Queridísimas lectoras,

¡Ahora sí, por fin una actualización más rápida! Creo que se los debía por esperar tan pacientemente.

Por supuesto no podría haberlo logrado sin mi gran Beta, Andrea, una aplicadísima editora que me tiene toda la paciencia del mundo, cuando rebato algunas ideas un poco locas y ella me muestra el camino. Ella es de Betafanfiction de Mundofanfiction ¡Gracias por existir chicas nos solucionan la vida!

Cariños y ¡Mil gracias por leer mi historia!

Karen

Capítulo XXVI

Carrera de la muerte

La olla explotó y su contenido se esparció en mil pedazos, sin embargo, aún considerando los daños colaterales, valían la pena los perjuicios: la vida de Edward estaba en juego.

Ese día mi noble Alice decidió cooperar y someterse a cuánto examen fuese necesario para saber si su médula era compatible con la Edward, pero con su novio seguía profundamente dolida, nadie le sacaba de la cabeza que Jasper había manipulado sus sentimientos para obtener su voluntad a cambio. Se equivocaba y de eso podía dar fe.

Jasper tuvo la difícil misión de hablar con Carlisle y armar una cita entre él y Esme. Ambos se reunieron a almorzar en el mismo restaurante que me había llevado Jasper a mí. Las cosas salieron bien, y aunque Carlisle terminó un tanto afectado, logró entender la actitud de Esme, porque según le explicó ella, jamás quiso entrometerse en su matrimonio y cuando se enteró —hace veinte años— que había vuelto con su mujer, se hizo a un lado a pesar de que lo amaba y esperaba un hijo de él: Alice.

La única versión que a este momento no tenía clara era la de Elizabeth. Carlisle siempre se mostró muy respetuoso con ella, aunque no sé si enamorado. Noté la triste diferencia al verlo junto a Esme en el supermercado, los ojos le brillaron de emoción —como Edward me miraba a mí en el tiempo que me quería— y el rostro pálido habitual se le llenó de un rubor suave y tímido. Con la mamá de mi ex novio era un trato cordial y amable, pero carecía de emoción, ¿Quizá era por los años?

Finalmente, esta noche se reuniría Alice con Carlisle. Mañana la llamaría para saber qué había resultado de ese reencuentro padre e hija y bueno, mañana también sería el momento de contárselo a Edward.

Con los acontecimientos y hallazgos recientes el mundo parecía haber dado un vuelco en ciento ochenta grados: los padres ya no eran quienes debían ser, habían hermanos que siempre estuvieron ahí, pero nunca nadie lo supo, excepto un par. Alice estaba enojadísima con su madre y su novio y no les dirigía la palabra a ninguno de los dos, pero así y todo valía la pena por Edward.

Ese jueves en la noche Rose me llamó para que saliéramos. Una velada de chicas solteras.

—¿Y qué pasó con el cowboy? —sonreí extrañada.

—¡Me aburrí! Ese hombre es un burro terco. No me da chance, desconfía de mí —bufó decepcionada.

—Yo creo que está cediendo —argumenté de manera alegre.

—¡Vaya! No lo creo Bells, en cuanto puede encuentra una excusa para alejarse de mí —gruñó.

—Es una pantalla, Rose, te lo aseguro… pero, si quieres salir esta noche soy materia dispuesta —acepté, estos últimos días me habían devuelto la esperanza y el ánimo.

—Te paso a buscar a las nueve. Espérame en el frontis de tu casa —espetó con un tono pícaro— esta noche volveremos a ser las chicas independientes y adictas a la adrenalina.

—¡Obvio! —chillé, mi mente calenturienta se emocionó ante la idea.

Me vestí muy sexy para la ocasión: una cola alta y seductora, ojos maquillados de gris oscuro, labios rojos, straples, pantalones pitillos y botas con tacones. Esta noche sería un retorno a nuestro mundo de caza sin restricciones. La Barbie no era puntual como Alice, así que me quedé observando por la ventana hasta que vi aparecer su auto, por supuesto eso fue cerca de las nueve y media. Rose tocó la bocina y salí disparada por la puerta.

Me subí a su coche y en cuanto entré olí un dulzón y peculiar aroma dentro del coche. Rose reía más de lo habitual, un particular cigarro de confección manual era el origen de todo ello.

—¿Quieres? —ofreció demasiado sonriente.

—¡Qué diantres! ¿No creo que me haga tan mal o sí? —espeté riendo y ella negó con una sonrisita estúpida en el rostro. Acepté, era una buena manera de distraerse…

Llegamos a Don Trauco. Había una fila tan larga que tuvimos que armarnos de paciencia, pero menos mal la espera no fue en vano. Un par de chicos esperaban tras nosotras y no tardaron en engancharnos. Me gustó el de tez más oscura y pinta de atleta —bueno, ambos tenían músculos y se notaban muy en forma—. Era alto, fornido, de cabello medio desordenado y fino que le caía sobre la frente, además de ser dueño de una cautivadora sonrisa. Se llamaba Nahuel, era de Chile. Estaban aquí en una competencia de remo entre universidades. Ambos eran muy amables y a pesar de los impedimentos del idioma, se hacían entender muy bien.

Por supuesto llegaron a este sitio porque les había llamado la atención el nombre del bar, curiosamente era parte de la mitología de su país. Tres cuarto de hora después ya estábamos adentro. Tomamos unas cervezas y nos fuimos a bailar. Eran un par de chicos bastante seductores y muy sensuales para bailar, realmente tenían ritmo y nos hacían arremolinarnos alrededor de ellos como unos verdaderos trompos. Un par de adquisiciones muy excitantes.

Acabamos en una cita doble. Rose estaba en un rincón oscuro con su amigo Rodrigo, y yo junto a Nahuel quedamos en la mesa frente a los baños. De pronto, y después de un par de tragos más se abalanzó sobre mí como un demonio, pero no me opuse, era una manera más carnal de llevar las cosas, pero diferente. Besaba deliciosamente y no fuimos más allá sólo porque llegó el entrenador, furioso, a buscarlos, la competencia era en la madrugada y su salida nocturna era una falta grave. Nos quedamos solas.

Ya bastante pasada de copas fui al baño a refrescarme un poco. Rose se había quedado en la barra junto a la puerta, nos habíamos quedado de encontrar allí en cuanto saliera del privado para irnos. Ya lo habíamos pasado suficientemente bien y mañana teníamos clases. Cuando salí en busca de Rose no la encontré. Di una vuelta por todo el recinto, pero no hubo caso, ¡Arg! probablemente se había encontrado con alguien y desapareció sin previo aviso, ¿A lo mejor habían vuelto los chicos exóticos? La llamé, pero no contestó. Esto era extraño.

Busqué una vez más y le pregunté al barman si acaso la había visto. Me dijo que la vio salir con tres chicos, ¿Rarito, no? Salí de prisa, no sé, algo en esto no calzaba ni olía bien. De pronto asomé la nariz por la berma e identifiqué a los tres chicos. Rose estaba acorralada por ellos con la espalda pegada en un inhóspito muro de cemento. Caminé hacia allá, hasta que me topé con sus ojos ambarinos. Tenía el rostro deformado por el miedo, pero así y todo, movió la mano, indicándome que me fuera. Los tres desgraciados: Dimitri, Riley y Félix la amenazaban de frente y me daban la espalda. Quedé paralizada, sin aliento y sin saber qué hacer por un minuto.

Le hice caso a Rose y me escondí dentro del local, hasta que se fueron. Cogí mi teléfono y llamé a Jasper.

—¿Jasper?, Hola, Bells. Necesito que me ayudes —le dije casi llorando.

—¿Algún problema con Alice? —preguntó frenético.

—¡No, con Rose! Se la acaban de llevar los Beta. Ayúdame, por favor —le supliqué.

—¿Dónde estás? —insistió. A través del auricular oí que cogió unas llaves.

—En Don Trauco.

—Voy para allá.

En menos de quince minutos las ruedas del auto de Jasper frenaron estrepitosamente frente al bar. Me subí con los ojos cubiertos de lágrimas.

—¡La van a matar, Jasper, la van a matar! —aullé frenética. Él tenía el ceño fruncido y los labios tensos.

—Malditos bastardos, las van a pagar todas —refunfuñó entre dientes. Cogió el móvil, llamó a Emmett y le pidió que él avisara al resto de los chicos. — ¿Tienes idea de dónde pueden haber ido? —me interrogó armando una estrategia en su mente.

—A "La cuna de oro" —decreté.

—¿Qué eso, el centro de reuniones? —preguntó.

—El equivalente a "El sarcófago" de ustedes —musité y él asintió muy tenso.

—Bella —me advirtió— no podemos ir solos. Debes avisarle a tu padre.

—¿Qué? ¡No! —repliqué— prefiero que él quede fuera…

—No, es el momento, Bella —me llamó la atención— necesitamos de la ayuda de un policía.

Tenía razón. Yo, cobarde como siempre, nunca había sido capaz de contarle a mi padre sobre los artificios de aquellos chicos, más por vergüenza de haberme involucrado con ellos que por otra cosa ¡Malditos cerdos! Me armé de valor, cogí el teléfono y llamé a Charlie.

—¿Papá? —intenté afirmar la voz para que no se me quebrara.

—¿Pasó algo hija? ¿Edward? —de un momento a otro acabó su voz somnolienta para dar paso a una voz ronca y dispuesta a cooperar.

—No, papá. Es respecto a unos chicos que acaban de secuestrar a Rose.

—¿Qué? —aulló frenético —¿Dónde estás tú? ¿Estás bien? —oí que se puso de pie y despertó a mi madre.

—Yo sí, pero necesito que me ayudes… sino la van a matar —me puse a sollozar.

—Bella, quédate donde estás voy para allá —me ordenó.

—Papá voy con Jasper camino al refugio de… los… Beta

—¿Quiénes son los Betas?

—Los chicos que secuestraron a Rose —aseguré.

—¿Los conoces? —gruñó notoriamente alterado.

—Sí.

—Dime dónde. Voy para allá.

Corté el móvil y el corazón se me hizo un nudo, tendría que explicarle todo a mi padre, no me dejaría en paz hasta averiguar el último detalle. No sabía de qué modo se lo iba a plantear sin que se horrorizara. Ahora sí o sí saldría todo al tapete, pero no importaba, lo único apremiante en este momento era Rose. Jasper cogió el móvil y marcó un número.

—Habla tú —extendió el brazo y me pasó el llamado. No alcancé a decir nada cuando una voz, ya conocida por mí y desde lo más profundo de mis pesadillas, contestó al otro lado del teléfono.

—Alfita —susurró en un tono de triunfo. Era Dimitri.

—No, soy Bella. Quiero hablar con Rose —le ordené.

Mmmmmm… no sé si querrá hablar contigo. Espera, déjame preguntarle…, aunque está bastante ocupada con Riley y Félix. No sé si quiera… —habló con tono tranquilo y repulsivo.

—¡Dame con ella infeliz! —le grité frenética.

—Bella, Bella querida, ¡Shhhht!, no subas la voz, me conoces bien, no necesitas gritar…

—Déjame hablar con ella —gruñí.

Se oyó como si el móvil hubiese caído y luego pasado a otra mano.

—¿Quieres oír como la perra de tu amiga aúlla de felicidad? —Félix amenazó con voz áspera. Ante la violencia de sus palabras quedé impávida, muda. Jasper lo notó y me quitó el móvil.

—Imbécil, deja a Rose en paz o te vas a arrepentir —lo enfrentó Jasper, mientras ponía la llamada en manos libres. Se oyeron carcajadas de fondo.

—¿Qué nos harás? ¿Vendrás para acá con tu amigo que huele a gladiolos? —respondió el muy infeliz. Risas nuevamente.

—Piensa bien lo que harás sesos de agua, porque tus días están contados —el novio de mi amiga volvió a arremeter.

—No pierdas tu tiempo y déjanos a nosotros disfrutar esta dulce velada con la rubia despampanante —de nuevo Dimitri estaba al habla.

—Son unos pobres perdedores —bufó Jasper con una risa sarcástica fingida, porque al mirarlo me daba cuenta que estaba muy nervioso.

En una avenida contigua nos hicieron cambios de luces. Era Emmett y por la ventanilla comprobé que iba con James, Eleazar y dos chicos más. Un par de kilómetros más allá esperaban dos radiopatrullas. Jasper apretó el acelerador a fondo y tomó la primera curva a la izquierda con dirección a "La cuna de oro". Ya estábamos a menos de diez minutos.

Aquel sitio oscuro, donde había estado alguna vez en son de amistad, ahora parecía más tétrico. Era un lugar abandonado, el lugar perfecto para cometer un crimen sin que nadie lo sospechara. El galpón desierto estaba mimetizado entre los grandes árboles y las sombras del negro cielo que cubría el escenario como si se tratase de un cuento de brujas.

En cuanto llegamos me bajé del coche de Jasper, corriendo estrepitosamente, quería encontrar pronto a Rose. En mi impulso movido por la ansiedad tropecé con una piedra y casi caigo de boca a no ser porque alcancé a poner la palma de las manos. Sentí un tibio líquido derramarse a través de mi piel, pero no me importó y seguí abriéndome paso en aquel lugar. De pronto, una voz masculina autoritaria y ultra conocida para mí me llamó.

—¡Bella, detente! —gritó Charlie en medio de la penumbra. Me paralicé sin pensarlo mucho, batiéndome en una lucha interna entre seguir o detenerme. Una docena de pesados pasos corrieron a mis espaldas. Mi padre me cogió con fuerza por el brazo y me giró para que lo mirara— hija —exhaló en un suspiro de alivio, acogiéndome en su pecho paternal. Me derrumbé ante su gesto y comencé a llorar con estertores.

Cuando estuve más calmada, cruzó su brazo izquierdo por detrás de mi espalda y me arrastró hacia fuera donde estaban los coche patrullas. En menos de quince minutos venían todos los policías de vuelta de registrar el sitio.

—Comandante Swan, no hay nadie en el recinto, aunque encontramos esto —el menor de los policías, quien probablemente tenía mi edad, de tez morena y ojos vivaces, le señaló una chaqueta gris. Charlie me miró con ojos inquisidores.

—¿La reconoces? —musitó preocupado. Asentí.

—Es de Rose. Esta noche andaba con ella —me cogí la cabeza entre las manos.

A mi alrededor hablaban sin detenerse, parecían unas verdaderas cotorras. Mi padre me miró fijo.

—Es mejor que te vayas a casa a descansar. Le pediré al subteniente Brown que te lleve devuelta —decretó.

—¡Nooo! ¡Quiero saber dónde está Rose! —reclamé y el escuadrón completo se giró a mirarme. Mi padre negó con la cabeza.

—Estarás donde mis ojos te vean, ¿Me entiendes bien? —su tono de autoridad, tenía una mezcla de miedo y aprensión.

Aún descansando en el asiento del copiloto de unos de los radiopatrullas, con los pies en el suelo y las manos heladas por el gélido amanecer, busqué a Jasper. Ya no estaba en mi diámetro de visual. Me disponía a ponerme de pie cuando una mano cálida y grande, casi como la de un oso, me tocó el hombro. Era Emmett.

—Bella —susurró con la voz débil. Di un respingo ante el contacto con su cuerpo y luego me giré para observarlo. Venía cabizbajo y con los ojos levemente enrojecidos.

—Emmett —le mantuve la mirada. El chico estaba sufriendo. ¡Cuánto se había equivocado Rose! A Emmett si le importaba y mucho más de lo que ella y yo pudiésemos imaginar.

—Estoy muy preocupado, Bells —agregó con su acento medio campesino— esos infelices son capaces de todo —golpeó levemente el techo del coche patrulla con las manos empuñadas. Dejó uno de los antebrazos apoyado en el borde la abertura de la puerta y negó, oscilando su rostro de un lado a otro con los ojos clavados en el suelo— no sabes cuánto lo lamento. ¡Fui un perfecto imbécil! Rose me llamó para que saliéramos juntos esta noche y yo le dije que no, ¡Sólo por seguir este juego absurdo de tira y afloja! Y ahora, ¡Cielos! Ahora unos locos desquiciados la tienen en sus manos y la pueden matar —la voz se le fue desvaneciendo hasta quebrarse.

—Emmett esto no tiene nada que ver contigo. Sabes bien que los Beta nos tienen, a ustedes y nosotras, sangre en el ojo hace muchísimo tiempo. Fuimos nosotras las imprudentes al salir solas, pensando que el peligro había disminuido —jugué con mi cabello corto, mientras intentaba entender lo idiotas que habíamos sido Rose y yo al salir solas.

Charlie caminó hacia nosotros con Jasper pisándole los talones.

.

—Un grupo de chicos dicen haber visto un trío de jóvenes salir desde el estacionamiento al lado del bar Don Trauco junto a una muchacha rubia de las características de Rose. Tomaron dirección al este —aseguró mi padre muy serio. Luego me increpó con sus ojos marrones— tenemos una conversación pendiente, señorita.

Dio varias indicaciones y los coches partieron a gran velocidad hacia la dirección contraria. Me quedé junto a mi padre. Jasper y el resto de los chicos nos siguieron muy de cerca.

—¿Alguna idea de dónde la pueden encontrar? —pregunté, suplicando que ya hubiesen captado alguna pista. Mi padre se aclaró la garganta a través de un carraspeo y contestó

—Hay una fábrica abandonada. Piensan que, probablemente encontremos algo allá —un nudo poderoso me cerró la garganta.

—¿Los padres de Rose ya lo saben? —insistí y Charlie asintió. —¡Oh, cielos! Deben estar muriéndose… —susurré, sintiéndome doblemente culpable.

Mi padre calló un rato y luego siguió.

—¿Cómo conociste a esos chicos, Bells? —musitó, observándome de soslayo. Empezaba el interrogatorio.

—Son de la universidad…

—Eso ya lo sé. El punto es ¿Cómo es te fuiste a involucrar con ellos si sospechabas que eran peligrosos?

—¡No lo sabía! —me defendí— tenían comportamientos un poco extraños, pero nada fuera de lo normal. Sólo un poco más callados y agresivos.

—¿Agresivos? ¿Por qué? ¿Qué te hicieron, Bells? —su tono se volvió amenazante.

—Nada.

—No me mientas, Bells —me reprendió ofuscado. Tragué saliva, ¿Cómo le iba a contar lo de la violación?

—¿Cómo sabías que eran agresivos? ¡Anda hija, dímelo de una vez! Es preferible que lo sepa por ti y no después por terceros.

—Uno de ellos abusó de mí —le solté la verdad, conteniendo las lágrimas.

—¡¿Q-u-é d-i-c-e-s? —la piel trigueña se le colocó roja como un tomate. No contesté— ¿Cómo? Pero, ¡¿Cómo no dijiste nada, hija? —susurró ahora con la voz más calma, conteniendo la furia. Agradecí que no hubiese nadie más en el asiento trasero.

—Me dio vergüenza —confesé. Él negó con la cabeza.

—¿Edward sabía de esto? —preguntó inquisidor como un juez de corte. Asentí— ¿Es por eso que ese chico le pegó en el estacionamiento, no es así? —exhalé aire con fuerza, tratando de controlar mi temperamento.

—Son de fraternidades enemigas —confesé.

—¿Qué es ese rollo de las fraternidades? —exigió, perdiendo la paciencia y cada vez más confuso.

—Es una tontera de los estudiantes. El problema es que… estas dos se odian y nosotras estuvimos en medio de ellos en muy mal momento.

Mi padre apretó la mandíbula.

—Y yo que pensé que tus salidas junto a las chicas eran inofensivas –bufó para sí mismo. Su rostro se desfiguró y siguió conduciendo hasta virar hacia la izquierda. La radio sonó y mi padre habló— ya estamos cerca, cinco minutos. En cuanto lleguemos deben bajar de inmediato. No debemos perder tiempo cada minuto es una esperanza de vida —ordenó. Ante sus frías palabras se me vinieron miles de horrorosas ideas a la mente. ¡Maldita sea la hora en que salimos con esto chicos!

Llegamos a un risco y al cruzar la carretera había, efectivamente, una fábrica abandonada. Dos radiopatrullas más aguardaban en aquel lugar. Ya estaba estacionado el Audi de Jasper y el Jeep de Emmett. Todos los chicos estaban allí, pero había un auto más… ¿El coche de Yeveris? ¡¿Qué hacía él aquí?

Alrededor de quince policías descendieron a revisar el galpón. Oí como derribaban puertas y daban gritos llamando al orden, ¡Estaban allí! Quise correr hacia ellos, pero Jasper me detuvo. Un policía de unos treinta y tantos, salió gritando.

—¡Hay tres chicos aquí, pero la muchacha no está!

El corazón me dio un vuelco y el fugaz de momento de felicidad se difuminó por completo. Vi el rostro desesperado de Emmett, quien comenzó a correr ladera a bajo, sin importar lo inclinado que estuviese el camino hacia el mar. Lo siguieron el resto de los chicos Alfa, incluso Yeveris. Jasper se quedó conmigo y me pasó un brazo por los hombros para darme fuerzas. No había que ser adivina para saber que esperaba lo peor.

Charlie dio la orden y el resto de los policías siguieron los pasos de Emmett, mientras los otros apresaban a los Beta. El primero en aparecer fue Dimitri, quien traía una gran sonrisa dibujada en el rostro perverso. Venía con los ojos rojos, se habían estado drogando. Me dirigió una mirada sarcástica e hizo una venia, mientras su apresador lo llevaba al coche patrulla. Detrás, forcejeando venía Riley, parecía de mal humor y también traía los ojos enrojecidos. Él último en salir, y apresado entre dos hombres grandes, fue Félix. Tenía la expresión desfigurada de odio, buscaba algo incesantemente. Lo encontró pronto, era yo. Me pulverizó con sus ojos cargados de ira.

—¡Perra! —gruñó fuertemente en cuanto me vio. Uno de los policías le dio un golpe y él apenas gimió—. Me las vas a pagar —articuló sólo con los labios.

Dejé de mirarlos y me asomé hacia el borde de la cuesta. El gran grupo buscaba exhaustivamente por cada metro cuadrado. Emmett estaba desesperado, hurgueteaba como si se jugara su propia vida. Continuaron mirando en cada recoveco, hasta que de pronto la voz ronca de Emmett rompió el tenso silencio.

—¡Aquí! —aulló afligido. Quise descender, pero Jasper me cogió con algo de brusquedad del brazo.

—Ellos la traerán.

Impaciente rogué para que Rose estuviese con vida. A lo lejos distinguí que Emmett la traía entre los brazos.

—¡Está viva! —gritó uno de los policías y mi padre, al otro extremo del sitio, asintió. Respiré aliviada y me puse a llorar, no podía más con la emoción.

—Gracias, gracias —susurró Jasper bajito, arrullándome entre sus brazos.

Los policías en los radiopatrullas llamaron a una ambulancia. Rose llegó por fin a mi lado y me acerqué a ella. Tenía la ropa rasgada —dando pie a las peores suposiciones—, y el rostro irreconocible por la sangre y los golpes, pero respiraba.

—¡Oh, Rose, gracias al cielo, amiga! —le besé la frente y le cogí la mano. Murmuró algo ininteligible.

Emmett le sostenía el rostro, besándoselo con desesperación. Lloraba como un niño, fue realmente conmovedor verlo. Él realmente la amaba, pero su inseguridad lo hizo retenerse durante todo este tiempo ¡Qué idiota! Miré a Jasper y él me sonrió, siempre supo de los verdaderos sentimientos de él hacia Rose.

—Creo que tengo un par de amigos testarudos —asumió con una risita de alivio. Reí, era evidente a qué se refería con el plural de sus palabras.

En cuanto subieron a Rose a la ambulancia nos fuimos en caravana tras ella. Me fui con Jasper en su Audi. Primero partieron los radiopatrullas y luego los alcanzamos nosotros. Cuando el sol ya se posicionaba sobre el cielo, Jasper presionó el acelerador y adelantamos los coches donde llevaban a los Betas. Pasamos como un rayo al lado de la lenta velocidad máxima que alcanzaba los coches de policías. Sin embargo, en cuanto sobrepasamos el vehículo que llevaba a Félix, él elevó los ojos por la ventanilla, enfriándome el espinazo con la intensidad de su mirada. Esbozó una sonrisa de venganza y encumbró la barbilla.

Jasper me miró de reojo y extendió una risita satisfecha. Ya no tendríamos porqué preocuparnos de ellos. Sus crímenes quedarían descubiertos tras este último fallido intento de asesinato. Y con la presencia de Yeveris quedaría asegurada la expulsión de Dimitri, Félix y Riley, y cualquier otro que se viera involucrado, de la universidad, prohibiendo de paso la existencia de la hermandad Beta. Un problema menos.