Disclaimer: Los personajes son propiedad de Stephanie Meyer, solo la trama es mía.
-Capítulo 25-
Verano de 2013
Después de desayunar el abuelo me propuso que fuéramos otra vez a la playa, y como no teníamos nada mejor que hacer porque ya teníamos la compra hecha, acepté. Me costaba admitirlo, pero me gustaba estar en Montauk con él, y si a principios de semana alguien me hubiera dicho que iba a terminar sintiéndome así, no le habría creído. Incluso me iba a dar pena despedirme de mi abuelo al día siguiente, pero insistiría en que viniera alguna vez a visitarnos a Nueva York porque no quería volver a perder el contacto con él.
Una vez en la playa el abuelo volvió a sentarse en su silla de plástico tras mojarse los pies y las manos en el mar, y sacó un libro de la mochila que se había llevado. Yo me senté a su lado en mi toalla, bajo la sombrilla, y lo miré fijamente. Al percatarse de mi escrutinio frunció el entrecejo.
— ¿No te vas a bañar?
—Aún no has terminado de contarme la historia —le recordé.
—Ben, no tienes por qué escucharla entera. Ya sabes cómo terminó.
—Pero no sé los detalles.
—Realmente te está gustando conocer la historia de tu familia paterna, ¿eh?
Agaché la cabeza, algo avergonzado, y me aparté el cabello de la cara.
—Sí.
—Pero también me sabe mal que estés todo el día escuchándome hablar. A mí también me gustaría que me contaras algo de ti.
—Yo no tengo nada guay que explicar.
—Seguro que eres un muchacho muy interesante. Háblame de tus amigos, de lo que haces día a día… no sé.
—Pues… tengo muchos amigos en el instituto. Casi toda la clase.
—Vaya, eso está muy bien.
—Sí. A veces papá me lleva a jugar al baloncesto, pero ahora no tanto porque casi siempre está trabajando. Y también vamos al cine y a cenar hamburguesas aunque a mamá no le gustan demasiado.
El abuelo se rio y después me colocó la mano en el cabello, gesto que había empezado a apreciar aunque seguía sin gustarme demasiado.
—Los echas de menos, ¿verdad? A tus padres.
Me encogí de hombros.
—Un poco. Pero también me gusta estar aquí.
— ¿De verdad? —me preguntó el abuelo con los ojos muy abiertos.
—Sí. Al principio no quería venir porque pensaba que sería aburrido, pero después… —volví a mover los hombros—. No ha sido tan malo.
—Me alegro de oírte decir eso, Ben. ¿Qué te dijo ayer tu padre cuando te llamó?
—Que vendrá mañana al mediodía, seguramente.
—Bueno, entonces aún tenemos tiempo. Mira quién viene por allí.
Me volteé y vi a Annie acompañada de una mujer de unos cuarenta años dirigiéndose también a la playa. Cuando la primera me vio me saludó efusivamente con la mano y tras decirle algo a su acompañante echó a correr hacia nosotros.
—Hola —nos saludó con una sonrisa. Aquel día llevaba el cabello largo recogido en dos trenzas.
—Hola, Annie.
— ¿Has venido con tu tía? —le preguntó el abuelo saludando con la mano a la mujer que se asentó unos metros a la derecha de donde nos encontrábamos nosotros y que después le devolvió el gesto con una sonrisa.
—Sí, me prometió que hoy vendríamos un rato a la playa. ¿Vamos a bañarnos, Ben?
Miré al abuelo y este me indicó con la cabeza que fuera con ella, que no me preocupara por la historia.
—Vale.
Me levanté y nos fuimos los dos corriendo al agua, salpicándonos en cuanto entramos en contacto con ella. Hicimos carreras durante un rato y cuando estuvimos cansados de nadar, de bucear y de chapotear, nos sentamos en la orilla y empezamos a hacer figuras con la arena mojada.
—Me voy mañana —le dije a Annie.
— ¿Ya? ¿Tan pronto?
—Sí. Mi padre vendrá a recogerme.
— ¿Así que ya no nos vamos a ver más?
Me encogí de hombros, sin querer pensar demasiado en eso.
—A lo mejor vuelvo el verano que viene.
Annie sonrió y asintió.
—Ojalá. Podríamos… escribirnos cartas.
Fruncí el ceño, pensando que esa forma de comunicación estaba muy pasada de moda.
— ¿No tienes móvil? —le pregunté.
—No. Mis padres no quieren que lo tenga aún, dicen que soy muy pequeña.
—Bueno… podríamos escribirnos cartas, entonces. Aunque no me gusta mucho escribir.
—Al menos envíame una, aunque sea una postal de Nueva York, y yo te enviaré otra.
—Vale.
—Te daré mi dirección y tú me das la tuya, ¿vale?
—Sí.
—Ven, mi tía tiene papel —se levantó y corriendo se acercó a su tía, que estaba leyendo una revista—. ¿Nos dejas papel y un boli? —le preguntó secándose las manos en la toalla.
— ¿No me vas a presentar a tu amigo?
—Sí, se llama Ben y mañana se marcha de Montauk.
—Vaya. Me alegro de conocerte, Ben, yo soy Adeline.
Asentí con la cabeza, algo cohibido, y esperé hasta que la tía de Annie nos dio un trozo de papel a cada uno.
—Nos vamos a dar las direcciones y así nos escribiremos cartas —le explicó ella a su tía.
—Eso es genial, chicos.
Annie me tendió su trozo de papel y cuando yo terminé de escribir mi dirección también se lo di.
—Tendríamos que irnos ya, cariño, tu tío estará a punto de llegar —le comentó su tía poniéndose en pie.
—Vale.
Annie se dio la vuelta y me sonrió justo antes de entrelazar su mano con la mía, consiguiendo ponerme nervioso.
—Ojalá me escribas.
—Lo haré. Supongo.
Annie se rio y negó con la cabeza, seguramente pensando que no tenía remedio.
—Me ha gustado mucho conocerte, me has caído muy bien.
—Tú a mí también —y era cierto. Llegué a Montauk pensando que iba a ser un infierno y lo cierto era que me iba a ir de allí con una nueva amiga.
—Vamos, cariño —la urgió su tía tras despedirse de mi abuelo con la mano—. Que te vaya todo muy bien, Ben.
—Gracias.
Soltando mi mano, Annie se acercó a mí y me dio un beso rápido en la mejilla. El rostro y las orejas empezaron a arderme al instante.
—Hasta el año que viene, Ben.
—Sí. Adiós, Annie.
Se fue correteando hasta que estuvo al nivel de su tía y se volteó una última vez para despedirse de mí con la mano. Cuando al final las perdí de vista, me di la vuelta y me encaminé hasta el lugar en el que estaba mi abuelo, quien había devuelto el libro que había estado leyendo a la mochila.
—Ya he visto que te has despedido de tu amiguita.
—Sí. Hemos intercambiado nuestras direcciones para escribirnos cartas. No sé si lo haré.
—Si se lo has prometido deberás hacerlo, si no la pondrás muy triste.
Me encogí de hombros otra vez y me senté en mi toalla, bajo la sombrilla de mi abuelo.
— ¿Me sigues contando la historia? —no entendía muy bien por qué, pero notaba una especie de nudo en la garganta y me sentía desanimado, por lo que pensé que seguir escuchando hablar a mi abuelo me ayudaría a recuperar el ánimo.
—Claro. Pero como no nos queda mucho tiempo, intentaré hacerte un resumen de los siguientes meses que tu abuela y yo pasamos juntos, ¿te parece?
—Vale.
El abuelo permaneció en silencio durante unos segundos y después comenzó a relatar de nuevo su historia.
.
.
.
Septiembre 1969
Rosalie se quedó en mi apartamento durante una semana, y cuando decidió regresar a Nueva Jersey, Alice y yo lo hicimos con ella. Íbamos a estar en casa de mis padres unos días, para presentársela personalmente al fin, a pesar de que yo estaba muy nervioso por ver sobre todo a mi padre. Desde que me marché con los chicos a Nueva York hacía ya tantos años nuestra relación se había deteriorado de tal manera que pendía de un hilo, y nuestra visita bien podía fortalecerla o romperla para siempre.
Mi madre nos recibió con mucho cariño, incluso se echó a llorar al verme después de tanto tiempo, y acogió a Alice como si fuera también su hija, haciéndola sentir como en casa en todo momento. Mi padre la trató casi del mismo modo aunque a mí apenas me miró. Se limitó a saludarme con un movimiento seco de cabeza y durante los primeros días que estuvimos allí ni me habló. Alice estaba preocupada por mí, por cómo me afectaba su actitud, pero en parte ya me la había temido, aunque eso no significaba que doliera menos.
No obstante, una noche en la que mi madre y Rosalie estaban haciendo la cena en la cocina, yo bajé al primer piso después de haberme dado una ducha. Iba a entrar en el salón cuando escuché que Alice estaba hablando con mi padre, y supe casi por inercia que estaba intentando devolverme el favor. Sabía que no era correcto escuchar a escondidas, pero no pude evitarlo:
—Su hijo le quiere mucho, señor Whitlock, y le duele su indiferencia —intentaba hacerle ella entrar en razón.
—Me desobedeció. Siempre ha hecho lo que le ha dado la gana, y se marchó siendo menor de edad a Nueva York con una mano delante y la otra detrás, sin nada. Yo no le eduqué para que se comportara de ese modo.
—Pero al final logró lo que se proponía. Ahora es un cantante muy conocido y de mucho éxito.
—Eso nunca me importó. Tendría que haberse quedado aquí, como hice yo, cuidando de su familia.
Apreté los puños y cerré los ojos, frustrado. Jamás cambiaría de parecer.
—Pero su sueño era marcharse, ser músico. Y lo ha conseguido; pocas personas pueden presumir de ello, señor Whitlock —insistió Alice.
—Se nota que le quieres mucho, hija, y me alegro por ello, pero en estos años Jasper ha sido un egoísta. Apenas ha llamado, casi no nos ha visitado. Ha tenido a su madre sufriendo y no le ha importado.
En aquel momento no pude continuar en las sombras, por lo que entré en el salón y me encaré con mi padre.
—Eso no es verdad —aclaré con los puños todavía apretados. Alice se puso en pie con los ojos muy abiertos y se colocó a mi lado, acariciándome el brazo en un intento por tranquilizarme.
—Si no es verdad, no lo has demostrado bien —respondió mi padre sin apenas mirarme.
—Sé que no me he comportado bien, que te desobedecí y que os he preocupado en muchas ocasiones, y por eso os pido perdón. Pero no puedo arrepentirme de cumplir mi sueño.
—Eso es lo único que siempre te ha importado. Tu sueño.
—Sabes que no es así, papá.
—Sé lo que sé. No me hace falta más.
Se levantó en silencio de su asiento e iba a pasar por mi lado sin mirarme cuando le detuve sujetándolo del brazo.
— ¿Tanto te he decepcionado que ni siquiera puedes mirarme? —le pregunté en voz baja, sintiendo un nudo en la garganta. Había llegado el momento de arreglar las cosas al fin o de que todo se fuera al traste para siempre.
Sin decir nada, Alice se dio la vuelta y salió del salón cuando se percató de que aquella conversación debía ser privada. Mi padre, por su parte, permaneció unos segundos callado e inmóvil, y después poco a poco levantó la cabeza y clavó sus ojos azules, iguales a los de Rosalie, en los míos. No me había dado cuenta antes, pero en esos años había envejecido bastante, pues su rostro estaba comenzando a llenarse de arrugas y de líneas de expresión, y su cabello, antes rubio oscuro, empezaba a tener canas.
—Sé que no he sido un hijo modélico en estos últimos años, pero jamás he dejado de pensar en vosotros, ni por un momento —proseguí al ver que no hablaba—. Nunca he dejado de enviaros parte del dinero que gano y no pienso dejar de hacerlo.
—No necesitamos tu dinero.
—Pero yo quiero dároslo.
—No soy un viejo inútil, siempre he mantenido a esta familia dignamente y…
— ¡Basta ya! —alcé la voz sin poder evitarlo, dejando a mi padre en silencio—. Ya sé que siempre has mantenido a nuestra familia, y lo has hecho muy bien, pero yo quiero ayudaros. Por más que te pese, sigo siendo tu hijo y un miembro de esta familia. Lo único que he querido siempre es que estuvieseis bien.
—Lo hemos estado siempre, contigo y sin ti, Jasper.
El dolor que me provocaron sus palabras no me impidió asentir en silencio, entendiendo a qué se refería.
—Así que… si cuando me marche de aquí decido no volver jamás, no te va a importar. ¿Eso es lo que quieres decir?
—Le partirías el corazón a tu madre…
—No hablo de mamá —volví a interrumpirle con los dientes apretados—. Te lo pregunto a ti. Si decido no volver… ¿me echarías de menos? ¿O por el contrario te sentirías liberado por no tener que volver a verme nunca más?
Esperé con ansia su respuesta mientras le miraba, sin saber exactamente qué esperaba que me dijera.
—Eres mi hijo. Seguirás siéndolo si decides no volver, pero jamás te lo perdonaría.
— ¿Como jamás vas a perdonarme el que me fuera a Nueva York siendo un crío y desobedeciéndote?
Mi padre respiró hondo y después desvió su mirada de nuevo.
—Aunque no lo haya parecido, eso está olvidado —musitó tan bajo que me costó oírle.
—Pues no has dejado de reprochármelo, así que entonces no entiendo qué es lo que tanto odias de mí.
—Por Dios, no te odio. Yo… —se pasó la mano por el cabello, nervioso, y resopló—. No te odio.
Sabía que le estaba poniendo en un aprieto, que odiaba mostrar sus sentimientos de forma abierta, pero necesitaba que las cosas entre él y yo se arreglaran de una vez por todas.
—Papá… sé que no me porté bien, que te desobedecí y que te he decepcionado. Pero no quiero marcharme de nuevo y que continuemos con esta estúpida disputa. Solo dime qué puedo hacer para que todo sea como antes y lo haré.
Me miró de reojo, inseguro, y después soltó el aire muy lentamente por la nariz.
—Todo es culpa mía. Soy un viejo malhumorado.
—No eres tan viejo.
—Ya no soy tan joven. Pero… desde que te marchaste a Nueva York he intentado estar enfadado contigo, fingir que no me importaba lo que hacías con tu música. Pero lo cierto es que… te has convertido en un hombre hecho y derecho. En un buen hombre, que es lo más importante, y fue eso lo que siempre quise para ti desde que naciste. Tú no has fracasado como hijo, en todo caso lo he hecho yo como padre.
Aquel discurso me dejó estupefacto, y necesité unos segundos extras para asimilar todo lo que me acababa de decir.
—Papá, si soy un buen hombre es gracias a ti y a mamá. Y si he conseguido alcanzar mi sueño es porque me enseñasteis que jamás debía rendirme, que no debía tomar el camino fácil. Soy como soy por vosotros, por ti. Jamás se me ha pasado por la cabeza que hayas fracasado como padre.
Me fijé en que el rostro de mi padre estaba rojo y sus ojos húmedos, por lo que supuse que estábamos llegando al final de aquel asunto.
—Siento haberme comportado tan mal contigo en estos últimos años, hijo —farfulló de manera casi inaudible.
Sin pensármelo dos veces me coloqué frente él y rodeé sus hombros con mis brazos, apretándolo contra mi cuerpo, feliz de poder hacerlo después de pasar tanto tiempo pensando que nuestra relación no tenía arreglo.
—No hay nada que perdonar. Lo único que quiero que hagamos es que continuemos hacia delante olvidando los errores del pasado. Mamá, Rosalie, Alice y tú sois lo más importante en mi vida, y no quiero perderos a ninguno —le recordé para que quedara claro.
Mi padre me palmeó la espalda varias veces y después de separarse de mí me dedicó algo parecido a una sonrisa. Sin decir nada más se dio la vuelta y salió del salón, por lo que tras suspirar me senté en el sofá y me froté los ojos cansados con los dedos. Alice se asomó por la puerta y cuando me vio sonriendo me imitó y correteó para sentarse a mi lado.
— ¿Habéis arreglado las cosas?
—Creo que se puede decir que sí.
—Me alegro mucho.
Entrelacé mi mano con la suya y volví a sonreírle.
—Supongo que tengo que darte las gracias por haber intentado hablar con él.
—Te lo debía porque tú hiciste lo mismo por mí en Biloxi.
Acerqué mi rostro al suyo y apoyé mi frente en la de ella, sintiéndome tremendamente feliz.
—No te haces una idea de lo mucho que te quiero —susurré con los ojos cerrados. Me sentía tan afortunado por tenerla a mi lado que me daba miedo incluso pensarlo.
—Creo que tanto como yo a ti —me respondió ella del mismo modo justo antes de darme un beso en los labios.
Escuchamos que alguien carraspeaba y me separé de Alice un segundo antes de abrir los ojos para encontrarme a mi madre colocando los platos en la mesa.
—Vamos a cenar ya —comentó con una amplia sonrisa en el rostro, y supe que ya estaba al tanto de lo que había sucedido con mi padre.
—Sí, deje que la ayude —se apresuró Alice a ponerse en pie, algo avergonzada de que mi madre nos hubiera pillado en un momento cariñoso.
Mi madre, por su parte, me guiñó un ojo con diversión antes de salir del salón y yo volví a sonreír, preguntándome si dejaría de hacerlo en algún momento.
¡Hola! Me vais a decir que Ben y Annie no son una ternurita enorme, jajajaja. Y por lo menos Jasper ya ha podido arreglar las cosas con su padre después de tantos años :) He estado mirando y la historia tiene 32 capítulos contando con el epílogo, así que nos estamos acercando poco a poco al final.
Espero que os haya gustado mucho este capítulo y que me lo digáis en vuestros reviews. ¡Hasta el martes! Xo
