Me llamo Katniss Everdeen, soy del distrito 12 y tengo 19 años. Han pasado dos años desde que Peeta se marchó y no he sido capaz de encontrarlo. El perdón no está incluido en mi vocabulario, tampoco lo está la fe. Dos años. A pesar del tiempo que ha pasado, no he perdido la costumbre de permanecer sentadas horas y horas sobre el sofá, esperando a que el tiempo me lleve. Hubo un tiempo, después de meses de viaje, en el que estaba tan decepcionada que me deshice del sofá y se lo di a Haymitch. Me gustaba la sensación de sentarme en el suelo, me sentía más libre, pero no tardé mucho en volverme razonable otra vez y lo adopté de nuevo.
No han ocurrido muchas cosas en dos años. El distrito 12 está completamente reconstruido y repoblado, pero la aldea de los vencedores sigue en pie, con Haymitch y yo como sus únicos habitantes. Tuve tentaciones de prender fuego a la casa de Peeta, ya que sabía de sobra que no iba a volver, pero me limité a arrancar todas las flores y no he vuelto a pisar su vivienda desde entonces. El distrito 12 no ha sido el único reconstruido, todo Panem ha vivido un cambio radical desde que se produjeron las primeras elecciones democráticas. Pensar en las elecciones me hace pensar en Gale. Como prometió, permaneció a mi lado, a pesar de que yo estuve casi un año entero viajando por todo el país, pero no me pilló por sorpresa que acabara comprometiéndose con una de las militantes de su partido, una bella chica del distrito 8. Aún no se han casado, tampoco me importa, pero sé que se marchará de aquí definitivamente cuando lo haga. No le culpo, no debería cumplir las promesas de alguien que decidió ser un desconocido para todos nosotros.
Me acaricio la trenza con lentitud y observo cómo los rayos del sol entran por la ventana (la primavera acaba de empezar). Empiezo a recordar cómo me empeñé en visitar todos los distritos, sin descanso, tomando los trenes por la noche para perder las menos horas posibles. No tenía ninguna pista, nada, y me limité a seguir mis instinto. Solo dos veces estuve a punto de pisarle los talones: un anciano carnicero del distrito 9 me aseguró haberlo visto dos días antes en una tienda cercana a la suya, pero me afirmó que estaba "muy diferente a como lo recordaba en la televisión". No llegué a tiempo, ya se había marchado cuando yo estaba intentando averiguar dónde se hospedaba. Durante la otra ocasión, una adolescente pecosa me paró bruscamente en lo que antes era la plaza del Capitolio y prácticamente me arrastró a uno de los parques comunitarios más concurridos. Pensé que sería una fan de la antigua Katniss, del sinsajo, pero cuando llegamos me murmuró: "He visto a tu prometido, sé que lo estás buscando. Todas las parejas pelean…, lo he visto esta mañana, tenía el pelo negro". Tampoco llegué a tiempo e incluso barajé la posibilidad de que supiera que estaba buscándolo y cambiara sus planes.
Todas las parejas pelean. Las palabras de esa niña siempre me hacen sonreír, aunque no con alegría. El pelo negro…, ¿qué más necesitaba para entender que quería que lo dejara en paz? Nunca quiso que lo encontrara. Perdí meses y meses recorriendo cada uno de los distritos, adentrándome en los parajes más inhóspitos, en los bosques más abandonados, preguntando, manteniendo una esperanza que desde el inicio estuvo destinada al fracaso, y después de un año, me rendí, volví a mi casa (totalmente cubierta de polvo y llena de arañas) e intenté aceptar que todo había acabado para siempre. He terminado por conformarme.
Desde que regresé mi vida no ha sido muy interesante. Salía a cazar habitualmente con Gale, quien finalmente terminó aceptando que no pronunciara palabra bajo ninguna circunstancia, y Haymitch me visitaba de vez en cuando. Él también se ha conformado, pero sé que lo ha perdonado. No he hablado en casi medio año, no tengo con quién hacerlo ni lo necesito, pero no he descuidado mi salud y cada día me encuentro más ágil. No puedo quejarme, esta es la vida que siempre deseé: sola, tranquila, sin sentirme responsable por nadie…, sin embargo, no soy feliz. También he terminado por conformarme en ese punto.
Me preparo la comida rápidamente (aprendí hace meses, me aburría demasiado) y me la trago sin siquiera pensar qué me estoy introduciendo en la boca. Hundo la vista en la hoguera: los restos abrasados de la carta siguen ahí, entre trozos de carbón. Ojalá el fuego pudiera ser capaz de borrar las heridas del corazón.
