Disclaimer: Los personajes de Ruroni Kenshin no me pertenecen, son obra del maestro Nobuhiro Watsuki.
Capítulo 25
Zanza
Misao sintió la brisa en su rostro mientras miraba las montañas que decoraban el horizonte apoyada en la barandilla de la azotea del centro. Sintió como su pelo se removía levemente con el agradable viento que tenía un ligero aroma salado.
Suspiró.
Volvió a alzar su mirada mientras que su amigo Sanosuke inundaba su mente por completo. Kaoru le había informado sobre la vuelta de la madre del castaño y desde entonces un nudo se había generado en su garganta. Ella no había vivido la época en la que la madre de Sano se marchó, por lo que solo conocía la historia por lo que su amiga Kaoru le había contado…
Pero ver a Sanosuke ingresado en el hospital hizo que realmente fuese consciente de la gravedad del asunto… ni cuando formaba parte de la banda por la que vestía el kanji "malo" lo había visto nunca en un estado tan precario de salud. Sabía que sus amigos estaban sufriendo y quería ayudarlos… pero no tenía ni idea de cómo.
Naname Sagara era algo que solo les concernía a Sanosuke y a Kaoru.
Volvió a suspirar con aquel sentimiento de impotencia dentro de ella. Sus ojos se posaron en el mar, que se veía a lo lejos. El sonido de unos pasos hizo que frunciera el ceño ligeramente. Sintió una presencia a su lado.
— ¿Hay novedades de Zanza?— Misao se giró sorprendida para encontrarse con Aoshi Shinomori a su lado. Este se había apoyado en la barandilla y tenía sus ojos azules fijos en el horizonte. La brisa movía su flequillo negro. Misao sintió como sus pulsaciones se aceleraban.
— Shinomori-kun…— susurró.
— Desde que apareció malherido no has venido a la biblioteca…— comentó el moreno sin quitar su vista del paisaje. Misao apretó la barandilla entre sus manos.
— No he podido concentrarme durante estos días…— confesó— Ya está mejor… pero se ha escapado de casa— la ojiverde sentía que con Aoshi podía hablar de todo… se sintió segura a su lado. Su cuerpo grande le causaba un sentimiento de protección y su expresión aquella mañana no era tan fría como de costumbre— Pero…
— ¿Ocurre algo?— Los ojos azules de Aoshi se posaron en los de ella.
— Yo…— Misao sintió sus mejillas arder— No sé qué hacer…— confesó— Sanosuke está así por culpa de algo de su pasado y… yo no viví en aquel pasado… siento que no puedo hacer nada por él…
— Eso no es verdad— aquella afirmación sorprendió a la joven y lo miró con sorpresa, Aoshi tenía una expresión relajada en su rostro, su mirada volvía a estar fija en el horizonte— Puedes estar ahí… no hace falta que hagas ni digas nada… simplemente quédate a su lado— Misao abrió los ojos con sorpresa— A veces… las palabras son inútiles.
— Shinomori-kun…
— ¿Era por esto?— preguntó mientras volvía a mirarla a los ojos.
— ¿Perdón? — Misao se encontraba tan sorprendida por la actitud que había adquirido Shinomori que no era capaz de hilar bien sus pensamientos. La expresión de confusión en el rostro de la joven hizo que Aoshi dibujara una fina sonrisa en su rostro. El corazón de la ojiverde dio un vuelco.
— Nada… olvídalo— respondió al final mientras su expresión se volvía seria de nuevo— No te preocupes Makimachi…— Misao lo miró confundida.
— ¿Qué crees que debería hacer?— preguntó mientras miraba intensamente al hombre de hielo.
— Sonríe— dijo, Misao se quedó paralizada ante aquellas palabras— Simplemente… sonríele— Aoshi se separó de la barandilla sin mirarla y con paso lento dirigió sus pasos hacia la salida de la azotea, dejando a una Misao que se encontraba paralizada, sin saber que decir, ni que hacer, con el corazón latiendo a mil y con la brisa removiendo su falda gris del uniforme.
Megumi se bajó del tren y salió al andén con paso ligero mientras se llevaba la mochila al hombro. La abarrotada estación de Odawara le dio la bienvenida, no estaba acostumbrada a pasar por la estación a aquella hora tan temprana, por lo que le sorprendió el trasiego de tanta gente.
Salió a la calle y pasó por una panadería que había junto a la estación. Todas las mañanas, cuando pasaba por allí, el olor a pan recién horneado siempre le llamaba la atención. Así que pensó que quizás a Sanosuke le gustaría comer melonpan para merendar, entró en el establecimiento con una sonrisa y compró varios. Con una bolsa de la panadería junto con su mochila, caminó con paso ligero hasta llegar a su casa.
Sintió su corazón latir rápido en su pecho mientras abría la puerta principal, se internó lentamente en su recibidor y se quitó los mocasines negros.
— Ya he llegado— anunció. Se sintió realmente extraña diciendo aquella frase, normalmente nadie la recibía cuando llegaba a casa.
— Bienvenida— Sanosuke salió de su comedor con una sonrisa en su rostro decorado por dos grandes apósitos. Se había quitado los pantalones de deporte grises y se había puesto sus bermudas negras, pero continuaba vistiendo la camiseta de frutas Sagara con las mangas cortadas, su brazo derecho descansaba en el cabestrillo. Megumi se sonrojó.
— ¿Cómo has pasado el día?— preguntó mientras se internaba en su casa con paso lento ¿Por qué estaba tan nerviosa?
— He visto media temporada de una serie ¡Tu televisor es increíble!— dijo mientras dibujaba una sonrisa de emoción en su rostro. Megumi no pudo evitar sonreír, Sanosuke se veía adorable con aquella expresión.
— ¿Has almorzado?— la joven se internó en el pasillo seguida por el castaño— ¿Te has tomado la medicación?
— Si a los dos— dijo Sano con una amplia sonrisa.
— ¿Has bebido agua?— dejó la bolsa donde llevaba los melonpan encima de la encimera de su cocina.
— Siii— Sano se apoyó en la encimera. Megumi se dio la vuelta y lo miró con ojo clínico, el color de su piel había vuelto a adquirir un tono saludable y en su rostro se dibujaba una sonrisa relajada. Se fijó en que no llevaba puesta su cinta roja.
— ¿Te encuentras mejor?— Preguntó, Sano la miró con media sonrisa.
— Si…— respondió.
— No te has curado la herida aún ¿verdad?— la pelinegra se acercó y escudriñó su brazo— Entre las cosas de la farmacia llevabas vendas y apósitos.
— Ya… la enfermera me dijo que algún familiar tendría que limpiarme la herida todos los días— informó. Megumi lo miró con las cejas alzadas.
— ¿Y no has tenido tiempo para decírmelo?— Sano se llevó su mano buena a la nuca y sonrió nervioso.
— Se me había olvidado— confesó— Con todo el alboroto de encontrar un lugar para quedarme y eso...
— Entonces… ¿Ayer no te limpiaste la herida?— preguntó escandalizada.
— No.
— ¡Serás estúpido Tori-atama!— tomó con fuerza a Sanosuke de su brazo izquierdo y tiró de él hacia el comedor. Lo sentó en el sofá mientras ella se agachaba hacia la mochila del castaño y tomaba las vendas y los apósitos— ¿Es que no sabes que si no mantienes limpia la herida se te puede infectar? ¡No tienes que estudiar medicina para saberlo!
— ¡No me he acordado! ¡Ni que esté cometiendo un crimen!— se quejó mientras se acomodaba en el sofá. Megumi bufó mientras se sentaba a su lado, lo miró durante un segundo y con las manos ligeramente temblorosas ayudó al castaño a quitarle el brazo del cabestrillo.
— ¿Te duele?— preguntó cuándo le retiró del cuello el aparato.
— No mucho, no te preocupes Kitsune— dijo Sano, aunque su voz salió un poco raspada de su cuerpo. La joven se fijó en el vendaje, que le daba la vuelta por el hombro.
— Tienes que quitarte la camiseta— Ordenó la pelinegra, Sano la miró con una ceja alzada, las mejillas de Megumi habían adquirido un adorable tono rojizo.
— Claro…— respondió mientras sacaba su brazo izquierdo de la manga— Pero necesito ayuda— la presidenta tragó saliva mientras miraba a un Sanosuke con media camiseta quitada.
Con cuidado, la futura doctora lo ayudó a quitarle la camiseta por el cuello y por el brazo herido delicadamente e intentando no rozar la zona vendada. Megumi no pudo evitar sonrojarse al tener al castaño sin camiseta tan cerca, recordó la excursión escolar del verano anterior y la sangre se le subió a la cabeza. El pecho del castaño seguía tan torneado como lo recordaba y desde aquella cercanía pudo distinguir mucho mejor las cicatrices que lo decoraban, especialmente una que atravesaba su pecho. Tragó saliva e intentó concentrarse.
— A ver— con las manos temblorosas comenzó a quitar con cuidado el vendaje de su brazo derecho.
Sano no podía dejar de mirar a Megumi, esta evitaba mirarlo a los ojos y ponía todo su interés en la herida que decoraba su brazo, que llegaba desde casi la axila hasta la mitad del bíceps. La pelinegra con una gasa empapada en antiséptico desinfectó y limpió la zona con destreza. Sanosuke supuso que ser hija de médicos la dotaba de aquella habilidad… y más si ella también quería dedicarse a esa profesión.
La observó en silencio todo el tiempo que estuvo curándolo, sus mejillas sonrojadas le parecieron adorables, a la vez que se dio cuenta como en varias ocasiones la joven le dedicaba intensas miradas a su torso desnudo, no pudo evitar sonreír al darse cuenta de lo nerviosa que la ponía.
Tuvo que contenerse para no besarla.
La joven no tardó mucho más, con cuidado tapó la herida de nuevo con un apósito y sacó vendas nuevas.
— Es impresionante la herida que tienes…— comentó mientras rodeaba delicadamente su brazo con el vendaje— Es realmente un milagro que no te haya alcanzado la arteria…
— Ya te lo he dicho, soy un tío duro— Dijo con una sonrisa arrogante en su rostro.
— No vuelvas a hacerlo…— Megumi habló en voz baja… Sano la miró con sorpresa.
— ¿Qué?— Megumi posó una de sus manos en la rodilla del joven y bajó su mirada.
— Cuando te vi inconsciente en las pistas deportivas… yo…
— Te lo prometo— Sano se dio cuenta al instante y con cuidado llevó su mano izquierda al rostro de la joven y lo alzó, sus miradas se encontraron de nuevo— Te lo prometo Megumi… no lo volveré a hacer, ya te lo dije ayer ¿No? Puede que te esté pidiendo demasiado, pero... confía en mí.
El corazón de la joven dio un vuelco en su pecho y sintió la intensa mirada de Sano sobre la de ella, el joven se acercó lentamente hacia ella, pero esta se separó de él. Carraspeó.
— Deja que termine de colocarte bien la venda— dijo nerviosa. Se incorporó un poco en el sofá e hizo que Sano se girara levente— Necesito atarla por atrás…— El castaño con una sonrisa le hizo caso y se dio la vuelta.
Entonces Megumi vio algo que le sorprendió, en la espalda del castaño, sobre su hombro derecho, se encontraba tatuado el kanji "malo". No recordaba aquel detalle que descubrió en la excursión del pasado curso.
— ¿Qué significa?— Megumi, temblorosa se atrevió a pasar sus dedos por el tatuaje que decoraba el hombro de Sanosuke, con una delicada caricia. Sano cerró los ojos y disfrutó de aquel contacto, suspiró antes de responderle.
— Souzo…— dijo al fin, se giró para quedar de frente a Megumi una vez que notó que le había terminado de colocar bien el vendaje de nuevo— Creo que te he contado muy poco sobre mi época de… — La pelinegra lo miró con interés mientras tomaba la mano izquierda con la suya, animándolo a continuar— Cuando mi madre se fue con otro tío y nos dejó abandonados a mi padre, a mi hermano y a mí… lo pasé realmente mal— su mirada se oscureció, claramente aquel no era un tema con el que el joven disfrutara… tomó aire antes de volver a hablar.
Un jovencísimo Sanosuke caminaba por la calle con las manos dentro de los bolsillos del pantalón negro de su uniforme de la escuela media. Su pelo castaño se arremolinaba en su cabeza y sus espesas cejas dibujaban una expresión de enfado.
El joven era alto para su edad y poseía una ancha espalda, pero la delgadez de su cuerpo era evidente. En su boca, masticaba el tallo de una planta silvestre que había tomado de la ribera del río. Estaba aburrido y necesitaba cambiar esa situación. Se desvió del camino de la estación en la que tomaba el tren hacia su casa, aunque ya habían pasado tres años, no podía evitar que su pecho se aprisionara al saber que la sonrisa de su madre no lo iba a recibir cuando entrara en la cocina.
Gruñó.
Seguía sin aceptarlo ¿Por qué se fue? El joven seguía caminando mientras el sol comenzaba a ocultarse por el oeste. Recordó el día que llegó del colegio con su hermano Yahiko de la mano, esperando encontrar a su madre en la cocina, con sus meriendas preparadas sobre la mesa, como todos los días… pero se sorprendió de encontrar la casa vacía y se sorprendió aún más cuando su padre llegó antes de la hora normal del trabajo con una expresión triste en su rostro.
A partir de aquel día, cada vez que preguntaba por su madre no obtenía una respuesta clara de nadie… hasta que una noche en la que pensaba que su madre había desaparecido porque la habían secuestrado, lo escuchó. Su padre hablaba en voz baja por el teléfono que se encontraba en la entrada de la casa, y fue en ese momento cuando su mundo se le cayó encima.
"Nos ha abandonado"
Tres palabras que lo habían marcado para toda la vida.
Más tarde, Sanosuke se fue enterando poco a poco de la historia. Era cierto su madre se había ido y desconocían si tenía intención de volver… pero lo que más daño le hizo fue enterarse de que Naname Sagara no se había ido sola. Se había fugado con el profesor que impartía las clases de inglés en el ayuntamiento. Aquello lo escuchó un jovencísimo Sanosuke de la boca de dos señoras mayores que chismorreaban entre ellas mientras que su padre había entrado al almacén para reponer las patatas.
El pequeño Sano sintió como un escalofrío horripilante le recorría la espalda y dejó caer una de las manzanas que estaba abrillantando para que lucieran apetitosas de cara al público. Tuvo que hacer grandes esfuerzos aquel día para que no lo notaran raro, pero al caer la noche, durante la cena su padre hizo la pregunta que cambió la vida del joven castaño.
— Sanosuke has estado callado todo el día ¿Qué te ocurre?— preguntó con su bol de arroz en la mano.
— Nada— Respondió el mayor de sus hijos evidenciando que le pasaba algo.
Kamishi se echó su pelo negro, que había comenzado a adquirir un tono grisáceo, hacia atrás.
— No parece que no te pase nada— insistió— llevas todo el día muy callado y eso no es normal en ti— El joven castaño ensombreció su mirada y la dirigió hacia su plato de comida mientras sentía como un nudo se formaba en su garganta.
— Hoy he escuchado una cosa en la frutería— dijo con un hilo de voz. Su padre alzó una ceja.
— ¿Qué has escuchado hijo?
— ¿Es… es… es cierto que mamá se fue con otro hombre?— Sanosuke apretó los dientes mientras luchaba por que sus lágrimas no salieran. Kamishi suspiró mientras volvía a colocar su bol de arroz sobre la mesa.
— Lo es…— respondió sin más. El joven castaño miró horrorizado a su padre ¿De verdad? Kamishi seguía con la mirada fija en el cuenco de arroz.
— No… — Sano no era capaz de procesar aquella información.
— Supongo que tienes derecho a saberlo— El hombre sacó un cigarro del bolsillo de su pantalón y se lo encendió— Tu madre se fugó con otro hombre.
El castaño revivió aquel recuerdo como si hubiese pasado el día anterior y con rabia golpeó uno de los árboles que se encontró por su camino. Anduvo por las desiertas calles mientras se acercaba a uno de los barrios limítrofes de la pequeña ciudad, muy cerca de donde se encontraba el complejo industrial. El cambio al llegar a aquella zona fue impresionante, había varios edificios abandonados decorados con grafitis que dibujaban símbolos de las distintas bandas que circundaban la zona.
El joven castaño sabía que aquel no era un lugar bonito, ni un sitio en el que alguien normal quisiera estar… pero había descubierto que era el único sitio donde podía saciar la frustración que se había apoderado de su cuerpo. Caminó con las manos en los bolsillos, intimidando a todas las personas con las que se cruzaba. La noche ya había caído y los bares comenzaban a llenarse de gente que se dedicaba a beber sin control, también había una zona llamada "la calle roja" donde los hoteles que alquilaban sus habitaciones por horas poblaban todos y cada uno de los edificios. Al girar una de las calles se encontró con un grupo de jóvenes a los que había pegado una paliza una semana atrás.
— ¡Eh!— dijo uno de ellos cuando divisó al joven castaño— ¡Es él!— Sanosuke sonrió, por fin podría saciarse un poco, sus puños se apretaban dentro de los bolsillos de su pantalón y un escalofrío de adrenalina le recorrió el cuerpo. Se estaba convirtiendo en un adicto a aquello, se sentía poderoso al sentir la piel de aquellos pringados bajo sus nudillos.
Los jóvenes atacaron a Sanosuke sin avisar, y este lo agradeció. Sin mediar palabra se formó una gran pelea entre el grupo de chicos y el joven Sanosuke. Cuatro contra uno era algo claramente desventajoso, pero su ego y su seguridad fue creciendo a medida que iba tumbando uno a uno a sus contrincantes.
Eran una basura.
Sano pateó al último de ellos en la barriga, haciendo que este perdiera la respiración y cayera al suelo con los brazos alrededor de su abdomen.
— ¿Ya está?— preguntó con una sonrisa en su rostro— ¿Ya he terminado con vosotros?— la risa del joven de trece años inundó el callejón.
— Interesante— Una voz profunda se escuchó de uno de los laterales del callejón, en la oscuridad. Sano se puso en guardia de nuevo, nunca había escuchado aquella voz antes y no pudo evitar que un escalofrío pasara por su espalda. Agudizó su vista y la dirigió al fondo de la calle, junto a unos contenedores. Pudo divisar la ascua anaranjada de un cigarro que se acercaba lentamente hacia él.
Un hombre alto, de ancha espalda y de pelo negro que le caía por la mitad de la cara se presentó ante el joven castaño. Llevaba ropa elegante, un traje de chaqueta negro y una camisa blanca con los dos primeros botones desabrochados, su frente estaba decorada por una cinta roja. Se llevó el cigarro a los labios y le dio una profunda calada sin quitar la vista del joven que tenía delante.
— Eres fuerte— dijo. Sano alzó una ceja sin bajar la guardia.
— ¿Quién eres?— preguntó. El chico de cabello negro le dedicó una sonrisa.
— Se nota que llevas poco tiempo viniendo por aquí…— comentó— ¿Cuántos años tienes? ¿13? ¿14?
— No has respondido a mi pregunta— repitió Sanosuke. El joven trajeado alzó las cejas con sorpresa.
— Encima tienes agallas… me gustas— volvió a llevarse el cigarro a la boca— Está bien… responderé a tu pregunta— le dedicó una mirada afilada y misteriosa que hizo que otro escalofrío recorriera la espalda del joven ¿Por qué tenía miedo frente aquel hombre? Nunca lo había tenido— Mi nombre es Souzo y soy el más fuerte…
El castaño reconoció el nombre al instante ¡Claro que había escuchado hablar de hombre más poderoso de la ciudad, el líder de la banda conocida como el ejército de Sekiho! Aunque no era en nada similar a lo que se había imaginado, aquel joven parecía más un trabajador de la banca que un peligroso matón. Sintió como su miedo desaparecía poco a poco… si retaba a aquel sujeto y lo vencía, no habría duda de que podría proclamarse el más fuerte. Todos lo respetarían sin dudarlo, una sonrisa cruzó su rostro y los escalofríos dejaron de recorrerle el cuerpo mientras que volvía a sentir como la adrenalina lo inundaba.
— Por lo que veo… ya sabes quién soy— Souzo tiró el cigarro mientras se acercaba a él— Te he estado observando… pequeño.
— ¿A quién llamas pequeño?— Sanosuke frunció el ceño y miró con odio al hombre que se acercaba hacia él mientras que su determinación se iba afianzando— ¡Mi nombre es Sanosuke Sagara y no soy ningún pequeño!— gritó— Y voy a darte una paliza para quedarme con ese título del que presumes… ¡Yo soy el más fuerte!— Acto seguido el castaño se lanzó hacia él con el puño en alto. Aunque abrió mucho los ojos al observar como terminó golpeando el aire— ¿Qué?
Con una rapidez sobrenatural, el joven ataviado con el traje de chaqueta lo había esquivado sin quitar la sonrisa de su cara. Sin darle tiempo a reaccionar, golpeó al joven Sanosuke en la cara tirándolo al suelo.
— Hace mucho tiempo… se inventaron unas espadas que estaban diseñadas para matar a caballo y a jinete— Souzo metió la mano en el bolsillo interior de su chaqueta y sacó una cajetilla de cigarros, se colocó uno en la boca antes de seguir hablando— Se llamaba Zanbato y era un arma poderosísima que aspiraba a ser la mejor…— encendió su cigarro con calma mientras observaba como el joven comenzaba a moverse en el suelo— Era un arma muy arrogante… ¿Pero sabes cuál fue su final?— no recibió respuesta a su pregunta, sonrió— Nadie fue capaz de empuñarla con éxito y se convirtió en un fracaso… No sé por qué se me ha venido eso a la cabeza cuando te he visto… pequeño.
Sanosuke cerró su puño en el suelo mientras intentaba, en vano, ponerse en pie. Sentía como su cara ardía y su cabeza le daba vueltas sumido en una espesura negra y sin sentido. Escuchaba las palabras de Souzo desde la lejanía.
— No… me llames… pequeño…— al joven castaño le costó mucho pronunciar aquellas palabras.
— ¿Sabes una cosa?— Souzo se agachó y se puso a la altura del chico que seguía en el suelo, luchando por recuperar las fuerzas y ponerse en pie para golpear a aquel sujeto— Me gustan los retos… y creo que yo sí que soy capaz de empuñar una Zanbato…— Sanosuke consiguió abrir los ojos y miró con el entrecejo fruncido a Souzo— Eres arrogante y fuerte… aspiras a acabar con jinete y su caballo. Y eso me gusta.
— Voy a vencerte…— Sanosuke comenzó a incorporarse con dificultad, aunque cuando intentó hacer fuerza con sus brazos para levantar su torso, volvió a caer al suelo.
— Para, pequeño… aún estás contusionado por el golpe— el pelinegro se puso de nuevo en pie y lo miró con una sonrisa.
— He dicho que…
— No te llame pequeño, lo sé— lo cortó con una sonrisa— Pero Sanosuke Sagara es un nombre demasiado… familiar como para que lo uses aquí— miró hacia la calle principal pensativo— ¿Y qué me dices de Zanza? Me recuerdas a la Zanbato… te pega bastante— Sanosuke fue recuperando poco a poco las fuerzas y miró al chico con el ceño fruncido ¿De qué demonios estaba hablando?— ¿Qué me dices Zanza? ¿Quieres unirte a mí o estar en mi contra?— aquella pregunta sorprendió al joven de trece años que lo miró con los ojos muy abiertos.
— ¿Qué?
— Es obvio que en las condiciones en las que te encuentras, jamás serás capaz de vencerme, y mucho menos de proclamarte el más fuerte— soltó una carcajada mientras comenzaba a andar con su cigarro aún en sus labios— Pero si quieres conseguirlo… solo tienes que aprender de mí… Zanza— Sus pasos fueron llevándolo al final del callejón— Si decides seguirme… solo me tienes que buscar por aquí.
Lo último que vio el pequeño Sanosuke fueron las puntas de la cinta roja que adornaba su cabeza antes de perderse por la calle que tenían en frente.
— Una Zanbato…— Megumi comentó aquello pensativa, Sano sonrió— La verdad es que tiene sentido…
— Souzo nunca hacía nada a la ligera— explicó— Era el tío más poderoso que había visto en mi vida, tenía cuatro o cinco años más que yo y sin duda era el matón más fuerte y peligroso de la ciudad— una sonrisa triste se dibujó en su rostro mientras dirigía su mirada a la ventana del comedor de la casa de Megumi— Él se dedicaba a ayudar a la gente… ¡A su manera claro!— soltó una ligera carcajada— El ejército de Sekiho… Si tenías algún inconveniente con alguien y necesitabas un poco de ayuda "extra" tan solo tenías que hablar con Souzo y él y los suyos se encargaban de resolver el problema… Lo admiraba… en aquella época me sentía poderoso al saber que era fuerte, peligroso y que asustaba a la gente… y Souzo me venció de un puñetazo— volvió a reír ante el recuerdo mientras la pelinegra lo escuchaba atentamente— A partir de aquel día no me separé de él, siempre que salía de clase iba a buscarlo, me enseñó a pelear y cuidó de mi espalda alejándome de los tipos que realmente dan miedo de verdad— continuó relatando— Cuando te metes en ese mundo Kitsune… no sabes lo que te puedes llegar a encontrar en él— Megumi apretó la mano del castaño— Yakuzas, narcotraficantes… gente malvada de verdad… fue por aquella época cuando conocí a Jine'i— sonrió irónicamente mientras se miraba la herida del brazo y también se llevó la mano a una cicatriz que recorría su pectoral— me odiaba por ser el protegido de Souzo, por ser mejor que él. Aprendí rápido y poco a poco mejoré tanto que la única persona que seguía siendo capaz de vencerme cuerpo a cuerpo era Souzo…— Megumi sintió una presión en el pecho…
El tiempo pasó y Sanosuke Sagara empezó a ser conocido por el apelativo de Zanza, era el arma perfecta, fuerte y arrogante que Souzo había aprendido a controlar a la perfección. El joven castaño fue mejorando poco a poco hasta convertirse en uno de los matones más peligrosos y respetados de la zona. Desde el primer momento en el que decidió seguir a Souzo una admiración hacia el elegante pandillero nació de lo más profundo del pecho del castaño. Cierto era que eran como la noche y el día, uno era serio, silencioso y elegante mientras que Sano era rudo, escandaloso y vanidoso. Pero esa era la clave del éxito de los dos pandilleros.
Sanosuke sentía como Souzo siempre lo trataba con inferioridad y nunca le contaba las verdaderas intenciones de muchos de sus actos, pero la ciega admiración que el castaño tenía hacia él le hacían no plantearse ningún tipo de pregunta sobre la forma de actuar de la persona que a la que él consideraba como su maestro. Aprendió a luchar y perfeccionó su técnica, Souzo le enseñó a desatar todo su potencial, que era su cuerpo, sus reflejos, su fuerza y su rapidez y aprendió a controlarlos prácticamente a la perfección.
Sano comenzó a vestir la ropa con la que comenzaba a ser identificado, una cinta roja idéntica a la de Souzo y la parte de arriba de un viejo kimono blanco que le quitó a su padre en el que bordó el kanji identificativo del ejército de Sekiho.
Malo.
Los años comenzaron a pasar a la vez que Sanosuke crecía, mejoraba y aprendía junto a su elegante maestro. Se sorprendió de la protección que adquirió cuando Souzo decidió hacerse cargo de él e integrarlo en el ejército de Sekiho. Poca gente de aquel mundo reusaba a acercarse a él por miedo a represalias y los delincuentes que eran peligrosos de verdad nunca llegaron a acercarse al joven Sagara más de lo necesario.
Un día de finales de febrero, en el que Sanosuke se encontraba en el último curso de la escuela media… empezó el final de todo. Recibieron la visita de uno de los Yakuzas de menos nivel, era conocido como Jine'i, un joven de unos veinte años que aspiraba a convertirse en alguien importante dentro del grupo de los Yakuza. Entró con aires de grandeza al local donde Souzo y los suyos solían encontrarse siempre y cruzó su mirada con un castaño joven y alto que se encontraba justo al lado del hombre más poderoso de la ciudad.
— Vaya… tú debes de ser Zanza… es todo un honor conocerte al fin— Jine'i iba acompañado de dos de sus matones, uno de ellos con una espeluznante máscara.
— ¿Sabes que no puedes estar aquí, Yakuza?— Souzo miró al chico de pelo gris con el ceño fruncido mientras llevaba su vaso de cerveza a sus labios— Creo que tu jefe sabe perfectamente que Zanza está conmigo— el castaño miró a su amigo extrañado ¿Qué quería decir con eso?
— No se preocupe Souzo… no queremos problemas contigo ni con el ejército de Sekiho… solo venimos a ofreceros una pequeña colaboración— Dijo mientras juntaba sus manos y dibujaba una horripilante sonrisa en su rostro.
— Ni hablar— La voz de Souzo sonó tajante— No quiero saber nada de los Yakuza… erais escorias antes y seguís siendo escoria ahora— se puso de pie y colocó sus manos sobre la mesa— Dale un mensaje a tu jefe de mi parte— la mirada de Souzo se volvió fría— Quiero que deje en paz lo que es mío ¿Has entendido?— Jine'i miró con una espeluznante sonrisa a Souzo, después dedicó una efímera mirada a Sanosuke.
— Es toda una pena… yo que venía dispuesto a ofreceros una buena cantidad de dinero…— Jine'i comenzó a sacar algo de su pantalón, Sanosuke se puso en guardia al instante.
— ¡Cuidado!— uno de los integrantes del ejército de Sekiho llamado Senkaku se interpuso entre el yakuza y Sano. Su cuerpo era musculoso y su cabeza estaba rapada.
Entonces todo ocurrió muy rápido, una pelea campal se desató en el local. Los que estaban a favor de Souzo sacaron de allí a un Jine'i que tan solo tenía un objetivo fijo, Zanza.
El castaño peleaba contra todos los que se le lanzaban encima, que resultaron ser más cuando salieron al pequeño callejón donde se encontraba el antro que solían visitar asiduamente. Se encontró frente a frente un Jine'i que dibujaba una sonrisa aterradora en su rostro y con agilidad intentó esquivar un navajazo mientras que devolvía puñetazos por doquier.
Souzo apareció de repente para golpear a un Jine'i que cayó al suelo, Sanosuke observó como la navaja había salido disparada hacia otro lugar y miró como su kimono blanco comenzaba a colorearse del rojo de la sangre que salía de un corte que le había hecho en el pecho.
— ¡Iros de aquí!— La voz de Souzo se alzó llamando la atención de todos— Y dile a tu jefe que Zanza está conmigo— su cara reflejaba odio mientras miraba a los Yakuzas— Y que no dejaré que se vaya con vosotros ¡Nunca!
Los hombres que habían llegado para atacarlos empezaron a dispersarse dejando prácticamente desierto el callejón donde se había armado todo el revuelo.
— ¿Qué?— fue lo único que salió de la boca de un Sanosuke que había llevado su mano a su pecho para intentar cortar la hemorragia. Souzo miró a su aprendiz con una sonrisa triste en su cara, se quitó la chaqueta de su traje y se la lanzó.
— Presiona la herida con eso— dijo mientras se metía un cigarro en la boca— No es muy profunda, te recuperarás.
— ¿Qué es eso de que me quieren?— Preguntó Sanosuke con una expresión interrogante en su rostro a la vez que sentía el escozor de la reciente herida— ¿A qué se refería ese yakuza?— Souzo miró hacia otro lado mientras le daba una larga calada a su cigarro.
— Te quieren… desde hace tiempo— lo miró serio— pero compréndeme cuando me niego a que un chaval de 15 años se llene de mierda hasta las orejas por seguir al hijo de puta de Raijuta Isurugi— Soltó esas palabras con asco mientras comenzaba a caminar.
— ¿Raijuta Isurugi me quiere?— Preguntó incrédulo el castaño mientras comenzaba a seguir a Souzo— ¿Desde cuándo? ¿Por qué no me lo has dicho?— Millones de preguntas comenzaron a llenar la mente del castaño que no comprendía absolutamente nada.
— ¿Para qué quieres que te lo diga?— preguntó mientras le daba la espalda. Sano pudo observar como el humo de su cigarro lo envolvía— ¿Acaso quieres formar parte de los Yakuzas?— Souzo se giró para dedicarle una extraña mirada, Sano se la devolvió con sorpresa.
— Yo… ¡No! ¡Yo solo te debo lealtad a ti y al ejército de Sekiho! ¡Jamás pensaría en formar parte de los Yakuza!— Sanosuke miró al pelinegro que había dirigido su vista al suelo. Se encontraban frente a su coche.
— Monta anda…— dijo mientras abría la puerta— Voy a llevarte a que te miren esa herida— Zanza obedeció sin rechistar.
Observó cómo Souzo se montaba en el asiento del piloto y comenzaba a conducir en silencio por las solitarias calles. A aquellas horas de la noche no había ni un alma.
— Sanosuke…— el castaño miró sorprendido a su mentor. Nunca lo llamaba por su verdadero nombre— ¿Puedes prometerme una cosa?— el pelinegro miraba hacia la carretera.
— Si…— las palabras salieron susurradas de la boca del castaño.
— Si alguna vez yo no estuviese… me gustaría que dejaras esto— aquella confesión hizo que Sano lo mirara con sorpresa.
— ¿Qué?
— Justo lo que has oído Sanosuke— suspiró— Estudia, entra en la preparatoria con tus amigas y aléjate de toda esta mierda… puede que yo ya no pueda protegerte durante mucho más tiempo— apretó las manos en el volante.
— ¿Por qué me dices esto Souzo?— Sano sintió cómo cada célula de su cuerpo entraba en ebullición.
— ¡Por qué no te mereces una vida así!— gritó, aquello sorprendió al joven castaño— Y voy a hacer todo lo que esté en mi mano para que sea así— A partir de aquel momento el silencio inundó el automóvil mientras se dirigían hacia el hospital para curar la herida que decoraba el pecho del joven Sagara.
Aquella noche se convirtió en un punto de inflexión para Sanosuke y todo cambiaría a partir de ese momento.
— Los Yakuza empezaron a interesarse por mí…— Sano se apoyó en el respaldo del sofá blanco mientras cerraba los ojos, aquellos recuerdos eran tan nítidos que parecía que habían sucedido el día anterior— Cuando estaba con Souzo no llegué a aceptar ninguna de sus peticiones— suspiró y abrió de nuevos sus ojos castaños para mirar a la pelinegra que escuchaba atentamente— lo que no sabía era que el interés que tenían por mí era tan grande que estaban dispuestos a cualquier cosa tal de que me uniera a ellos… y Souzo era un gran obstáculo— A Sanosuke comenzaron a escocerle los ojos— Fue el día en el que entré en la preparatoria Hiko…
Zanza se colocó la parte de arriba de su kimono blanco con el kanji malo a la espalda sobre su flamante uniforme de la preparatoria Hiko. Al final, aunque había sido por los pelos, había conseguido entrar en el instituto gracias a la ayuda y a la insistencia de Kaoru y de la Comadreja.
Cambiar a Hiko hizo que ya no fuese necesario tomar el tren para ir al distrito donde se encontraba su antiguo centro de secundaria media y la zona que solía frecuentar Souzo, por lo que ahora tomaba el tren con la única intención de ir a ver a su viejo amigo.
— Vaya, me gusta tu nuevo uniforme— Dijo Souzo con una sonrisa cuando vio entrar a Sanosuke al local— Pero la corbata no la veo muy necesaria, te aprisiona el cuello y te corta la respiración— Se puso en pie mientras se acercaba a su pupilo lentamente. Sorprendió al castaño con un movimiento rápido y tiró de su corbata— A parte en una pelea es lo peor que puedes vestir— soltó el agarre, le dio una fuerte palmada en la espalda y le dedicó una sonrisa.
— Yo me veo demasiado formal— dijo el castaño mientras aflojaba el nudo de su corbata y se la quitaba.
— Y tu kimono pierde ese toque malo si lo vistes sobre un uniforme tan elegante como ese— Souzo se encendió un cigarro mientras miraba con una sonrisa al castaño— Estoy orgulloso de ti, Zanza— aquellas palabras sorprendieron a Sanosuke.
— ¿Por qué?— preguntó incrédulo.
— Yo quería ir a esa misma preparatoria— confesó— pero por circunstancias de la vida me fue imposible continuar estudiando— dijo mientras una sonrisa surcaba su rostro— Me alegro de que tú puedas disfrutar de esa oportunidad.
— Pareces mi padre— Sano se sentó en una de las mesas cansado mientras apoyaba sus brazos sobre el respaldo de la silla.
— ¿Hay alguna chica guapa en tu clase?— Souzo se sentó justo enfrente de él sin quitarse el cigarro de la boca— Dicen que las jóvenes señoritas de la preparatoria son tan bellas como las flores del cerezo en esta época del año.
— No me he fijado en eso— el castaño desvió la mirada cansado. La verdad es que aquella tarde Souzo estaba más animado de lo normal…
— Pues entonces vas a hacer que me piense cosas raras Zanza… ¿De verdad no te has fijado aún en ninguna chica? Las mujeres son…— cerró los ojos mientras imitaba saborear algo muy bueno.
— Bueno, ya está bien… he entrado en la preparatoria ¿Contento?— cruzó los brazos— Pero quiero que sepas que no voy a dejar de venir aquí y tampoco dejaré el ejército de Sekiho— Souzo le dedicó una enigmática mirada.
— Nunca cambiarás Zanza— dijo con una sonrisa a la vez que expulsaba el humo de su cigarro— Pues la verdad es que ahora resulta que tengo un pequeño trabajillo para ti.
— ¡Dime!— Sano miró con ilusión al joven cuya cabeza estaba decorada por una cinta roja.
— El viejo de la tienda de comestibles que vive cerca de la estación…— el rostro de Souzo se volvió serio— Al parecer alguien le ha estado robando y haciendo la vida imposible desde hace unas semanas… yo le tengo mucho cariño a ese viejo tendero… me gustaría que fueses a echar un vistazo— Sano apoyó su mano en su frente.
— ¿De verdad me vas a mandar hacer un trabajo tan sencillo?— preguntó aburrido.
— Zanza— el pelinegro lo miró a los ojos— Eres una de las personas en las que más confío y ese viejo zorro me ha vendido caramelos desde que tengo uso de razón. Precisamente te mando a ti porque eres mi hombre de confianza— su rostro dibujo una sonrisa.
— Si tan importante es para ti ¿Por qué no vas tú?— Sin duda el castaño era rebelde.
— Yo tengo algo importante que hacer— dijo sin más mientras apagaba su cigarro en el cenicero de cristal que se encontraba sobre la mesa— ¿Puedo confiar en ti Zanza?— Sano sonrió.
— Por supuesto.
—Aquella fue la última vez que lo vi…— dijo mientras suspiraba.
— ¿Qué le ocurrió?— una sonrisa triste se dibujó en el rostro de Sano antes de continuar.
Zanza llegó a la tienda de comestibles del viejo hombre cuando la noche ya había caído, seguía vistiendo su kimono blanco mientras metía sus manos en los bolsillos de sus pantalones grises. Caminó sin prisa mientras observaba como la gente lo miraba con recelo. En aquella zona pocas eran las personas que no lo reconocía.
Entró en la tienda de comestibles sin llamar y se encontró con un anciano sentado tras el mostrador que le dedicó una amable sonrisa.
— Buenas noches joven ¿En qué puedo ayudarle?— preguntó, su cara estaba muy arrugada y casi no abría los ojos, sus cejas eran espesas y largas y una blanca perilla decoraba su rostro.
— Me manda Souzo— aquellas eran las palabras que siempre tenía que decir cada vez que iba a hacer algún "trabajo".
— ¡Oh! ¿Sou-chan?— el viejo miró al techo con añoranza mientras que soltaba una pequeña carcajada— ¿Qué tal está ese pequeño bribón? Hace siglos que no lo veo… me resulta nostálgico acordarme de él— Zanza alzó una ceja ante el comentario del viejo ¿Qué ocurría allí?
— Perdona… ¿No habías hablado con Souzo porque tenías problemas con unos tipos?
— ¿Qué? No, no, hace años que no veo a Sou-chan— Un mal presentimiento recorrió la espalda del joven castaño.
— Lo siento, tengo que irme— dijo antes de salir corriendo de la tienda para dirigirse de nuevo al local que solían frecuentar.
¿Por qué Souzo lo había mandado tan lejos de donde solían encontrarse? ¿Qué pretendía? Recordó la extraña actitud que le había notado aquella tarde. Apretó la marcha deseando que no fuese demasiado tarde.
Cuando llegó al bar en el que Souzo solía pasar las tardes se lo encontró cerrado a cal y canto. Sanosuke intentó mirar por la ventana esperando encontrar algo, pero nada. Parecía como si no hubiese habido gente allí en semanas.
— ¡Mierda!— exclamó a la vez que le daba una patada a un contenedor de basura que se encontraba en el pequeño callejón— ¡Mierda!— repitió con impotencia ¿Dónde demonios se había metido?
Miró de un lado a otro intentando entender que ocurría allí, la noche ya había caído y se encontraba solo en el callejón. La rabia comenzó a subir por su cuerpo y decidió presentarse él mismo ante el problema.
Puso rumbo hacia un edificio abandonado que se encontraba dentro del distrito industrial; dos hombres custodiaban una puerta y lo dejaron pasar cuando identificaron al joven castaño.
— Zanza, el jefe te está esperando— el castaño no respondió y continuó la marcha entrando al destartalado edificio. Era una nave industrial gigantesca con techos tan altos como un edificio de cuatro plantas, el lugar estaba totalmente abandonado. Notó como uno de los guardas de la puerta lo escoltó hasta unas escaleras que daban a un rellano que parecía salido de otro sitio. Abrió una puerta corredera y un enorme salón de tatami le dio la bienvenida. Distintas decoraciones de estilo Meiji ornamentaban el lugar. Al fondo, sentado en el suelo con las piernas cruzadas, se encontraba un enorme hombre vestido con yukata. Sano no pudo evitar tragar saliva.
Raijuta Isurugi, el jefe de los Yakuza de la ciudad lo miró con una sonrisa espeluznante.
— Vaya… Zanza me alegra verte aquí y por tu propio pie…— dijo sin quitarle la mirada de encima al joven castaño.
— Donde está Souzo— Dijo Sanosuke serio. Raijuta alzó un poco las cejas ante la pregunta.
— ¿Souzo? No tengo ni idea de donde se ha metido ese infeliz ¿Piensas que yo lo sé?— aquella respuesta dejó helado a un Sanosuke que comenzó a sentir pavor ante la impasividad con la que había dicho aquella frase.
— Yo…
— Pero ya que estás aquí… me gustaría hablar contigo Zanza— el hombre se puso de pie mientras se encendía un cigarro y se paseaba por la enorme sala. El castaño lo siguió con la mirada— Llevo bastante tiempo detrás de ti, pero el perro guardián de Souzo me estaba poniendo las cosas muy complicadas… y me alegro de que hayas decidido venir por ti mismo— Una horripilante sonrisa se dibujó en su rostro.
— Solo he venido a saber su paradero— repitió el joven.
— Y yo ya te he dicho que no lo sé— Raijuta se llevó el cigarro a la boca y aspiró— El trabajo es sencillo, hay un tipo que me debe demasiado dinero— comenzó a explicar— cuatro millones de yens, para ser exactos— Sano tragó saliva ante la suma de dinero— Si haces este trabajo para mi… te podrás quedar con la mitad.
— No me interesa— Sano no dejó terminar al enorme hombre que lo miraba con el ceño ligeramente fruncido.
— Bueno… mi oferta seguirá en pie durante un tiempo— se dio la vuelta y miró un pergamino que decoraba la estancia— Si cambias de idea tan solo tienes que venir a verme— Le dedicó una mirada con sus ojerosos ojos negros coronados por unas espesas cejas y Sanosuke se dio la vuelta para salir de allí sin bacilar— Las noches de primavera… ¿No crees que son buenas para pegarse un chapuzón?
Sanosuke se giró para mirar extrañado al jefe de los Yakuzas que tenía una expresión de diversión en la cara, sintió una arcada. Uno de los escoltas lo siguió hasta la salida y cuando Sano salió tomó aire. Estar en la misma sala con aquel hombre le había revuelto el estómago.
— Zanza…— el castaño alzó la mirada y se encontró con el cuerpo musculado de su compañero del ejército de Sekiho.
— ¡Senkaku!— Sano se acercó hasta él aliviado por ver una cara amiga— ¡Souzo! ¿Lo has visto? Esta tarde estaba muy raro, el cuartel estaba cerrado a cal y canto ¿Sabes dónde está?— Zanza se fijó que en el rostro de Senkaku se dibujaba una sonrisa siniestra, frunció el ceño sin entender.
— ¿Vas a aceptar el trabajo?— preguntó.
— ¿Qué…?
— ¿Acaso estás sordo Zanza? Los dos millones de yenes— dijo— ¿Lo vas a aceptar?— Sano miró sorprendido al hombre que había considerado como compañero durante muchos años, dio un paso atrás.
— ¿Qué demonios…?— Senkaku dibujó una horripilante sonrisa en su rostro.
— Era inevitable, el ejército de Sekiho estaba condenado a desaparecer— el calvo soltó una carcajada— No podemos seguir una causa perdida… tenemos que aceptar que los Yakuza tienen más poder…
— Tú…— Sano intentaba entender— Nos has… ¿Traicionado?— El musculoso hombre soltó una carcajada.
— Vaya Zanza… por lo que veo tú tampoco eres tan listo como aparentas…— volvió a dibujar una espantosa sonrisa— El inútil de Souzo ha caído en la trampa… pensaba que era más inteligente… pero ha demostrado que no— rio— ¿No te ha hablado Raijuta del puente que cruza el río?— Sano miró horrorizado a Senkaku, sintió como un escalofrío volvía a recorrer su espalda y poco a poco, comenzó a correr para alejarse de allí lo máximo posible.
¿Qué estaba haciendo? ¿Qué estaba pasando? Siguió corriendo hasta llegar a la ribera del río y colocó sus manos en las rodillas mientras retomaba el aliento. ¿De verdad lo habían traicionado? Aquello era mucho más serio que las estúpidas peleas callejeras, más serio que Jine'i… aquello era…
Dejó de pensar cuando escuchó el sonido de una sirena, alzó la vista y observó cómo al otro lado del río se encontraban dos ambulancias y un coche de policía.
— ¿Qué?— se preguntó susurrando, corrió hacia el puente y lo cruzó. Observó cómo en la orilla del río había un cadáver tapado con una manta térmica. Sintió como se le retorcían las tripas a la vez que se acercaba más hacia donde se encontraba el cordón policial.
— Perdonad— dijo mientras intentaba acercarse— ¿Qué ha pasado?— preguntó a un enfermero que estaba cerca del cordón, sentía como su estómago se estaba comprimiendo más y más mientras que el mal presentimiento le aprisionaba el pecho.
— Un hombre… se ha ahogado— dijo mientras sacaba una camilla de la ambulancia. Sano se quedó estático mientras que miraba como otros dos enfermeros movían el cuerpo de sitio, el viento levantó un poco la manta térmica.
Sanosuke sintió como el nudo que le comprimía el estómago terminaba de apretarse y su pecho explotaba al poder distinguir perfectamente una cabellera negra decorada con una cinta roja…
— La policía dijo que fue un suicidio…— La cara de Megumi dibujó una expresión de sorpresa— Pero yo sé que fueron ellos porque, a pesar de la negativa que le di a Raijuta, después de eso vinieron a por mí…— Megumi miraba a Sanosuke con interés mientras continuaba apretando su mano entre la suya— Yo había mejorado tanto y sentía tanta rabia que empecé a ir por libre… Al desaparecer Souzo me convertí en el más fuerte, así que la gente reusaba a acercase a mí… Me volví un lobo solitario, pues el ejército de Sekiho sin Souzo… fue absorbido por los Yakuzas— Giró su cuello hacia su hombro para mirar el tatuaje— Me lo hice justo después su muerte… el símbolo del ejército de Sekiho... Más que para demostrarle a los demás que no debían de meterse conmigo… lo hice en honor a él… para recordarlo— Suspiró— Los yakuza no me dejaron en paz hasta que acepté el maldito trabajo… le di una paliza a aquel tío… no identificaron al agresor, por lo que me libré de la cárcel. Después de aquello me sentí tan sucio que simplemente desaparecí de las calles… No cobré el dinero que me prometieron, ni volví al viejo y abandonado edificio donde se encontraba su cuartel general. Decidí que la mejor manera de guardar la memoria de Souzo era cumplir su última voluntad. No volví a acercarme más a ese mundo y tomé la decisión de dejar de pelear… aunque seguía teniendo el título del más fuerte— Sano bajó su mirada— No sé si habrás oído alguna vez las habladurías que corrían por el instituto sobre mí… que si vencí al pandillero más fuerte con doce años… que si me dedicaba a ser un matón a sueldo… todas son mentira— suspiró— Tan solo era un niño cegado por la admiración y lleno de rabia; al final, muchos me retaban como prueba de valor o algo así… o simplemente por diversión. Y… bueno… creo que ya viste de lo que era capaz Jine'i cuando vino a buscarme al instituto el año pasado… hasta que al fin ha conseguido arrebatarme el título— se miró la mano y cerró su puño— Supongo que ya soy libre… por fin— dejó de hablar al sentir la suave mano de Megumi en su rostro, sus ojos estaban decorados por lágrimas.
— Sanosuke…— susurró mientras continuaba acariciándole la mejilla dulcemente por encima del apósito— Tú no eres uno de ellos… nunca has sido uno de ellos— Dijo en un suspiro, el castaño atrapó su mano con la suya.
— Lo sé… siempre lo he sabido y Souzo también lo sabía… por eso siempre me protegió.
— ¿Qué fue de Raijuta?— preguntó interesada, Sano se rascó la cabeza antes de contestar.
— Lo último que sé es que la policía consiguió detenerlo… por eso Jine'i se había convertido en el nuevo jefe de todo— respondió mientras suspiraba— Y ahora también está detenido…— Sanosuke se quedó en silencio por un momento— ¿Recuerdas cuando uno de los primeros días en los que formaba parte del Consejo Estudiantil dije que no creía en el compañerismo?
— Senkaku…— Megumi lo miró consternada. Una sonrisa triste se dibujó en el rostro de Sanosuke.
— Su traición nos hizo mucho daño… por su culpa Souzo murió…— Una solitaria lágrima cayó por su rostro— Espero que me perdones por lo que os dije aquella tarde… pero… no había tenido una buena experiencia con mis compañeros, hasta que os conocí a vosotros…— Los ojos castaños se clavaron en los de Megumi.
— Yo… no sé qué decir… siento haberme estado metiendo contigo durante los primeros meses que te conocí… no sabía que peleabas por…— dejó de hablar cuando sintió los labios de Sanosuke sobre los suyos.
— No te he contado esto para que me digas nada— susurró a la vez que dibujaba una sonrisa en su rostro— solamente es para que me conozcas un poco mejor…— Megumi llevó ambas manos a la cara del castaño y volvió a besarlo, esta vez tan intensamente que no pudo evitar que se le escapara un leve gemido cuando sintió como la lengua del chico rozaba con la suya. Era embriagador, pensó la joven, lleno de fuerza y de pasión, el castaño era un chico atrayente. Sintió como este la sujetaba de la cintura con su brazo bueno y la colocaba con cuidado sobre su regazo. Sin duda alguna, aquel beso no era nada parecido a los que habían compartido hasta el momento. Aunque Sano tenía su brazo derecho herido y no podía moverlo, se las apañó bien para que su mano buena se paseara por la cintura y cadera de la joven, dejó de besar su boca y bajó hasta su cuello para besarla por encima de la camisa de su uniforme de verano, se excitó al escuchar los leves suspiros que salían de la boca de la presidenta y la mente se le nubló. Alzó su cuello y volvió a besar su boca con hambre mientras que su mano comenzó a pasearse por la pierna de la chica, montones de sensaciones se juntaron en su abdomen al sentir la suavidad de su muslo y esta vez fue él el que no pudo evitar soltar un leve gemido. Sintió como las delicadas manos de Megumi comenzaron a pasearse por su torso. Se separaron para mirarse con las respiraciones entrecortadas, los ojos de Megumi eran distintos y su mirada marrón era más oscura— Yo… te necesito— Confesó con voz ronca el castaño— Desde la primera vez que te vi…— iban a volver a besarse cuando el timbre de la casa los devolvió a la realidad.
— ¿Megumi-san?— La voz de Misao se escuchó desde la puerta de entrada. Ambos se separaron al instante dándose cuenta de la situación en la que se encontraban. Megumi, de un brinco, se quitó de encima de un Sanosuke que estaba en shock y torpemente se colocó bien la falda del uniforme mientras le tiraba la camiseta al castaño. Esta le dio en toda la cara.
— ¡Póntela!— Susurró mientras se dirigía a la entrada.
— ¿Cómo?— preguntó mientras se miraba el brazo vendado flexionado sobre su torso, la joven resopló y con rapidez le ayudó a colocársela y a ponerse el cabestrillo de nuevo.
Con Sanosuke decentemente vestido, ella se dirigió al recibidor de su casa, se miró en el espejo arreglándose el pelo y su uniforme, se esforzó por disimular el tono rojizo de sus mejillas y el latir de su corazón. Tomó aire antes de abrir la puerta.
— ¡Sorpresa!
En la entrada de su casa se encontró con una animada Misao acompañada de la panda de Sanosuke, Soujiro, Kaoru y Kenshin, portaban bolsas llenas de comida que habían comprado en el super que había al lado de la estación.
Megumi los miró sorprendida aún con el pomo de la puerta entre sus dedos y con su rostro sonrojado.
— ¡Venimos a ver cómo se encuentra el cabeza de pollo!— Misao habló con una enorme sonrisa en el rostro.
— No ha sido difícil adivinar su paradero— Soujiro habló con media sonrisa— Perdona que no me haya quedado esta tarde en el Consejo Kaichou, pero que hayas salido tan rápido del instituto ha terminado de confirmar nuestras sospechas…
— Tampoco ha sido muy difícil conseguir tu dirección— Aquella vez habló Kenshin con una amable sonrisa en el rostro.
— La Señorita Okon nos la ha proporcionado amablemente al saber nuestra preocupación por Sano— Misao guiño un ojo a la presidenta que continuaba en shock y con el rostro coloreado de rojo— Parecía muy contenta cuando le hemos confirmado que estáis juntos— El rostro de Megumi ardía.
— Pe… pero…— la presidenta se vio acorralada.
— ¿Qué demonios hacéis todos aquí?— Tras la pelinegra, apareció un maltrecho Sanosuke con media sonrisa en su rostro decorado por apósitos.
— ¡Lo sabía!— gritó Hyoutoko al verlo aparecer.
— Vaya jefe… ¡Estabas aquí!— dijo Beshimi mientras se internaba en la casa y miraba al castaño con una enorme sonrisa en su rostro. Al verlo en tan buen estado, las lágrimas decoraron sus ojos— ¡No sabes lo preocupados que hemos estado por ti!— el joven abrazó a Sano.
— ¿No te has enterado de la revuelta que ha habido?— Preguntó Han'nya— Al parecer los han detenido a todos.
— Senkaku incluido— informó Shikijou— No creo que tarden mucho en ponerse en contacto contigo… tendrás que declarar…
— ¡No te preocupes jefe! ¡Nosotros hablaremos a tu favor!— Sano sonrió a sus amigos.
— No os preocupéis… cuando me recupere pensaré mejor en lo que voy a hacer con eso… de momento olvidadlo ¿Vale?— Megumi le dedicó una significativa mirada a Sano.
— Bueno ¡Venimos a verte y eso es lo importante!— Misao, con una enorme sonrisa, alzó su mano en la que llevaba una bolsa de plástico repleta de dulces. Sano sonrió a su amiga.
— Vaya Comadreja… cuanta energía— dijo mientras ampliaba su sonrisa. Misao miró a su amigo, sintió una ola de alivio al verlo bien, no pudo evitar que unas lágrimas lucharan por salir de sus ojos.
— ¡Vamos! Sano, espero que tengas hambre— Soujiro se había dado cuenta de la expresión de Misao y con una sonrisa amable la invitó a adentrarse en la casa de Megumi, Misao le sonrió y se adentró.
— Adelante, voy a preparar un té— Megumi, sin poder evitar dibujar una sonrisa en su rostro observó como todos sus amigos se internaban en su casa.
Una calidez inundó su pecho a pesar de su vergüenza, nunca había reunido a tanta gente en su casa y se sintió reconfortada. Escuchó a sus amigos hablar animadamente alrededor de un Sano que sonreía levemente sonrojado.
No le preguntaron por su fuga, ni por la pelea.
Megumi sacó los melonpan que había comprado y los cuales habían olvidado por completo en su cocina. Se alegró de ver a Sanosuke animado y agradeció internamente a todas las personas que lo rodeaban con sonrisas en sus rostros, charlando despreocupadamente en su salón aquella tarde de junio.
N.A.
Aquí estoy de nuevo como cada lunes.
Como habréis podido leer, este capítulo ha desvelado por completo el pasado de Sanosuke y por qué era conocido como Zanza… En este punto de la historia me gusta volver a los primeros capítulos del fic, donde aparece ese Sanosuke desconfiado y solitario, ahora sabéis que fue porque perdió a un amigo… espero de verdad que haya conseguido transmitiros esa sensación.
Os adelanto que el capítulo de la próxima semana es uno de mis favoritos, así que os invito a disfrutarlo de la misma forma que lo hice yo escribiéndolo. Como cada semana, gracias por vuestros comentarios, incluidos los que me comentáis desde cuentas de invitado, no os puedo responder por MP pero de igual manera quiero trasmitiros mi agradecimiento, gracias también por leer y, como siempre, por estar ahí acompañándome ya seis meses.
Por último, me gustaría expresar mi consternación y mi repudia hacia los atentados que sufrimos los pasados días en Barcelona y Cambrils. Esta vez le ha tocado a mi país, pero han vuelto a atacar a todos los que defendemos la libertad y la democracia. Su odio no nos amedrenta, siempre vencerán nuestros valores de respeto, paz, tolerancia y convivencia.
Unidos en la diversidad.
#TotsSomCatalunya #NoTincPor
Nos leemos pronto
hp-931
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