juego sucio por ninguna de las partes.
—Caray, estoy asombrada —dijo Sailor Silver Moon sarcásticamente—. Primera vez que no haces trampa.
—Te equivocas —repuso Sailor Zephyr con una sonrisa maligna—. Siempre juego sucio.
Sailor Silver Moon se puso en guardia, pero fue demasiado tarde. Hubo un estampido detrás de ella y, después, una mano muy fuerte le agarró el brazo, forzándolo a que soltara el fragmento. Al final, la fuerza fue tal que Sailor Silver Moon soltó el fragmento y fue arrojada violentamente hacia el suelo. Poniéndose de pie rápidamente, giró sobre sus talones y lo que vio la dejó enraizada al piso.
Una mujer ataviada con una armadura dorada sostenía el fragmento que tenía Sailor Silver Moon. Se le vino a la mente la descripción que había hecho Henry Abberline sobre esa mujer y supo que estaba en serios aprietos.
—Oh, pero si es Sailor Silver Moon —dijo Sailor Galaxia, ligeramente sorprendida. Sailor Zephyr, mientras tanto, se acercó a ella y le entregó los seis fragmentos restantes. Haciendo una reverencia, se retiró a su posición inicial—. Has hecho un trabajo magnífico, Sailor Zephyr. Ahora, los siete fragmentos son míos. ¡No habrá nadie que me detenga!
Sailor Galaxia comprimió un puño y los siete fragmentos se fundieron en uno solo. Unos rayos plateados escapaban de entre sus dedos, iluminando por un rato la noche en San Francisco. Después, Sailor Galaxia relajó la mano y, en el lugar donde habían estado los fragmentos, ahora había una flor de cristal.
—¡El Cristal de Plata es mío! —gritó Sailor Galaxia mientras Sailor Silver Moon emprendió una carrera desesperada para hacerle el mayor daño posible, pero se frenó en seco cuando Sailor Galaxia esgrimió el Cristal de Plata contra ella. Sailor Silver Moon quedó como paralizada por unos segundos antes de caer al piso, inconsciente y sin signos vitales.
Sailor Galaxia no cabía en sí de gozo por lo que había ocurrido.
—¡Al fin he derrotado a Sailor Silver Moon! —chilló mientras admiraba la flor de cristal que sostenía—. Ahora, pasaremos a la segunda fase de nuestro plan. Tú sabes cuál es tu nueva misión, Sailor Zephyr.
—Por supuesto. Iré ahora mismo para prepararme.
—Excelente. Estaré muy ocupada con mi nuevo juguete. —Sailor Galaxia profirió una última carcajada siniestra antes de desaparecer. Sailor Zephyr también hizo lo mismo, dejando a Sailor Silver Moon encima de la azotea de aquel edificio, aparentemente muerta.
