- Dónde está tu mujer?- le soltó Sophie siguiéndolos, su rostro tenso. La casa estaba oscura: André, Fabian y los empleados habían cegado las ventanas con tablas para protegerlos de disparos perdidos y habían cerrado las espesas colgaduras de gobelino sueco para mayor protección. Fersen odió a Sophie por decirlo, pero tenía todo el derecho de preguntarlo, máxime cuando André había aparecido en lo alto de la escalera, extrañamente diferente con su ropa usual de camisa y pantalones de montar.
- El rey le pidió que se quedara.- dijo Fersen, cruzándose con André en las escaleras.- Está cordinando la defensa, pero ya tienen Versalles bajo control.-
- No sé cuánto puede durar. Las tropas en París han tirado las armas y se unieron a los manifestantes en su mayoría.- dijo André con aspereza, y Antonieta se encogió contra el brazo de Fersen. A diferencia de Sophie y Alain, que regresaba también a casa, André no mostró ninguna reacción cuando Fersen subió a Antonieta a la habitación de Oscar y cerró la puerta: en cambio, tomó el mando rápidamente, enviando a las doncellas a almacenar comida oculta en cajas en la carbonera, a poner a salvo las cosas de valor enterradas en el patio y a asegurarse de que todas las ventanas y puertas estuvieran custodiadas.
Con suerte, nadie los había visto esconder a la mujer más odiada de Francia en esa casa. Porque si alguien los había visto…
Por la palidez en los labios tensos de Sophie, André supo que ella pensaba lo mismo. Estaban corriendo un riesgo terrible, y Sophie se volvió a Fabian, su amado hermano menor, que con un rifle a la espalda y un casacón sucio parecía otro rebelde, los ojos vivos de los Fersen cristalinos chispeando en lo que a él seguro le parecía toda una aventura.
- Fabian.- dijo despacio.- Es mejor que te quedes con el barón Stengdik esta noche. Te daré una carta para él, y otra para Georgiana y Germaine Necker si pueden entregárselas. Pero quiero que te quedes con él.-
- No prefieres que me quede a protegerte, hermanita? – dijo Fabian sonriendo.- Tenemos que protegerla a ella también…- agregó con un guiño disimulado al piso superior.
- YA ME BASTA CON QUE ME MATEN A UN HERMANO POR ESA ZORRA AUSTRÍACA!- bramó Sophie de pronto, y su rostro se desencajó: André, sobresaltado por su explosión, se adelantó para tratar de consolarla, pero Sophie extendió una mano, con la otra se frotó el puente de la nariz y se controló, su voz suave de nuevo.
- No te metas, Grandier. Fabian, hazme caso, por una vez en tu vida. Te traeré las cartas en unos minutos.- acabó, subiendo la escalera a su cuarto. Fabian miró a André con una cómica expresión de " las mujeres están locas" y se fue a preparar su caballo, pero Alain, que aún llevaba la casaca de representante, se cruzó de brazos y piernas y se apoyó en la pared.
- Fiu. No es raro porqué los hombres piden Constitución y las mujeres cabezas. Está en su naturaleza ser más descontroladas…-
- Cómo Oscar no te ha quitado esas opiniones a fustazos, no lo entiendo.-
- Llevo menos tiempo con ella. No me ha castrado tan efectivamente como a ti o al sueco.-
André ni siquiera arrugó la nariz, pero su mirada al techo fue expresiva.- Por una vez, espero que tengas razón. Ahora, agarra un rifle. Vamos a la Mansión Jarjayes.-
- Tú no me das órdenes, flaquito. Porqué debería hacerte caso?-
- Necesitamos saber de la familia de Oscar… y de la mía.- dijo André secamente.- Porque mientras ella intenta proteger a sus reyes y a su país su Reina le levanta el marido y puede que maten a sus padres y hermanas. Basta con eso?- agregó, los ojos ardiendo de furia.
- Mejor que te acompañe.- dijo Alain tras una pausa.- Una pescadera molesta podría cortártelas sin esfuerzo.-
- Sí, sí.-
Sentados en la cama de Oscar, Antonieta, exhausta y llorosa, se quedó aferrada al cuello de Fersen hasta que se le secaron las lágrimas. Fersen le musitó que Versalles estaba a salvo, que el rey estaba a salvo, que Louis-Charles y Marie Therése estaban a salvo: cuando le susurró sobre el funeral de Louis-Joseph, Antonieta asintió, y sus dedos le aferraron la camisa, pero sus lágrimas dejaron de correr de sus ojos hinchados. Torpemente se levantó y se lavó la cara en la jofaina de Oscar, secándose con un pañito pintado por Nanny en el velador: y cuando se volvió a Fersen, aunque su rostro estaba hinchado de tanto llorar, volvía a ser la Reina de Francia.
- Qué… medidas tomará el rey? –
- Medidas?- musitó Fersen, antes de frotarse los ojos.- Lo… lo ignoro. Dejó una reunión de contingencia a la mitad para ir a rescatarte y poner a los niños a resguardo… me envió a tranquilizarte de inmediato.-
- Tiene que escribirle a Joseph. Tiene que traer tropas… si no ocupa París, esas bestias se lo quitarán! Francia quedará en manos de esos animales… Gustavo no nos enviará tropas si se lo pedimos?-
- Podemos tratar.- dijo Fersen, levantándose. Hablaban del rey sueco, el alegre y despótico Gustavo III, y del hermano de María Antonieta, emperador de Austria, Joseph II.- Puedo hacerles llegar un mensaje…- dijo, meneando la cabeza.- Sacar una carta sellada de Francia sería riesgoso, pero alguien tiene que hacerlo.-
- Es menos peligroso si vas a Suecia y desde ahí se la haces llegar a mi hermano.- dijo Antonieta con seguridad.- Harías eso por mí, Fersen…?-
- Por supuesto.- dijo él, su voz ahogada. Era la Reina que había amado, era el país del que se había enamorado los que peligraban. Fersen era un hombre romántico y audaz: no podía haber un cuadro más conmovedor, una historia más romántica. Con el trono de Louis-Charles, que aunque no lo dijeran, los dos sabían que era el hijo de ambos, el propósito de luchar, y de defenderse y defenderlo de las bestias sucias sin nombre que siempre habían despreciado se alzaba en la sangre de los dos nobles. Antonieta dio un paso, luego otro, y se arrojó a sus brazos, besándolo, y él la besó de regreso con pasión, su aroma, su sueño, despertando de nuevo aún herida y perseguida. Era Antonieta, el amor de su vida…
- Te amo… te amo sólo a ti… todo me guía a ti, Axel…- susurró ella, y Fersen sintió un ramalazo de posesión cuando se derrumbaron sobre el lecho y los muslos de ella lo rodearon a través de la falda manchada de polvo.- … Fersen…-
Era como una borrachera, una intoxicación. Fersen se movió sobre ella, tan amada y familiar, tan bella sin más adornos que sus magníficos rizos sueltos, sus amplios senos cremosos expuestos, y él sintió al deslizarse en ella cómo el antiguo hechizo regresaba: juntos rescatarían a Francia, juntos acabarían con todo lo malo y pondrían a su hijo en el trono y él la serviría, la amaría, la…
- Fersen…- susurró ella dulcemente, en su cuello, los dos unidos.- Fersen, estoy embarazada…-
Fersen se detuvo.
La memoria de Oscar pareció helarlo, inundarlo como una lluvia fría. Oscar, que no era ningún sueño: Oscar que era reaL, tan real, tan fuerte como una espada: Oscar, que era su mujer, y estaba embarazada, y estaba ahora exponiéndose a las balas por el país que amaba y la mujer ahora en sus brazos. Fersen levantó el rostro, y vio en la mesita las medicinas que Oscar tomaba para soportar las náuseas: vio su camisoncito, doblado sobre la almohada, la misma almohada en la que la había visto dormir, exhausta pero sin nunca quejarse de su hijo, del hijo que él le había dado.
Vio la habitación, tan discreta, tan sencilla, y supo con inmensa desolación que todas esas memorias de leerle en el sofá y de dormir a su lado enternecido se habían acabado. Había convertido todos esos recuerdos en una burla… en la misma cama de su esposa! Por Dios, qué asqueroso se sentía!
- Axel…?- susurró Antonieta, tocándole el rostro, y él lo echó atrás como si lo hubieran electrocutado. Antonieta vio el shock, el espanto, el odio a sí mismo, y comprendió, comprendió más rápido que cualquier otra mujer en el mundo, porque conocía a ese hombre y lo amaba.
- Perdóname…- susurró él. No sabía si se lo decía a Antonieta, a Oscar, a su padre, a Dios. Se apartó, arreglándose la ropa, arreglándosela a ella, todo el cuerpo temblándole. No la insultó preguntándole si el hijo era suyo. No sabía que decir. Era como si Oscar hubiera entrado en la habitación, y estuviera allí con ellos. Era como cuando tras una noche de salvaje parranda, alguien abría la ventanas y la luz del amanecer y su brisa fría se llevaba el olor a alcohol, a perfumes, a cuerpos, a festines, y el día se hacía real. La noche terminaba; llegaba la mañana, y el sol transformaba en todas las sombras y las ilusiones en recuerdos vagos.
- Te enamoraste de ella?- susurró Antonieta, pero Fersen no tenía que responderle. Estaba escrito en su cara. Estaba escrito en esa habitación tan cuidada, en la bata azul de Fersen en el revés de la puerta, en los libros en sueco junto a la ventana.
Ella se sentó en la cama, pálida. Asintió, vagamente, y Fersen por un momento al ver sus ojos cerrarse se preguntó cuánto podía soportar esa mujer sin romperse. No era demasiado cruel? Pero porqué, Dios Santo del Cielo, todo era tan cruel? Porqué él no sabía amarlas mejor?!
- Es… es mejor que descanses. Te traeré algo de comer y… te avisaré cualquier cosa, te diré…-
Ella asintió, y Fersen, sintiéndose como un cobarde, llegó a la puerta, sin saber qué más hacer.
- Acuéstate… trata de dormir…-
- Cuando Oscar llegue, dile que venga… DE INMEDIATO.- dijo Antonieta, y hubo algo tan metálico en su voz que Fersen sintió miedo de ella por primera vez.
La Mansión Jarjayes había sido saqueada, las rejas hechas saltar con carromatos. Se habían llevado todo lo que se hubieran podido llevar: con pesar, André vio los bustos de filósofos que Oscar tanto quería, rotos: las cortinas bordadas por las manos de sus madre y hermanas, desgarradas. El pánico lo aprisionó cuando vio los restos de un fuego en la cocina vaciada, vio los cuartos de los sirvientes también despojados: pero entonces oyó una voz afuera y al salir corriendo, casi se dio en la cara con uno de los jardineros de la casa, un hombretón con la escarapela en el pecho.
- Qué les hicieron? Dónde está Nanna…?!- gritó André, la pistola en su mano, pero Alan le sujetó el brazo y el hombre habló.
- Pensé que eras tú André. Cálmate, no les pasó nada… la familia completa se fue a Arras, excepto el general, que está destacado en Reims… dejaron unas cartas para la niña Oscar… ANDRÉ!- exclamó el jardinero, espantado escarapela y revolucionario o no cuando vio al ex valet tomar las cartas y abrirla sin más dilación, dándoles la espalda para leerla febrilmente.
Alain miró al jardinero, se encogió del hombros, sacó un cigarrillo barato, le ofreció, y se dispuso a fumar sentado en la fuente seca junto al jardinero.
- Y cuéntame… les quedaron hortalizas o algo…?-
Hija mía
Espero que el recibo de la presente te encuentre en buena salud, considerando tu estado y el de tu esposo. Espero que puedas recibir esta carta, pero que no hayas venido tú misma a encontrarte la casa de tu infancia abandonada. Con todo el corazón lamento no poder estar a tu lado ahora, hija, ver nacer a mi nieto, verte feliz con el hombre que tanto quieres: al menos, no haberme despedido de ti antes de ir al sur.
Querida hija, la situación es mucho más grave de lo que la mayoría piensa. Las mujeres sabemos esas cosas. Hace tiempo que se venía gestando algo como esto, y es por eso, hija querida, que a pesar de todos los deberes, de todos nuestros títulos y de nuestros años de servicio en la Corte, te hablo ahora como madre, la madre que te ama y quiere verte feliz.
Sé que has sido feliz en tu disfraz de hombre: sé que has sido libre, que has honrado nuestro nombre, que has respetado tus promesas y tus juramentos y que has hecho a tu padre un hombre orgulloso de su hijo. Pero Oscar, ahora que has encontrado el amor, te ruego que no permitas que todas esas promesas y ceremonias te arrebaten tu felicidad. Huye. Huye con tu esposo y el hijo que esperas. Los reyes tienen miles de soldados que los defiendan: otros países incluso intervendrán, y esta revolución se acabará en sangre. Pero hija, sólo tú puedes ser la mujer de tu esposo y la madre de tu hija. Sin importar cuánto valores tu honor y tu honra, la vida de tu hijo y de tu esposo son más importantes. Tú sabes cuánto peligro corre Fersen en este país: no tengo que decírtelo. Vete a Suecia, hija mía, y abandona este país a su locura. Quiera Dios que pronto volvamos a vernos.
Tu mamá Herminde.
PDTA: Dile a André si lo ves que Nanna se ha ido a quedar a Marsella con tu hermana Agnes. Que se reúna con ella cuando pueda.
Los labios de André temblaron, y bajo el sol del atardecer, de pie en la escalinata de mármol en la que tantas veces se había sentado con Oscar a charlar, desplegó la segunda carta
Oscar:
El día que tanto temíamos ha llegado. Yo iré a cumplir mi deber en Reims, protegiendo los tesoros de Francia. Tú debes cumplir con el tuyo al lado de sus Majestades. Sé de tu estado y de la necesidad de salir del país de ese sueco, pero lo más importante ahora es que nuestros reyes tengan en quién confiar, y tú sabes bien, no son muchos los que realmente actuarán frente a esta locura. Tengo fe en que cumplirás tu deber.
Que Dios guarde a nuestros reyes.
General Jarjayes.
No había carta de Nanna, que era bastante analfabeta. André dejó escapar un suspiro de alivio que no había sentido desde hacía bastante, y se frotó la cara, volviéndose a Alain.
- Nos vamos?- dijo Alain, que seguía charlando con el jardinero.- No es por ser agorero, pero no tengo ninguna ganas de defender tu flaco culito en los caminos a París de noche.-
- No nos pasará nada. Somos representantes…- dijo André montando, pero para su sorpresa el jardinero le aferró las riendas.
- Te uniste a esos… monstruos? Después que la niña Oscar te tratara como a un hermano! Qué vergüenza, André!-
- Pero si tú llevas la escarapela…- balbuceó André, sobresaltado por su ira.
- Nunca hablaría en contra… nunca mordería la mano que me dio de comer! Y contigo fueron… fueron una familia, malagradecido bastardo!- le soltó el jardinero, escupiendo al suelo.- Lárgate de aquí!-
- Sí, bueno, ya, nos vamos.- dijo Alain moviendo la cabeza y agarrando la rienda del caballo de André, que se había quedado paralizado, pálido de la impresión. Pasaron mucho rato en silencio: el atardecer empezaba a transformarse en noche, y mientras esquivaban lo peor de París por caminos rurales, había una paz campesina extraña y rojiza en el sol poniente. André conocía esos caminos como la palma de su mano, y con los ojos cerrados y sin más que el toftoftoftof de cascos en la tierra, casi podía creer que todo era un sueño, y que simplemente iba a Versalles con Oscar desde la Mansión jarjayes para una guardia de noche, como antes, como siempre.
Vete a Suecia!
Cumple con tu deber!
A quién le haría caso Oscar, a su padre o a su madre? Acaso entregarle esas cartas precipitaría su decisión en un sentido o en el otro? Pero porqué tenía que perderla? Si se iba a Suecia o se hacía matar… la perdería.
O ya la había perdido, pensó, desde el momento en que sus ojos encontraron esos ojos grises como agua en invierno de Fersen.
- No le digas nada a Oscar sobre las cartas.- habló, cuando los últimos destellos del sol desaparecieron.
- No sé de qué cartas me hablas.- dijo Alain, hurgándose un oído con parsimonia.
- De…- André calló al volverse y ver la mirada de inteligencia de Alain. No lo había avaluado en lo que valía. Ese hombre también sentía aprecio por Oscar, y tampoco quería verla muerta.
- Ya se mete en bastantes líos.- dijo Alain, mirando hacia París, tan engañosamente silencioso en la lejanía.- Te ayudaré a protegerla… si se deja.-
La noche se volvió insoportablemente calurosa: Fersen, insomne, los vio llegar e hizo que les sirvieran comida en la cocina, sin más luz que una vela, los dos devorándose un poco de guiso y pan y el vino fresco que Sophie les guardase. París estaba en un silencio expectante: era como si el asalto de Versalles hubiera agotado por un momento la furia de la gente. La noche se le hizo eterna, esperando, hablando en susurros: y sospechaban que así como ellos estaban despiertos, también lo estaba todo París.
Fue en esa hora gris antes de amanecer que llegó Oscar, a caballo, pálida, y exhausta: atravesó las verjas caminando, un viejo abrigo ocultando su uniforme, los pasos lentos, su caballo de la rienda. Fersen bajó corriendo a recibirla, pero André llegó antes, y cuando le tomó la rienda, a Oscar le fallaron las piernas como si el caballo la trajera a ella y no al revés. Sus voz era firme, sin embargo, y agarrándose de la manga de Fersen miró a Alain y a André con reconvención.
- Qué hacen despiertos? Mañana… se reabren los Estados Generales. Tienen que estar allí… como representantes. Váyanse a dormir…- ordenó, ásperamente, antes de volverse a Fersen.- La Reina…?-
- Durmiendo arriba… - empezó Fersen, pero entonces hubo un reflejo de luz, y con una palmatoria en la mano, Marie Antoniette apareció en lo alto de la escalera, envuelta en una bata. Oscar los dejó, y subiendo la escalera, habló en susurros con Antonietta, y la siguió a la habitación.
Cuando Fersen subió, Antoniette estaba recostada en el lecho, y Oscar sin quitarse más que las botas, abrigo y casaca, estaba tendida a su lado, la cabeza en su pecho, profundamente dormida. La mano de la Reina le acariciaba el rubio cabello sucio de polvo: los brazos de Oscar rodeaban la cintura de la mujer por la que habría dado todo. André pasó junto a Fersen, puso un vaso de leche en el velador, y miró largamente a la Reina, que asintió. André las arropó, un suave ronquido escapando de la exhausta Oscar. Y luego, tomando a Fersen que las miraba hipnotizado juntas en la cama, se lo llevó, cerrando la puerta.
- Déjalas descansar.- dijo André, mirando a Fersen a los ojos.- Puede que sean tuyas, pero se pertenecen más la una a la otra.-
Fersen se mordió los labios; revelarle a André la verdad sobre algo que podía trastornar Francia era una locura, y sin embargo no podía callar. Apoyando la frente en la madera del umbral, habló en voz baja.
- La Reina espera un hijo.- susurró.
Hubo una pausa, y cuando miró a André, esperando ver asco o revulsión, lo que vio fue furia, blanca furia: pero la voz de Alain sonó desde el primer piso, con humor, y casi, casi envidia.
- Fiu. Donde pones el ojo pones la bala, no, sueco?-
- Oscar sabe…?- gruñó André.
- No lo sé.-
- Y qué vas a hacer?-
- Tampoco lo sé.- dijo Fersen, y se sentó en el suelo, junto a la puerta, las manos en la cara. Una parte de André quería matarlo. Otra parte sentía compasión, y se odiaba por sentirla.
Así que se sentó a su lado, y cuando Alain subió con vino, los tres se quedaron allí hasta que amaneció, cuidando a las dos mujeres que dormían abrazadas.
