Un drabble al año no hace daño, pero es costumbre más sana un drabble a la semana. Y he aquí uno con un título muy especial y un contenido que aún lo es más. Me he inspirado en la canción Happy together, de Filter, para redactar este capítulo. Espero que os guste.
¡Gracias por vuestros reviews! Vuestras opiniones me animan a seguir con esta historia.
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Disclaimer: Thor, sus personajes y ubicaciones no me pertenecen a mí, sino a Marvel y a Disney.
26. Amor
La mañana se despertó más fría de lo habitual en Asgard. Mientras desayunaba, un criado entregó a Loki una misiva que el rey leyó reprimiendo su estupor y su ira: Frigga había roto el sello que ella misma había mandado poner sobre la Cámara de Odín para entrar también ella en la misma. Sus criados más fieles tenían órdenes de restablecer el sello tan pronto como la reina acompañase a su esposo. La decisión, tomada apresuradamente la noche anterior, como explicaba Frigga en la carta escrita de su puño y letra, se sustentaba en su explicación de que no debía dejar al Padre de Todos allí solo, durmiendo, y que deseaba estar con él cuando despertase, cosa que haría pronto, estaba convencida. La reina se deshacía en disculpas por dejar a su hijo solo, pero para Loki aquellas palabras estaban vacías. No podía dejar de pensar en que los astutos actos de su madre adoptiva limitaban sus posibilidades de librarse de ella sin que la culpa recayesen en él, pues era de los pocos asgardianos que dominaban la magia lo bastante como para poder teletransportarse, y todos los habitantes del Reino Dorado lo sabían. Se preguntó si aquella endeble excusa de adolescente enamorada era el verdadero motivo por el que Frigga se había encerrado en aquella especie de caja fuerte en el corazón del palacio, o si había algo más. ¿Sospechaba la reina madre de él, temía por su vida? De ser así, eso sólo significaba una cosa: que el cerco en torno al actual monarca y sus estratagemas era cada vez más estrecho. ¿Por qué había fallado todo de aquella manera? Era un plan perfecto.
Sin embargo, no se entretuvo demasiado en sus lamentaciones. Él era Loki, dios de las mentiras y el caos, y siempre tenía un plan en la recámara. Los jotuns afilaban sus cuchillos en su reino helado, listos para cobrarse su venganza por la deshonrosa derrota inflingida por Odín muchos siglos atrás, pero no llegarían a poner sus indignos pies en Asgard. Loki no lo permitiría. Ahora era su reino.
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De todas las cosas que Darcy había imaginado que podrían llegar a suceder en aquel dormitorio, el descubrimiento de las líneas que marcaban el paso de los días en su pared por parte de la criada era una de las situaciones que jamás pensó que llegarían a suceder. O al menos, no con ella en el cuarto. Estaba en la bañera mientras la criada adecentaba el dormitorio, como siempre, pero Darcy no le hizo mucho caso hasta que la oyó mover el tocador. Entonces se incorporó un poco, y pudo ver a la criada inclinada sobre el rincón que ocultaba normalmente el mueble. Las líneas que la joven había trazado sobre la pintura rosa de la pared ya no quedaban ocultas por el fino tocador blanco, y ella se tensó a la espera de la reacción de la criada. Tardó tanto en reaccionar que Darcy estuvo a punto de gritar. Finalmente, la mujer se giró lentamente para contemplar a la midgardiana, agazapada en la bañera. A Darcy le resultó muy complicado desentrañar su expresión y, dudosa sobre cómo reaccionar, se quedó quieta, callada, devolviendo la mirada a la criada que, transcurridos unos instantes, preguntó:
-¿Significan esas líneas lo que creo que significan?
Aunque hablaba su idioma, la criada tenía un acento curioso. O a lo mejor sólo se lo parecía, pues había pasado mucho tiempo escuchando sólo dos voces: la de Loki y la suya propia.
-Si crees que señalan los días que llevo aquí encerrada, entonces sí –respondió al fin.
La criada no respondió enseguida. Tragó saliva y siguió haciendo la cama. Darcy la notó dubitativa respecto a todas las mañanas anteriores en que había arreglado la habitación sin mirarla siquiera, actuando con superioridad, pero después de haber intercambiado aquellas palabras, la mujer parecía haber perdido gran parte de su aplomo. De hecho, la joven la descubrió mirándola con velada compasión, aunque apartó el rostro enseguida. La criada abandonó el dormitorio que había sido su prisión durante aquellos meses y Darcy volvió a reclinar la cabeza sobre el borde de la tina de oro, pensativa.
A veces, sólo a veces, recordaba quién era y por qué estaba en Asgard. Y cada vez que lo hacía, se asqueaba de todo, de haberse rendido a aquel rey egocéntrico, de olvidar que era una prisionera a cuya cama Loki acudía cuando le venía en gana. Y cuando siempre, siempre se recriminaba haberlo olvidado de nuevo, y se prometía que no volvería a pasar.
Pero seguía pasando. Darcy se estaba perdiendo a sí misma, y nunca antes en su vida había tenido tanto miedo.
Temblando, se decidió a salir de la bañera. El vestido que la doncella había dejado aquel día era de color rosa claro. Darcy se lo puso y se sentó en el sillón frente a la ventana. Tardó unos minutos en darse cuenta de que no estaba haciendo nada. Nada en absoluto… salvo esperar a Loki. Aquel descubrimiento hizo que la joven se enderezase como una liebre al oler un depredador. ¿Qué le había hecho Loki para cambiarla así? No podía ser sólo el sexo. Era imposible. Ella no era así. Se reclinó lentamente, apoyando la espalda en el respaldo del sillón. Se esforzó en pensar en escapar, como lo hizo durante las primeras semanas, y descubrió que, a diferencia de entonces, cada molécula de su cuerpo no le exigía volver a casa, lejos del rey déspota. Se había acomodado a aquella vida de amante clandestina, y se dio cuenta de que en el fondo, muy en el fondo, sabía que había perdido la partida. Puede que hubiesen pasado cien años, doscientos, en la Tierra. Puede que todo lo que había conocido no fuese ahora más que polvo.
No tenía la menor certeza de ello, pero si era así, Asgard era cuanto le quedaba.
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El repiqueteo de los pasos de Loki era el único sonido que reverberaba en el corredor del palacio. Tenía las manos manchadas de sangre, de un rojo vivo que contrastaba con el tono oscuro de sus vestiduras. Cuando asesinó a Laufey, su hijo se sorprendió al comprobar que la sangre de los jotuns era igual que la de los asgardianos. Lo cierto era que, después de descubrir su verdadero origen, había invertido no poco tiempo tratando de averiguar por qué él no compartía los rasgos físicos externos con sus parientes, los Gigantes de Escarcha. Esperaba descubrir así cómo había conseguido Odín engañarle durante tantos años, a él, que fue una vez venerado como el dios de las mentiras. No había hallado una respuesta satisfactoria, pero sí se había percatado de que hay cosas que no cambian de una especie a otra. El color de la sangre, su olor, su textura, era igual en los habitantes de todos los Reinos.
Eso no le hizo sentirse al mismo nivel que el resto, claro. Seguía siendo Loki, el falso príncipe de Asgard, el hombre destinado a ser recordado por el Universo, ya fuese como rey o como destructor.
Pero la dicotomía podía esperar. En aquel momento, como en muchos otros durante las últimas semanas, el jotun se dirigía a la habitación de Darcy. No se planteó lo que pensaría ella al verle cubierto de sangre. No le importaba. Sólo podía pensar en volver a tenerla entre sus brazos. Con todos los aspectos de su plan derrumbándose a su alrededor, cerrando el cerco en torno al vencedor seguro que se había creído, Darcy se había convertido en el único refugio que tenía en aquel palacio construido con mentiras, y ni siquiera podía compartir con nadie la presencia de la midgardiana encarcelada.
No tuvo que tocar el picaporte de la puerta para que ésta se abriese a su paso. Darcy miraba por la ventana y se giró para contemplarle. Dio un respingo al observar la sangre que teñía los dedos del jotun, pero no hizo ningún comentario al respecto. Loki acortó el espacio entre ellos hasta situarse justo junto a ella, pero no la tocó. Esperó a que ella se pusiese de puntillas y le besase en los labios, primero con delicadeza, apasionadamente luego. La midgardiana suspiró cuando se separaron y dijo:
-Sabes, en la Tierra solemos decir… que si amas algo, debes dejarlo libre: si regresa contigo, es tuyo; si no vuelve, nunca lo fue.
Le costó sostener la mirada a Loki mientras repetía aquella frase que leyó en un libro hace mucho tiempo. El rostro del rey no pareció alterarse, ni siquiera al preguntar:
-¿Estás sugiriendo que no vuelva a cerrar tu puerta?
Ella tragó saliva, pero no respondió. Entonces, Loki alzó las manos y sostuvo el rostro de Darcy entre ellas. Habló con sus ojos fijos en los de ella:
-Ya me has demostrado que no puedo confiar en ti lo bastante -la joven sintió un nudo en la garganta-. Y, en realidad, no sabrías qué hacer con tu libertad. Volverías a mí sólo por eso.
El nudo en la garganta de Darcy se aferró a su pecho, y se mantuvo casi inmóvil cuando Loki volvió a besarla. ¿Por qué siempre cometía el error de pensar que podría engañarle fácilmente? Aunque en esta ocasión, había creído que podía aprovecharse de los sentimientos de Loki. Eso no le hacía ser mucho mejor que él. Quizá haber pasado tanto tiempo a solas con el rey la había convertido en un monstruo como él. Pero no se sentía diferente. Su rostro era el mismo. Ser malvada no la había cambiado. Quizá eso fuera lo más aterrador de todo.
Loki no se entretuvo con Darcy en aquella ocasión. Sus palabras le habían perturbado más de lo que le había demostrado a ella, y deseaba estar solo para reflexionar. Liberar a Darcy estaba, para él, fuera de toda cuestión. Era algo que no podía permitirse. No ahora, cuando ella era todo cuanto le quedaba.
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