¡Que viva Nicaragua!
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Capítulo 26
Mientras la primavera fluía sin esfuerzo hacia el verano y en los jardines aparecían flores de vivos colores, el cuerpo y la mente de Anna empezaron a curar, revividos por el calor, los días perezosos y los toques del amor. Elsa se portó como una enfermera atenta y sensible con Anna, aunque la favorecía con servicios adicionales con los que no soñarían ni las pacientes más particulares.
—Mi tratamiento es holístico —decía —, trata de curar todo el cuerpo y la mente. —Anna no creía mucho en la teoría, pero estaba dispuesta a permitir que los terapéuticos dedos de Elsa hiciesen su trabajo.
Por desgracia, a pesar de las cálidas temperaturas que las incitaban a salir, el miedo las obligaba a permanecer en casa. La torre ofrecía protección y, aunque el jardín apelaba a sus sentidos con los perfumes del jazmín y las amapolas de un rojo vibrante, no se sentían seguras con Hans suelto. El detective Keenan las llamaba regularmente, pero la confianza en una pronta detención que él les había instilado se desvanecía a medida que pasaban los días y Hans no aparecía. No se quejaban, pues el salón era una verdadera solana en la que languidecían, Anna comprobando todos los detalles de las vacaciones, Elsa haciendo los dibujos estructurales de su trabajo.
A mitad de la semana Elsa tuvo que desplazarse a la oficina de la ciudad y Anna la acompañó. Los colegas de Elsa, que habían sido informados de lo ocurrido por la policía y por la propia Elsa para garantizar la seguridad en el lugar de trabajo, se mostraron comprensivos y deseosos de mimar a Anna con su escayola. Mientras estaban en la oficina, Elsa se llevó otra agradable sorpresa. Dejó a Anna ante su mesa mientras se reunía con su jefa, Jasmín Jessup. Al poco rato se presentaron las dos. Jasmín era una persona amable, de aspecto eficiente, con cabellos negros y un maquillaje bien aplicado que la convertían en una mujer de mediana edad muy atractiva. Si se añadía a eso su traje bien cortado y sin duda caro, enseguida se veía que se trataba de una mujer importante. Anna entendió por qué a Elsa le gustaba tanto: era de esas mujeres a las que forzosamente había que admirar.
—Hola, Anna. Me alegro de conocerte al fin. Elsa me ha hablado mucho de ti —saludó con voz suave, aunque firme.
—A mí me ha contado que es usted su confidente. Ahora que la conozco, lo entiendo —repuso Anna dándole la mano a Jasmín.
—Veo que ese personaje, Hans, te ha tratado de mala manera. ¿Cómo te encuentras?
—Un poco dolorida, pero con esta excelente enfermera y la perspectiva de las vacaciones, mi espíritu está muy animado.
—Debo agradecértelo. Sabía que debías de ser alguien muy especial cuando Elsa solicitó las vacaciones. Hace años que le sugiero que se tome un buen descanso. Estaba empezando a pensar que se había olvidado de descansar.
Elsa se ruborizó al oír que hablaban de ella, una debilidad que Anna no había notado previamente, pues era ella la que siempre se ponía colorada. Deseó poder cogerle la mano; en vez de eso, empeoró las cosas al responder:
—No se preocupe. Haré todo lo que pueda para que se relaje.
Jasmín pareció dudar un momento antes de hablar.
—Anna, dímelo si crees que no es de mi incumbencia, pero Elsa me contó que te habían despedido. He estado pensando: aquí tenemos una sección de contabilidad bastante grande, así que, si te parece bien, ¿por qué no me envías un currículum? Veré lo que hay. No puedo prometer nada, pero siempre estamos buscando personal inteligente y agradable.
Anna esbozó una sonrisa de felicidad.
—No, no me importa que sepa que me han despedido. Agradezco mucho su oferta y, por supuesto, le enviaré mi currículum vítae. Muchísimas gracias.
—Me alegro de ayudar a alguien tan cercano a Elsa. Tenemos la suerte de que, aunque trabajamos juntas, somos grandes amigas. Ojalá nosotras también seamos amigas. —Miró su reloj—. ¡Uy! Debo ir corriendo a una reunión. Espero que te recuperes pronto y que tengan unas estupendas vacaciones.
Cuando Jasmín salió del despacho, Anna se acercó a Elsa y le dio una palmada cariñosa en el curvilíneo trasero.
—Tengo que agradecértelo. ¿Cuándo has tramado lo del trabajo? ¿Y qué maravillas le has contado de mí, diablillo?
—Acostumbro a llamarla todos los días cuando no vengo a la oficina, para estar al tanto de lo que ocurre y comentarle lo que hago. Naturalmente, hablamos de muchas cosas. Como ya te dije, somos amigas, pero en muchos aspectos es para mí la madre que no he tenido. ¿Te cae bien?
—Es maravillosa. Todo sofisticación. ¿Aprendiste de ella el gusto por la ropa?
—Supongo que sí. Cuando yo acababa de llegar y era insegura, con Hans rondando, me tomó bajo su protección. Una de las cosas que me enseñó fue a ir de compras.
A medida que se acercaban las vacaciones, aumentaba su emoción. Para las dos se trataba de una novedad que vivirían juntas, pues nunca habían pasado las vacaciones con una pareja. Elsa disfrutaba de la euforia casi infantil de tener unas vacaciones de verdad en vez de una temporada en casa con sus padres. Y además estaban las compras. Anna hizo minuciosas listas con la comida y artículos para la casa que debían comprar en el supermercado y otras más seductoras y entretenidas de ropa. Estas últimas las obligaron a desplazarse varias veces a los grandes almacenes del West End londinense; regresaban cargadas de bolsas, muchas de ellas llenas de cosas para las vacaciones y otras no. Se dejaban llevar por la alegría de las vacaciones y adquirían cosas que siempre habían querido tener con el pretexto de que les hacían falta. Como Anna tenía el brazo escayolado, tuvo que recurrir a Elsa para que la ayudase en los probadores, una tarea que las hacía reír a menudo. Sin embargo, por una especie de acuerdo tácito, limitaron sus manifestaciones de afecto en público a cogerse de la mano. A veces se daban un beso rápido cuando estaban solas, pero a ninguna de las dos le apetecía suscitar la curiosidad pública o el resentimiento ante algo tan querido.
Sin darse cuenta, se les echó encima la víspera de la partida. Como eran personas ordenadas, estaban preparadas, con las maletas hechas y listas para viajar. Lo ideal habría sido cargar el equipaje en el Land Cruiser esa noche para salir por la mañana temprano, pero las disuadió el miedo a la presencia de Hans, así que dejaron las cajas y las bolsas junto a la puerta principal. Por suerte, los asientos traseros del Land Cruiser se podían abatir, de forma que parecía más una mudanza que un viaje de vacaciones. Esa noche se acostaron temprano porque Elsa tendría que conducir los días siguientes e Anna estaba empeñada en disfrutar de un sueño reparador.
—Cuando estemos allí, podemos relajarnos y hacer todo lo que nos apetece hacer juntas —dijo Anna.
—¡Hum! Me da materia para pensar mientras conduzco —repuso Elsa.
—Sé que Francia es el país del amor, pero no creo que los gendarmes acepten la excusa de que haces eses a causa de tus pensamientos eróticos.
—¡La aceptarán cuando te vean! — replicó Elsa.
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Cuídense mucho y nos veremos pronto.
Que La Fuerza Los Acompañe...
