La tía Theresa

-Cariño… cuando me dijiste que podríamos ir a pasar el sábado juntos y relajarnos, no dijiste nada de acabar en casa de tu tía.

Rick me fulminó con la mirada, yo aguanté la risa y me encogí de hombros.

-Me llamó diciéndome que no podía pasar otra semana sin verla… creo que sabe lo nuestro.

-¿En serio? Creía que el "oh, Kate es guapísimo, si lo dejas escapar me lo pido para mí", era su saludo habitual.

-Sé simpático por favor, no estaremos mucho tiempo…

-Es un poco cotil…

-Aquí están el té y las pastas. –La tía Theresa dejó una bandeja sobre la mesita de café y sin perder ni un segundo la sonrisa se sentó sobre un sillón de estampado florido. Rick y yo estábamos en el sofá, junto enfrente, él se esforzaba por no mirar hacia otro lado. Él trató de coger una pero ella, le dio manotazo, dedicándole una mirada reprobadora. –No se toca sin bendecir la mesa.

-¿Bendecir la… -me miró, con incredulidad.

-La tía Theresa es muy devota –aclaré.

-Hay que ser agradecidos –añadió ella, juntando las manos, arqueando una ceja cuando Rick no se movió.

-Oh, sí, perdone –cuando ella murmuró una rápida oración Rick volvió a mirarme, fulminándome otra vez con la mirada. Tosí, indicándole que disimulara y luego me estiré hacia la mesa, tomando una taza. Se la di. Él la sostuvo, indeciso. La tía se rio.

-Vamos muchacho, el té se enfría.

Apreté los labios para no reírme yo también. Él probó un sorbo y mordió una galleta con forma de flor; su gemido de su entusiasmo me sonó bastante fingido (ya había aprendido un poquito sobre sus gemidos de satisfacción y ese no lo era). Supongo que se me olvidó comentarle que la tía Theresa sólo cocina con harina integral y sin azúcar.

-De… -tragó, con dificultad -…deliciosa, señora.

-Oh, querido, llámame tía Theresa –le dijo con amabilidad -. Y coge, coge más si te gustan tanto.

-No, no, no sería de buen cristiano privar a Kate de sus pastas. Coge, cielo –dijo mirándome. Yo entrecerré los ojos.

-Bueno y contadme, ¿cómo os va?

-Pues… bien, muy bien. Su sobrina es maravillosa. –Esta vez no me fulminó ni me miró resentido, sólo me dedicó una mirada dulce, de aprecio.

-Lo es –coincidió-. Me llevé una gran alegría cuando me enteré de que estaba saliendo con un compañero de la academia… después de tantos… en fin.

-¿Tantos…? –la animó, burlón.

-Bueno, mi Katie no es que elija precisamente a lo mejorcito de la ciudad…

-Tía –protesté.

-Vamos querida, reconoce que con ese hippie que quería llevarte en una caravana con flores a sembrar paz y amor por el mundo tocaste fondo.

-¿Un hippie? –Rick intentó no reírse; ahora fue mi turno de fulminarle.

-Aunque ese que acabó dejándote para salir con tu primo Andrew también tenía lo suyo…

-¿Te dejó un gay?

-O el…

-¡Tía, para ya!

-Lo siento cariño, no te enfades. –A mi lado Rick aguantaba la risa como buenamente podía. Mi tía suspiró –Ay, la Juventud… ese tiempo de castidad y espera hasta el matrimonio… os envidio tanto.

Rick escupió el té que acababa de llevarse a la boca y ladeó ligeramente la cabeza. -¿Castidad? ¿Matrimonio?

-Por supuesto, mi querida Katie sabe que debe esperar hasta pasar por el altar… cualquier chico que no la respetase estaría tachado en mi lista de candidatos perfectos. Pero tú no te aprovecharás de ella, ¿verdad?

-Bueno tía… -dije con voz triste, afectada -… la verdad es que… él…

-Kate –me miró, horrorizado. La tía Theresa lo observó con indignación antes de tomarme la mano.

-Continúa querida niña, ¿qué te ha hecho?

-Me dijo que no sería pecado… -continué llorando, intentando contener las carcajadas -… que Dios lo entendería.

-Kate, creo que deberías…

-¡Calla! Sigue, dime, querida.

-Él me…

-¿Sí?

-Me tocó… un… un… ¡un pecho! –Y como una perfecta actriz y rompí a llorar, esperando que mi tía no descubriera que las lágrimas eran de la risa. Ella se echó hacia atrás, escandalizada. La expresión de Rick era indescifrable. La tía Theresa se volvió hacia él.

-Ese comportamiento no es adecuado –dijo con severidad.

-Señora…

-No, chico, déjame terminar. Soy una mujer moderna, entiendo que los tiempos han cambiado y que hay jóvenes que no le dan importancia al sagrado vínculo del matrimonio, pero mi Katie… mi dulce Katie no es de esas. ¿Verdad, cielo?

-No, tía… -niego.

-Tienes que entender que ella quiera llegar virgen al altar. Y si no lo entiendes…

-Lo entiendo señora, lo entiendo perfectamente –dijo con rapidez, su tono sonando a algo como "Kate, te voy a matar" -… pero la carne es débil…

-Lo sé, pero… -se quedó un momento callada, pensativa -. Ya sé que podemos hacer, llamaré al padre Peter… él te aconsejará y te pondrá una penitencia. Bien merecida –añadió.

-Señora, creo que no es nece… puedo hablar con mi párroco…

-No se hable más, le diré que irás a verlo después del almuerzo.

-Tía, no pensábamos quedarnos a comer… -intervine, pero ella ya se había marchado a la otra sala. Rick se volteó lentamente.

-¿Virgen hasta el matrimonio? ¿Tocado un pecho?

-Tendrías que haberte visto la cara.

-¡Estás loca! ¿Qué coño voy a decirle ahora al cura?

-Lo que hicimos ayer en el baño no –respondí con picardía, pero él me frunció el ceño.

-No tiene gracia, tú tía me ve como un pervertido. Y a ti como un angelito celestial.

-Oh y lo soy –respondí con inocencia –pero puedo ser un angelito muy travieso. –ronroneé, tocándole justo por su entrepierna, sobresaltándolo.

-¡Kate!

-Vamos… dime que no te da morbo –susurré, sorprendida de mi propio comportamiento; él miró hacia el techo -. He creado un monstruo.