Capítulo 26: Un pasado oscuro I

Margot McCallister

Los brillantes ojos verdes de Minerva McGonagall, jamás le habían causado tanta impresión como en aquel momento en el que se encontraban frente a frente. La mujer apenas y había puesto un pie fuera de la chimenea y tras saludar calurosamente a los presentes, no demoró en notar un par de rostros totalmente nuevos.

El rostro de Francine y el suyo, por supuesto.

- Mi nombre es Francine Conway, encantada de conocerla profesora McGonagall. Fui la última en tener algún tipo de contacto con el señor Snape, antes de que desapareciera sin dejar rastro…

- Era el profesor de pociones de la escuela que dirijo actualmente. Hogwarts. – la mujer dio una profunda inspiración y su semblante mostró una expresión de tristeza, contraria al cálido humor de las fiestas. – Así como Potter, me gustaría intercambiar un par de palabras con él. Verlo nuevamente, aunque fuese una vez nada más. – Minerva hizo una breve pausa y bajó su mirada hasta contemplar el suelo de madera bajo sus pies, como si tuviese un interesante patrón jamás visto. – Creo que fui realmente dura con él y lo acusé de ser un cobarde, cuando en verdad había contribuido mucho más que alguno de nosotros, para que la guerra terminara. Todo este tiempo he sentido mucha culpa por aquello que debí y no debí decir, y ahora que esta oportunidad se presenta para enmendar las cosas…

- Lo entiendo perfectamente profesora y en verdad quisiera ayudarla, pero simplemente se marchó una mañana y ni siquiera dejó un rastro que pudiera seguir. Solamente espero que esté donde esté, se encuentre sano y salvo. A mí también me gustaría volver a verlo alguna vez. Retomar una vieja amistad o al menos creo que el principio de una…

- Oh bueno… - respondió Minerva con una sonrisa un poco maternal, secándose un par de pequeñas lágrimas de sus ojos, con los nudillos de una de sus manos. - ¡Creo que a usted no me lo han presentado tampoco!

Estaba tan absorto en la conversación entre ambas mujeres, tanto como el resto de los invitados, que en cuanto Minerva McGonagall se dirigió a él, demoró un par de segundos en darse cuenta. Un brazo de George le rodeó por los hombros y se sintió fundido en un apretado abrazo.

- Profesora McGonagall, mi amigo acá presente se llama Conrad Willis y es el mejor trabajador que pueda usted imaginarse. La tienda funciona de las mil maravillas, con él como mi vendedor. Además, Fred lo adora, es su mejor amigo y lo sigue a todas partes. ¡Es casi como magia!

La mujer se cruzó de brazos y los presentes rieron, recordando una muy común reacción por parte de Molly Weasley, cada vez que le hablaban de la tienda Sortilegios Weasley. Con uno de sus dedos empujó sus gafas hasta que estuvieran en adecuada posición, ya que habían resbalado hasta su nariz. Compuso una severa expresión, aun estrechando una de las manos de Conrad y sin quitarle la vista a George Weasley.

- Esa tienda tuya ha causado más problemas que soluciones. Casi siempre encuentro a algún niño en la enfermería, que haya consumido uno de tus famosos salta clases o que no haya seguido las instrucciones del producto en cuestión y se provocara un accidente a sí mismo.

- Pero tiene que admitir que celebró nuestra gran retirada, dándole una lección de respeto a Dolores Umbridge. Además, también tiene que admitir que hemos construido un exitoso emporio ¡y desde muy jóvenes!

- De acuerdo, de acuerdo…

- Además de tener un precioso hijo y una hermosa esposa. ¡Esos deberían ser tus mayores orgullos, no la tienda! – respondió la Sra. Weasley, mientras Angelina se encogía de hombros.

- No se preocupe, señora Weasley. Una vez que decidí casarme con George, también decidí hacerlo con la tienda. Creo que hasta ya me acostumbré a compartir a mi marido con ella. Y con Conrad.

Mientras George reía, tanto como el resto de la familia, Conrad permanecía retraído y a pesar de que su jefe continuaba palmeando su espalda con mucho ánimo. No se sentía cómodo con tantas miradas posadas sobre él y continuaba apretando la mano que tenía sobre el pequeño frasco de poción, en uno de los bolsillos de su abrigo de invierno.

- Conrad tiene una extraña afinidad con las mujeres. Especialmente si se trata de chocar con ellas por accidente. – continuó Hermione, riendo.

- ¡Sí! ¡Chocó con una enorme caja de madera y casi mató a Hermione! ¡Pudo terminar en Azkaban, por golpear a la ministra de magia! – intervino Fred, uniéndose a la conversación entre adultos. – Pero Hermione no lo enviaría preso, ahora que sabe que está enfermo y que podría morir.

- Y no pensaba hacerlo antes, pues tampoco me golpeó tan fuerte. No seas exagerado que simplemente fue una pequeña cortada en la frente. – respondió ella mientras se inclinaba para alzarlo entre sus brazos.

- Además, ya te dije que no voy a morir. Simplemente es una pequeña limitación. – tuvo que insistir y volvió a sentirse incómodo, pero esta vez cuando los presentes guardaron silencio y sus miradas todavía totalmente fijas en él.

El niño no parecía convencido, pero agradeció que la conversación se dispersara y al momento en el que la señora Weasley anunció un brindis por el bienestar de la familia y de los amigos. Pudo entonces, alejarse lo suficiente y ocupar una de las sillas de madera, extra, que la Sra. Weasley había hecho aparecer para el resto de los invitados.

- Salud, señor Conrad. – Hermione fue la primera en chocar su copa suavemente, a pesar de sus exhaustivos intentos por esconderse y sentándose en el sofá más cercano a su silla. El champán lucía frío y tentador, pero sus labios temblaban demasiado como para intentar llevarse la copa a la boca y que la ministra de magia lo notara. - ¿Se siente bien? Lo lamento si no está acostumbrado a este tipo de reuniones. – Hermione hizo una pausa por un momento, en tanto que no supo si su sonroje se debía a lo que estaba a punto de decir o si se debía a la bebida. - ¡Pero qué tonta soy, si continúo disculpándome por la misma cosa!

- Descuide, señorita Granger. Sepa que si quisiera irme, ya lo habría hecho. – sonrió suavemente, al darse cuenta de que la joven mujer se había sonrojado aún más con sus palabras. – Lo que me recuerda que tengo un pequeño regalo para usted.

- ¿Regalo, señor Conrad? – preguntó sorprendida, mientras el hombre asentía colocando su copa sobre la mesa frente a ellos. Para el momento en el que se dispuso a introducir una de sus manos en el bolsillo contrario de su túnica, el cual no contenía la pequeña botella con la poción, la ministra de magia frunció el ceño ligeramente. Se veía holgado y vacío, así que no sospechaba que hubiese allí un paquete.

- Espero que le guste, aunque preferiría que lo abriéramos en privado.

- ¿En privado, señor Conrad? – preguntó la joven, un poco escéptica y lo que provocó una sonrisa suave en su contraparte.

- Pues sí. – le aseguró, inclinándose de tal modo que sólo ella pudiera escuchar lo que tenía que decir. - No quisiera que su novio pensara lo peor de mí. ¿Hay algún lugar en esta casa, en el que podamos estar a solas por un momento? Preferiblemente con un espejo.

Hermione se mordió el labio inferior a modo reflexivo y mientras encontraba la respuesta a su pregunta, Conrad comenzó a preguntarse a su vez, por qué entraba en semejantes dilemas.

Definitivamente que su vida había dado un giro de 360 grados, desde que había decidido trabajar en Sortilegios Weasley.

La joven finalmente asintió y tras mirar a su alrededor, para asegurarse de que nadie les observaba y pudiera seguirlos, guio al hombre a través de las extrañas escaleras de caracol y hacia los pisos superiores.

Empujó la puerta de la habitación que siempre había compartido con Ginny y desde que había sido una niña, deteniéndose junto a un enorme espejo redondo y viejo, sobre una cómoda de madera negra y tan vieja como su par de vidrio.

- Perfecto… - dijo el hombre en voz baja, dándole un suave toque con su varita a un paquete en miniatura que muy pronto tuvo el tamaño adecuado para ser un regalo. Estaba envuelto con un brillante papel azul y lo adornaba un lazo blanco. De inmediato se dio cuenta de que la ministra de magia se sintió un poco incómoda con el presente, así que decidió adelantarse.

- No se preocupe si no pensó en regalarme algo. Simplemente lo hago por cortesía, por haberme invitado a pasar las festividades con usted y su familia. El señor George dijo que nunca debía llegar con las manos vacías y creo que he sido un necio y he tomado sus palabras muy en serio.

- ¡No tenía que hacerlo, señor Conrad! La invitación la he hecho con el mayor de los gustos posibles y no debía sentir que me tenía que igualar la acción.

- Aun así me gustaría que lo viera. – insistió, colocando el paquete rectangular entre sus manos y llevándose ambos brazos tras su espalda, expectante.

La joven ministra, mordiéndose el labio inferior, comenzó a desenvolver el vistoso papel de regalo y destapar la caja. Soltó un gemido de sorpresa, llevándose una de las manos hasta cubrirse la boca y reprimir lo que sin duda iba a ser otro gemido ante lo que sus ojos veían.

- ¡Señor Conrad… es precioso! – dijo, tras alzar la mirada y observar su sonrisa a medio lado.

- Imaginé que le gustaría. Perteneció a mi madre y mientras mi elfo y yo, hacíamos una pequeña limpieza de invierno, lo encontramos. Está en buenas condiciones y no creo que exista otra mujer a la que considere más digna para llevarlo puesto… que usted.

- ¡En verdad me halaga, pero era de su madre! Considero que debería conservarlo. O tal vez regalárselo a Angelina, ya que es la esposa de George y ustedes se llevan tan bien. ¡Si apenas y me conoce, como para considerarme tan digna de ésta hermosa pieza de joyería! ¡Si no supiera quién es usted, creería que está tratando de conquistarme!

Pero y a ciencia cierta, no tenía mucha idea de quién era. El hombre negó un par de veces con la cabeza y tomando el collar de la caja, se colocó detrás de ella. Mientras intentaba abrir el pasador para colocárselo, volvió a sonreír e invitándola a sentarse en la silla frente a la cómoda.

Y Hermione terminó cediendo tras darse cuenta de que sin importar lo que dijera, no lo convencería de lo contrario y de que debía aceptar su regalo.

- Pensé en un regalo más adecuado para la señora Angelina, descuide que lo tengo todo cubierto.

- ¿Ah sí? – no pudo evitar reír, mientras el hombre asentía con la cabeza y tras finalmente abrir el mecanismo del collar, sintió sus cálidos dedos sobre su cuello desnudo. Sus ojos se posaron sobre la larga cabellera castaña del hombre tras ella, mientras se encontraba inclinado e intentando colocar el collar con extrema delicadeza.

Se trataba de rubíes en una cadena de oro, organizados como pequeñas flores con centros de diamantes. No supo exactamente por qué, pero comenzó a dudar que su madre tuviera semejante prenda y en cambio, pensó que tal vez el hombre había invertido su propio salario de la tienda, para comprárselo, tal cual lo había hecho con el libro que le había regalado durante la cena de agradecimiento.

Despertó de sus cavilaciones, una vez que sintió el frío metal sobre su cuello y la forma en la que el hombre apartaba un par de cabellos de su nuca, finalmente colocando el collar en la posición exacta y cerrando el pasador, admirando su trabajo en el espejo y con sus manos sobre sus igual descubiertos hombros por debajo del vestido.

- Luce espléndido en usted, así como pensé que lo haría…

Sus brillantes ojos grises, allí, en ese preciso momento, volvieron a recordarle a alguien a quien no pudo identificar con claridad.

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