Los personajes que aparecen en esta historia pertenecen a Stephanie Meyer.
Capítulo 26. En la mente del acosador.
Me estaba volviendo torpe a estas alturas del partido. Otra vez había conseguido huir de mí, otra vez se había zafado de mi agarre y cuanto más tiempo pasaba el deseo era más y más acuciante. Padecía como me consumía su imagen, su rostro, su esencia, su olor y su espíritu.
Había intentado acercarme a ella por las buenas, siendo todo un caballero, instándola a que se convirtiese en mi mujer por su voluntad pero día tras día mis avances habían chocado contra su indiferencia. Había resistido con ahínco y dificultad cada vez que mis flores habían acabado en aquella papelera, yo se las regalaba con toda mi devoción y ella sólo sabía rechazarlas una y otra y otra vez. Casi podía haberla estrangulado en ese instante.
No, había esperado anhelando y deseando que contestase a mis invitaciones, que acudiese a mi encuentro, que correspondiese mis galanterías y se convirtiese en mi reina, en la única mujer que pudiese atar mis instintos más primarios, apartándome de la vida que llevaba hasta el momento.
Pero sólo había obtenido miradas despectivas y ficticias sonrisas, como si pudiera engañarme a mí, me había subestimado, me había menospreciado. No era un pelele en sus manos y estaba dispuesto a demostrarle de lo que era capaz. Iba a terminar con su suerte y con su osadía para esquivarme.
El campus estaba silencioso y aparentemente vacío pero conocía tan bien sus movimientos, era tan predecible, sólo debía esperar, ejercitar la paciencia aunque últimamente la actitud de Bella estaba consiguiendo volverme irritable. Necesitaba calmar mi agitación, encontrar un buen esparcimiento.
La vi aparecer minutos después, contoneando sus caderas con exageración, siempre remoloneando sin hacer los trabajos a tiempo, poniendo excusas, encontrando la manera de justificar lo injustificable. La despreciaba, en otras circunstancias jamás la rozaría ni siquiera con mis ojos, era vulgar y chabacana, tan distinta a la elegancia innata que poseía Bella pero que parecía no tener en cuenta. Pero debía servir, haría que mereciese la pena.
La adrenalina empezó a recorrer mi sangre, le enseñaría a ser más humilde, menos sobona con los hombres, aprendería una lección que no podría olvidar en años. Dejaría de parlotear como una tonta, de creerse una rompecorazones.
Pasó a mi lado sin dirigirme la mirada, era lo bueno de tener un aspecto anodino bien trabajado, podía pasar desapercibido, podía acercarme a quien quisiera porque nadie reparaba en mí, la única persona que quería que me mirase no lo hacía pero pronto tendría que hacerlo.
Dio dos pasos y se paró, tan previsible como siempre, revisó su bolso comprobando sí había olvidado algo y claro que lo había echo, se había dejado atrás toda prudencia mientras paseaba por el campus solitario.
Me aproximé por detrás sin hacer ni un solo ruido, sería una buena diversión que aliviaría mi tensión. La sujeté por la cintura tapándola la boca con la otra mano, la sentí removerse contra mí lo que me provocó una excitación que me recorrió todo el cuerpo. La oprimí con más fuerza para que comprendiese quién estaba al mando de aquella situación.
— Me gustabas más de rubia, ahora se buena, no hay nadie para ayudarte y de lo bien que te conduzcas depende tu vida.
Al instante dejó de resistirse y la trasladé detrás de unos altos matorrales. En cuanto la solté se volvió hacía mí, sus ojos reflejaban el terror por lo que iba a pasarle, la abofeteé tirándola al suelo. Podía saborear su miedo, lamer sus emociones, sentir sus deseos de huir con la certeza de que jamás lo conseguiría.
Me arrodillé situándome sobre ella, su confusión era estimulante para mí, incitaba a mis instintos hasta la crueldad más absoluta. Encendí un cigarro pensando por donde empezar, que hacerla primero pero tuvo la imprudencia de murmurar algo entre dientes.
Apoyé la punta de mi cigarro sobre la desnuda piel de su pecho, no pudo evitar soltar un leve chillido ahogado con su desesperación, le pedí silencio mientras abría aún más su abrigo, aferré su blusa fucsia entre mis manos y la desgarré con energía dejando al descubierto su minúsculo sujetador. Una y otra vez utilicé su cuerpo como mi cenicero, saqué mi cuchillo, el mismo que había logrado posarse sobre el cuerpo de Bella y destrocé sus vaqueros, su piel quedo a mi entera disposición.
Mientras apagaba mi cigarro sobre su cuerpo sus ojos se llenaron de lágrimas, era tan delicioso ver de lo que uno es capaz, saber que puedes controlar las emociones de quien esta a tus pies, tener el absoluto control de la situación como si fueras el mismísimo Dios, la sensación era como una droga, se adhería a mi cuerpo y me hacía volver a hacerlo una y otra vez.
Había perdido la cuenta de cuantas mujeres habían formado parte de mis fantasías pero guardaba de cada una de ellas un recuerdo que me hacía revivir las sensaciones aunque no siempre era suficiente. Al cabo de un tiempo, debía repetir la experiencia, escoger a la persona adecuada para el fin propuesto.
Dirigí mis ojos a aquella joven que se retorcía entre mis piernas, por un segundo había pensado que podría llegar a complacer mis exquisitos gustos pero era tan insignificante que no merecía disponer de mi tiempo.
Tiré el resto del pitillo y recogí el cuchillo, lo apoyé entre sus blancos senos y desgarré su carne hasta el ombligo. Gritó de dolor y la di una sonora bofetada.
— No me mate —balbuceó en un susurro quedo y su voz estridente corto cualquier excitación que pudiera haber sentido hasta el momento.
— No vales tanto para que ensucie mis manos.
— Por favor —rogó sollozando produciéndome la mayor repulsión posible.
— No estás aquí por eso, Leslie —cerró los ojos al sentir que de nuevo le clavaba el cuchillo en su cuerpo. Aprisioné sus cabellos entre mis dedos—. Abre los ojos.
Ella lo hizo y vi mi reflejo en su mirada, debía comprender que ella sólo era el medio para conseguir un fin, para hacerle entender la verdad a la única persona en la que me había interesado, la única que había tenido la insolencia de desairarme, de despreciarme, de tratarme como a otro más de sus profesores sin mirar más allá, sin ver lo que realmente era. La rabia me consumió y clavé con fuerza el cuchillo en el cuerpo flácido de aquella insulsa joven.
— Escúchame bien, le llevarás un mensaje a Isabella Swan, es lo único que te libra de una muerte anunciada, así que no pierdas detalle.
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Peter se inclinó sobre Leslie que yacía semidesnuda y completamente a su merced, pero la repugnancia que sentía el profesor hacia aquella joven era su único salvavidas, no cumplía con el canon de mujeres que siempre le habían atraído, que había ansiado y cuyos trofeos guardaba con celeridad y llevaba junto a él siempre que se cambiaba de ciudad. Nunca permanecía más de dos años en una de esas poblaciones, la alteración había llegado la primera vez que había visto a Bella, estaba a punto de marcharse de Chicago cuando la joven entró en la sala donde estaban dispuestos los formularios para matricularse, Bella había saludado y había sonreído tímidamente a todos los presentes incluido a Peter.
Nunca ninguna mujer había mirado al profesor, jamás nadie le había sonreído si no era para lograr un aprobado en su asignatura y aquel simple gesto, aquel ligero movimiento de esos labios había supuesto el cambio en Peter. Se había quedado en Chicago, obsesionándose día tras día con ella, intentando sin éxito un acercamiento que no podía ser, había abandonado cualquier otra cosa que no fuese todo lo referente a Bella.
Cuando empezó a leer sus trabajos, a escuchar sus más intensos sentimientos plasmados de una manera tan magistral su deseo había crecido hasta el más alto de los niveles. Había descubierto a su alma gemela, a su complemento en aquel mundo que sólo sabía mirarle como el cerebrito incapaz de tener una relación sana con una mujer. Nadie entendía que él no quería a cualquiera que estuviese bien dispuesta, estaba esperando, reservándose para alcanzar la perfección junto a su mujer.
Y esa era Bella, capaz de saciar hasta el más insignificante de sus caprichos.
Me giré sujetando con fuerza la manta que tenía sobre los hombros, eran las doce de la noche y el decano estaba en la puerta de la habitación de mi madre mirándome con un gesto aterrador. No quería que la despertase así que sin comprender su visita me apresuré a salir al iluminado pasillo.
El señor Grant se retorcía las manos frente a mí, para mi sorpresa vestía unos viejos vaqueros y el jersey apenas cubría su amplia barriga dejando al descubierto una camisa de rayas rojas, tenía un gusto un tanto extraño pero lo más raro era verle allí. Había recibido su llamada aquella mañana para interesarse por mi madre y no entendía que le había llevado a venir a aquella hora de la noche.
Se paseaba frente a mí sin conseguir decirme nada poniéndome nerviosa, me volví hacía el largo pasillo dándole tiempo para organizar sus ideas pero no estaba preparada para ver a Carlisle y Edward seguidos por Emmett y Alice recorrerle salvando la distancia que nos separaba.
— Señorita Swan, ha ocurrido una desgracia en el Campus —esa pequeña afirmación fue suficiente para que dejase de observar el rostro serio de Edward y mirase al decano.
— ¿Qué ha pasado? —pregunté con un nudo en la garganta que no podía entender.
— La señorita Nell, cómo puedo decirle esto y más teniendo aquí a su madre, será mejor que me marche.
— Espere —le pedí poniendo mi mano en su brazo— ¿Qué ha pasado con Leslie?
Antes de que el señor Grant pudiese hablar tenía a mi lado a Edward.
— No preguntes —me murmuró, el decano no parecía haberse dado cuenta de que había más gente a nuestro alrededor, pero las palabras de Edward eran suficientes para que volviese a cuestionar lo que pasaba.
— Hace una hora el guardia de seguridad encontró a la señorita Nell, sí no llega a ser porque su bolso estaba tirado bien visible no la habríamos hallado hasta por la mañana. Es un escándalo lo que ha pasado, ¿cómo lo vamos a solucionar?, ¿cómo voy a evitar que la prensa se haga eco de todo esto?, debo buscar la manera de salvar la reputación de la universidad y lo haré. Claro que sí, todo esto es demasiado escabroso, pero debe quedar en una leyenda…
Empecé a sentir como la sensación de ahogo se apoderaba de mí, sin poder apenas respirar le pedí que fuese más claro a pesar de notar la tensión de Edward a mi lado, él ya sabía lo que pasaba, ya lo había visto y ante la falta de claridad de las ideas de mi jefe me volví hacía Edward.
— Dímelo —Edward negó con la cabeza.
— Señor Grant, imagino que la situación es complicada pero necesito saber lo que ha venido a contarme más allá de sus propias preocupaciones —percibí el ligero movimiento de los labios de Edward explicándo a los demás lo que estaba aconteciendo.
— La señorita Nell ha sido víctima de un desalmado que la hizo todo tipo de agresiones, pero sólo podía preguntar por usted, al parecer tiene un mensaje de ese tipo.
Busqué a tientas algo a lo que agarrarme mientras aquellas palabras calaban en mi mente haciéndome comprender lo que pasaba, aún no sabía la gravedad de lo que había sufrido Leslie pero era por mi error, yo había provocado a Daniel aquella misma tarde y había buscado venganza, sentí como me asfixiaba la angustia, como caía sobre mí la culpa más aniquiladora.
Notaba rodeándome la cintura el brazo de Edward, no podía enfocar la mirada imaginándome a Leslie en manos de aquel desequilibrado, no podía interpretar lo que el señor Grant decía a pesar de que me lo estaba contando a mí, no tenía sentido todo lo que estaba aconteciendo.
— Decano —le llamó Carlisle consiguiendo que el hombre desviase la mirada hacia él— ¿por qué no me acompaña y pensamos como arreglar este problema?
— No me diga que va a ayudarme —estaba bañado en sudor, cerré los ojos porque no soportaba como el señor Grant me acusaba de lo que había pasado— no sabe cuanto se lo agradezco.
El resto de la conversación se volvió un susurro de pasos que se alejaban mientras mi mente intentaba recobrar la compostura, lo único seguro es que Edward me sujetaba y no me dejaría caer en el abismo. Debía ser fuerte, recobrarme, empecé a respirar sin apresurarme, buscando la serenidad perdida, escuchando el rugir de mi corazón en mi pecho, contando los segundos hasta que fui capaz de abrir los ojos. Alice y Emmett me miraban completamente desconcertados por mi reacción exagerada pero era tal el cúmulo de emociones y de altibajos de aquellos últimos días que había sido imposible controlar aquello aunque me avergonzaba de habérselo mostrado en todo su esplendor.
Alice me tendió su mano y la sujeté.
— Estoy bien, tranquila —vi escepticismo en su mirada y les sonreí pero no podía separarme de la seguridad que me transmitía Edward.
— Es digno de ver, no sabía que podías ponerte verde, Bella —señaló Emmett aunque apenas había humor en sus ojos sino preocupación.
— No os preocupéis, es sólo que esta tarde Daniel estuvo aquí —escuché gruñir a Edward a mi lado—, me enfrenté a él, le dije que no me acobardaba y mirar lo que ha ocurrido, maldita valentía —señalé más para mí que para ellos.
Leslie no tenía porque haber pagado por algo que no era suyo, necesitaba remediar el daño en la medida de lo posible.
— No irás a verla —afirmó Edward como sí me hubiese leído la mente, me volví hacía él contrariada pero su rostro no daba lugar a discusión.
— Necesito…
— Bella, está muy mal, el decano ni siquiera ha visto la mitad de todo lo que le ha hecho.
— Debo ir a verla, hablar con ella, saber lo que ha pasado, no te pongas en mi contra Edward —me solté de su agarre, no dejaría que decidiese por mí, no en aquello.
— No te permitiré pasar por esto, hace un minuto estaba sufriendo un nuevo ataque, ¿Cuántas veces te pondrás al límite?, ¿en qué momento empezarás a ser un poco más sensata?, tienes que cuidarte, estoy harto de tantas medias verdades.
— Te estas desviando del tema.
— Quiero que seas sincera conmigo —estaba dolido y me afectaba más de lo que podía soportar pero no podía decirle la verdad, eso sólo haría que él se sintiese en la obligación de convertirme y no sería un estorbo para su vida, aceptaba lo que me pasaba a pesar de todo.
— No es el momento —desvié la mirada sin poder inflingirle una nueva herida— Alice, ¿puedes quedarte con mi madre?
— Por supuesto, vete a descansar y
— No es mi intención, volveré enseguida —corroboré sin dejarla terminar de hablar. Emmett parecía asustado con mi forma de actuar, ¿tanto les desconcertaba que fuese un poco más atrevida de lo habitual? pensé mientras buscaba la manera de escabullirme de su control.
— No lo harás —Edward se puso frente a mí—, no irás a verla y estoy dispuesto a hacer lo que sea por impedirlo.
La semana se presenta un poco agitada y no puedo aseguraros cuando actualizaré, sí tendréis que esperar al viernes o mañana habrá capítulo nuevo.
Misterio desvelado. Espero vuestros comentarios porque ya no habrá más confusión en este tema salvo la que sienta la propia Bella dado que ellos aún no lo saben. Muchas de vosotras habíais pensado en Peter como el acosador y acertásteis desde un principio.
Muchísimas Gracias a mis chicas: Cerezo, Rosh, Mherary, Eddie, Reneesme, Yesiita, Adri, Maleja, Sofylm, Lis y Chicasagacrep. Os cedo la palabra. Besos.
