¡YAHOI! Mi traeros un nuevo capítulo. Mi estar orgullosa de haber tardado poco esta vez. Mi no saber por qué hablar así. Mi estar agotada hoy. Mi saber que no os importa. Mi dejaros leer el capítulo en paz y tranquilidad.

Disclaimer: Los juegos del hambre y sus personajes no me pertenecen, son propiedad de Suzanne Collins, yo solo los uso para vaciar mis sobrecargadas neuronas.

Chapter 25

POV Katniss

Inspira, expira, inspira, expira, inspira, expira…

Los ejercicios respiratorios me ayudan a relajarme y a que deje de dolerme la tripa. El médico me dice que si la barriga me duele que es un aviso, una advertencia de que algo no anda bien conmigo o con el bebé. Probablemente simple estrés, pero que conviene bajarlo por si las moscas. No sería la primera mujer que pierde una criatura por culpa del exceso de estrés. O del trabajo demasiado duro o pesado.

Quiero reír, aunque consigo retener la carcajada mis labios no dudan en esbozar una sonrisa la mar de irónica. ¿Y cómo se supone entonces que esas mujeres, en su mayoría viudas o madres solteras, van a mantener a sus hijos? Lo saben. No es la primera vez que llaman a mi madre en plena noche para que vaya a visitar a alguna embarazada.

Sí, además de preparar medicinas mi madre es la comadrona no-oficial del Distrito 12. Si no fuera por ella, Posy no estaría hoy viva, ni la mayoría de niños de nuestro distrito. Así que el médico no hace más que contarme obviedades que me ponen de mal humor, y lo peor es que Peeta no está para darme apoyo moral. Se ha tenido que marchar casi después de comer por culpa de las entrevistas que se van a llevar a cabo esta noche.

Inspira, expira, inspira, expira, inspira, expira…

—¿Katniss?—La voz de Effie hace que vuelva la cabeza hacia ella. Está a mi lado, cogiéndome del brazo con fuerza. La mirada preocupada.

—Estoy bien—digo. Intento que mi voz suene lo más normal posible, pero entre lo que se nos viene encima en unas horas y el médico este que me está poniendo de los nervios con tanto toqueteo y anotación… —. Estoy bien—insisto. No me gusta estar medio desnuda ante un completo desconocido, y mucho menos si Peeta no está a mi lado para que el muy cerdo se corte un poco. No han parado de írsele las manos "sin querer". Hasta que una mirada fulminante de esas que sabe echar Effie cuando pilla a alguien haciendo algo que realmente le desagrada, hizo que el médico se lo pensara mejor y dejara de poner los dedos en zonas que no debería.

—Deberá llevar una dieta rigurosa a partir de ahora, señorita Everdeen. También intente dar paseos de al menos una hora, a ser posible uno por la mañana y otro por la tarde. Póngase también ropa holgada, que no le apriete el vientre. Le voy a dar unos analgésicos por si tuviera dolores de espalda. Y también una pastilla para garantizar que el feto venga en perfectas condiciones. Beba mucha agua y nada de bebidas gaseosas o que contengan cafeína…

—¿Cafe-qué?

—Se refiere a bebidas como el café o el refresco de cola que tanto te gusta, querida.

—Oh. —Asiento obedentiemente. ¡Quiero que el muy pesado se largue de una maldita vez!

—Bueno, estoy es todo por ahora. De momento parece que tanto la madre como el niño están bien. Así que mi trabajo aquí ha terminado. —Su mirada se posa unos segundos en mí o, más concretamente, sobre mi cuerpo. Cruzo los brazos y viro la cabeza, indignada, dándole a entender que lo lleva claro.

—Muchas gracias por todo, doctor. Le llamaremos si pasa algo. —Effie lo despide con rapidez pero con mucha clase y educación. Lo acompaña hasta la puerta mientras que yo aprovecho para vestirme. Cuando vuelve, trae el ceño fruncido y una mueca de disgusto en los labios—. ¡Qué hombre más desagradable! ¡Habrase visto! ¡Menudo descarado de primera! ¡Un completo maleducado y un degenerado!—Me siento en la cama para calzarme mis cómodas zapatillas de andar por casa.

—Hombres.

—Ni que lo digas, querida. En fin, dejemos de pensar en cosas sin importancia y centrémonos en lo que sí es importante. En esta noche. —Mi expresión se torna sombría mientras me hago mi acostumbrada trenza. El pelo me ha crecido demasiado, tal vez sea hora de darle un pequeño corte.

—Effie…

—Katniss, hoy es un día vital. Todos os estarán mirando a Peeta y a ti. No se habla de otra cosa que no seáis vosotros estos días en El Capitolio. —Suspiro; me miro la mano, concretamente el dedo anular en el que llevo el anillo de compromiso. Últimamente lo tengo que llevar siempre, a todas horas. Y no sé como sentirme al respecto porque… Por un lado me gusta, es el símbolo de que tengo algo especial con Peeta, de que soy especial para él. Pero por otro me da la impresión de estar atada a otra persona, y es una sensación que no me gusta. Siempre he valorado mi independencia por encima de todo. Me gusta ser independiente pero…

Sacudo la cabeza. Ahora no es momento de pensar en esas cosas. Debo… Tengo que pensar en Peeta, y en cómo voy a sacarlo vivo de la arena. Effie sigue parloteando entusiasmada y feliz sobre todas las personas importantes que conoceré hoy.

—Oh, y por supuesto, en ese mismo palco estarán los antiguos vencedores. Tendrás que intentar llevarte bien con ellos, querida. Son gente VIP. —Nunca he entendido esa palabra. Es algo que repiten mucho por aquí para referirse a alguien verdaderamente importante, gente afín y cercana a Snow y su familia. Según me explicó Cinna en su día, parece proceder de una expresión antigua que tenían nuestros antepasados.

Vuelvo a sacudir la cabeza. Parece que mi mente no está hoy por la labor de pensar en lo que tiene que pensar. Regreso a la realidad cuando Effie menciona algo de la ropa que usaré hoy. Abre la cremallera de una tela que está colgada de la puerta del armario y me muestra unos pantalones cortos de cintura baja y una camiseta de tiras fruncida en la parte alta del pecho pero suelta y holgada en la tripa. Es una camiseta verde claro, de manga francesa y escote cuadrado. Tiene unos lacitos pequeños en lo que sería el puño de la manga y, lo que más me gusta, es que es lisa, total y absolutamente lisa. Sin dibujos ni bordados de ningún tipo.

Los pantalones también son sencillos, negros. Y por zapatos parece que llevaré unas zapatillas rojas y blancas, las cuales se sujetan al pie en el empeine por dos tiras que hay que apretar y cuyos extremos se pegan el uno al otro. Creo que Cinna y Portia lo llaman velpro, veltro o algo así.

No lo entiendo. El otro día Cinna me vistió con un vestido que, a pesar de mi enorme barriga, me hacía ver casi como una niña pequeña que había tenido que madurar de golpe. Y ahora me viste con una ropa que parece de adolescente normal y corriente de El Capitolio.

—Cinna me dejó dicho que tenías que llevar tu trenza de siempre. Y vendrán a retocarte un poco la cara y las uñas y no sé si a depilarte… —Pongo cara de horror. A mí no me molestan los pelos de mis piernas, me hacen estar bien calentita en invierno. Pero al parecer en El Capitolio es ritual obligado a pesar de lo mucho que duele. Todavía me acuerdo del escozor la primera vez que me lo hicieron. No pude andar bien en una semana—. No hagas muecas, Katniss. Estropearás tu bonito cutis. Y además, no es para tanto. Yo lo hago todos los meses. —Suspiro una vez más, diciéndome que no pueden estar más locos estos capitolinos.

El resto del día Effie y yo lo pasamos viendo revistas de moda y de decoración de bodas. Está ella más entusiasmada que yo. No puedo evitar sonreír al pensar que en parte se muestra así de contenta por mí, para intentar distraerme. Así que trato de ponerle interés. Aunque no puedo evitar acordarme de Madge, de Prim, de mi madre y de Delly. ¿Cómo estarán? ¿Seguirán desde casa por televisión toda la expectación de los Juegos? Sé que al menos Prim y Madge sí. Y Gale…

Un nudo me aprieta la garganta al pensar en Gale. La culpa me reconcome al darme cuenta de que no le he dedicado ni un solo pensamiento desde que llegamos a El Capitolio, y eso es algo que creo que no es justo. Gale siempre será mi mejor amigo, pero Peeta y yo hemos compartido demasiadas cosas, y es él al que necesito para sobrevivir, para seguir adelante. Gale y yo nos parecemos mucho, demasiado, y eso no nos haría ningún bien a los dos.

Además, sé que no podría estar con otro de la misma manera en que estoy con Peeta. Él es… él es… él… es…

—¡Katniss, cariño! ¡Hemos venido para hacer que deslumbres!—La voz de Flavius me saca de mi ensimismamiento, y su abrazo termina por hacer que parpadee, confusa aún. ¿Qué ha sido eso? Yo… yo… he sentido…

—Vamos, vamos, no hay ni un minuto que perder. Apenas quedan dos horas para que todos te vean y se mueran de envidia.

—Por aquí, Katniss. —Venia me ayuda a incorporarme y es ella la que me guía hacia las escaleras que llevan al piso de arriba, donde están las habitaciones. Octavia se queda charlando con Effie; una criada avox les lleva una bandeja con pasteles y un par de tazas de algo que seguramente será té. La visión de los pasteles hace que vuelva a pensar en Peeta, en mi chico del pan, y en aquello que hace que mi corazón se acelere.

Pero no tengo tiempo para analizarlo, puesto que enseguida estoy sentada en una silla delante del espejo, con las manos metidas en un recipiente con agua caliente y Venia echándome potingues en cara, brazos, cuello y piernas. Flavius está rebuscando en su bolsa, murmurando y tirando botecitos llenos de líquido de colores, de esos con los que se pintan las uñas. Al final sonríe victorioso y se acerca con un botecito transparente que parece no tener nada dentro, tan solo unos puntitos brillantes.

—Está vacío—digo. Flavius sonríe.

—Eso es lo mejor: este esmalte es transparente, es como si no llevaras nada, pero las uñas te brillarán cada vez que te dé una luz algo fuerte en las manos. ¿Ves estos puntitos? Se llama purpurina. Te gustará. —Lo dudaba mucho, pero preferí callarme y dejarle hacer. Flavius, Venia y Octavia, a pesar de todo, sé que me quieren y me aprecian y que, si por ellos fuera, ni Peeta ni yo estaríamos metidos en este lío.

Tras una ardua tarea, al fin mis uñas y mi piel están listas, y es entonces cuando Flavius se va y Venia se queda para ayudarme a vestirme. No es que no pueda yo sola, pero con esta tripa que pesa el doble que yo no me viene mal un poco de ayuda. Una vez vestida entra Octavia, cargada con sus peines, sus pinzas y sus potingues para el pelo. Se sitúa detrás de mí y comienza a darme tirones mientras parlotea sin parar. Su charla es agradable y me dejo llevar, cerrando los ojos.

Cuando al fin termina el suplicio respiro aliviada y me miro al espejo, comprobando satisfecha que por lo menos sigo pareciendo yo, y no una muñeca o un producto fabricado en El Capitolio. La ropa me gusta, es cómoda y sencilla; mi trenza de siempre me hace sentir que sigo siendo yo misma y, por una vez, no voy maquillada, y ya estaba empezando a echar de menos mi cara y mi piel tal y como estaban. Al final Venia dictamina que no hacía falta depilarme, que mis pelos seguían bien escondidos bajo los poros, que seguramente era debido a todos los tratamientos a los que me sometieron para que no creciera (o, al menos, para retrasar su crecimiento). Y eso me hace sonreír. Lo que hace que los demás también sonrían.

—Te van a adorar—me dice Flavius, tendiéndome una chaqueta larga marrón sin botones ni cremallera, con capucha—. No hace frío, pero es por si acaso. —Asiento. Me doy la vuelta y respiro hondo.

—Muchas gracias, chicos. Gracias por todo.

—¡Oh, Katniss!—A Octavia se le desprenden unas lágrimas de los ojos y se tira a abrazarme.

—No hay por qué darlas—dice Venia haciendo un ademán con la mano.

—Tú vales la pena, Katniss. Es un placer trabajar contigo. —Las palabras de Flavius me emocionan, al igual que su gesto de cogerme las manos.

—Bueno, bueno, bueno. ¿Todos listos? ¡Pues en marcha!—Es Effie la que rompe el momento especial, señalándonos su enorme reloj de pulsera. Bajamos todos juntos las escaleras hacia el ascensor. Nos introducimos en él y empieza a deslizarse hacia abajo con suavidad. Llegamos a la planta baja y fuera nos están esperando un par de coches. En uno nos metemos Effie y yo y en otro mi equipo de preparación. Hay más coches, todos en fila delante del Centro de Entrenamiento, esperando por los demás asistentes al evento especial de la noche.

El silencio se hace presente en el vehículo en cuanto este se pone en marcha. Se agradece. No tengo muchas ganas de entablar conversación con nadie. Aunque poco me dura la tranquilidad; en menos de cinco minutos llegamos a nuestro destino; el coche frena con suavidad y el conductor se baja para abrirnos la puerta a Effie y a mí.

El escenario ya está iluminado y listo. Las gradas con asientos llenas de gente, atestadas de capitolinos que ríen y charlan sin importarles nada más que ellos mismos.

Inspira, expira, inspira, expira…

—Katniss, por aquí, cielo. —Effie me hace gestos con su mano enguantada para que la siga; por el camino saluda a varios conocidos. Me dice sus nombres y ocupaciones, pero mi cerebro no es capaz de retener la información, está ocupado pensando en cómo voy a sobrevivir a lo de hoy.

Flavius, Venia y Octavia se despiden de nosotros al borde de las gradas, diciendo algo de la envidia que nos tienen por estar con los privilegiados en el palco especial. Hago una mueca. Encantada les cedería mi sitio. Yo no quiero estar aquí. No quiero ir a ese palco, cerca de Snow. No. Si pudiera, no iría, no pondría un pie allí ni aunque me pagaran todo el oro del mundo.

Desgraciadamente, no estoy en posición de elegir, así que sigo a Effie hasta unas escaleras custodiadas por dos agentes de la paz en uniforme de gala. Las subimos y ante mí aparecen un montón de mesas y de sillas que tienen pinta de ser la mar de cómodas. También me doy cuenta de que todos los ojos están clavados en mí y en mi barriga enorme. Es como si nunca hubieran visto a una chica embarazada.

—Katniss Everdeen. —Una chica alta, la misma del ascensor de la otra vez que le guiñó un ojo a Peeta (Johanna, creo que es su nombre), se acerca a nosotras. Tiene una sonrisa peligrosa en el rostro que me hace ponerme en guardia—. Ya pensábamos que no vendrías. Con esa tripa…

—Por suerte me encuentro perfectamente. Gracias por tu preocupación. —La réplica brota de mis labios antes de que pueda detenerla. Effie me echa una de sus miradas de reproche, a lo que yo le respondo frunciendo el ceño. No estoy para muchas fiestas. Y si me tocan la fibra sensible pienso contestar todo lo mal que me dé la gana. ¿No dicen que es malo hacer enfadar a una embarazada? Que se atengan a las consecuencias.

La tal Johanna amplía su sonrisa y se gira a ver al resto de ocupantes del palco.

—¿Qué os había dicho? Antipática y deslenguada.

—Se parece a alguien que yo me sé… —El que ha hablado ha sido un hombre mayor, incluso más que Haymitch. Lleva el pelo corto, unos pantalones cortos, una camisa también de manga corta y unos zapatos de suela de goma. Sonríe en mi dirección—. Que no te intimide. Johanna es así.

—¡Cállate, viejo!—Por el tono empleado por ambos deduzco que él es a Johanna lo que Effie a Peeta y a mí, su acompañante de distrito. Cada uno tiene el suyo.

—Johanna ¿cómo puedes ser así en un momento como este?—La que ha hablado ahora es una chica mayor que yo, de la misma edad más o menos que Johanna. Tiene el pelo largo y los ojos llenos de lágrimas. Se encuentra acurrucada contra una señora mayor de pelo gris que la acaricia el pelo en un gesto consolador. La mujer se da cuenta de que las estoy observando y me sonríe. Hace un gesto con la mano señalando la silla libre que está a su lado.

—Gra-gracias—balbuceo dirigiéndome hacia la misma. Mis riñones me lo agradecen en cuanto tocan lugar cómodo y blandito. Effie ya está hablando con cordialidad con los representantes de los demás distritos.

A pesar de la intervención tan agresiva de Johanna, impera un silencio sepulcral en el palco. Ni siquiera cuando Snow hace su entrada triunfal suenan vítores o aplausos. Tan solo los capitolinos que han sido invitados a estar allí lo reciben con fervorosas muestras de admiración o afecto. El resto de vencedores simplemente volvemos la vista.

Y es un movimiento que hacemos todo a la vez, en perfecta coordinación. Como si lo hubiéramos ensayado de antemano. Puede que no sea lo más inteligente ahora mismo, Snow podría interpretarlo como un gesto de desafío o rebeldía y usar a los tributos (a Peeta) para hacernos daño. Pero parece que eso es algo que nos trae sin cuidado en este momento.

Lo único que tenemos claro es que Snow es la persona que nos ha hecho sufrir, que ha hecho que, de pronto, nuestras vidas vuelvan a ser un completo y absoluto infierno.

Una música movida suena y las luces del escenario empiezan a moverse y a parpadear. Los espectadores lanzan gritos en cuanto Caesar Flickerman, impecable en un traje rojo de lentejuelas que brillan al mínimo movimiento de las luces, hace su aparición.

Cierro los ojos. Inspira, expira, inspira, expira, inspira, expira…

Siento que alguien me da un apretón en el brazo, un apretón cariñoso. Me vuelvo y allí está la señora mayor, mirándome con compasión pero también con algo más. Sus profundos ojos de un azul oscuro me muestran una determinación y una fuerza interiores sin igual; una fuerza y determinación que parece querer transmitirme. Del otro lado, la chica que hasta hace estaba sollozando me mira también con sus ojos cristalinos, posando su mano delicada y blanca sobre la de la señora mayor. Ambas se vuelven entonces hacia el frente, donde veo que Johanna nos está observando. Sus ojos parecen estar hechos ahora mismo del fuego más puro. Ella los clava en los míos.

Lo entiendo. Entiendo lo que me quieren decir. No estoy sola. Ellas también tienen personas importantes ahí abajo, personas con las que han compartido vivencias y lazos con el pasar de los años. Tal vez amigos o compañeros vencedores de su mismo distrito que han pasado las mismas penurias y miserias que ellas.

Asiento, dándoles a entender que lo he comprendido. Johanna me devuelve el gesto, girando la cabeza en el acto hacia el escenario. Yo también miro para Caesar Flickerman, pendiente de todo lo que ocurra esta noche.

Hoy, ahora, quedará sentenciado el futuro de Peeta, de Haymitch y de todos los tributos.

Mi hijo se remueve en mi interior y yo acaricio la tripa por encima de la camiseta, tranquilizándolo.

No te preocupes, pequeño. Todo saldrá bien. —Al menos, eso quiero creer. Quiero creerlo con todas mis fuerzas.

Necesito creerlo.

Fin POV Katniss

Fin capítulo 25

¿Qué tal? ¿Os ha gustado? Me duele el cuello de estar delante de la pantalla del ordenador, así que espero que sí. Ya sabéis que acepto críticas constructivas. Que no destructivas. Constructivas.

*A favor de la campaña con voz y voto, porque dar a favoritos o follow sin dejar review es como manosearme una teta y salir corriendo. Lectores, sí. Acosadores, no. Gracias.

¡Nos leemos!

Ja ne.

bruxi.